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La batalla de los Señores Brujos

No disponían de tiempo para celebrar aquella reunión, pensó Aosinin Truesilver, pero tampoco podían permitirse el lujo de prescindir de ella. Por derecho propio, el rey Galaghard, la nobleza de su corte y el mago supremo Thanderahast debían atender hasta el último detalle el asalto que habían planeado para la mañana siguiente. Sin embargo se trataba de los elfos, y éstos exigían una atención inmediata.

Su aparición resultó ominosa y enérgica. Durante los últimos tres meses, la Gloria de Cormyr, el ejército del rey, se había enfrentado, y derrotado, a las huestes de los Señores Brujos una y otra vez. En los vados de Wheloon, en el templo olvidado, en Juniril y de nuevo en el Cruce de la Mantícora, siempre arrasaron la posición de los Señores Brujos y desorganizaron sus tropas de no-muertos, que acabaron pisoteadas por los cascos de los poderosos caballos de Cormyr. Sin embargo, el enemigo había vuelto, una y otra vez, a levantar más y más muertos.

Los Señores Brujos, los nigromantes más poderosos, huían de cada batalla, se escurrían para reagrupar sus fuerzas, compuestas por combatientes recién desenterrados. La Gloria de Cormyr había agotado por fin los suministros, pero había logrado arrinconar a los mercenarios humanos supervivientes y a las tropas de leva de los Señores Brujos contra las márgenes occidentales de la Vasta Ciénaga. Una victoria allí supondría la desaparición definitiva de su poder sobre Cormyr y libraría de su amenaza la mitad oriental del reino.

En vísperas de la batalla llegó un jinete con noticias de que un gran pabellón había aparecido de pronto en la retaguardia de las fuerzas del rey. Los chapiteles verdes y dorados se alzaban como montañas vírgenes en la oscuridad, iluminados en su interior con una luz propia.

No se trataba simplemente de elfos de los bosques, quienes siempre habían deambulado por el reino, sobre todo desde la caída de su reino. Eran elfos nobles, los primeros en llegar a Cormyr desde la caída de Myth Drannor. Nobles elfos que exigían la celebración de una entrevista.

—No podrían haber elegido un momento más inoportuno —masculló Thanderahast al acercarse a la entrada. A excepción del mago, todos los que componían la discreta comitiva de cormytas se acercaron al pabellón enfundados en la armadura de combate, incluido el rey, el sacerdote supremo de Helm y diversos nobles, Aosinin Truesilver entre ellos, primo del rey.

—¿Y? Si nos negamos a entrevistarnos con ellos, nos arriesgamos a encontrar mañana sus fuerzas alineadas junto a los Señores Brujos —dijo el rey en voz baja.

—No llaméis al mal tiempo, majestad —dijo uno de los Dauntinghorn—. Los elfos siempre se han mostrado traicioneros. No hará ni quince inviernos rechazaron a los sembianos y a sus mercenarios de Chondatha en la Batalla de las Saetas Cantarinas, pese a la caída de Myth Drannor.

—No diga tonterías —respondió el mago—. Los sembianos estaban deforestando sistemáticamente los territorios élficos, creyendo que al haber perdido sus ciudades encontrarían al Elfo debilitado. El poder del Elfo nunca ha residido en las ciudades, sino en el bosque. Y ahora muérdase la lengua, que el oído del Elfo es tan agudo como fina es su piel.

Uno de los Illance hizo un chiste al respecto sobre lo puntiagudas que eran las orejas de los elfos, pero no tardó en ser reprendido por sus compañeros. El grupo accedió al pabellón.

Reinaba en el interior una atmósfera fantasmagórica, etérea. Había elfos en todas partes, recostados sobre amplios cojines. Sorbían de vasos aflautados que contenían líquidos desconocidos para ellos, observando la irrupción de los humanos como quien mira al perro que se entromete entre las piernas de los convidados a un banquete. Entonces los elfos volvieron a concentrar la atención en sus cosas. En la distancia, alguien tocaba una melodía triste al laúd, al que se unía una voz transparente y hechizante que apenas alcanzaron a percibir.

La gran estancia del pabellón estaba prácticamente vacía. Un par de guardias permanecían de pie ante la entrada, enfundados en una cota de malla antigua pero de hermosa factura. Al otro lado de la estancia vieron el muñón retorcido de un árbol antiguo, el trono viviente en el que había tres asientos esculpidos. Dos de ellos estaban vacíos. El tercero, el de la derecha, estaba ocupado por una solitaria y cadavérica figura.

Aosinin fue a tirar de su espada, al creer que se encontraba frente a uno de los Señores Brujos, y que habían caído en una trampa. Tan sólo se relajó al percatarse de que la figura correspondía a un elfo… aunque al parecer era uno muy anciano.

La figura del trono estaba cubierta de la cabeza a los pies con una armadura de malla, cuyos anillos eran de tan preciosa factura como la mejor que pudiera encontrarse en toda Suzail, por muy hábiles que fueran las manos del herrero enano que la forjara. Su diseño, como el de las cotas que lucían los guardias, era arcaico, y buena parte de los anillos parecían muy desgastados por el uso. El elfo tenía un rostro alargado, hundidas las mejillas y los ojos, y su pelo plateado, el poco que le quedaba, caía sobre sus hombros desde una frente con unas profundas entradas.

Aosinin jamás había visto a un elfo tan anciano. Y, sin embargo, había en él un aire familiar… como en el mago Thanderahast. Al igual que había algo que resultaba familiar en los movimientos fluidos del elfo, en la elegancia de su… En fin, después de todo era prácticamente inmortal, supuso Aosinin.

El señor elfo esperó a que toda la comitiva real llegara al pie del trono antes de hablar. Su voz sonó como las palabras de un libro antiguo, que alguien hubiera abierto después de un siglo.

—¿De modo que éstos son los descendientes de Ondeth y Faerlthann? No sé por qué, pero esperaba algo más.

—Soy el rey Galaghard Tercero, noble entre nobles de la tierra de Cormyr, llamado País de los Bosques, Bosques del Lobo y Tierra del Dragón Púrpura —respondió el rey, dando un paso al frente—. Éste es mi mago, Thanderahast, descendiente de Baerauble y el hombre más poderoso de la corte.

El elfo observó a los humanos durante un largo minuto, y Aosinin se preguntó si aquellos señores elfos serían capaces de invocar una magia mortífera sin parpadear siquiera.

—Soy Othorion Keove —se presentó, por fin, el elfo—, último descendiente de la casa de Iliphar Nelnueve, Señor de los Cetros. ¿Os acordáis de mí?

—Conocemos las hazañas del gran Iliphar, y la coronación de Faerlthann hará casi nueve siglos —respondió Thanderahast, dando un paso al frente—. Me temo que hemos perdido buena parte de los documentos de su corte, pero os damos la bienvenida de nuevo a Cormyr.

—¿Desciendes del viejo Baerauble, el amigo de los elfos? —preguntó el elfo, mirando fijamente al mago, con rostro inexpresivo—. La sangre se diluye, según veo, aunque diría que algo de magia sí corre por tus venas, y te permitirá tener una larga vida, igual que a Baerauble.

En lugar de responder, el mago optó por hacer caso omiso de la burla implícita en aquel comentario.

—La misma magia que probablemente corra por sus nobles venas, señor elfo. Me sorprende ver a alguien tan anciano como usted, lejos del hogar que los elfos tienen en Siempre Unidos.

—He resistido la llamada de la bella Evermeet por espacio de algunos años —respondió el elfo, haciendo un gesto de asentimiento—, para enfrentarme a las incursiones humanas, luchar contra las criaturas de las profundidades que reclamaron Myth Drannor y, últimamente, luchar contra los sureños que osaron talar nuestros bosques.

—¿Me permite preguntarle qué lo ha traído aquí, señor elfo? —preguntó el rey Galaghard, dando un paso al frente.

—Se me ocurrió disfrutar de una jornada de caza —respondió éste—. Decidme, ¿aún corre por aquí el búfalo de los bosques?

—Me temo que no, oh venerable Othorion —respondió Thanderahast, adelantándose al rey—. Hace tiempo que desaparecieron.

—¿Osos lechuza gigantes, pues? —sugirió el noble elfo—. ¿Pumas, otros felinos quizá?

—Tampoco, señor elfo —replicó el mago.

—No parece que os hayáis esmerado demasiado en el cuidado de nuestras tierras —dijo Othorion, observando fríamente a los humanos.

—Cuidamos de la tierra lo mejor que podemos —respondió el rey—. Aún hay bosques inmensos en Cormyr, y no puede decirse lo mismo de la vecina Sembia; hay árboles aquí de cuando su Señor de los Cetros estuvo por última vez. Los territorios deforestados son modestos, pero nos han servido bien e igualmente los hemos atendido y cuidado. —Thanderahast quiso hablar, pero el rey no le dio ocasión al añadir—: Hemos defendido esta tierra de dragones y orcos, de piratas y malignos hechiceros. Mañana por la mañana emprenderemos la última batalla contra las fuerzas maléficas de los nigromantes Señores Brujos. Hemos protegido esta tierra y a sus gentes porque tiempo ha así se lo prometimos a su señor. No hay ningún motivo para tener que disculparnos ante ningún elfo, por muy noble que éste sea.

Aosinin creyó entrever un amago de sonrisa en el rostro del elfo.

—Veo que la sangre de Faerlthann aún corre por las venas de sus descendientes sin haber perdido aplomo con el paso de los años. Vuestro primer soberano estaba hecho de ese temple y sus palabras eran afiladas como la hoja de una daga, mientras que, por el contrario, las de Baerauble eran engañosas y falsas. Me complace comprobar que las amenazas y el habla directa, al menos, no han desaparecido. ¿Acaso no me permitiréis cazar en vuestros bosques?

—Sea bienvenido, Othorion Keove —se apresuró a decir el rey—. Bienvenido como un viejo amigo de esta tierra. Me disculpo por carecer de cierto número de criaturas peligrosas para su disfrute. Tan sólo le pido que no moleste a ninguno de los ciudadanos de estas tierras y, por supuesto, que no les haga ningún daño. Ellos, al igual que la tierra, están bajo mi cuidado, y me veo obligado a velar por su bienestar.

El elfo asintió silencioso, antes de que el rey continuara.

—Y ahora, si disculpa usted tanto a un servidor como a los míos, me temo que debemos prepararnos para nuestra jornada de caza particular. Median escasas horas hasta que llegue el momento, y debemos sacarles el máximo provecho.

El señor elfo asintió y levantó lentamente una mano a modo de despedida.

—Para la batalla de mañana, oh señor elfo… —añadió Thanderahast—, quizá podríamos aprovechar cualquier clase de ayuda que tuviera usted a bien proporcionarnos.

Una sonrisa glacial se dibujó en los labios de Othorion.

—El representante de los Señores Brujos ha estado aquí para insinuarme precisamente lo mismo, petición que no ha dudado en acompañar de amenazas veladas y promesas imposibles. Voy a responderle con las mismas palabras que le dije a él: he venido a cazar. Sin embargo, él sí me dio un mensaje para ti, hijo de Baerauble. Dijo que Luthax te envía sus saludos.

El mago palideció, y todos observaron que estaba tenso como la cuerda de un arco. Entonces se inclinó y se reunió con los demás, que ya abandonaban la tienda. Ninguno de los elfos prestó a los humanos vestidos de armadura la menor atención.

La cabalgata de regreso estuvo protagonizada por toda suerte de discusiones susurradas. No hablaron de elfos, sino de la batalla que se avecinaba. Marsember había enviado la infantería que tanto necesitaban, fresca pero sin experiencia. Los situarían en el flanco izquierdo. Los veteranos Dragones Púrpura formarían en el derecho, respaldados por los aprendices de Thanderahast. Arabel también había enviado tropas, pero incluso en su marcha era perceptible su indisciplina, tanta que era imposible confiar en ellas. Alimentarían las formaciones con milicia ya bregada en combate procedente de Suzail, y la colocarían en el centro, cerca del rey y de la vanguardia principal. Aquellos nobles que carecieran de unidades específicas para liderar, montarían a caballo y acudirían a la batalla flanqueando a las fuerzas del rey, a retaguardia de las tropas del centro.

Volvieron al campamento, donde no había sucedido nada importante, aunque se había registrado cierta actividad y se habían encendido hogueras en los campamentos de los Señores Brujos. Trasgos y orcos al servicio de los nigromantes preferían luchar al amparo de la oscuridad, pero la presencia de tropas humanas no les dejaba otra alternativa que esperar al amanecer.

Los nobles se congregaron para confirmar por última vez el plan de batalla, y después se separaron para pasar la noche. Aquéllos que tenían a su mando unidades propias regresaron a sus campamentos, mientras que los magos se retiraron a meditar. Poco después, sólo quedaba un puñado de ellos.

El rey Galaghard guardó silencio durante casi todo el tiempo desde el regreso del campamento de los elfos; escatimaba las palabras como si de su fuerza se tratara, incluso cuando sólo estuvo rodeado por los más íntimos.

—Quiero comprobar el perímetro una última vez. Truesilver, acompáñame —dijo el rey, levantándose.

Aosinin recorrió junto al rey en silencio aquel terreno de tierra dura.

—Primo, ¿quién es Luthax? —le preguntó, Truesilver, sin poder contenerse ni un segundo más.

El rey paseó la mirada a lo largo y ancho del mismo valle que, al amanecer, se convertiría en campo de batalla. Diversos fuegos mordían con sus llamas la noche en el campamento de los Señores Brujos, y pudo imaginar a los orcos, los ogros y los trolls danzar alrededor de las llamas.

—Luthax es un antiguo rival de Thanderahast, creo, de antes incluso de que fuera nombrado mago supremo del reino.

—No puedo imaginar que nada que se remonte a esa época siga en pie, vivito y coleando —dijo Aosinin.

—Los magos viven varios siglos —sonrió Galaghard, al amparo de una oscuridad tan sólo horadada por la luz de la luna—, y sus rivalidades mucho más. Me preocupa que el mago pueda olvidar su lealtad a la corona en el fragor de la batalla, sobre todo cuando un viejo enemigo se ha unido a los Señores Brujos. Sin embargo, hay seres en Faerun mucho más antiguos que Thanderahast, primo. Por ejemplo, sin ir más lejos, ahí tienes a ese señor elfo. Él cazaba en estas tierras antes de que llegaran nuestros ancestros.

—No sabía que los elfos vivieran tanto.

—Y no andabas errado —respondió el rey—. Creo que posee algo de la misma magia que mantiene a Thanderahast y a otros magos en pie durante siglos. Y mira, el señor elfo creía que al regresar lo encontraría todo como lo dejó: bosques en lugar de campos, monstruos en lugar de ganado, árboles en lugar de casas. Eso me preocupa.

—¿Os preocupa, sire? —preguntó Aosinin.

Pasaron junto a un guardia. Se cruzaron los saludos de rigor, y Galaghard prosiguió en cuanto el guardia ya no pudo oírlos.

—Todo cuanto hemos logrado, todo cuanto hemos construido, lo hemos hecho a lo largo de su vida. Si mañana fracasamos, si los nigromantes nos vencen, ¿quedará algo de nosotros al cabo de novecientos años? ¿Reclamarán los bosques el terreno perdido? ¿Anidarán los monstruos en nuestras ruinas, sin que nadie recuerde quiénes fuimos?

—No fracasaremos mañana, sire —se apresuró a decir Aosinin, sin saber qué otra cosa podía decir.

—Llevamos tres meses de campaña —dijo el rey—, tres meses de vivir montados en la silla del caballo, durmiendo con la armadura puesta. Si mañana perdemos la batalla, ¿crees que no habría preferido pasar estos últimos tres meses con mi esposa, con el pequeño Rhiigard, con Tanalar y Kathla? Y, a la larga, ¿qué importancia tiene que sea uno u otro quien rija los destinos de Cormyr?

Aosinin guardó silencio. Al parecer Thanderahast no era el único trastocado por la reaparición del señor elfo.

—No fracasaremos, mi señor —repitió—. Sabéis que contáis con la lealtad de hasta el último de los cormytas de cara a la batalla de mañana. Miran en vuestra dirección en busca de apoyo, de liderazgo. ¡Si demostráis estar seguro de vuestra suerte, serían capaces de seguiros hasta el mismísimo Abismo!

—Pero ¿y si no estoy seguro? —preguntó el rey—. ¿Y si me siento cansado y poco convencido de cuál será el próximo paso? Decidme, primo.

—Entonces no me apartaré de vuestro lado, primo —replicó Aosinin—, y os recordaré que tenéis el deber de proteger la tierra de Cormyr. Si fracasamos, ningún período de tiempo podrá erradicar la maldición de los Señores Brujos. Y yo os recordaré lo convencido que estoy de que sabéis lo que hacéis.

Pasaron junto al último de los centinelas. Apenas era un muchacho, pero se cuadró en cuanto vio acercarse al rey, y saludó tieso como un palo. Aosinin vio el brillo en la mirada del joven, iluminada por el fuego que lo calentaba en su guardia. Era orgullo y respeto lo que reflejaba aquella mirada.

Aosinin se volvió hacia el rey. Las facciones de Galaghard quedaron iluminadas por las llamas. Apretaba la mandíbula, y su mirada también ardía febril. Finalmente, obsequió al joven con una sonrisa paternal.

Los hombres lo seguirían, y eso era muy importante, pensó Aosinin. Después de la batalla, el rey se retirará a su hogar, al solaz de la familia, y descansará después de tantas preocupaciones. Claro que si mañana fracasaban, ya no tendrían por qué preocuparse más.

Quizás el amanecer madrugó demasiado para Aosinin y compañía. Con los primeros matices rojizos, dibujados en el cielo oriental, los escuderos se levantaron dispuestos a despertar a sus señores y a las tropas, que tampoco habían disfrutado de un sueño reparador, pues habían estado reparando las cotas de malla, los cueros y arreos de los caballos, cuando no afilando la hoja de sus aceros, conscientes de que para algunos de ellos aquel amanecer sería el último.

Los escuderos llevaron las armaduras de combate a Aosinin y a los demás nobles, para después ayudarlos a enfundarse en ellas; toda la valía Cormyr quedaba encajada en ellas, entre placas de un metal que cubría las piernas, las cinturas y los torsos, mientras que una combinación de malla y metal enfundaba los brazos y la cabeza. Aosinin escogió el yelmo que le permitía llevar la cara al descubierto, al igual que hizo Galaghard. Pese al riesgo que suponían las flechas enemigas, era necesario que las tropas vieran al rey, y Aosinin y el resto de la familia real no estaban dispuestos a permitir que el rey aceptara correr con un riesgo que no fuera compartido por ellos.

Procedente del otro lado del valle, se alzó un rumor de tambores y cuernos. El enemigo también se aprestaba para el combate.

El contorno del sol rompía el horizonte cuando las tropas de Cormyr formaron las líneas de batalla. Diversos patriarcas de Helm el Observador recorrieron las líneas, cada uno acompañado por un acólito y un cubo de agua bendita. Cada patriarca hundiría la maza agujereada en el agua, con tal de poder rociar con ella a las tropas expectantes, bendiciéndolas en masa con las Lágrimas del dios Helm.

Aosinin había montado su caballo pardo. Era un animal fuerte cubierto con una barda de placas metálicas más resistentes que las suyas. Su escudero lo aseguró a los estribos, y ató todas las correas habidas y por haber, antes de retirarse para arreglar lo suyo. Era uno de los jóvenes Dauntinghorn, y marcharía junto a la infantería que apoyaba a las tropas de Arabel.

Los hombres de Arabel parecían nerviosos pero resueltos, pensó Aosinin, dispuestos a probar su valor y a disipar los últimos vestigios del término «rebelde de Arabel». Sin embargo, el miedo parecía pesar sobre sus hombros, un miedo que ni siquiera las bendiciones de Helm el Observador lograron disipar.

Las tropas de Marsember eran descendientes directos de los contrabandistas y piratas que habían fundado y refundado aquella ciudad pantanosa e independiente. Parecían muy capaces de llevarse por delante a los Señores Brujos con una mano atada a la espalda. Estaba claro que si el rey permanecía indeciso un solo minuto más, eso sería precisamente lo que harían, con o sin su consentimiento.

Los magos hicieron señales confirmando que habían completado sus hechizos preparatorios, y Thanderahast cabalgó hasta reunirse con el rey. El mago montaba un poni, que a aquellas alturas era veterano de muchas batallas. Lo habían adiestrado para retirarse en caso de que Thanderahast abandonara la silla, y eso le había permitido sobrevivir a innumerables refriegas.

El rey montaba en su caballo negro de batalla, un magnífico ejemplar cubierto por una barda marfileña. El yelmo que cubría la cabeza del caballo contaba con un cuerno de metal parecido al de un unicornio, y sin duda también el mago de la corte lo había revestido de magia para que protegiera la vida de su jinete. La armadura del propio Galaghard estaba tan pulida que reflejaba los rayos del sol y los despedía a su alrededor como si de un espejo se tratara. En el pecho llevaba pintado el símbolo de Cormyr, el Dragón Púrpura, adoptado oficialmente desde los tiempos del exilio pirata.

A lo largo y ancho del hondo valle se oyeron los cuernos y el tamborileo de los timbales, sonido largo y ominoso que concluiría con una carga. Las tropas de los Señores Brujos no esperarían a que el sol iluminara todo el valle; sus tropas infrahumanas preferían luchar envueltas en las sombras, por lo que no tardarían en moverse.

Hubo un último estruendo de cuernos, momento en que los timbales guardaron silencio. Las huestes de los Señores Brujos rugieron al unísono y cargaron colina abajo. Los trasgos y los orcos trotaban a ambos flancos, y entre las columnas que marchaban a pie destacaban por encima de los demás los capitanes ogros. En el centro iban las tropas humanas, entre las cuales había algunos trolls. No había ni rastro de los Señores Brujos, aunque tampoco se habían enfrentado a ellos en las ocasiones anteriores.

Los marsembianos emprendieron el avance sin esperar las órdenes de los señores nobles que los comandaban, quienes los conminaron a aguantar la posición a voz en cuello. Marliir era el hombre, pensó Aosinin.

El rey levantó la palma de la mano, con la mirada puesta en las líneas de humanos traidores y no-humanos que avanzaban sobre sus posiciones. Si su corazón albergaba alguna duda, ésta no afloró a su rostro. Las fuerzas enemigas habían alcanzado la falda de la colina que los separaba de los de Cormyr, y se disponían a emprender, lentamente, su ascenso.

El rey Galaghard bajó la mano, y los cuernos plateados del ejército cormyta rugieron a modo de respuesta. Como una única criatura, vasta y amorfa, extendida a lo largo de la cima de la colina, la Gloria de Cormyr cargó hacia el valle. Aosinin cabalgaba en la vanguardia principal, junto al mago supremo que montaba el poni. Un joven Skatterhawk, que parecía impaciente, cabalgaba al otro lado de Thanderahast, acompañado por un Thundersword veterano, de mirada resuelta. Al cabalgar, ambos nobles esgrimieron en alto el acero de sus espadas, de modo que reflejase la luz del sol en los ojos del enemigo.

Habían cubierto la mitad de la distancia que los separaba de las líneas enemigas cuando aparecieron los murciélagos. Las torpes criaturas remontaron el vuelo a retaguardia de las líneas enemigas, gigantes cubiertos de pelo de rostro retorcido y piel pálida como la muerte, cuyo nutrido grupo tapó la luz del amanecer. Algunos humanos cabalgaban a lomos de estas bestias, y llevaban yelmos oscuros adornados con cuernos de venado. Eran los lugartenientes de los Señores Brujos.

Sobrevolaron a las tropas marsembianas, arrojando a su paso proyectiles mágicos que trazaron una trayectoria errática, y alcanzaron el terreno que alfombraba el valle en lugar de a las tropas; sin embargo, por cada dos marsembianos que caían, tan sólo uno se levantaba de nuevo.

A su izquierda, Aosinin oyó a Thanderahast proferir un grito de angustia y gritar a voz en cuello el nombre de Luthax. Su enemigo particular se encontraba entre los que montaban los murciélagos, aunque Aosinin no tenía ni idea de cómo lo había podido saber el mago. Thanderahast empezó a pronunciar frases antiguas características de un hechizo. Aosinin cayó en la cuenta de las intenciones del mago, y se estiró dispuesto a impedírselo, pero su armadura no le permitía tanta flexibilidad de movimientos, y probablemente hubiera caído del caballo. El mago finalizó el hechizo y se alzó en la silla, remontando el vuelo hacia los jinetes murciélago. El poni, como le habían enseñado a hacer, se detuvo de inmediato y empezó a trotar de regreso a la cima de la colina.

Aosinin gritó a su primo, ante lo cual el rey asintió con ademán resuelto. Procedentes de otras líneas, los alumnos de Thanderahast también alzaron el vuelo, abandonando las tropas con objeto de tomar parte en la refriega aérea.

Frente a ellos, las tropas de los Señores Brujos se detuvieron en la cima de una colina cercana. Los ogros aullaban órdenes, y los orcos y los trasgos intentaban, desesperadamente, formar una línea lanza en ristre, con la intención de romper la carga de los cormytas. La mayoría no lograría llevar la maniobra a buen puerto, antes de que la caballería estableciera contacto.

Sobre sus cabezas, los jinetes murciélago y los magos voladores iban de un lado a otro. El relámpago horadó el cielo azul, y los alumnos del mago supremo replicaron con lenguas de fuego. Por allí una figura humana se precipitaba contra el suelo como una piedra, mientras un solitario murciélago caía girando sobre sí, envuelto en llamas y dibujando una estela de humo a su paso. Thanderahast había anulado el peligro que suponía un ataque aéreo, pero dejando desprotegidas las tropas de tierra, en caso de que los Señores Brujos tuvieran otra carta oculta en la manga.

El siguiente horror fruto de la maldad de los nigromantes quedó patente en cuanto ambos ejércitos se acercaron. Al principio, Aosinin creyó enfrentarse a humanos: traidores, rebeldes y mercenarios. Quizá lo fueran tiempo ha, al menos eso creyó al reconocer algunos de los escudos de armas que lucían. Pero en aquel momento eran muertos andantes, y los restos de sus ojos colgaban ensangrentados de las cuencas vacías, mientras que su carne estaba bañada en sangre. Para ser simples hombres, tenían demasiados cortes profundos, mortales, en las gargantas que lucían al descubierto.

¡Muertos vivientes! Zombis, dijo para sí Aosinin al tiempo que lanzaba un gruñido, creaciones mágicas supeditadas al control de un nigromante poderoso. Al contrario que con los esqueletos animados a los que se habían enfrentado en anteriores batallas, éstos eran de factura reciente y aún conservaban parcialmente el poder que habían ostentado en vida. El noble pensó en las hogueras y los tambores que había escuchado la noche anterior, y cayó en la cuenta de que no habían sido debidos a ninguna celebración, sino a un encantamiento vil. Los Señores Brujos habían consumido a sus propias tropas compuestas por seres vivos, con miras a disponer de carne de cañón ungida de la mayor lealtad posible para la batalla crucial.

Los de Arabel que iban a la cabeza de la línea titubearon al ver a lo que se enfrentaban, y algunos emprendieron la retirada. Galaghard cabalgó entre ellos hasta situarse a la cabeza de la línea, levantando el brazo a modo de señal para entablar combate. Los de Arabel se quedaron consternados al ver a su rey y, profiriendo un grito, volvieron a la carga contra los no-muertos.

Aosinin espoleó su montura detrás del monarca, cuando a su alrededor las líneas que dibujaban las tropas se desintegraron fundidas en el caos habitual de tajos, estocadas, golpes de muerte y destrucción que se infligieron los soldados al enzarzarse en múltiples duelos, el hombre contra el trasgo o el orco, contra el ogro y contra aquella abominación de la naturaleza, los no-muertos. Truesilver no malgastó fuerzas en gritos de batalla, sino que apretó la mandíbula y arremetió con la espada contra los humanos asesinados, con la intención última de abrir un sendero para su rey, quien a su vez avanzaba y retrocedía repartiendo tajos y estocadas a diestro y siniestro contra la horda de no-muertos.

A ambos flancos del rey cabalgaban dos clérigos de Helm el Observador. Luces doradas surgían caprichosas de sus manos, cuyo objeto era el de arrancar la esencia vital de los cadáveres a los que se enfrentaban. Cuando Aosinin los observó, uno de los clérigos se vio superado por una ola de torpes cadáveres, que lo arrancaron de la silla de montar. Aosinin no volvió a verlo. Entonces, el Truesilver se encontró asediado por todos los flancos por una horda de trasgos, que se arrojaban sobre el centro de la formación cormyta arropados por el avance de los no-muertos, a quienes atacaban con el mismo encono que a los cormytas.

El mundo se redujo a aquel trecho sangriento y frenético, un lugar en que tajos y estocadas se repartían por doquier, y donde el caballo de Aosinin coceaba a diestro y siniestro como si hubiera perdido el juicio. Atropelló al enemigo que intentaba hundir el acero en el caballo, para, a continuación, emprenderla con el jinete. Hizo amagos de carga en todas direcciones, tirando de las riendas mientras su caballo arremetía con las herraduras de acero, para finalmente retroceder a lo largo de aquella línea mortífera que había trazado, y así poder abarcar a más trasgos. En dos ocasiones estuvo a punto de caer de la silla, y en una de ellas perdió el guantelete. Un trasgo intentó encaramarse a la silla, y con las garras de sus dedos se agarró a la barda del caballo para después intentar arañar la cara de Aosinin. El Truesilver profirió una maldición y atravesó a la criatura de parte a parte. Al caer el trasgo, Aosinin reparó en el joven Skatterhawk en el momento en que tres orcos lo atravesaban a su vez con las hojas de sus espadas; al caer de la silla chocó contra tres zombis. Sin embargo, vio que había zombis de sobra para pisotear el cadáver del noble, así como orcos y trasgos. El mundo de Aosinin se redujo a lo que pudo abarcar con la espada.

Cuando Truesilver volvió a disponer de un instante para levantar la mirada, estaba bañado en sangre hasta el cuello del yelmo, y la mitad de la nobleza de Cormyr, de la Gloria de Cormyr, había perecido en combate. Miembros de los Cormaeril, los Dauntinghorn y los Crownsilver habían desaparecido de los lomos de sus caballos, y yacían muertos y pisoteados tanto por simples pies como por los cascos de los caballos. El rey se había alejado aún más si cabe, separado de su primo por la cantidad de muertos que avanzaban.

Cuando Aosinin maldijo entre dientes y tiró de las riendas para acercarse a él, por el rabillo del ojo vio surgir una enorme sombra que se encaramó a una montaña de cadáveres amontonados. Era un troll monstruoso, mayor que cualquier otro que Aosinin hubiera visto en toda su vida, que había permanecido oculto entre las tropas de no-muertos y trasgos, y que en aquel momento se dirigía hacia el monarca. La montura de Galaghard retrocedió, lanzando un relincho de horror, mientras el rey se esforzaba por mantenerla bajo control.

Hubo otro jinete que espoleó su montura para interponerse entre el troll y el monarca. Era un joven de los Bleth, a juzgar por el escudo. Para el troll, cualquier ser humano valía como víctima. Con un manotazo de sus enormes garras logró desmontar al impulsivo Bleth, y con la otra mano partió en dos la armadura del cuello hasta la cintura. La sangre surgió a chorros hasta formar un charco en el suelo, y el joven noble echó la cabeza hacia atrás para proferir un grito de agonía que Aosinin no alcanzó a oír. Lo perdió de vista al verse atacado de nuevo por más zombis de paso torpe, y encajonado por los de Arabel, que se defendían con encono.

El sacrificio de Bleth bastó para ganar el tiempo justo que necesitaba el rey. Aosinin se percató de que, aparte de él mismo, el monarca era el único jinete que seguía montado a caballo. El rey tiró de las riendas para obligar al caballo a girar y levantó la hoja de la espada hasta la altura del cuello del troll. Al arrojarse el caballo contra el enemigo, la cabeza del monstruo se separó de sus hombros, y cayó al suelo sobre un grupo de trasgos.

Aquello no bastaba para matarlo, pensó Aosinin, pero el perder la cabeza lo mantendría ocupado por el momento. Huelga decir que el troll había abandonado el ataque emprendido contra el rey, y que se limitaba a arrojar y a empujar trasgos de un lado a otro como si de paja se tratara, mientras buscaba, desesperado, la cabeza que había perdido.

El rey volvió a tirar de las riendas, en aquella ocasión de cara a Aosinin. Al ver a su primo, levantó la espada para saludarlo, y el Truesilver hizo lo propio, mientras en el rostro de Galaghard se dibujaba la sonrisa de un lobo. Aquel día no había lugar a dudas en la mente de su señor, el rey de Cormyr era sólido como una piedra.

El rey aprovechó la espada que había levantado para señalar el flanco izquierdo, donde los marsembianos estaban siendo rechazados poco a poco por la horda de orcos y trasgos. Si caía aquella ala del ejército, los Señores Brujos podrían empeñar la reserva para atacar por retaguardia las líneas de Cormyr, rodearlos y forzar a la Gloria de Cormyr a luchar en un trecho del terreno demasiado angosto para emplearse con efectividad. Entonces, a los que quedaran en el exterior podrían matarlos con facilidad, mientras que los del interior se verían aplastados e incapaces de luchar.

Aosinin reagrupó a un pequeño número de hombres de Arabel mediante roncos gritos al tiempo que blandía la espada sobre su cabeza —por los dioses, ¿acaso su brazo no cedería jamás al cansancio?—, y los condujo de nuevo a la refriega en una carga a lo largo de aquel campo alfombrado de cadáveres, con el objetivo de reforzar a la infantería de Marsember.

Los de Arabel hicieron de tripas corazón por primera vez durante aquella jornada y empezaron a gritar al caer sobre los orcos.

Sus gritos quedaron sofocados por el estruendo de unos cuernos que parecían chillar como las águilas de caza. Aosinin tan sólo había oído algo parecido, un cuerno de caza, un trofeo, que estaba esculpido en cristal de diamante, liso como el cristal, y que se encontraba sobre un cojín en una estancia de palacio. Un cuerno élfico.

Su corazón se sintió espoleado por la esperanza, se irguió sobre la silla mientras su leal caballo cabalgaba a la carga, y miró por encima de las unidades de los ogros que se cernían por doquier, para ver llegar a los elfos al campo de batalla. Algunos volaban, y se unieron a los magos en su refriega aérea contra los jinetes murciélago. Los demás cabalgaban a lomos de enormes venados, alces gigantescos en cuyas cabezas habían remachado la cornamenta con clavos de acero.

Aquélla era la verdadera Gloria de Cormyr, descubrió Aosinin. La armadura de los elfos brillaba, como brillaban sus tiendas la noche anterior, en una parpadeante trama color verde y oro. Eran pocos en número, pero para tratarse de elfos, iban armados hasta los dientes y enfundados en armaduras pesadas.

La línea del Señor Brujo se desintegró al chocar con toda la fuerza de la carga, y los ogros cayeron como la cosecha en tiempos de siega, bajo las espadas diabólicas y de fino acero de los elfos. Acabaron con ellos en menos de lo que dura un suspiro, y los elfos se dirigieron sin la menor dilación hacia la línea orca.

Privados de sus líderes, trasgos y orcos arrojaron las armas al suelo e intentaron echar a correr, lo cual supuso una gran ventaja para los elfos, que acabaron con ellos mientras corrían. Aosinin creyó percibir una canción alegre, y se dio cuenta de que procedía de labios de los elfos. Otros tantos trasgos más huyeron al oírlos cantar.

Aquella oleada mortífera alcanzó al grupo que comandaba Aosinin y pasó de largo; el Truesilver animó a sus hombres de Arabel a unirse al flanco de quienes cabalgaban a lomos de los alces. Un ala entera del ejército de los Señores Brujos huía despavorida ante ellos, y algunos elfos se destacaban para cazar a quienes intentaban separarse y correr por su cuenta.

En aquel momento, los elfos cargaron contra los zombis, situados en vanguardia de las tropas de los Señores Brujos, tropas demasiado estúpidas como para huir. Los aceros relampagueantes llamearon a la luz del sol, y sus cuerpos gráciles se arquearon para hundir sus aceros una y otra vez, en una suerte de danza macabra que amputó extremidades de los cuerpos, y que obligó a los muertos a caer a sus pies. En menos tiempo del que Aosinin hubiera creído posible, los no-muertos cayeron doblegados bajo los cascos de los alces. La infantería cormyta podía contemplar lo que estaba sucediendo, los vitoreó con fuerza, arremetiendo contra orcos y trasgos con fuerzas renovadas.

Los jinetes elfos cabalgaron hasta reunirse con el rey de Cormyr, cuya montura sorteaba los tortuosos caminos que habían dejado los cuerpos de los no-muertos y los trasgos a los que había asestado golpes terribles de espada.

—¡Gracias por su ayuda! —gritó Galaghard, levantando la hoja ensangrentada a modo de saludo.

—¿Ayuda? —Othorion Keove sonrió desde lo alto de su silla—, dije que había venido a cazar, y al despertar por la mañana decidí que me apetecía el orco, el trasgo, el ogro y los no-muertos. ¿Le importaría cabalgar a mi lado?

El rey espoleó su montura hasta juntar grupas con el ciervo del señor elfo, y juntos emprendieron una carga contra el ala superviviente del ejército de los Señores Brujos. Había éste entablado combate con la milicia de Suzail, pero se rompió como el hielo cuando los elfos y los hombres arremetieron a una contra él. Los agotados cormytas de todo el campo de batalla echaron a correr para tomar parte en aquel combate. Pocos enemigos de Cormyr escaparían ilesos de aquella última refriega.

Por encima de sus cabezas, los jinetes murciélago supervivientes se volvieron para huir a la Vasta Ciénaga. Dos más perecieron en la huida, pero otra media docena logró superar a los magos y a los elfos en velocidad, y desaparecieron en las brumas que se habían levantado más allá, aleteando frenéticamente.

Con las monturas exhaustas después de la carga, Aosinin, Galaghard y el señor elfo cabalgaron lentamente hasta la cima de una colina desde la cual se dominaba el paisaje. Abajo, los clérigos de Helm atendían a los humanos heridos y despachaban a los orcos moribundos. Varias piras de fuego señalaban los lugares donde habían perecido los trolls; tendrían que inmolarlos después para cerciorarse de su muerte. Thanderahast aterrizó en las cercanías con la túnica ensangrentada y chamuscada. Saludó al rey, y Galaghard respondió con un gesto de asentimiento. Ya habría tiempo de sobra para hablar, pensó Aosinin, sobre la atención del mago de la corte al abandonar la línea de la realeza para satisfacer una venganza personal.

—Una estupenda jornada de caza —dijo el señor elfo, volviéndose hacia el monarca.

—Me alegra comprobar que Cormyr aún ofrece algo que resulte conforme a sus gustos —respondió Galaghard, encogiéndose de hombros de forma exagerada.

—Así es, en más de un sentido —dijo el elfo, y entonces, tras titubear ostensiblemente, cabalgó hasta ponerse junto al rey y apoyó una mano grácil en su brazo—: Escúchame, humano —tuteó—, porque todos estos años, largos y sangrientos, me han conferido cierta sabiduría. Es fácil regir desde un trono lejano, pero difícil cuando tienes que hacerlo desde la vanguardia de una batalla. Es fácil mandar, pero es difícil inspirar. Es mucho más sencillo conquistar, pero complejo regir. Es por eso por lo que has triunfado en la jornada de hoy sobre esos nigromantes invisibles. Albergaba mis dudas acerca de tu suerte, también de tu valía, hasta que vi a uno de tus hermanos sacrificar la vida en el fragor del combate para darte un poco de tiempo. Semejante muestra de lealtad resulta más preciosa que todo el oro que guardes en tus criptas.

—Así es —admitió el rey, esbozando una sonrisa—. Y aquí… —Se golpeó el pecho con el guantelete ensangrentado— se valora mucho más que todo el oro que los humanos puedan guardar en las ciudades de toda Faerun. Puedo creer en mi poder, en mi autoridad, siempre y cuando los demás crean en mí. —Y dicho eso, miró a Aosinin.

—Probablemente no sepas cuán importante es —añadió el elfo—, pero debo decir que has hecho un trabajo admirable en el trato dispensado a esta tierra. Iliphar estaría de acuerdo conmigo, y también, probablemente, Baerauble.

—¿Entonces se quedará usted aquí? —preguntó el rey—. Sería un verdadero placer, puesto que así me aseguraré de que toda Cormyr sepa que si el reino ha sobrevivido ha sido por la ayuda dispensada hoy por los suyos.

El elfo hizo un gesto con la mano, dando a entender que no tenía importancia.

—Aquí nos estableceremos pues, un año o quizá dos —respondió Othorion—, pero ningún elfo de verdad puede resistir la llamada de Evermeet indefinidamente. Sin embargo, creo que, en estos bellos bosques, podremos disfrutar de una buena caza durante un tiempo.

A medida que los tres hombres acompañados por el elfo descendían lentamente la colina y sus monturas se demostraban incapaces de moverse más rápido que el mago que iba caminando, los hombres de Cormyr dieron una vuelta por el campo encharcado de sangre bajo un sol que aquella mañana iluminaba la tierra bajo el cielo azul.

Los soldados de infantería elaboraron toda suerte de historias, y contaron a sus compañeros hasta qué punto habían estado al borde de la muerte, y cómo el enemigo había perecido en su lugar; al calor del fuego, los cuenta cuentos, los juglares, hablaron en todas partes de sus hazañas. Al anochecer, todos ellos habían salvado personalmente al rey y liderado a los elfos a través del campo de batalla, en aquélla la última carga que cambió el curso de la batalla y salvó al reino de Cormyr.