5
Villa Olmeda, abril de 381
Apenas despertar, Etheria aún tiene en la cabeza el extraño episodio de la noche anterior. Su primera reacción fue pensar que Sonia no estaba muy en sus cabales, que dejar pasar la vida en aquel lugar la había trastornado, pero poco antes de conciliar el sueño apareció en su duermevela una imagen que se la recordaba. Era ella misma, en su estancia de Calavario, orando en soledad.
—Tal vez exista un buen motivo —dice en voz alta, sin darse cuenta de que Susana también se halla presente en la habitación que la propietaria de la casa les ha asignado.
—Perdona, pero te están esperando. El cónsul parece recuperado del mal que lo aquejaba y creo que desea cumplir con la hospitalidad prometida.
La peregrina salta del lecho, libre de quebraderos de cabeza por unos instantes. Entiende que su sirvienta ya ha tenido tiempo de confraternizar con los criados de la villa y le pide que deje el aguamanil en el suelo.
—Ahora me lavaré, pero antes cuéntame qué actitudes has visto entre la gente que vive en este lugar.
—¿Lo dices acaso por el conflicto con los amos del que hablaba la hija del cónsul?
—¿Te das cuenta? No pierdes ripio. A veces no sé si te tengo a mi servicio para sacar provecho de ti o para evitar que vayas divulgando mis secretos. Va, empieza, si no, no acabaremos nunca...
Susana conoce lo bastante a Etheria para no sentirse ofendida. Sabe que le resulta imprescindible porque puede hablar con ella como si fuera su igual. Coge un taburete y quedan sentadas frente a frente.
—¡Yo creo que esa mujer se pasaba de la raya al hablar de los peligros que se incuban en esta casa! Es cierto que hay paganos entre los criados y que mantienen su culto en secreto, pero me han asegurado que hasta hace muy poco el propio cónsul procedía del mismo modo. Algunos dicen que, cuando se encuentra mal y ve acercarse su fin, recupera a sus lares y revive otras épocas.
—Así pues, ¿no ves ninguna animadversión por parte de los sirvientes?
—Ninguna en absoluto por lo que respecta a Esther y a su padre. Siempre les han dejado margen y más bien les están agradecidos. Ahora bien, Sonia es harina de otro costal. Se comenta que ha abrazado la fe de Cristo como último recurso para enfrentarse a sus desdichas.
—Me dejas muy sorprendida, pero no voy a preguntarte ahora cómo has averiguado todo eso. ¿Qué quieres decirme exactamente sobre Sonia?
—No sé, señora, lo único que me han contado es que estaba a punto de casarse con un prefecto de la ciudad de Pallantia y este murió en una emboscada. Desde entonces culpa a todos los antiguos dioses y rige la villa con el libro sagrado en las manos.
Susana no tiene más información, de manera que deja el taburete y vuelve a sus ocupaciones. El resto de la mañana transcurre sin más sobresaltos. Etheria se pregunta dónde estará Irene, cómo es que no los ha visto desde que llegaron, ni a ella ni a Cayo. Esa mujer le pidió que la dejase acompañarla para compartir su experiencia, pero cada día, lejos de convertirse en la compañera de viaje que había imaginado, se le antoja más esquiva. Tal vez, al igual que Sonia, también tenga heridas que necesitan tiempo para cicatrizar. Pero ¿quién no las tiene? Se dice que debe ser paciente, el trayecto hasta los Santos Lugares será largo y habrá numerosas ocasiones para el encuentro deseado, para estrechar unos lazos que ahora parecen inexistentes.
Consciente de que debe rendir homenaje a su anfitrión, aleja todas aquellas cavilaciones, da unos sorbos de un jarro de leche con miel y sale al exterior. El cónsul no tarda en presentarse en una silla de brazos acarreada por dos hombres.
Sin embargo, se apresura a levantarse y, con el apoyo de su hija mayor, le muestra la villa. Primero dan un paseo por el terreno circundante, donde un grupo de hombres trabajan en el hortus; es tiempo de sembrar las habas y un arado tirado por bueyes prepara la tierra. Se acerca la primavera y el campo despierta poco a poco de su letargo. Etheria mira los melocotoneros en flor y se dice que nada puede igualar su delicada belleza, pero Sonia no calla y procede a empujarla. Quiere enseñarle los establos, los graneros y almacenes para guardar la borra y el grano o proteger la leña de la lluvia.
Verdaderamente se trata de una sociedad pensada para autoabastecerse. De las vacas y las ovejas se obtiene la leche, la carne y la lana. Hay curtidores expertos que tratan las pieles y mujeres que accionan los telares. El cónsul se muestra ufano de esa organización perfecta que le proporciona grandes beneficios y confort, lejos de la ciudad y de los impuestos.
—Ahora reina mayor ajetreo porque hay que preparar las dos prensas para moler las aceitunas. La cosecha ha sido muy buena, pero estos esclavos cada día están más gordos y trabajan más despacio —rezonga Sonia.
La hija del cónsul no encuentra la complicidad necesaria para proseguir con su discurso. Etheria se ha desentendido y avanza en dirección a una nube de polvo tras la cual se oye un repiqueteo incesante; sostenido, pero siempre diferente. Un recuerdo de infancia la hace sonreír.
Se ve peleándose con su hermano en la pequeña ciudad de Gallaecia donde pasaba los veranos. Le gustaba oír el ruido de la lluvia golpeando contra los tejados de pizarra y los charcos que se formaban en el suelo, o aquel otro, más próximo al tintineo, sobre el viejo escudo de bronce abandonado bajo el pórtico. Él no se estaba quieto un momento y se burlaba del silencio que su hermana exigía para poder tender el oído. Aquellos episodios nunca terminaban bien y su madre, agotada, los enviaba un rato a los establos.
Sin embargo, la escena que tiene delante es muy distinta. Un nutrido grupo de hombres son sus artífices. Con las piernas flexionadas y el torso inclinado, tallan mármol y cerámica con una pequeña maza y un taco de madera del que sale una hoja metálica. Otros trabajan con pequeñas piezas de esmalte o de pasta vítrea. Una gran mancha de colores, perfectamente clasificados en montones, forma una alfombra improvisada.
Al ver que aquella actividad despierta el interés de Etheria, Flavio Salustio toma la palabra...
—Lástima que no lo verás acabado.
—¿Cómo dices?
—Será un mosaico digno de las más lujosas estancias imperiales. Es un trabajo laborioso, pero he mandado traer a los mejores artesanos y los materiales más costosos. El maestro de taller viene de la misma Roma, y el pictor imaginarius que lo diseña es de los más cotizados del Imperio. He hecho retirar el que había antes, demasiado vulgar para mi gusto. Pero pasemos dentro y que tus ojos juzguen un trabajo tan excelso.
El cónsul tenía razón. Pese a que ha hollado muchos mosaicos que engalanaban suntuosas estancias, las dimensiones y detalles del que se muestra ante sus ojos son extraordinarios. Las diminutas teselas de colores se ordenan armoniosamente hasta formar escenas de cazadores a pie y a caballo acosando animales, episodios de la vida de héroes legendarios y un friso con figuras de ánades y delfines enmarcando los retratos de los amos de la domus.
—He ordenado que rehagan mi rostro, encuentro que no me parezco en absoluto. No guarda las proporciones adecuadas.
Etheria no se para a comprobar si la queja de Sonia es fundada. El mensaje que extrae de la observación del mosaico es otro muy distinto. Tras el esplendor final de la obra se esconde una tarea ardua y pesada. Sin las diversas capas de piedra, cerámica y cal, debidamente asentadas, no habría podido producirse el milagro. Si no fuera por el diseño previo a tamaño natural y la copia sobre el terreno, tampoco. Se requiere la pericia de cada uno de los artífices y la suma de todas sus habilidades.
—Tiempo y paciencia.
—¿Cómo dices? —pregunta el cónsul a la peregrina.
—Discúlpame, estaba sumida en mis pensamientos.
Irene intenta mantenerse al margen de las atenciones que ocupan el tiempo de Etheria, pero no puede evitar un malestar creciente. Los cristianos se han propuesto no dejar rastro de los dioses y las costumbres paganas, y el silencio que se ve obligada a mantener, si quiere llevar a cabo su misión con éxito, la hace sentirse cómplice. La situación en que se encuentra supone una trampa mortal que la tiene atada de pies y manos. En ocasiones duda de si será capaz de resistirlo por más tiempo.
La pasada noche tampoco le resultó fácil conciliar el sueño. Las imágenes de aquella madre y su hijo, destripados impunemente, la persiguen. Ya son demasiados muertos, demasiados los fantasmas que se le aparecen en sueños. Le cuesta vivir con todos los tropiezos que día tras día le salen al paso.
Por eso se ha despertado agitada, con unas ojeras amoratadas que ni siquiera se molesta en disimular.
Como un pez arrojado a la orilla, respira con dificultad. Necesita un poco de aire, decidir cuál será el próximo paso y poner orden en todo aquello que le bulle en la mente y no la deja pensar con claridad. Se asoma al exterior de la habitación, recorre el pasillo y oye las voces de Etheria y el cónsul en el oecus, la vasta sala de recepciones. Sabe que debería sumarse al grupo y hacer los cumplidos de rigor, pero no se siente con fuerzas. Cuidando de no hacer ruido, se dirige al atrio. Antes de acceder a ese espacio luminoso, se asegura de que nadie la haya visto. El impluvium está lleno a rebosar. Ha sido un invierno lluvioso y las plantas alineadas a su alrededor aparecen lozanas. Cuatro cipreses altísimos sobrepasan los tejados y forman verticales desafiantes que apuntan hacia el cielo. Irene aspira la fragancia de los gigantes verdes y nota un regusto amargo en la garganta. Instintivamente se lleva la mano al estómago, justo donde se le ha instalado el dolor.
—Perdona. ¿Te encuentras bien?
La voz, insegura y frágil, la devuelve a la realidad. Se trata de Esther, la hija pequeña de Flavio Salustio. De hecho, al menos en su presencia, es la primera vez que se atreve a abrir la boca; su hermana parece eclipsarla por completo. La muchacha lleva la morena cabellera recogida en una trenza delgada. Viste una túnica amarillenta, sin ceñir, que todavía la hace parecer más poca cosa. Tras haber pronunciado esas palabras, mantiene un rictus asustadizo, cual si se dispusiera a pedir perdón en cualquier momento. A la sobrina de Símaco le despierta cierta ternura.
—No es nada, gracias. Tendrás que disculparme, tengo el estómago revuelto...
—Si me lo permites, podría pedir al servicio que te preparen una infusión.
—No quiero causarte ninguna molestia, de verdad. Tal como ha venido, se marchará. De aquí un rato me reuniré con tu familia, no quiero parecer desagradecida. Habéis sido muy amables.
—¡Oh, no debes preocuparte por eso! Pero permíteme que te ayude, señora. No tengo demasiadas ocasiones de honrar a nuestros invitados —añade con cierta tristeza—. Yo también sufro de esa dolencia y tengo un remedio que nunca me falla.
Irene frunce el ceño con curiosidad y permite que la muchacha prosiga con sus explicaciones. Advierte que arde en deseos de compartir sus conocimientos, pero lo hace en un tono cercano al secreto...
—Es bien sabido que la melisa se utiliza para aromatizar el baño. Bueno, dicen que ayuda a respirar mejor. Lo has visto en las termas, ¿no? Pues yo la hago hervir y preparo con ella una infusión. Si la tomas tres veces al día mejorarás muy rápidamente y... dormirás mejor —agrega, bajando aún más el tono de voz.
Irene dibuja una sonrisa. La joven es buena observadora y, bien mirado, tampoco debe de tener demasiados interlocutores con quienes hablar. Acepta su invitación y se sientan en un poyo.
—¿Te gustan? —pregunta Esther mirando los cipreses.
—No sabría decirte. Es un árbol extraño; los frutos no se comen, los pájaros no pueden hacer sus nidos en él y... Y no da sombra —añade divertida.
Ambas mujeres sonríen con complicidad. Se diría que hace mucho que ninguna de las dos lo hacía.
—Existe una historia en torno a ese árbol. ¿La conoces?
—No.
—¿Puedo contártela? Si dispones de tiempo, quiero decir.
—Claro que me gustaría oírla. Me parece que la visita puede seguir sin mí —agrega mirando en la dirección exacta de donde desde hace un rato llegan las voces.
Esther se pone cómoda, arregla con esmero los pliegues que la túnica forma en su regazo al sentarse y procede a narrarle que mucho tiempo atrás, en la isla de Ceos, en el mar Egeo, vivía un joven llamado Cipariso. Tenía por amigo a un ciervo, ¡pero no se trataba de un ciervo cualquiera, por supuesto! Era muy hermoso y estaba domesticado, visitaba las casas y se dejaba querer y mimar por todos. La gente lo adornaba con muchas joyas de oro y collarcitos de piedras preciosas, y en la frente llevaba un medallón de plata. Un día, Cipariso salió a cazar y vio a un animal entre los árboles. Entonces disparó su arco e hirió de muerte a la bestia. Después comprobó con horror que había matado a su querido ciervo. Pidió a los dioses que le arrebatasen la vida y no hacía otra cosa que llorar. Al darse cuenta de su desolación, el dios Apolo se compadeció de él y lo convirtió en ciprés.
—Mi madre decía que por eso cuando vemos un ciprés nos invade la tristeza.
—La historia es muy triste, en efecto. Pero ¿tú qué crees?
—Yo... Hacía tiempo que nadie me preguntaba eso —dice la muchacha con una expresión más luminosa—. A mí me gusta pensar que donde hay un ciprés, hay alguien que te espera.
Tal vez Esther habría ido más allá en poner palabras a sus pensamientos, pero cuando oye que preguntan por ella sale disparada. Corre igual que si la hubieran sorprendido cometiendo una fechoría.
Irene sigue contemplando los árboles, pero su mirada se vuelve diferente tras haber escuchado las palabras de la joven. De repente ve en los cipreses un hallazgo providencial y acepta la acogida que le brindan sus esbeltas y austeras figuras. Desde su posición se le antojan vigilantes contemplativos, suspendidos entre el cielo y la tierra, y se impregna de una paz de espíritu que hacía tiempo que no sentía.
Una tosecilla conocida la horripila y viene a quebrar la armonía del momento. El corazón se le acelera sin posibilidad de control y sus ojos pierden la placidez recién estrenada. Con la boca abierta y las manos aferradas a la piedra sobre la que descansa, su garganta solo es capaz de escupir una única palabra...
—¡Druso!
La figura permanece ante ella, hierática como una estatua. El silencio que se ha hecho deviene ensordecedor. Irene se esfuerza por tragar saliva, pero el regusto amargo no desaparece, y tampoco las piernas obedecen la orden de sostenerla en pie.
—Permite que te explique... —dice el hombre con voz insegura.
—¿Qué haces aquí?
—Necesito hablar contigo, Irene.
—¿Hablar conmigo, dices? ¿Después de huir como un ladrón, de no dejarme ni unas líneas para tratar de justificar un comportamiento tan..., tan mezquino? —añade la muchacha levantándose con un impulso fruto de la ira y el estupor mezclados.
—Te lo ruego. No habría venido de no ser importante. Salgamos fuera, Irene, lejos de toda esta gente.
Druso la invita a abandonar el atrio y ella acepta sin oponer resistencia, como llevada por un sueño. Una o dos veces se vuelve para mirar atrás. ¿Qué explicación podrá dar, a Etheria o a sus anfitriones, si la ven acompañada de aquel joven? Ya en el exterior, a salvo de miradas comprometedoras, siguen caminando entre las personas que trajinan tierra en carretas y unos chicos que corren persiguiendo a las gallinas. Las mujeres que hacen la colada muy cerca de la domus los miran con indiferencia. Un leñador golpea con el hacha el tronco de un olivo muerto por el impacto de un rayo, pero la pareja prosigue su avance hasta que el ruido no es sino un murmullo.
—¡Ya basta! —exclama Irene plantándole cara—. ¿A qué has venido? ¿No te das cuenta de que tu presencia me compromete?
—Uno de los soldados que debían custodiarte en tu misión vino a buscarme.
—¿Cómo dices?
—Bappo vino a Legio. Me dio la impresión de que huía, pero me buscó para decirme que quizá te hallabas en peligro.
—¿Bappo? Lo daba por muerto... Pero no creo que sea de los que huyen. ¿Debo entender, pues, que te preocupa mínimamente lo que pueda sucederme? ¿Acaso no conservas ni una pizca de dignidad? ¿Sabe tu padre que estás aquí? ¿Que has venido a buscarme? ¿Lo sabe?
Las preguntas se suceden sin tregua y el rostro de Irene se transforma en la máscara del enojo. Druso, con la cabeza gacha, la deja hacer.
—¿No tienes nada que decirme? —insiste la mujer, necesitada de respuestas.
—No podía hacer otra cosa, tú no lo entiendes...
—¿Qué debería entender, Druso? ¿Crees que soy estúpida?
—No quería decir eso...
—Pues ahora tienes la oportunidad de explicarte. Pero no agotes mi paciencia.
—Tranquilízate, te lo ruego.
—¿Que me tranquilice? ¿Me pides que me tranquilice? ¿Cómo te atreves...?
Un nudo en la garganta interrumpe las últimas palabras de Irene. Al darse cuenta, Druso hace amago de acercarse a ella; apoya la mano en su hombro, pero ella parece rehacerse, más enfurecida todavía.
—¡No me toques! —grita mirándolo fijamente a los ojos—. No sé qué te ha contado Bappo, pero aunque fueses la última persona capaz de salvarme, rechazaría tu ayuda y huiría de tu lado como de la peste.
Dando la conversación por terminada, la sobrina de Símaco le vuelve la espalda y empieza a deshacer el camino que han hecho juntos.
—¡Irene, espera!
Sin volverse, la joven hace un alto. Él implora...
—Vuelve a Roma, te lo ruego. Con estos bárbaros de Teodosio no se te ha perdido nada. Además, la causa por la que luchas no tiene ninguna posibilidad...
—¡No, claro, no tiene ninguna posibilidad! Tú decidiste que nuestra causa tampoco tenía la menor posibilidad, ¿a que sí? Suponía demasiadas renuncias, tenías miedo de perder el favor de tu padre, la seguridad de una posición que veías tambalearse. ¡Cobarde! ¿Volver a Roma? ¡Pues vuelve conmigo! Compórtate como el hombre al que amé con locura u olvídame por siempre jamás. Yo no necesito ninguna niñera.
La inmovilidad de Irene se prolonga todavía unos instantes. Cierra los ojos y aprieta los puños con fuerza, desea de todo corazón oír unas palabras que no son pronunciadas. Finalmente se da por vencida, libera una lágrima y levanta la barbilla con altivez. Tiene la sensación de que ya no queda nada que decir. Los golpes del hacha vuelven a adueñarse de la escena mientras Irene dirige la vista a las copas de los cipreses que, tan solo unos pasos más allá, le dan la bienvenida. Sobre el poyo, el cuenco humea expandiendo el aroma de la infusión de melisa.
Después de la fiesta que han preparado en su honor, Etheria se siente colmada de atenciones y decide que es el momento de alegar cierto malestar, por otra parte muy real. En la estancia que le han asignado reina una intensa fragancia a espliego y la mesa siempre está repleta de fruta y quesos. No obstante, ha comido demasiado y recuerda que ya se sintió harta en el interminable ágape que le ofrecieron en Lucus Augusti. Se deja caer sobre el lecho, sin que le sea permitido cerrar los ojos. Sonia pronuncia su nombre desde la puerta, como si no se atreviese a turbar su descanso.
—Solo quiero comprobar que te encuentras bien. Tal vez alguno de los alimentos, el asado con miel o el plato de membrillo con puerros...
—No, todo estaba exquisito, pero me temo que no estoy acostumbrada a comer tanto. Pasa si te apetece.
La hija del cónsul entra despacio y se sienta en el único taburete de la estancia. La luz que se cuela por el ventanal resalta su palidez mientras sus ojos se esfuerzan por evitar la mirada de Etheria.
—Hay que tener cuidado con la comida. Yo siempre ordeno que la prueben en mi presencia. Ha habido casos...
—Te veo preocupada. Me da la impresión de que tenernos como invitados altera tu vida tranquila. Somos más numerosos de lo deseable, lo que ocurre es que, según dicen, los caminos ya no resultan tan seguros como en tiempos pasados.
—No debes preocuparte por eso. Llevas a hombres capaces y nadie se atreverá a atacar a los soldados del emperador. Estás más segura tú en los caminos que nosotros en nuestra propia casa.
—No puedo imaginar el motivo.
—Oh, pues es muy sencillo. —Ahora sí que se ha vuelto a mirarla; mantiene las manos enlazadas y Etheria ve como las articulaciones se vuelven más blancas por la fuerza que soportan—. Dios nos somete a una dura prueba metiendo al demonio en la villa y obligándonos a convivir con él...
—Perdona, pero no te entiendo —responde la peregrina mientras Sonia se levanta y se dirige a la puerta para cerrarla.
—¿Es que no te das cuenta? Lo más vil del paganismo ha anidado entre estas paredes y nos amenaza cada día. Ya has visto que mi padre está enfermo y no puede encargarse de la villa adecuadamente; por otra parte, mi hermana es una pánfila, siempre llena de buenas intenciones.
—Sí, recuerdo que me hablaste de ese asunto, pero debes tranquilizarte. Según tengo entendido, también tu padre adoró a otros dioses en el pasado. Debes decirte que es el signo de los tiempos, el mundo está cambiando y nosotros hemos de dar testimonio. El amor nos salvará —concluye Etheria, reacia a dejarse arrastrar por las fantasías de la muchacha.
—Veo que también tú has hecho de la ingenuidad tu divisa. Pero no importa, el prefecto no tardará en regresar con los soldados de la Gemina, que nos ayudarán a llamar al orden a los infieles, y confío en que también a los desdichados que, tras arruinarse, mendigaron nuestra protección y ahora cultivan las tierras de mi padre. Quién sabe si también conspiran para rebelarse. Tanto los unos como los otros son unos desagradecidos.
—¿El prefecto? ¿De quién hablas?
—De Druso Valerio, el hijo de un senador cristiano, uno de los nuestros. Me habría gustado presentártelo, pero ha insistido en que no se te molestara. Venía a interesarse por Irene, la señora que te acompaña.
—¿Estás segura de lo que dices? —pregunta la peregrina incorporándose.
—¡Ya lo creo! Han hablado durante largo rato. Me he informado.
Consciente de que esa información ha logrado despertar la curiosidad de Etheria, la joven espacia las palabras al tiempo que se arregla el cabello con cierta coquetería.
—Como es lógico, mientras mi padre no tenga las fuerzas suficientes para gobernar con mano firme, yo he de procurar...
—Lo entiendo, lo entiendo... Prosigue, te lo ruego.
—Pues según me ha contado el propio prefecto, tenía el encargo de velar por la seguridad de tu acompañante. Parece ser que los padres de uno y otra tienen un parentesco lejano.
—¿Los del prefecto romano y los de Irene? —inquiere la peregrina sin saber si debe dar crédito a las palabras de la muchacha, que parece desbarrar cada vez que abre la boca.
—¡Sí, claro! Te acabo de decir...
—De acuerdo, Sonia. Y ¿podrías indicarme dónde se encuentra ahora ese joven?
—Siento no poder complacerte. Ha dicho que debía regresar, está destinado en Legio y no podía ausentarse por más tiempo. Ocupa un cargo de responsabilidad y en la ciudad quedan pocos efectivos. Ahora bien, ha dejado con nosotros a uno de sus hombres. Es un tipo enorme que da miedo solo con mirarlo.
—¿Dices que ha dejado a uno de sus soldados?
—Sí señora. Bueno, no lleva uniforme. Seguro que para pasar desapercibido llegado el caso, aunque con esa estatura... Pero nos hará llegar refuerzos en cuanto le sea posible. ¡Ellos pondrán fin a esta confusión!
Llegada a ese punto, Etheria se ha convencido de que todo aquello es fruto de una mente torturada y que es mejor no dar pie a que la conversación se prolongue.
—Seguro que sí, Sonia. Seguro que sí —dice en tono indulgente y una sonrisa poco adecuada; luego apoya la mano en su espalda y abandona el taburete.
Sin embargo, la hija del cónsul no se mueve. La mira con el brillo en los ojos de quien se sabe vencedor pese a las apariencias. Se ha guardado la última carta para el final, la que decidirá la partida.
—Me temo que el prefecto no traía buenas noticias. A mí no me ha dicho nada, claro, pero la señora Irene estaba muy alterada.
A la espera de que sus palabras produzcan el efecto deseado, la joven hace una pausa. Solo cuando está segura de haber captado de nuevo la atención de Etheria, sigue hablando...
—La pobre se dio un hartón de llorar...
—Lo que dices es importante. ¿Estás segura?
—Tu pregunta me ofende —replica fingiéndose desairada—. ¿Por qué, si no, ha excusado su presencia en el banquete de mi padre, puedes explicármelo? Su silla ha permanecido vacía durante el transcurso del ágape, seguro que no te ha pasado por alto.
—Yo la hacía con Cayo...
—¡Ay, señora! Todo ha sido muy raro. Tan pronto parecía que eran amigos como se peleaban a gritos.
—¿Debo entender que te has dedicado a espiarlos?
—¿Y qué podían esperar? ¡Estoy en mi casa! Ya te he dicho que tengo la obligación de estar informada de lo que ocurre bajo mi propio techo.
Sonia se levanta con gesto adusto. A la peregrina le duele que la conversación acabe de manera tan inoportuna, necesita saber más de todo aquello, aunque tal vez la hija del cónsul no sea la persona más indicada. Le cuesta dar crédito a sus palabras. Por otra parte, si dice la verdad, se le abren nuevos interrogantes en relación con Irene y piensa encontrar las respuestas por sí misma. Irá a su encuentro o, mejor aún, mirará si el prefecto sigue en la ciudad y, haciéndose la encontradiza, le preguntará por los motivos de su visita.
Espera unos instantes para no coincidir de nuevo con Sonia y sale al exterior. Hay un caballo listo para partir y un hombre que lo lleva de las riendas. No le cabe la menor duda de que se trata del propio prefecto. Cuando este ve a Etheria, suelta las riendas del animal y se le acerca con decisión.
—Lamento no poder quedarme, señora. Pero sin duda sabrán tratarte como mereces. Tu paso por estas tierras constituye un honor.
—He sabido que has venido a preguntar por Irene. ¿Acaso ocurre algo de lo que yo deba estar al corriente?
—Ah, no es nada, solo quería saludarla. Somos viejos conocidos y he aprovechado que pasaba por aquí, pero mis obligaciones me reclaman.
—Entonces ¿va todo bien, dices? Sonia, la hija del cónsul, me ha comentado...
—No tienes motivo alguno para preocuparte. Te deseo un buen viaje.
La peregrina ha adoptado la expresión impenetrable que tanto temían en Calavario. Responde solo con evasivas mientras sigue buscando a Irene. No ha conseguido sacar nada en limpio e, inquieta, mira a diestro y siniestro para ver si adivina la presencia de la muchacha entre las sombras. Sin embargo, la única persona que vigila la partida es un hombre gigante que cruza unas palabras con el prefecto antes de que este emprenda la marcha.
Nadie pone la mano para que Druso suba a su montura, él mismo lo hace de un preciso salto que provoca los relinchos del caballo. Etheria entiende que no puede aplazar mucho más una larga conversación con Irene.