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Gerunda, junio de 381

 

El hecho de que su relación con la peregrina se haya clarificado en los últimos días no basta para mitigar la nostalgia que la partida de Cayo provoca en Irene. Su presencia no solo se había convertido en una costumbre, sino que servía asimismo de tapón contra algunas de sus ideas descabelladas y confería seguridad a los trances difíciles. Con Bappo no tiene la misma sensación, pese a confiar en su fidelidad. Hay algo cambiante en su mirada que habla de un ser frágil, de dudas que jamás detectó en los ojos del antiguo legionario.

—Sé que añoras a Cayo —le dice Etheria, acercándose—, pero tenía una misión y ha sido consecuente con ella. No sé si había conocido nunca a una persona con un sentido del deber tan acusado.

—La muerte de los que amas puede conducirte a la locura o a la determinación. Es un hombre de la vieja escuela, cree en el honor de sus antepasados.

—Ya veo que no pierdes la menor oportunidad, pero no te lo reprocho. Cada una de nosotras tiene su propio norte y hemos pasado por numerosas dificultades; no nos echaremos atrás con facilidad. Nosotras somos enemigas debido a nuestros objetivos, pero también somos dos mujeres en un mundo difícil. Piensa en ello.

—Eso mismo podría decirte yo.

—¿Lo ves? ¿Puede haber mayor prueba de nuestras semejanzas?

Irene se niega a comentar esas palabras. No tiene la sensación de que respetar los razonamientos de Etheria la acerque más a ella. En cambio, hay otra cuestión que las une, una de la que se siente responsable.

—Si dejaras de vigilar a Seihar como si fuese un prisionero, tal vez creería más en ti. Los soldados no lo dejan ni respirar.

—Es por su bien. Debe entender que está empezando una nueva vida, que hacerse hombre también supone asumir responsabilidades. Si permito que campe por sus respetos tan cerca todavía de Barcino, tal vez no volvamos a verlo. Y no es eso lo que quieres, me parece.

—No conseguirás ganarte su confianza poniéndole cadenas.

—Tampoco tú lo ayudarás demasiado con esa actitud. Me dijiste que cuidarías de él y te has instalado en la melancolía.

Sabe que Etheria pretende ayudarla, que en su corazón también anida la bondad, pero no puede evitar que sus pensamientos viajen a cada instante hasta Roma, que consideren la situación de los suyos, de su hermana. Quizá incluso de su tío Símaco, el cual libra una batalla que hasta los más optimistas dan por perdida.

La comitiva sigue la vía de la costa. Han dejado atrás Baetulo e Iluro mientras aspiraban el aroma del salitre en un día radiante de primavera. Unos viajeros a los que encuentran en el camino les dicen que muy pronto deberán girar hacia el interior si quieren pasar por Gerunda.1 Y tales son las órdenes que todos siguen. Proceden directamente de Etheria, que aspira a rezar ante la tumba del mártir Félix.

La curiosidad ha ido acercando a Bappo al pequeño grupo que forman Seihar y los dos soldados que lo custodian. Estos lo dejan hacer; su papel en aquella aventura ha sido muy comentado y, desde que resultó herido, los hombres de Teodosio lo tienen por un compañero valioso.

El gigante no piensa en ellos sino en el muchacho. Lleva muchas millas observándolo, cual si se tratase de un actor inesperado en aquel difícil recorrido en el que van perdiendo efectivos por el camino. La partida de Cayo lo ha dejado huérfano de interlocutores e Irene permanece inaccesible desde que salieron de Barcino. Se siente solo, pero ha descubierto que entre todos ellos hay una persona que tal vez se sienta más sola todavía.

—¿Habías salido alguna vez de tu ciudad? —le pregunta Bappo, que no sabe cómo entablar conversación y dice lo primero que le pasa por la cabeza.

—Yo no, pero sí mi padre y mi hermano. Viajaron hasta Adrianópolis para participar en la gran batalla.

—Tengo noticias de ese hecho que mencionas, algunos de mis amigos murieron allí.

—Ellos también, quiero decir, mi padre y mi hermano.

Lo dice con semblante serio y Bappo cree que ha errado en su aproximación, que no tardará en cerrarse en banda y ya no querrá proseguir la conversación. No obstante, Seihar no parece afligido, más bien hincha el pecho y lo mira con expresión transparente y sincera.

—Fueron unos héroes —suelta con entusiasmo—. Evitaron que los bárbaros llegasen a las puertas de Roma, salvando nuestra civilización.

El gigante no puede evitar preguntarse quién habrá sido el artífice de aquella extraña interpretación del desenlace de la batalla, pero no intenta corregir el equívoco.

—Y aún los quieres más desde entonces, ¿a que sí?

—Sí, pero los echo mucho de menos —responde el chico, no sin antes preguntarse cómo es que aquel hombre no sabe nada de su historia.

Todos en la comitiva han podido oír al menos diez veces las cuitas del chiquillo que, tras la muerte de su padre y de su hermano, se empeña en ser soldado. Seihar mira al gigante de arriba abajo y concluye que su aspecto desgarbado debe de ser un reflejo de lo que bulle en su enorme cabeza.

—Quiero ser soldado como ellos.

—¿Y quién dice que no lo conseguirás? Nos dirigimos a Roma, ¡la ciudad donde cualquier sueño puede hacerse realidad!

—¿De veras lo crees?

—Desde luego que sí. Totalmente —miente el gigante al tiempo que vuelve la cabeza y observa unos instantes la línea de mar.

—Pero he dejado de ir a la escuela de lucha. ¿Cómo podré ejercitarme para ser un buen soldado?

Bappo sopesa la trascendencia de la idea que empieza a hurgarle las entrañas. Se dice que si hace ese ofrecimiento no habrá posibilidad de echarse atrás, pero no es la primera vez que se deja llevar por sus impulsos.

—Yo podría ayudarte...

Irene lleva rato observando aquella conversación, así como las miradas irónicas que los soldados dirigen a Seihar y al gigante. Por una parte celebra que encuentre a alguien con quien hablar, pero por otra duda si es el mejor compañero para el muchacho. ¿Quién es Bappo en realidad? Un esbirro a sueldo de los poderosos, tal vez un asesino.

Un miliario anuncia la proximidad de Gerunda, pero empieza a caer la noche y optan por acampar en un prado. Seihar y el gigante dan su primera clase con la espada en la mano mientras Etheria e Irene se miran consternadas. Ambas se han estremecido al primer choque del acero de las espadas.

Esa mañana a Etheria se la ve feliz. Recuerda muy especialmente la recomendación del obispo de Tarraco sobre el santuario que ha de visitar en Gerunda, construido en honor del mártir Félix y poco afectado por las invasiones y la decadencia del Imperio. Se dice que debe de tener mucho que ver con las dimensiones de esa urbe, pero también con la imponente muralla que facilita su defensa y los ha acogido tras una breve marcha desde donde habían acampado.

Apenas ha tenido tiempo de instalarse en las dependencias que les ha procurado el obispado, no tan amistoso tras enterarse de que solo harán una estancia breve. La peregrina ha decidido abreviar el tiempo empleado en honores y celebraciones, en parte porque quiere dedicarse de manera más intensa al ministerio que prometió a sus compañeras de Calavario, pero también hay otro motivo, un motivo que la lleva a reflexionar sobre los verdaderos propósitos de su viaje.

Cada día que pasa, cuando se encuentra en camino, a medida que atraviesan ciudades y territorios, se siente más plena, más cercana al Dios que ha salido a buscar. En medio de un campo o en la más alta de las cumbres, así como en la extensión profunda de las planicies, es cuando su comunión con el Creador se manifiesta más intensamente. A veces hasta el punto de desear haber hecho el viaje en solitario, por grandes que fueran los peligros que tuviera que arrostrar.

Por su parte, Irene, si bien experimenta a menudo episodios de desgana y apatía, responde con gesto afirmativo cuando la peregrina le pide que la acompañe a visitar la tumba del mártir. Ambas recorren las estrechas calles de Gerunda sin prestar demasiada atención a la gente que reconoce a Etheria y, en algunos casos, se arrodilla a su paso.

El santuario se encuentra junto a la muralla; se trata de una construcción pequeña y alargada, situada en el lugar donde según dicen mataron a Félix durante el mandato del emperador Diocleciano. Sin embargo, dentro está muy oscuro y piden al soldado que vela por su seguridad que vaya en busca de una antorcha.

—Un hombre como ese, que glorifica la obra de Dios, no debería yacer en un sepulcro tan pobre —afirma la peregrina antes de iniciar una oración.

Irene la acompaña a cierta distancia. No quiere enzarzarse en nuevas discusiones con quien debería llamar su protectora. Podría decirle que su religión no predica a favor de los lujos, y mucho menos cuando se trata del eterno descanso de sus muertos, pero se limita a observar y a callar, pese a que el lugar le parece triste y huele a humedad. Cuando el soldado entra de nuevo con la antorcha en la mano, sus impresiones se ven reforzadas.

Decide salir y esperar a la peregrina en el exterior, donde hay algunas personas que las han seguido hasta el santuario. La mayoría se deshacen en expresiones de agradecimiento por el gesto que han tenido de rezar a su mártir, pero una mujer se le acerca a hurtadillas e Irene no acaba de entender el significado de su susurro.

—Este no es el sepulcro del que deberíamos sentirnos orgullosos —le dice mientras los demás detienen sus plegarias o las silencian.

—¿Qué quieres decir, mujer?

—El obispo ha ordenado dejarlos en el rincón más oscuro, incluso ha escondido a algunos, pero su existencia constituye el mejor ejemplo de la grandeza de Gerunda en otros tiempos.

La sinceridad que rezuman aquellas palabras hace que Irene preste atención a sus indicaciones. Da aviso a Etheria, que no celebra la interrupción pero se da cuenta de que el motivo debe de ser importante. Se adentran en dirección al altar y en uno de los lados pueden ver como la antorcha del soldado ilumina dos sepulcros. La gente de fuera ha empezado a entrar tímidamente y rezan ante la tumba de Félix. Lo que ocurre más allá no parece interesarlos demasiado.

El primero de los sarcófagos luce una escena con numerosas figuras en su cara frontal. Irene no tarda en identificarla como una representación del rapto de Proserpina y Etheria no puede por menos de maravillarse ante sus conocimientos.

—¿Te extraña que mi tío nos haya proporcionado la mejor de las educaciones a mí y a mi hermana?

—No, por supuesto que no. No dudo de tus conocimientos, en modo alguno...

—Oh, déjalo correr. —Al tiempo que lo dice, Irene dirige la vista hacia el otro sarcófago—. ¿Has visto eso?

Ambas se concentran en la escena que tienen delante. Hay soldados a caballo que se defienden del ataque de los leones. La peregrina esboza el gesto de acercar la mano a la cabeza de uno de los animales, pero se detiene a medio camino.

—Veo que todavía no nos han borrado de la faz de la tierra —comenta Irene—. La prueba es muy evidente.

—¿Por qué habrían de hacerlo?

—No has vivido en este mundo, Etheria. Tantos años entre las cuatro paredes de Calavario te han impedido saber realmente cómo es la gente que lo habita y, lo que es todavía más grave, cómo es tu propia gente.

—Yo solo digo que las dos religiones son capaces de convivir. Lo hacen aquí, en este santuario.

—¿Y qué consideración les otorga el pueblo? Abre los ojos a la gente. Rezan por el mártir Félix y olvidan a todos los demás, los que han sido obligados a vivir apartados de sus creencias y, en muchos casos, han pagado por rebelarse contra la injusticia.

—Puede que sí, pero quizá exista una manera de convivir sin que el odio al otro, al desconocido, nos destruya a unos y otros. ¡Míranos a nosotras! Pese a nuestras diferencias, te he aceptado y tú has cedido un poco para acompañarme, la mayor parte del tiempo te siento próxima.

—¿Crees que me queda otra salida? Los tuyos han enviado a asesinos contra mí.

—Y tú te rodeaste de esbirros a sueldo para llevar a cabo una empresa que debía tener éxito a cualquier precio.

—¡Señoras! La gente empieza a murmurar, creo que no les gusta demasiado que prestéis atención a los sepulcros —dice de pronto la mujer que se los ha mostrado—. Tal vez no entiendan que dejéis de lado al mártir.

Se vuelven hacia el centro de la iglesia y ven como el soldado ha tenido que interponerse para detener a algunos exaltados. Hablan de símbolos paganos, de cómo el obispo se ha mostrado muy débil a la hora de permitir que aquellos sarcófagos se conserven tan cerca del de su Félix.

—No hagáis caso —les recomienda la mujer—. No toda la ciudad piensa de la misma manera, ni mucho menos.

Tras recibir unos cuantos insultos, las ayuda a salir del santuario. En el exterior se encuentran Bappo y Seihar, ambos sudorosos; sin duda han acabado su entrenamiento de la mañana y han decidido acercarse. Habida cuenta del tumulto, el gigante lleva al muchacho sujeto por los hombros, como si su única prioridad fuese que nadie le hiciera daño.

—Tengo audiencia con el obispo. ¿Quieres acompañarme?

—Me parece que no, Etheria. Esta parte del viaje te está destinada y yo hace mucho que decidí cuáles son mis afectos —responde Irene, aunque sin acritud en la voz.

—Entonces ¿podrás ocuparte de Seihar?

—Lo haré con mucho gusto.

Irene se acerca al chiquillo, todavía bajo la protección de Bappo, y el gesto que hace Seihar la sorprende. Este le rodea también los hombros con el brazo como si a su vez quisiera protegerla de la multitud. Sin embargo, la gente ya ha empezado a disolverse y no deja de descubrir miradas de aprobación entre los que la siguen hasta el interior de la ciudad. Se dice que debe reaccionar, que no puede doblegarse a otras voluntades. Aún tiene la misma misión, por mucho que la relación con Etheria haya tomado otro cariz y esta pretenda convencerla de su bondad.

No se espera lo que sucede instantes después. Bappo introduce la mano bajo las ropas y extrae un mensaje con el sello de su tío. Lo coge con suma prudencia cual si estuviera impregnado de veneno, pero las palabras del gigante la tranquilizan.

Mientras Seihar se detiene ante un vendedor de dulces, el gigante le cuenta que se la han entregado hace muy poco y que el emisario se aloja en la posada de los leones. Sus últimas palabras la estremecen, es como si ese símbolo surgido de sus tradiciones, la proximidad de la muerte que representan las fieras, la persiguiera a lo largo de todo el viaje.

Se aleja un poco a fin de poder leerla mientras Bappo se aproxima al muchacho y le propone otro almuerzo.

—Te lo has ganado. Has luchado como un gran guerrero —le suelta—. ¡Y yo también!

Tras abandonar Gerunda, mientras cruzan los Pirineos, las cumbres nevadas en la lejanía, pese a lo avanzado de la primavera, les dan una idea de la dimensión de las montañas. En algún momento del trayecto Etheria les cuenta que un general cartaginés, Aníbal, hizo aquel viaje con su ejército para marchar contra Roma y que incluso llevaba elefantes como máquinas de guerra. No obstante, el discurso de la peregrina choca con los escasos conocimientos de sus acompañantes. Solo Seihar le presta atención, sorprendido por la magnitud de la empresa narrada.

—El tal Aníbal debía de ser muy valiente para arriesgarse a luchar contra Roma —comenta mientras la hoguera encendida en el campamento desprende un hilo de humo que se pierde en la noche.

—Admiras a los valientes —responde Bappo—, pero debes tener en cuenta que no siempre consiguen lo que quieren.

—A veces tan solo son suicidas que arrastran a quienes los siguen porque han creído en sus promesas.

Estas palabras de Irene hacen que la peregrina renuncie a su historia. El estado de la sobrina de Símaco los preocupa desde hace tiempo. Le cuesta comer y ha ido adelgazando, cuando la dureza del camino exige hacer acopio de toda la fortaleza disponible. De hecho, ni siquiera al dejar atrás las montañas y llegar a un terreno más amable perciben ningún tipo de mejora en su ánimo. De vez en cuando se instala en el carruaje de las provisiones y entonces uno de los soldados se encarga de llevar a su caballo de las riendas.

La última carta de Símaco ha introducido un compás de espera en su vida que no había previsto. Su tío sospecha que Terencio no enviará a más hombres contra ella, que ha decidido esperarla y llevar a cabo su venganza personalmente sin tener que enfrentarse a los soldados del emperador que acompañan a Etheria. La consigna es llegar a Roma lo antes posible, donde ya le ha preparado la protección adecuada. Entre tanto, intenta recabar apoyos entre los miembros del Senado, pese a que su enemigo ha convencido a muchos de ellos de que Irene es culpable.

El gigante prosigue la formación de su discípulo todas las noches y los más optimistas comentan que Seihar parece más capaz a cada día que pasa; lo han visto dudar ante alguna de las acometidas del muchacho, como si de repente se planteara la posibilidad de que aquella lucha simulada podría írsele de las manos. Es uno de los pocos entretenimientos de los viajeros, dado que solo Etheria encuentra motivos de goce en las ciudades que van dejando atrás. Mártires, iglesias, santuarios, todo forma parte de las maravillas que va describiendo en el relato prometido, el que algún día recibirán las mujeres piadosas de Calavario.

La peregrina ha prestado especial atención al paso de la Vía Domitia por la ciudad de Narbona, lugar de nacimiento del mártir Sebastián, el soldado que, obligado a elegir por el emperador Maximiano, optó por la fe cristiana aunque significara la muerte. Pero también ha mencionado en sus escritos la noche pasada junto al puente bautizado como de Tiberio de Agde, una víctima de las persecuciones de Diocleciano. En ese lugar escribió una nota sobre Irene, sobre cómo debía de sentirse ante el acoso al que se ve sometida su gente.

En lo sucesivo el grupo tiene orden de no quitar ojo a la joven, de preocuparse por ella y prestarle cuidados extremos, pero la sobrina del senador parece evaporarse pese a la intensidad de las miradas que la rodean. Desea continuar, llegar de una vez a Roma, abrazar a su hermana. Sin embargo, al mismo tiempo siente que le fallan las fuerzas, que el viaje se ha convertido en un lastre casi insoportable. Y en ocasiones se dice si no sería mejor quedarse quieta, dejar que todos la adelantaran, ver cómo se alejan, permanecer a solas, rodeada únicamente de sus cavilaciones.

Druso ya solo es un recuerdo lejano, pero la aterra la idea de que desaparezca de su memoria, como si semejante contingencia pudiera arramblar también con su infancia, los momentos felices pasados con su tío, cuando, a pesar de la muerte de sus padres, creyó que todo iría bien.

—Tal vez si comieras un poco... —le dice un día Seihar, que, sorprendentemente, no se encuentra en compañía de Bappo.

—Eres muy joven todavía para saber de estas cosas.

La respuesta de Irene no contiene la menor acritud. Por el contrario, le gusta sentirlo cerca de ella, mirándola, quizá porque se esfuerza por entender sus ausencias. Durante mucho rato permanecen en silencio, y el gigante, que los observa de lejos, no reclama la atención de Seihar para su clase del día. Ve que Culleo envía a uno de sus hombres a hacer una ronda de reconocimiento y pide permiso para acompañarlo.

A Etheria se le antoja tan grata la nueva situación, que da órdenes en el sentido de que el breve descanso de la comitiva se convierta en el final del viaje por aquel día. Luego aprovecha para alejarse un poco del campamento. Llega hasta la Vía Domitia y contempla de cerca los campos de espliego que se extienden hasta perderse de vista. Al día siguiente llegarán al final de su trazado, es decir, la ciudad de Arelate,2 desde donde habrán de tomar la Vía Julia Augusta.

Pero por ahora solo existen aquellas flores lila que descienden en dirección al mar. De vez en cuando, cuando sopla la suave brisa del este, sus tallos ondean y desprenden una fragancia dulce y fresca. La peregrina se convence de que se trata de una señal para animarla a no desfallecer.