7
Alusair
Al levantar unos ojos negros como el azabache, su cabellera de color rubio ceniza se agitó, ondeada por el viento.
—Algo va mal —murmuró—. Encárgate tú, Beldred.
El noble barbudo enfundado en una armadura volvió la cabeza para responder:
—Por supuesto, alteza… ¿os encontráis mal?
Su comandante hizo un gesto de negación sin molestarse siquiera en responder, y picó espuelas a la montura al enfilar hacia la izquierda, colina arriba. Beldred la observó alejarse con la preocupación dibujada en la mirada.
—Brace… Threldryn. Seguidla y procurad que no le pase nada.
—A la orden —contestaron a una, desenvainando los aceros y volviendo las monturas. Justo antes de emprender la persecución, Brace murmuró—: ¿Y tú te encargarás de que a nosotros no nos pase nada por cuidar de ella?
—Eso —convino Threldryn, que siempre andaba falto de palabras—. ¿Y si sólo quiere resolver algún asunto… particular?
A cambio, Beldred respondió a ambos con una sonrisa tan inexpresiva como una piedra, y picó espuelas a su montura.
Veinticuatro caballeros y una dama se habían adentrado profundamente en las Tierras de Piedra, en uno de los prados más elevados situados al norte del risco de la Cima de las Estrellas. No eran Dragones Púrpura del montón, sino los primogénitos de las más altas casas nobles del reino, todos tenían título y riquezas propias. Cabalgaban al mando de un comandante poco común, puesto que la dama que corría al galope tendido hacia el oeste, bajo la atenta mirada de Brace Skatterhawk y Threldryn Imbranneth, era Alusair Nacacia Obarskyr, la princesa Mithril de Cormyr.
Pese a todo, en aquel momento Beldred Truesilver no podía dedicarle toda su atención. Los caballeros de Alusair perseguían de cerca a una banda de orcos. Seis días antes, los retorcidos humanoides habían asaltado una caravana en la carretera que discurre al este de la Estrella del Anochecer, y en dos ocasiones habían estado a punto de capturarlos. En cada una de ellas, un oportuno barranco había permitido a los de hocico de cerdo evitar el combate justo al trepar más alto en las colinas de las Tierras de Piedra, adentrándose aún más en las regiones peligrosas que Cormyr reclamaba para sí, pero que tan sólo podía regir a punta de espada.
Al amparo de los fuegos que encendían de noche, las gentes del norte de Cormyr contaban historias escalofriantes de cosas voladoras con colmillos, lobos, trolls y orcos, e incluso de dragones y magos malignos que surgían de cubiles en las Tierras de Piedra para atacar a las gentes de bien. En aquel momento, a Beldred no le costaba demasiado creer aquellas historias. Jamás había visto una hidra antes de emprender aquella aventura, ni un lagarto de fuego, pero en el transcurso de los últimos días había contribuido a matar a ambos, además de una tríada de quimeras. Había descubierto por qué los Dragones Púrpura mantenían la cabeza bien alta cuando la realeza pasaba al galope, aunque personalmente no deseaba ni pizca de toda la gloria. Las heridas leves también duelen, a veces demasiado, como para que alguien se sienta valeroso.
Los orcos corrían en pos de cualquier terreno accidentado en el que refugiarse, y Beldred Truesilver, como la mayoría de sus compañeros, no tenía duda alguna, preferían cargar a cuestas con la maldición de los dioses de la guerra antes que permitir que esas bestias humanoides consiguieran escapar. En lontananza, sobre la hierba aplastada, vio el reflejo de una armadura cuando alguien, probablemente Dagh Illance, tan temperamental como de costumbre, arrojó una lanza.
Se escuchó un alarido inhumano, y Beldred sonrió. Habían encontrado a los orcos. ¡En esta ocasión no se les escaparían! Los caballeros podrían impedir que los orcos volvieran a escabullirse, cortándoles la retirada y empujándolos contra las rocas que se alzaban ante ellos.
Había un valle en forma de copa, si Alusair no se había equivocado al describir la región. Entonces no habría más combates. Los orcos remontarían el valle, pero finalmente tendrían que luchar. Beldred consideró la posibilidad de ir a buscar a la princesa y a los dos hombres de los que había prescindido. Entonces tragó saliva y frunció el entrecejo. Podían cuidar de sí mismos, aparte de que el resto de la compañía no vería con buenos ojos demorar más el ataque, por mucho que se tratara de la princesa. Llevó la mano al duro y reconfortante pomo de la espada, y espoleó la montura para que cabalgara hacia el enemigo, al tiempo que ordenaba a gritos a los demás jinetes que lo siguieran.
La visión —la caricia mental de Vangerdahast— había sido tan sutil como inconfundible. «Ve a un lugar donde puedas disfrutar de intimidad, y espera la llegada de un halcón tal que… así».
Alusair frunció los labios. Otra vez esos condenados asuntos de estado. Cabalgó al otro lado de la pared rocosa, buscando a los orcos con la mirada, sin ningún interés por encontrarlos. Debía de tratarse de un asunto que el mago del rey quería mantener en secreto, o de otro modo habría proyectado su voz hasta donde se encontraba. ¿Qué sería esta vez?
Al menos no tendría que esperar demasiado, ni pensar que los jóvenes jinetes con los que cabalgaba por primera vez la tildaban, en su fuero interno, de cobarde. Ya veía un punto en lo alto, recortado contra el azul del cielo, una oscuridad que descendía hacia ella como la piedra de una honda. Desmontó para ahorrar un buen susto al caballo, y caminó algunos pasos hasta que decidió esperar con la daga de la bota izquierda en una mano, y la espada desnuda en la otra… sólo por si acaso. En las Tierras de Piedra nunca estaban de más las precauciones.
Ya podía ver el halcón; llevaba en las garras una bandeja de plata circular, cuyo centro era de espejo y tenía el reborde surcado de runas grabadas, una misiva.
A media altura del suelo, el halcón levantó las patas batiendo las alas con fuerza para empezar a planear. Las plumas se fundieron en rizos de carne en expansión que fluía y se encogía de forma enfermiza. Era un reflujo, lo cual implicaba que el ser adoptaría su propia forma tan sólo temporalmente, y que no tenía ninguna intención de faltar al hechizo que lo convertía en halcón. La transformación se aceleró a una velocidad vertiginosa, hasta dar forma súbitamente a la silueta de nariz puntiaguda de una mujer vestida con una túnica marrón, en cuyo rostro se dibujaban arrugas de preocupación. Era mayor, pensó Alusair, pero seguía siendo tan atractiva y elegante como de costumbre. La maga se arrodilló y le ofreció la bandeja.
—¡Laspeera! —exclamó Alusair tras reconocerla, dejando caer las armas y librándose de los guanteletes para que pudiera acercarse a ella con los brazos abiertos.
—Es un honor, alteza. Aquí traigo este mensaje urgente —respondió la guardiana de los magos de guerra, esbozando una sonrisa forzada.
Alusair frunció el entrecejo. La formalidad de Laspeera tan sólo podía significar una cosa: malas noticias. Cogió la bandeja, la colocó con cuidado sobre la hierba, estrechó a la hechicera entre sus brazos y besó su mejilla.
—Sea como fuere, me alegra mucho verte, Laspeera. ¿Qué hay de mi padre?
La maga respondió al beso, pero no soltó prenda, señalando la bandeja con una inclinación de cabeza.
«Oh. Oh, maldita sea —pensó la princesa guerrera—. Rayos y truenos».
Alusair cogió la bandeja y tocó con las yemas de los dedos las runas destinadas a ella, que despidieron un fulgor durante un breve instante. Se trataba de un mensaje de una única lectura; por tanto, malas noticias.
Al cabo de un momento, la voz familiar de su padre surgió del disco, en tono bajo pero inconfundible.
—Alusair, el reino corre peligro. Bhereu ha muerto, y Thomdor y yo podríamos habernos reunido con él cuando recibas este mensaje. No abandones las Tierras de Piedra. Mantente fuera de la vista de quienes podrían acudir en tu busca. Si oyes a alguien hablar de mi muerte, no te fíes, a menos que tal información provenga de alguien en quien ambos confiemos. Toma la corona si lo crees necesario, pero sigue los dictámenes de tu propia conciencia… No gobiernes sólo por creer que es lo que yo desearía que hicieras. Tienes que saber, pequeña, que te quiero. Siempre te he querido, y si los dioses así lo desean, siempre te querré, cuidaré de ti y del reino, aunque tú no puedas verme ni oírme nunca más. Que los dioses te guarden, Alusair.
Alusair tragó saliva; distraída, la bandeja estuvo a punto de caer de sus manos.
—Que la fortuna de todos los dioses os acompañe, alteza —dijo Laspeera, cogiendo la bandeja—. Me temo que tengo otros asuntos que atender en este momento.
La hechicera guerrera besó la frente de la princesa, volvió a convertirse en halcón y remontó el vuelo, ascendiendo directamente hacia el sol.
La princesa la vio marchar, aturdida. Entonces su cuerpo fue sacudido por un sollozo incontrolado que intentó reprimir, porque no quería llorar.
Se mordió el labio mientras contemplaba la dura grandeza de las Tierras de Piedra. No deseaba más que su tímida hermana convertirse en reina. Y mientras Tanalasta viviera, ella no cargaría con esa responsabilidad. ¡Pobre Tana!
Pobre padre. ¡Dioses! Siempre supo que llegaría ese día, pero…
Los dioses. Sí, había llegado el momento… de hecho, se hacía tarde. Ya habría tiempo de sobra para lamentaciones, antes estaba el deber, siempre el deber…
Se arrodilló sobre la roca dura para rezar una plegaria, una súplica silenciosa. Al terminar no abrió los ojos, sino que se concentró en llamar mentalmente al mago del reino. Intentó iniciar la conversación a distancia que permitía al mago conversar con la combatiente doncella de los Obarskyr, sin importar la distancia que pudiera separarlos.
Pensó en Vangerdahast. En sus ojos castaños… o rojos cuando se enfadaba, lo cual sucedía a menudo: en la quijada y en la barba espesa que la cubría… blanca, y también en su pelo, aunque de vez en cuando pudiera encontrarse algún que otro pelo superviviente, rojizo. Amable, duro, la barriga que empezaba a formar un relieve en la túnica lisa…
Su imagen mental pareció moverse durante un instante y adquirir el tembloroso aspecto de una impresión fugaz que imprime en la retina un movimiento apresurado en el recibidor de palacio. ¿Un recibidor? ¿En palacio? O…
—¿Alteza? —A juzgar por su voz, Brace estaba nervioso. Alusair movió la cabeza, exasperada, al arrodillarse entre las piedras con los ojos cerrados. El contacto, aunque breve y apresurado, se había roto, la visión se fundía en tinieblas…
—¿Lady Alusair?
Desapareció. Suspiró y se esforzó por reprimir la necesidad de dar rienda suelta a la congoja. ¿Acaso esos hombres no podían comprender que necesitaba estar a solas? No, imposible. Nada sabían de su padre, de Bhereu… ¡pobre tío Bhereu! Se levantó lentamente, echando a un lado la melena de modo que cayera sobre su otro hombro. Respondió a la interrupción en un tono neutro.
—¿Sí, buenos señores? ¿O debería llamarlos «sabuesos»?
—Beldred nos ordenó que viniéramos —dijo una voz de tenor, sin inflexiones—. Creí que no nos querría… —Calló. Alusair estaba prácticamente segura de que ninguno de los guardias había visto a Laspeera llevándole la bandeja de plata.
—Sabias órdenes las de Beldred Truesilver, Threldryn —replicó la princesa, reconfortando a ambos con una amplia y fugaz sonrisa, justo antes de dar un salto de las rocas y coger las riendas de una rama seca a cuyo alrededor las había enrollado.
Cuando levantó la mirada, dos pares de ojos preocupados e inquisitivos la observaron. Ninguno de ellos se atrevería a preguntar a una princesa del reino si era una simple necesidad natural lo que la había llevado hasta aquel lugar, pero habían intuido que había algo más.
Alusair suspiró. Cabalgaban hacia la batalla, pero sus hombres debían conocer la noticia.
—He tenido una suerte de… visión —dijo buscando las palabras—, dada por el mago de la corte. Sabéis que, cuando éramos pequeñas, nos protegió con algunos hechizos.
—Para impedir que pudieran raptarlas —dijo Brace, haciendo un gesto de asentimiento.
—Para que mi madre pudiera encontrarnos cuando nos perdiéramos por ahí —corrigió ella, citando la razón oficial con cierta burla en su voz.
—Eso es, ya lo sabíamos —soltó Threldryn.
—Hay una especie de nexo que no ha desaparecido, es débil, pero aún queda… algo —prosiguió la princesa tras mirarlo brevemente—. Ha sido a través de ese algo que se ha puesto en contacto conmigo… de forma no intencionada, creo.
—¿Y la visión? —preguntó Brace.
—Se trata de algo que podría considerarse un secreto del reino, o quizá no. ¡Lo habría averiguado si dos nobles demasiado inoportunos no me hubieran interrumpido, justo en el momento menos adecuado! —los recriminó.
—Mis disculpas, alteza —murmuraron los dos al unísono, tendiéndole los guanteletes y las armas.
Su comandante los recuperó y, al subir a la silla de montar, hizo un gesto con la mano para que se retiraran.
—No voy a reprenderos por cumplir con vuestro deber. Teníais órdenes, y el que os las dio tan sólo pensaba en el bien de Cormyr, sin duda. Vosotros no tenéis la cul…
Así hablaba cuando dieron la vuelta a las rocas y el rumor de la batalla llegó hasta sus oídos. Dejó de hablar para concentrar toda su atención en la mirada, al principio sorprendida, después molesta. Bajo los tres jinetes, una pequeña banda de orcos huía en dirección a una cuesta empinada mientras el orgullo de la caballería cormyta, compuesta por nobles jóvenes, picaba espuelas hacia ellos entre gritos de entusiasmo. Alusair y sus sabuesos consiguieron distinguir movimiento en las paredes de la cuesta. Había más orcos, y esperaban a los humanos que estaban a punto de caer en la trampa.
—¡Beldred, idiota! ¡Es una trampa! —Y picó espuelas a lomos de su montura para emprender una carrera frenética, pidiendo a gritos que galopara más.
Los dos nobles, Threldryn y Brace, no tardaron en encontrarse galopando tras ella con el corazón en un puño, antes de saber siquiera qué demonios sucedía.
La encerrona se llevó a cabo antes de que Alusair hubiera cubierto la mitad del espacio que la separaba de sus nobles. De las paredes del valle surgió una serie de relámpagos mágicos, cuyo trueno originario reverberó por las paredes del valle. Los caballeros de brillante armadura danzaron montados en sus sillas al ser golpeados por los relámpagos luminosos, temblando de forma espasmódica sus brazos y piernas, y soltando, por tanto, las armas que empuñaban, dado que sus manos ya no eran capaces de esgrimir arma alguna. Quienes sobrevivieron al asalto dieron la alarma a voz en cuello y se esforzaron por controlar la retaguardia, así como por retener a los caballos que se habían empeñado en huir a galope tendido. Los orcos que se batían en retirada hacía un instante se volvieron contra ellos para infligir terribles heridas a los caballos con sus espadas. Cayeron más monturas, entre relinchos.
Alusair, furiosa, cogió el cuerno de caza y sopló. La llamada alta y clara resonó hasta alcanzar las alturas rocosas: había tocado a retirada. Algunas cabezas se volvieron para mirar en su dirección, cuando los jóvenes caballeros de Cormyr escucharon la señal de su comandante y tiraron de las riendas incapaces de dar crédito a lo que sucedía… Quizá se sintieran aliviados, dependiendo de su sabiduría. Aquellos cuyos caballos respondieron volvieron grupas y recorrieron el valle al galope, seguidos por los gritos roncos y triunfales de los orcos.
Alusair rugió igual que Azoun cuando cabalgaba con sus hombres.
—¿Acaso lo único que sabéis hacer es cargar? Beldred, ¿no te diste cuenta de que ese valle era ideal para tender una emboscada?
—No hubiera podido detener a mis hombres, alteza —respondió el ensangrentado Beldred Truesilver—, pero debo admitir que ni siquiera lo intenté. ¿Quién iba a esperar que unos simples orcos fueran capaces de atacarnos con rayos?
Alusair extendió las manos, exasperada.
—¿Cómo es posible que sean tan hoscas sus maneras, como para mancharos esas capas tan bonitas que lucís? ¡Cualquiera diría que habéis dejado el cerebro en la vaina de la espada! —Alusair miró la boca del valle y masculló una maldición—. Deberíamos reagruparnos ahí atrás, en las rocas, pero si lo hacemos los orcos matarán a todos los que han derribado de sus monturas. Tenemos que auxiliar a nuestros camaradas. ¡Formad en cuña a mi espalda, ahora!
En el caos del rumor de cascos, los caballos resoplaban y los hombres gritaban, pero lograron formar.
—¿Hay algún muerto? —preguntó Alusair, sin perder de vista el valle.
—Dagh Illance —murmuró alguien enfundado en una armadura chamuscada. No llevaba yelmo, y el hechizo había reducido buena parte de su pelo a cenizas. Pasó cerca de ella, como si siguiera atontado—. Quizás uno o dos se hayan llevado la peor parte del golpe.
—Enhoramala para Illance, el muy lerdo. La estupidez debe de ser cosa de familia —murmuró Alusair, para que nadie pudiera oírla. Desenvainó una daga, oculta en la bota izquierda, y la cogió de modo que la gema engarzada en el pomo apuntara hacia adelante. Después, ordenó—: Al galope, una vez allí nos separaremos y cada grupo cabalgará a lo largo de cada una de las paredes del valle; ¡no arremetáis contra vuestros propios compañeros! Arrojad dagas y lanzas a los orcos situados en las elevaciones, y cuando los tengáis al alcance de la espada, matadlos y pisoteadlos con los caballos. Si encontráis alguna cueva, manteneos apartados de ella. ¿Lo habéis entendido? ¡Bien, pues al galope!
Cuando su grito aún no había dejado de acariciar el oído de sus caballeros, picaron espuelas y emprendieron la carga. Ya nadie vitoreaba satisfecho ni profería gritos de guerra. Estaban molestos y muy enfadados con el enemigo, y cada uno de ellos cabalgaba con el recuerdo desagradable en mente de los compañeros caídos. Si la princesa no fuera la guerrera que era, en aquel momento la mitad de ellos estarían cabalgando rumbo a las tierras bajas, abandonando a la otra mitad del grupo, moribunda en el campo de batalla. Pero como era una gran guerrera, cabalgaron con la mandíbula apretada, preguntándose qué impediría a otro rayo caer sobre sus gargantas mientras entraban al galope en el valle.
Allí estaban con el miedo dibujado en sus rostros. Se encontraban lo bastante cerca como para ver a los orcos, que a su vez los observaban con muecas al dirigirse a cumplir con la tarea de cortar la garganta a los compañeros caídos. Los humanoides no habían previsto que los caballeros dispersados por la magia pudieran volver.
En aquel momento los jinetes de Cormyr estaban situados entre las rocas y el valle. Se produjo un súbito fogonazo de luz cerca de donde el pelo suelto de Alusair ondeaba por encima de su hombro, un fogonazo seguido de una llamarada.
Una enorme lengua de fuego rojo y ardiente como el infierno surgió ante ellos, y alguien en vanguardia de la formación en cuña lanzó un grito de terror, pese a que Alusair ni siquiera se inmutó. Surgió el fuego, que luego desapareció como el fruto de una ilusión, disipada por su comandante al cabalgar a la cabeza de la carga. Seguía ella con la daga de pomo enjoyado ante sí, y algunos de los hombres vieron surgir una columna de humo de la gema. Sin duda se trataba de algún encantamiento para combatir el poder mágico del enemigo, y anular la ventaja que tenía en ese aspecto.
Pero entonces no hubo tiempo para tales pensamientos, porque los orcos estaban por doquier y por fin había algo a lo que dar mamporros. Los caballeros dividieron la formación de modo que cada línea pudiera recorrer una pared del valle, derribando todo lo que encontraran a su paso.
Brace Skatterhawk vio por el rabillo del ojo un rostro ceniciento y boqueante. Lanzó un tajo con la espada, que se hundió en algo grueso y blando, y siguió al galope sin saber si había derribado al enemigo. A su alrededor surgieron gruñidos y gritos, acompañados por el estampido de los cascos de los caballos, momento en que apareció de nuevo la lengua de fuego.
La princesa tenía razón. Había una cueva al fondo del valle, de la que surgía una esfera formada por llamaradas de color rojo puro que parecía acercarse rodando hacia ellos. Alusair ordenó a sus caballeros que se situaran a ambos lados del fuego rodante, y a continuación picó espuelas, directa hacia la bola de fuego. De nuevo volvió la bola de fuego a evaporarse al entrar en contacto con la daga enjoyada de Alusair.
Sus caballeros, con renovado respeto, obedecieron y tiraron de las riendas para enfilar ambas paredes del valle, controlando a los pocos orcos supervivientes que salían al descubierto. Otros trasgos gritaron y se retorcieron sin fuerzas en el lugar donde habían caído. El resto permaneció inmóvil y en silencio. No quedaba ningún foco de resistencia, a excepción de la caverna.
—¿Qué hay en esa cueva, princesa? —preguntó Brace. Threldryn Imbranneth también estaba cerca.
Alusair recuperaba el resuello, y los nobles, los dos unos románticos, pensaron que jamás la habían visto tan bonita como en aquel momento, sin el yelmo y vestida con la armadura. Les dedicó una mirada fugaz, y acto seguido observó la cueva.
—Una oscura naga, a menos que me equivoque —dijo—. Beldred está en la otra parte del valle. Esta vez espero que se las apañe para impedir que esos cabezahuecas realicen otra carga.
—¿Una naga? —preguntó Threldryn—. No pretendo parecer irrespetuoso, princesa, pero ¿cómo sabéis vos… o cualquier otra persona… algo así?
—¿Acaso cuando va usted a la guerra, lord Imbranneth, sólo es para cabalgar? —preguntó ella, clavando en él sus ojos castaños—. ¡Intente pensar, aunque sea por una vez… y verá qué bien le sienta! —Parte del fuego que había en sus ojos pareció apagarse, y añadió—: Hasta este momento, en la presente campaña, nos hemos enfrentado a hidras, lagartos de fuego y orcos lo bastante valientes como para bajar a las granjas de nuestras tierras bajas no una, sino varias veces. ¿De dónde salían todas esas criaturas?
—Eh… bueno, de las Tierras de Piedra, princesa —aventuró Threldryn, indeciso—. ¿De dónde, si no?
—¿No le sorprende, querido señor, que tres quimeras se alineen para enfrentarse a nosotros en lid, una tras otra? ¿Unas bestias que no podrían enfrentarse entre sí, estando tan cerca unas de otras?
—Zhentarim —murmuró Brace—. La Guardia Negra. ¡Otra vez utilizando los portales mágicos y sus invocaciones de monstruos!
—Precisamente —corroboró Alusair con énfasis—. Lo cual sugiere que estos orcos huían para ampararse en su amo, en esa cueva, una de las nagas negras que la Guardia Negra ha instituido como mentoras de las bandas de orcos. Nos ha alcanzado un rayo, y a continuación una bola de fuego; mi daga escudahechizos bloqueó esta última. De haber habido un mago en el interior de la cueva, a estas alturas ya nos habría atacado con algo mucho más poderoso, o bien habría huido. ¡En lugar de ello, nos ataca con una esfera llameante!
—¡Por tanto, se trata de una naga, que a estas alturas ha empleado todo su poder mágico, y está limitada a los hechizos menos poderosos! —exclamó Threldryn, triunfante. Alusair esbozó una sonrisa. Al parecer aún cabía albergar alguna esperanza con la joven nobleza de Cormyr.
Beldred cabalgó hasta su posición.
—Hay una naga ahí dentro, y voy a por ella —dijo la princesa a su comandante—. Quiero a dos voluntarios dispuestos a acompañarme, sólo dos. Si al anochecer no he salido, decida usted la mejor forma de atacar y entre en la cueva.
Brace, Beldred y Threldryn se prestaron voluntarios, cómo no. La princesa dejó a Beldred al mando de los nobles supervivientes. El capitán Truesilver despachó de inmediato algunos exploradores para que buscaran orcos supervivientes o cualquier otra sorpresa que los zhentarim les hubieran preparado.
Alusair se llevó consigo a los dos nobles, que cabalgaron al galope al pie de las rocas que formaban una de las paredes del valle, en dirección a la abertura de la caverna. Cuando la princesa vio que las rocas podían proporcionarles protección, hizo un gesto para que formaran detrás de ella, y comprobó con la mirada que la habían obedecido.
Entonces examinó largo y tendido a la compañía, que había adoptado posiciones defensivas para evitar posibles sorpresas procedentes de la cueva. Desde aquel lugar de las Tierras de Piedra podían verse las tierras que se extendían en lontananza hacia el sur, y Alusair pudo distinguir la delgada línea verde que delimitaba el horizonte, los bosques lejanos de Cormyr. Más al sur estaba Suzail, donde su tío Bhereu yacía muerto y Thomdor y su padre agonizaban.
Brace y Threldryn vieron temblar unas lágrimas inesperadas en los ojos de la princesa, que respiró profundamente y se volvió hacia ellos, haciendo un gesto enérgico.
—¿Princesa? ¿Qué sucede? —preguntó Brace.
La mata de pelo rubio ceniza volvió a ondear cuando su comandante giró la cabeza para responderle.
—Nada para lo que un Dragón Púrpura no esté preparado —respondió lacónica, al tiempo que desenvainaba lentamente la espada, retándolos en silencio a que insistieran sobre la causa de sus lágrimas.
Ellos respetaron su silencio, y Alusair les correspondió con un amago de sonrisa.
—Y ahora, mis buenos caballeros —dijo secamente—, ¿estáis conmigo en esto? ¿Por Cormyr?
—¡Por Cormyr! —repitieron en voz alta. Por fin sonrió—. Plantemos cara al enemigo. —Y se dispuso a entrar en la oscuridad de la caverna.
Brace Skatterhawk jamás olvidó lo sucedido. Recordaría hasta el día de su muerte la lucha frenética que tuvo lugar en aquella caverna con la serpentina naga, cuyos hechizos no hacían sino envolverlos, y tampoco olvidaría la valentía de que hizo gala Alusair. Su enemiga se retorcía y serpenteaba, mientras ellos lanzaban tajos y estocadas, una y otra vez. La cola venenosa hendió el aire sobre sus yelmos no una, sino varias veces, decidida a acuchillarlos con una velocidad increíble. Alusair fue la que se la jugó para cegar a la bestia, al gritar: «¡Por Azoun y Cormyr!».
Los tres guerreros contribuyeron a la suerte de la batalla, y la bestia murió a sus pies después de haberla atacado con encono. La naga profirió un grito y, poco después, expiró. Su grito les recordó el sollozo de una mujer al ver que se le escapa la vida entre las manos.
Cuando la criatura serpentina yació moribunda, despidiendo las entrañas aceitosas y negras, Alusair saltó sobre su cuerpo sin perder un segundo. Brace vio que la princesa cogía otra gema del cinturón, un último homenaje a la magia, supuso.
Arrojó la gema hacia adelante, a algo que había detrás de la naga. Su objetivo era un óvalo de crepitante fuego azulado, mágico, que se extendía al fondo de la cueva. Era el portal mágico del que habían estado hablando, una puerta de acceso creada por los zhentarim. El portal se vino abajo, acompañado por una especie de rugido, justo cuando una criatura parecida a un cangrejo gigante se disponía a atravesarla. El fulgor mágico del portal parpadeó ante el impacto de la gema, y el monstruoso cangrejo dio un par de pasos fuera, en la cueva, cortado por la mitad.
Brace exhaló un suspiro, y acto seguido oyeron un estruendo generalizado a su espalda. Los demás nobles, impacientes, habían entrado en la caverna. Al parecer no habían podido esperar hasta el anochecer, sobre todo tras oír los gritos de la naga.
—¡Hurra! ¡Hemos terminado, princesa! —gritó exultante Ulnder Huntcrown, uno de los jóvenes potros desbocados.
—No, Ulnder —replicó la princesa guerrera con cierta hosquedad, poniendo los brazos en jarras—. Nuestro trabajo no ha hecho más que empezar. Tenemos que rastrear y destruir todos los portales similares que encontremos.
—Eh —gruñó el noble, exasperado—. ¿Por qué las victorias nunca son tan definitivas como cantan los juglares?
—Porque los cantores no tienen que asegurar ninguna posición, pero los guerreros sí —respondió Alusair, con acritud.
—O no tardan en morir —apuntó en un murmullo Harandil Thundersword. La princesa observó fijamente al noble de voz suave, e hizo un gesto de asentimiento. La princesa guerrera se volvió entonces a los demás, que también asintieron, incómodos.
—¡Basta de combates por hoy, muchachos! —gritó Alusair, esbozando una sonrisa, y sus blancos dientes se perfilaron generosos—. Vamos a buscar un lugar donde podamos resguardarnos, acampar y descansar un poco, ¡que mañana cabalgaremos sin descanso por las Tierras de Piedra!
Se produjo un suspiro más o menos generalizado, muestra evidente de que los nobles se habían relajado un poco. Un coro de gruñidos de simpatía acogió después las palabras de la princesa, aunque vio también que más de uno se llevaba la espada a la frente para saludarla, cosa que la hizo sonreír, complacida.
—¡Ésta es mi banda de valientes! ¡Dioses, qué orgullosa me siento al pensar que en los años venideros Cormyr os tendrá a todos vosotros sentados en los salones, señores y barones del reino!
Las hogueras crepitaban y desprendían algunas chispas, mientras las llamas alzaban sus anaranjados dedos hacia las estrellas. Entretanto, Alusair caminaba sin hacer ruido entre ellos, con una capa oscura como la noche sobre los hombros, y oía las risas e incluso algún que otro canturreo desafinado.
Aquella noche los hombres estaban alegres. Entonces, las muertes de Dagh Illance y los demás ya habían adquirido una pátina de heroicidad, en las que cada uno de los supervivientes tenía su propia versión, en la que siempre intervenía su capacidad, legendaria, de enfrentarse a las bandas de orcos.
Los seis hombres reunidos alrededor de la hoguera situada en el extremo sur no vieron acercarse a la princesa; de otra forma, jamás se hubieran atrevido a decir lo que dijeron.
—Maldita sea, Brace Skatterhawk, ¡siempre acabas haciendo de abogado del diablo! ¿Cuántos bandos quieres que haya?
—¡Igualito que el rey!
—¿Y por qué no? Después de todo es hijo de Azoun, ¿acaso no habéis oído lo que se dice?
—Claro que sí, Kortyl —respondió Threldryn—, ¡pero la mayoría de nosotros tiene el suficiente conocimiento para no decir tales cosas cuando cabalga en compañía de la hija de Azoun!
—Vale, Kortyl. ¿Y si te oyera?
—¡Bah! ¡No le tengo ningún miedo! Vamos, si ella… —Kortyl calló de pronto, cuando los demás levantaron la mirada conscientes de una repentina tensión en el ambiente. Allí estaba la princesa, de pie ante ellos como la sombra oscura de la noche, el fuego pálido reflejado en su mirada.
—¿Sí, Kortyl? —preguntó en un hilo de voz—. ¿Qué harías?
—Eh… bueno, yo… vamos que… yo… —El joven caballero desvió la mirada.
—Si yo fuera tú, Kortyl Rowanmantle, procuraría mirar a mi alrededor para asegurarme de que no haya nadie escuchando, antes de decir nada parecido —le dijo ella al oído, tras arrodillarse a su lado y agarrarle una oreja.
La princesa empujó hábilmente a Kortyl hacia un montón de ascuas. Fuera cual fuese la disculpa que el joven estaba a punto de tartamudear, se perdió en el estruendo generalizado de las risotadas.
—Brace Skatterhawk, quiero verle en mi hoguera en cuanto haya cenado —ordenó Alusair, poniendo fin a las risotadas—. No se olvide.
Las estrellas brillaban en el firmamento, pese al puñado de nubes que mitigaban su fulgurante belleza. Alusair yacía tumbada de espaldas, con la hoguera aún caliente a los pies, y las contemplaba recordando las diversas historias que había oído acerca de los… excesos de su padre. Mejor llamarlo por su nombre, pensó: amoríos. Buena parte de aquellas historias se habían forjado incluso antes de su boda, otras eran rumores sin fundamento, seguro, pero…
Cerró los ojos y volvió a la gran sala, en una mañana radiante de cuando aún no había cumplido veinte años, cuando tantos jóvenes nobles que habían cumplido la mayoría de edad eran presentados en la corte. Todos se arrodillaban, uno tras otro, y todos se parecían a Azoun. Finalmente, el viejo Vangey murmuró detrás del trono:
—¿Qué tal un poco de moderación, mi señor?
Recordaba la expresión solemne dibujada en el rostro de su padre, y la sonrisa divertida y tensa a la vez de su madre. También recordaba haber tirado de la lengua a su tío Bhereu, hasta que el guerrero amable, sonrojado y tartamudo, expuso la situación con palabras comedidas:
—Tú y tu hermana sois las herederas del trono de Obarskyr —había dicho, rindiéndose a la inevitable tarea de exponer a los jóvenes la complejidad de la vida—. Sin embargo, son muchos los que comparten tu sangre, aunque no se reconozca de manera oficial. Estos «parientes» no tienen mayor oportunidad de olisquear el trono que un limpiachimeneas; pese a todo, existen y no se los puede olvidar.
Suspiró y abrió los ojos para volver a observar las estrellas, preguntándose con un súbito escalofrío cuántos de esos medio hermanos compartían la información de Bhereu. ¿Cuántos creían tener derecho por su sangre, aunque no fuera reconocida, a regir Cormyr? ¿A cuántos de ellos, con algún rasgo de su padre en el rostro, tendría que enfrentarse, si su padre muriera?
Se sentó y desenvainó el acero. Así es como la encontró Brace Skatterhawk, vestida con la armadura, envuelta en la niebla y cubierta por la escarcha de la noche, con la hoja de la espada desnuda en su regazo. Abrió los ojos como platos, pero se limitó a decir:
—Aquí me tenéis, alteza.
Alusair volvió la cabeza e hizo un gesto para que se acercara.
—De modo que, según dicen, eres mi hermano… —dijo en voz baja, cuando estuvo a su lado.
—¡Princesa! —dijo en tono de reproche—. ¿Y qué importa? ¿Debería importar? —Levantó la mano para ahuyentar su propia irritación ante semejante pregunta, sólo para descubrir que la punta de la espada de la princesa reposaba en su garganta. Su comandante se había puesto en pie, con más agilidad que un gato montés.
—A medida que me hago mayor, y más y más bruja —murmuró Alusair, mirándolo a los ojos—, tengo menos paciencia. Quizá tenga algo que ver con eso de que cada vez me queda menos tiempo para la tumba.
Soltó un bufido hondo y ronco; Brace se dio cuenta de que estaba mucho menos relajada de lo que pretendía aparentar.
—También, a medida que me hago mayor —continuó Alusair—, me enamoro cada vez más… de la verdad. De modo que permítame decir las cosas a las claras, joven Skatterhawk. Por el juramento que hizo a la corona: ¿es mi padre Azoun, también el suyo?
Brace tragó saliva, consciente de la afilada punta de la espada de guerra que tenía en la garganta, y en los, si cabe, más afilados ojos, que lo observaban febriles en la oscuridad.
—Eso… eso me han dicho, alteza —respondió, tras respirar profundamente.
La punta de la espada desapareció, rebotando sobre la hierba cuando Alusair lo rodeó con sus brazos.
—¡Maldición! ¡Eso significa que ya no podré hacer más que esto! —Y cogió al sorprendido Skatterhawk de la frente, donde estampó un besazo filial. Pero se lo dio con tal fuerza que la coraza fue a golpear las costillas de Brace.
Después, Alusair se arrodilló junto al fuego y cogió la otra espada que tenía, una espada de hoja fina para lucir en la corte, y que siempre llevaba colgada de la silla de montar. La espada tenía atravesada una serie de cosas marrones que humeaban.
—¿Te apetecen unas setas? —preguntó herida, en un tono de voz que daba fe de la burla, antes de plantar la hoja de la espada ante su boca. Brace aceptó su ofrecimiento, y lanzó un gruñido por lo caliente que estaba la que introdujo en su boca. Finalmente logró engullirla, aunque se le saltaron las lágrimas. Apareció un vaso en su mano, y tragó el contenido de un solo trago, largo y agradecido. Entonces estuvo a punto de romper a toser, con una expresión de incredulidad en el rostro.
—¡Elverquisst! Dioses, alteza, pero si es un regalo propio de… reyes. —El tono de su voz perdió intensidad, y clavó sus ojos en los de Alusair, que se encogió de hombros.
—Me gustas. Debo admitir que te aprecio. Luchas bien, mejor que la mayoría de los nobles de ciudad que he tenido bajo mi mando. Y si no puedo tenerte por marido… o, abiertamente, por hermano… en fin, en este momento necesito un amigo.
—De acuerdo —dijo en voz baja Brace—. Ya me había dado cuenta. —La cogió de los brazos con suavidad, y la miró a los ojos—. ¿Lo dices en serio? —preguntó—. Es decir, lo de necesitar un amigo. En ocasiones, el abismo que existe entre un noble y un miembro de la familia real puede llegar a ser más insalvable que el que separa a un noble de un campesino. Tú y tu hermana mayor Tanalasta siempre habéis formado un mundo aparte, separadas incluso de las intrigas de la nobleza. ¿Podrá Alusair la Lengua de Fuego confiar en un simple miembro de la nobleza?
Aquella mirada marrón como el roble se clavó de pronto en la de Brace, en ascuas ambarinas como el fuego que quema un instante, y los brazos que él cogía temblaron.
—¿Qué te parece? —dijo, en un susurro.
—Me parece —respondió él, sin apartar la mirada. Ambos se miraron a los ojos largo tiempo, durante el cual ninguno pareció respirar; entonces él añadió—: Olvidad mis palabras francas, alteza, pero tenía que decirlas. Me han educado desde pequeño a respetar el linaje Obarskyr, y aunque se me ha dicho cuál es mi origen, tanto yo como otros como yo ni… siquiera soñamos con la corona, que pertenece tan sólo al descendiente legítimo de Obarskyr, educado como tal. Me pregunto si, pese a ello, podréis confiar en mí.
Ella bajó la mirada durante unos segundos, mordiéndose el labio. Entonces volvió a mirarlo de nuevo, con orgullo, y el fuego que antes había ardido en sus ojos se había extinguido.
—Muy buena pregunta —dijo, haciendo un gesto de asentimiento—. Puedo… confiar. Confiaré en ti, por ti. Y como amigo, voy a confesarte que estaremos de patrulla más tiempo del que habíamos planeado, hasta que encontremos todos esos portales de la Guardia Negra.
Brace Skatterhawk soltó sus brazos y con su mano izquierda cogió la derecha de la princesa, que seguidamente acercó a sus labios.
—Será un honor para mí ser vuestro amigo.
Entonces acercó las manos a las correas que aseguraban la armadura de la princesa, y dijo:
—Se me ocurre una forma de celebrar nuestra amistad. Los hermanos no se atreven a hacer tal cosa, o correrían rumores. Los amantes, por otra parte, siempre tienen demasiada prisa por emprender otros… negocios. Sin embargo, un par de amigos…
—Aparta esas manos de las correas, amigo Brace —advirtió Alusair, que acto seguido se volvió de modo que la luz del fuego alumbrara su cuerpo, para que él viera lo que estaba haciendo. Brace apartó con cuidado las placas de metal que cubrían su torso, e hizo un gesto para que tomara asiento. La princesa obedeció.
—Como iba diciendo —continuó Brace con cierta seriedad—, los amigos tienen las manos más adecuadas para librarlo a uno de la armadura, y… darle un masaje en los pies.
—Mmm —gimió Alusair, recostándose y cerrando los ojos con una expresión de auténtico éxtasis—. ¡Qué bien he elegido! Tendría que haber supuesto que eras tan bueno con las manos como con la espada. Me alegra tener por amigo a un campeón de los masajes en los pies, sobre todo cuando el reino corre peligro. —Un pensamiento fugaz pasó por su mente al pronunciar estas palabras, y de pronto se puso tensa.
—¿Princesa? —preguntó, inquieto.
—No pasa nada —dijo ella haciendo un gesto con la mano, para que no le hiciera caso—, acabo de recordar una cosa, eso es todo…
—¿Se trata de un secreto? ¿O de algo que poder compartir? —insistió Brace, mientras ella agitaba la cabeza, absorta.
—Un secreto —se limitó a responder, pese a que el pensamiento iba y volvía en su cabeza, una y otra vez. Sabía que tenía razón. En toda su vida, jamás había oído a su padre decir: «El reino corre peligro», pero el caso es que había sido, de siempre, una de las frases favoritas de Vangerdahast. Frunció el entrecejo y pensó en el mensaje. ¿Por qué razón el viejo mago se haría pasar por su padre?
¿Qué estaría tramando Vangerdahast?