18
De magos y felinos
Thanderahast, el miembro más reciente de la Hermandad de los magos guerreros, se afianzó cuidadosamente a la repisa. Podría haber empleado un hechizo sencillo que le permitiera trepar por el costado del edificio, pero confiaba en que Luthax habría establecido un entramado de encantamientos a modo de defensa no sólo contra la magia, sino también contra quienes hicieran uso de ella. De modo que tuvo que volver, aunque fuera por unos momentos, a la infancia.
El frío viento otoñal azotó su rostro y todo su cuerpo de tal forma que deseó haberse puesto algo más abrigado que la camisa oscura y los calzones de cuero. Una capa lo hubiera zarandeado como un trueno incesante a merced de aquella brisa entablada, mientras el conjunto completo de mago habría bastado para enviarlo de forma descontrolada por los tejados de Suzail, como si fuera un gato extraviado.
A Luthax le encantaría saberlo, claro que Luthax disfrutaba con cualquier cosa relacionada con el zarandeo de sus subordinados.
—Escucha, engendro de orco —había dicho Luthax el primer día a Thanderahast—, la única razón que justifica tu presencia aquí es que tu tía Amedahast es la hechicera suprema. Sin embargo, eso a mí no me basta, voy a resoplar en tu cogote igual que la vara del cabrero con sus cabras, hasta que decidas dedicarte a otra cosa.
Su relación con Amedahast era tan distante como inequívoca, aunque entre medio hubiera pocos magos. Por supuesto Thanderahast hubiera preferido vagar por las ruinas de la antigua Asram y Hlondath o estudiar en las bibliotecas élficas de Myth Drannor a jugar a los espías en los solitarios tejados de Suzail.
Al principio Thanderahast creyó que Luthax lo veía como a un competidor. Baerauble el Venerable había elegido a uno de su propia sangre como sucesor, y posiblemente a Luthax le preocupaba que Thanderahast supusiera un reemplazo similar para la anciana hechicera de Cormyr. No obstante, había algo más. Luthax era transparente como el cristal, y resultaba obvio que disfrutaba enormemente asignando al mago las tareas más desagradables y difíciles, para después comentar con los demás, Amedahast incluida, todos sus fracasos. Buena parte de la corte, gracias a la lengua viperina de Luthax, daba por sentado que Thanderahast era un imbécil.
Oyó algunos pasos sobre los guijarros del suelo, abajo, y Thanderahast permaneció inmóvil sin respirar siquiera. Una pareja de los Dragones Púrpura, la elite del rey, patrullaba el barrio. Sus capas de color violeta oscuro ondeaban a su paso, y no miraron ni a izquierda ni a derecha al pasar junto a las casas de piedra.
Miró al castillo edificado sobre la colina, mientras esperaba a que los soldados doblaran la esquina. El castillo Obarskyr, que había sido reconstruido junto a buena parte de Suzail pasados los Años Piratas, se alzaba sobre la base de la colina hasta la cima, rodeado de amplios campos y reductos ocultos. Nadie volvería a coger por sorpresa a los Obarskyr.
Thanderahast consideró la posibilidad de regresar al castillo y aguardar la vuelta de Amedahast. Se había ausentado para resolver unos asuntos concernientes a la corte, como solía hacer de un tiempo a esta parte. Gracias a los comentarios maliciosos de Luthax, la posición de Thanderahast en la corte no era precisamente buena, así que no le quedaba más remedio que jugar él solito a los espías.
Luthax tramaba algo, de eso Thanderahast no tenía ninguna duda. El mago corpulento, uno de los más importantes del reino después de Amedahast, servía en calidad de guardián de la magia y líder, a todos los efectos, de la hermandad. Pese a todo, era un tipo desagradable, zalamero y servil con quienes ostentaban una posición elevada, turbulento y fanfarrón con sus iguales y altivo como el sol con todo aquél a quien considerara inferior. Por ejemplo, con sus subordinados, como Thanderahast.
Pero a lo largo del último mes, sus acciones habían sido muy intrigantes. Idas y venidas misteriosas, sobre todo las visitas a otras familias nobles. Repentinos «retiros» de miembros elevados de la orden, y ascensos de amigos de Luthax a puestos de responsabilidad en la hermandad. Tanto los subordinados como los magos menores eran tratados más como simples peones que como estudiantes.
Thanderahast había mencionado todo esto a Amedahast, y su única respuesta fue: «Entonces lo mejor será que lo vigiles, ¿no?». Lo cual lo había llevado a encaramarse a aquella amplia repisa de piedra, situada en la fachada de la casa que un noble tenía en la ciudad, en plena noche fría de otoño.
Avanzó con tiento y estuvo a punto de caer cuando una sombra se movió justo donde pretendía pisar. Era un gato, negro como la noche, que acababa de dar un brinco desde donde estaba, antes de desperezarse y maullar irritado por la presencia del joven mago.
Cuando fue capaz de volver a encontrarse el pulso, Thanderahast se preguntó qué haría ese gato en la repisa de la tercera planta. Al parecer, los gatos llegaban a todas partes. La hechicera suprema los había importado después de la última plaga que azotó Marsember, y su presencia parecía haber actuado como un talismán, protegiendo la ciudad de tales enfermedades.
A Amedahast le encantaban los gatos, y durante sus visitas a su famosa tía, Thanderahast había visto al menos una docena de gatos deambulando por sus estancias a cualquier hora del día. Si no se amenazaban mutuamente encima de pilas de libros de hechizos, lo observaban burlones encaramados a las repisas más elevadas y oscuras, o sorteaban los bosques de probetas, alambiques y otros instrumentos más bien delicados.
Por otra parte, el rey Draxius Obarskyr no era muy amigo de los gatos. Su desagrado no era fruto de alguna mala experiencia o de la alergia que sufrían algunos, al menos eso decía la gente, sino que simplemente obedecía al desprecio que le provocaba su familiaridad y la falta de devoción con que lo trataban. Vamos, que si los gatos se comportaran como perros, el rey no tendría ningún problema. Amedahast recordaba a menudo que el rey había llegado a prohibir los gatos en el castillo, pero las ratas se hicieron tan numerosas que los cocineros redactaron una queja formal.
El gato negro, delgado y de origen untheriano, se enroscó alrededor de los tobillos de Thanderahast. Tenía la habilidad característica de los gatos, observó el mago, de ponerse justo donde uno iba a pisar. La pequeña criatura levantó la mirada, mostrando una pequeña mata de pelo blanco bajo su barbilla. Lo miró fijamente con ojos esmeralda, y maulló implorante.
—Lo siento, gatito, pero no llevo comida —susurró Thanderahast, pero el gato se enroscó aún más entre sus tobillos, elevando el tono de los maullidos, cada vez más apremiantes. Finalmente, el joven mago cogió al gato y lo apretó contra su pecho. Era una bolita cálida de pelo que se acercó a su pecho de inmediato, ronroneando.
Thanderahast profirió un profundo suspiro y siguió avanzando. ¿Por qué Luthax no celebraría sus reuniones clandestinas en un subterráneo?
Su objetivo consistía en un conjunto de ventanas de cristal fino dispuestas a lo largo de la fachada del edificio. Aquella casa pertenecía a la familia Emmarask. Uno de los nobles Emmarask, de nombre Elmariel, era uno de los sicofantes de confianza de Luthax y, por supuesto, había ascendido en la hermandad hasta convertirse en un mago casi tan poderoso como él. Si aquel edificio obedecía a los planos de una docena de otros edificios de aspecto idéntico repartidos por la ciudad, la parte que daba a la calle de la tercera planta albergaría la sala de recepción.
Thanderahast no tuvo motivos para sentirse decepcionado. La ventana que tenía más a mano, plomo y hierro que envolvía retazos de cristal coloreado, estaba abierta. De ella surgía el calor del fuego y el aroma de las pipas que fumaban los magos. El gato que sostenía Thanderahast bostezó al oler aquel aroma, esnifó como lo hacen los gatos y volvió a entregarse al sueño que había emprendido en el pecho del mago.
—Debilidad —decía Luthax. Thanderahast pudo identificar su voz estruendosa, que probablemente llegaba a sus oídos después de atravesar toda la estancia; el mago estaba en plena forma—. Eso es lo que tanto nos preocupa. El mago de la corte se hace viejo y cada año que pasa se debilita aún más. Todos recordamos lo que sucedió cuando murió Baerauble. Sin un mago fuerte que vele por el reino, éste no tardará en verse reducido a un montón de ruinas. La tan cacareada sangre Obarskyr no garantiza precisamente el bienestar de Cormyr sin un mago poderoso que lo ampare.
Thanderahast se inclinó un poco para echar un vistazo a la estancia. Había una treintena de personas. Reconoció a los seis cargos más importantes de la hermandad, enfundados en las túnicas negras y rojas con símbolos bordados y medallones que se habían concedido a sí mismos. Los demás eran nobles de poco calado, y también reconoció a los mercaderes más prominentes de Suzail; pero lo que más sorprendió a Thanderahast fue ver a miembros de las familias Bleth, Dauntinghorn, Illance y Goldfeather, además de algún que otro Crownsilver. Un grupo demasiado influyente como para reunirse en una habitación tan pequeña. Luthax estaba situado junto al fuego, mientras a su lado lo hacía Elmariel Emmarask.
Todas las miradas recalaban en Luthax… en el poderoso y corpulento Luthax. La túnica apenas disimulaba su prominente barriga, y el fuego de la chimenea acentuaba las facciones marcadas de su rostro y su larga nariz, haciéndolo parecer mucho más severo y sabio. Tenía la barba larga y de color castaño rojizo; se decía que se afeitaba la cabeza a diario para parecer más sabio.
—Cuando la magia carece de fortaleza —dijo Luthax—, el reino también. Los reyes y los príncipes son irrelevantes para un gobierno estable del reino, si éste no cuenta con una buena base mágica. Ésta es la única razón por la que formamos la Hermandad de los magos guerreros.
Thanderahast reprimió un estornudo. Fue Amedahast quien formó la hermandad, no Luthax. Lo hizo para complementar sus propias destrezas con una escuela de magos leales a la corona, pero también para controlar a los magos que aparecían cada vez más a menudo en el Reino de los Bosques. «Como setas después de una buena lluvia», según palabras textuales de un comentario que le hizo en una ocasión.
Luthax caminó al hablar, enfatizando sus palabras con el dedo alzado.
—Ahora la hechicera suprema está cada día más débil, y pasa todo su tiempo viajando o concentrada en sus hechizos. La mayor parte del año la pasa fuera del reino, en algún lugar lejano, como hoy mismo, sin ir más lejos. Ha perdido interés en Cormyr y en sus reyes pusilánimes. Sin embargo, se niega a renunciar al cargo.
Aquellas palabras levantaron un murmullo de asentimiento en la habitación, provocando una humareda de pipa que abandonó la casa por la ventana. A Thanderahast no le gustaban nada los derroteros que estaba tomando aquella conversación.
—Al mismo tiempo —continuó Luthax—, el propio Draxius ha aprobado algunas leyes bastante duras contra la tala de árboles en el Bosque del Rey y ha derogado los derechos de las familias nobles sobre el lugar. Y cuando conquistó Arabel, no entregó las tierras a los nobles que lucharon a su lado, sino que se aseguró de que las familias nobles del lugar conservaran sus posesiones, como si su rebelión jamás hubiera ocurrido. Y esto por recomendación de la senil hechicera suprema.
Más murmullos, y un «Escuchen, escuchen», probablemente en boca de uno de los Illance.
—Al parecer la sangre de los Obarskyr se diluye, y la hechicera suprema del reino se ha vuelto una vieja arpía que, al tiempo que se apoya en su bastón, urde intrigas estúpidas.
Más gritos de asentimiento. Luthax tenía en un puño los corazones y mentes de su audiencia, gracias a su encanto personal y a la fuerza de unos argumentos que apoyaban sus objetivos. A Thanderahast le ofendieron los comentarios sobre el comportamiento de su tía lejana. Amedahast no era ninguna arpía ni necesitaba ayuda de ningún tipo. «El día que necesite de un bastón —le había dicho en cierta ocasión—, será el día que muera».
—Ha llegado el momento de actuar. Ha llegado el momento de los héroes. Ha llegado el momento de implantar una nueva forma de hacer las cosas en esta nación, si nuestro objetivo es que Cormyr sobreviva. —Luthax tosió y volvió a levantar la voz hasta que reverberó en los cristales de las ventanas—. Vosotros, los que estáis aquí reunidos, representáis la vanguardia. Sois los mejores y los más sobresalientes de entre los mercaderes, los nobles y los magos de la bella Cormyr, y ya habéis trabajado demasiado tiempo a la sombra de un rey estúpido y una mago envilecida. Tenemos en nuestras manos la posibilidad de hacernos con esta tierra y conducirla a la grandeza. Lo único que necesitamos es el arma adecuada.
Luthax caminaba de un lado a otro, una de sus costumbres cuando hablaba.
—Mi compañero Elmariel ha regresado de explorar las ruinas de Netheril con un tesoro antiguo —dijo el mago, triunfante—, un pedazo de magia de los días de antaño en que los magos gobernaban el mundo. Con esta arma, podremos librarnos de quienes constituyen un obstáculo para nuestros objetivos.
Luthax calló de pronto. Thanderahast se agachó y permaneció inmóvil. ¿Acaso habría mirado hacia la ventana? No, el mago retomó su discurso, y cuando Thanderahast volvió a asomarse, también había vuelto a pasear.
—Nosotros somos las verdaderas mentes pensantes de Cormyr —proclamó Luthax, que esperó a oír los murmullos de asentimiento de los presentes—. Podemos gobernar con más sabiduría que cualquier rey, por legítimo que sea, o cualquier hechicera sempiterna. Nosotros no juzgamos nuestras habilidades por ningún otro rasero que no sea el conferido por el mérito, y por un poder real. Es necesario que estemos dispuestos a actuar, y a hacerlo deprisa, cuando llegue el momento de asumir las riendas del poder de manos de otros, más débiles y cansados.
A Thanderahast le hubiera encantado poder seguir oyendo las palabras de Luthax, pero el gato que tenía en el pecho empezó a desperezarse, a maullar y ronronear, no como un felino cualquiera, sino con voz ronca y unos gruñidos que le dieron a entender que allí arriba, junto a la ventana, corría peligro si lo oían. Las diminutas garras del gato se clavaron en la camisa de algodón y se hundieron profundamente en la carne del mago.
Thanderahast dio un paso atrás, lejos de la ventana, y apartó al gato de su pecho. Tenía el pelo erizado, y los ojos abiertos como platos. No intentó resistirse a Thanderahast, sino que escupió y silbó a la noche otoñal.
No, no a la noche otoñal, pensó el mago. Es decir, el gato silbaba algo que flotaba en el aire. No parecía sino el reflejo de la luz de las estrellas, un débil parpadeo fruto de la luz que se filtraba de algunas ventanas iluminadas pese a lo avanzado de la hora. Era invisible, excepto por el contorno, que brillaba como una pompa de jabón, y que revelaba una forma parecida a la de un troll, y una dentadura que brillaba como si estuviera formada por carámbanos de cristal.
Thanderahast retrocedió dos pasos más por la repisa, con el gato en el pecho, mientras su mente se apresuraba a repasar los conocimientos que le permitieran discernir la naturaleza de aquella criatura. Aquélla debía de ser, sin duda, la reliquia que Elmariel había traído consigo de Netheril. Al parecer lo habían descubierto y habían despachado a aquella bestia para que se encargara de él.
El mago empezó a murmurar un conjuro de protección, pero ya era demasiado tarde. La bestia se arrojó sobre él y lo cogió con brazos invisibles, que parecían serpientes enroscadas a su alrededor. Thanderahast ahogó como pudo un grito instintivo; daba lo mismo, quienes se reunían en aquella habitación no acudirían en su ayuda.
La bestia invisible empujó a Thanderahast al borde de la repisa y lo mantuvo suspendido sobre la calle. Thanderahast permaneció allí colgado, iluminado por las luces nocturnas de Suzail.
Entonces lo arrojó sobre el pavimento desde tres pisos de altura. El joven mago se agarró al gato y gritó.
Cayó demasiado pronto como para haberse precipitado desde semejante altura. Al parecer estaba en un callejón débilmente iluminado. No había caído desde tres pies, ni había chocado contra los guijarros del suelo, sino contra unas baldosas sólidas. No tenía frío y el viento ya no soplaba con tanta fuerza. Se encontraba en el interior de un edificio, y sentía un dolor intenso en el hombro donde se había golpeado al caer. El gato había saltado lejos de sus brazos durante la caída, y en aquel momento lo vio asearse tranquilamente, a unos pasos de distancia.
Conocía aquel lugar. El caso es que no estaba en un edificio, sino en el interior del castillo. ¿Acaso aquella criatura de Netheril lo habría arrojado tan lejos? ¿O lo había transportado mágicamente hasta allí?
—Tienes que ver al rey —dijo el gato.
Thanderahast agitó la cabeza con intención de despejarse, convencido de que el gato parlanchín no era sino consecuencia de la caída. Lo miró. Sus ojos eran de un verde radiante y hablaba con la voz de Amedahast.
—Es necesario que veas al rey —repitió— antes de que lo haga la bestia de Luthax. Está en sus aposentos. Yo me encargaré de los conspiradores. —El fulgor cedió en los ojos de la criatura, que volvió a limpiarse cuan largo era, ignorante del hechizo que sufría.
Thanderahast asintió, cogió al gato y se dispuso a recorrer el recibidor. No conocía aquella parte del castillo, porque nunca había estado en el ala real. Sin embargo, sabía dónde encontrar los aposentos reales; la luz que ardía en su chimenea nunca se apagaba de noche.
Los salones estaban vacíos, y las suelas blandas del calzado de Thanderahast resonaron al caminar por las baldosas. Derecha, luego a la izquierda, de nuevo a la derecha otra vez, allí encontraría…
… Un enorme guardia, alto como una torre, vestido con el violeta y marfil de los Dragones Púrpura, montaba guardia ante la puerta que conducía a los aposentos del rey. Al verlo, levantó la palma de la mano y la hoja de un hacha de guerra lanzó un destello en la otra.
—Alto, joven mago —dijo, con mirada severa—. ¿Qué hace aquí a estas horas de la noche?
Thanderahast respiró profundamente. ¿Qué podía decir? ¿Que había estado espiando al líder de los magos guerreros, y que un gato le había dicho que la vida del rey corría peligro?
En lugar de ello, el mago esgrimió el gato ante el guardia. Cuando éste lo miró, Thanderahast pronunció una serie de breves sílabas que ya eran antiguas cuando Netheril era joven, y acercó la mano libre a la frente del guardia con intención de tocarla. El guardia logró proferir una maldición ahogada al caer de bruces contra el suelo, donde, con un leve ronquido, quedó dormido presa de un sueño mágico.
Thanderahast irrumpió en una antecámara vacía, y atravesó a la carrera una arcada para adentrarse en el dormitorio del rey.
Oyó un grito, y vio un destello de piel blanca y una mata de pelo rubio cuando la mujer que había en la cama del rey se hundió bajo las sábanas. Su majestad en persona estaba de pie junto a la chimenea, cubierto con un camisón de dormir y el atizador en la mano, y al oír el grito se volvió ceñudo, olvidando su intención de avivar el fuego. Al otro lado, vio que estaba abierta la ventana para airear el humo.
La expresión de Draxius pasó de la sorpresa al enfado en cuestión de segundos.
—¿Qué significa esto…? —empezó a decir.
A través de la ventana abierta las estrellas se agitaban como las olas de un mar embravecido, y Thanderahast creyó entrever el destello de unos dientes afilados como carámbanos de cristal en la oscuridad de la noche.
Sin pensarlo dos veces, arrojó el gato hacia las estrellas.
La pequeña criatura profirió un maullido agudo al volar por la habitación. El maullido se vio correspondido por un rugido cavernoso, cuando el gato clavó sus garras con fuerza en el tejido invisible. El gato pareció dar vueltas en mitad del aire, agarrado al asaltante invisible.
Unos surcos de sangre se dibujaron en la nada. Al parecer, el interior de la criatura no quedaba tan oculto a la percepción de los demás como su propia piel. La bestia volvió a rugir y el gato la soltó. El felino atravesó la habitación caminando en dirección a la chimenea.
Allí seguía aquella sangre que delataba la posición de la criatura. Draxius cargó contra ella y la golpeó con el atizador que tenía en la mano, una y otra vez como quien esgrime una maza de combate.
—¡Mi espada… al pie de la cama! —gritó después a Thanderahast.
El mago recogió el acero, demasiado grande y pesado como para que alguien de su tamaño y constitución hiciera uso apropiado de él. Al volverse, el monstruo era más visible que antes; la sangre se había esparcido para dibujar una cabeza maltrecha en forma de lágrima, con una boca repleta de colmillos. Bajo la cama oyó el rumor ahogado de alguien que sollozaba, mientras rezaba con fervor.
Thanderahast profirió un grito de advertencia y el rey retrocedió. El mago le arrojó la espada sin desenvainarla. Draxius agarró el acero y lanzó un golpe seco para librarlo de la vaina. Acto seguido se deshizo del atizador y reemprendió el combate.
El rey de Cormyr lanzó una serie de tajos profundos, que alcanzaron la piel de la criatura. Rugió excitado a medida que hundía y volvía a hundir la hoja de su acero en el enemigo. Thanderahast también gritaba, al tiempo que avanzaba por la habitación. Hechizos antiguos, las enseñanzas de la hechicera suprema, los vestigios de lenguas olvidadas. Las manos de Thanderahast brillaron fundidas en una luz azulada, y del fulgor surgieron una serie de dardos en batería, fruto de la hechicería, que abandonaron las yemas de los dedos del mago para dirigirse directamente contra la bestia.
La criatura trastabilló, intentó incorporarse y volvió a trastabillar. Podían verse con claridad sus dientes afilados, cubiertos por su propia sangre. El rey Draxius dio un paso al frente y mediante un último golpe atravesó al monstruo y lo partió por la mitad.
De pronto una quietud total reinó en la habitación. La bestia de Netheril había muerto, y su sangre se extendió al pie de la chimenea. El rey Draxius observó el cadáver con la espada en la mano; apenas jadeaba, y quería asegurarse de que, pese a las manchas de sangre y a la quietud, la bestia no volvería a moverse.
—En fin, un poco de ejercicio nunca viene mal —dijo finalmente el rey. Suspiró y se volvió hacia Thanderahast—. ¿Usted es el joven mozo de Amedahast? ¿Cómo descubrió lo que iba a suceder?
—El gato… —empezó a decir Thanderahast, tartamudeando.
—Majestad —interrumpió Amedahast, cuya voz estuvo a punto de provocar un infarto al joven mago. Incluso el rey ahogó una exclamación y dio un paso atrás del susto.
No, su maestra no se encontraba de cuerpo presente en la habitación, pero sí su imagen mágica. Flotaba con aspecto fantasmagórico en el dormitorio del rey. Su pelo era como lluvia plateada, y caía libre y suelto tras su espalda. Tenía una vara, pero no se apoyaba en ella.
La ilusión que representaba a la hechicera suprema continuó hablando.
—He enviado a mi sucesor, el joven mago Thanderahast, para que impida el intento de asesinato que sufrirá vuestra majestad esta misma noche. Si estáis oyendo estas palabras, es que mi sobrino lo ha conseguido. Habría venido yo misma, pero debía ocuparme de los conspiradores que han enviado a esta criatura maligna para mataros. Son magos poderosos, y si no regreso, sabed que el joven es de mi entera confianza.
La imagen se desvaneció en el aire. Thanderahast tragó saliva; nunca la había visto tan macilenta, ni con el rostro tan chupado. Podría con Luthax, eso por supuesto, pero ¿y con el resto de los traidores de la Hermandad de los magos guerreros?
Entonces reparó en la vara, y recordó sus palabras: «El día que necesite de un bastón…».
Fuera, a través de la ventana, se produjo un brillante fogonazo: la detonación mágica de toda una vida de hechizos activados al mismo tiempo. Su brillantez superó la luz de la chimenea encendida en el dormitorio y, por espacio de algunos segundos, Draxius y el mago se sintieron aliviados, satisfechos. Entonces oyeron el sonido, un estruendo ensordecedor, capaz de agitar los mismos cimientos del castillo.
Cuando Draxius alcanzó la ventana, una columna de fuego se elevaba en la parte baja de la ciudad.
—Espéreme fuera —ordenó a Thanderahast, volviéndose hacia él—. Me visto y voy con usted. Dos minutos.
El joven mago asintió y se dirigió a la puerta. Sabía lo que había sucedido, y lo que encontrarían. El techo de la casa había saltado por los aires como consecuencia de la explosión, al quebrar Amedahast sobre la rodilla el poderoso cayado que había liberado las energías que contenía. Los cadáveres de los conspiradores estarían repartidos por toda la habitación, mientras restos de magia flotaban alrededor como un enjambre de insectos. El mensaje habría quedado lo bastante claro para que cualquier conspirador que no se hallase en la habitación supiera que el precio que se debía pagar por la traición era la muerte, y que ningún sacrificio sería suficiente para obligarlos a pagar por ello.
El guardia seguía dormido, tumbado a la bartola y con la espalda apoyada en la pared. Thanderahast lo dejó dormir en paz, y al cabo de dos minutos, como había prometido, Draxius salió de la habitación vestido con una camisa de excelente factura y un par de calzones. Llevaba puesta la corona, y su espada colgaba del costado.
—Vamos, muchacho —dijo—. Quizá debamos avisar a los magos guerreros para que nos echen una mano.
—No —replicó Thanderahast, antes de mirar a los ojos al rey, sintiendo sobre sus hombros el peso de la responsabilidad que acababa de asumir. Si debía ser tan leal y fiel como lo había sido la hechicera suprema, sólo la muerte lo libraría de semejante peso—. Los magos guerreros —continuó con firmeza—, o cuando menos los líderes de la hermandad, son los conspiradores. Lo he visto con mis propios ojos.
—En tal caso —respondió Draxius, clavando su mirada en el mago—, no nos queda más remedio que manejar este asunto nosotros mismos, para variar. Ah, y… muchacho —añadió, apoyando una mano amistosa en los hombros del joven—, sé que meditarás largo y tendido sobre todo lo que has visto ahí dentro, y que cuando llegue el momento de explicarlo tendrás en cuenta las circunstancias.
Acto seguido, el rey dio una patada al guardia para despertarlo, y rugió algunas órdenes conforme debía preparar de inmediato a un grupo de hombres armados hasta los dientes para investigar aquella explosión. El Dragón Púrpura, atontado, se apresuró a obedecer, y el rey lo siguió a la carrera al tiempo que gritaba órdenes a diestro y siniestro a los miembros del servicio, todos con los ojos abiertos como platos.
—¿Que piense largo y tendido? —repitió Thanderahast. ¿Acaso el rey no quería que se supiera lo bien que manejaba la espada? ¿O la existencia de criaturas fruto de una magia olvidada? ¿O que los magos guerreros eran quienes habían traicionado al trono?
Entonces recordó la mata de pelo rubio, la piel blanca, la cama del rey, y reparó en lo que Draxius había querido decir. La reina era pelirroja, y tan morena como la superficie pulida de una mesa de madera.
Los labios de Thanderahast dibujaron una sonrisa mientras se volvía en pos de su señor. Bastaba con seguir las órdenes que daba a gritos.