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Partida de caza
El rey de Cormyr se llevó el cuerno de caza plateado a los labios. Tres toques fugaces y agudos se extendieron por todo el bosque, a cuyo eco siguió un breve silencio. Un crujido débil, el del cuero de una silla de montar, fue el único sonido que delató a los tres cazadores cuando escucharon el eco distante del cuerno. A continuación, apagada, lejana, llegó la respuesta: tres breves toques, notas agudas, seguidas por un trompetazo largo y entusiasta que despuntó burlón al finalizar.
—Sección de vientos de Thundersword, seguro —dijo el rey, esbozando una sonrisa, y sus dientes perfectos asomaron brevemente bajo el mostacho gris—. A juzgar por el sonido, se encuentran a unos dos kilómetros al este… con presa y sin ninguna intención de volver. Por ahora no veo motivo alguno para preocuparnos de ellos.
Dos de los tres acompañantes del séquito del rey Azoun, hombres tan bregados como el que ceñía la corona, asintieron ante el humor que destilaban las palabras del soberano. El tercero, un guerrero joven que lucía un atuendo de cuero recién estrenado, asintió con solemnidad, como si el rey acabara de compartir un pensamiento profundo, dotado de algún significado trascendental.
—Quizá se hayan cruzado con el Ciervo Mítico —sugirió la voz del más robusto de los veteranos cazadores, acompañada por una tímida sonrisa. El barón Thomdor hubiera sido considerado un grandullón de carecer de una prominente barriga. Sus hombros eran amplios y musculosos como la cruz de un buen corcel. Era primo del rey, al igual que el veterano que se encontraba más alejado de Azoun. Thomdor se llevó la mano enguantada al cabello oscuro y liso, surcado de alguna que otra cana, al tiempo que se inclinaba en la silla para ver mejor a su hermano, supremo mariscal de Cormyr.
El duque Bhereu, el otro primo del rey, hizo un gesto de negación.
—Sabed, pues, que apuesto a que permanecerán de caza la mayor parte del día, milord —contestó con cierta mofa en el tono de voz, para simular a continuación un saludo profundo, tanto como puede permitirse cualquier jinete subido a una silla de montar ajada y vieja. Acto seguido rió con desenfado y añadió—: Para regresar al pabellón de caza con las manos vacías, historias tremebundas y una sed de mil demonios… esta misma noche.
—Acepto la apuesta —dijo Su Majestad—. Y usted, joven Aunadar Bleth, ¿qué deduce de este posible portento?
—Si… si persiguen al legendario Ciervo Mítico del Bosque del Rey, no apostaría yo en contra del venado —respondió el joven, cogiendo aire de forma entrecortada y con un nerviosismo obvio, pese a que al hablar resultaba difícil captar el tartamudeo de su voz—. Va entre ellos Warden Truesilver, cierto, y Bald Jawn de guía, pero el Ciervo Mítico nos ha eludido durante generaciones. Además, ¿emprendería tan noble partida la caza de una pieza que corresponde cazar al soberano de Cormyr? —Y como si lo hubiera olvidado, añadió—: Sire.
—Quizá sea eso lo que ha mantenido vivo al venado durante todos estos años, saber que me espera. ¿No cree? —respondió el rey, esbozando una sonrisa desenfadada. Inclinó levemente la cabeza ante el joven, y añadió—: Bajemos hasta orillas del río… las ruinas que usted quería ver se encuentran allí. Y mientras permanezcamos aquí, en estos bosques, le ruego prescinda del «Sire». Azoun bastará; es un nombre que me parece haber oído en alguna parte antes.
—Como desee, Si… esto, Azoun —respondió el joven, que a continuación se apresuró a añadir el «milord», con una sonrisa en los labios.
El rey lo miró fijamente al tirar de las bridas del robusto caballo que montaba, y dirigirlo cuesta abajo, hacia un sendero que conducía al río. El joven lo siguió, y su montura echó a un lado la cabeza ante la dificultad del camino. Ambos primos del rey cerraron la marcha, observando cómo su rey y el joven caballero se agachaban al pasar bajo los árboles.
—¿Qué te parece el joven Bleth? —preguntó Thomdor, señalando la espalda de Aunadar Bleth con la barbilla.
—Tiene potencial —respondió el duque Bhereu, encogiendo sus anchos hombros—. Es cortés sin resultar empalagoso. Respetuoso sin pasarse de la raya. Ha aprendido lo suficiente de los libros como para ser interesante, y tiene el suficiente ingenio como para no demostrarlo continuamente. Sabrás que Filfaeril ya ha dado el visto bueno. Es mejor de lo que tú acostumbras a seleccionar.
—No sólo la reina es de su parecer —rumió el barón—. También es del gusto de la princesa real. —Y cuando condujeron las respectivas monturas colina abajo, por donde el caballo de guerra del monarca acababa de pasar hacía unos instantes, dejando que fueran ellas quienes escogieran el camino, añadió—: ¿Sabías que se conocieron en la biblioteca de palacio?
—He oído esa historia —respondió Bhereu, irónicamente—, aunque se transforma a medida que corre de boca en boca, dado el afán de cotilleo de la corte. Dentro de poco, como telón de fondo, sonará música de arpa y cuerno, dulce y acaramelada como podría tocarla cualquier juglar del Caballero del Corazón Roto. La última vez que oí la historia, se aseguraba que sus miradas se habían cruzado y que, ni corto ni perezoso, nuestro joven y valiente Bleth se había abalanzado sobre la princesa para subirla a una mesa, esparciendo libros y legajos en todas direcciones. Se decía que prácticamente llegó a besarla en los labios, por no mencionar algo relacionado con el traje que lucía la dama, antes que las doncellas lo separaran de su real persona. Acto seguido fue ella quien de un salto lo arrinconó contra otra mesa, lo tumbó y estampó un beso impresionante en sus labios, para devolverle el favor.
Hicieron un gesto de incredulidad, acompañado de una cómplice sonrisa.
—Lo peor del caso —murmuró Thomdor— es que habrá quienes lo creerán a pies juntillas en cuanto la historia llegue a sus oídos, por mucho que nos separe medio mundo, y diez o veinte días de camino.
—Pese a todo, si algo hay de cierto en ello, brindo por la felicidad de Tanalasta —respondió el duque Bhereu agachando la cabeza para evitar la rama de un árbol—. Es preferible a que el rey le imponga a su futuro yerno… y la obligue a aceptar un matrimonio desgraciado.
—No imagino a Azoun jugando a ese juego —replicó Thomdor, frunciendo el entrecejo al oír las palabras de su hermano, y observar la rama del árbol que se acercaba peligrosamente—. Quizás otro rey sí, pero sabes de sobra que nuestro Dragón Púrpura idolatra a sus dos hijas. Nada más cierto, no lo haría bajo ningún concepto.
—De acuerdo, pero últimamente nuestro querido mago no cesa de insistir en linajes, en herencias, en la antigüedad de la estirpe y en la solemnidad de la sucesión. Ha hecho hincapié en que la edad acecha a todos por igual, y que sería mejor que Azoun pusiera orden en palacio antes de que el orden deje de ser tal. Imaginarás el éxito que habrá cosechado semejante argumento.
—Probablemente Azoun sonrió, asintió e hizo caso omiso con solemnidad del mago de la corte —respondió el barón Thomdor, guardián de las marcas orientales, soltando un silbido agudo a través de unos labios que habían vuelto a curvarse, irónicos, mientras sopesaba la lanza para cazar jabalíes que llevaba en la mano. Se encogió de hombros y añadió—: Como bien sabes, Vangerdahast es de los que se preocupan por todo. Juraría que la sangre de los Obarskyr mantiene joven a Azoun, al igual que la magia mantiene vivo al viejo Vangey. —Se llevó la mano al estómago, y añadió en un tono de voz tan ominoso como correcto—: La edad no perdona. —Una rama suelta se dirigió contra su pecho, pero de un manotazo logró apartarla al tiempo que fruncía el entrecejo con cierto desprecio, para añadir sombrío—: Por supuesto, acecha a unos más que a otros.
—A unos más que a otros —repitió el duque Bhereu, como un eco, frotándose la calva—. Como primos del monarca nos ha tocado permanecer a la sombra de Azoun; hemos envejecido mientras él ganaba en juventud y vigor. Llegará el día en que ambos no seremos sino un par de torpes ancianos de barba gris, que cuentan los dientes que caen sobre el regazo, sentados junto a un buen fuego, mientras Azoun sigue aprovechando las cacerías para probar la valía de posibles pretendientes para sus mozas.
—Para sus reales mozas, querrás decir —corrigió Thomdor, dibujando una sonrisa triste—. Y muerde tu lengua respecto a lo de contar los dientes que se nos caigan. ¡Tengan a bien los dioses vigilantes librarnos de semejante destino!
—¿Reales mozas? En fin, quizá si alguna de ellas se casara algún día… —replicó el duque, cuyo tono de voz dejaba traslucir sus dudas al respecto—. Tanalasta es casi un mago, al menos en lo que respecta a sus sumas y libros, pero no tiene vocación para la regencia. Ya has visto cómo se comporta en la corte: fría y callada. Demasiado callada. Titubea antes de abrir la boca, y cuando lo hace las palabras se atragantan en su garganta… Un real patito feo, querrás decir. —El caballo de guerra resopló ante él, como si rechazara sus palabras, y el duque lo condujo entre dos pandarias, antes de añadir—: ¿Te la imaginas al frente de un ejército, mirando sin pestañear al enemigo mientras desenvaina el ábaco y el libro de contabilidad para enfrentarse a él? No creo que sea la típica Obarskyr.
—De acuerdo, todos los atributos familiares le han caído en gracia a Alusair —admitió Thomdor, observando los árboles cercanos con la mirada siempre alerta del guerrero veterano—. Monta como una amazona, es toda amor propio y furia y tiene talento para el combate. Siempre que vuelve al hogar, corren apuestas de un lado a otro entre los sirvientes de cocina, en las que se baraja cuánto tardarán su padre y ella en enzarzarse en una discusión sobre política que acabe con la mitad de vasos y platos rotos. —Se inclinó sobre el cuello de la montura para evitar otra rama de pandaria, y añadió—: Hoy por hoy, es amiga del acero y la armadura; preferiría estar en el campo de batalla a ocupar el trono.
—Muy cierto, todo en ella se reduce a eso —admitió Bhereu—. Ninguna quiere ceñir la corona, o posee aptitudes para ello. De modo que si Alusair tuviera un hijo, o más probablemente Tanalasta, que fuera el próximo rey… Precisamente eso es lo que convierte estas partidas de caza en algo tan vital. ¿Crees que Azoun te apartaría a ti de Arabel, y a mí de Cuerno Alto para tomar parte en una reunión social? Habrás reparado en el hecho de que es a nosotros a quienes pregunta constantemente, y no a Vangerdahast.
—No soporto el peso de tanta responsabilidad. ¡Doblegará nuestros hombros como la torre caída del castillo! —respondió el barón, golpeándose suavemente la frente en un gesto de burlona aflicción, y rió entre dientes antes de añadir en tono más serio—: Sin duda, el buen mago habrá entregado un informe de cinco volúmenes, que versarán sobre Aunadar y todo el clan de los Bleth… incluirá hasta el último bastardo y noble altivo de la familia y se remontará hasta el día de la fundación del reino.
La silla de cuero emitió un crujido cuando tiró de las riendas para conducir el paso del caballo.
—Digo yo que lo mejor será que Tanny escoja a su príncipe consorte, y que terminemos con esto de una vez por todas —prosiguió el barón, bajando la voz—. Fue lo bastante lista como para ver lo que ocultaba esa orgullosa flor de los Illance… ¿Cómo se llamaba? ¿Martin?
—Martin Frayault Illance, el joven noble menos de fiar de todo el reino —respondió el duque, esbozando una sonrisa—. Sabrás que, después de que Tanalasta rechazase su petición, montó en su caballo para ir en busca de Alusair y hablar con ella. Por supuesto, nuestra princesa, la primogénita, ya había comunicado a su hermana hasta la última línea del discurso de Martin, haciendo hincapié en sus favoritas.
—Apuesto lo que quieras a que le rompió los brazos. —Al barón le había llegado el turno de sonreír.
—De hecho, se dislocó un hombro —confirmó el duque— al dar contra una mesa que tuvo la desdicha de encontrar, al igual que los inocentes sentados a su alrededor, bajo la ventana por la que fue arrojado. —Se burló—. Transcurrido un mes aún seguía insistiendo en que se lo había hecho en una pelea de taberna. —Su voz adquirió la alegría propia de cualquier cortesano joven y formal que entendiera la gracia de un chiste explicado días antes por el rey—. ¡Lo cual, en cierto modo, no se aleja mucho de la verdad!
—Nunca me gustó ese retoño de los Illance —dijo el barón, soltando un bufido—. Tiene los dientes de un hombre lobo: incisivos prominentes del tamaño de mi pulgar. Siempre sonríe como si quisiera mostrarlos bien. —Se inclinó sobre el duque e inclinó la cabeza a un lado, señalando sus dientes, antes de gruñir en un tono de voz burlón y lascivo—: ¿Te gustaría ver qué he cenado esta noche?
—Cuánto me alegro de que ninguna de las mozas le prestara la menor atención —exclamó Thomdor, irguiéndose en la silla mientras el duque se desternillaba de risa—. Sería un fastidio ir de caza con semejante elemento.
—Probablemente no pasará mucho tiempo antes de que se produzca un «accidente de caza» —apuntó Bhereu—, de ésos que infestaron el reino en los malos tiempos, cuando Salember era regente. Yo daría fe de la veracidad de la versión del rey, fuera la que fuese.
—Igual que yo —gruñó el barón.
El sendero que conducía al río se estrechó ante su mirada, y el barón Thomdor pasó a la retaguardia, tras la montura de su hermano. Ninguno de ellos había dejado de observar atentamente el bosque profundo, húmedo y expectante, mientras charlaban. Daban por sentado que el rey y el joven pretendiente de Tanalasta ya habían alcanzado la orilla cercana a las ruinas de una antigua almenara.
El rey aún aparentaba unos cuarenta años, si no se tenían en cuenta las vetas grises del pelo y la barba. Sin embargo, seguía siendo tan musculoso y ágil como siempre, y aún podía con ambos primos en la pelea, la esgrima, la equitación o cualquier otro deporte que pudiera ocurrírseles.
Su ropa de montar era de lo más informal: cuero blanco con bordado púrpura, al igual que sus resistentes botas y sus guantes. La vestimenta de cortesano había quedado en el pabellón de caza, señal de que debía prescindirse de cualquier ceremonia propia de la corte. Azoun llevaba la espada envainada en una funda andrajosa, que colgaba de un cinto bregado que cualquier guardia de palacio hubiera condenado a las llamas sin pensárselo dos veces. Una corona sin adornos ceñía su cabeza, y un pañuelo marrón, viejo y harapiento (amuleto de la suerte, obsequio de la reina), ocultaba el cuerno de caza que llevaba en el cinto. Sin embargo, cabalgaba como el rey que era, espléndido, rectos los hombros, confiado señor de todo cuanto lo rodeaba, sin necesidad de recurrir a la arrogancia ni a la pompa. Al alcanzar el pie de la colina, tanto Thomdor como Bhereu se sorprendieron al encontrar la noble expresión de aquel hombre que era tanto su rey como su primo.
El joven que seguía a Azoun parecía difuminarse a su lado, al igual que cualquier otro mortal que se comparara con el rey de Cormyr. Sobre el atestado suelo del salón de baile, probablemente el joven Aunadar diera el pego, pues su encanto juvenil y la mirada galante quedaban compensadas con un comportamiento serio, diríase de amante del estudio. El joven vestía ropa de cuero oscuro, surcado de un hilo de color oro, que era acentuado por un capote de caza, también de color oro. Era un atuendo más bien sombrío. Pese a ello, quizás en cualquier otra partida de caza se hubiera convertido en el centro de todas las miradas, pero allí quedaba eclipsado por la presencia de su muy radiante majestad.
Thomdor pensó que aquel joven podría haberse vestido con más pompa, ante el riesgo, claro está, de competir con su posible suegro. ¿Sería una prueba de que el joven había considerado la cuestión fríamente? ¿O una muestra de su sentido común? El barón se inclinaba más por esta última. Mientras observaban, Azoun levantó la mano para señalar los restos de la almena. Aquellas torres abundaban en Cormyr: su cometido era el de enviar mensajes rápidamente de un extremo a otro del reino. Thomdor recordaba cuando Azoun volvió de Thesk y de su triunfo contra la horda de Trigan. Aquella noche ardieron todas las almenaras, y la luz rojiza y juguetona del fuego parecía dispuesta a empalidecer el fulgor de las estrellas.
Esa torre en particular no había podido tomar parte en las celebraciones; había sido abandonada mucho tiempo antes de que hubiera reyes humanos en Cormyr. La inscripción polvorienta pero visible que había sobre la puerta dejaba bien claro que era propiedad de elfos, desaparecidos tiempo ha. Aquel fino trabajo manual había alcanzado una altura de tres pisos, aunque el paso de los siglos había obrado su fruto, hasta desmoronarse en un cascarón donde se adivinaban los peldaños cubiertos de hiedra de una escalera.
Thomdor conocía la lección encerrada en aquella historia. La había oído de labios de Rhigaerd, padre de Azoun, igual que algunos años después la contaría al propio Azoun. Ahora el rey la compartiría con el joven Bleth; le hablaría de los dragones que una vez gobernaron la Tierra, y de los elfos que los siguieron. También hablaría de los hombres que llegarían después. La moraleja era clara como el agua para cualquier hombre de corazón noble y mente clara.
«La Tierra no nos pertenece —pensó Thomdor—. Aquí estaba antes que nosotros, y aquí estará cuando hayamos desaparecido. No somos más que guardianes. Hagamos las cosas lo mejor posible el tiempo que nos sea dado permanecer en este lugar».
Si Aunadar iba a escuchar aquella lección, dictada por la historia, de labios de Azoun —pensó Thomdor—, significaba que el monarca debía de haber tomado una decisión respecto al joven Bleth. Vangey, Bhereu y, por supuesto, el grueso barón Thomdor también serían consultados sobre el particular, pero estaba claro que Azoun ya había llegado a una conclusión. De no haber pasado por esta situación en varias ocasiones, el amor propio del barón se hubiera resentido. Pero ¿cómo puede uno quebrar una piedra, uno de los dos pilares que sostiene el peso del reino, que finalmente se sustenta en el rey? Así es como los habían llamado a Bhereu y a él y, como decía su hermano el duque, debían permanecer siempre en las sombras.
Thomdor sonrió y se encogió de hombros. ¿Qué caballero del reino no estaría dispuesto a morir por ostentar los cargos que ellos desempeñaban? Miró a Bhereu e intercambiaron un amago de cómplice sonrisa, ambos eran fáciles de contentar, y tiraron de las riendas para aminorar la marcha de sus monturas al acercarse al rey, en mutuo y silencioso acuerdo por evitar en lo posible tener que escuchar, una vez más, aquella lección de historia.
Al pensar en las sombras, Thomdor clavó la mirada en los restos de la torre élfica, así como en la oscuridad que surgía de su labrado dintel. Alguien había visitado aquellas ruinas, desde su última visita, puesto que no había hiedra en los escalones, y las piedras que podían verse al pasar por la puerta ya no estaban amontonadas junto a los antiguos escombros.
Algo brilló como una moneda de oro en aquella oscuridad. O, quizá, como una armadura.
Thomdor lo señaló al tiempo que abría la boca para decir algo al duque acerca de los cazadores furtivos, cuando la cosa brillante se movió, y un terrible mal se abatió sobre Cormyr.
—¿Qué…? —La pregunta se perdió en la punta de su lengua, al ver que surgía algo de la torre, como un caballo salvaje al ser perseguido. Percibió un brillo cuando la criatura de la torre cargó sobre ellos sin vacilar.
Los cuatro cazadores observaron con ojos desorbitados, paralizados durante un momento ante semejante visión. La criatura era dorada y tenía forma de toro, aunque su piel estaba cubierta de una sinuosa membrana de escamas, muy similar a la de un lagarto. Al salir al exterior de la torre, el sol acarició sus escamas, que a su vez reflejaron la luz en todas direcciones. Los cuernos de su frente alcanzaban una longitud increíble, y eran tan curvos que la punta apenas distaba unos centímetros de los ojos color ámbar que brillaban bajo ellos. De sus fosas nasales surgió vaho al rugir por un hocico claveteado de colmillos, un rugido cavernoso, triunfal. La bestia arañaba el suelo con las pezuñas mientras se acercaba hacia los cuatro hombres montados a caballo.
Las dos monturas más próximas a la bestia, la de Azoun y la de Aunadar, retrocedieron al verlo, volvieron grupas y, finalmente, huyeron a galope tendido. El rey saltó del caballo desenvainando el acero cuando aún estaba en pleno salto. Aunadar Bleth tuvo menos suerte, pues cayó con cierta torpeza al suelo, aunque logró rodar y desenvainar la espada cuando se incorporó. Se había enredado la otra mano con el capote, que al levantarse le cubría parte de la cara.
La bestia dorada se acercaba demasiado rápido como para trazar un plan de ataque. Mientras los caballos huían a galope tendido, Thomdor y Bhereu se esforzaron por impedir que sus caballos de batalla imitaran al del soberano, y para ello tiraban de las riendas como posesos. Entonces, al unísono, ambos primos del rey profirieron una maldición y espolearon sus monturas a paso de carga, al tiempo que desenvainaban la espada. Ninguno de ellos había visto antes semejante monstruo, pero no había tiempo para especular acerca de su naturaleza o para preguntarse cómo había llegado hasta allí. Quizá Vangerdahast, o el sabio Alaphondar, pudieran investigar su origen, después de que lo mataran.
Ambos hermanos se enfrentaron a la criatura dorada en la confusión del entrechocar del acero y de los cuernos de oro. Cada uno se situó en un flanco de la bestia, y al levantar el acero, éste reflejó la brillante luz de un sol moteado; atacaron al unísono los relucientes flancos del toro áureo.
Por regla general, semejante asalto hubiera bastado para acabar con uno o dos jabalíes, mas las hojas de sus espadas no alcanzaban la carne. Al impactar soltaban chispas como si mordieran una armadura, para luego resbalar de manera inofensiva por el lomo de la criatura, arrastrándose como si arañaran metal.
Los hermanos apenas tuvieron tiempo de proferir una maldición antes de que la criatura soltara un berrido, se volviera con la velocidad del rayo y agitara bruscamente la cabeza. Con los cuernos afilados abrió en canal el vientre del caballo de Bhereu, saliendo la sangre a chorros. El caballo tuvo tiempo para proferir un relincho de dolor, antes de caer muerto sobre las entrañas humeantes, arrojando al duque de su silla de montar.
Thomdor tiró de las riendas de su montura acompasando el golpeteo de los cascos y aprovechó para arrojar su lanza. Ésta se estrelló contra el costado de la criatura, produciendo un estruendo seco y metálico, como el del acero al chocar contra acero; después, la lanza quedó en el suelo, incapaz de penetrar la piel del toro.
—¡Maldito sea el infortunio de Beshaba! —maldijo mientras se deslizaba ágilmente por un costado de la silla de montar. De nada servían los caballos, excepto de blancos en movimiento para aquella criatura. El toro se volvió hacia Thomdor y emprendió la carga contra el caballo, aunque tuvo que rendirse cuando la montura galopó hasta meterse en el río.
Thomdor echó un vistazo a sus compañeros antes de que el monstruo de oro se volviera hacia él, para arremeter a continuación a través de arbustos y arbolitos. Al verlo, Thomdor no pudo evitar añadir al repertorio algunas maldiciones a la diosa del infortunio. La mayor parte de la guardia personal del rey se encontraba en alguna otra parte del Bosque del Rey, acompañando a la partida de caza de Thundersword. Todos llevaban la armadura mínima, y para más inri las armas que empuñaban eran para cazar venados, no para emprenderla contra una fortaleza mágica en forma de toro dorado.
Aquel monstruo debía de ser una máquina movida por medio de la magia; producía una serie de ruidos metálicos al desplazarse. Para derribarlo tendrían que atacar por las junturas mecánicas. Thomdor dirigió una mirada hacia la torre en ruinas, pero no vio indicios de actividad en el oscuro umbral, ni más allá. No había ni rastro de otras criaturas de oro, o de quién podía ser el encargado de guiar los movimientos de aquella bestia en particular.
Bhereu se tomó su tiempo para levantarse, y Thomdor vio que el duque estaba pálido y su rostro bañado en sudor. Pensó que ambos se estaban haciendo viejos para todo eso, lo pensó al levantar el pesado acero y cargar contra el monstruo.
Aunadar y Azoun se habían dividido para acometer un plan: su majestad iría por la derecha de la criatura, mientras Bleth, cuyo rostro seguía tapado en parte por la capota, iría por la izquierda. Obviamente, el joven hacía lo posible por no llamar la atención del toro, avanzaba en cuclillas y con suma cautela, dispuesto a incorporarse en cualquier momento. Sin embargo, el rey avanzó de pie, con el pecho fuera y los pies pisando fuerte el suelo de su bosque, al tiempo que profería un desafío.
La bestia se dirigía directamente hacia Thomdor, pero al oír el grito del soberano se volvió para cargar contra Azoun, ofreciendo al barón la oportunidad de golpearla al pasar. Éste no apartó la mirada de la bestia cuya piel semejaba el metal, y descargó con tiento un golpe poderoso en el lugar adecuado.
El impacto hizo temblar a Thomdor hasta la médula, pero su acero firme se hundió profundamente en una de las patas que el toro tenía a la izquierda, justo por debajo de la rodilla.
Mientras él se apartaba indefenso de la criatura, esforzándose por mantener cogida la espada mellada y doblada con la mano adormecida, el monstruo reluciente trastabilló e interrumpió la carga. Cuando el mundo dejó de rodar y rodar para el barón, éste vio que el toro, pese a la cojera, había recuperado el paso.
Sin embargo, la satisfacción que sentía Thomdor duró menos que un suspiro, ya que la fiera no apartaba sus ojos grandes y lastimeros de él, de la propia mirada encendida del barón. El vapor que surgió del hocico del toro bañó su rostro, de modo que Thomdor tuvo oportunidad de oler un hedor amargo y acre, que le recordó al de naranjas quemadas.
El olor resultaba incluso doloroso, y sintió un regusto a aceite en la garganta al retroceder con torpeza unos pasos, preguntándose si podría tratarse de alguna especie de mago rebelde transformado, que tuviera una cuenta pendiente con la corona.
Aunadar aprovechó el avance amenazador del toro hacia el barón, para llevar a cabo su propio ataque. Al cargar hacia él, repitió el error, cometido por los dos primos del rey, de atacar el flanco de la bestia. La punta de su espada rebotó en las escamas brillantes, tan sólo le hizo un pequeño rasguño. El toro agitó la cabeza, y el joven Bleth perdió pie y trastabilló sobre algunos helechos pisoteados.
En aquel momento, tanto Bhereu como el rey se acercaban a la bestia. Thomdor maldijo para sus adentros a Azoun por arriesgar su vida, aunque el rey siempre había sido así, incluso de niño. Pedirle que no se involucrara en un combate, mientras los demás luchaban, era una pérdida de tiempo. El barón apretó la mandíbula, dio unos pasos al frente y lanzó un tajo destinado contra otra articulación. Había apuntado bien, pero la hoja de su acero mordió menos que antes.
Había algo que no encajaba. Alrededor de Thomdor el aire parecía estancado, y aquella grosera sensación de haber olido aceite cuajó en la garganta del barón, mientras el propio bosque parecía cernirse, por todos los flancos, sobre él.
Profirió una nueva maldición y cayó hacia atrás. Perdía la visión de forma paulatina, tanto que todo se reducía a un pequeño túnel alrededor de la enorme y humeante criatura áurea. Una vez más, la bestia cruzó la mirada con la de Thomdor, una mirada fija ante cuyo contacto sintió que empezaba a sudar, a temblar y a sentirse como atontado. En su estado no sólo influía el peso de la edad, sino la magia… una magia mortífera.
Thomdor miró a Bhereu. El rostro de su hermano parecía una máscara mortuoria, y a juzgar por su expresión, también él lo había descubierto. El duque hizo un gesto de asentimiento en muda respuesta a la mirada de Thomdor, al acercarse al toro y atacar las articulaciones con el mismo encono con que Azoun la emprendía con las situadas en el flanco opuesto. Entonces Bhereu abrió la boca para hablar.
Pero lo que surgió de su boca fue una tos débil, y a continuación los ojos de Bhereu se volvieron de un color verdoso y enfermizo. La bestia cargó en su dirección, y todo se vio envuelto en un caos de cuernos en estampida, tajos propiciados por el acero, y retrocesos a la desesperada para librarse de las coces del monstruo, y de su furia. Los dos primos del rey cayeron y rodaron por los suelos, para volver a ponerse en pie. Thomdor cayó al suelo más de una vez, pero el dolor que sentía era como algo distante, como si el mundo se deslizara fuera de su alcance, dispuesto a hundirse en un banco de bruma entumecedora.
El túnel en que todo se había sumido empezó a cabecear, a rodar, y Thomdor supo que iba a abandonarlo muy lentamente, que lograría superarlo, y se agarró al suelo con ambas manos. A su lado, Bhereu rodó sobre sí mismo, pero no intentó levantarse. El toro volvió a rugir cerca, en alguna parte, cuando el Guardián de las Marcas Orientales caminó pesadamente hacia su hermano, utilizando la espada a modo de bastón.
El duque respiraba con dificultad, y contraía el rostro a causa del dolor, mientras sus ojos febriles miraban muy abiertos el cielo azul.
—¡Veneno! —exclamó Bhereu. Thomdor lo tocó, estaba temblando y tenía el cuerpo grueso bañado en sudor. Intentó levantarse, ayudado por el pulso firme de su hermano, pero entonces no pudo más y su cabeza, brazos y piernas cayeron inertes.
Thomdor volvió a recostarlo con mucho cuidado. Magia no, veneno. Sí, eso tenía sentido, sobre todo en lo concerniente a esa invención mecánica. Para tener alguna esperanza de supervivencia, tanto él como Bhereu, tendrían que regresar a Suzail inmediatamente después de que finalizara el combate y permanecer en observación en el real colegio de cirujanos.
El combate. Por cierto, ¿dónde estaba el toro?
Con un zumbido en la cabeza debido al veneno, Thomdor miró en derredor, mientras el túnel cambiaba y oscilaba como loco, hasta que divisó un resplandor dorado.
Aunadar volvía a la carga golpeando al toro sin éxito, aunque la bestia parecía decidida a matar a Azoun, para lo cual no cejaba de dar coces contra el rey, quien, a su vez, no cejaba de esquivarlas. Ante la mirada de Thomdor, Azoun se alejó bailando de una de las pezuñas, y descargó un tajo hacia atrás, hundiendo limpiamente la punta de la espada en el ojo derecho de la bestia. Se produjo un chisporroteo, y el globo ocular, una gema tallada, cayó al suelo.
El toro resopló y lanzó un furioso rugido. En su interior chirrió un fuelle, y del hocico del monstruo, así como de la cuenca vacía del ojo, surgió un humo con olor a naranjas quemadas.
Veneno, recordó Thomdor al dar un paso al frente con piernas temblorosas. Los cuernos hendieron el aire, pero Thomdor los apartó a un lado con la maltrecha hoja de su espada, que después levantó para hundirla débilmente en el agujero que había dejado la gema, inmerso en mitad del humo.
El toro agitó la cabeza, y Thomdor perdió la espada. Se retiró trastabillando, mientras el túnel se hacía más y más pequeño, y la bestia se perdía al fondo, en la distancia…
Azoun golpeó al monstruo en el otro ojo, pero la cabeza dorada animada por la mecánica volvió a evitarlo. El toro escarbó el suelo y cargó contra el rey con la intención de empalarlo con sus malignos cuernos. Tenía la boca abierta, y de ella surgía el humo acre que salpicaba su rostro de esputos aceitosos.
Esquivar a izquierda o derecha implicaba perder las entrañas a favor de aquella cornamenta. Azoun hincó la rodilla en tierra, y levantó la hoja de la espada ante él. Cuando la criatura cayó sobre él, el rey tiró una estocada desesperada que logró hundir hasta la empuñadura en el hocico abierto del toro.
Surgieron chispas y esquirlas de metal cuando la hoja de la espada hurgó en el interior del toro, de órgano invisible en órgano invisible, hasta que, después de un repiqueteo metálico, la punta asomó por la parte posterior de su cabeza, expulsando una suerte de espeso líquido purpúreo.
La bestia mecánica permaneció inmóvil durante un breve instante con los cuernos a unos centímetros del rey; parecía trinchada por la espada. Entonces, lentamente, casi con elegancia, apoyó la grupa en el suelo. De su cuerpo surgió una serie de zumbidos que reverberaron fugazmente, para quedar reducidos al silencio.
Precisamente el silencio se impuso de inmediato en aquel campo de batalla teñido de un hedor acre. El rey soltó la empuñadura de la espada y se levantó con paso inseguro y los hombros temblorosos. Aunadar, el único que aún empuñaba la espada, propinó un par de patadas a los restos brillantes de la criatura.
Estaba inmóvil, pero Thomdor apenas podía verlo al otro lado del estrecho túnel. Dio un paso al frente, y tuvo que decir a Azoun que pidiera ayuda para Bhereu…
El barón cayó de pronto al ver el aspecto de su majestad. El rey tenía la piel amarillenta, tan tensa en la cara como la de cualquier momia en la tumba. Tenía abiertos como platos los reales ojos, a punto de caer presa del pánico, y el ceño y la barbilla estaban completamente bañados en sudor.
El rey murmuró algunas palabras que Thomdor no entendió, y a continuación cayó ante los cuernos del toro áureo.
Thomdor lo miró, consciente de que le flaqueaban las piernas, mas Aunadar apenas tardó un instante en situarse a su altura para sostenerlo, y preguntó con una voz aguda, fruto del miedo:
—¿Qué sucede? ¿Qué les ocurre al rey… y al duque? ¿Están enfermos? El toro no los ha alcanzado, ¿qué es lo que pasa?
El túnel de su visión se empequeñecía de forma paulatina; Thomdor se apoyó en un hombro que parecía temer la fuerza de su peso. Tenía que ordenar al muchacho que pidiera ayuda, o la casa real de Obarskyr estaría perdida.
—Bota… derecha —logró decir el barón. Las palabras surgieron cómo ácido de su boca; apenas podía hablar—. Bota derecha del… rey —indicó, ronco—. Varilla.
Aunadar lo observó un instante sin comprender, como si intentara traducir las palabras confusas de Thomdor en un diálogo coherente. Después se arrodilló junto al rey y palpó en su bota derecha. Sus dedos se cerraron en torno a algo, y a continuación dedicó una mirada de interrogación a Thomdor mientras tiraba de ello: era una delgada varilla, envainada en el forro de la parte alta de la bota.
Thomdor apretó la mandíbula y se las apañó para inclinar la cabeza, mientras ordenaba mentalmente al joven que hiciera lo que tenía que hacer. El túnel se había estrechado tanto que apenas era nada, y la oscuridad que había a su alrededor estaba surcada de oscuras y monstruosas serpientes y arañas que esperaban a que el Guardián de las Marcas Orientales flaqueara, para así completar el trío de nobles.
Aunadar se volvió hacia el barón con la varilla extendida sobre la palma de la mano. Su joven rostro dibujó una expresión inquisitiva e inocente.
Thomdor se humedeció los labios, que de pronto sintió gruesos y entumecidos.
—Rómpela —intentó gritar, pero su voz se quedó en un susurro entrecortado.
El joven permaneció inmóvil. O bien Bleth ya no comprendía sus palabras, o no decía lo que pretendía decir.
Repitió la orden, pero el adolescente siguió inmóvil con la varilla en ambas manos y una expresión confundida y expectante en el rostro.
Con los últimos coletazos de fuerza, el barón Thomdor de Arabel, Guardián de las Marcas Orientales y real mano derecha del rey Azoun IV de Cormyr, se abalanzó sobre las manos del muchacho y cogió la varilla que chascó como si de un hueso quebradizo se tratara.
Un zumbido que al barón le pareció de lo más familiar se extendió por el claro, y una diminuta moneda de plata apareció surgida de la nada para flotar suspendida del aire, antes de girar de golpe, desprender un destello y agrandarse hasta dar forma a un aro, que volvió a aumentar su tamaño sin pausa ni descanso y adquirir la forma de un portal circular. De ese acceso a alguna otra parte surgió una escuadra de la guardia real, uniformada de púrpura y blanco, clérigos de Tymora de azul y plata, y magos guerreros enfundados en túnicas de color violeta. Vangerdahast fue el último en llegar, vestido el anciano y grueso mago con su habitual túnica marrón rojizo, balanceándose ligeramente al andar, gritando órdenes a diestro y siniestro.
El mago del reino se arrodilló junto al rey, y acto seguido levantó la mirada para gritar algo. Thomdor ya no alcanzaba a comprender qué era lo que se decía, y su visión se había estrechado hasta convertirse en un simple punto de luz, pues veía al mago de la túnica bermeja arrodillado en mitad de un vacío sin igual de resbaladiza oscuridad.
Habían llegado a tiempo. Había aguantado hasta pedir ayuda. Pasara lo que pasara, el mago se encargaría de averiguarlo y resolverlo. Vangerdahast lo arreglaría todo. La corona estaba a salvo.
Y con ese pensamiento en mente, Thomdor abandonó el último eslabón férreo que lo mantenía con vida, y dijo adiós a la tenue luz.