4
La incursión
Alea Dahast se arrastró por el borde del claro, ataviada con la capa de cazadora, moteada de verde y naranja, que la volvía prácticamente invisible bajo las largas sombras que se extendían al atardecer en Cormanthor. A su alrededor caminaban sus compañeros, vestidos de igual modo. El único sonido que oían a su paso era el aullido del lobo en los zarzales, seguido de un débil susurro, y luego de nuevo el silencio.
Descendieron por las colinas, aprovechando los árboles para ocultarse. Ante ellos se encontraba el claro como una cicatriz esculpida en medio del bosque, que antes había alfombrado por igual la tierra hasta llegar a las orillas escarpadas del lago. El borde estaba formado por una basta pila de árboles de raíces frondosas, y también de arbustos. A Alea no dejaba de sorprenderle que los humanos fueran tan estúpidos como para creer que ese descuidado terraplén de bosque caótico y destrozado bastara para mantener a raya a un depredador dispuesto a actuar.
Ella y todos los elfos que formaban la partida de caza eran depredadores, y estaban dispuestos a actuar. Habían explorado minuciosamente la zona, y habían encontrado sin dificultad algunos pasajes que conducían, a través del laberíntico entramado de detritus boscoso, tanto a las rutas intencionadas como a los senderos descuidados por simple dejadez. Los humanos imitaban las ramificadas fortificaciones de los elfos, pero nada de lo que ella había visto poseía la belleza de las creaciones élficas, ni la seguridad que éstas ofrecían.
De nuevo el aullido del lobo, al que siguió otro leve susurro; las bestias se impacientaban. Alea se preguntó si había sido buena idea llevarlas consigo, aunque nadie pondría en duda su capacidad para aterrorizar a los humanos, ni tampoco su velocidad.
A pesar de su inquietud, dio la señal para detener la marcha y escuchó los ruidos amortiguados a medida que ésta corría de boca en boca. Quería observar un momento a los humanos. Quería asegurarse.
Oyó la voz de Iliphar en su interior. El anciano Señor de los Cetros siempre recomendaba calma, saber adaptarse a la situación… negar lo que veían los ojos. Cuando aquellos salvajes peludos habían atacado a los primeros elfos que encontraron en su camino, había recomendado prudencia, observación.
Iliphar no parecía dispuesto a que el peso de los años enturbiara su capacidad de decisión. Cada vez había más humanos vagabundeando por tierras élficas, llevando el caos consigo dondequiera que fueran.
Los humanos típicos no distaban mucho de los orcos que descendían de las montañas: eran cazadores en busca de una presa, refugiados ansiosos de encontrar un lugar donde asentarse, mercaderes en busca de estabilidad. El gran bosque carecía de alicientes para ellos, y cuando descubrieron que esa tierra de árboles estaba habitada por elfos, se dejaron caer, fuera donde fuera del lugar que caían los humanos. Sin embargo, esos hombres eran distintos. Esta casta de humanos limpió los bosques, y taló casi todos los árboles. Apilaban los troncos de aquellos gigantes que poblaban los bosques, así como sus propios desperdicios, alrededor de los claros, y después perseguían a los animales. Una vez hecho esto, se desplazaban a otro lugar, a otra parte del bosque, para empezar de nuevo. Algún día, si los elfos no impedían que hicieran de las suyas, ya no quedaría bosque que defender.
Alea observó el campamento humano desde su escondrijo. Las casas eran un poco más grandes que tiendas, y consistían en apenas algunos postes, con pieles de animales como techo. Los elfos tan sólo acostumbraban a disponer tales cosas para refugiarse en una noche de tormenta, ya que a la mañana siguiente las desmontaban. Pero los humanos hacían de tan bastas barracas su hogar permanente, y las habitaban hasta que la tierra quedaba baldía, yerma.
La cabaña más grande hacía las veces de salón de fiestas y de dormitorio comunitario; probablemente era el hogar de algún caudillo insignificante. Había toda una serie de construcciones más modestas, dispuestas sin orden ni concierto, incluida una pequeña choza con unas barras de madera, destinada, en opinión de Alea, a guardar los animales. Sin embargo, no había visto ni rastro de cabras, gallinas u otros animales.
Los humanos apenas tenían mejor aspecto que las bestias. Eran parodias escalofriantes en forma de elfo, con demasiada piel, pelo y grasa para un solo cuerpo, por lo general demasiado grande. Vestían las mismas pieles con que cubrían sus casas, con apenas alguna puntada que otra. Eran peludos, burdos, y no parecían muy amigos del agua, excepto cuando llovía y no tenían más remedio que mojarse. Alea había oído que jugaban en el barro para mantener a raya a las pulgas. Viendo de cerca a esos humanos, no le costaba nada creerlo. Los elfos se habían acercado al resguardo del viento, al lugar de acampada, ya que no sabía a ciencia cierta si los humanos podían oler algo que no fuera sus cuerpos hediondos. El hedor era insufrible; los humanos vivían rodeados de sus propios desperdicios… razón por la cual aullaban los lobos.
La mayor parte del grupo estaba formado por machos. Había algunas hembras de aspecto rudo, con el pelo tan enmarañado y la ropa tan sucia como la de sus compañeros. No había visto ninguna cría; quizá las mantuvieran ocultas en alguna choza cerrada… o las abandonaran a edad temprana, para que aprendieran a cuidarse por sí mismas.
En aquel instante llegaron los últimos moradores del campamento, arrastrando un gamo enorme: ¡otra pieza cobrada en los bosques, propiedad de los elfos y los lobos!
Dos ciervos se asaban en el fuego, y otra pareja harapienta mataba el tiempo entre una nube de moscas. Alea maldijo entre dientes. ¡No necesitaban comida, pero seguían expoliando el bosque!
Hacía dos días que había encontrado el lugar donde habían cazado los humanos. Debía de tratarse de una pieza grande, quizás un oso. Encontró flechas, tanto humanas como élficas, y allí siguió el rastro de algo muy pesado que habían arrastrado en dirección al campamento. En el camino encontraron el cadáver de un elfo del clan de Elian, que yacía asaeteado por flechas humanas; después de matarlo, le habían cortado las orejas.
Alea no tenía ninguna duda de que el elfo había tropezado con los cazadores, y la habían emprendido con él. Había rastreado el recorrido de la presa a través del bosque, hasta llegar al campamento, antes de reunir a sus compañeros de caza para llevar a cabo esa incursión. La mayoría de los elfos que había a su alrededor habían visto menos de un centenar de veranos. Los más ancianos discutían y lloraban la muerte de Elian. Mientras los mayores hablaban, los cazadores de Alea harían algo para vengar semejante ultraje.
No obstante, un buen cazador asegura la presa… y ellos tendrían que asegurar a aquellos humanos malolientes. Cuando entraron con el gamo en el campamento, los humanos gritaron y agitaron los brazos, abrazándose unos a otros en su lengua mestiza. Parecía una lengua de verdad, pensó Alea, pero bastarda, igual que los mismos humanos. Los cazadores del gamo gesticularon de forma grandilocuente con las manos, indicando que se les había escapado la manada. Los demás rieron y les gastaron bromas, dibujando mediante gestos en el aire las bestias que habían huido de sus garras, de un tamaño, a juzgar por lo que abarcaban con ambos brazos, demasiado grande para darles crédito.
Alea profirió un gruñido ronco al mismo tiempo que los lobos. ¡Esos parásitos humanos cazaban en tierra ajena, en territorio elfo! Sus torpes carnicerías empezaban a espantar la caza; ni siquiera tenían el suficiente sentido común para desplazarse y permitir que la tierra se recuperase del expolio. Alea gruñó aún más alto y a punto estuvo de dar la señal para el ataque, pero las advertencias de lord Iliphar la retuvieron en su lugar. De estar equivocada, no sería mucho mejor que esos salvajes despreciables.
Se abrió la puerta de la choza más grande del campamento, y salió el caudillo. Al parecer había estado esperando a que regresaran los últimos cazadores, antes de hacer acto de presencia. Vestía con un cuero mucho mejor cortado que la mayoría, y de las correas colgaban gemas pulidas. Dos mujeres de aspecto hombruno lo acompañaban. ¿Consortes? ¿Guardaespaldas? ¿Quizás ambas cosas?
De una de las correas del caudillo colgaban dos tiras pálidas de carne, que empezaban a amarillear y arrugarse. Eran las orejas de un elfo.
Alea dio la señal de preparación para el combate.
El caudillo humano y peludo se acercó a la hoguera que había en medio del campamento, donde se habían reunido los demás; allí conversó atropelladamente con ellos, que respondieron con sonidos que daban a entender su conformidad. Siguió hablando un poco más, lo cual los empujó a gruñir y a hacer gestos de asentimiento. Señaló en dirección a Alea, y la elfa se quedó paralizada durante un breve instante. ¿Acaso la habían descubierto? Sin embargo, el caudillo señaló a continuación en otras direcciones, y Alea se dio cuenta de lo que estaba haciendo.
Delimitaba sus dominios, igual que un cooshee al marcar el territorio: toda aquella tierra le pertenecía. Un fuego empezó a arder en su interior, subiendo hasta su garganta. ¿Cómo se atrevían esos salvajes a reclamar como suyo el territorio de caza que pertenecía a los elfos?
Estaba a punto de dar la señal de ataque, cuando el caudillo humano gruñó e hizo señas, y las dos esposas musculosas volvieron a la choza. Una permaneció en el exterior, mientras la otra entraba y arrastraba fuera a un prisionero.
Al principio Alea pensó que el prisionero era un elfo; era pálido y delgado, en comparación con los bárbaros. Pero pronto vio que el prisionero era otro humano, alto, delgado, y de barba pelirroja. Tenía la mitad del rostro amoratado a causa de un gran golpe recibido, y caminaba con dificultad debido, quizás, a que se había torcido el tobillo. Lo habían atado de las muñecas con un solo grillete de hierro. Llevaba unos pantalones sueltos y andrajosos, y una camisa de similar factura, hecha jirones y sucia, pero aun así de un corte más delicado que la ropa de los humanos del campamento. La verdad es que no se parecía mucho a sus captores.
Las mujeres empujaron a rastras al frágil humano, y al llegar a la altura del peludo caudillo lo obligaron a ponerse de rodillas. Su señoría sacó pecho y sonrió. Le faltaban algunos dientes, tanto de arriba como de abajo.
Su señoría gritó una pregunta en la lengua bastarda de los humanos. Alea no oyó la respuesta susurrada del humano, pero al parecer no satisfizo al caudillo, que lo golpeó en el mismo lado de la cara donde lucía el moretón. El prisionero tenía ese ojo cerrado, y no pudo ver el golpe. Cayó hacia atrás, inconsciente. Los humanos que asistían al interrogatorio gritaron en señal de aprobación. Una de las consortes musculosas arrastró al humano debilitado hasta ponerlo de nuevo a los pies del caudillo, que volvió a formular la pregunta. De nuevo el prisionero volvió a decir algo, y una vez más lo golpeó el caudillo, tirándolo al suelo ante el clamor de la multitud.
Al parecer, eso constituía un entretenimiento para los humanos, y aquéllos parecían estar dispuestos a pasarlo en grande toda la noche. El caudillo del lugar alardeó de sus hazañas, señaló en todas direcciones y mostró a los demás las orejas del elfo que colgaban de la correa que llevaba alrededor de la cintura. De nuevo volvió a formular la pregunta.
Alea levantó la mano, y en el semicírculo oculto que habían formado alrededor del campamento, los demás elfos respondieron alzando las suyas, dispuestos a abalanzarse sobre el enemigo. Retiraron el pestillo de seguridad de las ballestas y liberaron a los lobos del peso de sus arneses.
Los humanos eran predecibles, y aquél no los decepcionó. Una vez más, el caudillo volvió a abofetear al frágil prisionero hasta que cayó al suelo, entre los gritos de los presentes. Alea bajó la mano y cargó hacia el campamento.
Los humanos tardaron un poco en reaccionar, conscientes de que los gritos que habían oído no salían de una garganta humana. Para entonces, los elfos se habían librado de las zarzas. Los lobos corrían por delante de sus amos, aunque las flechas élficas fueron las que ganaron la partida al ser las primeras en alcanzar al enemigo, pues cayeron sobre la tropa de humanos por ambos lados del claro. Más de media docena de guerreros humanos fueron abatidos; se desplomaron llevándose las manos al cuello y al estómago, y el suelo baldío fue regado con sangre bárbara.
Los lobos cayeron sobre el enemigo cuando la mayor parte de los humanos ni siquiera había tenido tiempo de coger la espada. Alea se las había apañado para llevarse una docena, pero estaban bien entrenados, y respondían tan bien como un mastín élfico de la corte de Myth Drannor. Sabían que debían atacar el brazo que esgrimiera el arma, y si ésta no era obvia, morder la entrepierna. Nueve o diez humanos cayeron víctimas de la embestida, mientras los demás se prepararon para formar y enfrentarse a los asaltantes.
Alea lideró la carga, consistente en una veintena de elfos, después de que los de las ballestas se desprendieran del arma y emprendieran una segunda oleada. Los elfos corrieron a través de la confusión alentada por el enfrentamiento entre lobos y guerreros, hasta alcanzar el centro del griterío, hasta llegar a los humanos que se apresuraban a formar. Si los humanos peludos tuvieron alguna oportunidad de formar algo parecido a una línea de batalla (suponiendo que supieran a qué obedecía semejante concepto), la perdieron en escasos segundos cuando el combate se transformó en una serie de duelos singulares.
Tan firme e intransigente como la flecha que abandona la cuerda del arco, Alea avanzó directa hacia el caudillo. Lo consideraba el principal responsable de las perrerías que cometían esos hediondos humanos, el único que llevaba las orejas de un elfo del clan Elian. Pagaría el precio debido por los crímenes que había cometido su gente.
El caudillo estaba preparado para aguantar la carga. Aprovechó el tiempo que le proporcionaron los camaradas caídos ante su mirada para desenvainar su espada. Era un arma negra y pesada, poco más que una fría barra de acero con un único borde afilado. Profirió un juramento y farfulló algo en su lengua bárbara. La única respuesta de Alea fue dibujar una mueca con los labios, que parecía prometer una muerte rápida.
El humano atacó a fondo, y Alea esquivó el ataque con gran agilidad, pues su propio acero parecía una pluma en comparación con la espada del contrincante. Al hacerse a un lado, levantó rápidamente su espada y fue recompensada con el crujido sordo y húmedo del cuero y la carne al abrirse. A continuación dio un paso atrás para enfrentarse cara a cara a su enemigo, y vio que el brazo con que el humano esgrimía el arma sangraba profusamente.
Los ojos del caudillo brillaron febriles de rabia, y gruñó antes de calmarse y adoptar la posición de en guardia. No era una bestia que se dejara cegar por la batalla, dispuesta a cargar a ciegas contra la punta de la espada enemiga. En lugar de ello, el humano levantó la punta del acero, que trazó un círculo diminuto en el aire, conminando a la elfa a que tomara la iniciativa.
Ella dio un paso al frente, y él volvió a atacar a fondo. En aquella ocasión ella interpuso el acero para detener la espada de hierro del enemigo. El acero frío arañó la superficie pulida de su espada, consiguiendo atrapar la hoja del caudillo con la guarda. Entonces dio un paso a un lado y tiró con fuerza, arrancando la espada de la mano del humano. Al chocar contra el suelo, ella recuperó la posición, y lanzó una estocada al estómago del caudillo con intención de atravesarlo.
Algo grande y peludo golpeó a Alea en el costado derecho, haciéndola perder pie y cayendo, pero rodó sobre sí para librarse del abrazo mortal. La cosa peluda era una de las guardaespaldas del caudillo, que avanzó cuan larga era hacia ella, para desaparecer bajo otro ser cubierto de pelo que, en esta ocasión, era un lobo. La mujer bárbara perdió el equilibrio y profirió un grito, que acabó convertido en un gorgoteo sangriento.
Entonces Alea volvió a ponerse de pie, agitando la cabeza para despejarse. El caudillo había desaparecido entre el polvo y la confusión de la batalla. ¿Estaría buscando otra arma? ¿O habría llegado a la conclusión de que los bosques colindantes eran una mejor alternativa que aquel campamento invadido por los elfos?
El humano cautivo de la barba pelirroja se acercó a ella caminando con dificultad, mostrando que tenía las manos atadas.
—Líbreme de las ataduras, si es tan amable —le suplicó el mortal en lengua elfa.
Aquellas palabras sacudieron a Alea con la fuerza de un golpe. Nunca hubiera podido imaginar que uno de aquellos monos que se desplazaban por tierra conociera la lengua única, y aquél en particular la hablaba apenas sin acento. ¿Quién sería? Si lo dejaba libre, ¿los ayudaría o huiría al bosque?
En el extremo opuesto del claro, Alea vio al peludo caudillo humano.
—Después —dijo, empujando al maniatado. Éste gritó algo a su espalda, que Alea no pudo oír.
El caudillo la vio al mismo tiempo, y apartó con fuerza a uno de los cazadores elfos para alcanzarla. Al parecer no había encontrado otra arma, aunque esgrimía una cadena con bolas de metal llenas de pinchos.
La hizo girar en su dirección cuando aún no estaba a su alcance, y la bola trazó un arco al hendir el aire. Alea se arrojó sobre el caudillo antes de que pudiera recuperar su arma.
Pero calculó mal; mientras se movía, el humano dio un paso al frente, cambió la postura del cuerpo y logró, con bastante rapidez, cambiar el sentido del giro. La cadena se enredó alrededor de su brazo, y los pinchos de la bola mordieron su carne.
Alea profirió un gruñido y perdió el equilibrio, mientras el humano se afianzaba en el suelo y tiraba de ella.
Alea era más rápida y ágil que el bárbaro, pero éste la aventajaba en altura, peso y fuerza. Al verse arrojada hacia adelante, perdió la espada y cayó indefensa a los pies del caudillo, cuya bota descargó un golpe cruel. Ella se retorció, para que la alcanzara en el hombro, en lugar de en la garganta.
El caudillo sonrió, y los últimos rayos del sol poniente encendieron las cicatrices de su rostro y subrayaron el boquete que tenía en la dentadura. Una mano cogió con fuerza la cadena que la mantenía atrapada bajo la bota, y con la otra mano desenvainó del cinturón una daga del tamaño de un diente de dragón.
Entonces un par de manos frágiles cogieron la cabeza del caudillo por detrás, y Alea oyó que alguien gritaba una palabra antigua, arcaica, una palabra mágica, una palabra capaz de convocar un hechizo memorizado.
Las manos se iluminaron en una intensa llamarada azulada, y la cabeza del jefe de los bárbaros desapareció en medio del resplandor. Cuando el fulgor desapareció, también lo hizo la cabeza. Lentamente, al igual que un bote con una vía de agua, el cuerpo tambaleante del bárbaro se desplomó en el suelo.
Detrás del cadáver se encontraba el mago de la barba roja, que al parecer había logrado librarse de las ataduras, tendiendo la mano a Alea.
La elfa cogió su espada y se incorporó, mirando alrededor al campamento. La lucha había terminado. Había un grupo apiñado de lobos que gruñía sin cesar a un humano que aún se agitaba con vida, pero el resto de sus enemigos no eran sino materia inanimada, amasijos de carne ensangrentada, esparcidos por los suelos.
Muchos elfos habían resultado heridos, pero ninguno había muerto. No quedaba un solo humano en pie, excepto el pálido y barbudo de la ropa harapienta.
—De nada —dijo en voz baja, en el idioma único.
—¿Tú no perteneces a esta manada, verdad? —preguntó enfurruñada y ceñuda, tirando de la correa que tenía colgadas las dos orejas del elfo, de los restos del caudillo humano.
—Observadora, además de fuerte —respondió el humano—. No, no tengo nada que ver con ellos. Estos salvajes me capturaron, pensaron que era un mago diabólico, y estaban a punto de utilizarme como divertimento pasajero cuando usted demostró tener… el don de la oportunidad.
Alea metió las orejas del elfo en la bolsa, con intención de entregarlas a la familia Elian, para que pudieran enterrarlas junto al cadáver.
—De modo que la venganza fue su motivación —prosiguió el pálido humano, que no renunciaba a entablar conversación—. Qué lástima. Pensé que tenía algo que ver con la maldición que me acosa.
—¿De Netheril? —inquirió, mirándolo fijamente, como si lo viera por primera vez.
—Netheril ya no existe —respondió el humano, moviendo la cabeza a uno y otro lado, como si quisiera asentir y negar a la vez.
—Entonces puedes seguir tu camino, humano —dijo Alea, dándole la espalda para dirigirse hacia donde estaba el resto de su partida de caza. Habían saqueado las chozas por lo que pudiera haber; uno de los elfos era el encargado de ir de choza en choza, prendiendo fuego a los edificios con una tea encendida. Una gruesa columna de humo empezó a elevarse hacia el cielo, y los elfos procedieron a arrojar los cadáveres humanos en el interior de las chozas, para que fueran devorados por las llamas. A muchos les habían arrancado las orejas.
—Como bien sabe, eso no logrará detenerlos —dijo el humano.
Alea se detuvo en seco y se volvió para observarlo de nuevo.
—¿Qué no detendrá a quién? —preguntó, profiriendo un suspiro.
—Matarlos. Humanos. En fin, al menos a estos humanos, en cualquier caso. —Dio una patada a uno de los cadáveres—. Si matas a un humano, tendrás que hacer planes para cuando sus hijos vayan a buscarte. Y, después, sus nietos. Y los primos, los parientes lejanos, los amigos y los demás… hasta que todos se armen para luchar contra ti. No, al matarlos tan sólo logras alentarlos.
—En realidad es más simple que todo eso, humano parlanchín —dijo Alea, mordiéndose el labio inferior—. Esta tierra nos pertenece. Somos sus guardianes. Es nuestro territorio de caza.
—Y los demás humanos lo saben —respondió el de la barba pelirroja haciendo un gesto de asentimiento—. Los hombres del Valle se extienden hasta el Dragón, así como los avariciosos o los desesperados procedentes de las ricas naciones mercantes del sur. Han descubierto esta tierra boscosa, un territorio de caza virgen, rico, que tan sólo cuenta con un puñado de elfos para defenderlo. Parece llamar a gritos su atención.
—Una buena advertencia —dijo Alea, enfurruñada, enarcando ambas cejas—. Y aun así me pregunto qué haces aquí. Ya sabes, después de todo eres un humano —señaló, con un punto de curiosidad en su tono de voz, mientras prendían fuego a la última choza.
—A menudo me gustaría no serlo —dijo el del cuerpo frágil, tendiendo de nuevo la mano—. Baerauble Etharr.
Alea observó la mano extendida del humano. «Le desagradan los de su propia especie —pensó—, y pese a todo estrecharse la mano es un gesto propio de ellos».
Levantó la mirada y recorrió el brazo del humano hasta la barba mal cortada, iluminada por las llamaradas que desprendía el fuego. Tenía un aspecto casi cómico, aunque en el fondo Alea pensaba que poco importaba su aspecto. Lo más probable es que acabara muerto cualquier noche en el territorio, a menos que contara con la protección de los elfos.
Y al mirarlo a los ojos, se dio cuenta de que él también lo sabía.
—Alea Dahast —respondió, estrechándole la mano que le ofrecía con gesto cansino—. ¿Eres un…?
—¿Que si soy qué?
—¿Un mago maligno? —preguntó con naturalidad.
—Mago, sí; maligno, no —respondió Baerauble Etharr, momento en que Alea creyó distinguir un brillo en la mirada del humano—. Pero como mago, considero la compañía de mis semejantes, cuando menos, bastante aburrida.
Alea se volvió para acercarse a su gente. El humano la siguió, al mismo paso que ella.
—Y si no acabamos con esos pordioseros humanos, ¿qué podemos hacer? ¿Entregarles la tierra? —preguntó Alea, volviendo la cabeza, tras no haberle prestado atención algunos minutos.
—Podríais atemorizarlos.
Se detuvo y observó intrigada al mago.
—Aquí hay lobos —añadió él, esbozando una leve sonrisa.
—Qué observador, para ser un mago —murmuró burlona, procurando que sus palabras imitaran el ligero acento del humano. Debía de venir del norte, parecía el acento musical propio de los habitantes de Netheril.
—¿Muchos? —preguntó, correspondiendo a su broma con un amago de sonrisa.
—Unos cuantos.
—Conseguid más. Los más fieros, lobos desesperados. Y también algunos osos, y cualquier animal imponente que habite en los bosques y podáis conseguir. Pero no demasiados como para hacer que la caza se convierta en un negocio peligroso para los tuyos. Disemínalos por las fronteras… sobre todo por la frontera oriental, cerca de los asentamientos humanos.
Ella permaneció inmóvil, pensativa.
—Si los humanos ven que hay criaturas peligrosas en los márgenes del bosque…
—Creerán que en el interior del bosque son más fieras aún. Para algunos, esto constituirá un peligro que combatir a cualquier precio, pero cualquiera que se acerque al bosque estará demasiado ocupado como para enfrentarse a las bestias que ronden por allí, tanto que aún serán menos los humanos que se adentren en el interior. No es posible matar a todos los humanos, pero sí mantenerlos a raya.
Alea se las apañó para sonreír mientras observaba los restos humeantes del campamento humano. Percibió que la verdad de aquellas palabras la reconfortaba tanto como las llamas que ardían ante ella.
Sí, Iliphar se pondría hecho una furia cuando se enterara de lo sucedido, pero aquella estrategia tan sencilla, además de las orejas devueltas, podría granjearle el perdón de los ancianos, quizá su favor. Y si llevaba consigo al mago humano, como parte del botín…
—Vendrás con nosotros —dijo secamente. Entonces volvió la cabeza y gritó a los cazadores la orden de partir.
—Por supuesto —respondió el hombre larguirucho. Alea no vio el brillo de sus ojos, ni la amplia sonrisa de sus labios, pero tampoco le hacía falta. Podía imaginarlas.