2
Cesión de poder
El elfo permanecía en el último peldaño, esperando con el ademán impasible de una estatua. A su espalda, los amplios escalones de losa conducían a la cúpula de la torre, que a su vez asomaba por encima de las copas de los árboles desnudos, que hendían con orgullo un cielo cubierto de nubes. En lo más alto había un cristal parpadeante y enorme, tallado de forma que parecía la llama caprichosa de un fuego. El cristal, que emitía un brillo azulado recortado contra el alborozo del color otoñal, permanecía encendido a la espera del convidado.
El elfo no se volvió para mirarlo; no necesitaba recordatorio alguno del poder de su gente. Ni siquiera había vuelto a pasear la mirada por las palabras que había sobre la puerta de entrada a la torre, desde el día en que las grabó con un hechizo en la roca lisa. Conocía de sobra la advertencia tradicional hecha a los trasgos como para ahorrarse el tener que recordarla cada vez que pasaba por allí, como si fuera un niño olvidadizo.
Key’anna de Cormyr, decían las runas: «Guardamos esta tierra boscosa». O, dicho sin rodeos: «Cuidado, esta tierra nos pertenece». Dentro de poco, al menos, aquellas palabras cobrarían sentido.
Una sombra negra y oscura como pocas pasó rápidamente sobre los escalones de la torre, seguida de otras dos. De no haber estado esperándola, el elfo se hubiera sorprendido, o hubiera echado a correr para refugiarse en la seguridad de la torre. Pero no hizo ni lo uno ni lo otro. A esas alturas estaba acostumbrado al modo que tenían sus invitados de aparecer, y, al menos por una vez, lo agradeció. Las hojas ocres y rojizas volaron y danzaron en espiral empujadas por el viento que las sombras levantaron a su paso; algunas acabaron arremolinándose a los pies del elfo, que ni siquiera se molestó en dirigirles la mirada.
Los tres invitados efectuaron un viraje sobre el bosque, apoyado el peso sobre una de sus gigantescas membranas, batiendo alas y colas hasta detenerse. Más hojas muertas se elevaron en remolino cuando el trío se posó con suavidad, y al unísono, sobre las respectivas colas enrolladas y las patas traseras. El más imponente de los invitados del señor elfo, cuyas escamas negras y antiguas tendían hacia el violeta, aleteó de nuevo para afianzar su equilibrio, resoplando de paso la túnica del señor elfo, antes de encararlo con un súbito chasquido.
El elfo se permitió el lujo de esbozar una sonrisa de medio lado. Era muy propio del dragón sacar provecho de su entrada para dejar bien claro su poder e importancia. Tenía la intención de asustar al elfo, que éste diera un paso atrás o que al menos levantara el brazo para protegerse de las hojas que volaban y el viento que levantaba el batir de las alas.
Juego de niños, pensó. Sólo que ninguno de los presentes era ningún niño.
Con una elegancia pausada, calculada, el elfo saltó del escalón y levantó ambos brazos a modo de saludo. Mantuvo el rostro impasible al acercarse a los dragones. Sus prendas verdes ondeaban como una vela, y la suave tela de la túnica, por no mencionar el largo capote ligeramente oscuro, flameaban igual que si vistiera una capa en toda regla. El bordado de oro se entrelazaba alrededor de la parte frontal del capote y de la gema que servía de broche, y por doquier, entre el esplendor cálido de su aspecto, relucía el delicado talle del ámbar. La melena de pelo rubio platino ondeaba tras el elfo, a causa de la falsa ventolera que había levantado el dragón. Un aro fino impedía que su pelo flotase con total libertad, un aro decorado con tres puntas en la frente, rematado por una amatista de color púrpura en mitad del ceño.
El elfo llevaba en la mano un báculo dorado, cuyo mango parecía retorcido a semejanza de una cuerda de gruesa mena, y en la punta lo adornaba otra piedra de color púrpura, tallada ésta con la forma de un pájaro en pleno vuelo. El fajín que lucía sobre la túnica, alrededor de su delgada cintura, estaba a rebosar de varillas, cada una enfundada en su propia vaina. Estas varillas de combate habían hecho famoso, entre los elfos, al mago guerrero, incluso antes de hacerse con el poder. Al otro lado de la cadera ceñía una larga espada élfica de hoja ancha, coronada por una empuñadura elegante, pero no más que el propio pomo.
Un aura casi imperceptible emanaba de algunas varillas a través de las fundas. Precisamente éstas eran el motivo de que los más afamados guerreros de la estirpe élfica de Amaratharr inclinaran la cabeza ante la figura grácil, y joven, de este elfo vestido de verde. Gracias a su poder habían salido victoriosos de cien batallas contra el enemigo más poderoso al que se habían enfrentado jamás, a la estirpe de dragones del temido Thauglor, hazaña que sus compañeros de armas no ignoraban. Por ello lo habían elegido, para tomar parte en esa reunión, al igual que por la temeridad de su comportamiento, por su constante ingenio.
Por su parte, el dragón era plenamente consciente del poco temor que despertaba en el elfo, pero la dignidad exigía de él la entrada adecuada. Ya antes se había encontrado con él, y no hubiera sido apropiado por parte del amo y señor del bosque arrastrarse como una sabandija ante ningún humanoide, por mucho poder que la pequeña criatura pudiera tener. Ni siquiera, o en particular, ante éste, por muy temible que fuera el poder de su magia. El dragón levantó el cuello para observar al elfo que se acercaba, y que no parecía muy diferente de un punto diminuto y verde, recortado contra aquella muralla viviente negra y púrpura.
La pareja de dragones pequeños, uno rojo y el otro azul, flanqueaban a la bestia de escamas negras, a una distancia respetable de su señor. Eran jóvenes, recién salidos del cascarón, brillantes sus colores, tanto como los del bosque que los albergaba. Ése también era un símbolo del poder del dragón, el haber escogido a jóvenes sin experiencia como sus segundos.
—Iliphar Nelnueve —dijo el gran dragón con voz cavernosa—, también conocido por Señor de los Cetros.
—Thauglorimorgorus —replicó el elfo con una leve inclinación de cabeza—, a quien se conoce por Thauglor el Poderoso, y Thauglor la Oscura Muerte.
El dragón asintió con un ala, y después con la otra.
—Gloriankithsanus. —El azul sacudió el cuello con cierta solemnidad—. Mistinarperadnacles. —El rojo también asintió mediante un movimiento seco y nervioso, mientras escudriñaba los alrededores con la mirada, en busca de elfos apostados en emboscada—. ¿Has traído a tus testigos?
«No segundos —pensó el señor elfo—, sino testigos».
—Se encuentran en el interior de la torre, a la espera de mis órdenes.
—¿Tienes una buena razón para citarme a este parlamento? —inquirió Thauglor, en cuya pregunta, tan educada como precisa, creyó intuir el elfo un deje de advertencia.
—Le pedí que viniera, no lo cité —replicó Iliphar tranquilamente—. Agradezco el que haya venido, puesto que tenemos necesidad de discutir ciertos asuntos que conciernen a nuestras gentes. Confío en que se encuentre bien.
—Tan bien como cabría esperar —dijo el dragón con la misma parsimonia—, dadas las batallas continuas entre nuestros pueblos. Confío en que hayan curado por completo las heridas que recibiste en nuestra última reunión.
Pese a querer evitarlo, el elfo acarició la cicatriz desigual que surcaba la piel de su rostro, desde la sien hasta la barbilla, única señal que afeaba su piel tersa. Era un recuerdo de su último encontronazo con Thauglor, un recordatorio de que incluso los señores elfos debían pensarlo con detenimiento antes de entablar combate con la Oscura Muerte.
El elfo se acarició la cicatriz con la yema del dedo, y titubeó al ver la sonrisa meditada y dentuda del dragón. Después de todo, el señor elfo había perdido la serenidad.
—Nuestros hechizos de curación hicieron un buen trabajo —apuntó Iliphar con firmeza—. Seguro que los hechizos curativos de los dragones habrán curado de forma similar el daño que le infligí.
—¿Daño? —La sonrisa del dragón, tachonada de colmillos, se hizo más amplia—. Oh, perdí algunas escamas y un poco de sangre, pero poco más. Gracias por tu interés, aunque dudo que sea ésta la razón de tu llamada.
—Deseo comentar las dificultades que existen para el buen entendimiento de nuestras gentes. Diríase insalvable el abismo que separa a dragones y elfos —explicó el Señor de los Cetros—. Nuestras batallas deben concluir.
—¿Batallas? —preguntó Thauglor, con una indignada sorna que alteraba el color de sus escamas—. ¿Te refieres a los jueguecitos sin importancia que enfrentan al cazador, contra su presa? ¿O a los intentos valerosos de esos ladrones de orejas puntiagudas por robar en nuestros hogares? ¿O al fuego rojo y la bilis negra de los nuestros al quemar los nidos donde se cobija la calaña élfica invasora? ¿Te refieres a estas batallas?
—Me refiero a las batallas en las que elfos y dragones perecen de forma innecesaria —respondió el señor elfo.
—¿Estás dispuesto, entonces, a rendirte ante mi autoridad? —preguntó el dragón en tono triunfal.
—Estoy preparado para demostrarle que carece de tal autoridad —replicó Iliphar con la misma tranquilidad de siempre.
—Eso quiere decir que esta discusión ha terminado, antes de empezar —dijo Thauglor con suavidad, al tiempo que extendía las alas y flexionaba las ancas inferiores, dispuesto a dar un salto en el aire—. Éste no era motivo —añadió, a modo de advertencia— para interrumpir mi sueño. —Los otros dragones, los jóvenes, extendieron asimismo las alas y bajaron el cuello, paso previo a emprender el vuelo.
—Un momento —respondió Iliphar, alzando una mano—. Ésta es nuestra última oportunidad de parlamentar.
—Habla pues, pequeño intruso —dijo el dragón plegando de nuevo sus alas, con el ceño fruncido, mientras ladeaba la cabeza para fijar en Iliphar un único y frío ojo.
—Hay más de los míos en camino. Elfos y dragones han estado luchando en estos maravillosos bosques, los de mi raza para defenderse, la vuestra para destruir cuanto habíamos construido. Ninguna de nuestras razas es tan numerosa como la de los humanos o los trasgos; cualquier pérdida, por pequeña que sea, constituye una tragedia.
—Los tuyos son intrusos —corrigió Thauglor, fríamente—. Mis familias, y las pertenecientes a otros dragones, sólo defienden nuestros territorios de caza. Debemos vivir y cazar, igual que siempre lo hemos hecho, en libertad y sin estorbos.
—Aún tenemos una oportunidad para vivir juntos en este lugar —dijo el Señor de los Cetros al anciano wyrn—. Tan sólo tienen que respetar aquellas zonas que los elfos han proclamado suyas.
—¿Y qué? —inquirió el dragón—. ¿Evitarlas? ¿Restringir nuestro paso cuando emprendamos la caza? Pequeño humanoide, tienes que saber que esta tierra ha pertenecido a los dragones desde tiempos inmemoriales, y que yo mismo he cazado aquí durante mucho más tiempo del que haya podido vivir el más orgulloso de los elfos. Por espacio de muchos años he defendido estos bosques espléndidos contra la depredación de otros wyrns, y mediante el combate salí vencedor y he llegado a dominar a los de escamas rojas, a los poderosos azules y a los de alas verdes, de tal forma que ahora, y por miles de años antes, mi palabra es, y ha sido, ley, desde los picos orientales hasta los occidentales, y desde la frontera norte hasta el mar angosto. Y si, como tan sutilmente me amenazas, han de venir más de los tuyos, ¿acaso no nos obligaréis, más tarde o más temprano, a abandonar nuestro coto de caza?
Cuando la torre devolvió el eco de su rugido, el dragón se alzó majestuoso hasta alcanzar toda su altura, momento en que añadió como de pasada:
—Debemos deteneros ahora, elfo, antes de que nos quitéis lo que es nuestro y reclaméis la pertenencia de este territorio.
—Muy bien, que así sea —replicó Iliphar—. Tendrá que detenernos ahora.
Thauglor el negro observó sorprendido al delgado elfo, que permanecía a sus pies, preguntándose qué habría planeado para la ocasión el del cetro alzado y dispuesto. No tuvo que esperar mucho.
—Habla en nombre de todos los dragones de esta cuenca boscosa —dijo Iliphar, más bien en un tono de afirmación que de interrogación.
—Por mi sangre y mi honor que soy el amo y señor de estas tierras —lo desafió el dragón—. Hablo en nombre de todos los negros que moran en la ciénaga, de todos los rojos que cazan en la montaña, de todos los verdes que anidan en el bosque. Tal es mi autoridad, y te exijo que la reconozcas.
—La reconozco como la autoridad que tiene sobre todos los dragones, pero no sobre los elfos —replicó Iliphar—. Y yo también represento a mi gente. —Sacó un pequeño pergamino dorado del interior de su túnica, y añadió—: Este documento incluye a toda mi gente, desde Myth Drannor la poderosa, hasta el norte. Me concede hegemonía sobre los elfos de estas tierras.
—Sobre los elfos, quizá, mas no sobre la tierra en sí —resopló Thauglor—. Sois invasores y, al igual que los vagabundos humanos y los bárbaros orcos, acataréis mi soberanía o seréis destruidos.
—No reconocemos su soberanía —replicó el elfo—, pero si diera la orden, los elfos abandonarían esta región. Podemos despoblar este lugar y establecernos en la frontera norte.
—Eso espero, por el bien de tu pueblo —amenazó Thauglor, cuya mandíbula de reptil dibujó una sonrisa burlona—. Aunque lo cierto es que los tuyos sois plato de buen gusto.
—Dije que podía, anciano wyrn —repuso Iliphar, solemne, ante el tono agresivo del dragón—. No que lo haría. No, a menos que me convenza de que debo hacerlo.
—¿Convencer? —replicó el dragón, con expresión sombría—. ¿Cómo convencerte de algo, si no eres lo bastante sabio para ver que los tuyos juegan con la muerte al desafiarnos? Aquí no sois bienvenidos. No sois bienvenidos para cazar, ni para trabajar la tierra, ni para quedaros bajo ningún otro concepto. Emplea la autoridad que tienes sobre tu pueblo para dejarnos en paz en nuestras tierras.
—Dice que representa a toda su gente —dijo Iliphar, que de pronto pareció crecerse—. ¿Le obedecerían si les ordenara marcharse en paz?
—¿Qué propones? —preguntó el dragón, mirando al elfo de tal forma que parecía haber cerrado los ojos por completo.
—Propongo un duelo singular —respondió Iliphar.
—¿Un duelo singular? ¿Con un mamífero? —repuso el dragón profiriendo un grito, a medio camino entre un ladrido y un ronquido, que muy bien podía tratarse de una carcajada—. Qué divertido. Los duelos singulares se celebran entre dragones, para resolver disputas sin necesidad de que mueran unos u otros.
—Un combate hasta que uno sea vencido y se rinda ante el otro —prosiguió el elfo, después de asentir—. Usted representa a los suyos, y yo, a mi gente. El vencedor se queda con el País de los Bosques. —Así habló Iliphar, que se mordió la lengua mientras esperaba a ver si el dragón recogía el guante.
El silencio se espesó en el bosque, roto tan sólo por el rumor de las hojas que arrastraba la brisa otoñal. El wyrn rojo seguía nervioso y no dejaba de girar su cuello de un lado a otro, en busca de posibles atacantes. Su primo, el azul, parecía perdido en sus pensamientos.
—Cuando haya vencido —dijo Thauglor—, llevarás a tu gente más allá de la frontera norte.
—Si vence —respondió el señor elfo—. Y en caso de que yo sea el vencedor, ¿se compromete a abandonar los bosques que alfombran estas tierras, en beneficio de los míos?
—¿Por qué razón tendría que acceder? —respondió el dragón abriendo ligeramente los ojos, para a continuación abrirlos por completo y mostrar unas órbitas de un violeta lechoso, bajo una cortina de escamas negras.
Iliphar hizo un gesto con el báculo dorado, y sus hombres salieron de las sombras que ocultaban su presencia. Había unos veinte elfos, que portaban cinco cráneos de reptil de gran tamaño, cuya frente estaba decorada con amatistas. Uno tenía tres piedras preciosas y otro, unas veinte. Los cráneos mostraban los colmillos enormes de la mandíbula superior, pero no tenían cuernos. Por tanto, habían pertenecido a dragones verdes.
Impávidos, impasibles, los portadores dispusieron los trofeos en los escalones por los que Iliphar acababa de descender, y acto seguido se retiraron en silencio al interior de la torre. Uno de ellos se quedó en el umbral, era el elfo que serviría de testigo en caso de celebrarse el duelo.
Iliphar no perdió de vista a los dragones durante el tiempo que sus hombres emplearon para colocar aquellos cráneos. Thauglor permaneció imperturbable, pese a apretar con fuerza los músculos de su mandíbula. Dos bolsas se inflaron a lo largo de su cuello, justo detrás de la cabeza, donde se almacenaba, cosa que el señor elfo sabía muy bien, el ácido negro o bilis del dragón. El dragón azul quiso imitar la determinación de su amo, aunque tenía los ojos abiertos como platos. El rojo parecía dispuesto a saltar de un momento a otro, pero el miedo y el respeto lo mantenían en su sitio. El mensaje era bien claro para los dos dragones jóvenes: el día menos pensado, sus cráneos podían formar parte de aquella colección.
Iliphar habló sin tapujos, con intención de conducir al dragón a su terreno, pero sin desafiarlo para que no iniciara un ataque sin previo aviso.
—Matamos a estos verdes el pasado mes. Las gemas que lucen en la frente representan a los elfos que perdieron la vida luchando contra las criaturas, una por cada elfo.
—Se diría que los tuyos no se fueron de rositas —respondió Thauglor de forma directa y comedida, esbozando una breve y burlona sonrisa.
—Así es —replicó el elfo—, pero somos más. Y si nos cuesta un centenar de almas abatir a una criatura de su poder, tras ellos vendrá otro centenar de elfos dispuestos a recordar y honrar su hazaña. ¿Acaso podría decir lo mismo de su gente? ¿Cuántos dragones moran en esta tierra de bosques?
Thauglor guardó silencio, mientras consideraba la cuestión.
—¿Duelo singular? —preguntó, finalmente.
—El ganador se quedará con el bosque, y el perdedor prometerá no acosar a la raza vencedora. —Iliphar se permitió el lujo de sonreír con cierta discreción—. Yo lo desafío, oh Thauglorimorgorus, según el antiguo rito de su pueblo.
—De acuerdo —respondió el dragón negro, observando los cráneos enjoyados de sus súbditos—. Ninguno de nosotros recurrirá a hechizos ni varillas, al igual que… al aliento de dragón. ¿Estás preparado?
El señor elfo respiró profundamente, como si hubiera resuelto la parte más difícil de su cometido.
—Estoy tan preparado como jamás pueda estarlo. —Empezó a quitarse la capota y la molesta túnica, que reveló una fina cota de malla plateada.
El dragón saltó sobre él de inmediato, como el zorro que salta sobre el ratón de campo. Pese a todo, Iliphar estaba preparado para su repentino ataque y, en pleno salto, Thauglor fue consciente de su error. El elfo agitó la capa hacia arriba, sobre las garras extendidas de aquella bestia negra.
Thauglor rugió y contrajo las garras. La gema de la capota del elfo tenía engarzada una serie de cristales muy afilados que penetraron la gruesa y carnosa pata de la que surgían las garras del dragón. Los cristales tenían una imprimación de alguna otra cosa, ya que el dragón acusó la herida. Sintió como si acabara de agarrar un puerco espín gigante.
Iliphar sacó provecho de la momentánea distracción del dragón para librarse de la ropa y arrojar a un lado el fajín con las varillas, quedando sobre los escalones, frente al dragón. Todo su cuerpo, desde el cuello hasta los tobillos, estaba enfundado en una delgada cota de malla de factura élfica. Iliphar desnudó el acero, arma de hoja sutil, perfecta para hurgar bajo las escamas del dragón, en busca de la carne tierna que protegían. Aún sostenía el báculo dorado en la otra mano.
—No me advertiste que la capa era un arma —dijo el dragón, que se había agazapado. La pareja de dragones jóvenes se había retirado al borde del claro, para que su amo tuviera el espacio necesario.
—Y usted no me advirtió que no me daría tiempo para que me la quitara —replicó el elfo, dedicando a Thauglor una sonrisa tan calculada como generosa. Aquella sonrisa era provocadora, pero el dragón pudo apreciar que su mirada era dura y fría.
El elfo dio dos pasos al frente y atacó a fondo con el báculo. Thauglor lo apartó sin dificultad de un golpe con la zarpa posterior, momento en que volvió a demostrarse que Iliphar se había anticipado a la reacción del dragón. Cuando el enemigo desvió el báculo, Iliphar lanzó una estocada de su delgado acero, que se hundió en la profunda herida que le había causado antes.
Thauglor sintió como si acabara de clavarse en la carne un hierro candente; después rugió y agitó la extremidad herida. Iliphar profirió una maldición al perder la espada, que golpeó contra la piedra, para después caer rodando escalera abajo hasta detenerse a los pies del dragón.
Casi de inmediato, Thauglor reaccionó propinando un golpe terrible con la otra zarpa. El golpe fue torpe y débil, pero no por ello el elfo pudo evitar perder pie. De su malla surgió un susurro como de serpiente al resbalar por la losa, y también perdió el báculo.
El dragón estiró el cuello con la intención de atrapar entre sus mandíbulas una pierna de Iliphar. El elfo sintió que los afilados colmillos, como dagas, rasgaban la malla hasta morder la carne, y tuvo que apretar con fuerza la mandíbula para contener un grito.
Entonces el dragón levantó el cuello y soltó al elfo, que después de dibujar un arco en el aire fue a chocar contra los escalones. Iliphar rebotó contra la losa y sintió un dolor agudo en los músculos de las costillas. Sentía un zumbido en la cabeza a causa del golpe, zumbido que podría despejar si dispusiera de un momento de descanso…
Pero Thauglor no se lo concedió, repitió la maniobra, atrapó con fuerza al elfo entre sus mandíbulas y volvió a levantarlo en el aire. En esta ocasión Iliphar sintió que una parte de su pierna acababa de ceder, y profirió un grito a causa de un dolor repentino y lacerante.
Por tercera vez el dragón zarandeó con la mandíbula al elfo, que fue a dar en el suelo con el hombro por delante, dislocándoselo, aunque no perdió la conciencia. Vio el acero bajo la mandíbula del dragón, y su báculo ornado a sólo unos metros de distancia.
El dragón, consciente de la presencia de público (la pareja de jóvenes dragones y los elfos que esperaban en la torre), se dispuso a continuar. ¡Qué fácil es! ¡Qué inconsecuentes son estos elfos en su fragilidad! ¡Ved qué sucede a quienes se atreven a desafiar el poder de Thauglor!
El dragón volvió a acercar la cabeza con la mandíbula abierta. Thauglor podía engullirlo con facilidad, pensó el señor elfo, pero si lo hacía, ¿quién se encargaría de obligar a los elfos a cumplir lo pactado? Iliphar relegó esta reflexión al subconsciente, y rodó con presteza hacia donde se encontraba el báculo. Las mandíbulas del dragón se cerraron sin alcanzarlo.
Iliphar estaba muy dolorido. Cogió el báculo, pero no pudo levantarse. Sus piernas, que le parecieron colocadas de forma extraña respecto a su torso, no obedecieron sus órdenes.
De nuevo el dragón arremetió, abiertas las fauces.
Iliphar recurrió a la poca fuerza que le quedaba y se arrojó hacia adelante, usando el báculo a modo de bastón, y saltó en dirección a la mandíbula de la criatura gigantesca. Empujó el báculo hacia la boca del dragón, y la amplia cabeza de su base se trabó en la encía inferior. La figura del pájaro de la parte superior se hizo añicos al arañar el paladar de la bestia purpúrea, hasta hundirse en la carne tierna.
Dolorido, Thauglor dio un paso atrás, proporcionando al elfo el momento de respiro que tanto había ansiado, para librarse de la zarpa del atacante. Volvía a sentir las piernas doloridas, pero Iliphar se las apañó para incorporarse con dificultad sobre una rodilla.
El dragón se movió con violencia, intentando librarse del báculo que tenía en la boca. Thauglor intentó tirar de él con la zarpa posterior, pero lo único que consiguió fue hundir aún más en su paladar la punta rota. Su lengua colgaba de un lado, y unas lágrimas espesas rodaron por las mejillas negras del dragón.
Las bolsas de ácido, situadas en su garganta, se inflaron; Iliphar fue consciente de que la criatura iba a fundir el obstáculo que tenía en la boca. Conocedor de la naturaleza de su propio báculo, se arrojó al suelo, y permaneció pegado contra él.
El dragón arrojó un escupitajo negro, cuyo sedimento cálido bañó por completo el dorado báculo. Éste empezó a desprender un intenso fulgor, para después ceder poco a poco bajo la presión que ejercían las mandíbulas del dragón. Finalmente, el báculo del señor elfo se partió en dos.
Fue entonces cuando explotó la boca del dragón. Los hechizos impregnados en el báculo descargaron toda su furia en forma de una única y poderosa bola de fuego. Por primera y última vez en su larga vida, Thauglor el Negro respiró el fuego.
La fuerza de la explosión tiró de costado al dragón, y la Oscura Muerte dio contra el suelo mientras una columna de humo surgía de su nariz y las fosas nasales. Ver aquello fue demasiado para el dragón rojo, que se volvió para emprender el vuelo y huir del bosque como un vulgar faisán acobardado. Una vez en pleno vuelo, giró hacia el norte, hacia los picos lejanos. El azul mantuvo la posición, aunque parecía esperar que de un momento a otro fuera objeto de un ataque tan inminente como despiadado.
Iliphar se levantó lentamente. Oyó ruidos a su espalda e intentó mediante gestos impedir que los elfos de la torre se acercaran. Alguien puso otro báculo en su mano, era de madera retorcida. No lo rechazó y lo utilizó como bastón. Miró hacia abajo sin querer. Tenía una de las piernas tan malherida que sólo podría sanar mediante la magia, y tenía la impresión de tener una docena de fracturas distintas en la otra. Bajó con dificultad los escalones, hasta llegar donde yacía Thauglor, panza arriba, de cuya mandíbula quemada aún surgía una columna de humo. El dragón tenía los ojos abiertos como platos, irritados por el humo.
El señor elfo ni siquiera cogió su espada, por temor a que el esfuerzo fuera demasiado para él. En lugar de ello, apoyó la punta del báculo de madera en la cabeza del dragón, y preguntó:
—¿Se rinde?
—Se suponía que, técnicamente, no debías hacer uso de la magia —respondió el dragón, expulsando una nube de humo negro.
—Se suponía que usted no tenía que recurrir al aliento de dragón. Técnicamente. —No movió el báculo. Mejor dar a entender al dragón que se trataba de otro báculo mágico, tan mortífero como el otro.
Thauglor el Negro respondió expulsando otra nube de humo, cosa que Iliphar aprovechó para añadir:
—Fue su propio aliento lo que provocó que el báculo liberara su magia. Lo sabe perfectamente. Los elfos somos personas de honor. ¿Y los dragones?
Thauglor, la Oscura Muerte, asintió de forma imperceptible y gritó una orden al joven dragón azul. Iliphar dio un paso atrás cuando los dos hablaron brevemente en el alto wyrn de los dragones. Una vez que hubieron terminado, el dragón se volvió de nuevo a Iliphar.
—Nosotros, los dragones, también tenemos honor —dijo el dragón negro, mientras los últimos vestigios de humo envolvían su cabeza—. Y respetaremos el acuerdo pactado. Disponéis de los bosques que alfombran estas tierras, y los dragones que me sean fieles no molestarán a los elfos que te rindan pleitesía a ti. Aquí Glor extenderá la noticia y comunicará a los míos que he sobrevivido a la batalla.
»Pero tienes que saber —añadió el dragón— que cumpliremos la letra de la ley. Nuestro acuerdo es con los elfos y sólo se aplica a los bosques. Los pantanos nos pertenecen a mí y a mi gente, así como las montañas y las colinas desnudas. Llegará el día, señor elfo, en que lamentarás haber ganado esta batalla tanto como yo lamento haberla perdido.
Tras estas últimas palabras, Glor, el joven dragón azul, emprendió el vuelo con un majestuoso batir de alas y se dirigió hacia el norte, con la esperanza de alcanzar al cobarde dragón rojo. Thauglor tosió una vez más, plegó las alas y se adentró cabizbajo, medio arrastrándose, en el interior del bosque.
Había conseguido la rendición del dragón, pensó Iliphar, pero él no había salido indemne. Pese a todo, su maltrecho cuerpo no era un precio demasiado alto por un reino. Thauglor era anciano y mucho tendría que dormir para recuperarse de las heridas sufridas aquel día.
Los demás elfos bajaron corriendo los escalones de la torre y lo rodearon; los sacerdotes empezaron a entonar los hechizos de curación, mientras sus ayudantes pasaban de la preocupación al júbilo. Iliphar esperó hasta que la última escama del dragón negro desapareció entre los troncos de los árboles y la vegetación, para rendirse a la innata oscuridad del olvido. Depositó toda su confianza en los dioses, y su cuerpo maltrecho en manos de los clérigos.
Y en la oscuridad, Iliphar Nelnueve, Señor de los Cetros, tuvo un sueño muy particular. Vio en sueños la batalla que acababa de librar, aunque él mismo estaba en la piel del dragón, atormentado por una multitud de criaturas más frágiles, más pequeñas. Y aunque al despertar no dijo una sola palabra sobre ello, recordaría ese sueño durante el resto de su larga vida de elfo.