13

Asuntos de estado

El sol matutino inundó la ventana dispuesto a bañar de oro la barba de Vangerdahast, que en aquel momento hincaba una rodilla en tierra, rodilla que protestó con algún que otro crujido de huesos.

—Que los dioses os guarden, alteza —dijo formalmente.

La princesa real frunció el ceño al mirarlo.

—Levántese, señor Vangerdahast. ¡No creo que haya necesidad de tanto… formalismo en una reunión de carácter privado! —Lanzó una mirada molesta a la puerta cerrada situada en la pared oeste del cenador del Sol Radiante, donde sabía perfectamente que el mago guerrero mantenía a raya a su Aunadar—. Verá usted, me encantan los secretos, señor mago, así que…

Hizo un gesto tan impetuoso como los de su padre, para indicar que, en aquel momento, el mago podía hablar. Vangerdahast se levantó.

—Debo hablaros en privado, alteza, tanto por nuestro propio bien como por el del reino. He dado mi palabra y he estampado mi firma en mi disposición de servir a Cormyr, y eso es lo que haré sea como sea, en cualquiera de las formas que el reino necesite de mis servicios, pero siempre que me sea posible hacerlo continuaré obedeciendo al monarca Obarskyr… o a su heredero.

Tanalasta frunció el entrecejo, pero no dijo nada, e hizo un gesto para que continuara.

—Alteza, en el caso de que no os sintáis preparada para ocupar el trono —dijo suavemente el mago de la corte—, y en el desdichado caso de que los dioses tuvieran a bien que el padre de usted se reuniera con ellos, me gustaría que supiera —es más, tengo la obligación de informarle— que puede usted contar conmigo. Estoy dispuesto, y me siento capacitado, para servir al reino de Cormyr como regente.

Tanalasta se puso lívida como la nieve recién caída, y su mirada relampagueó como el acero. Vangerdahast vio asomar las lágrimas en los ojos de la princesa, que se mordió el labio tembloroso y tuvo que recurrir a todo su autocontrol, reprimiendo un suspiro y crispando la mano alrededor del respaldo de una silla cercana. Al cabo de un instante, sus dedos se volvieron blancos de tanta fuerza como hizo.

—Leal señor —dijo—, nuestro sincero agradecimiento por estas noticias. Consideraré la… cuestión. —Su mirada ardió clavada en él como si deseara con todas sus fuerzas verlo tirado en el suelo, arder y desaparecer por siempre jamás.

Vangerdahast permaneció de pie sin pestañear ante la ira de la princesa. Así que, después de todo, la sangre del padre corría por las venas del cachorro. ¡Magnífica noticia!

—Lo mejor para el reino, señora, sería que no tardarais mucho en tomar una decisión —dijo el mago en voz baja.

—Puede retirarse, señor mago —replicó con frialdad, extendiendo un brazo para señalar la puerta situada en la pared oeste—. Y llévese con usted a su mago guerrero.

—Que el sol de la mañana ilumine vuestro rostro, alteza —respondió Vangerdahast, inclinándose ante ella.

Su única respuesta fue una simple inclinación de cabeza, pues sus ojos herían cual lanzas. El mago de la corte giró sobre sus talones y se dirigió a la puerta.

—Mi padre sigue con vida, mago —dijo Tanalasta a su espalda, en un tono de voz lo bastante elevado como para que pudiera oírla—. Será mejor que no lo olvide.

—No he pretendido tal cosa en ningún momento, alteza —dijo sin volverse mientras agarraba el picaporte—. El reino no puede permitirse ese lujo. —Y después, salió.

Correspondió con una sonrisa complacida al ceño fruncido por la curiosidad de Aunadar Bleth, y a continuación hizo una seña al mago guerrero Halansalim para que lo acompañara.

—En este momento, la princesa está muy furiosa conmigo. Ingénieselas para introducirse en su vestidor y lleve esto consigo —dijo al mago guerrero, deteniéndose a tres salas de distancia y depositando una miniatura de marfil en forma de paloma en la mano de Halansalim.

—Oigo voces —dijo el mago barbudo.

—Pues preste atención, y esta tarde dígame qué órdenes me conciernen a mí, a los magos guerreros o a cualquier miembro de la corte, o qué cambios piensa introducir la princesa. La magia durará hasta la salida del sol, siempre y cuando no se quite el anillo que lleva puesto en este momento.

Halansalim se inclinó en silencio y se dirigió a la puerta del vestidor. Vangerdahast siguió caminando en dirección a la escalinata del Dragón Rugiente a paso ligero, casi a la carrera. No podía faltar a una cita importante.

La amplia escalera iluminada por la luz del sol conducía abajo, a la Puerta de la Trompeta de palacio, que discurría frente a la corte desmadejada que había al pie de la colina, a una carretera entre ambas junto al puente de la Corona. Delante estaban los establos de la corte, y más allá de los establos, a lo largo de la costa sur del lago Azoun, se extendía el vasto conjunto de torres que constituían la corte. Por allí mismo habían conducido a Bhereu, donde yacería en la atestada antesala de Mármol, pues eran muchos los ciudadanos que transitaban de un lado a otro por el pavimento pulido como la superficie de un espejo que separaba la sala Interna de la cámara Dukesne, las salas del Descanso, las salas de Estado, no menos de cuatro escaleras imponentes que descendían a la antesala, y el portal de las Espadas.

Allí era, precisamente, adonde se dirigía. Muchos en Suzail habían estado delante de aquella masiva puerta doble al menos una vez en su vida, boquiabiertos ante el chapado metálico que revestía la madera gruesa. Todos en la ciudad sabían que la puerta era gruesa como el antebrazo de un forzudo, y todos en el reino sabían que la maraña abultada de espadas que cubrían ambas puertas eran los aceros capturados a los enemigos de la Corona. Las puertas del portal de las Espadas se abrían para dar paso al Procesional, una sala alargada cubierta por una alfombra roja, que conducía directamente a la sala de Acceso, un puesto de guardia de puertas adornadas y ballestas montadas en las paredes, que a su vez desembocaba en la sala del Trono.

Lo que muy poca gente sabía acerca del portal de las Espadas era que, cuando se abrían sus puertas, las aberturas estrechas de la altura de un hombre reveladas en el grueso del marco no sólo hacían las veces de garitas para los guardias, ya que por regla general había un guardia armado hasta los dientes en cada uno de los marcos, sino que también daban a sendos pasadizos que desembocaban en una red de pasadizos secretos y salidas que llevaban al corazón de la corte.

El Dragón Púrpura que estaba de guardia en el nicho situado al oeste era un hombre muy leal llamado Perglyn, que en aquel preciso instante realizaba un cálculo mental para calcular cuánto se embolsaría en caso de ganar su apuesta de que el barón Thomdor seguiría los pasos de su hermano el duque antes de dos amaneceres, mientras que el rey sería el último, pues aguantaría uno más. Por supuesto, si por él fuera, el reino podía quedarse sin rey si con ello ganaba sesenta y dos leones de oro, ya que —y aquí se encogió de hombros— siempre moría alguien en alguna parte. Claro que los nobles no se avendrían a que esa muchachuela de princesa de la corona ocupara el trono… al menos sin estar casada. Había participado en otra apuesta al respecto: el gordo y anciano mago de la corte organizaría un concilio, y los nobles sacarían una pajita, o competirían entre sí para ver quién lo sobornaba más, decidir cuál de ellos se casaba con la princesa y se agenciaba el trono. Ah sí, entonces lo mejor que podía hacer el viejo Vangerdahast era coger los bártulos y desaparecer del reino antes de que el nuevo rey decidiera asegurarse de a cuánto ascendía la suma de dinero que había costado a la corona la presencia del ma…

El guardia pestañeó, tosió y volvió a pestañear. La figura del mago en persona se recortó contra el corredor, a un paso de donde estaba de guardia, con la ceja enarcada.

—Le ruego que se aparte, Perglyn —dijo el mago, muy educado al tiempo que enarcaba la otra ceja hasta la altura de la primera; por todos los diablos, como si pudiera oír los pensamientos que habían mantenido preocupado a Perglyn Trusttower. El guardia tragó saliva, intentó saludar y moverse al mismo tiempo a un lado, y la alabarda se le escapó de las manos produciendo cierto estruendo. Tras pedir perdón repetidas veces y agacharse a recogerla del suelo, levantarse y…

El mago había desaparecido como si nunca hubiera estado allí. Perglyn pestañeó, pero el joven Angalaz, al otro lado del portal, lucía una sonrisa de oreja a oreja.

—¡Vaya, valiente Perg! —susurró en un tono de voz demasiado alto para un susurro—. ¿Nos hacemos viejos para empuñar una alabarda? ¡No quieras saber cómo te ha mirado el mago al pasar a tu lado!

Perglyn dejó de mirar a su compañero —¡joven impetuoso!— lo suficiente como para girar sobre sus talones y aguzar la mirada en la oscuridad que se abría a su espalda. No vio nada, como cabía esperar. Cuando un mago cortesano quiere permanecer oculto, no hay nada que se lo impida.

La estancia de la Doncella Azul había adoptado su nombre de la escultura a tamaño real que decoraba el centro de la sala. Una modesta doncella esculpida en pulido cristal azul permanecía sentada mirando al cielo, observando al dragón que iba a devorarla, según contaba la leyenda, y entretanto se tapaba con una capa, única pieza de ropa que por alguna misteriosa casualidad había podido conservar, y que cubría parte de su cuerpo, las partes más estratégicas por así decirlo. Las manos, los pies y los pechos de la doncella eran desproporcionados en relación con su cuerpo y, en conjunto, era de una fealdad sin igual.

El padre de Azoun, Rhigaerd, la había odiado con toda su alma, y sus sentimientos de rechazo eran infantiles comparados con las opiniones que mantuvieron varias reinas Obarskyr anteriores a su reinado, aunque muchos fueron los sabios que juraron y perjuraron que aquella doncella estaba conectada, de alguna manera, con la buena fortuna de la Casa Obarskyr y que jamás debía romperse, quebrarse o perderse.

Cuando un sabio de la corte empezó a interesarse por hechicerías olvidadas y se las apañó para volar él mismo por los aires, amén de la estancia más elevada de una de las torres de palacio, Rhigaerd ordenó que llevaran a la doncella a la habitación mientras la reconstruían, y allí quedó. Una escalera angosta era el único modo de acceder a aquella estancia aislada en la torre, y la subida, pues había que recorrer un buen número de pasadizos ocultos, hicieron de la doncella uno de los lugares favoritos de los capitanes de la guardia, quienes no dudaban en enviar a cualquier soldado que se distrajese en el servicio a «subir y sacar brillo a la doncella», frase que se oía por las calles de Suzail como una alternativa ligeramente más suave a: «¡Piérdete! ¡Lejos, ahora mismo!». Sí, algo más suave…

Sin embargo, era algo relativamente inusual para la polvorienta doncella recibir visitas en aquella estancia oscura y elevada, pese a que en aquel momento había dos hombres apoyados a cada lado, en poses que sugerían cierta familiaridad con la moza. Un globo de suave luz mágica flotaba sobre ambos, dando cierto aire fantasmagórico a la escultura de vidrio azul, cosa de la que ninguno de ellos parecía consciente. Estaban demasiado ocupados rehaciendo Cormyr.

—Nunca pensé que llegase el día —dijo Ondrin Dracohorn en un susurro ronco— en que el mago de la corte tuviera tiempo de prestar atención a mis sueños sobre Cormyr.

Vangerdahast se encogió de hombros.

—Ha llegado el momento, eso es lo que dicen en… pero no tiene ninguna necesidad de hablar en susurros. Mis hechizos escudan este lugar contra cualquier clase de magia de espionaje o contra cualquiera que intente entrar. Nadie puede oírnos.

—Bien, de acuerdo —dijo Ondrin con una sonrisa nerviosa—. Entonces no malgastemos el tiempo.

En verdad, Vangerdahast jamás había oído que aquel hombre malgastara más tiempo que el que tardaba en pestañear; en menos de treinta inviernos había progresado entre la nobleza, pasando de ser un noble de segundas a estar entre los más reputados nobles de oriente. No pasaba una quincena sin que Ondrin Dracohorn —sin armar ningún alboroto, por supuesto— comprara una granja aquí, un almacén allá, con las monedas que surgían de su regazo, o ésa es la impresión que daba, fruto de las activas flotas mercantiles que tenían base en Marsember y Saerloon. Corrían los rumores que lo relacionaban con el contrabando, la piratería, el comercio de esclavos, y el transporte de provisiones a las Islas de los Piratas, y en verdad costaba imaginar un comercio tal que de tan próspero rindiera semejantes sumas de dinero. Sin embargo, por otra parte, costaba imaginarse a Ondrin Dracohorn como un comerciante de esclavos competente.

O, para el caso, un pirata, ni ninguna otra cosa. Su baja estatura, aspecto ordinario, su palidez y los ojos azules y acuosos de un pez no invitaban a nadie a hacer tratos con él, ni a las doncellas a dejarse ver en su compañía y, sin embargo, no tenía ninguna carencia al respecto. Quizá, conjeturó Vangerdahast, fuera debido a la abundancia que había de gente avariciosa y ambiciosa de poder.

Ondrin se mostraba tan alegre como un niño pequeño por estar en el «meollo», en todos los tratos y sucesos importantes, pero parecía no darse cuenta de que se perdía la mayor parte de las verdaderas intrigas de la corte de Suzail, porque, como sabía todo hijo de vecino, era una de las lenguas más sueltas de todo el reino. Había algo en su fuero interno que lo empujaba a contar secretos a todo aquél que se cruzara en su camino.

A Ondrin le gustaba beber —de hecho en aquel momento jugueteaba con una petaca—, ver bailar a las muchachas, e impresionar al prójimo con sus riquezas. Vestía a la moda. Aquel día lucía un fajín color naranja chillón, atado por una hebilla metálica que tenía esculpidas dos serpientes atravesadas por tres espadas, y es que el fajín contrastaba fuertemente con la media capa de color púrpura tirando a rojo que llevaba puesta. Vangerdahast se congratuló por la existencia de aquel broche. Mantener la mirada fija en la escena de serpientes y espadas le permitió mantenerse impávido en medio de aquella conversación susurrada.

Ondrin echó un trago del licor, tosió y exhaló ruidosamente, ¡por los dioses!, fuego de cerezas mezclado con… con… ¿vino de menta? Vangerdahast dio un paso atrás.

—Bien —dijo el noble—. Escuche, pues. Veo un Cormyr libre de la incertidumbre que hoy lo domina, con un rey cercano a la muerte y el reino agitado como las abejas cuando alguien abre el panal en dos. Veo un Cormyr donde los pobres son ricos y el Trono Dragón menos decadente. Veo un Cormyr…

«Dioses, el caso es que el tipo tiene buena vista», pensó Vangerdahast, procurando que su expresión no delatara sus pensamientos; estaba claro que iba a necesitarlo.

—… donde las leyes son más justas ¡y el guantelete de la autoridad más suave!

—Bien, bien —dijo el mago real, animado, inclinándose hacia adelante, apoyando una mano en la rodilla de la Doncella Azul, presa de la excitación—. ¿Y cómo alcanzaremos ese reino mejor, ese reino tan ideal?

—Esa pregunta tiene una respuesta simple —respondió Ondrin, cuyos ojos acuosos parecían febriles—. Usted, como regente, hará entrega del control de los destacamentos locales de Dragones Púrpura a aquellos nobles cuyas tierras patrullen. Entonces se nombrará rey a quien se case con Tanalasta; yo me ofreceré en caso de que no se haya prometido con nadie a estas alturas, y organizará el primer consejo verdadero de toda la historia de Cormyr. El rey sólo podrá regir en tanto en cuanto los nobles, por riguroso voto, y un voto por posesión, así lo acuerden, de modo que nosotros, la nobleza, tendremos el poder legítimo en Cormyr.

—Usted tiene unas ideas muy interesantes —dijo Vangerdahast, bajando la voz hasta convertirla apenas en un murmullo nervioso, y mirando a su alrededor para asegurarse de que la doncella no había inclinado la cabeza para observarlos—, pero continúe. Ya sabe lo amiga de la tradición que es la nobleza. Tendré que recurrir a argumentos de peso para persuadirlos de la conveniencia de emprender algo que debilite de esa manera a la corona. ¿Cómo se aprovechará Cormyr de un consejo de nobles cuya voz impere sobre la del rey?

Ondrin se inclinó hacia adelante hasta que el alfiler ornamentado golpeó con el plinto de la doncella.

—La nobleza, por mucho abolengo que tenga, por muy reciente que sea, siempre está necesitada de dinero. Sin embargo, por mucho que uno tenga, nunca es suficiente… ¿sabe usted cuánto comen los sirvientes? Por lo tanto, no habrá noble que a sabiendas de que su voto valdrá tanto como el de cualquier otro, de que el antiguo orden de poder de la realeza se ha deslizado fuera de escena y de que no hay rey absoluto que valga para dictar decretos absolutos, esté dispuesto a actuar en perjuicio de sus cofres. Gobernaremos para enriquecernos a nosotros mismos y enriquecer a los demás, tal y como hacen en Sembia, ¡con la salvedad de que ejerceremos el control del reino y podremos actuar unidos para mantener a Cormyr entre los reinos más prominentes!

Vangerdahast asentía constantemente como un anciano.

—Bellas palabras las suyas, sin duda, lord Dracohorn. Creo que podremos cabalgar juntos en ello, y conducir a Cormyr a tiempos mejores. Pero necesitaré su ayuda para hacerlo.

—¿Sí?

—Usted es el único hombre de todo el reino con la suficiente influencia como para darme el apoyo que necesito. Las princesas, las dos, pero en particular la princesa Tanalasta, se oponen con encono a cualquier tipo de regencia, y en particular a la mía. Me tienen por una especie de araña que manipulaba a su padre de un lado a otro, y me quieren en la tumba, no tras el Trono Dragón. La nobleza es el único poder que tiene mano con los Dragones Púrpura, a los que pueden ordenar que me ataquen e impidan lanzar mis hechizos… ¡Oh, podría con una torre o dos, pero no con ejércitos enteros! La nobleza lo escucha a usted, de una a otra punta del reino. Por lo tanto, lo necesito. Cormyr lo necesita.

—¡Bien dicho! —Prácticamente Ondrin Dracohorn había subido al regazo de la doncella de lo nervioso que estaba.

—Bien —dijo lentamente Vangerdahast—, tanto usted como el resto del reino ha oído contar historias acerca del intrigante mago de la corte… acerca de cómo manipulo al rey para hacer esto y a los cortesanos para hacer aquello, recurriendo a mis magos guerreros para poner algún que otro punto sobre las íes. Todos hablan del modo en que rijo Cormyr desde las sombras… y la mayoría siempre se está quejando. —Se inclinó hacia adelante, hasta que su nariz estuvo a punto de darse contra la de Ondrin, y añadió—: De modo que, conociéndome, ¿consideraría la posibilidad de apoyarme para la regencia, con tal de luchar por un futuro mejor para Cormyr y librarnos para siempre de esos mariposones de los Obarskyr? Hemos visto salir a Azoun de la mitad de dormitorios del país, y no es el primero, se lo aseguro. ¿Queremos que nuestras hijas hagan lo propio, que bailen con el primero que pase por delante de sus narices?

—¿Apoyarlo a usted como regente, en contra del deseo de las princesas? —preguntó Ondrin, cuyo rostro se había puesto serio de golpe.

—Sí —respondió el mago—. Necesito que me haga ese favor o no tardaré en abandonar el reino. Sin contar conmigo, su sueño de un consejo de nobles no pasará de ser eso: un castillo en la arena.

—Me… me encantaría poder decir que sí —susurró Ondrin al levantarse—. Pero no me atrevo a hacerlo aún. Antes debo sondear a algunas de mis amistades nobles… cuente con una estricta confianza, por supuesto, por no decir nada de nuestra reunión o de sus sentimientos particulares. Esté seguro de que muchos de nosotros deseamos tal cambio… o nuestros cuellos probarán la suave caricia del hacha, antes de que nuestros traseros se acomoden en las butacas del consejo.

—Bien dicho —aplaudió Vangerdahast, que se acariciaba la barba—. Entonces vaya a ver qué opinan los nobles, y cuando usted me avise nos volveremos a reunir. —Sonrió y agitó la cabeza—. Dioses, Dracohorn, ¡su plan es tan brillante como el sol!

—¿Verdad que sí? —estuvo a punto de gritar Ondrin; pero logró bajar el tono de voz llevándose la palma de la mano a la boca, con aspecto asustado.

—No tema —se apresuró a tranquilizarlo el mago real—. Nada ha perturbado mis salvaguardas, pero será mejor que se marche mientras permanecen activas. Puedo mantenerlo oculto hasta que llegue a la bodega del León. Atraviese la tapa del tercer barril, recuérdelo. ¡La cuarta conduce directamente a una garita!

—Sí. ¡Vámonos, que pronto tendremos que rescatar a Cormyr, y sin duda será en un día despejado!

—Por supuesto —dijo Vangerdahast, levantando el falso techo que cubría la parte alta del hueco. Ondrin hizo un saludo teatral a cuya altura intentó llegar el mago, moviendo las manos de forma grandilocuente. Después se apresuró a descender por la escalera.

El mago de la corte de Cormyr observó cómo descendía, esperando que el muy idiota no perdiera pie. Cuando el noble hubo desaparecido de su vista, se permitió apagar la luz mágica y dio unas palmaditas a la Doncella Azul con mucho afecto:

—¡Buena chica! Gracias por prestarme otra vez tu morada. —Frunció los labios en una mueca, y procedió a bajar las escaleras. Tan cierto como que el sol se pondría aquella noche, Ondrin era uno de los bocazas más grandes de todo el reino; seguro que no tardaría en correr la voz de la reunión que acababan de celebrar.