19
Ajedrez
Dos hombres permanecían sentados en la antecámara de palacio. Era obvio que no estaban de servicio, pues disfrutaban de una partida tranquila de ajedrez en la quietud del ala real. En realidad, eran magos guerreros, y sí estaban de servicio: debían asegurarse de que ninguno de los nobles que se habían reunido para ver al rey moribundo vagabundearan por donde se suponía que no debían estar… como, por ejemplo, presentarse ante la princesa de la corona. Puesto que los dos primos del rey habían muerto, o tenían un pie en la tumba, nadie a excepción de un mago guerrero tenía arrestos suficientes como para dar órdenes a los nobles, sin incurrir en la mala educación. Sin embargo, los magos guerreros eran expertos a la hora de mostrarse desagradables.
Las flotantes esferas plateadas del reloj de agua marcaban pacientemente el paso de los minutos, mientras Kurthryn Shandarn observaba con expresión ceñuda el bosque de piezas blancas esculpidas en la piedra lunar. Todas estaban esculpidas con el uniforme de los Dragones Púrpura de Cormyr, aunque, según decían, la que representaba al rey guardaba cierto parecido con el rey Galaghard, muerto tiempo ha. Eso no iba a ayudarlo en nada, pensó. Suspiró, movió la torre esculpida con el escudo de Arabel a lo largo del tablero y levantó la mirada.
Huldyl Rauthur lo miró a los ojos y movió pieza sin titubear. Era un individuo bajo y rechoncho, que acostumbraba a tener las sienes bañadas en sudor, pero superaba con creces a Kurthryn a la hora de formular cualquier hechizo, cosa que ambos sabían perfectamente. Pese a todo, Kurthryn era superior en rango. Así eran los magos guerreros; hacían hincapié en el aprendizaje y la enseñanza de la humildad, que nunca cesaba, de modo que se las apañaban para poner siempre a prueba la lealtad de sus miembros. Quienes fracasaban en estas pruebas, solían desaparecer.
Kurthryn frunció el entrecejo con la mirada clavada de nuevo en el tablero. Entonces, a regañadientes, movió la otra torre, la que lucía el escudo de armas de Marsember, y se recostó en el asiento para tener mejor perspectiva del tablero. Los dos jinetes murciélago de Huldyl —magos montados en murciélagos de gran tamaño, encargados de dar la réplica a los nobles caballeros de Kurthryn— se abrían paso a través de la línea de soldados. Huldyl movió a uno de los jinetes murciélago y se llevó por delante a uno de sus peones.
—Un dragoncito menos —dijo tranquilamente. Kurthryn asintió con aire ausente y volvió a observar el tablero con expresión ceñuda. El palacio estaba silencioso como una tumba; después de todo, el rey agonizaba, de modo que tendrían tiempo de sobra para ganar y perder partidas de ajedrez, como hicieran el día anterior y harían al siguiente. La otra guardia de magos, Imblaskos y Durndurve, preferían los dados y las cartas, jugaban a la Rueda de hechizos y al Persigue al dragón, sin tocar siquiera las piezas de ajedrez. Todo ello había contribuido a un largo enfrentamiento ajedrecístico, y a la peliaguda posición actual de Kurthryn.
¡Qué días más oscuros para Cormyr! Kurthryn intentó concentrarse en las defensas abigarradas de su oponente, y advirtió que uno de los clérigos de la muerte de Huldyl amenazaba con romper su barrera y, si no iba con tiento, con llevarse por delante cualquiera de sus tres dragoncitos.
El mago creyó percibir una sombra por el rabillo del ojo. Kurthryn levantó la mirada y vio pasar a Aunadar Bleth en dirección al ala real. El joven noble fruncía el entrecejo y parecía haberse granjeado algunas arrugas de preocupación aquellos últimos días. Kurthryn miró a Huldyl, que obviamente había observado cómo se acercaba Bleth, y al volver la mirada ambos se encogieron de hombros. Desde el punto de vista técnico, el noble era uno de los pocos a los que debían impedir el acceso, dada su juventud. Pero como también era el favorito de la princesa real, y quizás el próximo rey de Cormyr —no, mejor dicho, príncipe consorte—, ninguno de ellos tenía la menor intención de negar a Tanalasta el poco consuelo que podía encontrar en aquel momento… como tampoco querían ofender a la posible futura reina.
Es más, Tanalasta era la hija primogénita de Azoun, y corrían rumores por palacio que consideraban al mago supremo, Vangerdahast en persona (líder de su hermandad), como un traidor a la corona que pretendía hacerse con la regencia mientras Azoun agonizaba en el piso inferior. El miedo hacía que pocos miraran amistosamente a los magos guerreros; si el pueblo andaba en busca de cabezas de turco, Suzail —no, mejor dicho, toda Cormyr— podría convertirse de pronto en un lugar más bien peligroso, o cuando menos inseguro, para quienes vestían el hábito púrpura de los magos guerreros.
¿A qué jugaba el mago de la corte? Varios nobles no se reprimían a la hora de declarar que cualquiera que se hiciera con el Trono Dragón, mientras el rey yacía agonizante en cama, no era más que una sabandija, aunque dispusiera de unos trozos de papel que lo protegieran de una acusación de alta traición. Semejante persona no tendría la catadura moral para erigirse en señor de nadie, y mucho menos si se trataba del mago de mayor rango del reino, fuera cual fuese su poder mágico real.
La pasada noche, un mago guerrero, un joven entusiasta procedente de la Laguna del Wyvern llamado Galados, se había enfrentado abiertamente al viejo Truenahechizos, y no se había vuelto a saber nada de él. Se rumoreaban cosas en la hermandad, rumores de lo más disparatados acerca de un montón de cosas. Incapaz de concentrarse en el juego, Kurthryn Shandarn se frotó los ojos y sacó a colación uno de esos rumores.
—¿Se sabe algo de Galados? —murmuró frente al tablero. Huldyl ni siquiera levantó la mirada.
—Nada —respondió en voz baja—. Aunque no olvides que ninguno de nosotros ha podido encontrar tampoco a la princesa Alusair. Seguro que está protegida. Me pregunto por qué.
—¿Quién sabe qué precauciones acostumbra a adoptar en las Tierras de Piedra? —se encogió de hombros Kurthryn—. Dicen que los zhentarim acechan la zona. Yo llevaría algún artilugio mágico para ocultar mi presencia a otros magos, si el señor sumo supremo Truenahechizos me lo concediera.
—Cuando seas tan importante, dímelo —gruñó Huldyl.
Kurthryn rió y dedicó un gesto más bien rudo a su compañero.
—¿Piensas mover alguna otra pieza esta noche, o quieres que hablemos? —preguntó Huldyl, devolviéndole el gesto sin ganas.
—Estoy pensando, estoy pensando.
—Como dijo el sabio a la sirvienta —continuó Huldyl, malhumorado—, lo más probable es que el viejo Truenahechizos esté rabiando bajo uno de sus propios escudos.
—¿Rabiando? ¿Él? ¿Por qué? —Kurthryn movió uno de sus caballeros, y entonces, al darse cuenta de lo estúpido de aquel movimiento, hizo una mueca.
Huldyl se encogió de hombros y movió al clérigo mortífero hasta uno de sus dragoncitos, sin considerar siquiera el movimiento que tanto había temido Kurthryn.
—Los más veteranos de nuestros magos, Vangerdahast incluido, son incapaces de sacar respuestas claras a la princesa Poderosa acerca del gobierno del reino.
Kurthryn enarcó las cejas y miró involuntariamente por encima de su hombro para asegurarse de que la puerta que daba a las estancias, que a su vez conducían a las dependencias de la princesa real Tanalasta, estaba cerrada. Así era.
—¿Y Laspeera Inthré? ¿Acaso no puede atisbar los pensamientos de la realeza?
—Podría si Tanalasta y ese novio suyo, Bleth, no se hubieran provisto de un surtido de hechizos de protección, que consiguieron en el repertorio particular de toda la magia de la que se ha apropiado Azoun —sonrió Huldyl.
—Ah, vaya, si dispones de ello, úsalo. Qué útil eso de ser rey —opinó Kurthryn, encogiéndose de hombros—. A lo largo de los años, puedes procurarte un montón de artilugios mágicos, arrebatados a quienes han sido desleales. —Miró el tablero dispuesto ante sí, y movió uno de los alfiles, lejos del peligro.
—La Madre Laspeera —dijo Huldyl, con admiración—. He ahí una mujer por la que me gustaría ser más grande, o que ella fuera más joven. Menuda patriota, con lo que ha trabajado por el bien del reino… es como una madre para todos nosotros.
—Y tampoco se la ha visto estos últimos días. Se habrá perdido en la vorágine —señaló Kurthryn—, como Alaphondar el sabio.
—Y como Galados —añadió Huldyl, levantando la mano sobre el tablero. Volvió a mover el clérigo de la muerte y, como consecuencia de ello, cayó otro de los Dragones Púrpura.
Kurthryn suspiró al perder aquella pieza de ajedrez, que su colega depositó junto al tablero, último miembro de un grupo que no tardaría en desaparecer por completo. Cogió la reina para desplazarla frente al viejo Galaghard, pero al hacerlo sintió una sensación húmeda e incómoda en los dedos, así que apartó la mano. Estudió el tablero, y de pronto comprendió la treta que Huldyl le tenía preparada, así que se apresuró a mover el rey. Los alfiles y los caballeros tendrían que jugársela dentro de muy poco.
Huldyl sonrió.
—Me alegra que no utilicemos esa regla estúpida de los calishitas… la de que una vez tocada la pieza, hay que moverla.
—Ah… sí —respondió Kurthryn—. La etiqueta constriñe a la gente de mente estrecha, ¿verdad? —Entonces volvió a suspirar al ver que la sonrisa de Huldyl se hacía más pronunciada, y el mago guerrero movía de vuelta al condenado clérigo mortífero a una posición desde la cual poder amenazar la torre de Arabel de Kurthryn, así como al otro caballero.
—¿Quién te enseñó este juego? ¿Truenahechizos en persona, o qué? —protestó Kurthryn, observando la lamentable posición en que se encontraba su defensa. Mientras Huldyl tenía dos piezas entre las que elegir para su siguiente jugada, él no tenía otro remedio que retirar el resto de sus piezas por la gloria de Cormyr. Observó al rey brujo enemigo (según algunos, Gondegal), que se encontraba a buen recaudo tras una barrera formada por un par de torres negras, y suspiró. Sólo tenía una oportunidad… ganar tiempo con alguna maniobra de distracción. Se inclinó hacia adelante, dispuesto a hacer partícipe a su colega del secreto más sabroso que había oído.
Huldyl reía a sus anchas.
—Me han dicho que algunos clérigos de alto rango de la ciudad, con la ayuda de un poderoso archimago cuya identidad mantienen en secreto, han descubierto la causa —dijo Kurthryn en voz baja, silenciando la risa de su compañero y dejándolo boquiabierto—. El veneno que mató a Bhereu, y que ha ganado la mano tanto a Thomdor como al rey, es una toxina líquida que se infiltra en el riego sanguíneo de la víctima. La razón de que los hechizos hayan fracasado a la hora de neutralizarla se debe a que genera una zona propia, libre de magia. —Y movió su caballero.
Huldyl profirió un silbido. Las zonas libres de magia, protección contra cualquier clase de hechizo, suponían un legado de los llamados Tiempos Difíciles, que se remontaban a cuando los dioses caminaban por Faerun.
—¿O sea que ahora podrán neutralizarlo? —preguntó Huldyl, boquiabierto, inclinándose hacia el tablero presa de la excitación.
—Están trabajando en ello —se encogió de hombros Kurthryn.
El otro mago se recostó de nuevo, frotándose la barbilla.
—¿Cómo pudieron recrearlo? Quizá fue cosa de un Hechicero Rojo de Thay, de un liche poderoso o de un archimago. Pero ¿cómo lo harían? —Casi sin reparar en ello, movió una de sus piezas.
—¿Quién pretende convertirse en regente de Cormyr? —repuso Kurthryn, hosco.
Huldyl levantó ambas manos, y rompió a reír brevemente, una risa carente de humor.
—¡Pues cualquier noble de tres al cuarto de aquí a Arabel! No creo que haya un solo noble que no esté interesado en ocupar el puesto. —Volvió a frotarse la barbilla, y añadió reflexivo—: Y puesto que hablamos de subterfugios, intrigas y veneno, cualquier hijo de vecino que no tenga a su disposición la mesnada de turno o la hechicería necesaria; podría tratarse de cualquiera.
—¿Quieres decir que este joven novio de Tanalasta podría pretender hacerse con la corona? —Kurthryn hizo un gesto claro de incredulidad—. Si en verdad se trata de él, ¿por qué no se casa Bleth antes con ella, y después reclama la corona, antes de provocar un baño de sangre?
—Podría tratarse de algún otro —sugirió Huldyl, que acompañó de nuevo sus palabras con un encogimiento de hombros—. Me refiero a que las palabras suaves y las maniobras solapadas se han granjeado tantos tronos como el entrechocar del acero sangriento.
—Yo diría que últimamente has leído demasiada poesía de Tehyria. —Kurthryn volvió a mover otro caballero, frunciendo el entrecejo.
—¡Más o menos lo mismo que tú has leído acerca del ajedrez! —exclamó Huldyl, fingiendo una rabieta. Su clérigo de la muerte se deslizó de nuevo por el tablero, para acabar con el caballero que acababa de mover Kurthryn—. Ahí tienes el resultado de tus tácticas solapadas, buen señor —añadió el mago.
Con un suspiro cansino, Kurthryn movió uno de sus alfiles. Si aquel juego guardaba alguna relación con la realidad, Cormyr no iba a durar mucho.
—¿Y qué opinión te merece el joven Bleth?
—Es la princesa quien debe besarlo, no yo. Ya sabes qué opinión me merecen esos nobles mequetrefes, idiotas y vagos. De acuerdo, ha demostrado capacidad para cumplir las pocas órdenes que Tanalasta se ha dignado decretar hasta el momento, pero ¿quién sabe si esas órdenes son fruto de sus intenciones u obedecen a otro? ¡Ni siquiera ha salido de sus estancias para comprobar si se han ejecutado y cómo se han ejecutado!
—Yo diría que los Obarskyr necesitan algo de hierro en la sangre —murmuró Kurthryn.
—¡Ajá! Se forma una cola en el recibidor para desposar a la princesa de la corona, y todos los integrantes, quien más quien menos, tienen algo que ver con el padre —dijo sarcástico Huldyl—. ¿Te reservo una plaza?
—No, me temo que no, mi buen señor. Creo que carezco de lo más necesario —replicó Kurthryn, imitando el tono de voz de un funcionario de la corte.
—¿Resistencia?
—Sordera —repuso Kurthryn llanamente—. ¿Has oído a Tanalasta durante alguna de sus rabietas? ¿Como, por ejemplo, cuando repasa sus libros de contabilidad y descubre un error de tres monedas de plata? ¿O cuando va en busca de algún deudor delincuente o un contratista descuidado? ¡No hay nada que valga años y años de tormento! Ni Cormyr, ni la Myth Drannor de las leyendas en la cima de su poder, ¡ni todo el oro enterrado en Aguas Profundas!
Huldyl rió a sus anchas y movió de nuevo el trajinado clérigo mortífero, para situarlo a resguardo de las piezas de su oponente.
—¿Y qué es lo último que se comenta en la ciudad?
El cargo de Kurthryn, de mayor responsabilidad, le permitía acceder a más información que Huldyl, de modo que se dispuso a compartir con él el rumor más reciente que había oído.
—En fin, nuestro apreciado Vangerdahast gana, lenta pero decididamente, algunos partidarios para apoyar su regencia; sobre todo las familias de rancio abolengo. Sin embargo, el Bleth éste, perrito faldero de la princesa real, reúne tantos nobles, y tan rápido, como es capaz de hacer entrega de sobornos y de retorcer sus brazos en favor de Tanalasta como reina de Cormyr.
—¿Y quién ganará la mano? —preguntó Huldyl sin inmutarse. Antes de que Kurthryn pudiera siquiera encogerse de hombros y responder, añadió—: No, olvida lo que acabo de preguntar; en lugar de ello, dime: ¿quién crees tú que ofrece una solución mejor para lo que supone el conjunto del reino?
—Lo he meditado largo y tendido —admitió Kurthryn. Entonces sonrió levemente al ver que su colega hacía un gesto silencioso para dar a entender que todos lo habían hecho—. Ambas partes tienen sus méritos. Creo que Vangerdahast posee la sabiduría y la experiencia para erigirse en un regente de tomo y lomo, y sin cortesanos, nobles y los primos del rey, además de todo lo que se encuentra situado entre él y nosotros, podría emplearnos a nosotros, a los magos guerreros, con mucha más agilidad de lo que hacía Azoun. Cormyr será mucho menos corrupto y afrontará con mayor rapidez cualquier crisis que pueda surgir.
—Sí, pero ¿pensará lo mismo el pueblo?
—No, no lo creo —respondió Kurthryn, frunciendo el entrecejo y haciendo un gesto de negación—. Nunca ha sido así. Jamás han confiado en la magia, porque la consideran algo que emplearía el vecino para atacarlos si pudiera, de modo que siempre nos han temido y nos han considerado como a ese vecino. Y con todos esos bardos tan respetados que no cejan, una y otra vez, de recordarles la muerte de Amedahast años ha, combatiendo a los primeros magos guerreros, ¿quién podría culparlos por ello? —preguntó para mover su rey con cierta tristeza.
Sombrío, Huldyl asintió al oír sus palabras.
—Además, está lo de ese otro asunto —dijo Huldyl, sombrío, asintiendo—. Con una estirpe familiar clara en cuanto a la descendencia se refiere, cualquiera sabe quién tiene derecho a ocupar el trono. Sin embargo, en cuanto entre en juego la regencia y alguien se case con una de las princesas, un noble rival creerá tener más derecho para gobernar que el que se ha agenciado a la princesa… y en cuanto cunda el ejemplo, adiós Cormyr hasta que la tierra se haya tragado hasta el último noble, al menos hasta que no quede en pie ninguna de las familias importantes. Entonces uno de nosotros tendrá que elegir a un plebeyo para coronarlo rey.
—Ah, claro —asintió Kurthryn—, elegir al plebeyo de turno. Todo esto es siempre tan divertido, ¿no te parece?
—Lo más probable es que no debamos preocuparnos por ello —dijo Huldyl—. Recuerda, todo lo sucedido es cosa de un traidor asesino o quizá de una banda de traidores. ¿Crees de veras que no tendrán a alguien dispuesto a hacerse con la corona de Cormyr? ¡Tendremos suerte si llegamos a descubrir algún día su identidad, antes de que nuestras cabezas se separen del cuerpo y acaben rodando hasta orillas del Lago Azoun!
—Serán los sembianos, quizá con ayuda de Puerta Oeste, o incluso de Amn. En cualquier caso, mercaderes que consideran Cormyr como la cesta de un pan que podrán vaciar más rápido si no hay un rey por medio que les impida meter sus sucias manos —opinó Kurthryn—. Habrán comprado o engañado a un puñado de cormytas, y lo más probable es que pongan alguna familia noble títere en, o alrededor, del trono; en todo caso, estoy convencido de que esto debe ser cosa de extranjeros. Estoy seguro.
—Yo no —repuso Huldyl con voz cavernosa—. Todo esto me huele a intriga gestada en casa.
—¿Por qué? —preguntó Kurthryn—. ¿Crees que algún noble de toda la vida, con un hijo joven y ambicioso, podría haberse agenciado una toxina capaz de evitar los efectos de la magia? Aquí tiene que estar involucrado alguien muy poderoso en cuestiones mágicas, alguien incluso mejor que nuestro mago supremo, o a estas alturas Vangerdahast ya habría logrado curar a nuestro soberano.
—A menos que sea él quien esté detrás de todo lo sucedido —contraatacó Huldyl—. ¿Quién mejor situado que él para despistar a los clérigos? Y no sólo a ellos, sino a todos los que intentamos ayudar. Tu argumento respecto al arma empleada nos dice que el traidor, o traidores, disponen del suficiente dinero como para comprar magia muy poderosa. Podrían haberlo hecho en cualquier rincón de Faerun… quizás en las lejanas tierras desérticas de Tuigan o en los territorios que se encuentran en el lejano sur, o allende los mares, hacia occidente. ¿Qué mejor lugar para encontrar algo capaz de confundir a los mejores sanadores?
—Eso tiene sentido —asintió Kurthryn—, es un buen argumento… pero no hay nada en tus palabras que pruebe realmente la existencia de traidores aquí, en estas tierras. Cormyr no carece de enemigos a quienes les gustaría que desapareciera… sembianos ricachones deseosos de ampliar sus territorios, en particular.
—¡Ah! —exclamó Huldyl, inclinándose hacia adelante—. Pero ¿qué extranjero querría encontrar su presa dañada o arruinada por un conflicto? Ninguno. ¿Y acaso no es un conflicto lo que andan buscando? Entonces no se trata de alguien que mora aquí y ocupa un puesto en la sociedad. ¿Quién saldría más beneficiado con la muerte de Azoun, y con el caos generalizado en Cormyr?
—En fin —aventuró Kurthryn—. ¿Quién? ¡Dímelo! No creo que a Alusair le interese realmente la corona. Es la aventurera más feliz de esta mitad de Faerun, y hace lo que le viene en gana. Al parecer, Tanalasta tampoco la desea. Probablemente el tal Bleth sea feliz como príncipe consorte, pero no se atreverá a moverse tan rápidamente para hacerse con el poder real, porque la mitad de la nobleza del reino se le echará encima y lo asesinará si hace caso omiso de sus deseos. El resto de la nobleza probablemente pretenda fortalecer su influencia, riqueza y propiedades, pero a ninguna familia noble se le permitirá asomar por encima de las demás en caso de que desaparezcan los Obarskyr. De vez en cuando se clavan un cuchillo por la espalda, cierto, y no confían en nadie, de modo que no tienen un líder que los aglutine. ¡Su desconfianza mutua es tal que jamás surgirá ningún líder!
—Adelante, oh maestro de intrigantes —animó divertido Huldyl, haciendo un gesto con la mano para dar énfasis a sus palabras.
—El Ejército es leal a quienquiera que se siente en el Trono Dragón —prosiguió Kurthryn, respirando profundamente—. El pueblo siempre sospecha de nosotros, los magos guerreros, como traidores a la corona, pero seguro que ya nos hubiéramos enterado si hubiera en marcha alguna intriga contra la orden, o nos habríamos olido alguna cosa. Por otra parte, Vangerdahast no nos da mucha libertad que digamos.
—¿Todo nos lleva a Vangerdahast, verdad? —preguntó Huldyl, malhumorado.
Ambos asintieron, enfrentados a la misma desagradable conclusión. El mago supremo de la corte era lo bastante poderoso, quizá, como para crear un veneno mortífero. Un mago guerrero que se había enfrentado al anciano a causa de su planeada regencia había desaparecido. Vangerdahast pasaba demasiado tiempo trotando por ahí, susurrando al oído de la nobleza, aunque no había soltado prenda, aparte de alguna que otra orden, a sus magos guerreros. Además era un auténtico maestro en el arte de sembrar rumores y desencaminar al prójimo y, sin embargo, no había movido un solo dedo al respecto, ni siquiera en lo que concernía a las gentes de Suzail que culpaban de lo sucedido a la realeza, a cualquier mago que tuvieran a mano. ¿A qué jugaba el viejo buitre?
—Bien —dijo Kurthryn—, al menos sabemos cuál ha sido el mal responsable de la postración del rey y de su primo, y de la muerte del duque. Si conozco al viejo Truenahechizos, y es tan leal como yo creo que es, lo más probable es que sólo tardemos unos días en tener un remedio para sus males.
—Demasiado tarde para Bhereu.
—Sí, así es, pero podríamos incluso perder al barón Thomdor y sobrevivir. Siempre y cuando el rey no muera, Cormyr superará esta crisis al igual que ha superado tantas otras. Incluso un rey postrado en cama durante años nos libraría de una guerra civil… espero.
—Hay más esperanza en ti, de la que yo tengo —admitió Huldyl, melancólico—. Y…
Fuera lo que fuese que pretendía decir, se perdió para siempre cuando una solitaria figura enfundada en plata y azul, que andaba con cierta dificultad, caminó agotada por el recibidor hacia ellos. Era la clérigo de Tymora, Gwennath, que venía de los aposentos reales. Estaba tan pálida como las piezas de ajedrez con que jugaba Kurthryn.
Los magos guerreros cruzaron la mirada, y Kurthryn le tendió la mano.
—¿Señora? ¿Hay algo que podamos hacer por usted?
—Rezad —dijo la clérigo con voz temblorosa—. Rezad por mí… y por él… y también por el reino. He fracasado. El barón Thomdor ha muerto.
Cogió la mano que le tendían, se echó a llorar y se alejó caminando, hecha un mar de lágrimas, dispuesta a rezar a Tymora.
Los dos magos intercambiaron una mirada de preocupación.
—Jaque —dijo amargamente Huldyl, moviendo su jinete murciélago hasta una casilla donde amenazaba al rey de Kurthryn.
Kurthryn, lentamente, extendió la mano y tumbó a Galaghard sobre el tablero en un gesto de rendición.
—Será mejor que vayamos a echar un vistazo —dijo, cansado. Ambos se levantaron agitando las túnicas y se alejaron por el recibidor. Aunque no caminaron con parsimonia, tampoco fueron corriendo, ya no había razón para ello.
Una vez que hubieron desaparecido, la reina de piedra lunar que había resultado tan extraña al tacto de Kurthryn pareció temblar, cambió ligeramente de posición y, después, se fundió lentamente como un jarabe deslizándose por el lado del tablero hasta derramarse por el suelo, lugar que escogió para erguirse de nuevo a una velocidad terrorífica, hasta convertirse en… una mujer de traje oscuro y corto que revelaba sus formas. Llevaba colgado de una cinta negra, alrededor del cuello, un guardapelo, tenía un cabello como la miel y unos ojos parecidos a dos teas ardientes.
Emthrara la Arpista, que junto a Laspeera había desentrañado los secretos del abraxus, abrió el puño derecho. En la mano tenía una pieza blanca de ajedrez, la reina que había sido. La colocó en la casilla correspondiente y murmuró:
—Jaque mate, buenos señores. —Y acto seguido se dirigió hacia una de las paredes de la antecámara, donde con hábiles dedos palpó, empujó y finalmente abrió una puerta oculta en la pared. Sin mirar atrás, se deslizó en la oscuridad que surgió ante ella y desapareció. La puerta se cerró al entrar con un ruido metálico imperceptible, dejando la habitación oscura y vacía. En aquella parte de palacio, de nuevo, no reinó más que la quietud de una tumba.