27
Tratos
El anciano noble terminó de hablar, momento en que miró fijamente al mago para saber si lo había escuchado.
—Preocupaciones legítimas —manifestó Vangerdahast, repitiendo las palabras del noble, haciendo un gesto de asentimiento; lo decía en serio.
Albaerin Dauntinghorn poseía una gran habilidad para distinguir la mentira de la verdad, era capaz de distinguir la cháchara cortesana y obtusa que discurría en cualquier frase edulcorada y descubrir el engaño a la primera.
Lástima que eso fuera precisamente lo que el mago supremo de Cormyr no necesitara en aquel momento. Le esperaban unos días de mucho ajetreo, pues suyo era el deber de intentar que la corte no acabara alfombrada de nobles con dagas clavadas entre las costillas. Las facciones ascendentes cuyo objetivo era rehacer Cormyr habían cogido sus trocitos respectivos con los dientes, y empezaban a tirar con fuerza del reino, atrapado por innumerables mandíbulas. Vangerdahast pensó que la imagen de Cormyr como la de una víctima indefensa a la que cuatro caballos descuartizan era demasiado dolorosa en aquel momento.
—Tiene mi palabra —dijo Vangerdahast, dedicando una confiada sonrisa al anciano Albaerin—, en caso de que se me nombre regente, de que plantearé todos los asuntos que usted me ha expuesto ante la corte, de modo que puedan resolverse de inmediato en lugar de permanecer en cartera durante meses.
Intercambiaron sendas inclinaciones de cabeza, como sabios que estuvieran a la misma altura y que se guardaran un respeto mutuo, antes de separarse. El mago de la corte se volvió hacia la sala del Honor, donde solían grabarse en la pared de piedra los nombres de todos aquellos soldados que habían dado su vida por el reino, y después se dirigió a la sala de las Gemas, donde lo más probable era que encontrara algún que otro grupo de nobles murmurando sobre el oscuro futuro que se cernía sobre Cormyr. Había llegado el momento de llenar la cabeza de promesas a unos cuantos inocentes más, promesas de lo que podrían llegar a obtener si cierto mago era propuesto para la regencia.
Se encontraba a medio camino de allí, cuando un paje enfundado en la librea de palacio se acercó a la carrera.
—Honorable señor —dijo el paje, nervioso, haciendo una reverencia—, lord Aunadar Bleth desea entrevistarse con usted en la sala de las Llamas Danzarinas en cuanto le sea posible. Dice que se trata de un asunto de gran importancia para la seguridad del reino.
—Por supuesto que sí —dijo Vangerdahast, como queriendo tranquilizar al muchacho con sus palabras, y lo despidió con estas palabras—: Muchas gracias. Me dirigiré directamente a ver a lord Bleth. Si te ha ordenado recibir una respuesta, puedes informarle de ello. De lo contrario, puedes ahorrarte la carrera, no pienso hacerlo esperar mucho.
El paje hizo una nueva reverencia y corrió hacia palacio. «Por supuesto», pensó Vangerdahast al mirar arriba y abajo por la sala del Honor, para ver si alguien había advertido lo sucedido. El paje se perdió en la distancia al tomar la esquina que conducía a la escalera este; no había nadie cerca. El mago asintió satisfecho, apoyó la mano en una inscripción particular grabada en la pared y pronunció una palabra. El bloque de granito pareció inmutable, pero sus dedos se hundieron en él como si no existiera. Extendió la mano en su interior, cogió cierto anillo, un pendiente y un brazalete de una bolsita de tela, y los sacó a través de la piedra, antes de pronunciar otra palabra que volvió a conferir al granito su solidez.
Guardó los tres objetos y siguió caminando, no en dirección a la sala de las Gemas, sino al palacio y a las chimeneas de la sala de las Llamas Danzarinas. Las llamas no eran más que una ilusión, sometidas a una temperatura tan cálida como la que tenían, pero sus saltos infinitos resultaban un espectáculo digno de verse. Sería mejor resolver aquel asunto sin perder el tiempo ahora que estaba protegido contra cualquier veneno, ataques a distancia normales y todo tipo de armas de acero, así como a los efectos de gases hostiles. Sería precipitarse demasiado intentar quitar de en medio al mago supremo de toda Cormyr, dejando de nuevo a la tierra sin mago, aunque a aquellos jóvenes nobles tan ambiciosos no parecía importarles lo más mínimo la seguridad del reino, ni las reglas, cortesías y convenciones. Menudo futuro esperaba a Cormyr.
En el umbral de la sala de las Llamas Danzarinas, dos sirvientes inclinaron respetuosamente la cabeza al verlo llegar y abrieron las puertas de par en par. El anciano mago entró con calma, y en el interior encontró a una sola persona esperándolo, con una jarra y dos vasos. Vangerdahast sonrió levemente al oír cerrarse las puertas a su espalda, con suavidad, y se acercó al hombre.
—Al parecer hoy se ha despertado usted deseoso de conversar con el sabio y anciano mago de Cormyr —dijo, alegre—. Bien, pues, ¡adelante! Tengo el tiempo y el interés necesarios para escuchar cuanto tenga que decirme.
Los ojos castaños del noble se clavaron en los suyos, y los labios suaves que había bajo el mostacho recortado se retorcieron un poco.
—Un asunto muy conveniente, señor mago, ya que es de crucial interés para el futuro del reino.
Vangerdahast se detuvo a unos pasos del noble, y enarcó ambas cejas pobladas.
—¿Y por qué alguien como usted, que ha dedicado tanto tiempo estos últimos años a cazar el venado, soporta semejante peso sobre sus hombros?
Aunadar se sirvió un vaso de licor, de color ámbar y burbujeante, un añejo y estupendo Besollameante, a juzgar por su aspecto.
—Piense usted lo que quiera de mí, señor Vangerdahast —respondió el joven noble, reflejando cansancio en su voz—, pero ya no soy ningún muchacho, sino un hombre. Es más, mantengo una estrecha relación con la futura reina de Cormyr. Ella escucha todo cuanto yo le digo, y soy capaz de ver lo que le espera a nuestro reino en el futuro. Le ruego que sea tan amable como para prescindir de ese tono paternal y encumbrado que utiliza, vamos, el mismo que utilizaría un anciano con su cachorro. De hecho, dice menos en favor de usted, que de mí.
—Hable, pues —repuso Vangerdahast, tranquilamente, al tiempo que dibujaba en el aire unos gestos con una de las manos que tenía cogidas a la espalda.
—Murmurar hechizos mientras se discuten asuntos de estado es una falta de respeto —dijo Aunadar, dando un paso al frente y llevando la mano a la empuñadura de la espada.
Vangerdahast dejó de gesticular y se sentó tranquilamente en el aire, como quien se reclina en un cómodo sillón.
—Muchacho, lanzar hechizos es lo único que sabemos hacer los magos —respondió Vangerdahast, haciendo un gesto para quitar hierro al asunto—. Yo de usted, si no me gustara estar presente cuando alguien lance un hechizo, no pediría a ningún mago que se reuniera conmigo como si fuera un sirviente. Y creo que, entre nosotros, yo seré mejor juez de lo que pueda constituir, o no, una falta de respeto. Todas esas amenazas veladas, y sus posturitas, dicen menos en su favor que en el mío, eso si me permite usted utilizar una frase algo manida.
Aunadar apretó la mandíbula, pero soltó la empuñadura de la espada. Adoptó una pose elegante ante el mago, probablemente de forma inconsciente, juzgó el anciano; estos nobles jóvenes y musculosos del tres al cuarto hacían ese tipo de cosas a la menor oportunidad.
—A ser posible —dijo Aunadar—, me gustaría olvidar toda suerte de esgrima entre nosotros, ya sea verbal o física, durante la próxima media hora.
Vangerdahast enarcó una ceja e hizo un gesto indicándole que podía continuar cuando quisiera. El mago escucharía lo que tuviera que decirle. También Aunadar enarcó una ceja, aunque sólo fuera para estar a la altura del otro.
—Estamos dispuestos a aceptarlo como regente del reino si, y sólo si, se compromete a respetar ciertas condiciones —dijo el joven noble.
—¿«Nosotros»? ¿Se refiere usted a la princesa? ¡Seguro que no, no sin contar con ningún escrito suyo o un heraldo! ¿O se refiere a su padre y a sus hermanos mayores, Faern y Dlothtar? ¿O a toda la familia Bleth?
—Hablo en mi nombre —volvió a apretar la mandíbula— y en el de los nobles, pertenezcan o no a mi familia, que están de acuerdo conmigo en este asunto. Tenga la seguridad de que puedo contar con el apoyo de muchos más nobles de Cormyr que cualquier otra persona en todo el reino, incluyéndolo a usted mismo, señor mío. ¿Quiere oír mis condiciones o debo informarles de que es usted un tirano enloquecido al que conviene expulsar definitivamente de Faerun?
Vangerdahast esbozó una sonrisa. El joven acababa de referirse a «sus» condiciones, en lugar de a las «nuestras», sin que al parecer hubiera reparado en el error. El mago asintió.
—Claro que quiero oírlas —respondió el mago, haciendo un gesto de asentimiento—. Quizá nosotros podamos llegar a un acuerdo para el buen gobierno futuro del reino.
—¿Brantarra? ¡Estamos aquí!
La pequeña alteración de las luces danzarinas y los remolinos de aire que se desarrollaban ante la mirada del noble aumentaron su intensidad hasta convertirse en dos ojos ardientes. Entonces se oyó un suspiro. Se encontraban en el interior de palacio, en una de las innumerables madrigueras que servían de escondrijo. Aquélla en particular no parecía muy transitada, tan sólo vio algunas huellas de botas en el polvo.
La aparición espectral volvió a proferir un suave suspiro, un suspiro femenino. Parecía decir: «¿Acaso todos los nobles de Cormyr están tan nerviosos como niños, rondando por todas partes y susurrando en cada esquina? ¿No tenía otro material con el que trabajar?».
—Me alegro —se limitaron a decir los ojos ardientes. Ante el sonido de su voz, los cinco hombres vestidos de cortesano tensaron sus músculos, y las espadas que tenían desenfundadas brillaron reflejando la luz de las llamas. Todos tragaron saliva o contuvieron el aliento. Entonces, la mujer que se hacía llamar Brantarra, añadió—: ¿Estáis dispuestos a forjar un futuro glorioso para Cormyr y para vosotros?
El más valiente de los nobles, Ensrin Emmarask, que era el primero con quien se había puesto en contacto, dio un paso al frente, inquieto, para acercarse al portal místico.
—Sí, se… señora, lo estamos —tartamudeó.
—En tal caso sostén tu capa bajo mis ojos… ¡pero apártala de ellos!
Ensrin obedeció la orden, y las luces que giraban en un torbellino, y que en aquel momento tenía tan cerca, parecieron escupir algo. Pese a la sorpresa, logró atraparlo con la capa. Rodó por su superficie de un lado a otro, hasta quedar inmóvil: era un rubí tan grande como su pulgar. La luz volvió a parpadear y escupió otra piedra. Antes de que la voz volviera a oírse, había escupido tres piedras más.
—Una para cada uno de vosotros, eso para empezar. Ahora, ganáoslas.
—¿Y cómo, lady Brantarra?
—Id a la capilla que acaban de construir en palacio, donde reza la princesa real Tanalasta. Ella no tardará en ir allí, se arrodillará y rezará. Matadla.
Alguien ahogó un grito, otros tragaron saliva con dificultad. En la habitación, cualquier movimiento delató la inquietud, y las hojas de las espadas parecieron temblar en manos de los nobles.
—¿Matar a la princesa real? —preguntó Ensrin, siendo éste el mayor acto de valor realizado en toda su vida.
—Eso es… y debéis traer la cabeza con vosotros, para ocultarla en el lugar donde nos encontramos la primera vez. Atacad ahora; la princesa debe morir esta misma mañana. Será mejor que lo hagáis en el altar de Tymora, donde la princesa permanecerá arrodillada, lejos de guardias o gongs que puedan dar la alarma. Sólo la acompañará una sacerdotisa. Si os demoráis, recordad que en la sala consagrada a Tyr hay varios monjes guerreros de la Justicia, armados hasta los dientes.
—¡Así se hará, señora! —respondió Ensrin, tembloroso, tragando saliva y levantando el acero a modo de saludo.
—Así se hará —repitieron los demás como un coro desafinado.
Los ojos ígneos posaron la mirada en cada uno de ellos.
—Bien —dijo la voz de Brantarra—. Haced lo que os ordeno, y la riqueza que os prometí será vuestra. Jamás tendréis que volver a empuñar un arma ni hacer nada. ¡Adelante!
Ensrin asintió con decisión y se cubrió el rostro con una máscara negra de seda que sacó de una bolsita colgada del cinturón. Al verlo, los demás imitaron sus movimientos, y la diminuta esfera de luces parpadeantes volvió a suspirar, desapareciendo fundida en la nada.
Cinco enmascarados abandonaron presurosos la habitación, dispuestos a recorrer los corredores oscuros de palacio. Mala suerte para el solitario Dragón Púrpura, que por casualidad dobló una esquina para encontrarlos de frente. Las espadas se alzaron sin titubear contra su rostro y su garganta, y cayó apoyado en la pared, resbalando hasta el suelo sin hacer más ruido que un simple gorgoteo. Al parecer, matar era cosa fácil.
En la habitación oculta donde se habían reunido, las últimas motas de luz desaparecieron por completo cuando algo se movió sobre el armero que había en una esquina. Segundos después, una mujer enfundada en cuero negro, que llevaba un guardapelo cogido de una cinta alrededor de la garganta, se dejó caer al suelo y se dirigió a la puerta. La pesadilla —el hecho de que jóvenes de noble cuna corrieran por palacio con las armas desenvainadas, dispuestos a utilizarlas— había comenzado.
Emthrara corrió por el corredor con la espada desenvainada. Si los dioses le sonreían al menos por una vez, quizá no llegara tarde.
Al doblar la primera esquina, tropezó con el cadáver del Dragón Púrpura. Había alguien arrodillado ante él, que daba la espalda a Emthrara, y se incorporó con cuidado para evitar resbalar en el charco de sangre que se había formado alrededor del cadáver. La Arpista se arrojó sobre aquel hombre espada en alto, dispuesta a matarlo de un solo tajo, antes de que tuviera tiempo de reaccionar.
El hombre se volvió para mirarla y Emthrara lanzó un grito al reconocerlo, con el acero a punto de cubrir la distancia que los separaba.
Él se agachó demasiado tarde. Ella hizo lo posible por corregir la trayectoria del tajo, y en lugar de hundirla en la carne se las apañó para que la hoja alcanzara la esquina de la pared. La espada se clavó con fuerza, dibujando un surco pálido en el mármol.
—¡Rhauligan! —gritó—. Tú no…
—Pues claro que no —dijo el mercader, mirando el cadáver del Dragón Púrpura—. Quienquiera que haya sido, no hace ni unos segundos que ha pasado por aquí. El cuerpo aún está caliente, nadie lo ha descubierto aún.
—Entonces, ¿quién ha sido? —preguntó la Arpista.
—Y lo que es más importante, ¿dónde estará ahora? —preguntó el mercader, que desenvainó de su cinturón un cuchillo de hoja larga y curva—. ¿Qué te parece si buscamos las respuestas a nuestras preguntas?
—Escúcheme, mago —dijo Aunadar, esbozando una sonrisa sibilina—. Yo, y los nobles que están de acuerdo conmigo, así como mi dama la princesa, lo aceptaremos a usted como regente del reino durante un breve período de tiempo, durante el cual contará usted con la princesa en todo momento, y en todas sus decisiones, de manera que pueda aprender de usted cómo gobernar el reino. No aceptaremos una regencia superior a un período de cinco inviernos. ¿Está de acuerdo con esta condición?
—Hasta el momento, sus palabras definen al punto el propósito de una regencia, definición con la que estoy completamente de acuerdo —respondió el mago, haciendo un gesto de asentimiento y esbozando una leve sonrisa—. Pero estoy convencido de que debe de haber otras condiciones.
—Sólo una más —respondió fríamente Aunadar—. Una condición que no constituirá ningún problema para un mago que gusta tan poco de la autoridad, pero sí del consejo. Es necesario que exista un consejo de regencia, constituido por una docena, más o menos, de nobles, con poder de decisión sobre sus decisiones; se necesitarán dos tercios de los votos de la cámara para ratificar o rechazar sus propuestas.
—¿Y quién elegirá a los nobles? ¿Y cómo se podrá destituirlos? —preguntó el mago.
—¿Destituirlos? —preguntó a su vez, ceñudo, Aunadar.
—Si los miembros del consejo no sirven durante períodos limitados y abandonan el cargo, no habrá consejo que valga —respondió enérgicamente Vangerdahast—, sino más bien una docena de reyezuelos. Un reino sometido a semejante caos será ingobernable, y eso es algo que nunca aceptaré.
—¿Se le ocurre alguna alternativa?
—Cada consejero formará parte del consejo por un período no superior a dos años, seguido de otros dos años en los que no podrá tomar parte en él. Cada uno de los consejeros, cada dos años, podrá nombrar un candidato para el consejo, cada señor local podrá proponer a un candidato, al igual que yo, que los señores sabios Alaphondar y Dimswart y que todos los miembros de la familia Obarskyr que sean capaces de ello. Una mayoría simple, y no los dos tercios, bastará para ratificar en el cargo a un candidato para el consejo.
—¿Y si resulta que al votar se ratifican en el cargo a más consejeros que los doce previstos? —preguntó Aunadar, mirándolo fijamente.
—Entonces el consejo tendrá más miembros, al menos temporalmente.
—¿Y si nadie se pone de acuerdo para nombrar al menos a una docena?
—Entonces yo mismo me encargaré de nombrar a una persona para el consejo; el mariscal del reino, o el oficial de mayor antigüedad de los Dragones Púrpura, a otro; ambos sabios nombrarán uno cada uno, y los Obarskyr también, hasta que tengamos la docena, o más. Estos nombramientos serán de carácter obligatorio, no estarán sometidos a ningún tipo de ratificación y sólo las personas propuestas podrán renunciar a ellos.
—¿Mientras el consejo se cruza de brazos? No me parece justo.
—Ah, pero conociendo el destino que se cierne sobre el reino, el consejo tendrá que dar su conformidad sobre algunos candidatos, antes de limitarse a rechazar a todo aquél que se proponga como sucesor.
—Pero ¿y si lo hacen?
—Entonces haré caso omiso de sus decisiones —respondió Vangerdahast, encogiéndose de hombros—, y su capacidad de veto no servirá de nada… tal y como sucederá de todos modos, cuando yo renuncie a la regencia y ponga el trono en manos de un Obarskyr.
—¿Es necesario que nuestro regente sea Obarskyr?
—Si lo que pretendemos es continuar en el Reino de los Bosques, técnicamente la respuesta es sí. Los elfos que cuidaron de estas tierras hace muchos años, los mismos que se las confiaron a los Obarskyr, podrían tener otros planes si descubren que se ha producido un cambio de manos.
—¡Ahórrese los cuentos de hadas, mago! —exclamó Aunadar, burlón—. ¡Seamos serios! ¿De veras me está diciendo que después de todos estos años, los elfos regresarán para reclamar la tierra que hemos gobernado desde hace trece siglos?
Vangerdahast no respondió, y la pregunta quedó suspendida entre ambos durante algunos segundos. Él ya había dado su opinión, y Aunadar ignoraba si el anciano mago decía la verdad, del mismo modo que Bleth ignoraba muchas otras cosas.
El noble clavó la mirada en el fuego de la chimenea, antes de volverse con la elegancia de la que tanto había hecho gala en más de un baile.
—Acordemos, por el momento, como punto abstracto de debate, que aceptamos su punto de vista en lo que respecta a las limitaciones y a los poderes del consejo, así como a la necesidad de que sea alguien de sangre Obarskyr quien nos gobierne. —Sonrió quedo, y se volvió hacia el mago para observarlo expectante—. Dígame, en tal caso, si alguien engendrado por la simiente de un monarca Obarskyr es alguien de sangre Obarskyr.
—Con ello entiendo que se refiere usted a aquellas personas que, según se rumorea, ha engendrado el rey fuera del matrimonio —dijo Vangerdahast sin ambages—. Sí, cierto es que son de sangre Obarskyr y que su puesto en la línea de sucesión depende de su edad, pero siempre detrás de todos los miembros legítimos de la familia Obarskyr. Si un servidor, los sabios, la hechicera Laspeera y diversos clérigos del reino, además de los heraldos que sean menester, nos mostráramos de acuerdo (en caso de que un dictamen tal fuera necesario, y no antes, bajo ningún concepto), repito, si todos nos mostráramos de acuerdo en el linaje de un determinado pretendiente, sí. Sólo nosotros tendremos jurisdicción en la investigación de tales reclamaciones, al contrario que los nobles del consejo, y le advierto a usted, joven señor Bleth, que si en algún momento nos vemos obligados a realizar una investigación de esta naturaleza, hurgaremos de tal modo en el pasado de todo aquél que pueda estar involucrado, y airearemos una cantidad de información tal, información que proclamaremos a los cuatro vientos por todo el reino, además de los detalles concernientes a cualquier nacimiento ilícito en el seno de la familia noble en cuestión —sonrió el mago—, que ningún conejo quedará dentro de la chistera, por decirlo de algún modo.
Aunadar hizo un gesto para restar importancia al comentario del mago.
—Me parece justo. ¿Y quién, desde su punto de vista, debe nombrar nuestro primer consejo?
—Podría pedir a algunos nobles que se prestaran voluntarios —se apresuró a responder Vangerdahast—, para someterlos a una prueba. Quienes la superen, serán nombrados para el consejo; quienes no lo hagan, serán rechazados.
—Una prueba —dijo Aunadar, sombrío—. Sin duda se tratará de alguna empresa peligrosa. O quizás un duelo mágico, mano a mano con el mago de Cormyr.
—Acabáis de hacer dos propuestas a cual más interesante —se mostró de acuerdo el mago, satisfecho—. ¿Cuál de ellas preferiría usted?
—¡Deje de tomarme el pelo de una vez por todas, mago! —exclamó Aunadar, irritado—. Vamos a ver, digamos que aceptamos su capacidad de nombrar a los miembros del consejo, que éste se forma por fin y que rechazan alguna de sus propuestas por cualquier razón… Entonces, ¿qué?
—Obedeceré sus deseos —replicó Vangerdahast—, pero continuaré formulando la política del reino. Deben actuar como un freno sobre mis decisiones y las de la princesa que tenga bajo mi tutela, pero en ningún momento los consideraremos nuestros amos. Es más, rechazar alguna de mis propuestas no perjudicará la posición de la princesa, ni me obligará a abandonar el cargo como mago supremo de Cormyr.
Aunadar asintió lentamente mientras se acariciaba la barbilla.
—Creo que podremos llegar a un acuerdo —dijo como si rumiara las palabras—. Dígame, ¿qué opinión le merece la existencia de este consejo?
—Es una buena idea —respondió el mago—. Ya era hora de que parte de nuestra nobleza se enfrentara a las decisiones que debe adoptar un monarca, en lugar de considerarlas cosa hecha, o saber de ellas por otras personas. Eso les impedirá seguir mirándose el ombligo.
—¿Qué? —exclamó Aunadar.
—No grite de esa forma, joven Bleth —dijo el mago, levantando la palma de la mano—. Ha sido usted quien me ha pedido mi opinión y quien quería hablar sin tapujos, ¿recuerda? —Movió un dedo, señalando al noble—. Además, me gustaría saber qué responde a una pregunta.
—¿Qué pregunta es ésa? —inquirió Aunadar Bleth, visiblemente molesto.
—Una vez aprobados el consejo y la regencia, digamos que ambos se desenvuelven con mayor o menor soltura… —El mago se inclinó hacia adelante para clavar en Bleth una mirada inquisitiva—. ¿Qué sucedería si, al cabo de cinco años, Tanalasta no fuera más capaz que ahora de asumir las riendas del poder?
—¿Y quién juzgará tal cosa? —replicó Aunadar en voz baja—. Ambos sabemos que nunca dará la talla, al menos a ojos de usted, de lo que debería ser un monarca cormyta.
—Me asombra su capacidad para saber lo que pensaremos usted y yo dentro de cinco inviernos —respondió secamente Vangerdahast—. Ahora entiendo por qué hasta el último noble del reino cree saber exactamente cómo gobernar Cormyr.
—Según parece, no pierde usted oportunidad de demostrar su superioridad, ante los idiotas que los dioses han dispuesto a su alrededor —dijo Aunadar Bleth, profiriendo un suspiro y dejando el vaso encima de la mesa.
—Es un estilo como cualquier otro —replicó el mago, a punto de sonreír.
—En respuesta a su pregunta —dijo bruscamente el joven noble, haciendo un gesto de negación y profiriendo otro suspiro—, el consejo cuidará que la princesa de la corona ascienda al trono sea como sea, proclamándolo a los cuatro vientos por todo el reino. Dudo que incluso un mago supremo como usted dure mucho si hasta el último habitante se alza en armas en su contra. No importa dónde pueda dormir, siempre habrá un leñador, un granjero o la esposa de alguien dispuesto a matarlo con cualquier cosa que tenga a mano; todo con tal de quitarlo de en medio. —Vangerdahast enarcó las cejas, pero guardó silencio. El joven noble esbozó una sonrisa triunfal y añadió—: Una cosa más. Sé que uno de los tesoros de los Obarskyr es un objeto que protege la mente de quien lo lleva de cualquier influencia ejercida por la hechicería. Quiero que Tanalasta lo lleve siempre encima, y quiero que sea antes examinado por un mago neutral, alguien que no pertenezca al reino, para así asegurarnos de que nadie ha alterado su naturaleza. Quiero que averigüe y comparta con los miembros del consejo las limitaciones de sus poderes, y quiero encantamientos que dupliquen los poderes que puedan poseer los objetos que lleven todos y cada uno de los miembros del consejo, incluido el mío. Me temo que, al ser yo uno de esos jóvenes nobles arrogantes de los que tanto habla, no encuentro, por más que la busco, la forma de relacionar las palabras «mago» y «confianza». —Sonrió a Vangerdahast con sorna, y volvió a coger el vaso—. ¿Le apetece beber algo?
—De un tiempo a esta parte —dijo el mago, después de rechazar el ofrecimiento de Aunadar con un gesto—, todo el mundo parece decidido a comprar el veneno en Puerta Oeste, y sus habitantes siempre salan demasiado las cosas, para que la gente esté sedienta.
Aunadar apretó la mandíbula.
—No me gusta nada eso que está diciendo, mago —dijo Aunadar, apretando la mandíbula.
—Lo que pueda gustarle o desagradarle a usted carece de importancia, noble —repuso Vangerdahast—. Intento gobernar el reino, no ganar ninguna competición de popularidad entre los niños de las familias nobles.
—Sí —dijo en voz baja Bleth—, precisamente eso es lo que intenta hacer… gobernar el reino. Y por el bien del reino me he propuesto poner coto a sus intrigas. Hace demasiado tiempo que los magos manejan las vidas del prójimo en Cormyr.
—Ah, qué gran frase, sin duda la más grandilocuente de todas: «Por el bien del reino». Eso puede incluir de todo, desde el asesinato sin más al envenenamiento, prender fuego a edificios, abocar el país a una guerra o dar rienda suelta a una plaga. —Dijo el mago, en tono incisivo—. Cuando alguien asegura que está actuando por el bien del reino, lo único que sabemos de él es que es un idiota redomado o un villano egocéntrico. ¿Cuál de los dos papeles representa usted?
—Confío en que aprendió usted la lección de nuestra última regencia, durante la cual el regente, que había asumido el cargo de acuerdo con la legalidad, se negó a cederlo cuando llegó el momento de hacerlo —respondió Aunadar, dando un paso al frente y contrayendo las aletas de la nariz.
—Oh, sí, cómo no —replicó el mago, apenas en un hilo de voz—. Tuve ocasión de vivirlo en mis propias carnes. Recuerdo lo sucedido durante la última regencia con total claridad.
Aunadar dio un paso atrás, pálido. En el lugar donde se ocultaba, tras las mirillas rodeadas del fuego ilusorio de la chimenea, Dauneth Marliir sintió cómo un escalofrío recorría su espina dorsal por la misma razón que se había apartado de Vangerdahast: la voz del mago era glacial.