12

El rey insuficiente

Sagrast Dracohorn, noble de Cormyr y canciller de la casa real de los Obarskyr, se revolvió en la silla de madera, preguntándose si sería lo bastante fuerte para hacer lo que tenía que hacer. Una habitación en el piso superior de la posada del Carnero y el Pato no era precisamente el lugar que él hubiera escogido para celebrar una reunión de traidores, pero el gobierno del loco Boldovar y del ahora pobre e inepto Iltharl le habían dejado poco margen de maniobra.

La habitación estaba desbastada, descuidada, era un vestigio de los primeros tiempos de Suzail. Había cada vez menos tabernas como aquélla en la ciudad, aunque más allá de la muralla que la protegía fueran terreno conocido para el viajero, tanto en el camino como en la distante Arabel. La madera quedaba al descubierto, y uno podía ver los retales de zarzo seco que se arrebujaban entre ella. El destartalado mobiliario había sido reparado por manos inexpertas en más de una ocasión. Ninguna de las tazas que colgaban de la pared guardaban el menor parecido. Las tablas sueltas del edificio crujían a cada paso.

Sin embargo, aquel lugar tenía una ventaja, pensó Sagrast. Cabían pocas posibilidades de que encontraran a un personaje de la aristocracia en un sitio semejante. Lo más probable es que ésa fuera la razón por la cual el mago había sugerido aquel lugar.

Las contraventanas, en su mayor parte tablas de madera mal clavadas, estaban abiertas de par en par, razón por la cual llegaban hasta la habitación los sonidos y olores de la calle. Corrían los primeros días calurosos del verano, y el olor a podrido de la carne y el olor de los cuerpos, las asaduras y los caballos alcanzaron las aletas de la nariz de Sagrast. El hedor casi logró privar de todo su encanto al licor oscuro y granulado contenido en la taza del noble.

Sagrast se apartó de la ventana abierta, consciente por un lado de que era imposible que lo descubrieran y, por otro, temeroso de que pudiera ocurrir. Incluso si la reunión fracasaba, el hecho de que lo vieran en aquel lugar no haría sino levantar sospechas en la inestable corte del rey Iltharl.

Desde donde se encontraba podía ver una parte pequeña de la ciudad. La mayoría de los edificios eran de madera y zarzo, con tejados cubiertos de cualquier modo. Algunos constructores de la colina habían empleado piedra para los cimientos y los pisos bajos. Sólo después de varias incursiones de trasgos en la ciudad, y quejas de los soldados sobre la dificultad de luchar contra el humo espeso que levantaba cualquier pared a la que prendieran fuego enemigos armados de antorchas, Iltharl había ordenado reemplazar la empalizada de madera por una muralla de piedra.

El torreón de Faerlthann era de piedra, por supuesto, desde los sótanos hasta las almenas. La gran torre, cuna del poder Obarskyr, se alzaba sobre la colina como una estaca clavada en el pecho de un vampiro, y parecía acusar a Sagrast por crímenes que no había cometido… aún. Las ventanas del torreón tenían barrotes de metal en memoria de los tiempos de Boldovar, y Sagrast se preguntó si habría alguien tras los barrotes, observando la ciudad… en busca de traidores. Observándolo a él.

El mago estaba presente cuando Sagrast se volvió. El noble no lo había oído entrar, aunque, por supuesto, no era la primera vez. Pese a todo, se sorprendió al verlo despatarrado en la silla situada al otro lado de la mesa, como una araña anciana.

Baerauble el venerable, mago supremo de toda Cormyr, estaba sentado en la silla como la muñeca de trapo con la que las niñas ya no juegan, todo codos y rodillas. El mago siempre había sido delgado, es más, siempre había sido enfermizamente delgado, un espantapájaros de mago. A su barba tan sólo asomaban algunas vetas de su color rojo original, y el pelo había emprendido la retirada hasta refugiarse en la coronilla. Sus ojos eran tan fríos y antiguos como los de un dragón. Vestía, como siempre, con aquel verde propio del bosque que todos habían llegado a conocer como «su color», pero el corte de su ropa era anticuado, arcaico, tanto que parecía transportarlo —al igual que a la taberna— a tiempos remotos, quizá mejores, para Cormyr.

—Me alegra que haya venido —se limitó a decir.

—Cuando un mago te llama, no puedes fingir que no estás en casa —dijo Sagrast, con una leve inclinación de cabeza. El mago supremo era el hombre más poderoso desde Suzail hasta Arabel y, tras la muerte de Boldovar hacía tres inviernos, era también el más peligroso.

—¿Cómo van las cosas con Iltharl, nuestro joven rey? —preguntó el mago.

—Tan mal como siempre —respondió Sagrast, resoplando y sentándose frente al mago—. No toma decisiones y ni permite que otros las tomen. Prefiere estar entre sus esculturas y pinturas, o escuchar el laúd y la poesía, cuando no organizar fiestas y festines. El elfo se está convirtiendo en el idioma de la corte, puesto que sólo hace caso a quienes lo hablan.

—Ha habido otros monarcas estudiosos en el pasado —señaló Baerauble—. Rhiiman el Glorioso, el primero en recuperar los territorios del bosque, y Elder Tharyann, padre de Boldovar, quien asistió a la despedida de las últimas familias de elfos.

—Así es, y Rhiiman mató al último gran dragón rojo de la laguna del Wyvern, y Tharyann aplacó la primera rebelión de Arabel. Pero este Iltharl es un rey vago, pálido, que se deja manipular por sus cortesanos y consortes. La gente se está volviendo muy ociosa, y quienes nos encargamos del mantenimiento del reino estamos… muy preocupados.

—Convénzame —dijo suavemente el mago—. ¿Por qué están tan mal las cosas?

Sagrast se humedeció los labios. Aún había una oportunidad de que el mago se aliara con él y sus secuaces.

—Hay trasgos y orcos en camino. Los bandidos y los ladrones se unen a ellos, y cada día que pasa se vuelven más y más osados, mientras que la guardia del rey se aferra a la torre como un puñado de críos temerosos de las sombras. Arabel está de nuevo en plena rebelión, e Iltharl no ha movido un dedo por impedirlo. Hay escasez en los mercados, algunas matronas lucen dagas en sus cintos cuando salen a la calle o van de compras. Y al Dragón Púrpura lo han visto en las ruinas de la ciudad abandonada de Marsember.

—Siempre que alguien necesita de un mal augurio, aparece el Dragón Púrpura —dijo el mago, tosiendo forzadamente—. Por regla general es un dragón rojo al que alguien ha espiado bajo la luz de la luna, o un dragón pequeño, de los negros, visto de lejos. La gente ve toda suerte de cosas en Marsember, azotada por las plagas como está. Los demás detalles son ciertos; no es necesario adornarlos con fantasías.

—Muchos de los nobles de menor peso en la corte se están tomando muchas libertades, y algunos de ellos incluso se niegan a pagar sus contribuciones, y llevan a cabo una leva de tropas por cuenta propia. El trío formado por las familias Silver (los Huntsilver, los Crownsilver y los Truesilver), todas ellas ligadas tradicionalmente a la corona, están demasiado cerca del rey como para reconocer el peligro. Son sicofantes de profesión, y alimentan el ego de Iltharl a cambio de sus favores, dando gracias a los dioses de que Iltharl no sea otro Boldovar el Loco. Pero incluso el rey loco agarró con fuerza las riendas del Estado, cuando se encontraba bien. ¡Los Silver son incapaces de reconocer que la estabilidad del reino tiembla bajo sus pies!

—En cambio, usted sí.

—Represento a un modesto grupo de nobles de… mediana importancia —dijo Sagrast—, en su mayor parte familias que han progresado desde los tiempos de Faerlthann. Hemos llegado a compartir un mismo punto de vista, porque lo que vemos, por muy negra que esté la situación, es la verdad sin tapujos. Un rey loco atentó contra la salud del reino, y ahora un rey débil lo rematará. Los nobles más ancianos sirven a la tradición, pero algunos buscan debilitar la estabilidad del reino y apropiarse de sus propios territorios. Nuestras familias, modestas, se verían arrastradas en tal situación y, sin embargo, no podemos hacer ver a la corona los peligros que la acechan.

—Y su solución es el regicidio —dijo el mago, con una voz fría como la hoja de una daga.

—No, señor mago… ¡no si podemos evitarlo! —respondió Sagrast, extendiendo los brazos, como si quisiera protegerse de un golpe—. He servido lealmente a Iltharl, no es un hombre malo, pero sí es un mal rey. No queremos perjudicarlo, pero sí un líder capaz de tomar decisiones.

—Y usted ya tiene uno en mente —dijo el mago, mirando al joven noble con una expresión impenetrable. Sagrast deseó que el mago pestañeara, y no por primera vez se preguntó si el mago no lo estaría poniendo a prueba, sólo para hacer un gesto con la mano y transportarlo mágicamente al interior de un calabozo. Sagrast respiró profundamente.

—Iltharl tiene una hermana… Gantharla.

—Una mujer fuerte y preciosa —reconoció Baerauble—. La sangre de los Obarskyr corre con fuerza por sus venas. Y algunos temen que sea la verdadera hija de Boldovar, impulsiva y valiente. Se ha empleado a fondo patrullando las Marcas Occidentales con sus exploradores, y no crea que no he advertido que las marcas no figuran en su lista de peticiones. Pero el Trono Dragón se rige por la ley del primogénito. La corona de Cormyr siempre la ha heredado el hijo varón de mayor edad.

—Sí, pero ella tiene sangre Obarskyr, y en caso de casarse y dar a luz un heredero, al menos la monarquía tendría una oportunidad —respondió Sagrast, levantando la mano, para dar mayor énfasis a sus palabras—. Iltharl no es fértil… al menos con su esposa y sus consortes. Si Gantharla diera a luz un hijo varón, entonces Iltharl podría abdicar en favor de un sucesor legítimo.

—No recuerdo que Gantharla haya mencionado su intención de dar a luz nada, al menos por el momento —dijo Baerauble secamente.

—Sí, bueno, ya. Habíamos pensado que… quizás ese Kallimar Bleth sería un buen partido para ella.

—¿Lo había pensado usted o Kallimar? —preguntó el mago—. ¿O ni siquiera Bleth conoce sus planes?

—En fin, yo… —Sagrast volvió a pensar en el calabozo. Prefería no tener que compartirlo con ningún otro compañero de intrigas—. No me siento muy cómodo hablando de las demás personas que conocen este asunto.

—Kallimar es otro Mondar, grandote, de pelo negro, y orgulloso —dijo el mago, obsequiando a Sagrast con una sonrisa—. Y como Mondar, es violento, rudo y tiene mal genio. Recuerde que yo conocí al primer Bleth que caminó por las tierras de Cormyr hace dos siglos y medio. ¿De veras cree que a Gantharla, que se siente como en casa sobre una silla de montar liderando a una pandilla de exploradores, le interesaría alguien así?

—Bueno, estábamos pensando… o yo estaba pensando… —respondió Sagrast aclarándose la garganta.

—Que yo gesticularía con las manos y me encargaría de hacer algún hechizo sobre ella, ¿verdad? —preguntó el mago—. No, no, por supuesto que no, pero sí deseaba usted que yo pensara que era así. —Sus ojos eran como dos dagas, clavadas en lo más profundo de la mirada del joven—. Ha sobrevivido a Boldovar, e incluso ha servido bien a Iltharl, Dracohorn. ¿Qué esperaba?

—Esperaba… Esperábamos… que podríamos convencerlo de que se mantuviera al margen en este asunto. —Sagrast torció el gesto, consciente de que podría haberlo expuesto mejor, y esperando que el mago no se ofendiera.

—Y al no hacer nada —dijo Baerauble, haciendo un gesto de asentimiento—, pretende usted que yo me limite a observar cómo impone a Kallimar a Gantharla, quizás incluso que la convenza de que sería bueno para el reino disponer su matrimonio, y convencer solapadamente a su majestad de que lo mejor sería que abdicara.

Sagrast asintió con énfasis.

—Obviamente aceptaríamos cualquier tipo de ayuda que pudiera proporcionar… —Su excitado torrente de palabras tocó a su fin cuando el mago se echó a reír.

La suya fue una risa macabra, seca, el tipo de risa que utilizan los titiriteros al mover los hilos de un espectro o de un liche. Era un rumor de huesos que hacía temblar toda la osamenta de Baerauble. Sagrast nunca la había oído hasta entonces, y esperaba no volver a oírla.

—Bien, bien, la suya es la primera propuesta que he oído y que no guarda relación con el envenenamiento inmediato del rey, o con la infiltración de una doncella experta en el manejo de la daga de Thay, una de las opciones favoritas, por cierto. Quizá, después de todo, la nobleza esté a punto de civilizarse.

Baerauble se inclinó hacia adelante en la mesa y Sagrast se sintió asimismo atraído hacia él.

—¿De veras cree —preguntó el mago, cuya voz dejaba traslucir su enfado— que de haber podido sustituir de forma honesta al rey de Cormyr no lo hubiera hecho cuando el reino tuvo que capear a ese viejo loco de Boldovar?

Sagrast tartamudeó una respuesta rápida.

—Me encargaron proteger la testa que ciñera la corona de Cormyr —prosiguió Baerauble, sin prestar atención a su respuesta—, aunque la mente que hubiera en su interior fuera malvada, chiflada o inútil. Los elfos me encargaron ese propósito y confiaron en mí para llevarlo a buen puerto. Es un buen ejemplo de la pasión elfa por los planes a largo plazo. Son un pueblo magnífico, pero incapaz de contemplar sólo lo que suceda durante el período por el que discurran sus vidas. Cuando Tharyann sobrevivió a la mayor parte de sus hijos y quedó sólo el pobre chiflado de Boldovar como heredero, yo protegí al nuevo rey y me las apañé para tratar su locura lo mejor que pude, mediante hechizos y pócimas. Duró mucho más de lo que le correspondía, hasta que cayó víctima de sus propias rabietas, de sus humores.

Sagrast asintió. Boldovar había perecido hacía tres veranos, después de destripar a una de sus consortes. Al cogerse en los últimos estertores a su asesino, la moribunda lo arrastró por las almenas del torreón de Faerlthann. Baerauble estaba de viaje en ese momento.

—Boldovar dejó al morir a Iltharl —prosiguió el anciano mago—, un muchacho zanquivano, y a Gantharla, que a ojos de muchos ha redimido el linaje de los Obarskyr y que, por otra parte, ha hecho que otros tantos se plantearan si realmente es hija de su padre. Sé que es más popular en los asentamientos occidentales que el propio rey. Creo que los… ejem, las cabezas pensantes de nuestra nobleza esperaban que Iltharl considerase adecuado tener un heredero, y que acto seguido tuviera a bien contraer la gripe de Marsember y diñarla, antes de tener que ceñir la corona. Pero el destino no se lo ha permitido, y mi propio juramento me impide actuar contra él.

El rostro del anciano se nubló de repente.

—Tal y como dice, Iltharl no es mala persona. No es malo en el sentido que lo era Boldovar. Si acaso, Boldovar es más descendiente de Ondeth y Faerlthann que el propio Iltharl. Quizás algunos de nosotros, yo incluido, nos enfrascamos demasiado en proteger a Boldovar de su propia locura, y también en proteger a su hijo de ella. Y de tanto protegerlo lo hemos convertido en una persona incapaz de ejercer el liderazgo. Somos nosotros quienes hemos moldeado un rey insuficiente. —El mago suspiró antes de continuar—: Sin embargo, encuentro muy divertido que tanta gente, y en particular la de sangre noble, respete más a Boldovar que a su hijo. Boldovar era un asesino, un salvaje, una carroña y un loco, pero poseía una fuerza y resolución envidiables, y por todo ello se perdonan sus faltas. Iltharl es reflexivo, templado y cariñoso, probablemente sea el más estudioso de todos los reyes que haya tenido Cormyr, pero se lo desprecia por su debilidad, por su timidez. Durante el reinado de Boldovar tuve que desenmascarar cinco intentos de asesinato. Sólo en lo que va de año he tenido que frustrar ese mismo número.

El mago taladró con la mirada al joven noble de ojos de dragón.

—Pero el suyo es el primero que no incluye el asesinato del rey. Si decidiera ahorcarse usted con su propia lengua, se la arrancaría para que los clérigos torturaran su espíritu eterno hasta arrancarle el nombre de todos los conspiradores. Seguro que ha sopesado el peligro que corría hablando conmigo… en tal caso, la opinión que me merece la nobleza de Cormyr ha aumentado.

—Sólo pretendíamos procurar el bien del reino… —respondió Sagrast, cuyo rostro adquirió la tonalidad del queso rancio.

—Ustedes lo único que quieren es su propio bien —rugió Baerauble, cuya mirada brilló febril al otro lado de la mesa—. No veo a ninguno de los Silver, familia que siempre ha sido la mano derecha de la monarquía. Tampoco veo a ningún Rayburton o Muscalian sentados alrededor de esta mesa. Oh, claro, sé qué nobles han estado muy ocupados contratando mercenarios, adiestrando milicianos y comprando espadas de acero impilturiano. ¿A qué fin sirven? ¿Y quién, cuando ya no estén satisfechos con los resultados, será el primero en decidirse a colocar en el trono al sucesor de Iltharl, empujando al reino a una guerra civil? ¿Un joven noble perteneciente a un linaje sin mucho peso, que ha labrado una reputación sirviendo no a la corona, sino a la testa coronada?

Sagrast guardó silencio. Después de lo que parecieron horas, tragó saliva ruidosamente.

—Tendrá lo que ha pedido, joven —dijo Baerauble, sonriendo—. Yo me haré a un lado y no interferiré en sus esfuerzos por conseguir un rey «adecuado» para Cormyr. ¿Cuánto tiempo cree que necesitará?

—Creo que necesitaré un año para que Gantharla y lord Bleth se conozcan, si todos nosotros ejercemos presión —respondió Sagrast, quien parecía temblar de alivio al saber que, después de todo, su vida no iba a terminar de forma horrible en aquel lugar, en aquel momento.

—Es usted joven y optimista —replicó el mago, momento en que Sagrast temió verse expuesto de nuevo a otra risotada del mago—. Y si logra que esos dos individuos se fijen uno en el otro, ¿qué? ¿De qué se encargará entonces Sagrast Dracohorn?

—De que se lleve a cabo el cortejo adecuado —respondió Sagrast, cuya voz pareció ganar en confianza—, un período decente pasada la boda, dando por hecho que el primer hijo sea varón, y después asegurar que el heredero sobreviva a la batería de enfermedades infantiles y disfrute de una enseñanza adecuada para ejercer el gobierno.

—Impartida por los cariñosos nobles, amigos de lord Bleth —apuntó el mago.

—Y el mago de confianza de la familia —añadió Sagrast—. Supongo que hablamos de unos doce años.

—¿De veras cree que Cormyr aguantará doce años más con el amable y manso Iltharl? —preguntó Baerauble, esbozando una imperceptible sonrisa.

—Así es —respondió Sagrast, humedeciendo sus labios nervioso—, siempre que exista la promesa de sentar un heredero en el trono.

El mago guardó silencio durante algunos minutos, mientras en la ciudad, más allá de las contraventanas, Sagrast oyó el rumor de un altercado. Gritos, el entrechocar del acero. ¿Aventureros enzarzados en una pelea? ¿O habría estallado alguna revuelta en Suzail?

El mago parecía sordo al rumor del combate.

—Entonces lo mejor será que empecemos cuanto antes, ¿no? —Y extendió una mano esquelética a lo largo de la mesa para que el joven la estrechara.

—¿Por qué escogió usted este lugar para reunirnos? Con todos los recursos y poderes que tiene a su alcance… —preguntó Sagrast, antes de estrechar la mano del mago.

—Podría haberlo citado en cualquier parte, cierto —respondió el mago—. Pero si tenía que matar a un traidor, lo más conveniente sería prender fuego a este horrible edificio, y matar dos pájaros de un tiro.

Sagrast abrió los ojos como platos antes de darle la mano, momento en que una luz cegadora explotó a su alrededor.

Cuando la luz desapareció, Baerauble y Sagrast se encontraban frente a los escalones del torreón. Sagrast sentía como si sus órganos aún estuvieran en el piso superior de la posada del Carnero y el Pato. Estaba mareado y sólo después de que la sangre volviera a regar su estómago y sintiera latir su corazón, fue consciente del rumor que los envolvía.

Cortesanos y burócratas entraban y salían del edificio, algunos daban órdenes a gritos, otros agitaban en el aire pergaminos y libros de cuentas. La guardia del rey se encontraba en la base de la escalinata, desplegada para el combate, enfundada en petos de cuero rojo y armada de largas picas de punta metálica. Formaban de cara a la ciudad.

El mago extendió la mano para agarrar a un paje que pasó cerca, uno de los jóvenes Truesilver.

—¿Qué sucede?

El Truesilver empezó a soltar una peste de maldiciones que finalmente reprimió al ver quién lo tenía cogido del cuello.

—Gantharla ha vuelto —dijo, ahogado.

—Pero si estaba en las Marcas Occidentales —repuso Sagrast Dracohorn, haciendo un gesto negativo.

—Así es, pero el rey envió un mensaje relevándola del mando y requiriendo su presencia en la corte —asintió el muchacho Truesilver—. ¡Ha llegado hace un momento, pero ha venido acompañada por los exploradores! Ahora están en la ciudad, y ella está con su majestad. —El muchacho inclinó la cabeza para señalar el torreón, tragó saliva y añadió—: He oído que su alteza llevaba puesta la armadura cuando entró.

Baerauble soltó al muchacho y subió los escalones de dos en dos, seguido de cerca por Sagrast.

—Con todo el tiempo que ha tenido para tomar decisiones —masculló el mago, y Sagrast supo que también era una sorpresa para él. También reparó en que los gritos correspondían a lo que había oído estando en la posada, los gritos de los exploradores de Gantharla. ¿Serían de alegría o de rabia?

La mayoría de los cortesanos vaciaban sus oficinas y se sumaban al pánico. Obviamente, estaban convencidos de que los leales exploradores de Gantharla emprenderían el asedio del torreón en cualquier momento. Por fortuna, se alojaban en la parte externa del torreón, y en cuanto el mago y el noble superaron la turba de gente frenética, encontraron poca resistencia que les impidiera avanzar. En lo más profundo del torreón se encontraba el Gran Salón, y más allá la pequeña antecámara que conducía a la sala del Trono. Allí es donde Iltharl recibiría a Gantharla.

El acceso a la antecámara de la sala del Trono estaba custodiado por cuatro de los mejores soldados de Iltharl. Hombres robustos enfundados en petos de cuero rojo, altos y anchos de espalda como puertas, permanecían de pie hoscos y atentos, armados de espadas de hoja ancha que ya tenían desenvainadas, decididos a impedir el paso a cualquiera.

El mago se acercó a ellos sin hacer ademán de detenerse. Los soldados hicieron un vano intento de impedirle el paso, pero el mago hizo caso omiso de ellos como si fueran humo hasta que lo amenazaron espada en alto. Entonces miró directamente a los ojos del guardia, que a su vez lo miró como si no supiera qué hacer. Acto seguido bajó la punta de la espada, murmuró unas palabras a modo de disculpa y dio un paso atrás. El mago miró después al otro guardia, y pasó a través del hueco que habían dejado, seguido de cerca por Sagrast. Cuando hubieron pasado, los guardias volvieron a cerrar filas, dispuestos a impedir el paso a cualquier otra persona.

La superficie lisa de las baldosas de la antecámara resonaron bajo las recias suelas de Sagrast. Baerauble se deslizó sin hacer apenas ruido hacia la puerta doble y alta que conducía a la sala del Trono. Movió el tirador, pero no cedió. El mago dijo algo que al principio Sagrast interpretó como un hechizo, pero que acto seguido reparó en que era una maldición en elfo.

Entonces Baerauble le hizo un gesto para que se apartara, respiró profundamente y empezó a formular un hechizo. De su garganta surgieron extrañas vocales retorcidas y cadenas de consonantes, mientras a la palma de su mano, extendida sobre la puerta, la rodeó un pálido fulgor azulado. Unos hilos luminosos y azules crepitaron en la mano del mago saliendo disparados momentos después hacia los goznes de la puerta, como el hilo de una telaraña. Procedente del otro lado oyeron una serie de crujidos y un ruidoso sonido metálico que podía muy bien corresponder al cerrojo de la puerta. Las puertas se abrieron hacia dentro.

La sala del trono había formado parte de la estructura original de la casa construida en aquella colina. Con el correr de los años, se habían puesto más cimientos de piedra a su alrededor, quedando envuelto por el torreón. A lo largo de las paredes colgaban tapices y algunos estandartes de batalla. En un extremo de la sala había varios escalones que conducían al trono. Iltharl estaba de pie en el último escalón, y Gantharla al pie de ellos. Los dos llevaban armadura y habían desenvainado la espada.

Iltharl iba cubierto de oro y plata, pues había cubierto su ropa, por lo general inmaculada, con una coraza de bronce y espinilleras. La coraza tenía esculpidas imágenes de bestias fantásticas que, en ocasiones, sobresalían en relieve. Ceremonial, pensó Sagrast, lo cual le hizo pensar que Iltharl jamás había tenido una armadura propia ni, por tanto, un motivo para tenerla. En la cabeza ceñía la corona de Faerlthann, la corona élfica que conmemoraba el inicio del reinado.

Gantharla iba enfundada en su ropa de exploradora, cuero verde de los pies a la cabeza, con una capucha de idéntico material que caía sobre sus hombros. Lucía una cota de malla élfica, muy bien trenzada y teñida de verde, que resaltaba el contorno de su torso. Llevaba el pelo, de un rojo brillante, corto como un chico. Su mirada era febril, y Sagrast creyó ver en ella algo de la locura de Boldovar.

Al parecer, Baerauble pensó lo mismo, porque levantó las manos para lanzar un hechizo.

Iltharl extendió el brazo que esgrimía precisamente la espada de hoja ancha de su padre, y gritó:

—¡Alto!

El mago interrumpió su particular letanía en mitad de una frase, y se dirigió hacia los hermanos que seguían de pie en los escalones. Sin saber muy bien qué hacer, Sagrast lo siguió.

—Me alegra que haya podido venir, anciano maestro —dijo el rey—. Mi hermana y yo estábamos discutiendo sobre asuntos de estado.

—Mi señor, había oído que vos… —empezó a decir Baerauble, antes de que el rey lo interrumpiera.

—Había relevado a mi hermana del mando de sus exploradores, y la había llamado a palacio —dijo Iltharl—. Sí, así es. De haber pensado que iba a provocar tantos problemas, lo hubiera consultado antes con usted. No creí que Gantharla respondiera trayendo con ella a toda su unidad.

—¿Qué podía yo pensar, después de recibir tu carta? —preguntó Gantharla, fría como el hielo—. Habíamos logrado una de las zonas más seguras de los asentamientos occidentales, y de sopetón decides poner punto final a nuestra labor. Eso no podía augurar nada bueno.

—¿Tan desesperado está nuestro reino? —preguntó Iltharl suavemente, mirando a su hermana.

—Ya te lo he dicho —respondió Gantharla—. Está enfermo, pero lo único que necesita es un buen rey.

—¿Y yo? ¿Soy un buen rey? —preguntó Iltharl en el mismo tono de voz, con una sonrisa en los labios.

Gantharla frunció el ceño, dispuesta a escoger cuidadosamente su respuesta.

—Tú eres mi hermano. Eres sabio y dulce. Pero no, no eres un buen rey. —Las palabras reverberaron por toda la sala, que de pronto fue presa de un súbito y completo silencio. La mujer enfundada en cuero verde respiró profundamente, tiró hacia atrás la cabeza y continuó—: Pero tú eres mi rey, y yo te seré leal, sin tener en cuenta lo estúpidas que puedan ser las decisiones que tomes.

—Te agradezco tu lealtad —dijo Iltharl—, y coincido con tu juicio. Soy bueno para según que cosas, pero no se me da bien ser rey. Por tanto, voy a servir a mi patria lo mejor que sé.

Y con ésas el joven rey se llevó la otra mano a la frente, y se quitó la corona.

—Arrodíllate, hermana mía.

Gantharla hincó una rodilla en tierra, momento en que Sagrast comprendió qué iba a suceder. El noble dio un paso al frente, pero Baerauble lo retuvo por el hombro. Sagrast esbozó una mueca de dolor al pararse en seco. Ahora comprendía por qué razón el paje de los Truesilver había ahogado un grito: el anciano tenía la mano de hierro.

Iltharl hizo a un lado su espada y sostuvo en alto la corona con ambas manos.

—He pensado mucho sobre ello —dijo—, amo Cormyr tanto como haya podido hacerlo cualquiera que ciñera esta corona, pero sé que necesita alguien más capaz que yo. —Su voz tembló al pronunciar las últimas palabras, pero volvió a recuperar la firmeza cuando añadió—: Dejadme probar mi amor, abdicando en favor de alguien mejor.

Y colocó la corona con fuerza sobre la cabeza de Gantharla, cuyo color de pelo brilló atemperado por el dorado de la corona.

—Levantaos, reina Gantharla, primera soberana de toda Cormyr.

La nueva reina se levantó temblorosa.

—Hermano, cuando me convocaste a palacio y te vi con la armadura, creí que… —empezó a decir.

—Se han cometido muchas estupideces durante los últimos dos reinados —replicó Iltharl—. Ahora ha llegado el momento de obrar con sabiduría y fortaleza. Espero que puedas hacerlo mucho mejor que yo.

Gantharla miró a su hermano a los ojos, y asintió lentamente.

Iltharl descendió del estrado para acercarse hacia donde estaba el mago, acompañado por Sagrast.

—Gracias por no impedírmelo, anciano maestro —dijo al mago—. No estoy seguro de ser capaz de pasar dos veces por algo así. Espero que sea más sencillo proteger a Gantharla, que a mí.

Baerauble miró al Obarskyr a los ojos, y respondió con un gesto de asentimiento.

Iltharl se volvió a Sagrast.

—Y gracias también a usted, joven Dracohorn. Sus intrigas llegaron a mis oídos, y me di cuenta de que, si ni siquiera contaba con la lealtad de mi canciller, no podía esperar reinar de forma adecuada. Con la misma efectividad del mejor de los asesinos, usted me convenció de que debía meditarlo con calma y, al hacerlo así, descubrí la salida. Ahora necesitaré su ayuda para convencer a los demás nobles de que obedezcan a la mujer que ocupa el trono.

—¿Qué piensa hacer ahora, mi señor? —preguntó Sagrast con voz ronca, a causa de la sequedad de su boca.

—Creo que me gustaría viajar al norte, a Cormanthor —sonrió Iltharl—. Allí podré unirme a los elfos. Acogerán a un monarca indefenso y me permitirán reanudar mis estudios y mi obra. Así nadie sentirá la tentación de devolverme al trono. ¿Podrá encargarse de ello, mago?

—Como desee, mi señor —respondió Baerauble, inclinando la cabeza.

Sagrast se volvió hacia la nueva reina. La joven se ajustaba la corona, de modo que le permitiera moverse sin que se cayera al suelo. Al levantar la mirada, sonrió a Sagrast, y acto seguido el canciller se apresuró a inclinarse ante ella. ¿Cómo había podido pasar por alto algo tan obvio? Tanta planificación, tanta intriga… y lo único que tenía que hacer era no tener en cuenta dos siglos y medio de tradiciones para coronar a un nuevo rey.

Sagrast sonrió para sus adentros. Kallimar Bleth ya se las apañaría solito para comprometerse con la nueva reina. Sagrast le deseó suerte. Miró a la reina con una sonrisa radiante en los labios, y se libró de la espada de cortesano que ceñía, de modo que pudiera disponerla a sus pies para no dar lugar a ninguna confusión sobre a quién debía lealtad. Por ello desenvainó la espada y se la ofreció a la reina.

El acero relampagueó al abandonar la vaina. De rodillas como estaba, Sagrast era consciente de que Baerauble se había desplazado apenas dos pasos y había levantado la mano, dispuesto a destruirlo con un hechizo en caso de que llevara a cabo alguna traición.

Sagrast sonrió abiertamente y colocó la espada a los pies de la reina.

—Os ofrezco mi vida —dijo en un hilo de voz—, aunque preferiría mucho más servir a Cormyr para ayudaros a vos.

Gantharla tocó su frente con las yemas de los dedos, y Sagrast levantó la mirada.

—¿Querrá usted, Sagrast Dracohorn, ser mi hombre de confianza y seguir siendo un canciller del reino tan diligente como lo ha sido hasta ahora? —preguntó la reina con una mirada inflexible, pese a estar visiblemente nerviosa.

—Así lo haré, majestad —respondió Sagrast. Ella extendió la mano, y él la besó al arrodillarse.

—Ah, sí… lo de arrodillarse —suspiró Gantharla—. Levántese y recoja su espada. Levántese como canciller del reino y súbdito leal, y quieran los dioses proporcionarle la fuerza necesaria para servir durante muchos años al reino de Cormyr.

Volvió la cabeza para mirar a Baerauble.

—Señor mago, si es que así debo llamaros, el canciller del reino acaba de arrodillarse ante mí. ¿Qué diréis a quienes se nieguen a hacer lo propio ante su reina, e insistan en el hecho de que sólo un varón puede ocupar legalmente el Trono Dragón?

—Dos cosas, señora —sonrió el anciano mago—. Primero les recordaré que yo, Baerauble, he servido al reino desde su fundación. Que estuve presente cuando coronaron a Faerlthann, y que entonces juré servir a la corona de Cormyr, no al rey de Cormyr. Siempre y cuando la corona descanse sobre la testa de un Obarskyr, Cormyr prevalecerá.

Gantharla cerró los ojos y tembló como una hoja. Fue como si acabaran de quitarle un peso de encima.

—Entonces viviré al menos hasta final de año —dijo en voz baja; después abrió los ojos y preguntó—: ¿Y lo segundo?

Lentamente, y con una incomodidad evidente, el anciano mago se dirigió al pie del trono.

—Podéis decirles que tanto el canciller del reino como el mago real de Cormyr se arrodillaron ante vos y vuestra mano besaron como prueba de su lealtad.

Las lágrimas asomaron a los ojos de la reina cuando vio al mago arrodillarse.

—Levántese, levántese —se apresuró a pedir, extendiendo el dorso de la mano hacia el mago.

—Hay una cosa más —dijo en voz baja Iltharl, al besarla. Cuando los otros dos se volvieron para mirarlo, añadió—: Decid a todo el mundo que te nombré mi heredera y pedid a quienes estén dispuestos a disputar su derecho a hacer tal cosa que pongan sus quejas por escrito. Pueden entregarlas en la corte élfica de Cormanthor. Yo refutaré todas sus peticiones por escrito, puesto que en ese caso podré usar alguno de mis talentos para el bien del reino.

Gantharla rió hasta que le saltaron las lágrimas, igual que el propio Iltharl.

—Hermano, ¿cómo es posible que reunieras fuerzas para tomar esta decisión? —preguntó la reina haciendo un gesto de condescendencia.

Iltharl miró a su hermana y profirió un hondo suspiro.

—Me costó muy poco darme cuenta de que no servía adecuadamente a los intereses de Cormyr. Me costó un poco más comprender lo que debía hacer. Después, necesité mucho tiempo para tomar la decisión, sobre todo con todos esos intrigantes planeando traiciones. Era fascinante ver cómo trabajaban. —Volvió la cabeza, y añadió—: Y lo digo de veras, Sagrast, sin ningún sarcasmo ni rencor. —Se volvió de nuevo a su hermana—. Te deseo toda la suerte del mundo. De veras que quería ser un héroe… pero es que… eso no va conmigo.

—Los dioses no tienen a bien concedernos a todos el aura que rodea al héroe —dijo Baerauble, apoyando la mano en el hombro de Iltharl—. Basta con hacer lo que uno pueda.

El anterior rey de Cormyr se las apañó para sonreír, la suya fue una sonrisa que carecía de convicción.

—Grabad esas palabras en mi lápida. Venid todos, es menester que presentemos a la nueva reina ante su pueblo, antes de que se rasguen las vestiduras unos a otros.

Los cuatro salieron de la sala del trono y sorprendieron a los guardias del peto rojo, que esperaban fuera, primeros ciudadanos de Cormyr que vieron a la nueva reina. Golpearon las espadas al cuadrarse, y con el estruendo lograron llamar la atención de todos los que se habían reunido en la antesala, que los observaron boquiabiertos durante algunos segundos.

—¡Larga vida a la reina! ¡Larga vida al reino de Cormyr y a todos nosotros, y larga vida a la reina Gantharla! —gritó, en el extremo opuesto de la sala, uno de los exploradores vestido de verde.

Los demás se hicieron eco del grito, y todo el torreón tembló a causa del griterío, mientras Iltharl movía la cabeza con tristeza, y Gantharla sonreía de alegría.

—¡Yo… yo diría que voy a disfrutar de todo esto! —dijo la nueva reina, sin poder contener la emoción.

—Oh, sí, claro —sonrió Baerauble—. Aún sois joven. Ya tendréis tiempo de sobra para descubrir cómo son las cosas en realidad.

En medio de toda aquella algarabía, mientras la población de Suzail se dirigía hacia el torreón y alguien se propuso tañer las campanas sin razón aparente, nadie excepto Sagrast oyó las palabras del mago. Abrió la boca para decir algo, pero Baerauble le guiñó un ojo, de modo que cerró la boca y guardó silencio por espacio de muchos, y provechosos, años.