30

Aventureros

El mago real golpeó la puerta del aposento de una posada con los puños, hasta que estuvo a punto de saltar de los goznes.

—¡Balin! —gritó—. ¡Es hora de reemprender el camino!

Al lado de la puerta se oyó el rumor de sábanas y algunos murmullos apresurados.

—Salga ahora mismo de ahí —gritó Vangerdahast— o le juro que lo teletransportaré junto a su padre, en compañía de quienquiera que sea la invitada que ha tenido a bien visitarlo.

Los susurros cesaron, reemplazados por un movimiento frenético. Vangerdahast contó hasta diez. Al finalizar, volvió a contar hasta diez.

Andaba ya por el ocho de la tercera ronda cuando la puerta se abrió con un crujido para dar paso a la figura del príncipe Azoun, hijo de Rhigaerd y cuarto Obarskyr en llevar el mismo nombre. Abrió la puerta lo suficiente como para asomar su cuerpo, y al atravesar el umbral la cerró con una mano, mientras se apresuraba con la otra a meterse la camisa por debajo de los calzones.

—¿Es necesario gritar tanto, mago? —preguntó el príncipe, exasperado; a juzgar por su tono de voz, aún estaba un poco dormido.

—Está demostrado que es la única forma de que mis palabras alcancen esa sesera suya tan dura —repuso el mago—. A menos, claro está, que prefiera usted que me manifieste en mitad del aposento, acompañado por una salva de relámpagos y humo.

El príncipe Azoun, que viajaba por su propio país bajo el nombre supuesto de Balin el caballero, murmuró algo poco apropiado para tratarse del hijo de un rey.

—Déme diez minutos para recoger mis cosas —dijo el príncipe.

—Que sean cinco. De ese modo la joven no tendrá tiempo para distraerlo.

Azoun gruñó sin demasiada convicción, y seis minutos después se encontraba en el exterior de la posada, bostezando ruidosamente. Tenía la bolsa a la espalda y la espada corta envainada; cubría su cabeza, así como buena parte de sus rasgos faciales, un sombrero deforme y de ala ancha. Cumplidos los diecinueve inviernos, el joven noble era de espaldas anchas y atractivo. Dentro de poco no tendría más remedio que recurrir a disfraces mágicos, para evitar que lo reconocieran.

Vangerdahast, más alto que el príncipe y de buen porte, iba equipado de igual guisa, excepto en lo referente a la espada, puesto que esgrimía un bastón corto con el que se ayudaba para caminar. Azoun no albergaba ninguna duda al respecto sobre la naturaleza del bastón, seguro de que contenía más magia que cualquier otra vara retorcida, empuñada por un mago poderoso.

—¿Adónde iremos hoy, oh, mi sabio maestro? —preguntó el príncipe.

—A Estrella del Anochecer —respondió el mago—. Está a unos dos días de camino. Creo que hoy podríamos cubrir la mitad de esa distancia hasta que anochezca, descansar un poco y llegar a la ciudad mañana por la tarde.

—Llegaríamos hoy mismo si fuéramos a caballo —observó el príncipe, no por primera vez.

—Claro —repuso el mago—. Y también podríamos viajar rodeados de todo lujo si cogiéramos un carruaje o, incluso, llegaríamos en apenas un instante si recurriera a mis hechizos. Pero en tal caso nos perderíamos las vistas, el paisaje, mientras que con el carruaje no conoceríamos a nadie en el camino. Y con caballos no tendríamos ocasión de conversar. —Entonces añadió, aposta—: Yo no podría, por ejemplo, ayudaros a repasar vuestras lecciones.

El príncipe hizo una mueca.

—¿Sabe usted? Un día de estos tendré mi propio grupo de héroes y aventureros, ¡y todos ellos serán guerreros sobrados de arrestos! ¡Cuando esté con ellos, cabalgaremos día y noche!

—Me parece muy bien —dijo Vangerdahast con una sonrisa—, porque entonces podréis guiar a vuestros camaradas a través de todos los recodos del camino habidos y por haber, hasta llegaros a cualquier posada o fonda de Cormyr. Y todo gracias a que las visteis siendo un muchacho, y caminando como muchos otros viajeros.

—¡Un muchacho! —exclamó Azoun—. ¡Mi padre a mi edad ya era rey!

—¡Y que Tymora en su gracia os ahorre todas las penurias por las que hubo de pasar solo, sin contar con los consejos de un mago! —deseó el mago—. Ahora decidme, oh joven sabio, ¿qué otros reyes de Cormyr se vieron obligados a asumir el trono a tan corta edad?

Azoun gruñó y rumió la respuesta mientras emprendían el camino, despidiéndose de la posada del Oso Lechuza, que no tardó en desaparecer a sus espaldas. El mago escogió un sendero que corría paralelo al río Aguas de la Estrella, en lugar de regresar al camino principal. No era más que un sendero que seguía el curso del río, y que discurría sinuoso al amparo de las sombras que proyectaban las hojas de principios de verano.

Azoun recitó los nombres de diecinueve reyes jóvenes y siete reinas guerreras, empezando por Gantharla, así como de cuatro monarcas ilegítimos. Listó las familias nobles del momento sin demasiado esfuerzo, aunque fue necesario apuntarle algunos nombres de las que habían quedado sin descendencia y que, por tanto, habían desaparecido debido a la falta de herederos o de lealtad. Rememoró a la perfección la letra de la canción «La Fanfarronada cormyta», incluidas las partes más impúdicas, que había aprendido la noche anterior de labios de un bardo que se albergaba también en la fonda. Por supuesto, la conversación no tardó mucho en centrarse en las dificultades del camino, las agujetas y lo cansino que resultaba caminar a campo traviesa, y de incógnito.

—Aún no comprendo por qué no podemos decir a todo el mundo quiénes somos —se quejó Azoun, agitando la bota izquierda mientras descansaban. Una solitaria piedra, que lo había torturado a cada paso a lo largo del último kilómetro, cayó de su interior.

—Por dos razones. Primero por seguridad. No creo tener que recordaros que no estamos precisamente rodeados de Dragones Púrpura ni magos, que no contamos con la seguridad relativa de que disfrutaríamos estando en palacio. Puedo ayudaros y protegeros, pero no puedo estar en todo continuamente, de modo que la discreción es nuestra mejor salvaguarda. Los enemigos de la corona creen que los Obarskyr se aferran a sus castillos y a los círculos de la alta sociedad. Mejor será no hacer nada que los disuada de lo contrario.

El joven príncipe hizo un gesto para interrumpir sus palabras. Eso lo entendía perfectamente. El mago siempre se comportaba como una gallina clueca en lo referente a los peligros que acechaban al reino de Cormyr, aunque al menos le permitía abandonar el castillo para emprender esos viajes.

—Segundo, cuando ostentéis la corona, el resto del mundo se transformará. Todos tenderán a deciros precisamente lo que queráis oír, en lugar de lo que necesitéis oír. Las verdades sólo lo serán a medias, las identidades se ensombrecerán, así como la verdad de los hechos. ¿Creéis que habrá algún trovador dispuesto a enseñar al rey la letra más candente de «La Fanfarronada cormyta»?

Pero Azoun estaba preparado para aquel argumento en particular.

—De modo que, a juzgar por sus palabras —dijo—, el rey tiene que parecer una cosa que no es para encontrar la verdad. ¿Tiene que engañar a sus súbditos?

—Me refiero a que nadie es lo que parece —repuso el mago con elegancia—, y que un soberano tendría que ser consciente de ello, y actuar en consecuencia. Ahí tenéis, sin ir más lejos, a la joven camarera de la fonda.

—¿Qué ocurre con ella? —preguntó Azoun, perplejo.

—Me di cuenta de que anoche se mostró más bien fría y distante con vos. Al parecer, la situación había cambiado esta mañana. Confío en que, bajo ningún concepto, se os escapara revelar que no erais más que Balin el caballero, después de retirarme yo.

Azoun se sonrojó ligeramente, antes de encogerse de hombros.

—Quizá sí. No lo recuerdo. —Irguió la espalda y añadió como si eso lo explicara todo—: Bebimos ese vino de chirivía.

—Ah, ahí está el quid de la cuestión. Viajamos por Cormyr a pie, no por una cuestión de salud mía o vuestra, sino para que comprendáis tanto la tierra como a la gente que la trabaja. Incluso aquéllos que se muestren de corazón leal, quizá no sean lo que parecen; es más, los más fríos y calculadores podrían ansiar la corona.

Aquella mañana viajaron durante dos horas más al amparo de los árboles, con una parada ocasional para librarse de las piedras del camino, y otra para disfrutar de un almuerzo frío. Vangerdahast lo aleccionó en la historia de Estrella del Anochecer, y en las estancias plagadas de monstruos que se extendían por la garganta que quedaba al norte de la población. Allí era donde había jugado de niño. Allí, señaló, había decidido de joven convertirse en mago, y desde donde lo habían llevado en presencia de Jorunhast, último de los magos supremos de la corte real.

—No sé mucho acerca de Jorunhast —dijo Azoun—, salvo que apoyó al bando equivocado durante el reinado de Salember, el Príncipe Rebelde.

—Eso no es todo —dijo Vangerdahast—. De hecho, mató a Salember cuando el Príncipe Rebelde amenazó con asesinar a vuestro padre y a vuestra abuela Truesilver. Acto seguido, el rey recién coronado agradeció al mago sus esfuerzos y lo expulsó de la corte. Oficialmente, Cormyr no tuvo mago hasta el nacimiento de vuestra hermana mayor, y a mí me enviaron aquí para actuar como tutor suyo, y vuestro también. Sin embargo, el rey Rhigaerd no me ha impuesto el título oficial de mago de la corte, y está en su derecho.

—Pero si su maestro salvó a mi padre… —empezó a decir el príncipe.

—Jorunhast mató a un rey —lo interrumpió Vangerdahast—. Un rey malo, pero un rey de todos modos. Creo que a vuestro padre le preocupó que algo así pudiera convertirse en un hábito. Todo suceso encierra una lección.

—¿Que en este caso es?

Vangerdahast suspiró.

—Al volver a Suzail veinte años después de irse Jorunhast —respondió Vangerdahast—, comprobé que el reino había sobrevivido con holgura sin contar con un mago como consejero de la corona. Trece siglos de labor, ya fuera cuidadosa o menos cuidadosa, habían configurado un cimiento sólido que dos décadas no consiguieron hacer tambalear. Sin embargo, habían aflorado pequeños detalles: la debilidad de los magos guerreros, el aumento de poder de las guildas de ladrones, la política errática de Arabel y los tratos solapados de Marsember. Eran detalles minúsculos por sí solos, pero con enormes consecuencias futuras si se pasaban por alto. Vuestro padre prefirió hacer caso omiso de ellos y enviar a por el pupilo de Jorunhast, cosa que lo hace acreedor de una gran sabiduría; cualquier otro rey sólo hubiera reparado en la prosperidad aparente de Cormyr y hubiera decidido que, después de todo, no valía la pena contar con un mago consejero.

—¿Qué le sucedió a Jorunhast? —preguntó Azoun.

—Creo que Jorunhast hizo lo que debía —prosiguió Vangerdahast, sin prestar atención a la pregunta de Azoun—. Tuvo que elegir entre un rey loco y un aspirante a gobernante, joven e inexperto. Hizo su elección, aunque supuso para él el exilio de la corte. Pero con ello evitó que vuestro padre tuviera que matar a Salember, por mucho que contara con la excusa de que fuera en defensa propia. Jorunhast estaba dispuesto a tomar una decisión impensable, si ésta redundaba en beneficio del reino. Ésa es una lección importante tanto para vos como para mí.

Azoun estaba a punto de insistir en qué había sido de Jorunhast, cuando oyó gritos provenientes del camino. Dos personas corrían hacia ellos, gritando y agitando los brazos. Eran un anciano y una mujer que había pasado de sus años mozos; ambos vestían túnica y sandalias. No era la clase de ropa que uno escoge para trotar el bosque, pensó Azoun.

—¡Fantasmas! —gritó el hombre—. ¡Nuestra casa está poseída!

—Se han apoderado de la casa —explicó ella, azorada—, ¡nos han expulsado de nuestro hogar!

—Parecen ustedes aventureros con licencia de la corona. ¡Tienen que ayudarnos! —exclamó el hombre.

—A ver si nos calmamos un poco —repuso el mago, conciliador—. Yo soy Borl el proficiente, y éste es mi joven compañero, Balin el caballero. ¿Y dicen que tienen fantasmas?

—No somos más que humildes granjeros —respondió él—. Hemos estado viviendo en una propiedad abandonada, a kilómetro y medio por este sendero, ocupados en la reconstrucción de la casa y en la limpieza de los campos de antaño.

—Han regresado los nobles del pasado —añadió la mujer, con los ojos empañados en lágrimas—. ¡Han gritado, gemido y nos han echado de la casa!

—¿A qué nobles se refiere? —preguntó el príncipe, de incógnito.

—No sé —el anciano pestañeó—. No había nada en la casa que nos permitiera saberlo, y hay tantas familias nobles en Cormyr. Sin embargo era un edificio estupendo; seguro que ha pertenecido a aristócratas.

—Y el hecho de que hayan regresado los fantasmas lo prueba —añadió la mujer, casi en tono triunfal—. ¡Tan sólo los nobles se preocupan tanto por la propiedad como para salir de la tumba con tal de protegerla!

—¿Qué aspecto tienen esos nobles fantasmas? —preguntó en voz baja Vangerdahast.

La pareja empezó a tartamudear al unísono, hasta que finalmente fue la voz del anciano la que se impuso.

—El caso es que no los hemos visto.

—¿Cómo?

—Oh, pero la han armado gorda —exclamó la mujer—. En el sótano, y también en el ático, han gemido y clamado venganza una y otra vez. Por espacio de tres días y tres noches nos hemos resguardado bajo la cama, pero por la mañana no encontrábamos nada en falta. Sin embargo, esta misma mañana uno de nuestros pollos había muerto de forma brutal. ¡Fue entonces cuando echamos a correr para salvar la vida!

—Me parece interesante investigarlo —opinó Azoun.

—Hay espectros para dar y tomar en el País de los Bosques —dijo Vangerdahast, encogiéndose de hombros—. Han sucedido tantas cosas, que de eso andamos sobrados.

—Sin embargo, nuestro deber para con la corona, ese documento que firmamos cuando el rey nos permitió pasar por sus tierras… —empezó a decir Azoun, con una sonrisa en los labios.

—Vale, vale, si nos viene de paso… —dijo el mago, que hizo un gesto para atajar las razones del príncipe.

—Además, no creo yo que Estrella del Anochecer vaya a moverse de sitio entretanto —añadió el príncipe, para acabar de decidir al mago, que lo miró fijamente, momento en que Azoun optó por cerrar la boca. Sin embargo, no dejó de sonreír.

La casa señorial tan sólo distaba medio kilómetro del sendero que seguía el río Aguas de la Estrella. El hombre les dio las indicaciones necesarias para llegar, pero la pareja no estaba dispuesta a abandonar el sendero principal, ya que no querían acercarse a la casa hasta que los dos aventureros ahuyentaran a los espíritus.

La mansión estaba edificada en el estilo que algunos denominaban «extensión cormyta». El edificio principal tenía cuatro plantas cuadradas, un bloque recio de columnas en la planta baja y ladrillo como cimiento para la planta superior; la pared que daba al sur estaba cubierta de hiedra. En las otras tres partes se habían construido alas adicionales de piedra, madera o madera sin barnizar. Más bien parecía que tres casas habían topado unas con otras al caminar en una noche oscura como boca de lobo, y que desde entonces nadie había sido capaz de separarlas. Encima de la puerta había un escudo heráldico algo herrumbroso y cubierto por telarañas.

—¿Goldweather? —sugirió Azoun.

—Goldfeather —corrigió el mago—. Una familia segundona que data de hace unos cuantos siglos. Fueron responsables de fomentar una revuelta sin consecuencias en Arabel, y a causa de ello fueron privados de su rango y sus privilegios. Los que nos esperan en el sendero pueden vivir aquí sin problemas, puesto que la tierra está abandonada, igual que la casa, siempre y cuando la trabajen.

Las inmediaciones parecían en condiciones, pero los campos de cultivo que se extendían en lontananza seguían llenos de arbustos y árboles jóvenes. Había un gallinero, pero no vieron ningún otro animal o gallina en la propiedad. Azoun lo consideró muy extraño, cosa que no olvidó mencionar a Vangerdahast.

—Pues sí —respondió el mago—. Quizás estos espectros nuestros sientan un interés especial por las cabras y gallinas.

—Yo también me pregunto lo mismo —dijo una voz, por encima de ellos.

La mujer se precipitó desde la rama de donde colgaba. Era casi tan alta como Azoun, pero más delgada, ágil como una pantera. Vestía unos calzones de cuero que le permitían lucir musculatura y caderas, y una blusa de algodón holgada con un chaleco de cuero fuerte, incapaz de ocultar la naturaleza de sus encantos. Llevaba el pelo castaño rojizo atado en una coleta a la espalda. Sus ojos eran brillantes y verdes, y empuñaba una espada fina de doble hoja.

Vangerdahast hizo ademán de acercarse a ella, para interponerse entre la recién llegada y el príncipe, pero Azoun se lo impidió con la mano. El mago observó a su señor, y acto seguido reconoció esa mirada en sus ojos, serios y determinados, mientras sus labios esbozaban una sonrisa generosa. Era la mirada Obarskyr, al parecer Azoun no desmerecía en nada a sus antepasados; era la mirada de quien se enfrenta a un nuevo reto, a una nueva mujer.

—Soy Kamara Brightsteel, aventurera errante y solventadora de misterios —dijo la joven, apartando el acero y presentándose—. ¿Y ustedes? —Tenía una voz ronca, y arrastraba un poco las erres. Aquel acento la hacía aún más atractiva.

—Balin, caballero errante —replicó Azoun—, y éste es mi sirviente e instructor, Borl. —El príncipe hizo caso omiso de la protesta ahogada del mago gordezuelo, al añadir—: Encontramos a los habitantes de esta propiedad en el camino, nos dijeron que esto estaba plagado de fantasmas.

—A mí también me pareció ver sus «fantasmas» —dijo la joven—. Es decir, los vi huir. —Vangerdahast enarcó una ceja, y ella añadió—: Eran un puñado de hombres, o al menos tenían forma humana, que merodeaban por los alrededores de la casa. Creo que estaban reuniendo gallinas y cabras, cosa que no conseguí ver bien desde el lugar donde me ocultaba. Diría que eran tres, quizá cuatro. No parecían nada del otro mundo.

—¿De modo que usted cree…? —preguntó el mago.

—Yo creo que son una pandilla de bandidos que se acercaron a la casa, y asustaron a la pareja con el arrastrar de cadenas y demás ruidos fantasmagóricos. No creo que tengan arrestos, pues de lo contrario se habrían limitado a matar a la pareja. Supongo que no serán más que ladrones de gallinas, con más imaginación de la habitual.

—Vayamos pues a limpiar la guarida de esos ladrones de gallinas —propuso el mago.

—Sí, eso —apoyó Azoun, que aún tenía esa mirada—. Es decir, iremos Kamara y yo. Para mí será un modo estupendo de practicar. ¿Por qué no regresa al sendero y se lo cuenta todo a la pareja? Para cuando regresen ustedes, nosotros ya habremos solucionado el entuerto.

Azoun daba por sentado que el mago protestaría, pero en lugar de ello Vangerdahast observó el bosque durante algunos segundos, mientras apretaba la mandíbula y sus labios dibujaban una línea recta y firme.

—Muy bien —dijo el mago—. Me inclino ante su espíritu aventurero. Pero ande con ojo. —El mago se encaminó hacia el sendero, dejando a solas a la pareja, frente a la casa.

Kamara observó la retirada de Vangerdahast, hasta que éste se perdió en la distancia.

—Un tipo divertido —dijo—. ¿Es un mago?

—Es un estudioso —contestó Azoun, que se aferraba a la historia que habían acordado antes de emprender el viaje. De cualquier modo, no había necesidad alguna de airear los poderes de Vangerdahast—. De nosotros dos, yo soy el guerrero.

—Un guerrero valiente y joven, diría yo —piropeó Kamara. Al hablar, sus ojos emitieron un sutil destello.

Durante un momento reinó el silencio entre ambos. El hombre y la mujer permanecieron inmóviles, observándose. Azoun se perdió en los ojos de la joven; parecían monedas de jade, acuñadas en algún imperio olvidado del pasado. En la distancia se oyó el grito de un halcón.

Azoun fue el primero en apartar la mirada.

—Deberíamos encargarnos de nuestros «fantasmas».

—Sí, claro —respondió la mujer, esbozando una sonrisa—. Será mejor que cuando regrese ese estudioso que lo acompaña, no nos encuentre dando vueltas por ahí, rodeados todavía de bandidos.

Hombro con hombro, la pareja subió los peldaños que conducían al porche de la antigua mansión. La puerta principal estaba abierta, y Azoun entró el primero.

El interior era típico de una casa de campo. Un recibidor desembocaba en un pasillo que iba de parte a parte de la casa, dividiendo la planta baja en dos. Todas las puertas que encontraron en el recibidor estaban cerradas.

A la derecha estaría el comedor, y más allá la cocina que daba a los fogones donde se cocinaba, fuera de la casa. A la izquierda encontrarían la sala de estar, el salón o la biblioteca. Los dormitorios estarían en el piso de arriba, al que se llegaba gracias a una escalera de madera. Azoun intentó imaginarse a los bandidos llevando las cabras al piso de arriba, e hizo un gesto de negación. Debían de haber escondido el ganado en alguna otra parte.

El edificio estaba demasiado silencioso. Incluso de haber metido el ganado en el sótano, era obvio que oirían algo, ya fuera el rumor de los pasos, los ruidos típicos de los animales, el crujir del piso de madera.

Kamara se pegó a él al entrar, lo cual le permitió sentir su aliento cálido y suave en el cuello. Quizá los bandidos habían huido después de hacerse con las gallinas. Se imaginó mentalmente el tiempo que tardaría Vangerdahast en llegar al sendero y volver con la pareja. Más que suficiente como para sentirse a gusto con su nueva compañera de aventuras. Y quizás el tiempo suficiente también para insinuar cuál era su verdadera identidad, y recoger los beneficios que se derivaran de semejante confesión.

Kamara cerró la puerta principal, y Azoun abrió la de la derecha. Tal y como había pensado, correspondía al comedor, y al otro lado había una puerta que conducía a la cocina. El mobiliario era más bien escaso, pero de buena calidad, probablemente los restos aprovechados de lo que había decorado la casa en tiempos de los Goldfeather. Una mesa recia dominaba la estancia, y las paredes estaban cubiertas de vitrinas, todas abiertas, cuyo contenido estaba esparcido por el suelo. En mitad de la mesa había una caja con la cubertería de plata, otro legado de los Goldfeather, que alguien había zarandeado de un lado a otro hasta volcarla, de modo que los cuchillos y tenedores habían rayado la superficie de la mesa.

Los ladrones habían ido a las cocinas, pero no habían perdido el tiempo con la plata, pensó Azoun. Quizá siguieran en el edificio. Contuvo el aliento y miró a Kamara, que se había separado de él y vigilaba el pasillo, en el umbral del comedor. La vio tensa, como preparada para sufrir un ataque inminente.

Azoun pasó junto a ella y lo intentó con la puerta que había enfrente, que debía de conducir al salón o a la sala de estar. La puerta estaba atascada, y el príncipe tuvo que cargar con el hombro por delante para abrirla. Algo pesado y húmedo se deslizó por el suelo, al ser empujado por la puerta, dibujando a su paso un reguero carmesí en el suelo.

Era una cabra, una cabra muerta en la sala de estar, apoyada contra la puerta. Azoun acababa de encontrar la cabra desaparecida.

Alguien o algo había convertido la sala de estar en un matadero, y los muebles viejos estaban cubiertos de sangre, pelo y plumas. Había tres cabras más, incluida la que había bloqueado la puerta, con la garganta rajada a golpe de daga o a dentellada limpia. A las gallinas, las negras y hermosas de panza roja, les habían retorcido el cuello y estaban repartidas por toda la estancia. Algunas estaban a medio devorar, pero la mayoría era, simplemente, el fruto de una orgía sangrienta.

Azoun empezó a decir algo a Kamara, algo relacionado con que esos bandidos debían de ser algo más que bandidos, incluso espectros de algún tipo, cuando oyó un gruñido a su espalda.

Se volvió para descubrir a qué se referían los campesinos al hablar de fantasmas. No había ningún bandido en el interior de la casa. Alguien o algo había sido el causante de la matanza que decoraba el conjunto de la sala de estar.

Kamara gruñó cuando se hundieron sus hombros hasta estrecharse de forma sobrenatural, al tiempo que la mandíbula se hacía más pronunciada y se cubría de una ristra increíble de colmillos. Sus ojos pasaron de semejar monedas de jade a adquirir el verde de un felino, brillante y afilado como las garras que surgían de unas manos cubiertas de pelo. Su piel también se cubrió de pelo naranja, moteado de vetas negras.

Kamara era una mujer tigre. Se deshizo de la espada y dio un salto en dirección al joven con las garras extendidas por delante y las pezuñas abiertas, enseñando sus colmillos.

Azoun gritó. Acto seguido se agachó para evitar aquellas garras, mientras se las apañaba para desenfundar la espada con desesperación y esgrimirla. El acero se hundió profundamente en el pecho y panza de la tigresa, que no había logrado su objetivo de empujarlo al interior de la estancia bañada en sangre; al contrario, era ella quien estaba dentro.

Azoun giró sobre sus talones y vio a la mujer tigre arrodillada entre las gallinas y las cabras a las que había asesinado. Se agarraba la barriga ensangrentada con una pezuña. El príncipe tuvo ocasión de ver que los bordes que conformaban el corte se acercaban poco a poco, hasta fundirse y cerrarse. Estaba curada. A los licántropos tan sólo les afecta la plata o la magia, y Azoun había enviado el único apoyo mágico con que contaba a casi un kilómetro de distancia.

Kamara volvió a abalanzarse sobre él. Azoun alargó la mano con la rapidez del rayo para agarrar el picaporte y cerrar la puerta en el hocico de la tigresa. Al cabo de un momento, la madera de la puerta crujió al acometer contra ella, y con un estruendo increíble los goznes cedieron ante la fuerza de la arremetida. Unas garras crueles y oscuras arañaron el aire a escasas pulgadas del rostro de Azoun, que trastabilló.

De nada le servía la espada, y no podía soñar con superar a la carrera a un licántropo plenamente transformado. Para cuando volviera Vangerdahast, el heredero del Trono Dragón haría compañía a los pollos de la sala de estar. Kamara despedazaba la puerta y en unos pocos segundos la habría franqueado.

Entonces Azoun recordó algo que había visto antes, y salió huyendo del salón.

Cuando Kamara destrozó lo que quedaba de puerta, y los restos colgaron de los goznes, descubrió la espada abandonada del noble en el suelo del pasillo. La puerta principal estaba cerrada. Su presa debía de andar aún por la casa.

Oyó un ruido, alguien arrastraba algo pesado por el suelo, justo delante de ella. ¡El comedor! Kamara atravesó el pasillo estrecho hasta alcanzar el umbral que tenía delante… y encajar el cuchillo de la carne entre dos costillas. Era un corte superficial que, sin embargo, le dolió como si fuera ácido.

¡Plata! La hoja era de plata, el legado de los Goldfeather.

Pareció sisear, escupió y se arrancó el cuchillo. Dos dagas más, arrojadas con cruel precisión, se hundieron en su brazo. Kamara, la mujer tigresa, aulló de dolor y se arrojó en pos de su asaltante.

Azoun estaba en el extremo opuesto de la mesa, con toda la cubertería dispuesta ante él. Logró arrojar otro cuchillo contra su muslo cuando la tigresa volcó la mesa. Al acercarse al cuerpo a cuerpo, la golpeó en plena cara con una tetera de plata.

Kamara cayó de lado cuan larga era. Tenía un moretón impresionante en la mejilla, justo donde Azoun la había alcanzado con la tetera. Las heridas de cuchillo no se cerraban, y manaba sangre de ellas que teñía los calzones y la blusa. Azoun preparó la tetera para descargar un nuevo golpe; quizá no pudiera alardear de sus métodos ante nadie, pero estaba dispuesto a ganar aquel combate.

Al parecer, la tigresa también reparó en ello. Se incorporó cuando el príncipe, que esgrimía un cuchillo en la otra mano, levantó la tetera. Kamara gruñó desafiante, pero en lugar de arrojarse contra su adversario, saltó por la ventana, cuyos cristales rompió para aterrizar en el porche que había al otro lado.

Azoun se dispuso a seguirla, pero para cuando llegó al alféizar había desaparecido. El príncipe creyó distinguir su piel anaranjada al fundirse entre la espesura del bosque.

Suspiró, recuperó la espada y comprobó el resto de la casa. No había ladrones, fantasmas, ni mujeres u hombres tigre en el edificio. Cuando regresó Vangerdahast, acompañado por la pareja, el príncipe esperaba sentado en el porche, con la cabeza apoyada en las manos.

La pareja de campesinos gritó alarmada al ver la ventana rota, y preguntaron qué había sucedido.

—Ese fantasma de ustedes era una mujer tigre que quería alimentarse con sus animales de granja —respondió Azoun, profiriendo un suspiro—. Así que los ahuyentó, y después mató a sus gallinas y cabras. No había ningún fantasma en el edificio, tan sólo un depredador hambriento al que he ahuyentado. No creo que vuelva por aquí, pero será mejor que tengan a mano alguna arma de plata, por si acaso. Ah, ojo con la sala de estar, que está hecha un desastre.

Advertidos por él, la pareja entró apresuradamente en la casa. La mujer gritó y luego sollozó, mientras el hombre intentaba consolarla.

—Parece que no puedo dejaros solo ni un momento —dijo Vangerdahast, en voz baja.

—¿Y cómo iba a saberlo? —protestó el príncipe.

—No podíais saberlo —dijo el mago, con severidad—, por eso es necesario que andéis siempre con mucho cuidado.

Se quedaron en la antigua mansión Goldfeather durante el resto del día. Azoun se encargó de arreglar como pudo la puerta destrozada del salón, gracias a algunos listones de madera con que tapar el desastre, y también cortó algo de leña para tapar la ventana por la que había saltado la tigresa. Cuando llegaron a Estrella del Anochecer, envió a la mansión a un carpintero para que reparara la puerta, y a un cristalero para la ventana, todo por cuenta de la corona. Vangerdahast ayudó a la mujer a limpiar la sangre y los restos de la sala de estar, así como a desplumar los pollos y ver qué podía hacerse con las cabras. Sirvieron para cenar una de las cabras al anochecer, demostrando la mujer que era una cocinera excelente.

De la mujer tigre no volvió a saberse nada.

Aquella noche hablaron hasta muy tarde, pues el anciano explicó historias de cuando era un muchacho, cuando el reino se dividió durante la guerra de los Rojos y los Púrpura. Cuando empezó a cabecear, la mujer enseñó a sus invitados dónde estaban sus camas, despertó después al marido, y se retiraron a su habitación.

Vangerdahast y Azoun permanecieron sentados mientras se consumía el fuego de la chimenea. Ninguno se movió ni hizo ademán de echar más leña al fuego.

—Tenía usted razón —admitió finalmente Azoun.

—¿Acerca de qué? —preguntó el mago, cuya mirada enrojecida y cansada se adivinaba a través de sus párpados entrecerrados.

—Nadie es lo que parece —dijo el príncipe, desperezándose—, y aunque no dejaré que la paranoia se apodere de mí, lo tendré en cuenta… y, por lo tanto, actuaré en consecuencia.

—Lección aprendida —dijo el mago—. Al parecer, la jornada de hoy ha sido provechosa.

Azoun se levantó del lugar que ocupaba junto al fuego, y se dirigió hacia la puerta, moviendo uno de sus hombros para relajarlo.

—¿Sabe? —preguntó pensativo—, resulta sorprendente que nuestra discusión de esta mañana versara sobre el particular, y que los acontecimientos se desarrollaran de modo que reforzaran sus argumentos. De no haberlo sufrido en mis propias carnes, hubiera jurado que todo esto era cosa suya, y que lo había hecho para darme una lección.

El joven aspirante a rey hizo un gesto de negación, esbozó una sonrisa de medio lado y salió de la estancia, dejando al robusto mago sentado junto a los últimos coletazos del fuego, a solas con sus pensamientos.

—Entonces, muchacho, no todo está perdido contigo —dijo Vangerdahast en voz baja, mirando los restos del fuego, mientras se incorporaba deseoso de tumbarse en su propia cama—. Aún tengo esperanzas.