Gallaecia, verano de 384

 

Irene no esperaba volver. A pesar de cuanto ha vivido, todavía consideraba aquel lugar como ajeno a su existencia. Habría deseado convertirlo meramente en un punto más que incorporar a la legendaria imprecisión de los mapas. Pero no ha sido así.

Han cambiado muchas cosas desde hace tres años, cuando bordeaban las orillas del Eume. Las premuras que a la sazón los espoleaban han dado paso a una calma contemplativa que la incita a llevar a su caballo al paso. No siente la menor urgencia por llegar a Calavario, pero sabe que es la única salida, que está obligada a honrar la confianza y la amistad de Etheria.

Tras haber atravesado el delta avanzan río arriba, siguiendo los caminos que habrán de conducirlos hasta la comunidad donde vio por primera vez a la peregrina. La lentitud que ha impuesto a su montura le permite prestar atención a las profundas sombras que los helechos proyectan sobre el agua; hay una luz dura que atraviesa los árboles por miles de resquicios distintos. El verano ha cambiado el escenario respecto de la estancia anterior y, en ese momento, tiene la sensación de que también la naturaleza de su misión es diferente. La promesa de concordia que las dos mujeres se hicieron durante la despedida en el puerto de Ostia impregna cualquier iniciativa.

La sobrina del senador Símaco viaja en compañía de Culleo, circunstancia que no deja de resultarle extraña. Sí, se trata de aquel soldado que acompañó los primeros pasos de Etheria fuera de su refugio, el que la protegió durante el viaje a Tierra Santa y que más tarde regresó con un mensaje que, de haber tenido acceso a él, a muchos se les habría antojado confuso.

Irene, sin embargo, lo ha entendido desde el primer momento. Y esta es la razón por la cual ha viajado de nuevo a Calavario. Nada habría valido la pena si no fuese porque ella y Culleo se encuentran de nuevo en camino. Las palabras de la peregrina han de llegar a esa comunidad de mujeres que ha conocido la fortaleza de su fe y que, según todos los indicios, espera día tras día su regreso.

El lugar, alejado de todo y de todos, tendría que resultar familiar a los viajeros, pero Irene y Culleo comparten una vaga sensación de inquietud. El sol de julio convierte el río en un espejo brillante que les devuelve su imagen, pero el curso de las aguas la hace movediza, al igual que sus anhelos.

Irene se dice que solo por aquel reencuentro con el Eume, para revivir su baño de entonces, con el agua helada sobre la piel, el viaje cobra sentido. Todavía baja crecido por la nieve que se funde en las montañas, y su lecho, rebosante, alcanza la anchura máxima. Intenta adivinar en qué rincón, tiempo atrás, la peregrina habría posado la mirada. Cierra los ojos y sonríe plácidamente en busca de palabras, herramienta de la que se servía Etheria cuando se interrogaba sobre las cosas del mundo. ¿Cuáles habría elegido para grabar en su tablilla, para revivir de nuevo la emoción del momento?

Entre tanto, observa que las veredas se bifurcan y se pierden entre arboledas y barrancos. Las sigue con la mirada plácidamente, sin escudriñarlos, y piensa que no hay ningún sendero que sea bueno, o tal vez lo son todos. Muy cerca, los tejos proyectan su sombra, y en el interior del bosque los pájaros interpretan su música.

—No hay ningún sendero que sea bueno, o tal vez lo son todos... —se repite, mientras Culleo acerca el caballo una vez más a la orilla del agua para que pueda saciar la sed.

—¿Crees que nos hemos perdido? —pregunta el soldado al observar que Irene se detiene.

—Hacer un alto en el camino es muy distinto de no avanzar, querido Culleo.

El hombre la mira desconcertado y ella lo adivina, pero no añade ni una palabra más. Necesita reconciliarse con sus fantasmas, abandonar la mirada miope que la ha mantenido como una esclava de las distancias cortas.

De vez en cuando palpa el fajo de pergaminos que lleva en la bolsa, y su tacto la consuela. Tanto da que deba desprenderse de ellos, que después de la visita a Calavario pasen a otras manos. Sabe que solo deberá afrontar una punzada de nostalgia, y que lo vivido es capaz de trascender lo escrito, conferirle nuevas dimensiones.

Justo antes de enfrentarse al último tramo, el pasado cobra fuerza de nuevo. En su mente se amontonan las imágenes de aquella otra llegada. La noche bajo la lona extendida entre dos árboles a modo de protección contra la lluvia, el barro que dificultaba el acceso, el resbalón del caballo que tuvieron que sacrificar... Y, después, aquella mirada acusadora del búho, la lentitud del tiempo mientras esperaban que la mañana dotara de verosimilitud a la visita fingida, el miedo a ser descubiertos.

—Tan solo tres años, ¿te das cuenta? —pregunta Irene al soldado—. Y da la impresión de que hubiera sucedido en otra vida.

Sin que haya respuesta por parte de Culleo, los dos jinetes reemprenden la marcha.

Antes de vislumbrar el murete que abraza las edificaciones a las que se dirigen, un perro grande de pelaje brillante, con las orejas muy tiesas, les sale al encuentro. Ladra y describe círculos a su alrededor. Detrás de él, a cierta distancia, corre una joven espigada que intenta sin éxito hacerlo volver a casa.

—Dios os guarde —los saluda, mientras sujeta al animal con una mano—. Disculpad, no tenemos muchas visitas en estas montañas y Dorkas no está acostumbrado a los extraños.

Instantes después, la muchacha abre unos ojos como platos e interpela de nuevo a los recién llegados.

—¿No serás por ventura Etheria? —pregunta dirigiéndose a la mujer.

—No. Podríamos decir que tengo el privilegio de ser su mensajera. ¿Llevas poco tiempo aquí?

—Solo un par de meses, pero en la comunidad no se habla de otra cosa. Todos la tenemos presente en nuestras oraciones. Pero... ¡pasad, por favor! Voy a avisar a mis hermanas.

La muchacha empuja al perro y aprieta el paso hacia la casa principal. Irene aprovecha para inspeccionar el lugar. Sin querer, su vista se detiene en el rincón donde se amontonaba la leña para el invierno. Dos plantas lozanas ocupan aquel espacio protegido del viento. Contemplarlas no basta para silenciar la conmoción que en aquel entonces le produjo el ruido del cuerpo de Torbe al chocar contra los troncos. La primera de las muchas muertes que a la sazón ni siquiera podía sospechar.

—Y, pese a todo, se diría que...

—Se diría que el tiempo se ha congelado —completa Culleo.

No tienen que esperar demasiado para ver regresar a la joven en compañía de otras cuatro mujeres. Irene reconoce a dos y hace un esfuerzo por recordar los nombres. No obstante, antes de que lo consiga una de ellas la recibe con los brazos abiertos y una sonrisa sincera.

—¡Irene! ¡Qué sorpresa y qué alegría volver a verte! Pareces fatigada. Entra y descansa. Te prepararemos algo, vienes sofocada. —Acto seguido se dirige al soldado y añade—: Le diré a Lupo que dé agua a los caballos y te lleve algo de comer.

Irene está a punto de pedir que le permita acompañarlas, de decir que no se trata de un simple soldado, pero Culleo adivina sus intenciones y hace un gesto con la cabeza, invitándola a callar. Una de las mujeres de mayor edad los observa de cerca y arruga la nariz con displicencia. Irene no se atreve a preguntarle su nombre, pero está casi convencida de que se trata de Jacinta.

En el interior del recinto todo son carreras nerviosas, y en un santiamén el resto de las mujeres hacen su aparición, tras abandonar rezos y estudios. Irene es el centro de atención en aquella sala de lectura repleta de estantes con pergaminos, la misma que tiempo atrás registró con avidez en busca del libro de Catón. Las preguntas se suceden de forma atropellada, y rehuirlas carece de sentido. Mientras hace acopio del valor necesario, la sobrina de Símaco pide silencio y toma la palabra.

—He recorrido un largo camino para cumplir el encargo que me encomendó Etheria. Fui testigo del compromiso que contrajo con vosotras, y también del esmero con que anotaba lugares y sensaciones en su tablilla de cera o en los papiros que desplegaba sobre cualquier mesa improvisada.

Irene hace una breve pausa para templar la voz y los ánimos. Entre tanto, aprovecha para vaciar el contenido de la bolsa que la ha acompañado a lo largo de todo el camino y dejarlo a la vista de la comunidad. Las mujeres miran los rollos esparcidos sobre la mesa y esperan, pero un velo de inquietud cubre la estancia. El ambiente distendido del comienzo se ha ido desdibujando; el discurso de la recién llegada ha adoptado un tono más serio que las desconcierta.

—A partir de la lectura veréis que el itinerario de su peregrinación se compone de dos partes muy diferentes. La primera tiene a Roma como destino. Yo misma hice ese trayecto inicial, casi en su totalidad, en su compañía. La segunda parte de los escritos empieza justo donde nos despedimos, en el puerto de Ostia.

Irene hace una pausa para mirar a su alrededor. Se nota la boca pastosa y echa en falta el ofrecimiento que le han hecho al llegar. La muchacha que jugaba con el perro parece leerle la mente y le acerca una jarra con leche fresca. Tras tomar un sorbo, continúa hablando.

—Etheria partió de ese puerto para emprender la travesía hacia los lugares bíblicos que tanto deseaba pisar. La esperaba el Sinaí, el sepulcro de Job o de Moisés, el pozo de Jacob, entre otros muchos sitios que había leído en las Escrituras. Sin embargo, al final regresó a Constantinopla. Todos los episodios que podréis leer están trufados de encuentros y descubrimientos, de curiosidades y de emoción. La peregrina recrea el polvo de los caminos, a veces escarpados, a veces serpenteando entre valles y viñas... También su travesía a bordo de un falucho, cuando cruzó el Éufrates para llegar a Siria.

—¿Dices que sus escritos terminan en Constantinopla? —pregunta una joven cuyo nombre ignora.

—En efecto, así es.

—Pero... ¿cuándo volverá? —insiste la muchacha.

Irene agacha la cabeza y traga saliva. El silencio se vuelve denso y las miradas convergen en el rostro de aquella emisaria que no parece tener buenas noticias que comunicar.

—¿Qué ocurrió, Irene? —pregunta Jacinta, mientras algunas de sus hermanas se cubren la cara y se abrazan para combatir el horror.

—No sufrió. Se fue con placidez, y quienes vivieron aquellos instantes afirman que su rostro exhibía una gran sonrisa.

—Pero... no es posible... ¿Por qué no nos avisó nadie?

—Culleo permaneció a su lado hasta el último momento. Si he venido en persona a traer su legado ha sido obedeciendo a su voluntad. No se han podido determinar las causas de su muerte, tal vez incubaba una enfermedad que contrajo en tierras lejanas. Solo sé que su cuerpo se fue debilitando y todo fue muy rápido...

Irene oye un sollozo reprimido, al tiempo que alguien eleva una plegaria en voz baja. Poco después un murmullo se extiende por la sala y, mientras dos mujeres se abrazan, ella se levanta con la intención de abandonar el lugar.

—¿Te marchas? —pregunta Jacinta, mirándola fijamente a los ojos.

—Estoy segura de que preferís llorar a solas, yo aquí ya no pinto nada.

La mujer no insiste, pero Irene nota como aquellos ojos la atraviesan. Siempre tuvo la certeza de que Jacinta sospechaba de ella, aunque poco importa ya. De repente tiene prisa por dejar atrás a aquellas almas tristes. Sale al exterior y, sin volverse en ningún momento, pide a Culleo que prepare los caballos.

En julio los días son muy largos y todavía los separa más de media jornada de su próximo destino.

Sobre la mesa de la sala han quedado los manuscritos que, a lo largo de casi cuatro años, ha ido escribiendo la peregrina. Los ha leído muchas veces, pero le cuesta recordar las palabras exactas. Por el contrario, conserva en la memoria el contraste entre su letra desigual y la precisión de su discurso. Incluso sería capaz de reproducir alguno de aquellos dibujos con los que ilustraba los pergaminos definitivos.

Irene imprime ritmo a su huida hacia delante; el caballo obedece el deseo de la mujer y salva los desniveles con decisión. Culleo la ha seguido sin hacer preguntas, la conoce lo suficiente para saber cuál es el destino que persigue con tanta celeridad. Cabalgan en dirección al mar mientras el sol cae a plomo y, a medida que se acercan, un viento suave ondula la superficie de los campos sembrados, al tiempo que levanta una nube de polvo a su paso.

De vez en cuando Irene se restriega los ojos y parpadea en un intento de obtener una visión menos turbia, pero no se detiene. Al rato modifican la trayectoria y se dirigen hacia el sur, apenas descansan para beber agua o comer unos frutos secos. El ecuador del día va quedando atrás y el asfixiante calor se hace más soportable.

Solo cuando el cielo empieza a mudar del azul al púrpura recuerda Irene las palabras de Bappo. Ella estaba enferma en el barco que los llevaba a Roma desde Arelate, y se lo fue contando al oído, como se hace con los niños pequeños para que se duerman. Le habló de su intento de desaparecer, de cómo había seguido el curso del río bajo el vuelo de un quebrantahuesos sin intención de mirar atrás. Sin embargo, había regresado a Calavario para ayudar a sus compañeros y, sobre todo, para proteger a la enviada de Símaco, la mujer que, casi sin darse cuenta, le había llegado a lo más hondo del corazón.

—Todavía estarías vivo... —musita Irene mientras la luz del anochecer agoniza sobre las olas—, pero gracias de todos modos.

Al llegar a Brigantium los caballos están al límite de sus fuerzas. También los jinetes; Irene se mueve maquinalmente, evoca su anterior visita en un intento de localizar la casa, pero la noche se impone y la luna creciente confiere al lugar una apariencia espectral.

—¿Y si el antiguo legionario no ha podido edificar en el mismo lugar donde murió Hermina? —se pregunta en voz baja.

Culleo no responde a sus dudas, pero busca puntos de referencia. No muy lejos de donde se encuentran se perfila una figura que camina doblada bajo el peso de un saco. El soldado se le acerca a buen paso.

—Buen hombre, buscamos la casa de Cayo Licinio.

—¿Cómo dices?

—No sabemos con certeza si Cayo vive todavía en estos parajes, hace unos cuatro años se incendió su casa...

—¿Te refieres al marido de la pobre Hermina?

—¡Sí, sí! ¡Es a él a quien buscamos!

—Fue una desgracia la forma en que murió aquella mujer. No se lo merecía... Él nunca volvió a ser el mismo. Al regresar, construyó una cabaña un poco más allá de aquellos árboles —dice señalando a lo lejos mientras deposita el saco en el suelo—. Yo mismo lo ayudé. Bueno, yo y todos los del pueblo, pero no se lo ve mucho por aquí.

El desconocido no tiene demasiada prisa y sí muchas ganas de hablar. No obstante, Culleo da por finalizada la conversación. Ya ha averiguado lo que quería y debe decírselo a Irene. La joven sigue explorando los alrededores con una tea en la mano, descartando posibilidades. Cuando el soldado le transmite la información recibida, Irene exhala un suspiro. Por un momento, la posibilidad de que Cayo Licinio hubiera pasado a formar parte del reino de los muertos empezaba a intranquilizarla seriamente.

Llevando a los caballos de la brida, ambos se dirigen al lugar que el hombre les ha indicado. Al acercarse divisan el perfil de la cabaña, construida de troncos y barro al abrigo de un árbol frondoso. Un hilo de humo escapa de vez en cuando por el ventanuco, y un poyo de piedra bordea la entrada. Solo les resta llamar a la puerta, pero Irene todavía permanece unos instantes ante el umbral, apoyada en el cuerpo de su caballo. Tras respirar hondo, se decide por fin.

Cayo responde desde el interior, pero su voz es monótona y apagada, dista mucho de reflejar la vitalidad que la caracterizaba. La joven insiste e imprime mayor fuerza al repicar de sus nudillos, pero esta vez acompaña el gesto gritando su nombre. No necesita esperar demasiado para que el chirrido de la madera se anticipe al descubrimiento del rostro demacrado, en el que el dolor y la dejadez han dejado su huella.

Cayo la mira cual si se tratara de un espíritu. Incapaz de mover un solo músculo, mantiene la lámpara a la altura del rostro que se le ofrece sonriente. Solo instantes más tarde es capaz de imponerse al peso de los párpados vencidos y abrir de nuevo los ojos a unos relámpagos de vida.

—¡Irene! —farfulla, y tras besarle la palma de la mano, apoya en ella un momento su mejilla húmeda y áspera—. ¿Estás bien? ¿Os encontráis a salvo?

Sin embargo, la pregunta no alude a Irene y su acompañante. Los recién llegados saben que es a Etheria a quien se refiere. La sobrina de Símaco asiente y ambos aceptan la invitación a entrar en la cabaña. Cayo los acompaña renqueando visiblemente.

—No esperaba visitas —se disculpa, al tiempo que aparta del banco de madera un amasijo de ropa sucia y pasa la manga por el asiento.

Tras aceptar un vaso de vino, Culleo sale de nuevo al exterior con el fin de ofrecerles un espacio de intimidad.

—¿Has comido algo? El caldo es de ortigas, pero si no te gusta puedo ofrecerte un poco de tocino. Y tal vez quede un trozo de queso y un par de huevos —dice, al tiempo que señala hacia la reducida estancia, que parece desnuda y poco ventilada.

Irene echa un vistazo sin moverse del sitio. En el suelo hay tres vasijas de barro y un ánfora. Una cadena provista de ganchos cuelga de un saliente que atraviesa la pared ennegrecida, y la olla hierve lentamente sobre el escaso fuego.

—Gracias, Cayo. Aceptaré si me acompañas.

—Os quedaréis a pasar la noche, ¿verdad?

Más que una pregunta, parece una súplica.

—Tengo un haz de paja a cubierto, bajo un tejadillo que hay en la parte de atrás. Culleo y yo podemos dormir en el exterior, lo hago muchas noches. Con este calor, casi se agradece.

—Ya nos las arreglaremos. He de contarte una cosa.

Cayo escruta sus ojos con una inquietud que no intenta disimular. Ya no se queja de la pierna, como hasta hace un rato, sus cinco sentidos permanecen a la espera de las palabras que Irene está a punto de pronunciar. Sin demorarlo más, la sobrina de Símaco le relata su visita a Calavario en cumplimiento de la promesa que había hecho a la peregrina.

—No. No te angusties. Hay una cosa que quiero compartir solo contigo. Se trata de algo muy importante, y me consta que sabrás entenderlo. Hace unos meses recibí una misiva...

Cayo ni siquiera parpadea, se limita a tragar saliva ruidosamente sin apartar la vista del rostro de la mujer.

—Me la trajo Culleo desde Constantinopla, y me hizo feliz saber que Etheria se encontraba ya más cerca. Ahora bien, a diferencia de otras veces, la carta iba acompañada de unos rollos. Contenían las palabras que había escrito a lo largo de todos estos años, noticias de los viajes y de los lugares que había visitado, pero también reflexiones religiosas o de naturaleza más personal. Me pedía que fuera a Calavario...

—Pero...

—Cuando oigas el contenido de la carta lo entenderás todo.

Irene mete la mano en la bolsa y saca un grueso pergamino, que procede a desenrollar con cuidado. Tras aclararse la voz, lee:

 

Querida Irene:

Cuando recibas esta carta de manos de mi fiel Culleo yo ya estaré en paradero desconocido. No querría inquietarte, muy al contrario, mi intención es compartir contigo este anhelo de aventura y búsqueda que guía ahora mis pasos en dirección a Asia y, muy en especial, hacia mi centro, del que, paradójicamente, siento que he huido.

¡He caminado tanto, Irene! He ido y vuelto de lugares sagrados buscando la emoción del reencuentro, me he esforzado por entender lenguas que me son ajenas con el fin de acercarme a la verdad, y me he rendido a la contemplación de vestigios, los de los espacios que fui construyendo a partir de mis lecturas en Calavario.

En esta aventura me han acompañado obispos y hombres de poder, monjes, anacoretas, vírgenes. He subido a montañas santas y transitado por la soledad de los desiertos, enardecida por el deseo de rezar en los mismos lugares donde lo hicieron Moisés y el pueblo elegido, espoleado por la fe en su viaje a la tierra prometida. Me has visto orar sobre las tumbas de los mártires y de los santos, y siento que yo misma me he convertido en uno de ellos. Ya no sé discernir entre mis deseos y los que impone la persona que he ido construyendo a los ojos de todos. Tanto ruido ha acallado mi propia voz y menospreciado todas aquellas que no se acomodaban a lo que necesitaba oír.

Las retinas me arden, amiga mía. Tengo grabadas a fuego escenas terribles, y otras de bondad infinita, protagonizadas por personas que no participan de nuestras creencias. Sin embargo, también he sentido que formaba parte de los verdugos, aquellos que se han dedicado a infligir dolor y se han creído los «elegidos» del reino de los cielos.

He garabateado muchos papiros antes de llegar a este y, pese a no tener la certeza de que las palabras no acaben traicionándome, necesito acercarme a lo que siento y pedirte un último favor. No martirices a Culleo con la exigencia de más explicaciones de las que pueda darte. Ha sido un leal servidor y ninguno habría tenido mayor consideración con mi persona. Pero también de él debo desprenderme.

No. No me siento como si estuviera atravesando una crisis de fe, solo intento romper las cadenas con las que me he dejado inmovilizar brazos y piernas y... Necesito volar libre, permitirme la duda, explorar otras formas de entender el amor, sin tener que flagelarme ni dar explicaciones. No quiero ser un ejemplo a seguir, es una responsabilidad a la que renuncio de buen grado. Mas tampoco quiero huir del cumplimiento de mis obligaciones y compromisos. Jamás habría podido llevar a cabo mi viaje, en el sentido más amplio de la palabra, de no haber gozado del privilegio que me otorga mi parentesco con el emperador.

Mis hermanas de Calavario esperan noticias, es probable que las cartas que les he dirigido en diversos momentos no siempre hayan conseguido llegar a buen puerto. Te hago depositaria de mis escritos. En ellos relato parte del periplo vivido, detallo espacios y algunas de las reflexiones que me ha provocado el hecho de estar en contacto con lugares tan señalados... Si me crees merecedora de este beneficio, en recuerdo de la amistad que nos une te pido que se los hagas llegar. Diles que es un punto final, que he muerto. Nadie mejor que tú podrá hacerlo con tanto tacto, porque nosotras hemos aprendido a querernos desde la diferencia.

Esta es mi última voluntad, Irene. En estos momentos ya hay quien habla de la monja Etheria, muchos de la peregrina santa, pero necesito abrir mi corazón desde la invisibilidad, renacer, y para conseguirlo he de morir a los ojos de todos. El Jesús de Belén me interesa especialmente, y necesito acercarme a la cueva con el corazón limpio, tal como hicieron los pastores. A veces siento que se avergonzaría de nosotros y que hemos tergiversado su mensaje de amor incondicional...

«Caminad mientras tengáis luz, para que no os invadan las tinieblas.»

Quiero meditar sobre estas palabras que el apóstol Juan dirigió a los cristianos de Éfeso. Deseo ir a su tumba y encontrar su verdadero sentido. Explorar los límites de las luces y las tinieblas desde el amor, desde el goce del perdón, sin juzgar ni condenar a nadie. Necesito ser capaz de abrazar a todo el mundo sin reservas ni prejuicios, tal como un día hicimos tú y yo en Ostia. ¿Lo recuerdas, Irene?

Siempre tuya,

Etheria