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Le ha dicho que se iría sin avisar, pero el silencio que reina en todo el recinto lo obliga a entrar de nuevo en la casa. Abre fácilmente la barra interior con la espada y ve que Irene duerme. Permanece unos instantes contemplando su belleza, una juventud insultante que a Cayo, que a menudo se siente cansado de la vida, le hace daño. Sin despertarla, confiere a su despedida la cortesía y el refinamiento que la joven ha exhibido en las últimas horas. Se dice que forma parte de las virtudes esenciales que configuran el nuevo personaje en que con aquella ropa se ha convertido la sobrina de Símaco.

Así pues, la reverencia que el señor de Candás le dedica antes de abandonar la casa no forma parte de una comedia estudiada, ni de la trampa de la cual se sabe conocedor. Muy al contrario, nace de una admiración sincera que, una vez estrenada, no puede sino aumentar. No osa, como querría, advertirla una vez más sobre los peligros; la seguridad que muestra la nueva Irene hace que no lo estime conveniente, ni necesario.

—Esperaré con impaciencia tus noticias —musita entre dientes inclinándose en su dirección, pese a lo fútil del gesto.

La única reacción a tales palabras por parte de Irene consiste en un leve movimiento de ojos bajo sus párpados cerrados.

Tal como han previsto, el reencuentro tendrá lugar cinco días después, el lapso que han establecido para que la enviada del senador pueda llevar a cabo su plan. Cayo se siente satisfecho, la mujer ha accedido a esperar la mejor ocasión; él aprovechará un pedido para la comunidad de mujeres piadosas y, de camino, llevará noticias a los hombres del senador, dispuestos a acatar órdenes, sean las que sean.

Poco después de la partida del antiguo legionario Irene se agita en el jergón, siente como si una fuerza la impulsara a despertarse, al tiempo que percibe la frialdad de las losas. Entiende que ha rodado y ya no está encima de la yacija. Entonces abre los ojos. La mujer que daba las órdenes cuando llegaron a la casa permanece plantada ante ella, inmóvil, y la asalta la sensación de que no se ha movido de allí, a la espera de que ella, la recién llegada, saliera de su sueño. Recuerda las palabras de Cayo sobre el extraño comportamiento de los habitantes de la casa y se estremece.

Irene cierra los ojos a fin de recuperarse y al abrirlos de nuevo la imagen ha desaparecido. Por un momento se dice que nunca ha estado allí, que es fruto de su imaginación. Sin embargo, dicha explicación no la satisface; se levanta y camina en dirección al agujero por donde desaparecieron las dos mujeres. Los escalones terminan en una galería bajo tierra; la recorre con la claridad que despide la única lámpara de aceite encendida, dudando en las bifurcaciones, si bien intenta guiarse por su instinto, ayudada por la imagen que se ha hecho del recinto. Sin encontrar el menor rastro de vida, no tarda en llegar ante una escalera más amplia y sube los peldaños. En la estancia superior hay una mesa y una silla de madera; también una cama perfectamente dispuesta y antorchas en las paredes, de las que emana una claridad muy tenue. La gruesa vela que descansa sobre la mesa está apagada.

Se siente fascinada por el juego de contrastes que parece reinar en aquel lugar. La comunidad se ha instalado en un espacio de belleza casi lujuriante. La vida se extiende por doquier, en todas sus formas y matices, casi mueve a la alegría. Hasta cabría pensar que sin duda influye en el interior del recinto, al igual que los helechos se reflejan en el río y le confieren una tonalidad verdosa.

El interior de la casa es muy distinto. Impera la austeridad, como si hubiera arraigado allí desde el principio de los tiempos, y todo inclina a la contemplación. No obstante, Irene no está en condiciones de bajar la guardia. Desea que el encuentro con aquella mujer enigmática a la que llaman Etheria sea inminente, y siente cierto cosquilleo, una inquietud que poco a poco se apodera de sus entrañas.

En ese momento ve una puerta de madera en la pared más alejada de la estancia. Antes de empujarla corrige la postura buscando una verticalidad perfecta, a continuación hace una inspiración sutil y cruza el umbral. Hay otra escalera en descenso, e Irene empieza a imaginarse el lugar como un laberinto infinito. Las paredes interiores son de piedra tosca y no le cabe duda de que en aquel instante está bajando por la ladera de la montaña.

Cuando llega al final, ve una figura arrodillada en oración. La silueta está en calma y se recorta contra un muro amarillento. Poco después se levanta y se da la vuelta, pero Irene no acierta a columbrar su rostro. La voz de la mujer es lo que le llega primero. Una voz serena y modulada, llena de fuerza, diría que evocadora.

—Bienvenida a este lugar de estudio y plegaria, Irene de Aveleda. Veo que tienes un espíritu curioso y aventurero; pocos se atreven a adentrarse por las galerías si no las conocen. Me han dicho que vienes de Bracara Augusta, una ciudad en continuo cambio y transformación según expresan los viajeros. Por otra parte, vienes muy bien recomendada. Tenemos en gran estima a Cayo Licinio, nos ha ayudado sobremanera a hacer realidad nuestra obra. Por cierto, me ha rogado que lo despidiera de ti, tenía negocios urgentes.

—Señora —dice Irene con una profunda reverencia y satisfecha de la actuación del antiguo legionario—. Te estoy muy agradecida por la hospitalidad que me dispensas.

—No tienes que agradecerme nada, tu presencia supondrá un privilegio. Pero ¡siéntate, te lo ruego!

Solo entonces, al tenerla cara a cara, Irene estudia sus marcadas facciones, que se dirían esculpidas por la misma mano que las tierras del Eume. Piel oscura, ojos de noche, cabello negro recogido con una aguja de marfil que lo atravesaba dócilmente, rostro anguloso...

—¿Piensas quedarte mucho tiempo? —pregunta Etheria, marcando una pausa en el examen de Irene.

—A decir verdad, no es esa mi intención...

—¿Hasta principios del verano, tal vez?

—Para serte sincera, mi propósito es otro. Tengo entendido que piensas hacer un peregrinaje a Tierra Santa para conocer los lugares del nacimiento, pasión y muerte de Cristo. Yo he visto esas tierras en sueños y deseo saber si ha sido Dios quien me los ha inspirado. Mi deseo es viajar contigo, y prometo no ser un estorbo si me permites acompañarte.

Por unos instantes, la mirada de Etheria traduce su asombro, y luego la mujer procede a acortar la breve distancia que las separa dando un paso al frente.

—Permite que me explique —insiste Irene al sentirse interpelada—. Abracé el cristianismo hace dos años. Mis padres, nobles señores de las campiñas que rodean Bracara, bautizados asimismo en fecha reciente, me acercaron al único y verdadero Dios Nuestro Señor. Necesito reafirmar mi fe, vivir en propias carnes la experiencia de renacer a la luz, saber si es esa luz la que guía mis sueños... No necesitas responderme ahora mismo, entiendo que no lo tenías previsto.

—Ay, Irene, no querría que me interpretases mal...

—¡Ponme a prueba! Desde hoy mismo hasta el día en que te dispongas a emprender el viaje. Entonces volveremos a hablar. Antes quiero entregarte un presente que te envía mi padre, con sus respetos.

Mientras la extranjera busca en el hato la preciada reliquia, Etheria la observa entre curiosa y desconcertada. Nadie que asistiera a la escena sería capaz de pensar, ni por un momento, que la lágrima que rueda por la mejilla de Irene no es sincera; tampoco que el temblor de sus manos al ofrecer el obsequio pueda ser fingido.

—Es una astilla de la Santa Cruz, ella me ha traído hasta ti. He intentado reconstruir en mi mente el viaje que hizo a Jerusalén Helena de Constantinopla, la madre del emperador Constantino, hará unos cincuenta años. Y he reflexionado mucho sobre cuán grande debió de ser su decepción, ¡sobre todo al ver el templo romano de Venus sobre el Monte Calvario! He imaginado la energía que puso en su destrucción, las excavaciones que llevó a cabo para encontrar la Vera Cruz. Necesito descalzarme en ese espacio sagrado y besar el suelo.

—Deja que te lo explique, querida Irene. No va a ser posible, lo tengo todo previsto para emprender mi peregrinaje dentro de tres días.

—¿Cómo dices? ¡Tres días!

—Sí, eso me han aconsejado. Los hombres que me envía el emperador para custodiarnos hasta Roma se encuentran ya muy cerca de aquí. Este año el invierno se ha mostrado clemente y al parecer nos ha abandonado de manera definitiva... Pero ¿te encuentras bien?

La sobrina del senador Símaco solo ha oído parte de las palabras de Etheria. Piensa que todo su plan se ha ido al traste, se siente perdida, ¡antes incluso de empezar! No se le ocurre la manera de contactar con Cayo sin llamar la atención. El hombre que los recibió, pese a su mudez, le pareció más listo que el hambre. Debe de ser difícil que se le escape nada de lo que ocurre en el recinto. Ahora bien, si espera al regreso del antiguo legionario, cinco días después, será demasiado tarde. Solo le resta esperar a la noche, aunque duda que sus hombres sigan en el mismo sitio; les ordenó que se movieran continuamente, que estuviesen atentos al regreso de Cayo cerca del río...

—¿Irene? —pregunta de nuevo Etheria al comprobar que la palidez de la joven persiste.

—Perdona. Estoy bien, debe de ser el cansancio del viaje.

De repente un destello brilla en su mirada. También es posible que si Etheria parte tan pronto le facilite las cosas. Habrá más tráfico que de costumbre en aquel lugar apartado del mundo, si vienen soldados y gente ansiosa de despedirla, y eso ayudará a sus propósitos. Aunque es de suponer que los soldados también vigilarán lo que suceda en la casa...

¿Qué debe hacer? Mantener el engaño resulta peligroso; tal vez le diga que sí, que le permite acompañarla. ¿Y si entre tanto no encuentra el momento propicio para proceder al robo? Sería más fácil una vez que ella se haya ido... Se dice que debe recuperar la calma a toda costa para poder pensar con claridad.

—¡Lo olvidaba! Mi padre también me ha pedido que te entregue una bolsa con monedas; supone su contribución al mantenimiento de este lugar piadoso —añade Irene mientras introduce la mano debajo de la túnica y deshace el nudo que sujeta el dinero.

Una voz solicita desde lo alto de la escalera la presencia de Etheria y la mujer se disculpa, no sin antes agradecer tan generosa aportación. Ya en mitad de la escalera, le promete que pronto reanudarán la conversación...

—Si quieres, en el mismo punto en que la hemos dejado... —añade mientras abandona a Irene en medio de aquella estudiada oscuridad.

El día a día de Hermina se ha ido trenzando entre ausencias y la añoranza de lo que no pudo ser; también con gratitud y mucho trabajo. Lo intentó con todas sus fuerzas, pero jamás pudo dar un hijo al antiguo legionario. El fruto fecundado de su vientre llegó a término una sola vez, pero el niño nació muerto. Por mucho tiempo que viva, la mujer retendrá en lo más hondo de sí misma, como una herida en carne viva, la expresión de Cayo ante el cuerpo azulado y exánime de la criatura. Esperó sus reproches, pero nunca llegaron. Ella no se perdonó haberse convertido en una mujer estéril. Primero cayó en una tristeza profunda, después se le agrió el carácter. Ayudó a criar a los hijos de sus hermanas y al muchacho bizco que ya de muy pequeño la ayudaba a ordeñar a las cabras y elaborar queso para vender en el mercado.

En las gélidas tardes de invierno, hilaba lana y tejía mantas para sus sobrinos. Confeccionaba ropa de abrigo para su esposo con la misma destreza con que manejaba el hacha después de desenterrar la leña de debajo de la gruesa capa de nieve. Cayo ganaba suficiente dinero para que no necesitara trabajar tanto, pero era incapaz de estarse quieta. Habría hecho cualquier cosa antes que permitir que la inactividad trajera de nuevo el recuerdo de su deseo frustrado.

Sin que sepa muy bien el motivo, el encuentro con Irene la ha trastornado. Tal vez ha visto en la joven un reflejo de lo que ella había sido muchos años atrás, o quizá ha descubierto en las palabras no pronunciadas una chispa del odio que ha ido incubando día tras día; incluso ahora, cuando ya ha perdido hasta la esperanza. Sea como fuere, le habría gustado conocerla más a fondo, retrasar su apresurada partida. Intentó ponerla sobre aviso, protegerla de todos los peligros que intuía en aquella misión. De manera muy torpe, eso sí.

El tiempo le ha esculpido unas profundas arrugas que le bajan por la frente hasta las cejas. Frunce de nuevo el ceño cuando oye ladrar al perro que guarda a media docena de cabras en un cercado. Mira por la ventana, pero el sol aún no se acerca al ocaso. Es muy pronto para que los lobos ronden la casa. Se dice si tal vez tendrán más hambre que de costumbre. Después se seca las manos de amasar la harina y se dispone a salir para ponerlas a cobijo en el establo. No obstante, el perro ladra con más fuerza y Hermina aguza el oído. Sin pensárselo dos veces, coge la horca que siempre tiene apoyada en la pared y se dispone a salir al exterior.

—¿Adónde vas con tantas prisas?

Hermina no tiene tiempo de responder. La mano del hombre que ha formulado la pregunta la agarra del cuello con fuerza inesperada. Detrás de él entran dos más. El perro sigue ladrando y se lanza a las piernas del último intruso.

—¡Quítame de encima a este animal o lo mato! —exige el intruso mientras trata de librarse de él.

Hermina hace amago de gritar, pero el aullido del animal al ser atravesado por una espada le congela el gesto. Justo en ese momento, el hombre que la tenía cogida por el cuello la suelta. Las risotadas al verla al lado del perro, cómo lucha por atajar la sangre que brota de la herida, se repiten con distintos timbres de voz pero idéntica socarronería.

—¡Malnacidos! ¡Cobardes! —grita ella mostrando los dientes como reflejo de los que aquel fiel compañero ya no enseña.

Permanece todavía junto al cuerpo caliente, pero las sacudidas del animal se van atenuando. Dos de los tres personajes registran el cuarto y entran en las habitaciones arrojando al suelo cuanto encuentran a su alcance. El otro sigue apoyado en la jamba de la puerta, cerrando el paso.

—Deja de lloriquear y dinos dónde está la muchacha. ¡Te va la vida en ello!

—¡No sé de qué me hablas! Vivo aquí con mi esposo. No querría estar en vuestra piel si volviera en este momento.

—¡No me hagas reír! ¿Qué dices que nos hará tu hombrecillo?

Mientras formula la pregunta, el intruso desdentado escupe ruidosamente en el suelo. Después acerca su aliento podrido al rostro de la mujer y le guiña un ojo. Hermina le atiza una bofetada y le planta cara sin amilanarse, pese a saber que no tiene la menor oportunidad.

—¡Vaya, vaya! ¡Tienes ganas de jugar, ya lo veo! Quizá no lo sepas, pero me gustan las mujeres con carácter. ¡Mira por dónde hoy tendremos jarana!

—¡Déjalo, Blas! La juerga puede esperar, ahora necesito que nos diga dónde la tiene escondida y, si se porta bien, tal vez no permita que dos fieras sarnosas como vosotros le pongan las manos encima —dice dirigiéndose a Hermina, que sigue en el suelo junto al perro.

Las palabras del hombre de barba rizada no hacen ninguna gracia a su compañero; de hecho, este ya se estaba remangando la túnica oscura para cobrarse la recompensa.

—Ya te lo he dicho. Vivo sola con mi esposo. No soy quien buscáis.

—No hagas que se me agote la paciencia. Tengo buenos contactos y sé que habéis dado alojamiento a la romana. Podrás optar por decírnoslo por las buenas, de hecho es la única salida que tienes, pero has de saber que no nos iremos hasta que lo hayas vomitado todo, ¿estamos?

La primera vez que Hermina siente el impacto de la suela de cuero en sus costillas, se hace un ovillo en el suelo y lanza un grito sordo. Los siguientes golpes se suceden sin que tenga tiempo de protegerse.

—¡Ya basta! Traedla y que se siente en el banco, tal vez se lo piense mejor ahora que los golpes le han devuelto la memoria.

Hermina se aparta el cabello del rostro, pero ve con dificultad. Tiene un ojo cerrado debido al párpado hinchado. Nota como la sangre tibia se le desliza por la cara, de un agujero en la cabeza mana a borbotones. Le cuesta respirar y se lleva las manos a la espalda, el intenso dolor la mantiene doblada.

—¡Espabiladla! Quiero volver a casa antes de que se haga de noche.

—¿A qué casa? —pregunta el hombre desdentado.

—Eres un pedazo de alcornoque. ¡Que la espabiléis he dicho!

Todo el cuerpo de la mujer responde con un espasmo en contacto con el agua fría que le echa encima el más joven de los tres desconocidos. Acto seguido se esfuerza por articular algo incomprensible.

—¡Ahora nos entendemos! ¿Lo ves? No era tan difícil como creías —dice el barbudo mientras le limpia la cara con un paño—. Habla y te dejaremos vivir. Nos iremos, tienes mi palabra, tú no nos interesas.

—¡Que la furia de los dioses caiga sobre vosotros y sobre vuestros hijos!

—¡Matadla! —exclama rabioso el hombre que hasta ahora ha llevado la voz cantante.

—Permíteme que antes... —pide el desdentado.

—Fóllatela si ese es tu deseo. Revienta con tu verga a esta estúpida, si no me diera tanta grima lo haría yo mismo.

Hermina deja de luchar. Se dice que no es una guerrera. Solo querría seguir viviendo como hasta ahora. Mira a los ojos a sus verdugos, cual si intentara encontrar en ellos una pizca de compasión.

Tras abandonar la comunidad, Cayo enfila el camino que lo llevará a casa. Empieza a arrepentirse de haber aceptado el encargo de Símaco, aunque le habría sido muy difícil negarse. Tiene ganas de reanudar su vida, olvidarse del conflicto con los cristianos que Irene arrastra como una maldición. Las prisas hacen que sus talones golpeen con fuerza los flancos del caballo. Hombre y animal están cansados por el esfuerzo del día anterior, cada cual a su manera echa de menos la guarida segura y cómoda a la que siempre vuelven. El antiguo legionario solo piensa en llegar, comer algo caliente que le haya preparado Hermina y dejarse caer junto a su cuerpo tibio. El esfuerzo de las últimas horas ha hecho que la vieja herida de la pierna le duela más que de costumbre.

Pese a que el sol ya comienza a ponerse más tarde, cuando vislumbra las luces de Brigantium, la noche oscura y sin luna hace difícil distinguir al fondo del delta el arrabal donde está la casa. Tampoco el humo de la chimenea, siempre encendida. Tras cubrir el resto del trayecto, arruga los ojos en busca de la claridad de la chimenea o al menos la luz de las lámparas de aceite. El intento no da el resultado esperado. Tal vez su mujer se ha dormido, eso quiere creer, pese a saber que el fuego siempre está encendido a aquella hora. Un malestar creciente se le instala en la boca del estómago. Ningún ladrido le da la bienvenida y Cayo se apea del caballo de forma apresurada. Mientras se asoma por la puerta abierta, siente los latidos del corazón en las sienes y la garganta seca, ya no le queda saliva que tragar.

La oscuridad es profunda, el olor metálico de la sangre lo lleva a gritar esa palabra que ha susurrado un par de veces y que el miedo retenía en sus labios.

—¡Hermina! ¡Hermina!

Tras pronunciar su nombre, aguza el oído, aguarda unos instantes, que devienen infructuosos, tensos, y vuelve a empezar. Al repetir el grito por tercera vez, le parece oír una voz apagada, casi un suspiro. Cayo se tambalea sin saber con exactitud de dónde proviene aquel hálito, busca a tientas sin perder un instante.

De pronto tropieza con no sabe qué y cae al suelo, pero se levanta sin proferir queja alguna. Se dirige hacia el fuego con la intención de remover las brasas, si bien antes necesita buscar el pedernal para encenderlo de nuevo. Las manos le tiemblan mientras esparce una capa de hojas secas a fin de que prendan con las chispas y, sin dejar de entrechocar las piedras, sus labios repiten el nombre de su mujer. Cuando por fin consigue su propósito, aprieta los ojos antes de girar el torso. La figura que aparece inmóvil entre las sombras es casi la de una desconocida y obliga a Cayo a llevarse las manos a la boca.

—¿Qué te han hecho? Por todos los dioses, ¿quién ha sido?

Al formular la segunda pregunta, la rabia le enciende el rostro. Después coge la cabeza de Hermina entre sus manos y se abandona al llanto. Los sollozos del hombre acompañan el movimiento acompasado que realiza al mecerla.

—¿Qué te han hecho? —repite, y la voz le sale de muy adentro, allí donde reside el dolor más desgarrador.

—Perdóname, Cayo, he sido débil —se esfuerza en articular Hermina.

—No digas nada. Te ayudaré...

—Se lo he dicho. Corre. Saben dónde está. ¡Encontrarán a Irene!

El antiguo legionario cierra los ojos y piensa que no es justo. Ese no es el final que merece una mujer como la suya, y tampoco él se lo merece. Los dioses, lo ve con claridad, los han abandonado. Luego acaricia el cabello de su esposa y, cubriéndole las piernas heridas y ensangrentadas, se obliga a decir:

—Te pondrás bien. Te pondrás bien.

—No pierdas más tiempo. No quiero que me entierres. Ni aquí ni en ninguna parte. No quiero...

No le da tiempo a pronunciar la última palabra. La muerte se la arranca de los labios mientras Cayo la sacude en un intento desesperado de retenerla.

El antiguo legionario permanece todavía un rato con su mujer sobre el regazo. En el suelo, unos pasos más allá, también el perro yace cubierto de sangre y moscas, pero Cayo necesita todavía unos minutos para darse cuenta de ello. Su visión ya no es capaz de estremecerlo. Siente que el corazón, muy lejos de esponjarse, se le convierte en corcho, como si fuera impermeable.

Aviva las brasas del hogar, que ahora ya iluminan la estancia. Su expresión muda del horror al estoicismo, del dolor y la rabia a un gesto adusto, seco, vacío.

Despeja la mesa y solo deja una jarra de vino, que dispone junto al cuerpo inerte de Hermina. Acto seguido la cubre con un paño de lino. Ceremoniosamente, se saca una moneda de la bolsa y la coloca sobre el pecho de su mujer, como tributo para el tránsito al más allá. Deposita asimismo un huevo, símbolo del nacimiento a una nueva existencia. No le cierra los ojos, a fin de que su alma encuentre con mayor facilidad el camino de la luz.

—Aquí tienes el ungüentario de vidrio que tanto te gustaba, el que te traje de Roma. Todavía tengo muy vívido el recuerdo del brillo de tus ojos al recibirlo. Tampoco puedo privarte de tu inseparable huso ni de la rueca, queda mucho por hilar y ahora tendrás tiempo, amada mía, todo el tiempo será tuyo.

Mientras le dirige esas palabras, le peina el cabello, y al acabar, deja también los utensilios sobre el altar. Quema perfume y con la navaja le corta un dedo.

—Lo enterraré en una caja a la sombra de la higuera. Cuando tu muerte haya sido vengada e Irene esté sana y salva, añadiré tus cenizas y ambos podremos descansar en paz.

Sin añadir una palabra más, Cayo prende varias teas en el fuego y las distribuye por todos los rincones de la casa.

Al pie del árbol de dulces frutos sepulta el dedo y coloca una gran piedra encima. Saca agua del pozo y se lava las manos, los brazos y la cara como símbolo de purificación. Después, sin mirar atrás, abandona la ciudad.

El olor a quemado y el resplandor de las llamas impregnan la noche y el corazón del antiguo legionario, que, al galope, emprende de nuevo el camino que lleva hacia el norte.