16

El tacto de un rey

«Nunca habían estado tan mal las cosas», pensó Elvarin Crownsilver en la oscuridad. ¿Cómo podrá el reino sobrevivir a todo esto?

Miró a su alrededor, al bosque sumido en las sombras de la noche. Allí estaban los últimos de la gran estirpe de los Obarskyr, agazapados en la oscuridad, esperando al traidor para obtener la primera de sus victorias.

La primera victoria tras tres años de verse perseguidos por todo el bosque del propio monarca. Aunque quizás aquélla sería su última derrota.

Todo empezó con la muerte de Baerauble, como no podía ser de otra manera. Todo lo sucedido se remontaba a la muerte del primer mago supremo del reino. Sin la firmeza de su pulso para guiar los destinos del reino, cualquier cosa parecía capaz de desintegrarlo. Parecía eterno, el protector inmortal de Cormyr… y un buen día murió. Amedahast, su aprendiz, era la mejor mago que Crownsilver había conocido, pero apenas llegaba a la suela de las botas de su mentor.

Cómo iban a sospechar ellos que aquel reino orgulloso y próspero era en realidad una simple pompa de jabón, a la que uno debía proteger constantemente de la cruda realidad de un mundo dispuesto a destruirla, y a engullirlos a todos ellos.

La primera desgracia fue una plaga, propagada por los mercaderes de Marsember, que disminuyó la población rural y convirtió Suzail en un osario donde los muertos yacían apilados por las calles. Al principio, los clérigos la combatieron lo mejor que pudieron, pero cuando la enfermedad se extendió con tanta rapidez que no dispusieron de las plegarias suficientes para combatirla, el pueblo sagrado decidió reservar para sí las curas. Errónea decisión, puesto que los habitantes de la ciudad disponían de más espadas. Cuando el polvo volvió a cubrir las calles de Suzail, ya no había clérigos por ninguna parte, excepto los de Talona, que propagaron aún más la plaga.

Entonces los dragones cayeron sobre Suzail, sobre Arabel y sobre cualquier enclave por poca importancia que tuviera, procedentes de las montañas y el mar. Dragones azules enormes que arremetieron contra los campos de cultivo, que arrancaron de cuajo las casas, acompañados por dragones rojos que redujeron a cenizas regiones enteras. Los verdes atacaron algunos barcos y caravanas que se dirigían a Cormyr. Incluso se dijo que el mítico Dragón Púrpura había atacado los enclaves occidentales.

Una noche bastó para no poder contar con Arabel. Aquella rebelión estaba encabezada por el Comité Revolucionario de Mercaderes. Sin embargo, no fue la única población en levantarse en armas. Fue muy duro enviar tropas a luchar por la soberanía de la corona, cuando la mitad de la población se moría y la otra mitad combatía a los dragones que asolaban los campos. Murieron varios cargos de la corona, y en su momento hubo quien saqueó los cofres del tesoro.

Entonces llegaron los orcos, que se habían retirado al sur tras perder una batalla en las Tierras de Piedra. Por regla general, semejante amenaza hubiera bastado para afianzar la lealtad de Arabel a la corona, aunque en aquella ocasión Cormyr no contaba con un ejército que pudiera defender la soberanía del país vecino. Los trasgos se apoderaron del Bosque del Rey.

Y cuando el rey Duar emprendió una campaña contra las huestes orcas, su propio suegro, Melineth Turcassan, vendió a los piratas la ciudad de Suzail por quinientas sacas de oro.

Su majestad destruyó la vanguardia del ejército orco, pero al regresar descubrió que le habían arrebatado el trono y que nadie le abriría las puertas de la ciudad. Aún peor, pues el pirata Magrath el Minotauro se enseñoreó de la ciudad e hizo de ella una presa a la que saqueó de un tesoro con el que sufragar los gastos de los mercenarios, mercenarios que habría de emplear en la conquista de todo el territorio cormyta.

De estos acontecimientos hacía ya tres años, y en aquel tiempo había disminuido el número de los leales a la corona: bajas en combate, traiciones y pura desesperación. Buena parte de la nobleza, incluido Crownsilver, había enviado a la familia al norte de los Valles o al oeste de Aguas Profundas. Los nobles leales se dividieron en grupos pequeños, y en bandas aún más pequeñas. Aquella banda, la de Duar, apenas contaba con una veintena de personas.

Elvarin miró a su alrededor, al claro bañado por la luz de la luna. Ella y su primo Glorin Truesilver; Jotor Turcassan, que había roto con su familia plagada de traidores; Omalra Dracohorn, y Dintheron Bleth. Aquellos hombres eran los últimos Dragones Púrpura, su grupo aventurero antes de que todo se fuera al infierno. El resto de su maltrecha banda estaba compuesta por espadachines y sirvientes plebeyos. Por supuesto, también estaba el rey Duar, y Amedahast.

Duar esperaba en la oscuridad, con un aspecto más cercano a la estatua de un cementerio que a un ser vivo. Era un gigante pese a tratarse de un Obarskyr, pero sus hombros anchos y musculosos parecían encorvados por algo más que el peso de la corona que aún ceñía. La traición de Melineth casi había acabado con él, y le llevaría un tiempo recuperarse del todo. La muerte de los Turcassan a finales de aquel mismo año, a manos de sus traidores aliados, tan sólo sirvió para aliviar un poco su dolor. Dormía con la armadura puesta, y su tabardo y su túnica estaban sucios y raídos. Lo único nuevo que lucía era la espada que la propia Amedahast había forjado para él: Orbyn, El Filo de la Justicia, que por el momento descansaba enfundada en la vaina.

Duar se había erigido en rey del País de los Bosques, era un refugiado, oculto en las extensiones de terreno alfombradas de vegetación que llevaban el nombre de Bosque del Rey. Los orcos y los trasgos no tardaron en descubrir que aquél no era lugar para asentarse, y se retiraron al norte. También los dragones se habían marchado; al parecer, habían regresado al cubil que utilizaban para descansar después de dar rienda suelta a su furia. Mientras, Magrath el Minotauro puso precio a la cabeza de Duar, por la que ofreció más de lo que había pagado por toda Suzail, aunque pocos ciudadanos de a pie aceptaron el ofrecimiento, temerosos de las consecuencias.

La gente de a pie. Crownsilver negó con la cabeza al pensar en ello. Al peligrar la corona, puñados de familias nobles cambiaron de bando. Ciudades como Arabel declaraban su independencia con cierta regularidad, pero la gente de a pie, quienes habitaban las granjas, los poblados, las villas aisladas, siempre acudieron en ayuda del rey. Quizás aquel grupo pareciera vencido y harapiento, tal vez tuviera aspecto de ser una pandilla de salteadores de caminos que abundaban en la carretera que unía Suzail con Arabel. Sin embargo, les bastaba con echar un vistazo a aquel rey de rostro severo para proporcionarles las mejores viandas, armas ocultas y cualquier cosa que pudiera serles de utilidad. Pese a las amenazas y los sobornos, la gente de a pie se mantuvo leal a su rey.

Finalmente recibieron buenas noticias. Su primo Agrast Huntsilver les informó que Cuerno Alto había caído en sus manos y las unidades militares estaban ansiosas por unirse al monarca. Sin embargo, antes era necesario procurarse una victoria, y hacerlo rápido. Crownsilver, su majestad y el mago inspeccionaron los mapas durante toda la jornada antes de elegir el lugar del ataque. Se encontraba en medio del reino, contaba con una guarnición no muy numerosa y, lo que aún era más importante, la defendía una familia noble que se había unido enseguida a los piratas de Magrath. Era la familia Dheolur.

Elvarin frunció el entrecejo en la oscuridad de la noche. Fue el propio abuelo de Dheolur el primero en ser nombrado noble, y habían pasado las tres generaciones intrigando, planeando, conspirando. Se ganaron su derecho a establecer su ganado en medio del bosque, y a continuación hicieron todo lo posible por debilitar a la corona. Cuando tomaron Suzail, la familia Dheolur juró fidelidad a Magrath sin titubear.

Oyó un ruido en la distancia, quizás el de una rama al quebrarse. Todos tensaron la espalda al oírlo, salvo Amedahast. La mago se levantó sin decir una sola palabra y miró hacia el lugar de donde había llegado el ruido. Corría sangre élfica por sus venas, aunque de un tiempo a esa parte Elvarin hubiera jurado que no era sangre, sino agua gélida. Se rumoreaba que un cormyta de noble cuna había partido su corazón cuando era joven. Elvarin confiaba por su bien en que el noble en cuestión no fuera un Crownsilver; Amedahast parecía una de esas personas incapaces de olvidar las cuentas pendientes.

Todos contuvieron el aliento cuando vieron moverse algo al otro lado del claro. Apareció un solo hombre, que se movía con cautela. Vestía blusa de algodón y pantalones de lana parcheados, y su pelo gris y descuidado volaba en todas direcciones por debajo de un sombrero que había perdido la forma. Llevaba una linterna en una mano, razón por la cual era completamente visible a la luz de la luna, al igual que ellos.

El anciano granjero movió lentamente de un lado a otro la linterna.

Amedahast dobló aquel movimiento a modo de respuesta, y al verlo el granjero se acercó hacia ellos como movido por un resorte, con una sonrisa dibujada en el rostro.

Duar se levantó del lugar donde había permanecido sentado. Al ver la cara del rey, el granjero se arrodilló para mostrarle su respeto. El rey se acercó hacia él y se arrodilló a su vez, para después coger al anciano de los hombros y animarlo a levantarse. A aquellas alturas, Crownsilver había presenciado esta escena en más de una ocasión. Duar había adquirido cierta habilidad en sus relaciones con los campesinos, la necesaria para granjearse la lealtad de todo aquél a quien abrazaba así. El rey seguía conservando un gran tacto.

Los dos empezaron a hablar en un susurro. Amedahast y Crownsilver llegaron al mismo tiempo a donde esperaban.

—Magrath está aquí —informó Duar, sonriente.

—De modo que nuestra información era correcta —dijo Amedahast, solemne.

—Así es —corroboró el granjero—. Es una bestia, sire, tiene unos cuernos tan largos como mis brazos. Además, ha venido acompañado de sus hombres. Están en el salón de festejos, y allí los encontrarán durante las próximas horas. Son muchos.

—Cuantos más sean, más dulce será la victoria —dijo Duar.

—¿Lo sabíais? —preguntó Elvarin—. ¿Sabíais que Magrath estaría aquí?

—Lo sospechábamos —respondió Amedahast—. En primer lugar, fue la razón por la que escogimos Dheolur. Obtendríamos el apoyo de las tropas de Cuerno Alto si conquistáramos una población, pero si capturamos o matamos al líder, quizá cunda el pánico entre los piratas.

«¿Y qué me dices del caos que cundirá entre los nuestros, si somos nosotros quienes perdemos al soberano y a la mago de la corte?», pensó Crownsilver. Pero se limitó a decir:

—¿Os parece una buena idea, majestad? Apenas sumamos una veintena de hombres, y esta noche hay luna llena. Nos verán en cuanto abandonemos el amparo del bosque.

—Nos sorprenderán un puñado de guardias borrachos, de vigilantes más interesados en lo que suceda en el interior del salón de festejos que en el exterior. ¿Recuerdas dónde está el salón de festejos de Dheolur?

—Sí —respondió Crownsilver, impasible—. También recuerdo el muro de veinte pies de alto que protege la posición. ¿Qué vamos a hacer con ese pequeño detalle? Quizás Amedahast pueda utilizar algún hechizo que nos permita superar el muro.

Amedahast lanzó a la Crownsilver una mirada capaz de helar a cualquiera la sangre en las venas, pero Elvarin ni se inmutó. Si iba a morir por su rey, no sería por haber olvidado un detalle tan simple como una puerta principal.

—El plan está trazado —respondió Duar en voz baja—. Confía en mí y sígueme, como lo has hecho hasta ahora.

El granjero regresó por donde había llegado, seguido de Amedahast, Duar, Crownsilver y los demás. Dejaron sus caballos en retaguardia. Elvarin sabía que si aquella noche necesitaban las monturas, sería porque habían perdido la partida por la mano.

Dheolur estaba rodeada por una empalizada recia, que se alzaba a modo de protección alrededor de los almacenes y casas de la familia Dheolur. La familia noble traidora. Elvarin recordó lo que no podía ver a causa de la oscuridad.

Aquel lugar necesitaba la protección ofrecida por la muralla, ya que, en los mejores tiempos, aparecían trasgos y otros monstruos después de vagar por el Bosque del Rey. En su interior, en aquel momento, se hallaría lord Dheolur; Pella, su hermana, despreciable como un reptil, y lady Threena, nacida en Cormaeril, pero que se había unido por matrimonio a la familia. De todos ellos, Threena era la única que valía algo más que un cubo lleno de sebo. Elvarin tenía la esperanza de sobrevivir a aquella noche. Aunque todos ellos, mientras avanzaban por el bosque con gran precaución, esperaban hacerlo.

El salón de festejos también estaba en uno de los almacenes principales, que había sido vaciado para la ocasión. Se encontraba en la parte derecha de la empalizada, con la mansión de Dheolur a su izquierda, un conjunto feo y abigarrado de torres pretenciosas y alas construidas sobre las ruinas de un templo. «¿Un templo dedicado a…?», pensó Elvarin. No sin cierto fastidio por la naturaleza de la información, Threena Cormaeril se lo había confesado en una ocasión. Se trataba de una deidad menor, maliciosa de temple, dedicada a la podredumbre y a la decadencia.

Semejante dios o diosa lo hubiera pasado en grande allí. Dheolur estaba rodeada de innumerables ciénagas y marismas, que ofrecían mayor protección que una empalizada. El granjero conocía el camino, y recorrieron una serie de arroyuelos rodeados por bosques, cuyos helechos, pertenecientes a la vegetación baja, no dejaban de golpear sus piernas y muslos, cubiertos con la armadura. A lo largo de toda aquella caminata Elvarin se preocupó por si los veían, aunque el caso es que si alguien lo hizo, no dio la alarma.

Llegaron al claro que rodeaba Dheolur. Los nobles rebeldes habían ordenado ganar espacio al bosque en un centenar de metros en todas direcciones, aunque era evidente, a juzgar por el aspecto del lugar, que de un tiempo a esta parte habían bajado la guardia. Helechos y pimpollos se extendían por doquier en los terrenos devastados. Sin embargo, se distinguía claramente la empalizada, las puertas de acceso y una torre construida de forma rudimentaria. Pese a la luna llena, Elvarin no pudo ver si había alguien sobre la estructura de madera.

¿Y ahora qué? ¿Acaso Amedahast se volvería invisible, volaría por encima de la empalizada y abriría las puertas para que pudieran pasar? Elvarin no pudo creer que el rey arriesgara al último de sus magos.

Duar dijo algo a Amedahast, y el granjero se acercó con la linterna. Amedahast masculló una palabra con cierta brusquedad y surgió una llama de la punta de uno de sus dedos. El granjero sostuvo la linterna en alto y abrió las contraventanas. El mago acercó el dedo a la linterna y encendió la mecha.

El granjero se volvió hacia la empalizada y abrió las contraventanas de la linterna, para volver a cerrarlas de inmediato; volvió a repetirlo, quizás esperando un poco más en esta ocasión antes de cerrarlas de nuevo. Corto-largo, corto-largo.

Hubo una pausa, durante la cual todos los hombres del rey contuvieron el aliento. Entonces recibieron respuesta del mismísimo guardia de la torre. Corto-largo, corto-largo.

Duar, con una señal, dio la orden de avanzar. Todos sus hombres, con el acero desnudo, se dirigieron al claro.

El granjero siguió donde estaba, y Duar, al verlo, se volvió hacia él. Elvarin se acercó a su lado e intercambiaron unas palabras.

—Cuenta usted con todo el agradecimiento del legítimo rey. ¿Cómo se llama, buen hombre?

—Dhedluk, sire —respondió el granjero; acto seguido, lo deletreó.

—Pues bien, cuando la victoria sea nuestra —dijo el rey Duar, haciendo un gesto de asentimiento— sepa usted que no lo olvidaremos. —Tendió una mano sobre el antebrazo del sorprendido granjero, que estrechó sus brazos con el rey, como dos iguales. Cuando Duar lo soltó, el hombre se arrodilló de inmediato. El rey le dio una palmada en el hombro y volvió a levantarlo. Después, Elvarin y él fueron a reunirse con los demás.

La respiración de Elvarin era seca y entrecortada al atravesar el campo arrasado, al amparo de la luz de la luna. Duar disponía de otro espía en el interior del lugar, lo más probable es que fuera otro granjero como Dhedluk. O quizás un guardia que se había prestado voluntario a hacer la guardia mientras los demás estaban ocupados.

O tal vez fuera una trampa, y llegaran a la empalizada sin que la puerta se abriera, ni dispusieran de escalera o cuerda por la que trepar. Entonces surgirían arqueros de la nada, apostados a lo largo del coronamiento de la empalizada, y los atravesarían como a ganado.

Casi habían llegado a la muralla, cuando se dibujó una línea sombría en su superficie. Acababan de abrir las puertas, no del todo, tan sólo una rendija. Si no hubiera habido luna llena, aquella rendija apenas habría sido visible.

Llegaron a las puertas y Amedahast la abrió lo suficiente para que pudieran pasar a los hombres de dos en dos. Elvarin fue de los primeros en penetrar en el campamento, junto al rey. Al atravesar las puertas, se encontraron solos, pues no había ni rastro de su colaborador.

Amedahast fue la última en entrar. Cerró las puertas y echó el cerrojo. Entonces murmuró algunas palabras y el cerrojo se iluminó despidiendo un breve fulgor de color amarillo verdoso. Los había encerrado dentro, de modo que hasta que terminase la batalla nadie pudiera abandonar la plaza.

La mansión estaba situada a un lado, y el salón de festejos lo habían improvisado al otro. A un extremo del almacén vieron una montaña de barriles y pellejos, apurados por quienes celebraban y honraban a Magrath. No parecía que hubiera más guardias. La mansión estaba rodeada por las sombras, pero vieron luz en las ventanas estrechas y altas del almacén. Por otra parte, las paredes tan sólo podían ahogar levemente el griterío y las risas de los borrachos reunidos en el interior.

Duar señaló a tres de sus soldados, que se adelantaron con antorchas en la mano, encendidas de nuevo por la hechicera suprema de los Bosques del Lobo. Una pila de sacos de lona eran una buena leña que quemar, y las llamas lamieron las tinas, apretujadas a un lado de una de las paredes del almacén. Prendieron fuego casi de inmediato, y a continuación siguió el crepitar de la madera. Las llamas se alzaron ansiosas por devorarlo todo, y terminaron prendiendo el techo de paja.

La reacción fue prácticamente inmediata. Oyeron un griterío procedente del interior, a alguien gritando órdenes, los gritos de las mujeres, y la fiesta se convirtió en un pandemónium.

Las puertas principales del almacén, que daban a la mansión, se abrieron de par en par, momento en que los asistentes a la fiesta salieron corriendo como alma que lleva el diablo: cocineros, sirvientas, mercaderes, juerguistas, todos corrieron y tropezaron. Detrás de ellos, con Dheolur a la cabeza, salió la guardia del lugar. Tras las figuras cubiertas de armadura, destacado por el caprichoso fulgor de las llamas, salió el oscuro y gigantesco Magrath en persona.

Las mujeres y la servidumbre se dirigieron a la mansión, llorando, adonde Duar y los suyos las dejaron ir. Los guerreros vieron a sus enemigos y se abalanzaron sobre ellos sin titubear. Después de lanzar un grito, los Dragones Púrpura cargaron contra el enemigo.

Dheolur, resplandeciente en su armadura negra que había traído de Chondath, cargó contra Duar. Aquella armadura suponía un motivo de orgullo para Dheolur, y al parecer quería impresionar a sus invitados llevándola a la fiesta. El noble rebelde se había bajado el visor del yelmo, de modo que tenía aspecto de ser un autómata muy enfadado. Esgrimía un acero largo y ligeramente curvado, cuya hoja reflejaba la luz de la luna.

Duar decidió esperarlo, con la espada a un lado, mientras la túnica maltrecha apenas alcanzaba a cubrir la cota de malla que tenía debajo. La corona de oro brillaba en su cabeza. Al cargar Dheolur, Duar se hizo a un lado con una agilidad inesperada teniendo en cuenta su corpachón. La hoja del noble rebelde hendió el aire nocturno, y del ímpetu del tajo se inclinó hacia un lado.

Antes de que Dheolur pudiera recuperar el pie, la hoja del rey trazó un arco ascendente. El fulgor de Orbyn rivalizó con el de la luna al levantarla en todo su esplendor. A continuación el grito húmedo, el acero al hundirse en la carne, el cuerpo de Dheolur al caer al suelo y el yelmo al golpear contra la tierra y rebotar, partido en varios pedazos.

La satisfacción de Elvarin ante la muerte del traidor se vio enmudecida por las dificultades a las que se enfrentaba, simbolizadas por tres marineros de Magrath, dos hombres y un orco. Los tres empuñaban espadas cortas y uno, además, tenía un garfio en lugar de mano. Su espada le daba ventaja por tener más larga la hoja, pero la rodearon de modo que uno de ellos siempre se mantuviera en retaguardia. Se veía obligada a volverse, a rechazar sus ataques y a atacar, a volverse de nuevo para lanzar otro ataque, y volverse hacia el otro flanco para evitar a otro oponente. No tardarían en agotarla con aquel juego, después se lanzarían al ataque y la atravesarían como a un acerico, de eso estaba convencida. Ellos también lo estaban, prueba de ello era que de sus labios bañados en alcohol surgían risotadas de alegría.

Tenía al Garfio a su espalda. Él se tiró a fondo, Elvarin no pudo volverse lo bastante rápido como para evitar su acero, y a continuación sintió la ardiente sensación de los anillos de la malla al hundirse en la camiseta empapada en sudor que llevaba debajo… y, acto seguido, en su propia carne. La hoja del acero no había logrado herirla, pero sintió entre los anillos de la malla la humedad de su propia sangre.

La hoja del Garfio titubeó un segundo, atrapada entre los anillos de la cota de malla, y Elvarin aprovechó la distracción para girar el torso y evitar un tajo de otro de sus atacantes, estirando de paso la mano que no empuñaba la espada para coger el garfio del asaltante y tirar de él. El hombre, sorprendido, masculló una palabra ininteligible e intentó librarse de ella, pero Elvarin plantó ambos pies con fuerza en la tierra y tiró de él obligándolo a perder el equilibrio.

El Garfio profirió un grito al verse arrastrado por el muñón. Elvarin lo zarandeó ampliamente hacia donde estaba situado el orco. El humanoide retorcido, de los tres el más borracho, tan sólo tuvo tiempo de levantar la mirada y mascullar una vaga maldición antes de ser golpeado por su compañero, cayendo los dos al suelo.

Abatidos los dos, el tercer pirata fue un juego de niños. Dos tajos rápidos y quedó tendido a sus pies en la tierra blanda, gimiendo y tapando inútilmente la herida que tenía en el estómago.

Elvarin hundió sin piedad dos veces más su espada. El Garfio y el orco no volverían a levantarse. Casi a modo de recordatorio, se volvió para lanzar un tajo a los dedos del tercer pirata, que había cogido la daga, antes de que la daga y los dedos salieran volando en todas direcciones. Elvarin dio un paso atrás y, mientras hacía un esfuerzo por olvidar el dolor que sentía en el costado, miró a su alrededor.

El patio de la mansión se había convertido en un campo de batalla, la carnicería se extendía ante su mirada. Truesilver yacía en el suelo, y tres trasgos golpeaban su cuerpo inerte como si fuera un barril. Dheolur yacía decapitado, no muy lejos de allí. El rey Duar se enfrentaba a Magrath, y el minotauro mantenía la guardia ante Orbyn la brillante, gracias al experto manejo de un hacha a dos manos. De Amedahast no había ni rastro. En el espacio que mediaba entre el almacén cubierto por las llamas y la mansión se celebraban más o menos unas quince batallas en miniatura entre los hombres del rey y los rebeldes.

Entonces Elvarin la vio. Vio una figura cubierta con una túnica oscura que se movía con intención de pasar inadvertida al otro lado del fuego, una sombra huidiza en la noche, cuya intención era rodear al rey para atacarlo por la retaguardia. Tenía bajada la capucha. Era Pella, la hermana de Dheolur, la de crueles labios. Sin duda era tan malvada como siempre. Hundió la mano en la túnica y sacó a relucir una hoja de acero retorcida, que reflejó la danzarina luz de las llamas.

El rey no la vio acercarse, al contrario que Magrath. Se esforzó por que Duar centrara toda su atención en el combate, y no lo hizo presionándolo más, sino lanzando golpes rápidos para que no pudiera moverse. Duar se lanzaba a fondo una y otra vez, pero la hoja de su espada no encontraba sino el mango duro del hacha con que Magrath desviaba el ataque. Entretanto, Pella rodeó al monarca y se colocó a su espalda.

Elvarin profirió un grito y cargó contra ella, presentando el costado que no estaba herido. No intentó utilizar la espada, sino que golpeó a Pella con el hombro, tirándola al suelo. La extraña daga se fundió en la oscuridad de la noche.

La fuerza del choque envió a Elvarin, después de trastabillar, al suelo y, al igual que Pella, también soltó la espada. La hermana de Dheolur se recuperó antes que Elvarin, y le faltó tiempo para arrojarse sobre la guerrera Crownsilver con agilidad serpentina. Se arrojó sobre ella golpeándola con las rodillas y arañando su rostro.

Elvarin contuvo la respiración, se revolvió en el suelo e intentó deshacerse de la mujer, pero Pella parecía tener la fuerza de una bestia desesperada, no la que su delgado cuerpo hacía suponer.

Entonces Pella echó atrás una de sus manos para golpearla, y Elvarin vio horrorizada lo que surgía de las palmas de sus manos. En lugar de la piel, la carne de Pella Dheolur parecía surcada de bocas que se abrían y cerraban repletas de dientes afilados y labios verdosos. Elvarin consiguió girar la cabeza a un lado, pero Pella abofeteó su mejilla con la palma abierta y repleta de dientes de su mano. Elvarin chilló al sentir el mordisco afilado de aquellos dientes. La risa de Pella reverberó en su oído, aguda, estridente, como la risa de un animal.

De pronto aquella risa cesó de forma tan súbita como había estallado. Una mano delgada había atrapado a Pella por el pelo y la arrastraba tirando de él. Había cogido a la noble Dheolur por sorpresa, y las mandíbulas que se habían cerrado en la mejilla de Elvarin aflojaron su presa un instante.

Elvarin pestañeó para librarse de las lágrimas de dolor y agitó la cabeza para sacudir la sangre y poder ver con claridad.

Amedahast levantaba a Pella de espaldas con la mano que había enredado en su mata de pelo. La noble hendió el aire a su alrededor en vano, decidida a alcanzar a la hechicera, mientras se apartaba de Elvarin.

Entonces Amedahast murmuró un hechizo y de su mano libre surgió una bola de pálido fuego. Pella se abalanzó sobre ella, pero las mandíbulas que tenía en las palmas de sus manos parecían incapaces de afianzar la presa.

Amedahast arrojó la bola de fuego al rostro de Pella. La noble profirió un grito y se retorció cuando las llamas se extendieron por su capa y su pelo. La hechicera la soltó y retrocedió. Pella intentó levantarse, con la mirada enrojecida, contrastando con la palidez total que mostraba su rostro. Trastabilló, tropezó y volvió a caer profiriendo un aullido de banshee para verse reducida a un montón de carne quemada, envuelta en las llamas que devoraban su ropa.

El último grito de Pella distrajo a Magrath el Minotauro; era la oportunidad que buscaba Duar para vencerlo. Tiró de su espada y superó la guardia del hacha, hundiendo la hoja en la base de la columna del minotauro. Una vez dentro, empujó el acero hacia arriba con un juego de muñeca para desgarrar la caja torácica de la criatura.

La bestia estaba empalada en el acero del rey, como un insecto atravesado por un alfiler. Cayó el hacha, y el líder de los piratas emitió un gruñido que dio paso a un esputo de sangre. Entonces, lentamente, el minotauro convulsionó resbalando por la hoja de la espada, agitó un brazo, se retorció agitado por las convulsiones y cayó de espaldas.

Tras la muerte de Magrath los combates perdieron intensidad entre los defensores de la plaza. Muchos depusieron las armas de inmediato, y algunos, sobre todo los trasgos, emprendieron una huida precipitada. Sin embargo, tuvieron que detenerse al topar con las puertas cerradas por Amedahast. Los presuntos fugitivos intentaron plantar cara a los hombres del rey, que acabaron con ellos a las puertas de la empalizada.

Elvarin se incorporó lenta y dolorosamente, recuperando la espada. La herida del costado rivalizaba en dolor con la que tenía en el rostro. Lo más probable es que la mordedura de la mejilla cicatrizase, al menos tendría una historia que contar a sus nietos. Sin duda, Amedahast le explicaría qué hechizo o maldición habían proporcionado a Pella Dheolur aquellas bocas mordientes en las palmas de sus manos… y si la herida en sí se infectaría a causa de algún tipo de veneno.

Vio un destello, una cabellera rubia y la tela azul de un vestido procedente de la puerta de la mansión. Elvarin levantó la espada, pero Amedahast apoyó la mano en el hombro de la Crownsilver para detenerla. Threena Cormaeril bajó corriendo los escalones, y abrazó al ensangrentado Duar. La fuerza con que lo abrazó hizo que éste se tambalease, y los dos estuvieron a punto de caer mientras ella era incapaz de contener la risa.

Elvarin rió, pero el dolor de su mejilla hizo que aquella risa fuera una pálida imitación de su genuina risa.

—Así que ella era nuestro agente infiltrado —dijo—. Siempre ha habido innumerables formas de conquistar una plaza.

Amedahast no respondió. Elvarin la miró. La hechicera guardaba silencio, con una expresión impenetrable en el rostro, ceñuda como si acabara de acusar el dolor de una vieja herida. Sin decir palabra, se volvió y se alejó caminando de Elvarin, para atender a los heridos.

A la luz del almacén devorado por las llamas, Elvarin observó al rey y a la dama abrazados. Victoria. Habían capturado Dheolur, y con la ayuda de Threena, podrían mantenerlo. Las fuerzas de Cuerno Alto podrían emprender una campaña en los bosques… y con la muerte de Magrath lo más probable era que los piratas abandonaran Suzail, antes de arriesgarse a afrontar un asedio. Los tiempos —los años— que se avecinaban no serían fáciles, pero después de todo Cormyr sobreviviría.

«Nunca desestimes el tacto de un rey», pensó Elvarin. Se ayudó de su espada para mantenerse en pie, y se dirigió cojeando al lugar donde Amedahast desempaquetaba toda suerte de ungüentos y pócimas curativas.