32

Gondegal

Las hogueras que ardían en los campamentos se extendían por una pendiente a lo largo de las cimas situadas al sur de Arabel. Cada hoguera aglutinaba a un millar de hombres, Dragones Púrpura, milicianos, bandas de aventureros y mercenarios. Todos estaban dispuestos a asaltar la ciudad rebelde al amanecer.

La ciudad de Arabel refulgía como una gema brillante recortada contra la oscuridad nocturna, en mitad de una serie de campos descuidados, prados y terrenos dispuestos para las caravanas. En el interior de las murallas, la ciudad estaba iluminada con la luz que desprendían sus propias hogueras, las antorchas, las linternas, los candelabros y toda suerte de luces mágicas. Pese al fulgor que irradiaba, las hogueras de los cormytas eran visibles desde la ciudad, pues se percibían como una serie de rojizas estrellas bajas y titilantes. Aquella noche, tanto las gentes de la ciudad como los que dormían en los campamentos no descansarían mucho.

En el campamento principal se alzaba el pabellón del rey, como una gruesa montaña de color púrpura recortada contra las estrellas. Al amparo del más alto de sus chapiteles estaban reunidos los líderes militares. El panzudo barón Thomdor y el duque Bhereu, cada vez más calvo, permanecían sentados a la cabecera de la mesa; a juzgar por la expresión de sus rostros gemelos, estaban muy preocupados. A un lado de la mesa, situada en un extremo de la tienda, la habitación estaba a rebosar de sillas, ocupadas por capitanes mercenarios, líderes milicianos y magos de guerra. Todos observaban con atención una mesa larga cubierta por un mantel de lino, alfombrada de papeles, mensajes, informes y diagramas. En medio del desorden, fruto de la magia pese a parecer esculpida en alabastro, se encontraba la maqueta en tres dimensiones de la ciudad de Arabel.

En la cabecera de la mesa, en un trono esculpido en maderamalva, estaba sentado el rey Azoun IV en persona, septuagésimo primer monarca del linaje Obarskyr. Tenía una expresión preocupada y se mesaba la barba mientras reflexionaba. El mago real, Vangerdahast, permanecía de pie junto a su señor. De hecho, era la única persona de todos los presentes que estaba de pie, y al dirigirse a los comandantes reunidos solía caminar de un lado a otro de la mesa. De momento, se inclinaba sobre el hombro derecho de su monarca, como si se tratara del animal de compañía del rey, que colgara del hombro.

—¿Sabemos si realmente está allí? —preguntó el rey, que no quitaba ojo a la maqueta reluciente que representaba la ciudad de las caravanas.

—Él, sus hombres y quienes se han unido bajo su estandarte a lo largo de estos últimos tres meses —repuso Thomdor, inflexible. Las fuerzas que tenía bajo su mando habían pasado la última estación persiguiendo al rey bandido por toda la parte norte de Cormyr. Hacía ocho días que su presa había llegado a Arabel, para allí coronarse rey Gondegal Primero con una corona que había robado de una tumba sembiana y desafiar a cualquiera que estuviera dispuesto a arrebatársela.

Nadie sabía de dónde había salido Gondegal, aunque él aseguraba que tenía sangre real en las venas. Una cosa era segura, aunque Thomdor no estaba dispuesto a admitirla: era un hombre decidido y carismático, un líder nato. Una y otra vez el barón lo había dispuesto todo para el ataque, sólo para ver cómo las fuerzas a las que debía enfrentarse desaparecían ocultas en la niebla, en el bosque. Y con cada una de aquellas derrotas simbólicas, la leyenda de Gondegal iba en aumento, y era gracias a esas derrotas, por llamarlas de alguna forma, que la leyenda de Gondegal había aumentado de forma vertiginosa, al igual que la gente que lo apoyaba. A primeros de año era un desconocido. En aquel momento, tres semanas después del solsticio de verano, había animado a la ciudad de Arabel a rebelarse una vez más contra su rey, y en ella había asentado sus aspiraciones al trono de un imperio.

En su declaración de intenciones, Gondegal había establecido los límites de su nuevo reino, que carecía de nombre, cuyas fronteras iban desde la Laguna del Wyvern hasta el norte del Desfiladero de Tilver, y desde el desierto de Anauroch hasta el sudeste en pleno territorio sembiano. En realidad, tan sólo reinaba sobre aquello que pudiera alcanzar con la punta de la espada, montado a lomos de su caballo de guerra, cosa que no empequeñecía la afronta que suponían sus exigencias. El Dragón Púrpura no estaba dispuesto a permitir que la mitad de su territorio pasara a manos de un nuevo monarca… por muy carismático que fuera ese Gondegal.

Habían pasado siete días desde aquella declaración, y durante los mismos Arabel había contenido la respiración, mientras el «nuevo rey» disponía las defensas. Por espacio de siete días, las fuerzas leales a Cormyr, apoyadas por algunos aliados que perderían sus tierras si cedían ante Gondegal, estrecharon el cerco en torno a Arabel.

—Sea quien fuere, debe de haber servido como soldado en alguna parte —aseguró el duque Bhereu, señalando la maqueta de alabastro de la ciudad—. Ha obrado maravillas en cuestión de días. Las tres puertas, fortificadas, eso por no mencionar que ha erigido torres, desde las cuales otear aquellos puntos ciegos que tenían desde las murallas. Las patrullas de guardia se han doblado, han recogido toda el agua posible en pellejos y barriles llevados de varios kilómetros a la redonda, ¡y además se han observado balistas en las torres principales! No se trata de un alzamiento de mercaderes frustrados; este enemigo conoce su negocio.

—Y lo único que debe hacer es aguantar en la ciudad lo suficiente como para cimentar su posición. Si lo consigue, nos tendrá en un puño —añadió el barón, con expresión hosca—. Tal y como suena, sólo tiene que rechazar el primer asalto. Si emprendemos un asedio en toda regla, no haremos más que perjudicar a la ciudad.

—¿Y qué me decís de sus habitantes? —preguntó el rey.

—Arabel se ha rebelado tantas veces, que han hecho de la rebelión un arte —dijo el duque—. El ganado y las caravanas de los mercaderes han sido conducidos al norte, y los prados están vacíos. Lo más probable es que Gondegal tenga magos apostados en los edificios exteriores o tropa armada con arcos. La mayoría de sus habitantes han vaciado los sótanos y están dispuestos a aguantar hasta el límite. Según parece, los templos han sido acondicionados como almacenes de comida y agua desde hace un tiempo, y se ha triplicado la guardia que vigilaba los pozos.

Uno de los capitanes mercenarios, un tosco bárbaro de las tierras que colindan al norte de Phlan, interrumpió al duque con un gruñido.

—¡Bah! Pues entonces haremos arder la fortaleza hasta los cimientos, y después pasaremos a cuchillo a todos los que se hayan refugiado en ella. ¡Que la pira sirva de advertencia para quienes puedan plantearse desafiar la voluntad de su soberano!

El silencio se apoderó de todos los presentes. Vangerdahast se apartó del trono y caminó a lo largo de la mesa, hasta acercarse al capitán bárbaro. El mercenario buscó apoyó en los rostros de quienes lo rodeaban, pero no encontró a nadie dispuesto. Lo único que vio fue indignación, sorpresa.

Vangerdahast apoyó una mano pesada en el hombro del bárbaro.

—La razón —dijo, apretando la mano como si llevara puesto un guantelete de gigante— es que los habitantes de la ciudad son cormytas, aunque ahora puedan estar confundidos. Serán tratados como ciudadanos leales del reino, hasta el momento en que decidan levantarse en armas contra el Dragón Púrpura.

—Pero si se han rebelado, ¿acaso no…? —preguntó el mercenario, que hizo una mueca de dolor al interrumpir su pregunta la presión que sentía en el hombro, que sin duda iba en aumento.

—Son nuestra gente —dijo el mago con los dientes apretados—. La mitad del ejército desertaría si tuviera que enfrentarse a su hermano, a su primo. Por esta razón, los trataremos como merecen.

Soltó el hombro del capitán mercenario, que respiró profundamente mientras se frotaba el hombro. Al parecer, el mago tenía sobrada fuerza en sus manos, aparte de la que le confería la magia.

—Tal y como ya se ha dicho, Arabel se rebela con una facilidad pasmosa —recordó en voz baja el rey—. Sin embargo, siempre ha vuelto al amparo proporcionado por las alas del Dragón Púrpura. Una cosa que ha enseñado a mi familia la larga historia de esta tierra, es que fomentar las diferencias no hace más que perpetuar las dificultades. —Miró al capitán mercenario a los ojos, y añadió—: Permítanme recordar a todos los presentes que este ataque no constituye ninguna excusa para el pillaje y el saqueo. Nadie prenderá fuego a nada, excepto por orden de un oficial superior. Si la persona que huye de la punta de su espada es civil, no lo perseguirán, molestarán o dañarán «accidentalmente». Consideraré que todos ustedes han comprendido lo que acabo de decir; encárguense de que sus hombres también lo hagan, y que comprendan a qué castigo se enfrentan en caso de que lo olviden.

—¿No podríamos convencer a algún arabeliano leal para que nos abra las puertas? —preguntó uno de los líderes milicianos, dando el asunto por zanjado.

—Todos sienten terror a las espadas de Gondegal, y a su popularidad —respondió el rey, haciendo un gesto de negación—. En cuanto encarrilemos la batalla y logremos la retirada de algunas de sus espadas, la población se levantará en armas para apoyarnos, pero por el momento, no hay quien se atreva a levantar la cabeza. Las gentes de por aquí son volubles, pero por muy contradictorio que parezca, su volubilidad es un factor con el que podemos contar.

—¿Y qué me decís de las familias nobles? —preguntó uno de los magos—. ¿Acaso se han unido a Gondegal?

—Así lo han hecho algunas de las familias menos importantes —respondió Bhereu—. Por ejemplo, los Immerdusk y los Indesm. Los Marliir, la familia más importante de Arabel, sigue siendo leal a la corona. La mayoría de las gentes que llevan tan orgulloso apellido han sido arrestadas, y mantienen ocupadas a buena parte de las tropas de Gondegal, encargadas de la custodia de los prisioneros, cuando tendrían que vigilar la muralla.

—Casi toda la información que tenemos del interior procede de los Marliir —añadió Thomdor—. Hasta el momento, el reconocimiento fruto de la magia ha sido completamente ineficaz.

—Zanjada la cuestión —dijo el rey—, éste es el plan de batalla para mañana.

Vangerdahast hizo un gesto de asentimiento y trazó unos gestos en el aire. Una serie de bloques púrpura aparecieron sobre la mesa, fuera de las murallas que guardaban la maqueta de la ciudad. A medida que el mago fue explicando el plan, los bloques se desplazaron hacia la muralla.

—Los milicianos formarán en el flanco izquierdo, encargados de orquestar un ataque fingido en la puerta de Cuerno Alto y en la muralla noroeste, mientras los mercenarios atacan con fuerza la puerta sur, más para atraer el fuego y forzar al enemigo a empeñar las tropas que para tomar realmente la puerta. El grueso del ejército, en el flanco derecho, se desplazará por la muralla sur. La intención es la de hacer creer a las fuerzas de Gondegal que se dirigen a la puerta oriental, para allí atacar. De hecho, las fuerzas al mando del duque se dirigirán más al este, mientras que las del rey permanecerán en el centro y las del barón se reunirán en el extremo oeste del frente establecido.

Unos bloques diminutos se separaron de los principales y rodearon la ciudad al este y al oeste.

—En este momento se destacará la caballería ligera para bloquear las puertas oriental y occidental, impidiendo la salida, la huida, de las fuerzas de Gondegal. Estará acompañada de algunos magos guerreros. Nuestro cuerpo principal contará con el mayor contingente de magos, además del barón, el duque y su majestad el rey.

Una serie de destellos apenas perceptibles aparecieron a lo largo de la muralla sur, ante el bloque más grande.

—Los magos guerreros procederán a practicar una brecha en esta zona mediante el uso de proyectiles mágicos y toda suerte de conjuros explosivos. Existe el riesgo potencial de dañar los edificios situados inmediatamente al norte de la muralla, por lo que mientras la primera oleada asegura el área, las fuerzas que penetren a continuación por la brecha deberán hacer caso omiso de los escombros e internarse sin dilación. Después habrá tiempo de sobra para examinar los edificios derruidos en busca de posibles víctimas.

—Adiós al Guiño y el Beso —masculló Thomdor al recordar su taberna favorita, situada junto a la muralla que debían atacar.

—Una vez que hayamos volado la muralla —continuó el mago—, el grueso de nuestras fuerzas se dividirá. Los hombres de Thomdor tomarán la puerta sur y facilitarán la entrada de los mercenarios; juntos, deberán limpiar la zona de tropas enemigas y mantener la posición… sobre todo en lo que respecta a cualquier callejuela que no cuente con barricadas, además de vaciar los edificios que haya cerca, en caso de necesitar una ruta por la que proceder a la retirada. Las fuerzas de Bhereu accederán a la ciudad y se dirigirán hacia la puerta oriental, para tomarla… y, lo que es más importante, para contener a cualquier contingente enemigo que pueda haberse reunido allí. El rey dirigirá el cuerpo principal a través de la ciudad, hasta la ciudadela de Arabel, para rodearla e intentar forzar las puertas. Si los sorprendemos y nos movemos con la suficiente rapidez, es muy probable que podamos acabar con buena parte del ejército de Gondegal en la propia ciudad, antes de que puedan reagruparse en la ciudadela.

—¿Y si logran retirarse a la ciudadela? —preguntó el capitán mercenario.

—Gondegal podría aguantar en Arabel de forma indefinida —respondió el rey—. Pero a menos que disponga de más comida, planes y hombres de lo que pensamos, no podrá aguantar demasiado en la ciudadela si nosotros nos hacemos con la ciudad. Ya conocen las señales; comuniquen las órdenes a sus subordinados, de modo que todos podamos atender nuestro equipo y llevar a cabo nuestras plegarias. Marcharemos antes de que el sol asome por el horizonte, y al amanecer iniciaremos el ataque.

Un mensajero enfundado en una cota de malla pulida llegó para comunicar que habían llegado las tropas aliadas de Sembia, y que en aquel momento ya se habían quejado del lugar que se les había asignado para descansar. El rey sonrió de forma imperceptible, y dio por concluida la reunión. Las sillas se arrastraron, los hombres se levantaron, envueltos en la comprensible charla; el Dragón Púrpura señaló al mago y a sus dos primos, que permanecieron en el interior del pabellón mientras los demás lo abandonaban.

—Un buen plan —dijo el rey.

—Gracias a vuestras sugerencias —repuso el mago—. Huelga decir que es fruto de los archivos militares de la corte. Hay planes enteros que ocupan mesas como ésta para atacar Arabel. Incluso en tiempos de paz, era una práctica común para los estudiosos en temas militares trazar una estrategia de ataque sobre Arabel, con soldados de latón y dados.

Azoun echó un vistazo a la maqueta de la ciudad, y después entrecruzó sus manos apoyadas en la barbilla, con los dos dedos índice ante los labios.

—La cuestión es qué sucederá después —dijo lentamente.

—Amnistía general —respondió Thomdor.

—Capturamos a Gondegal y a sus cabecillas, y los colgamos por los crímenes cometidos; después utilizamos todo el tesoro que ha reunido para realizar las reconstrucciones necesarias —añadió Bhereu.

—Las tropas permanecerán en Arabel, aunque sea con la excusa de emprender las reparaciones —dijo Vangerdahast—, pero deberemos buscar una excusa para mantenerlas en la ciudad. Arabel es un enclave fronterizo, y tendría que contar con la protección necesaria.

—De acuerdo —dijo el rey—. Primo Thomdor, tú liderarás las fuerzas de los Dragones Púrpura que permanezcan en la ciudad, de la misma forma que Bhereu controla las fuerzas destacadas en Cuerno Alto. —Los dos primos respondieron con un gesto de asentimiento.

—¿Y qué me decís de los nobles? —preguntó el mago.

—¿Qué sucede con ellos? —preguntó a su vez el rey.

—En la corte se achaca la debilidad de Arabel a los Marliir —dijo el mago real.

—Lo único que sabemos de los preparativos llevados a cabo por Gondegal se lo debemos a los Marliir —dijo Thomdor, frunciendo el entrecejo—. El anciano Jolithan Marliir ha arriesgado a dos de sus hijas para enviarnos mensajes.

—No debemos culpar a los Marliir —dijo Azoun—. Si acaso, es nuestra propia complacencia lo que nos ha llevado a esta situación, donde un carismático rey impostor es capaz de reclutar un ejército de la noche a la mañana y hacerse con una ciudad en poco más de una estación.

—Cierto, pero ya conocéis la política de la corte —replicó Vangerdahast—. Bleth, en particular, me ha recordado una y otra vez su contribución a esta empresa, y lo interesado que está en que los Marliir fracasen y una familia «genuinamente» cormyta se asiente en la ciudad. Lord Bleth está deseoso de establecerse en Arabel.

—Entonces lord Bleth se llevará una decepción —dijo el rey—. Mis primos tienen razón. Sería injusto castigar a los Marliir después de haber arriesgado tanto por nosotros. Además, si accedo a la petición de los Bleth, o de cualquier otra familia que considere «genuinamente cormyta» a cualquiera que nazca y se eduque en Suzail, me enfrentaré a una revolución en toda regla antes de que finalice la década. ¿Alguna otra cosa?

No había nada más que debatir, y el rey se retiró a su tienda mientras los dos primos observaban la maqueta con atención, señalando los pros y los contras de esto y aquello. Vangerdahast los dejó hacer, y se dirigió al extremo sur del campamento, lejos de la ciudad.

Allí los guardias apostados se encontraban muy separados unos de otros, y las sombras que se extendían entre las hogueras de los campamentos parecían más densas. La noche se había apoderado de la situación, por muchas espadas que pudiera cobijar. Se dispuso a esperar, mientras contaba las estrellas del cielo del sur.

—La espada negra.

—Mella el escudo verde —replicó el mago.

—Para hacer de la guerra, roja —respondió la oscuridad, antes de abrirse, abandonar las sombras y plantarse ante el mago. Era uno de los agentes de Vangerdahast. Los primos del rey dependían de la nobleza para obtener información. Cualquier mago que se preciara de serlo tenía sus propios métodos, sus propios servidores.

La espía era una joven envuelta en una capa oscura como boca de lobo, y ropa de cuero. No había nada en ella que fuera destacable, excepto un anillo dorado en la mano. Las vainas de sus dagas, una en cada cadera, estaban envueltas en cuero negro. Su rostro era de rasgos suaves, inocentes.

—Señor mago —dijo—. Traigo noticias.

—Hable —dijo Vangerdahast.

—Gondegal ha desaparecido —respondió ella.

—¿Desaparecido? ¿Cómo?

—Se ha esfumado, evaporado en la escarcha veraniega —explicó la espía, contenta.

—¿Y cómo se ha enterado? —preguntó Vangerdahast.

—Por uno de los capitanes —dijo la muchacha—, es decir, por uno de los capitanes a los que ha abandonado. Gondegal, media docena de sus edecanes y el tesoro que ha saqueado a lo largo de los últimos tres meses han desaparecido de repente de la ciudadela. Los capitanes que han quedado atrás están desamparados, tienen un nudo en la garganta y otro en el estómago, para que nos entendamos, y pese al registro exhaustivo que han llevado a cabo en la ciudad, tanto en las guardillas como en los sótanos, no han encontrado ni rastro de su heroico cabecilla.

—¿Y qué planes tienen ante la ausencia de su líder? —preguntó Vangerdahast, que sonreía amparado por la oscuridad.

—Los magos que se habían aliado con Gondegal han abandonado la ciudad por sus propios medios. Los restantes líderes están desorganizados, pero la facción de mayor peso se decanta por la opción de liberar a los Marliir, para que sean éstos quienes supliquen clemencia al rey en su favor.

Vangerdahast se dio unas palmaditas en la barriga con ambas manos.

—En tal caso regrese a la ciudad, y comunique este mensaje a los Marliir: Habrá una amnistía general, siempre y cuando se abran las puertas al acercarse las tropas del rey a la ciudad. Los hombres de Gondegal nos esperarán al pie de la ciudadela sin armadura ni armas de ninguna clase. El rey perdonará a todo aquél que se encuentre allí, pero perseguirá a los demás hasta darles muerte. ¿Podrá comunicar este mensaje?

—Sin duda —dijo la espía—. Debo irme.

—Buena suerte —murmuró el mago, mientras observaba cómo la mujer se fundía en la oscuridad. Sus ojos fueron incapaces de seguirla muy lejos. Volvió a observar el cielo, permitiéndose el lujo de esbozar una amplia sonrisa.

Entonces, después de mudar la expresión de su rostro, así como sus emociones, se volvió para regresar al pabellón real.

Como había sucedido en numerosas ocasiones, Gondegal había optado por retirarse antes de luchar. Sin embargo, en aquella ocasión había dejado colgada a toda una ciudad, ciudad que aplaudiría al rey como a su salvador, de modo que las aspiraciones imperiales del rey bandido quedarían en nada. Aquella campaña no había sido un mal negocio. Arabel reconquistada, asegurada su lealtad al menos durante otra generación, y todo ello sin derramar una sola gota de sangre.

Por supuesto, tendría que verificar la información enviando a los exploradores, pero el mago confiaba en su espía. No habría informes de ningún jinete abandonando la ciudad, ni indicio alguno de juego sucio entre quienes apoyaban a Gondegal, ni cadáveres que aparecieran en cualquier lugar de forma misteriosa. Y por la mañana formarían tal y como habían planeado, armados para la guerra, y emprenderían la batalla… pero en lugar de muerte y de murallas derruidas, las puertas de Arabel se abrirían de par en par y la ciudad se libraría de las consecuencias derivadas de la guerra. Sobre el rey lloverían las flores en lugar de los aceros.

«Lo mejor sería contárselo sólo a Azoun», pensó el mago. Si no había rendición, el ejército de Cormyr tendría que emprender el ataque. Los hombres, mentalizados para afrontar la batalla, reaccionarían mejor ante las celebraciones, mientras que si esperaban de buenas a primeras una rendición no estarían preparados para entrar en combate.

La ruta de Vangerdahast lo llevó a dar un amplio rodeo y a pasar junto a los Dragones Púrpura, quienes lo saludaron en silencio, con una inclinación de cabeza. Procedió a dar la vuelta al pabellón real, hasta llegar a la tienda del rey. La luz tenue proyectaba la sombra del monarca en la lona… no, había dos sombras, siluetas que se movían al unísono, que se fundían una en la otra. A través de la lona de la tienda, oyó los gemidos, los jadeos y los suspiros imperceptibles.

El mago maldijo entre dientes. Ni siquiera en vísperas de una batalla, en medio de un campamento militar, Azoun era capaz de mantener a raya la sangre Obarskyr que corría por sus venas. Ya había sufrido demasiados infortunios a lo largo de los años como para haber aprendido una lección de prudencia, pero los reyes de Cormyr, duros de mollera, nunca parecían capaces de evitar los peligros que se derivaban de cualquier flirteo.

Vangerdahast dio la vuelta a la tienda. Había un solo guardia apostado ante el túnel que conducía a la entrada. El ruido y las sombras proyectadas no resultaban tan obvios desde allí, pues el guardia tenía ante sí el campamento atestado de soldados, razón por la cual el mago dio gracias a Tymora al menos por eso, por la previsión del rey de escoger el único punto del pabellón donde podía hacer sus cosas con la mayor discreción posible. El guardia era joven, barbilampiño, un nuevo recluta procedente del campo.

—Dígale al rey que se ponga en contacto conmigo en cuanto haya acabado —dijo el mago de la corte en voz alta, y con cierta brusquedad, antes de bajar el tono de voz y añadir—: Y procure escoltar a la joven sin armar alboroto y con la mayor discreción posible al exterior del campamento.

El joven borboteó una respuesta al anciano mago, como si éste acabara de señalarle un burro volante.

—¿Acabado? —preguntó por fin el joven, con voz temblorosa—. Su majestad se retiró a pasar la noche, y me ordenó abandonar sus dependencias. ¡No había ninguna mujer con él entonces, y le aseguro que no ha entrado ninguna desde que estoy aquí!

Vangerdahast observó al muchacho, consciente de que aquel rostro leal y firme no decía mentiras. Echó un vistazo a la derecha, y el guardia se volvió para mirar en esa dirección. Soltó un gruñido y el mago pasó de largo al guardia, que, confundido, elevó una protesta al tiempo que lo seguía rápidamente al interior de la tienda.

Las dependencias particulares del rey se encontraban al fondo del pabellón, tras un mamparo de lona que amortiguaba tanto el ruido como la luz. El mago irrumpió en el dormitorio después de apartar la lona de un manotazo, y al ver lo que vio soltó una maldición.

El rey Azoun yacía en el diván que solía llevarse de campaña, libre de armadura y ropa. Sobre él había una mujer que llevaba una túnica desabrochada, y poca cosa más. Tenía una mano levantada, y en la mano empuñaba una daga de hueso, dispuesta a hundirla en el pecho del rey.

Vangerdahast ahogó la maldición a medio camino para, en su lugar, formular un hechizo, magia sencilla, de efectos inmediatos. Un ventarrón llenó de pronto la tienda e hinchó la lona arrojando al suelo a la hechicera roja.

Ésta se puso de pie con la agilidad de una pantera, retrocediendo del diván en dirección al extremo de la tienda, manteniendo siempre a Azoun entre el mago y ella. El joven guardia tuvo la necesaria presencia de espíritu como para sacar el pito del cinto y dar la alarma.

—Asesinato frustrado —dijo la hechicera—, aunque quizá sea más grave el robo cometido. —Se puso de brazos en jarras, y sonrió a Vangerdahast—. Dile a tu rey que Thay le agradece su obsequio.

Vangerdahast señaló a la mujer un momento antes de que unos proyectiles de luz azulada abandonaran las yemas de sus dedos. Ella, por su parte, pronunció unas palabras breves, antes de convertirse en una niebla ondulante que se esfumó de forma paulatina. Los proyectiles mágicos alcanzaron la lona de la tienda hasta hundirse en la hierba que había al otro lado, justo en el momento en que los guardias entraron en la tienda a la carrera, profiriendo gritos.

—¡El rey! ¡El rey!

Una súbita descarga de luz los obligó a detenerse y a pestañear. Había partido del cinturón del mago de la corte.

—¡Hombres de Cormyr! —exclamó—. Os ordeno, en nombre de Azoun, abandonar la tienda de inmediato y proceder al registro exhaustivo de todo el campamento y terreno circundante, tan rápido como os lleven vuestras piernas. Buscad a una hechicera vestida de rojo; traedla viva si podéis, pero traedla. Es de Thay… alta, descalza, de pelo largo y negro. Custodiad a cualquier mujer que no reconozcáis como parte de ninguna compañía; traedlas al pabellón real. ¡Marchad!

Vangerdahast estaba completamente seguro de que no la encontrarían, pero al marcharse los soldados tendría tiempo para hablar con el rey Azoun antes de que fuera demasiado tarde. Los hombres, enfundados en sus armaduras, pasaron junto al mago durante unos instantes, antes de dejarlo a solas con el rey.

Azoun no parecía herido, pero estaba confundido, y ni siquiera veía al mago que lo zarandeaba, aunque sí mascullaba algo ininteligible. Sufría los efectos de un encantamiento para hechizar personas.

Vangerdahast tocó la frente de su soberano con las yemas de los dedos, y murmuró unas palabras capaces de desactivar cualquier hechizo habido y por haber en el arsenal de los de Thay.

El rey Azoun IV gruñó, torció el gesto y se llevó la mano a la frente. A juzgar por la expresión de su rostro, tenía un dolor de cabeza de los que hacen historia, como si sufriera los efectos de una tremenda resaca.

—¿Qué… qué ha pasado? —murmuró el rey, pestañeando ante la luz de las linternas.

—Era una asesina de Thay —respondió Vangerdahast—. Hemos conseguido salvaros a tiempo, pero ha huido.

—¿Ella? —preguntó el rey, ceñudo. Entonces, lentamente, hizo un gesto de asentimiento—. Ella, ¡sí! Apareció salida de la nada, su ropa despedía un fulgor y un aroma arrebatador. Tenía un nombre. ¿Brandy? ¿Brannon? Creí que era un sueño.

—Una pesadilla, majestad, con vuestro permiso —replicó Vangerdahast.

—Odio a los asesinos —dijo el rey, haciendo un gesto de negación—. Según parece, no bastó con acabar con los Cuchillos de Fuego. Cuando terminemos aquí, será necesario proscribir a los asesinos. ¡Y también a los Magos Rojos!

—Pero el caso es que aún no hemos terminado aquí —repuso el mago suavemente, cubriendo a su soberano con una manta, y recordando lanzar un hechizo de purificación mágica y otro de protección—. Primero Gondegal y Arabel. Después tiempo habrá para dedicarlo a los Magos Rojos y los asesinos. La emprenderemos con cualquier cosa que amenace la estabilidad de la corona, o a Cormyr, sea cual fuese su origen. Confíe en mí.

El rey, somnoliento, esbozó una sonrisa.

—Buen Vangey. Confía en mí…

—Confíe en mí —repitió el mago gordozuelo, cuya voz parecía imbuida de la fuerza del acero—. Como siempre.