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Barcino, principios de junio de 381

 

Al día siguiente de su llegada a Barcino, Etheria visita la fortaleza romana conocida como Castrum Octavianum. Necesita ver con sus propios ojos el lugar donde desde hace ochenta años descansan los restos mortales de un mártir llamado Cucufate. En tiempos de Diocleciano, aquel hombre santo fue degollado por orden del gobernador romano y desde entonces son muchas las almas piadosas que le ofrecen ofrendas y le piden favores.

Irene ha acompañado a la peregrina sin protestar y a lo largo de las ocho millas recorridas en dirección a Egara no ha abierto la boca. Se ha negado a comer lo que le han ofrecido y las bolsas bajo sus ojos delatan que tampoco descansa muy bien.

Durante el viaje de regreso a la casa donde las han alojado Etheria quiebra el silencio que se ha instalado entre ellas.

—Me temo que el ayuno que practicas no tiene nada que ver con un acto de penitencia por el perdón de tus pecados. Más bien lo considero un gesto de soberbia que deberás corregir.

—Puedes obligarme a ir contigo a Roma, pero me temo que tu autoridad es limitada. No lo puedes todo, señora.

La manera en que ha pronunciado la última palabra, y la forma en que la ha mirado al hacerlo, molestan a la sobrina de Teodosio. A partir de ese momento las órdenes del soldado que guía a los caballos es la única voz que se deja oír dentro del pequeño carruaje en el que viajan. Hasta que, cual reflejo de la incomodidad que se vive en el reducido habitáculo, el cielo también suelta el lastre que soportaba y de repente se desata una tormenta. Los caballos relinchan al oír los truenos y ver estallar los relámpagos que iluminan el camino de manera intermitente.

Pese a que aún no se ha hecho de noche, las calles de Barcino han quedado vacías y las pocas personas que transitan por ellas lo hacen a toda prisa, cubriéndose la cabeza con lo que tienen a su alcance. Etheria estira el cuello hacia el exterior, pero solo es capaz de distinguir sombras movedizas tras la espesa cortina de agua. Su acompañante permanece imperturbable, ausente.

Pese a que los soldados hacen lo posible por acercar el carruaje a la casa, se ven obligadas a recorrer el último tramo a pie. La peregrina llega empapada, mientras que Irene camina sin forzar el paso. Ajena a la lluvia, avanza maquinalmente, sin esquivar los charcos del suelo.

—¡Irene, por el amor de Dios, ven a cubierto! —exclama Etheria desde el umbral de la puerta de entrada.

La joven no parece oírla y se detiene, recibiendo con los ojos cerrados el agua que le baña el rostro y le empapa la túnica. Los soldados observan con atención a la peregrina por si da orden de empujar a aquella figura estática, pero ella niega con la cabeza. Tampoco permite que Bappo salga a cubrirla con una lona, como era su intención. El gigante acepta de mala gana el mandato mientras Cayo le sujeta el brazo.

Para sorpresa de todos, es la propia Etheria quien sale al exterior a buscarla. En ese preciso momento un muchacho de unos doce o trece años tropieza con ellas y sigue corriendo como alma que lleva el diablo, con un perro más bien esmirriado pisándole los talones.

Culleo saca la espada dispuesto a atrapar al chiquillo, pero una voz rota detiene la escena momentáneamente.

—No le hagas daño, es mi hijo.

La mujer que suplica se arrodilla a los pies de Etheria.

—Dile que no lo toque, te lo ruego.

Una vez que el soldado ha vuelto a envainar la espada, la peregrina invita a aquella desconocida a entrar en la casa y esta se deja llevar. Cubiertas con una manta de lana para entrar en calor, intentan tranquilizar a la mujer, que sigue llorando sin consuelo.

—Seihar es lo único que me queda, es mi vida. ¿Vosotras tenéis hijos?

Etheria e Irene se miran y mueven la cabeza de un lado a otro en señal de negación; en el gesto de ambas hay cierta melancolía.

—Dios quiere arrebatármelos a todos y eso que no he hecho otra cosa que obedecerlo. Ignoro qué pecado he cometido para despertar su ira, yo...

—Tranquilízate —dice Etheria mientras la coge por los hombros y pide a un sirviente que le prepare una infusión de melisa.

La última vez que Irene había aspirado aquel aroma fue en la villa Olmeda, apenas unas semanas atrás, aunque se le antojaban recuerdos procedentes de otra vida.

Isona les relata poco a poco la muerte de su esposo y de su hijo mayor en combate, la desgracia de perder a su hija, atacada de fiebres cuando vivían en la más absoluta miseria, y la obsesión de Seihar con las armas, para seguir las huellas de su padre.

—¡A él también me lo matarán! Confiaba en que con el paso del tiempo abandonaría las ansias de venganza que lo obsesionan, pero ahora...

—¿Qué ha sucedido?

—¡Ay, señora! Un hombre muy principal se lo lleva a Britania. ¡Si solo es un niño!

—¿A Britania? ¿Cómo se llama ese señor que dices?

—Se trata de un tal Dextro, me parece, un familiar del obispo Paciano. Mi hijo ha sido elegido por Máximo, que dirige la escuela de lucha; no hay nada que hacer. Seihar dice que es lo mejor que podía pasarle en la vida, que soy una egoísta y que su padre se sentiría orgulloso de él, pero sé que si se va no volveré a verlo. Lo sé, me lo dice el corazón... Si tuvierais hijos sabríais de lo que hablo.

Irene observa cómo la peregrina toma nota mentalmente de los nombres que la mujer va pronunciando con labios trémulos. Sabe que no permanecerá indiferente tras aquella conversación.

Dextro camina satisfecho por la ciudad en dirección a la basílica. Ha dado orden a sus hombres de que lo sigan de cerca pero lo dejen disfrutar en soledad de aquellos últimos momentos. Ver la evolución de las obras de la muralla alimenta sus esperanzas de que el Imperio vuelva a tener la pujanza de los primeros tiempos. Por otra parte, consolidar las defensas de Barcino contribuirá a convertirla en una urbe más segura, capaz de hacer frente a cualquier nueva invasión.

Es consciente de que dicha recuperación jamás tendrá lugar si algunos de sus hijos no se esfuerzan a la hora de luchar en primera línea. Pese a sus reticencias iniciales, el hijo del obispo Paciano ha ido aceptando poco a poco su papel en Britania. No obstante, le complace haber podido prolongar la estancia en la ciudad de su infancia. Le ha permitido reencontrarse con su padre y comprobar que su influencia ha sido beneficiosa, incluso ver a algunos viejos amigos y renovar los recuerdos que ahora llevará consigo a tierras lejanas.

El obispo Paciano ha querido darle su bendición en la misma basílica y Dextro ha cruzado la puerta cual si se tratase de su casa. Por un momento piensa en lo fácil que habría sido seguir la tradición familiar y hacerse sacerdote; sin embargo, no tardó en darse cuenta de que él no era como su padre. Quería acceder al poder de otra manera, continúa siendo el mismo que soñaba con honores y riquezas desde muy pequeño, que no estaba dispuesto a someterse al poder de la Iglesia.

—Necesitaba seguir mi propio camino y que te sintieras orgulloso de mí...

—¿Cómo dices? —pregunta Paciano, que ha aparecido por sorpresa detrás de él.

—¡Padre! Solo estaba reflexionando en voz alta. No era nada importante.

—Alguien dijo que hablar solo equivalía a no estar en sus cabales. Claro que también puede ser una forma de dirigirse a Dios Nuestro Señor —añade el obispo con cierta socarronería.

El rostro de Dextro expresa perplejidad ante aquel comentario que quizá no es del todo inocente. Cuando él era pequeño, Paciano intentaba instruirlo en la dialéctica con preguntas o afirmaciones que contravenían lo que esperaba. Muy pocas veces había sabido verlo; más bien, como ahora, su padre lo dejaba descolocado al poner de manifiesto las fisuras de una inteligencia escasa.

—No quería partir sin presentarte una vez más mis respetos junto con mi agradecimiento. Si todo va bien, en dos semanas ocuparé el lugar que me corresponde en Britania...

Antes de que pueda continuar con ese discurso que podría hacer bostezar a Paciano, entra un clérigo para advertir de la presencia de una mujer en la nave central de la basílica.

—¿Una mujer? ¡Te dije que quería despedirme con calma de mi hijo!

—Lo sé, ilustrísima, pero viene acompañada de dos soldados del emperador y solo me ha pedido que te diga su nombre.

—¿Y qué nombre es ese, capaz de oponerse a los deseos del obispo? —pregunta Paciano, que en el fondo se alegra de tener otro asunto que tratar, pues se siente sumamente decepcionado por la actitud egoísta y un tanto infantil que ha visto en su hijo a lo largo de aquellos días.

—Afirma ser la peregrina, y que ese nombre te dirá más que el suyo propio.

—En efecto, así es —admite Paciano enarcando las cejas, para volver a fruncirlas de inmediato.

Su hijo aguarda con cierta impaciencia.

—Pues desea que te transmita la importancia de su visita.

El obispo se siente incómodo. Debía ser él quien la invitase a su presencia, pero aquella mujer se le ha adelantado y, en cierto modo, se siente pillado en falso. Más curioso que alarmado, cual si no pudiera hacer otra cosa, el obispo acomoda a Dextro en una silla situada al fondo de la sala y solicita al clérigo que deje pasar a la visitante. Le han llegado noticias del viaje de esa mujer, de cómo va dejando un rastro de santidad y que todos desearían acogerla en su casa.

Etheria entra sola y se inclina con humildad ante el obispo, pero este se da cuenta de que en su actitud hay un punto de soberbia, como si únicamente pudiera reconocer la autoridad del gran Paciano a partir de la suya propia. La figura de Dextro, inmóvil en el rincón, no le supone el menor problema. Se encuentra donde quería, ante el hombre más poderoso de Barcino, el único que puede concederle lo que ha ido a solicitar.

—¿Eres la que llaman Etheria?

—Etheria es mi nombre, pero sin duda te será mucho más fácil identificarme como...

—Lo sé, lo sé —la interrumpe el obispo—. Eres la peregrina. He oído hablar de ti... Según me han contado, te propones visitar los Santos Lugares. Pensaba ofrecerte una recepción y tener la oportunidad de mantener una larga conversación. Si he de serte franco, tu urgencia me sorprende. Además, como puedes ver, tenía una visita.

—Apenas te robaré unos instantes, he venido porque solo tú puedes imponer justicia en un caso que ha llegado a mis oídos sin que lo esperase o siquiera lo deseara en modo alguno. Se trata del duelo prematuro de una madre por su hijo.

Etheria no ahorra detalles al poner en conocimiento del obispo la situación de Isona; su viudedad, la muerte de su otro hijo y de su esposo defendiendo las fronteras del Imperio... Cuando decide que ya basta, y satisfecha por el grado de atención que le ha dispensado el alto mandatario de la Iglesia, le expone asimismo la necesidad de una orden suya que lo evite.

—Consideras que ese muchacho... ¿Cómo lo has llamado?

—¡Su nombre es Seihar!

—Bien, ¿consideras que Seihar se ha visto forzado a abandonar la compañía de su madre?

—No, él ha dado su aprobación, pero su edad debería ser un eximente. Es muy joven y...

—Por lo que sé del caso —prosigue el obispo sin mirar a Dextro, a quien cada vez le cuesta más mantenerse en silencio—, el personaje que quiere contratar los servicios de ese muchacho es muy principal...

—Aunque así sea, intercedo por esa madre. Ya ha donado gran parte de su sangre a Roma. Sería misericordioso pensar en ello, sobre todo cuando, según me he preocupado de averiguar, hay otros jóvenes que podrían tomar el relevo.

—Sabes mucho más que yo, peregrina. Tal vez convendría preguntar a la persona que quiere llevárselo. Hay muchachos que destacan desde muy jóvenes y resulta muy difícil sustituirlos.

Dextro quiere levantarse y responder, pero Paciano se vuelve y su mirada basta para frenarlo. A Etheria le ha dolido que la haya llamado por su apodo en sus últimas palabras, no está dispuesta a ceder por muy obispo que sea y aquel clérigo debe verlo con claridad.

—Al emperador lo complacerá sobremanera si me ayudas en esta empresa. Sé que eres la máxima autoridad en Barcino y si das tu conformidad Seihar se alejará del lado de su madre, pero hay leyes que están muy por encima de la ley de los hombres.

—Invocas otra ley, la de Dios, según entiendo, pero lo haces a través del emperador. ¿Pretendes pasar por alto que soy el máximo representante del Señor en esta ciudad?

—No, ilustrísima, pero estoy convencida de que mi tío, el emperador Teodosio, se sentirá satisfecho de saber que te has mostrado tan solícito a la hora de concederme esta audiencia.

—Déjame estudiar el caso. En breve te haré saber mi decisión.

El obispo Paciano ha preferido cortar de raíz aquella conversación, muy poco contento por los derroteros que tomaba en presencia de su hijo. De hecho, ya sabe lo que ha de hacer. No puede permitirse una queja de aquella mujer ante el emperador. Llamará a Máximo y le pedirá que busque una solución. Tal como se han puesto las cosas, lo que piense su hijo le trae por completo sin cuidado.

Etheria se retira sin una palabra más. Tampoco se despide, ni le besa el anillo como el obispo esperaba. Se siente satisfecha al darse cuenta de que ha tomado las riendas y solo le duele que Irene no haya podido verlo.

El último mensaje que Vibio ha recibido de Terencio Vesalio ha forzado todavía más su situación. Entiende la reacción del senador después de perder a su hijo, pero raptar a Irene, y lo que es más, llevarla a Roma, no formaba parte de sus planes. No dispone de hombres suficientes para una empresa de tal envergadura, ni la solución propuesta, buscar a otros nuevos, parece a su alcance en una ciudad pequeña como Barcino, donde todo el mundo parece conocer a sus vecinos.

Es muy cierto que podría hacerlo si se conformase con matones de taberna, pero no cree que puedan estar a la altura. Por consiguiente, decide seguir con su plan, es decir, utilizar los uniformes que robaron en Tarraco y tratar de acercarse a la joven. Una vez la tengan, se verá obligado a improvisar. Está preocupado. Su reacción natural siempre es echar por la calle de en medio sin pararse a analizar las consecuencias. La sutileza no es su fuerte y las artimañas que utiliza habitualmente son de otro cariz.

Cuando ve que Etheria sale de casa en compañía de Culleo y de algunos de sus hombres, se dice que es la ocasión que esperaba. Solo ha quedado uno vigilando la puerta. Imagina que Bappo y Cayo están dentro, pero no le dan el menor miedo. Supone que el gigante no debe de ser el mismo después de la herida que recibió en Caesaraugusta, y enfrentarse de nuevo al antiguo legionario es uno de sus mayores deseos. Está convencido de que este debe desaparecer si quiere tener a Irene más indefensa.

Ha pensado mucho en la mejor manera de hacerlo. Finalmente solo cuenta con uno de los hombres que le quedan. El otro no tiene uniforme y, además, es un asesino nato, capaz de complicar mucho las cosas. Más vale que se quede en el exterior y espere una señal suya, que solo se producirá si lo necesita.

Al guardia le dicen que son hombres enviados por el emperador para prestar apoyo al pelotón de Culleo. De entrada los mira con desconfianza, pero no debe de considerarlos un peligro, dado que Etheria no se encuentra en la casa. Los deja pasar y les dice que esperen a que regrese el grupo.

—Ahora es la nuestra —afirma Vibio antes de correr escalera arriba en busca de Irene.

La casa es grande y parece vacía a causa del gran silencio reinante. Revisan un par de salas y acto seguido entran en las estancias más pequeñas, pero sin éxito. Después oyen un cántico que procede de una habitación situada al fondo, una que tiene la puerta entreabierta. Vibio podría jurar que se trata de una voz de mujer e indica por señas a su esbirro que se sitúe detrás de él y se mantenga en silencio.

Cuando ya se hallan muy cerca, el cántico cesa y una sombra ocupa silenciosa el espacio de luz que queda al otro lado. Hasta que la puerta empieza a abrirse con una leve queja...

—¡Etheria! ¿Has vuelto?

Susana aparece en el umbral y los dos hombres, con las armas en la mano, la obligan a volver al interior. Los ojos de la sirvienta reflejan temor y sorpresa, pero no abre la boca. Tiene fama de valiente, pero no tarda en darse cuenta de que los intrusos no se detendrán ante el primero que les plante cara.

—No te haremos nada si guardas silencio, pero queremos saber dónde se oculta Irene —dice Vibio mientras recorre con los dedos el filo de la espada, gesto que suele repetir en ese tipo de situaciones.

—Yo... ¡No lo sé, hace mucho rato que no la he visto!

—Solo te daré otra oportunidad. ¡Habla!

—Te digo la verdad.

El hombre que acompaña a Vibio coge la espada por la hoja y le pega en la cabeza con el mango pillándola desprevenida.

—¿Te he dicho acaso que la golpeases?

—¡Nos está mintiendo!

—Eso lo decidiré yo, ¿entendido?

—¡Sí, claro!

—Yo me encargo. Sal y vigila que no venga nadie.

Vibio tiene que arrodillarse porque Susana ha caído contra una mesa y parece malherida. Tiene la sensación de que no servirá de nada, pero le gusta su rostro. La ha observado con frecuencia desde la lejanía, siempre a la distancia justa de su ama. Cuando se da cuenta de que ha perdido el conocimiento, recorre la estancia con la vista en busca de agua, pero un breve ruido en el exterior lo hace abandonar la idea.

—¿Gelio? —llama al hombre al que ha enviado a custodiar la puerta.

Pero es otro quien aparece en su lugar. La figura de Cayo ocupa todo el umbral y a Vibio le extraña su imponente porte.

—Tu amigo no tiene nada que decir. Ahora la cosa es entre tú y yo.

Sorprendido por la aparición, pero sobre todo por la actitud decidida del antiguo legionario, da un paso atrás. No se trata de una retirada. Tiene costumbre de hacerlo cuando el enemigo está demasiado cerca; necesita espacio para que su manera de blandir la espada resulte efectiva. Pero Cayo no piensa concederle ventaja alguna. Se le echa encima con el arma por delante, sin siquiera mirar a la figura de Susana tendida en el suelo.

Sin embargo, la suerte de Vibio la decide precisamente Susana. El mercenario tropieza con el cuerpo de la muchacha y Cayo aprovecha esa pequeña distracción, la primera que ha tenido en combate a lo largo de su vida, para clavarle la espada entre las costillas.

—Esto es por Hermina —dice el antiguo legionario mientras hurga en la herida—, para que pueda descansar en paz.

Espera que Vibio lo insulte con sus últimas fuerzas, incluso que intente un movimiento desesperado e imposible, pero ya está muerto y bien muerto.

—Ayúdala —dice con un hilo de voz; señala a la criada y sus ojos ya no emiten el brillo que les confería el odio.

En ese momento Bappo entra en la estancia, arrastrando al otro hombre cual si se tratase de un saco vacío, y sonríe.