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Lealtades

—Vaya, nuestra tímida princesa al fin mostró algo del temple familiar —señaló Rhauligan, levantando su copa ante su compañera en la sala del Morro—. Imagino que tendremos que ponerle un garrote en las manos más a menudo.

—¿Te refieres a cuando gobierne Cormyr? —replicó Emthrara con una sonrisa, al tiempo que brindaba con él.

—Estoy un poco mayor para refriegas matinales como, por ejemplo, la de hoy —respondió Rhauligan, haciendo un gesto de asentimiento.

—Querrás decir que estás más gordo —repuso Emthrara, negando con la cabeza para dar a entender al parroquiano que se le acercaba que no tenía ganas de bailar en aquel momento. El hombre le mostró tres leones de oro, pese a lo cual Emthrara se mantuvo en sus trece. El hombre enarcó las cejas y siguió buscando por la atestada taberna del Dragón Errante a una mujer dispuesta a decirle que sí. Rhauligan lo observó marcharse, aunque el parroquiano no tuvo que ir muy lejos.

—Al menos hemos dado buena cuenta de la amenaza que pendía sobre el trono —dijo. Se humedeció los labios y observó su vaso con placer.

—Al menos a esta amenaza concreta —puntualizó la Arpista—. Conociendo a nuestros valientes nobles, es de suponer que habrá más.

En un lugar mucho más oscuro y tranquilo que el Dragón Errante, donde se cruzaban dos pasadizos en uno de los rincones menos transitados de la corte real, un joven noble de barbilla prominente estaba de pie hablando con la nada, en voz baja.

—Le preguntaré lo mismo que pregunté a Gaspar Cormaeril y a Vangerdahast —dijo Immaril Emmarask, primo del recién fallecido Ensrin—. ¿Y qué saco yo de todo ello?

—¿Servir con lealtad a Cormyr? —sugirió la voz de mujer—. ¿Un futuro mejor para el reino?

—Grandes sueños, argumentos demasiado manidos por quienes buscan justificación para todas las triquiñuelas y desmanes que llevan a cabo —argumentó Immaril—. Ofrézcame algo de peso.

—Un típico ejemplar de la joven nobleza cormyta —dijo la voz que surgía del conjunto de luces parpadeantes.

—Preferiría considerarme más honesto que la mayoría —respondió Immaril, volviendo a encogerse de hombros—. No me molesto en ocultar los mismos sentimientos que empujan a la mayoría de los míos. A diario comprobamos que quienes sirven a la corona disfrutan de riqueza y poder, quizá por mantener la boca cerrada. ¿Por qué iba a ser yo diferente?

—Eso, ¿por qué? ¿Me servirías si llenase ahora mismo la palma de tu mano con toda suerte de rubíes?

—Antes me gustaría saber algo más sobre usted —titubeó Immaril—. ¿Acaso voy a inmiscuirme en rencillas que se remontan a generaciones en el tiempo? ¿O tiene algo que ver con algún que otro dragón en busca de venganza? ¿O un Mago Rojo que pretende esclavizar a toda Cormyr? ¿O un archimago que la ha emprendido con el reino por puro entretenimiento?

—Sería preferible que no lo supiera —respondió la voz—, aunque, mejor pensado, podemos compartir algunos secretos. Dígame quién está de parte de Vangerdahast, y yo le diré qué… no, quién soy.

—Me parece justo —aceptó Immaril, al tiempo que miraba a su alrededor—. Veamos… Los Dauntinghorn, al menos la mayoría de ellos, los Rowanmantle, los Rallyhorn, los Skatterhawk, los Immerdusk, los Wintersun, los Wyvernspur, los Indimber… y la familia Indesm.

—¡Ah! —exclamó la voz—, parece haber reunido a una pléyade de las familias más segundonas de toda la nobleza.

—La mayoría es gente del campo que, como mucho, visita la corte una vez al año —respondió Immaril, encogiéndose de hombros—. La mayor parte de la nobleza urbana, la verdadera nobleza de Cormyr, se ha unido contra Vangerdahast. Como grupo, son lo bastante avariciosos y estúpidos como para creer que pueden confiar el uno en el otro, y regir el reino mejor que un Obarskyr respaldado por todos los magos guerreros habidos y por haber. La reciente y súbita desaparición de Ondrin Dracohorn debería constituir una prueba de lo contrario suficiente, incluso, para los más cabeza huecas, pero muchos de nosotros creemos únicamente lo que nos da la gana, y no lo que nos demuestra el mundo como la verdad. —Levantó la voz un poco, y añadió—: Yo diría que ahora es mi turno. ¿Quién es usted?

—Una mujer con mano para la magia.

—Eso es evidente. Esperaba descubrir algo más de lo que ya ha demostrado con creces.

—Me parece justo —respondió la voz que surgía de las luces—. Sepa que, en un tiempo, compartí el lecho con el rey Azoun, y…

—Tuvo un hijo suyo —interrumpió tranquilamente Immaril—, razón por la cual quiere ver muertos a todos los Obarskyr. Señora, no me dice usted nada que ya no sepa. Confío en que sabrá que aproximadamente la mitad de la descendencia de la nobleza cormyta lleva a cuestas el cartel de hijos ilegítimos de nuestro Dragón Púrpura.

Se produjo un breve silencio, y cuando la voz volvió a hablar, lo hizo en un tono mucho más frío y calculador.

—Algo había oído al respecto, sí. ¿Cuántos nobles tendrán que morir, en tal caso?

—Señora —repuso Immaril, serio—. No tendrá rubíes suficientes como para permitirse tantos asesinatos, créame. Además, se dice que yo mismo, sin ir más lejos, soy hijo de Azo…

El rugiente haz de muerte blanca que surgió de las luces danzarinas tan sólo dejaron motas de cenizas y un olor a carne quemada en el lugar donde se cruzaban los dos pasadizos. Un instante después, las luces parpadearon y se fundieron en la oscuridad.

Cuando el capitán de los Dragones Púrpura, Lareth Gulur, llegó caminando al cabo de un minuto, con la espada a medio desenvainar y mirando a su alrededor, en busca de lo que fuera que hubiera causado aquel estruendo, lo único que quedaba eran los restos del asesinato que se había perpetrado. Se detuvo, husmeó el aire, arrugó el entrecejo e hizo un gesto de impotencia. Más magia. Alguien, quizá dos combatientes enfrentados en duelo mágico, habían perecido allí mismo. Jamás pensó que la corte de Suzail pudiera ser un lugar más peligroso que los campos de batalla de la Horda Tuigana. Sin embargo, así era. Quizás había llegado el momento de retirarse y sentar cabeza en cualquier valle que se preciara de tranquilo, y dedicarse el resto de su vida a fabricar cerveza. Gulur profirió un suspiro y regresó a su puesto de guardia. Sabía que jamás abandonaría aquella tierra, sucediera lo que sucediese. Sólo esperaba no dar antes de tiempo con los huesos en una fosa olvidada en tierra cormyta. Quería volver a ver el reino en paz, antes de morir.

Dauneth Marliir ahogó un grito y retrocedió asustado al ver que la espada con la que asestaba el golpe se imbuía de vida, rodeada por chispas que discurrían desde la punta hasta la empuñadura. Aún temblaba incapaz de hacer nada, cuando un joven dejó el vaso que tenía en la mano en una mesa lateral, se acercó a él, le quitó la espada, cerró la puerta de una patada, y con su hombro atenazó la garganta de Dauneth.

—Dos dagas en su cinto, y una en la bota izquierda —dijo Vangerdahast, esbozando una sonrisa.

Unos dedos ágiles libraron a Dauneth de las armas indicadas, que acabaron surcando el aire hasta aterrizar junto a la espada, con el consiguiente ruido metálico.

—Venga por aquí, y siéntese —ordenó Giogi Wyvernspur al prisionero—. Cat… oh, disculpe, supongo que ya conoce a mi mujer, lady Cat Wyvernspur. Lo siento, debí presentarlos antes. Cat lamentaría sobremanera que Vangey tuviera que freírlo a usted con alguno de sus hechizos. Acostumbra a echar a perder el mobiliario y deja unas manchas horrorosas, por no mencionar lo demás.

—¡Suélteme! —soltó Dauneth, mientras hacía un esfuerzo por recuperar el aliento. Descargó un golpe hacia arriba con el hombro que, sin embargo, pareció topar con una especie de barrera intangible.

—Ah, ah —reprobó Giogi—. Juegue limpio, por los dioses.

—¡Mago! —rugió Dauneth, sin presentar atención al comentario del noble, y temblando con una rabia que de pronto parecía capaz de consumirlo—. ¡Ha traicionado a su rey, a la corona, a Cormyr! ¡Ha conducido al reino al borde de la guerra!

El mago de la corte enarcó las cejas ante aquel comentario.

—Percibo un ardor en los jóvenes nobles del reino, que a menudo me encantaría que pudieran conservar durante la madurez, cuando son más sabios. De todas formas, me complace ver que puede distinguir entre los diversos conceptos que acaba de enumerar: monarca, gobierno, reino. Pocos de los suyos de sangre azul tienen esa misma capacidad. Se lo aseguro, Dauneth Marliir, hijo, por cierto, de una familia que ha demostrado cierta experiencia a la hora de dirimir lealtades, actúo por el bien de estos tres conceptos.

—Ahórreme sus mentiras —gritó Dauneth cuando Giogi lo sentó en una silla, sonrió como el anfitrión de primera que era, y ofreció a Dauneth sin decir ni mu un vaso de vino.

El joven se incorporó de pronto en la silla, arrojando el contenido del vaso sobre el rostro de Giogi. A continuación se levantó del todo y echó a correr por la habitación, sacando la daga que ocultaba en una manga, daga cuya existencia ignoraba Vangerdahast.

Lady Wyvernspur se dispuso a actuar con las manos elevadas a modo de plegaria. Murmuraba unas palabras cuando Dauneth rodeó el cuello del mago con uno de sus largos brazos, y amenazó su cuello con la hoja de la daga.

Pero también en esa ocasión dio contra una especie de barrera invisible, de la cual surgió una llamarada. Dauneth hizo caso omiso de la súbita descarga de calor, y apretó con más fuerza la daga.

—Desista, joven Marliir. No tengo el menor interés en matar a un paisano leal a Cormyr.

En aquel momento el dolor alcanzó una intensidad insoportable. Dauneth se agarró a la empuñadura de la daga como si su vida dependiera de ello.

—No temo dar la vida, si consigo acabar con semejante amenaza para el reino que amo —replicó, reuniendo las pocas fuerzas que le quedaban.

—¡Dioses, cuánto me gustaría oír esas palabras en labios de los grandes de Cormyr! —exclamó con admiración una voz situada a su izquierda. Dauneth levantó la mirada que mantenía fija en la punta de su daga, que por cierto ya había adquirido una tonalidad rojiza, daga que apenas distaba unos centímetros del cuello velludo del anciano, y vio una figura envuelta en sombras que abandonaba su escondrijo en el umbral. Quien había observado la escena dio un paso al frente y sonrió de oreja a oreja, y al bañar la lámpara con su luz el rostro del recién llegado, Dauneth ahogó un grito y soltó la daga. Apartó las manos lentamente del mago, que se frotó la nariz, se arregló las ropas como pudo, y se acercó sin titubear hacia la botella de vino que Giogi, ocupado en secar el líquido que aún resbalaba por su rostro, había dejado encima de una mesa.

—Te haces viejo, Vangey —dijo el hombre apoyado en el dintel de la puerta.

—Viejo y olvidadizo —replicó Vangerdahast, levantando la botella sin molestarse siquiera en coger un vaso—. Quizá sea el momento de empezar a buscar a alguien que me sustituya.

Dauneth observaba al hombre, incapaz de articular palabra.

—Pero si estáis aquí… —dijo, cuando consiguió recuperar el habla—. Entonces, ¿qué sucede en la corte? ¿Quién intenta gobernar Cormyr?

—Un montón de gente, muchacho —respondió el mago real con una sonrisa en los labios—. Un montón de gente. Las razones de todo ello se remontan al pasado, aunque para ver en qué desemboca es necesario que nos dirijamos a palacio. Coja su espada, joven Marliir, que a estas alturas ya nos estarán esperando.