6

Colonos

A Ondeth Obarskyr lo estaban observando, de eso no le cabía la menor duda. A lo largo de toda la mañana había sentido que unos ojos seguían todos y cada uno de sus movimientos, una mirada omnipresente que no provenía de la cerca ni de las casas, sino del bosque.

Estaba un poco nervioso, ya que un observador invisible no podía pretender nada bueno, pero como no podía hacer nada, continuó con lo suyo, que era talar los tres últimos árboles.

Cuando llegó por primera vez a la cañada, ésta estaba completamente llena de montones de árboles arrancados y arbustos cubiertos de malas hierbas. Algunos árboles se habían podrido donde yacían tumbados, y los Obarskyr los mezclaron con los más robustos, desmenuzando tierra para alimentar el cultivo. Los troncos de madera más grandes que habían resistido las condiciones atmosféricas se empleaban para la construcción o como madera de quemar, dependiendo de su tamaño y condición. Al parecer, tanto la chimenea como la hoguera disfrutarían de madera durante unos cuatro años.

Ondeth ya había empleado la madera más adecuada para construir la pequeña cerca y las pequeñas casas levantadas en su interior: chozas pequeñas, simples, al contrario que aquéllas en que su mujer Suzara tenía por costumbre vivir, allá en el este. Soportaba la dura vida que llevaban tan bien como podía, pero a menudo pasaban juntos largas noches sin dejar de discutir en susurros, discusiones en las que Suzara era, de los dos, la que hablaba más, y siempre sobre las mismas cosas: el peligro que corrían allí, en contraposición a la vida tranquila que llevarían en la parte oriental del mar, en Impiltur.

Ondeth escogió su próxima víctima de entre la pila de madera, una pieza de tamaño considerable que los jóvenes Rhiiman y Faerlthann habían cortado en un grueso pedazo de madera en forma de tambor. El árbol original había sido abatido y chamuscado por un rayo y, por lo tanto, no convenía usarlo para ninguna construcción. Todos sabían que usar un árbol derribado por un rayo para una casa no hacía sino atraer más rayos. Ondeth gruñó y levantó el grueso tronco sobre una superficie lista para cortar, un muñón de puro roble que no valía la pena plantar o convertir en leña.

Fuera quien fuese el espía, pensó Ondeth, al menos podía tener un poco de educación y presentarse. A él no le vendría nada mal un poco de ayuda.

Los muchachos estarían por ahí comprobando las trampas. El hermano pequeño de Ondeth, Villiam, se apresuraba a terminar su propia casa. A dos días de camino, el joven Obarskyr empezaría la lenta caminata hacia el este con intención de labrarse una profesión en el puerto pantanoso de Marsember, adonde se le uniría el resto de la familia. Quizás el ánimo de Suzara mejorara cuando hubiera más mujeres en los alrededores.

Suzara no era el misterioso espía, de eso también estaba seguro. Por el momento tenía mucho que hacer. Su última discusión, silbada mediante urgentes susurros en plena noche oscura, había sido la peor hasta el momento.

—¡Al menos podríamos volver a Marsember! —le imploró, apoyando la cabeza en su enorme pecho peludo. No estaba dispuesta a discutir en presencia de los niños, de modo que Ondeth perdía horas de sueño mientras batallaban en susurros para no despertar a los demás.

—La primera vez que estuviste en Marsember, recuerdo que lo llamaste ciudad pantanosa —replicó, cansino.

—Y lo es —dijo ella, inflexible—, ¡pero al menos allí hay gente! Ni fantasmas ni trasgos que acechan detrás de los árboles.

—Aquí no hay fantasmas que valgan —negó Ondeth, advirtiendo adónde pretendía llegar con aquella discusión. Sus disputas siempre tomaban los mismos derroteros—. Somos los primeros seres humanos que pisan este lugar. Es una estupenda oportunidad para empezar de cero.

—Sé que hay fantasmas. Nos vigilan desde los bosques. —El miedo impregnaba su voz, como sucedía siempre que hablaba de ojos furtivos en los bosques.

—Allí no hay nadie —aseguró Ondeth—. Bueno, quizás algún que otro elfo que haya salido de caza, pero nada más. Dentro de un año tomaremos una decisión.

—Yo ya la he tomado —respondió Suzara—. Sólo estoy esperando a que tú estés de acuerdo.

—Nos quedamos —concluyó Ondeth con firmeza, en un tono que tan sólo podía dar por concluida la cuestión. De un tiempo a esa parte, abusaba de ese tono.

—Porque lo digas tú —susurró fríamente su esposa, momento en que sintió cómo apretaba la mandíbula contra su pecho.

Levantó un brazo para rodear su hombro y acariciar su piel. Ella lo cogió de la muñeca sin hacerle daño, aunque la sostuvo con fuerza. No parecía dispuesta a permitir que ejerciera sus encantos para convencerla de que debían quedarse. No había forma de persuadirla de que no había extraños en el bosque dispuestos a matarlos cualquier día, ni de que el grano que habían plantado daría pie a fértiles cosechas, ni que toda aquella tierra era mucho mejor que una casa en mitad del barrio atestado de la ciudad que habían dejado atrás.

Y cuando la respiración agitada de ella cedió ante el sueño, Ondeth Obarskyr observó la oscuridad y se preguntó si no se habría equivocado al llevar con él a Suzara y a los chicos hasta esa pequeña propiedad rodeada de bosques tenebrosos en la parte más salvaje de los Reinos.

Necesitaba a los chicos para que lo ayudaran a construir, y no podía dejar a Suzara en la ciudad, como había hecho Villiam con su Karsha. Pese a todo, quizá su esposa muriera allí, Marsember no era más que cuatro casas destartaladas, sostenidas sobre un montón de columnas para salvarse de la humedad, pero al menos había gente con la que hablar. Quizá debieron quedarse allí, y quizá deberían volver. Claro que también podrían seguir más hacia el este, a Sembia. Los del sudeste de Chondath eran propietarios de esas poblaciones, aunque se decía que también había algunos del este.

O al norte. Había oído de los hombres que había allí que, al parecer, habían llegado a un acuerdo con los elfos para que colonizaran las tierras vacías. Un reino lleno de habitantes… aunque era un lugar duro, virgen, donde había poco que comprar o compartir, no había ropa cara, ni vino, ni buena compañía de la que disfrutar. No obstante, quizá debiera tranquilizar a Suzara. Tal vez habían ido demasiado lejos al pensar que podrían prescindir de la cercanía de una granja, de una población, de un puñado de seres humanos.

Puede que cuando llegaran Karsha y la hermana mayor de Villiam, Medaly, las cosas mejoraran. Quizás a partir de mañana, se dijo en silencio aquella noche, las cosas fueran mejor.

Pero se hizo de día y Suzara siguió distante y nerviosa, sin dedicarles más que una docena de palabras.

Y en aquel momento, cuando la última bruma de la mañana se alzaba sobre las copas de los árboles en pequeñas nubes, pensó con amarga melancolía en la capacidad que tenían algunas esposas de convencer a sus compañeros en toda suerte de cosas. Tal vez fuera una especie de magia que compartían todas las mujeres…

Examinó el tronco de madera, volviéndolo con manos callosas. Era sólido, no tenía moho ni estaba podrido, y al secarse lentamente había dado pie a una serie de aberturas que surgían del centro. Escogió la abertura más alargada, y colocó en ella una de las cuñas de fino acero.

Las herramientas de acero: las cuñas, el martillo, el hacha, eran las cosas más importantes que Ondeth había llevado consigo de Impiltur. Tenía un cuchillo para cortar pieles, cierto, y también había llevado las espadas cortas de hoja ancha de los niños, de factura chondatania, pero, si pretendían sobrevivir en aquel lugar, tendría que hacer algo más aparte de cazar. Había pensado en llevarse una hoja de acero para el arado, pero hasta la próxima cosecha no había nada que vender y, por tanto, nada con que comprar.

Colocó otra cuña en la abertura, y sopesó el martillo con una mano. Entonces retrocedió un par de pasos y agitó los hombros para relajarse.

Esgrimió el pesado martillo dispuesto a trazar un arco amplio sobre los hombros, para después descargar un golpe plano sobre la cuña. La mitad de la cuña se hundió en la madera, que saltó y tembló, momento en que se produjo el esperado crujido.

Ondeth descargó otro golpe sobre la primera cuña, y un tercero sobre la que había colocado en segundo lugar, hundiéndola en lo más hondo de la madera. Un golpe más y…

Esgrimió de nuevo el martillo y, después de descargar el golpe, el tronco se partió con un crujido agudo como el producido por un relámpago. Dos piezas de tamaño similar cayeron sobre el roble; lo libró de las últimas astillas para cargarlos sin dificultad. La madera parecía sólida, sin que la podredumbre la hubiera afectado. Ardería bien.

El extraño estaba allí cuando Ondeth volvió a levantar la mirada. Ondeth se hubiera sorprendido, pero no era el tipo de personas que se dejan sorprender fácilmente.

—Buenos días —saludó, como si acabaran de cruzarse en cualquiera de las calles enfangadas de Marsember.

—Buenos días tenga usted —respondió el otro hombre. Era un tipo flacucho, delgado hasta el punto de parecer un muerto de hambre, aunque no debía de ser ése el caso. Parecía recio y lucía una chaqueta y un par de botas de lino verde, de factura élfica.

Ondeth lo miró a los ojos, y después volvió a concentrarse en su trabajo. Rodeada por una barba pelirroja bien cuidada, la boca de aquel extraño dibujaba una línea casi imperceptible, pese a su forma amanerada de hablar.

—¿Puedo ayudarlo en algo? —preguntó Ondeth, con corrección, al colocar la madera de mayor tamaño sobre el tronco.

—Puede —respondió el extraño—. ¿Puedo preguntarle por qué está usted aquí?

—Tengo que partir leña —respondió Ondeth—. No crea que no me gustaría que se partiera sola.

—Me refería a que, según parece, van a asentarse aquí, en los bosques del Lobo —aclaró el extranjero, dedicando una fugaz sonrisa al granjero.

—Así es —dijo Ondeth—. ¿Hay algún problema?

—Los elfos aseguran que estas tierras son su coto privado de caza.

—Ya lo había oído. Y no pretendo hacer nada para impedirles que cacen, porque soy muy malo con el arco. Perdí a mi hermano mayor durante la caza del jabalí, cuando vivíamos en Impiltur. Por mí, los elfos pueden seguir cazando; yo soy granjero.

—Ya me parecía a mí. Ha habido otros que al llegar a estas tierras han emprendido la caza del ciervo, y los elfos no han tenido más remedio que actuar. Usted no los ha privado de una sola pieza, pero aun así, está en sus tierras.

—Usted no es elfo —se limitó a responder Ondeth, enarcando una ceja.

—Soy Baerauble Etharr, un amigo de los elfos —respondió el hombre delgado, encogiéndose de hombros y extendiendo su mano.

Ondeth dijo su propio nombre y estrechó la mano de Baerauble. El apretón de aquél se le antojó flácido, falto de práctica, como si hubiera pasado algún tiempo desde la última vez que lo hizo. Se impuso un breve silencio entre ambos.

—¿Puedo preguntarle por qué razón se ha establecido aquí? —preguntó el hombre delgado, en un tono amable—. Es decir, tanto en los bosques del Lobo, como en este lugar en particular.

—Al parecer corren malos tiempos en las tierras de donde procedemos —respondió Ondeth, encogiéndose de hombros—. Plagas, tiranos, malos reyes. Cuando para alguien resulta más fácil enfrentarse a los ataques del trasgo que pagar los tributos, es que ha llegado el momento de liarse la manta a la cabeza y probar suerte con los trasgos.

—Hay pocos trasgos, y los pocos que hay viven lejos, al norte de aquí —objetó Baerauble.

—Supongo que sus elfos los mantienen a raya —respondió Ondeth.

—Protegemos estas tierras —se limitó a decir Baerauble—. Ésa es la razón de que yo esté aquí.

Ondeth recordó la conversación que había tenido con su esposa sobre la gente que los observaba, sobre los fantasmas. ¿Cuánto tiempo hacía que los vigilaba ese tipo extraño?

—Respecto a establecernos en este lugar en particular —dijo Ondeth—, partimos del oeste, de Marsember, y seguimos los senderos de caza que corren paralelos a la costa, en busca de algún terreno abierto donde establecer una granja. Encontramos este lugar, que tiene un buen pedazo de cielo, donde al parecer habían caído algunos árboles viejos, y nos pareció más sencillo que tener que hacerlo nosotros mismos. —Antes de continuar, señaló con un brazo musculoso hacia el sur—: La costa no está muy lejos… no hay nada excepto rocas escarpadas, pero podríamos construir un pequeño puerto si lo necesitáramos… dentro de un tiempo. Aquí la tierra es fértil, y dará una buena cosecha. ¿Ha reclamado estas tierras como suyas? —Y sopesó el martillo, como si con ello pretendiera dar a entender que estaba dispuesto a disputar los derechos a cualquier otro.

—No, yo estoy aquí… invitado por los primeros en llegar —respondió el recién llegado, sorprendiendo a Ondeth al sonreír tímidamente, como si estuviera preocupado.

—Esos elfos de usted los mataron. —Era una afirmación, no una pregunta.

—¿Lo sabía? —preguntó el flacucho.

—Descubrí fragmentos de huesos y espadas rotas cuando aré la tierra. No es necesario ser el sabio Alaundo para concluir que antes hubo otros. No se lo he dicho a Suzara; sólo conseguiría preocuparla.

Se produjo otra pausa en la conversación.

—¿También han venido a matarnos? —preguntó Ondeth, malhumorado, rompiendo el silencio y levantando la mirada del martillo.

Baerauble volvió a parecer sorprendido. Ondeth se preguntó si se estaba pasando con aquel extraño, pero había dicho que era amigo de los elfos, y probablemente no había visto un solo humano en la pasada década.

—Quizá. Me han enviado para averiguar cuáles son sus intenciones —respondió Baerauble, pestañeando.

—Pretendo trabajar la tierra —dijo Ondeth, haciendo un gesto de asentimiento—. Mis hijos ponen algunas trampas. Mi hermano partirá mañana para Marsember, con intención de traer a su esposa y a su familia. Si quieren matarnos, sería de agradecer que lo hicieran antes de que llegaran los pequeños.

—¿Cuánta gente tiene intención de traer a este asentamiento? —preguntó el extraño, haciendo una mueca de desagrado.

—Podría hablarle de una docena —se encogió de hombros Ondeth—, quizá de dos docenas de personas dispuestas a abandonar Marsember, a cambio de un pedazo de tierra seca. —Al cabo de un momento, preguntó—: ¿No irán sus elfos a destruir también Marsember?

—Los elfos reclaman el bosque virgen —respondió el hombre alto, haciendo un gesto de negación—, esta parte del gran bosque conocida como Cormanthir… lo que ustedes llaman los bosques del Lobo, o Cormyr. Marsember es, como usted ha señalado muy bien, un pantano. Así que dos docenas… ¿Granjeros, como usted?

—Algunos. Otros lo más probable es que se dediquen a cazar. Quizá vengan más. No puedo erigirme en portavoz de todos los humanos que habitan las costas occidentales.

—Dejen en paz al rothé… al búfalo de los bosques. Encontrarán todos los ciervos que necesiten para alimentar el asentamiento, pero si ahuyentan las manadas del territorio, los elfos adoptarán medidas. Para las hogueras y las casas cojan todas las ramas que hayan caído de forma natural, pero nunca talen madera. Si lo hacen así, creo que los dejarán en paz.

—Eso sería muy generoso por su parte —se apresuró a decir Ondeth—. ¿Y dónde se encuentran esos señores elfos a quienes debemos estar tan agradecidos?

Baerauble observó al hombretón, mientras fruncía el entrecejo.

—He pasado cuatro meses aquí con mi familia —prosiguió Ondeth—, y usted es la primera criatura racional que he visto desde que partimos de Marsember. Ahora viene y me dice que esta tierra pertenece a los elfos, y que si pretendo quedarme aquí, yo y mi familia tendremos que seguir las órdenes de los supuestos elfos. Necesito una buena razón para hacer tal cosa… una buena razón. De modo que mi pregunta es… ¿dónde están sus elfos?

—Lo llevaré en presencia de los elfos —respondió el hombre delgado, tras permanecer inmóvil durante algunos segundos. Al mirarlo, Ondeth pensó que una brisa fuerte podría llevárselo consigo.

Con ambas manos, el recién llegado trazó un amplio círculo en el aire, acotando un área del suelo a su alrededor, como si fuera una de las mujeres veteranas de la casa, explicando a Suzara qué tamaño tendría el tejido que iban a poner. En ésas andaba, cuando escupió un torrente de palabras roncas. No era élfico ni la lengua de los comerciantes, pero las palabras fluyeron ricas, sinuosas, poderosas, palabras que estuvieron a punto de hacerlo temblar. Graves, ya eran antiguas cuando los dragones legendarios aún eran jóvenes. Al mover el hombre barbudo las manos, trazaron sus dedos cicatrices de luz en el aire, líneas luminosas que siguieron relampagueando a medida que se expandían.

Ondeth dio un paso atrás y levantó el martillo, más bien para protegerse de la magia que para atacar al recién llegado. El fulgor se ensanchó envolviéndolos a los dos, y hubo un momento en que fue cegador.

Al remitir el fulgor, era obvio que estaban en algún otro lugar.

—¡Es un mago! —exclamó Ondeth, que de inmediato reparó en la estupidez de sus palabras—. Podía habérmelo advertido —añadió—. Cuando descubra que me he marchado, Suzara se morirá de miedo.

—Usted quería ver a los elfos de Cormanthir. Observe —replicó el mago, impávido.

Estaban en algún lugar profundo del bosque, bajo la sombra fría y verde de la vegetación. No había altibajos del terreno en aquel bosque. Ondeth se sintió como si estuviera en un recibidor verde: los pilares formados por los árboles gigantescos y cubiertos de hiedra, las hojas que dibujaban un techo de cristal verde como el jade. Había tal viveza en todo cuanto lo rodeaba que le pareció como si el resto del mundo hubiera estado cubierto de niebla.

Se encontraban diseminados alrededor de los humanos, formando una línea desigual que parecía abrirse como en señal de recibimiento o como unas garras amenazadoras. Al principio no pudo distinguir a los elfos del propio bosque. Entonces Ondeth observó que iban vestidos con túnicas hechas de sombras sólidas, verdes y amarillas, y que el resto de su ropa estaba tejida de oro.

El elfo más cercano era hembra, sus rasgos se dibujaban con toda claridad. Vestía como los demás. Ondeth vio que su túnica era en realidad una cota de malla, hecha de unos anillos tan finos que apenas podía distinguirlos. Llevaba una lanza fina de marfil, y la punta era de oro.

Volvió la mirada para observarlos. De pronto Ondeth se sintió tan basto y sucio como un gran trasgo maloliente, vestido como iba con la chaqueta sudada y sus pantalones de lana.

Pero entonces ella le sonrió, fue un fulgor de blanco puro que asomó por entre la comisura de sus labios, y fue como si el sol de la mañana acabara de atravesar las copas de los árboles. Fue una sonrisa fugaz, pero bastó para levantar el ánimo de Ondeth por encima de los árboles.

Aquella sonrisa no le pertenecía. Baerauble el mago se inclinó con suma formalidad para corresponder a la elfa, aunque en su rostro no tardó en dibujarse una sonrisa. Ondeth sintió una punzada de celos.

—¿Qué…? —empezó a decir cuando el mago levantó la mano, deteniendo la pregunta antes de que brotara de sus labios.

—Ha empezado —dijo Baerauble—. La caza.

Todos los elfos miraban en una misma dirección, de donde provino el estruendo producido por un cuerno imponente. La llamada de un segundo cuerno de caza se unió al primero, y después otro, todos ellos acompasados de modo que dieran forma a una sola melodía armoniosa. Los elfos que formaban la línea cambiaron de posición y dispusieron las lanzas.

Entonces las luces asomaron por entre las copas de los árboles. Fulgores de un azul suave, verdes, como el hongo adherido a la madera podrida. Bolas de luz amarillas y anaranjadas danzaron entre los árboles, a las que se unieron unas esferas de un color rojo tan intenso como el ojo que no perdona de un dragón.

A Ondeth le parecieron las linternas que uno sostiene durante la procesión. Pero, al danzar y agitarse a través del follaje, al granjero no le cupo duda alguna de que eran de naturaleza mágica, una magia controlada por los elfos que se acercaban.

Batidores. Aquellas luces y los cuernos también eran los encargados de levantar la caza, de dirigirla hacia los elfos que acechaban en el claro. Pero ¿qué bestia tan poderosa necesitaba de tantos esfuerzos?

La respuesta no tardó en llegar. Ondeth oyó un estampido en las profundidades del bosque, un crujir de ramas y árboles procedente de varios lugares a la vez, que pronto se aunó y se volvió tan frenético y elevado que incluso llegó a enmudecer la cacofonía producida por los cuernos de caza.

Los árboles se agitaron y lanzaron sus hojas por doquier, cuando unas bestias pasaron en estampida junto a ellos en dirección al bosque, con la mirada desorbitada y resoplando. Al pasar en dirección a los elfos, sus cascos hicieron temblar la tierra, como si se tratara del estallido de un trueno. Eran ésos los pequeños búfalos del bosque, emprendiendo una huida tan salvaje y desaforada que parecían una manada de ciervos. Ondeth vio los ojos inyectados en sangre temblar de miedo, y no pudo evitar tragar saliva cuando vio cómo cargaban en pos de la línea de elfos, que permanecían de pie tranquilamente, a la espera, lanza en ristre…

Sin embargo, los búfalos pasaron de largo sin que nadie moviera un solo dedo por impedirlo. Algunos elfos dieron un paso al lado con suma agilidad, para permitir pasar a algún que otro búfalo. Ondeth vio pasar a las monstruosas criaturas, altas como las chozas que él mismo había levantado con sus manos. El suelo tembló bajo los cascos, y el granjero sopesó el martillo mientras su pulso se aceleraba, pero para entonces las bestias habían pasado de largo y su rastro estaba cubierto por una nube de polvo y por el rumor del trueno que se perdía en la distancia.

Los elfos les habían permitido pasar de largo. El búfalo de los bosques no era la presa que estaban esperando.

Ondeth quiso plantear algunas preguntas pese al tumulto, pero no consiguió más que abrir la boca antes de oír un estampido aún más terrible, procedente del bosque. En la tenue distancia, mientras el suelo bajo sus botas temblaba y temblaba, un anciano árbol cayó lentamente cuan largo era. Acto seguido alcanzó a ver qué era lo que había motivado su caída. Las preguntas de Ondeth quedaron atrapadas en su garganta.

Era un oso lechuza gigante, peligroso depredador de los bosques de toda Faerun; aquél en particular era mucho más grande que cualquier otro animal de su especie que hubiera visto en toda su vida, pues era alto como dos hombres, o más, al perfilarse completamente en el claro. Su piel peluda parecía parcialmente chamuscada, y agitaba el pico, similar al de un pájaro, al acercarse, rozando los árboles al pasar. Las garras eran como hileras de dagas, cada una larga como el antebrazo de Ondeth, y agitaba las hojas a su alrededor de la pura rabia que irradiaba en su carrera.

El granjero lo observó fascinado. El pelo de la criatura se volvía más largo y fino a medida que avanzaba hacia la cabeza, semejando plumas marrones, que envolvían unos ojos amplios y acuosos, de órbitas doradas llenas de una honda furia.

El imponente oso lechuza pareció aminorar el paso al ver la línea de cazadores que esperaban su llegada. Se irguió sobre las patas traseras, y su cabeza triangular arrancó las ramas de los árboles, antes de girar sobre sus talones para observar las luces que lo perseguían.

Entonces profirió un gruñido terrible, tomó una decisión… y arremetió contra los elfos.

Había un ligero hueco en la línea élfica, entre el granjero humano y la doncella elfa que había sonreído a Baerauble. El oso lechuza se abalanzó sobre ella, tan rápido como pudo moverse.

El mago dio un paso para acercarse a Ondeth, levantó las manos y gritó una serie de palabras encadenadas, con abundancia de sílabas guturales que ninguna garganta humana podía pronunciar. Diversos fulgores se formaron alrededor de sus manos, encendidos hasta adquirir una luminosidad cegadora, que partieron de sus dedos dibujando un arco crepitante, relampagueante.

El rayo creado por el mago cubrió la distancia que lo separaba del costado del enorme oso lechuza, donde desapareció. Una columna de humo se elevó en el aire, que de pronto se inundó del olor de una tormenta de verano, y de pelo quemado. El oso lechuza ni siquiera aminoró el paso.

Los elfos corrían a ambos extremos de la línea, conscientes de haberse separado demasiado. El oso lechuza se abalanzaría sobre el hombre alto y sobre él, antes de que los cazadores pudieran cerrarle el paso. Ondeth tragó saliva.

Lo más probable es que aquel monstruo del bosque los matara, a menos que el mago sacara de la manga otro de esos rayos de luz. Que los matara… o que arremetiera contra la doncella elfa de sonrisa radiante.

La imaginación de Ondeth le ofreció una breve y vívida imagen en la que las garras de aquel monstruo la despedazaban, y su sangre manaba a borbotones por doquier, haciéndole proferir un rugido animal, sopesar el martillo y plantarse ante la doncella elfa. El oso lechuza titubeó entre pasar por el hueco que acababa de dejar, o seguir con su plan original, y se decidió por lo segundo mientras sus garras reflejaban la luz, y Ondeth Obarskyr esgrimía su martillo pesado para descargar un único y fuerte golpe, que alcanzó a la bestia por debajo del hombro.

El oso lechuza profirió tal aullido que los cuernos de caza enmudecieron por completo; a continuación, dolorido, agachó la cabeza… y arremetió contra Ondeth golpeándolo con su cabeza peluda. Fue como si lo hubieran golpeado con una almohada rellena con la piedra de un pilar.

Ondeth tuvo conciencia de volar por los aires, cayó de espaldas contra el duro suelo y se desprendió del martillo al arrastrarse del golpe y recuperar el aliento. Sus ojos se vieron empañados por lágrimas de dolor, pero a través de aquel velo borroso vio al oso lechuza romper la línea formada por los elfos.

La doncella estaba allí. Había hundido su lanza en el otro hombro del monstruo, y la usaba para trepar a su lomo. Gritó algo en lengua elfa y esgrimió un cuchillo largo color hueso. El oso lechuza rugió cuando ella hundió el cuchillo en la base del cuello, pero no consiguió interrumpir su carrera. Ondeth se puso de rodillas cuando la bestia cargó en dirección al bosque, sin permitir que la elfa bajara del lomo. La joven se agarró como pudo a la lanza, cabalgando sobre el monstruo cuando desapareció en el bosque.

Baerauble le tendió la mano para que se levantara, y lo ayudó antes de entregarle el martillo. Ondeth quiso decir algo, pero el mago se lo impidió.

—Antes debe usted ver una cosa más. —Y se volvió hacia los árboles de donde había surgido el oso lechuza. Ondeth también miró en esa dirección.

Los batidores aparecieron a través de los árboles. No cabía duda alguna, eran los seres de la belleza más radiante que Ondeth hubiera visto en toda su vida. Sin silla ni bridas, cabalgaban a lomos de los alces, animales gráciles que obedecían sin que para ellos supusiera un esfuerzo. Buena parte de los jinetes lucía la misma cota de mallas de los cazadores, aunque algunos iban envueltos en unos ropajes diáfanos que dejaban un rastro a su espalda, similar al del humo. Sus cuernos de caza dibujaban grandes espirales, decorados con campanillas de bronce.

Los jinetes estaban rodeados de luces voladoras, esferas que fulguraban y danzaban juguetonas de un lado a otro, despidiendo medio centenar de sombras. Ondeth pudo ver que estos brillos extraños a la par que maravillosos crepitaban de energía a lo largo y ancho de una superficie que, por otro lado, era completamente lisa.

Entonces llegaron los nobles elfos; a Ondeth le bastó con verlos para reconocer su posición social. Sus monturas eran enormes venados cuyos lomos habían adornado con filigranas de plata y que, más que andar, volaban. Los montaban jinetes orgullosos, damas y caballeros de los bosques, vestidos con la delicadeza que caracteriza a la seda, y cuyo pelo plateado o rubio platino ondeaba a su espalda en largas coletas.

La figura más elegante era, obviamente, el líder de los elfos, y pasó cerca de los dos humanos. Baerauble se inclinó mientras daba un golpe en el hombro a Ondeth, para indicarle que debía hacer lo propio.

Ondeth siguió de pie, martillo en mano, y observó al señor elfo con profunda admiración.

El elfo y el hombre cruzaron sus miradas durante un instante. El señor elfo tenía una cicatriz larga y desigual en una de las mejillas, y llevaba un cetro dorado y elaborado, en cuya corona brillaba la pálida luz de una amatista. En la cabeza lucía una corona sencilla, hecha de algún metal plateado. Consistía en una circunferencia con tres puntas en la frente, cada una de ellas rematada con otra gema de color púrpura.

El señor elfo sostuvo la mirada del hombre durante un instante calculado, y después sonrió. Fue una sonrisa dentuda y amplia que hubiera empequeñecido la de la doncella elfa.

Entonces desapareció, pues el venado salió dando brincos por los matorrales, y los cazadores elfos a pie siguieron a la carrera a los nobles, lanza en ristre, directos hacia el bosque en pos del eco que levantaban los rugidos del gigantesco oso lechuza.

Ondeth lo observó con asombro al pasar. Hizo ademán de seguirlos, cuando el mago le tocó el hombro.

—Diría que a lord Iliphar le ha parecido bien —dijo con amabilidad.

—¿Bien? —preguntó Ondeth, sin comprender. Entonces se volvió para mirar al mago, y dijo lentamente, como si saboreara las palabras—: No me ha traído aquí para mostrarme a sus elfos… Sino para que ellos me vieran a mí.

—La primera impresión es muy importante —respondió el mago, dibujando una sonrisa en la comisura de sus labios—. Si la partida de caza de Iliphar lo hubiera visto por primera vez disputando a un cazador elfo alguna pieza en mitad del bosque, lo más probable es que sus tratos con los elfos hubieran seguido el mismo derrotero que los que ha habido hasta ahora entre elfos y humanos… una espiral inconsciente de violencia, que habría terminado con la total destrucción de sus aspiraciones. En esta ocasión, recordarán a un humano valiente que ayudó a reducir a uno de los últimos osos lechuza gigantes de los límites orientales.

—Esa mujer… —dijo lentamente Ondeth—. No necesitaba mi ayuda, ¿verdad?

—A miladi Dahast le encantan los espectáculos —respondió Baerauble con una sonrisa, haciendo hincapié en la sílaba «mi» con suavidad, a la par que con claridad—. No, no la necesitaba. Sin embargo, puedo decirle que ha apreciado su cortesía.

—Era tan… —asintió Ondeth, interrumpiéndose hasta encontrar la palabra adecuada— maravillosa.

El mago enarcó ambas cejas, reflejando su sorpresa.

—Maravilloso —repitió el granjero—. Las luces de los árboles, los cuernos, los elfos. —Extendió las manos en la dirección que habían desaparecido los elfos—. Maravilloso. —Ondeth se volvió a Baerauble—: Es una tierra asombrosa… tiene una belleza indescriptible. Es mejor incluso que Impiltur, y un palacio comparada con la pantanosa Marsember, o con otros asentamientos humanos a lo largo de estas costas. Si los elfos quieren mantener este lugar como su coto de caza, respetaré sus deseos y cuidaré que todo aquél que se establezca en él haga lo propio… Siempre que nos permitan establecernos aquí.

—Creo que así será, después de conocer su comportamiento en el día de hoy —respondió el mago—. Pero me sorprende, Ondeth Obarskyr. Jamás hubiera dicho que en su corazón había espacio para la poesía, ni para tanta resolución.

—Soy hombre de muchas sorpresas —sonrió Ondeth—. Provengo de una familia de poetas, héroes… y también de sabandijas. Acompáñeme, llevamos mucho rato perdidos y Suzara se preocupará por mí. Tiene que cenar con nosotros.

—Lo devolveré a su granja, pero después debo reincorporarme a la partida de caza —respondió el mago, asintiendo con cierta reserva.

—¡A cenar! —exclamó Ondeth, que apoyó la mano en el hombro del mago. Éste se puso tenso ante semejante familiaridad, pero no demasiado—. Me ha regalado su hospitalidad, y ahora debe permitirme que le ofrezca la mía. Además, no sabe lo que le espera esta noche.

—¿Disculpe? —pestañeó Baerauble.

—Me ha convencido para que viva con sus elfos —explicó Ondeth—. Ahora le toca convencer a mi querida Suzara para que siga aquí conmigo. Éste será nuestro hogar, por siempre jamás.