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Roma, finales de abril de 381
Querida Irene:
He ido recibiendo con gran preocupación las escasas noticias que me has hecho llegar sobre tu viaje. No entiendo por qué no aprovechaste el correo que puse a tu disposición en Caesaraugusta, pero sospecho que los últimos acontecimientos han cargado un enorme peso sobre tus hombros y no debe de resultar fácil romper el círculo al que te someten. Encomiendo a los dioses tu protección, dado que dicha empresa no ha tenido éxito en manos de los hombres.
Debo decirte que la noticia de la muerte de Druso me afectó profundamente y, para serte sincero, todavía no doy crédito. Ignoraba el hecho de que el hijo de Terencio estuviera destinado en una misión en Hispania y no acierto a adivinar los motivos que lo han llevado a ese trágico fin. En un primer momento pensé que eran habladurías, que alguien lo había utilizado como cebo. Sin embargo, el rumor no tardó en convertirse en certeza y las consecuencias no se hicieron esperar. La silla de Terencio en el Senado quedó vacía durante tres días, los mismos que, con grandes manifestaciones de dolor, se veló el cuerpo de Druso en su casa. Durante ese lapso los temas de debate de los senadores giraron en torno al escándalo. En pequeños grupos se comentaba el estado de descomposición del cadáver y la imposibilidad de confeccionar una máscara de cera para inmortalizar su persona. También se especulaba sobre el punto exacto de la Vía Apia donde enterrarían el cuerpo.
En aras de nuestra antigua amistad, me creí en la obligación de acompañar la litera donde trasladaron al difunto hasta la tumba. Hacía tiempo que no veía un cortejo fúnebre tan concurrido, Irene. Esclavos tocando flautas y trompetas, portadores de antorchas, incluso bailarines que danzaban entre plañideras. Como contrapunto no deseable, los gritos de «¡asesinos!» dirigidos a los paganos, a los que muchos señalan como artífices del crimen.
Sin prestar atención a esa clase de manifestaciones, Terencio caminaba arrastrando los pies hasta que me vio. Puedo decirte que tuvieron que sujetarlo, a tal punto parecía que se lo llevaban los demonios. Delante de todos los presentes profirió amenazas contra mi persona. Está convencido de que nosotros tenemos algo que ver y en su círculo han empezado a hablar de justicia y de ajusticiados. Pero no me da miedo, ya lo sabes, mi determinación no puede doblegarse con palabras.
Por otra parte, puedo imaginar el dolor que te ha causado esta pérdida, y he rogado por ti. Pero, créeme, será insignificante en comparación con el castigo que quieren infligirte nuestros adversarios. De nada han servido mis palabras negando toda relación con los hechos; buscan culpables y tanto tú como yo somos un objetivo perfecto para dar alas a su causa. Se comportan como si esta fuera la ocasión que estaban esperando.
El hecho de que su cuerpo sin vida fuese hallado en las proximidades de la villa Olmeda azuzó todavía más su acusación. Terencio dice a todo el que quiera oírle que aprovechaste a los soldados del emperador Teodosio para tender una trampa a un prefecto de Roma. Ha dado órdenes a sus hombres de que te lleven a su presencia al precio que sea, y la versión de tu culpabilidad ha convencido a algunos senadores que hasta el momento se mostraban más equidistantes.
No sé cuánto tardarán en llegar hasta ti esas órdenes, ni si en el momento en que leas esta carta ya nada tendrá remedio. Ahora bien, de no ser así, si todavía caminas bajo la protección de los hombres del emperador Teodosio, quizá estaría bien que gozaras del favor de su sobrina, esa a la que ya todos llaman la peregrina. Si aún no ha descubierto quién eres, en lo cual confío, aprovecha su autoridad y poder para ponerte a salvo. Yo ahora mismo estoy atado de pies y manos.
Entiendo que, en las presentes circunstancias, apoderarte del libro es poco menos que imposible. Pese a que no renuncio a ello, tendré que pensar cómo hacerlo sin ti. No estoy dispuesto a someterte a más peligros de los que ya te ves obligada a arrostrar. Sigue con Etheria o escóndete, y trata de dar con alguien fiel que me comunique tu paradero.
No puedo despedirme sin confiarte un secreto vergonzante. Debo confesarte que yo también dudé. Ante tantas coincidencias, mi confianza en ti pasó por unos días de fragilidad, la tentación de pensar que tenías algo que ver con ese asesinato me mortificó. Perdóname si todavía me atrevo a pedirte que me saques de la duda, la que sin querer me persigue en mis horas bajas.
Ojalá esta carta llegue a tus manos y estés en disposición de seguir mis indicaciones.
Tuyo,
Quinto Aurelio Símaco