17

Encuentros

El hombre de la túnica cubierta de gemas y los calzones de pan de oro se arrodilló, desenvainó la espada y la depositó a los pies del hombre silencioso que también vestía una túnica.

—Yo, Embryn Crownsilver, consciente de las implicaciones que conlleva, pongo con toda solemnidad mi honor, mi acero y el brazo que lo esgrime al servicio del regente de Cormyr —dijo con firmeza, permaneciendo arrodillado—. Me esforzaré por precipitar la caída de los Obarskyr decadentes, que han regido nuestros destinos desde hace tanto tiempo. —Sus últimas palabras reverberaron en aquella sala de techo alto, pero de pequeñas dimensiones.

—Recoja la espada —dijo en voz baja el hombre ante el cual se había arrodillado—. No olvidaré sus palabras.

Más bien titubeante, el noble Crownsilver se incorporó con la espada enjoyada en la mano. La envainó con una floritura, se volvió y, mientras su media capa se mecía al vaivén de su ademán, se alejó caminando con paso rápido.

El hombre de la túnica lo observó mientras se alejaba. Al parecer, los nobles del reino tenían costumbre de hablarse con plena confianza. Era la quinta vez a lo largo de aquella mañana que alguien le juraba fidelidad, sin que nadie hubiera dicho en público una sola palabra acerca de una posible regencia. No era sorprendente que se observase semejante silencio; para muchos, sobre todo en Suzail, la palabra «regente» era sinónimo de «tirano». Aunque en lugar de esta palabra uno también podía decir «Salember», con la seguridad de que a nadie se le escaparía su significado.

Vangerdahast, regente real. El hombre de la túnica esbozó una fugaz sonrisa mientras adoptaba una postura teatral, haciendo sombrilla sobre sus ojos al mirar hacia la pared más lejana de la antecámara, con una corona imaginaria sobre su cabeza. Entonces lanzó un bufido burlón, y concentró toda su atención en los libros de hechizos. Qué cosas más raras podían suceder en un reino, cuando a la gente le daba por poner en práctica ideas propias…

No muy lejos de palacio, en el ala más cercana de la corte, dos nobles charlaban animadamente.

—Si mi hijo regresa alguna vez de vagabundear con la princesa Alusair —dijo uno de los dos nobles—, lo enviaré lejos del reino durante uno o dos meses. No quiero que nadie piense en él como en un rey futurible, para acto seguido hundir una daga en su espalda por simple precaución.

—¿Un Skatterhawk en el trono? —se preguntó Sardyn Wintersun—. Sabes, no me cuesta imaginarlo. ¿Aún piensa tu hijo que la luna, el sol y las estrellas obedecen a los caprichos de la princesa?

—Así es, mi señor, y aún puedo decir más. —Narbreth Skatterhawk tenía aspecto de presumido—. Un Dragón Púrpura al que ella despachó desde Estrella del Anochecer con el último informe, afirma que la vio besarlo en los labios, afanosa como la moza de una taberna, ¡delante de todo el mundo!

—No pretendo con ello perjudicar nuestra amistad, mi señor, pero la gente de a pie asegura que Alusair sería capaz de besar a su caballo si trotara sobre ella —dijo Sardyn, riéndose y peinándose el cabello canoso con la mano.

El cabeza de la familia Skatterhawk soltó una risotada algo forzada quizá, pero fuera lo que fuese lo que iba a decir, se vio interrumpido por la alegría con que los saludaron a ambos.

—¡Cuánto me alegra veros en este bonito día, pilares del reino!

Sardyn paseó la mirada de un lado a otro con mucha elocuencia antes de volverse, cosa que a Narbreth casi lo hizo explotar de la risa. Casi.

Ondrin Dracohorn estaba resplandeciente enfundado en su túnica llamativa de color escarlata, cuyos botones del pecho lucía abiertos hasta la cintura con tal de mostrar claramente la pesada fila de estrellas doradas y medallones que se parecían, sin serlo, a las medallas concedidas por la corona al soldado valeroso.

El tono de su traje iba a la zaga de los escotes generosos que lucían cada una de las damas que se cogían de los brazos de Ondrin, damas cuya belleza era motivo de admiración para cualquier noble, en fiestas y reuniones. Eran las mejores que uno podía comprar con dinero y discreción en Suzail. Su elegancia hacía que el hombrecillo emparedado entre ambas pareciese una especie de pavo real de peluche.

Ni Sardyn ni Narbreth hicieron el menor esfuerzo por señalárselo, por supuesto. Sus familias, los Skatterhawk y Wintersun, pertenecían a la nobleza de menor rango, a la nobleza rural, y sería poco elegante ofender a un miembro de las familias nobles afincadas en la capital. En lugar de ello, le ofrecieron la mejor de sus amplias sonrisas.

—¡Ondrin, viejo amigo! —exclamaron al unísono—. ¿Cómo le va al Dracohorn cuyos consejos escucharía cualquier persona en su sano juicio?

—Las cosas no podrían irme mejor, señores míos, o podrían irme mejor —respondió Ondrin agitando despreocupadamente la mano—. Acabo de enterarme de que Embryn Crownsilver ha ido a visitar al mago de la corte para tratar cierto asunto.

Los líderes de la familia Skatterhawk y Wintersun intercambiaron una mirada.

—Ya nos habíamos enterado de ello, Ondrin. No hace falta que te muerdas la lengua. Habla —comentó Sardyn, que después guiñó un ojo a una de las damas de alquiler. Ésta, a un paso por detrás de Ondrin, al que sacaba una cabeza, decía «¡no, por favor, no!» con los labios, sin que ningún sonido saliese de ellos, al tiempo que abría los ojos desmesuradamente, al oír aquella invitación a Ondrin para que hablara.

Ondrin rió como el hombre de mundo que era.

—Conozco secretos que aún no me atrevo a revelar, ni siquiera a un par de buenos amigos como vosotros. Tan sólo diré esto… —Se acercó un poco más, como un muchacho que confesara furtivamente un secreto menor, y susurró en voz alta—: Lo mejor sería ir a visitar al mago de la corte. Más que nada, para ofrecerle mi apoyo en su pretensión de acceder a la regencia.

La persona a quien Ondrin iba a apoyar para la regencia se deslizaba en aquel momento tras una cortina en el guardarropa adjunto a sus dependencias. La diminuta esquina de la estancia a la que fue a dar incluía un busto de mármol de un Baerauble con cara de aburrido, encima de un pedestal situado a la izquierda de Vangerdahast, y un estante con toallas plegadas y platos con diversos jabones aromáticos a su derecha. Una estantería con rostros de gárgola tallados, que guardaban cierto parecido con los cuatro anteriores sumos hechiceros del reino, colgaba de la pared, y el suelo estaba dispuesto como un tablero de ajedrez que alternaba baldosas blancas y negras.

Sin reparar en la mirada imperturbable de Baerauble, el mago de la corte apoyó una mano en su cabeza y estiró incómodo la otra para tocar con los dedos la nariz de cierta gárgola, momento en que tocó con la punta de la bota derecha la esquina de un azulejo. Un fulgor se elevó y crepitó a su alrededor.

Al desaparecer estaba en alguna otra parte donde también había toallas y jabón. Era el armarito del servicio, situado frente al descansillo de una de las estancias de la realeza. El eco de las voces que esperaba oír llegó a sus oídos con total claridad, al hacer un gesto determinado; ya podía sentarse cómodamente sobre la nada dispuesto a escuchar, con su generoso trasero apoyado en pleno aire.

—… Sé que todo te parece confuso, Tana —dijo con calma Aunadar Bleth—, pero Cormyr ha afrontado momentos peores que éste, y ha sobrevivido. Si los dioses deciden llevarse con ellos a vuestro padre, tendréis que aceptar la corona y gobernar tan bien como él hubiera querido que lo hicierais.

La princesa real se limitó a sollozar a modo de respuesta.

—Decidáis lo que decidáis, yo estaré aquí —siguió diciendo Aunadar en voz baja. «Lo más probable es que tenga la cabeza de la princesa en sus brazos, mientras le acaricia el pelo», pensó el mago. Casi sonrió, pero en lugar de ello las siguientes palabras del joven Bleth lo hicieron ponerse tieso como una vara.

—Yo, y algunos otros, estaremos a vuestro lado por mucho que ese viejo mago quiera hacer de las suyas. Está reuniendo nobles para proclamarse regente real, ya sabéis. Incluso he oído que va a emplear hechizos para fabricar alguna suerte de documento, firmado por vuestro padre, en el que se lo autoriza a regir… un documento cuya firma es mágica, por supuesto. Afirma tener intención de gobernar el reino sólo hasta que os sintáis capacitada para hacerlo, o hasta que tengáis un heredero, pero en cuanto ponga las manos encima del Trono Dragón, nadie con sangre Obarskyr volverá a sentarse en él.

—¿Y qué debo hacer? —preguntó con voz entrecortada y susurrante—. ¡Tiene todos esos hechizos! ¡Y sabe dónde está oculta toda la magia y la riqueza de mi padre, y… sabe qué hacer con los nobles, qué prometerles, con qué amenazarlos, para que bailen al son de su música!

—No todos, alteza —repuso Bleth con firmeza—. Algunos hombres están dispuestos a desenvainar su acero para defender la causa más justa. Son un puñado de valientes, entre los cuales me siento afortunado de poder contarme. ¡Cuando el reino me necesite… cuando vos me necesitéis, paloma de mi corazón!

—¡Oh, Aunadar! —exclamó la princesa real con un suspiro de agradecimiento bañado en lágrimas—. ¡No sé qué haría sin ti! Todos esos hombres hoscos que vienen a pedirme que tome decisiones, cuando en realidad lo único que esperan es que cometa un solo error… uno solo. Entonces podrán reír, asentir condescendientes y decir: «¡Ah, sabía que no estaba preparada para gobernar! ¿Veis el desastre que ha obrado en nuestras tierras? ¡Lo mejor sería ejecutarla de inmediato o enviarla a cualquiera de nuestros lechos para que dé a luz un heredero a quien podamos respaldar como al legítimo rey!».

—Creo que estáis preparada para reinar, princesa mía. Yo me dispongo a luchar con esta espada para daros esa oportunidad, ¡y me enfrentaría a todos los magos de Faerun si fuera necesario!

—¡Oh, Aunadar! —Tanalasta volvió a ahogar un grito. En la penumbra del armarito de la servidumbre, Vangerdahast hizo ademán de llevarse los dedos a la boca para provocarse el vómito, en una burla que carecía de espectadores. Si tenía que escuchar más cosas como aquélla…

Los sonidos húmedos y los murmullos que llegaban a sus oídos daban a entender que se estaban besando. Eran besos desesperados, largos y hambrientos, de los que provocan el desmayo a las camareras de la casa real, y a los ancianos recordar el pasado sumidos en la nostalgia. Vangerdahast casi abrió de par en par la puerta del pequeño armario, para sorprenderlos con las manos en la masa.

—Ahora debo irme, querida —dijo Aunadar—. El mago se muestra incansable en su capacidad para urdir intrigas y planes, y mientras nosotros estamos aquí hablando él no para de tejer. Mis amigos y yo debemos mostrarnos incansables en nuestra lucha, ¡o ninguna de las familias nobles de esta tierra será leal a la reina Tanalasta, cuando ésta sea coronada!

—¡No digas eso, Aunadar! —protestó la princesa—. Mi padre se recuperará y…

—Por supuesto —interrumpió el noble, bajando el tono de su voz—. Y cuando lo haga, vos podréis demostrar lo decisiva y equilibrada que fue vuestra capacidad para administrar el reino, vuestra devoción mientras él guardó reposo. Sé que lo haréis. Adiós, Tana, hasta que nuestros labios vuelvan a encontrarse.

—¡Oh, Aunadar, ten cuidado! ¡El mago tiene agentes en todas partes! ¿Tendrás cuidado?

—Lo tendré, princesa —la voz del joven Bleth parecía alejarse, y la puerta se cerró. Tanalasta estalló en sollozos.

Vangerdahast la escuchó llorar durante un rato, con la compasión dibujada en su ceño fruncido, hasta que se encogió de hombros. ¿Así que quería ser una verdadera Obarskyr? Entonces había llegado el momento… es más, había pasado ya el momento de que demostrara de qué pasta estaba hecha. Regir un reino no era algo con lo que se pudiera jugar.

Abrió la puerta sin hacer ruido y se acercó hasta el diván donde ella permanecía sentada con el cuerpo doblado y la cara hundida entre las manos. Aquél parecía su lugar preferido, y sin duda lo habían utilizado mucho durante los últimos meses, ella y el joven Bleth, que se habrían sentado juntos sosteniendo sus manos antes y después de cada banquete en la corte.

Vangerdahast suspiró aposta y se sentó bruscamente junto a la princesa. Tanalasta levantó la cabeza de forma automática. Estaba tan pálida como una estatua, excepto por dos surcos de lágrimas plateadas que descendían por sus mejillas desde aquellos dos ojos enrojecidos.

—¡Usted! —exclamó, horrorizada—. ¿Cómo ha entrado aquí?

—Magia, alteza —respondió Vangerdahast, esbozando una sonrisa—. Ya sabéis, chasqueo los dedos y… ¡Por esta razón Cormyr sigue siendo tan fuerte como siempre!

Tanalasta se levantó y se volvió hacia él; sus ojos rezumaban puro odio.

—¿Me está amenazando, mago?

—Yo jamás amenazo, niña, pero sí prometo —respondió con voz serena a su mirada asesina el mago de la corte.

Los labios de Tanalasta dibujaron una línea apenas perceptible.

—¡Tendría que ordenar que lo encadenaran y lo encerraran en un calabozo, tras haber sido azotado, y al final cortar su cabeza por haber irrumpido en las estancias de una dama sin su permiso! ¡Podría usted haber entrado aquí con intención de dar a Cormyr un heredero!

—Temo que no se trate de algo tan trabajoso, princesa —respondió Vangerdahast abriendo desmesuradamente los ojos y moviéndolos de un lado a otro—. No, he venido a veros por otra razón. —Hundió la mano en su túnica y sacó un pergamino plegado. Tanalasta abrió los ojos como platos al ver los sellos reales estampados en el documento.

—No, no se trata de la escritura falsificada que el joven Aunadar ha estado diciendo a todo el mundo que yo me procuro mediante el uso de la magia —dijo el mago—. Si os molestáis en comprobarlo vos misma, veréis que los sellos no han sido abiertos y que ninguno de ellos pertenece a Azoun.

Le tendió el pergamino, y tras una breve vacilación, ya que temía activar alguna especie de trampa mágica, la princesa se lo arrebató de las manos, para acto seguido examinar los sellos. El sello del Estado, el antiguo sello de la corte —que se encontraba en el torreón de su madre, la reina—, y el propio sello de Filfaeril, con los dos diminutos medallones Obarskyr que siempre añadía.

Tanalasta rompió los sellos con visible impaciencia, y se quedó petrificada por temor a la posibilidad de haber desatado una trampa mágica; al ver que no sucedía nada anormal, abrió el documento.

—Como podéis comprobar —dijo Vangerdahast, en tono cansino—, se trata de un escrito reciente relacionado con la regencia, firmado por vuestra madre la reina Filfaeril. Puesto que tanto vos como ese Bleth vuestro parecéis despreciar de tal modo la autoridad del propio rey Azoun en un anterior documento, así como la de su padre Rhigaerd, tuve la precaución de procurarme otra autorización que diera fe de mi autoridad. También, como podréis ver, espera vuestra firma. Ante todo, mi primera prioridad, como siempre, es la seguridad del reino, pues no tengo interés en gobernar con las protestas insidiosas de la heredera Obarskyr como telón de fondo, si de algún modo puedo evitarlo.

—¿De veras cree que voy a firmar esto? —inquirió la princesa, cuyas aletas de la nariz daban muestra de su enfado.

—Espero que consideréis las implicaciones de todo cuanto quiera que hagáis, que tengáis en mente el bien del reino antes que vuestros propios deseos. Es lo que vuestros ancestros, y los magos que los sirvieron, desde el propio Baerauble el Sabio hasta, en fin, un servidor, han hecho desde tiempos inmemoriales. En eso, precisamente, consiste el ocupar el Trono Dragón.

—Usted lo que quiere es obligarme a entregarle la corona —susurró Tanalasta, cuya voz temblaba de la rabia.

—No, moza, no es eso —repuso llanamente el mago—. Si ceñir la corona fuera lo único que me interesara, podría hacerme con ella en cualquier momento, cosa que sabéis de sobra. Tal y como Aunadar no ceja de recordaros, dispongo de todos esos hechizos.

—¿Entonces por qué no os habéis apoderado de ella? ¿Por qué razón no os habéis erigido en regente? —preguntó Tanalasta, casi a voz en cuello—. ¿Cuál es vuestro juego, mago?

—La vida es mi único juego, Tanalasta… La vida del reino, y de todos y cada uno de los nobles que intrigan, de los perros que lamen la mano que los golpea, y de las princesas tontorronas que habitan en él. Mi trabajo consiste en fortalecer Cormyr, no en ampliar sus fronteras, no en procurar su decadencia, sino en convertirlo en un lugar donde se viva mejor. El mío es un juego donde las apuestas se resuelven a largo plazo, soy un corredor de fondo, aunque, por supuesto, ésa ha sido siempre mi forma de ser.

Tanalasta frunció el entrecejo, y sin apartar la mirada del mago, empezó lentamente a arrugar el documento. De pronto se produjo un destello de luz, un suave y paralizador movimiento de las yemas de sus dedos, y descubrió que no tenía nada en las manos.

Ahora era Vangerdahast quien sostenía el pergamino. De hecho, lo agitaba delante de sus narices.

—¿Debo interpretar que no estáis dispuesta a firmarlo? —preguntó el mago, enarcando las cejas.

—¡Jamás! —respondió Tanalasta—. ¡No sé qué clase de magia ha utilizado con mi madre para conseguir que lo firme, pero jamás en la vida conseguirá que yo participe en sus intrigas! ¿Qué le ha hecho?

—¿Hecho yo? ¿A ella? —Vangerdahast pestañeó—. Nada, niña. Me parece que habéis leído demasiadas novelas.

—¡Fuera de aquí! —gritó Tanalasta, señalando la puerta con ademán imperioso—. ¡Salga ahora mismo de aquí!

—No podréis huir siempre de los problemas, supongo que de eso ya sois consciente —respondió el mago levantándose—. Si no queréis gobernar el reino, alguien tendrá que dar un paso al frente y hacerlo por vos.

—¿Alguien como usted? —preguntó la princesa con una mueca burlona.

—O cualquiera… —el mago se encogió de hombros— si de veras a vos no os importa quién sea; literalmente cualquiera podría hacerse cargo del trono. Un mercader ambicioso de Sembia, quizás, o un zhentarim, o una clérigo de Loviatar, que podría considerar las labores del gobierno satisfactoriamente dolorosas. ¿Quién sabe? Decidir si gobernar o no, o qué hacer si aceptáis el peso de la corona, es una decisión que tan sólo os atañe a vos… y, princesa, sería mejor para el reino que esa decisión la tomarais vos sola, no con Aunadar. No con vuestras camareras. No con Alaphondar o Dimswart, ni siquiera conmigo. De otro modo, no podríais considerarla una decisión vuestra.

—La puerta os espera —repuso fríamente Tanalasta.

—Hasta nuestro próximo encuentro, princesa. —Vangerdahast se inclinó ante ella, e hizo ademán de hincar la rodilla.

—¡Espero que eso no suceda nunca! —gritó ella, dejando traslucir su ira en la voz.

—¿Podemos entonces decir «hasta que toméis vuestra decisión»? —preguntó con la mano en la puerta. Al cabo de un momento la había atravesado y se alejaba caminando, mientras escuchaba cómo la princesa la emprendía con la valiosa cristalería y los jarrones de su estancia, sin dejar de llorar, y a continuación arrojaba todas las botellas de perfume contra la puerta que acababa de cerrar a su espalda.

—Siempre resulta tan agotador —dijo el mago supremo de la corte a nadie en particular, mientras caminaba con andar cansino por los salones de vuelta a sus dependencias— tener que tratar con criaturas. Creo que cuidar de niñas pequeñas requiere demasiado esfuerzo para mí. —Entonces pensó en Alusair cuando la llamó en la lejanía, arropada por una banda de exploradores, con el pelo mecido por el viento y bañada la mitad de su cuerpo en sangre, y dijo hosco—: Y, por supuesto, está la otra opción.

Cuando en aquella ocasión desapareció el fulgor, Vangerdahast se encontraba a unos pasos de las protecciones que la mago Cat había establecido para proteger el castillo Piedra Roja. La puerta delantera estaba abierta, por supuesto. Entró echando un vistazo a los jardines con una mirada reprobatoria y percibió que lady Wyvernspur parecía haberse hecho con el control de la situación. Muy cansado —¿acaso un mago llegaba alguna vez a atar todos y cada uno de los cabos sueltos habidos y por haber?—, recorrió el espacio que lo separaba de la escalinata.

Al acercarse a los peldaños que conducían a las puertas frontales, éstas se abrieron, y Giogi Wyvernspur apareció resplandeciente, vestido con unos calzones de cuero color beige, una blusa púrpura con fajín de oro y una media capa, además de un par de botas marrones, gastadas y de aspecto cómodo. Vangerdahast suspiró aliviado; justo la persona que deseaba ver. Al menos no tendría que perder una hora con amenazas y preguntas a la servidumbre, y muchachas borboteando admiradas ante la presencia del mago más poderoso de la tierra de…

Giogi olisqueó el aire de la mañana, sonrió contento y miró a su alrededor, a punto de resbalar por la escalinata de la sorpresa que se llevó al ver al anciano mago de la barba, vestido sin ceremonias, mirándolo a su vez al pie de la escalinata.

—¡Dioses! Vaya… Es decir, bienvenido, Vangey… esto, mago supremo de la corte —dijo, haciendo una mueca—. ¿Cómo van los trapicheos de quien rige Cormyr desde detrás del trono?

—De eso precisamente venía a hablar con usted —respondió Vangerdahast, serio, cogiendo al noble del brazo—. ¿Aún queda por aquí alguno de esos incómodos bancos de piedra?

—Parece serio —suspiró Giogi—. Yo diría que vamos a hablar largo y tendido, ¿me equivoco? —Señaló hacia adelante y volvió a suspirar—: Por allí.

—Quizás haya oído hablar —dijo el mago apenas se hubieron sentado—, aunque tal vez sea demasiado suponer por mi parte, de la muerte del duque Bhereu, y de que tanto el barón Thomdor como el rey tienen ya un pie en la tumba, que su muerte es inevitable e inminente. Tenga la completa seguridad de que, al menos, esto que acabo de decirle es la verdad y nada más que la verdad.

—Habíamos oído rumores —dijo Giogi, súbitamente sombrío—, incluso en el campo, pero desconocíamos los detalles. ¿Cómo ha sucedido tal cosa?

—Un accidente de caza, en el que existen serios indicios de traición —respondió Vangerdahast—, indicios en los que aún no hemos podido profundizar. Más tarde le hablaré de los detalles, pero antes debo decirle el objeto de mi visita.

Giogi aún boqueaba como un vulgar pez de los puertos de Immersea.

—Ah… oh…

—Por el bien del reino —dijo gravemente Vangerdahast—, creo que en esta ocasión debo asumir el título de regente. Filfaeril está deshecha por el dolor, a Alusair no hay quien la encuentre y la princesa real Tanalasta bebe los vientos por un joven noble, que no cesa de decirle lo que tiene que hacer para gobernar el reino. Por desgracia, prefiere derramar sus lágrimas a regir el reino, de modo que no me queda más remedio que asumir las responsabilidades que implica la regencia, al menos de momento.

—¿Y…? —preguntó Giogi, boquiabierto.

—Y necesito saber quién me apoyaría como regente… en particular si la princesa Tanalasta o un grupo nutrido de nobles se opusiera a mi decisión, o presentara una alternativa a la regencia para nuestra tierra. Si Vangerdahast se declarara regente, ¿podría confiar en el apoyo de los Wyvernspur?

Silencio. Giogi se aclaró la garganta y dijo finalmente:

—Bueno… todo esto es tan repentino…

—Eso es, más o menos, lo que Tanalasta ha estado diciendo a medida que transcurrían los días —repuso Vangerdahast, cortante—. Debo saberlo, Giogioni, y necesito saberlo ya. ¿De qué parte están los Wyvernspur?

—¡Ah… Ajá! Bien —dijo Giogi, indeciso, antes de levantarse para caminar. Se llevó la mano a la espada, y de pronto miró al mago con la mano en la empuñadura—. ¿De modo que Thomdor aún sigue con vida? —preguntó—. ¿Y el rey también?

—Sí y sí —replicó el mago, haciendo un gesto de asentimiento.

—Y la princesa Alusair… vagabundea por ahí en las Tierras de Piedra, ¿me equivoco? ¿Le ha enviado un mensaje?

—Así es —respondió Vangerdahast—. ¿Por qué lo pregunta?

—No puedo hablar en representación de los míos hasta que disponga de las respuestas adecuadas, ya sabe, para no quedar como un idiota de tomo y lomo —replicó Giogi—. ¿Y cuál ha sido la respuesta de Alusair?

—No ha habido respuesta —respondió serio Vangerdahast.

—Creo que hay algo al respecto que no me habéis explicado… ¿de qué se trata? —preguntó el Wyvernspur, frunciendo el entrecejo.

Las cejas de Vangerdahast se unieron a medida que él también fruncía el ceño.

—Muchos de los nobles de Cormyr, gentes de buena cuna, con reputaciones honorables que se remontan a varias generaciones, han ofrecido despreocupadamente su apoyo a mi regencia sin hacer una sola pregunta al respecto, cuando tan necesarias son. —Se levantó lentamente, con cierto brillo en la mirada—. Si no se siente capacitado para apoyarme, dígamelo… pero si quiere que Cormyr siga siendo en el futuro un hogar para usted y los suyos, quizá lo mejor sería que no dejara escapar esta oportunidad, antes de que la oportunidad lo rehúya a usted.

La espada enjoyada de fino acero abandonó su refugio en la vaina.

—Los Wyvernspur, al menos que yo recuerde, siempre han sido leales a la corona —dijo fríamente—, y eso no va a cambiar mientras yo esté en pie para defender el reino. ¡Yo lo desafío, mago, en nombre de Azoun, legítimo rey de Cormyr! Lucharé con usted aquí y ahora, a menos que me prometa que hará todo cuanto obre en su poder para mantener con vida al rey… y si fracasa, ¡a apoyar a una Obarskyr para que suba al trono, y obedecerla con tanta lealtad y diligencia como hizo con su padre!

El anciano de la túnica lo miró fijamente con el gesto torcido.

—¿Acaso todos los idiotas tienen el cerebro enfundado en una vaina? ¿Y de qué servirá desafiarme? No soy de los que hacen promesas bajo coacción, y si usted es de los que creen en quienes sí lo hacen, entonces no hará sino demostrar que realmente es un idiota, tal y como afirman por ahí. —Adoptó la postura del enfadado noble, con las manos vacías, y añadió—: Además, yo lucho con magia, no con el acero.

De pronto una súbita luz parpadeó alrededor de uno de sus brazos, que recorrió de arriba abajo hasta adoptar la morfología de una llamarada de fuego.

Giogi tragó saliva, arrojó la espada al suelo y de pronto se convirtió en una cosa más alta cubierta de escamas rojas. Sus ojos adormilados se volvieron grandes y dorados, y sus brazos empezaron a tornarse alas. El don de los Wyvernspur, tachado a menudo de maldición, era la habilidad de transformarse en la bestia alada draconiana de la que habían adoptado su nombre. Pese a lo evidente de su precipitación, el joven lord Wyvernspur sabía de qué era capaz en calidad de wyvern.

—Oh, no, no y no —dijo Vangerdahast—. ¡Hoy no estoy de humor para jugar a las batallitas mágicas, gracias!

La luz llameante que envolvía su brazo se fundió en uno de sus guantes y tocó una varilla que guardaba medio oculta. La varilla despidió un destello, tembló y escupió un torrente de luz dorada con tintes verdosos que envolvieron la forma del wyvern en pleno proceso de transformación. Al cabo de un momento pareció desdibujarse y se oyó un sonido extraño, como el de una canción, y Giogioni Wyvernspur volvió a ser él mismo, que observaba pestañeando al mago.

—Antes de que todo esto continúe y cualquiera de nosotros haga algo de lo que pueda arrepentirse o salga herido —dijo Vangerdahast—, mejor será que…

El mago supremo de Cormyr no era precisamente joven, y había visto lo suyo en cuestión de hechizos de combate. Es más, era muy rápido y esperaba tener problemas, algo a lo que la experiencia lo había acostumbrado. Por tanto, cuando oyó susurrar la primera sílaba, procedente de la escalinata a su derecha, formuló un hechizo de protección que había preparado.

El hechizo que de otra forma lo hubiera derribado y arrastrado hasta las mismísimas puertas del castillo Piedra Roja, chocó contra el escudo mágico y se limitó a extenderse alrededor del mago para dar forma a una serie de impotentes flujos luminosos y parpadeantes, antes de difuminarse en el aire.

—Bienvenida, Cat —se limitó a saludar, apartando la mirada del atontado Giogi, para enfrentarse a la mujer furiosa de pelo cobrizo que lo observaba desde las puertas del castillo—. Giogioni y yo estábamos conversando acerca de…

—¿Conversando? —inquirió Cat, cuya mirada verde parecía brillar febril. «Dioses, qué guapa es», pensó el mago. ¿Por qué sería el único mago feúcho que formulaba hechizos en todo el reino?—. ¿Ése es el modo que tiene el mago de la corte de mantener una conversación?

Vangerdahast hizo un gesto que devolvió suavemente la espada de Giogi a las manos de su dueño. Pese a seguir algo atontado y conmocionado, Giogi devolvió la espada a la vaina. El mago hizo un gesto de asentimiento.

—Bien. Odio tener que hablar con quienes intentan matarme.

—¿Qué está ocurriendo, señor mago? —exigió saber Cat, con los puños en las caderas—. Se presenta usted aquí y la emprende con mi Giogi en las mismas escalinatas del castillo…

Vangerdahast levantó una mano para impedir que siguiera con el listado de sucesos bochornosos que acababan de protagonizar.

—Por favor, basta. Acepte mis disculpas. Tiene todo el derecho del mundo a estar furiosa. El mago supremo de la corte de Cormyr se inclina humildemente ante usted para pedirle disculpas.

—Pero no demasiado —añadió Giogi, que logró acompañar sus palabras de una sonrisa. El rostro del mago dibujó también el contorno de una sonrisa, la más sincera en lo que iba de día, dando una palmada en la espalda del noble y animándolo a subir los escalones, para reunirse con Cat, que los esperaba enfadada.

—Si usted me protege de las iras de su buena esposa —dijo Vangerdahast, serio—, hablaré con los dos por el bien del reino.

—¿Intentará convencernos de su capacidad para la regencia? —preguntó hosco Giogi, pero sin rechazar la ayuda del mago para subir las escaleras.

Vangerdahast negó con la cabeza.

—Yo diría que usted ha tomado ya una decisión, cuando la mayoría de los nobles de Cormyr siguen midiendo la capacidad de los contendientes —respondió Vangerdahast, haciendo un gesto de negación—. Mientras usted planteaba sus dudas, otros se apresuraban a arrojarse a los pies del primero que pasaba. Es necesario que hablemos, joven Wyvernspur.

—¿No pretenderá usted mantenerme en Babia? —preguntó Cat en un tono de voz tan peligroso como suave.

—Señora —replicó el mago con toda la solemnidad de la que fue capaz, mientras los tres se dirigían a los salones del castillo Piedra Roja—, créame, no me atrevería a hacer nada parecido.

En alguna otra parte, un hombre se agitaba nervioso en una habitación oculta, esperando una cita, frotándose las manos con ansiedad mientras recorría la habitación de un lado a otro. ¡No podía pasar toda la noche en aquel mísero cuartucho, lleno de fregonas! ¿Dónde se había metido?

El cuarto de la limpieza en cuestión era una cámara oculta, que no se había utilizado hacía muchos años. Tanto el banco bajo de piedra como la mesita de madera pulida acumulaban un dedo de polvo, eso era lo único que había en ella. Un par de pasajes estrechos, tan estrechos que sólo un niño podría moverse cómodamente por ellos, conducían al otro lado.

La luz de la vela que llevaba el hombre tembló, y en aquel momento tuvo la sensación de que estaba a punto de llegar. El aire que había sobre la mesa se espesó, se condensó, volviéndose una bola de humo serpenteante. En medio de la bola había un par de ojos, de un color negro azabache… negro con puntos rojizos que danzaban juguetones en el iris.

—Saludos, cormyta —saludaron los ojos, con una voz ronroneante.

—Brantarra —dijo el hombre a modo de respuesta. Estaba convencido de que aquél no era su verdadero nombre, de igual modo que aquélla no era su verdadera forma.

—Confío en que todo ha ido como la seda.

—No lo suficiente —replicó él—. El rey sigue con vida, al igual que uno de sus condenados primos. Su juguete mecánico no resultó tan eficaz como esperábamos.

—No era mi juguete —dijo aquella niebla cambiante, con voz suave—. Sólo mi veneno, portador de una enfermedad mortífera. La criatura dorada es cosa conocida en Cormyr, aunque quizá no para los actuales gobernantes. Creo que ha sido una broma muy divertida. ¿Cómo se las apaña el rey?

—Mal —respondió el hombre—. Hay pocas esperanzas de que salga con vida, aunque por ahora no hay modo de acercarse a él. Está rodeado día y noche por guardias, clérigos y nobles.

—Si pretendes matar a un rey, no puedes errar el primer golpe —dijo la suave voz femenina.

—Suponía que su veneno bastaría para ello —susurró el hombre.

—Un obrero mediocre culpa a sus herramientas del resultado de su trabajo —repuso la voz, a quien el hombre estuvo seguro de poder atribuir una sonrisa en los labios que pronunciaban aquellas palabras.

—Sea como fuere, el que Azoun yazca en su lecho de muerte no favorece en nada a nuestra causa. El mago del rey ya está haciendo de las suyas. ¿No hay nada que pueda hacer al respecto?

—¿Hacer algo? —rió abiertamente la voz—. ¿Como por ejemplo teletransportarme mágicamente a la enfermería, arrojar unas cuantas bolas de fuego y proyectiles mágicos? Si tuviera poder suficiente para destruir a Vangerdahast y a sus magos guerreros, ¿no crees que ya lo habría utilizado? No. Paciencia, paciencia es lo que nos conviene tener en este momento.

—Brantarra… —empezó a decir él, pero la voz lo interrumpió chistando con apremio.

—Paciencia —repitió—. Los dos obtendremos todo lo que nos hemos propuesto. Entretanto, tengo otro juguete para ti. —Un tentáculo de niebla surgió de entre la columna humeante hasta posarse sobre la mesa. Al retirarse, había dejado un enorme rubí que brillaba recortado sobre la superficie de madera.

—La primera vez que activaste el abraxus, sacrificaste a uno de tus sirvientes para proporcionarle la vida —recordó la voz—. Este rubí te permitirá otro sacrificio a distancia.

—Pero el abraxus está desmontado —objetó él—. Han guardado bajo siete llaves las piezas sobrantes.

—Silencio —pidió la voz—. Da la piedra a otro. No a un miembro de la realeza, ni a un mago. A alguien que esté a tu lado cuando llegue el momento de celebrar la última confrontación con ese gusano gordo de mago. Cuando llegue ese momento, sabrás cómo utilizarlo.

El hombre cogió la piedra, volviéndola con cierto temor de un lado a otro con su mano enfundada en un guante negro, como si pudiera explotar en cualquier momento.

—No me fío de ti —confesó finalmente.

—Yo tampoco. Al menos, no del todo —dijo la bruma—. Pero es necesario que confiemos el uno en el otro en pro de nuestros intereses comunes. ¡Siga actuando, su señoría, y todo saldrá como está planeado!

Tras pronunciar estas palabras, las luces violentas perfiladas en el interior de la niebla se apagaron paulatinamente, indicando que la audiencia había terminado. El hombre volvió a mirar aquella gema que parecía teñida de sangre, y la guardó en su bolsillo. Entonces, cuidadosamente, gracias a la ayuda de su candelabro, se introdujo por el pasaje angosto en dirección a alguna de las partes más concurridas del castillo. Después de irse, las luces neblinosas centellearon fugazmente, y aquellos ojos llameantes volvieron a abrirse.

—Ése tiene arrestos —dijeron los ojos, cuya luz ahuyentó la oscuridad—, y ahora cuenta con cierta protección mágica. Quizás haya llegado el momento de tirar de los hilos de otras marionetas, si quiero hacerme con el trono de Cormyr.