5
Riberas del Eume
El ruido ha cruzado el aire muy cerca. Ha sido breve y tenso, un silbido que podría ser como una caricia, como una llamada sutil. Hasta cabría confundirlo con el vuelo de un ánade sobre el río. Pero no ha habido ningún batir de alas, ni el estallido final contra el agua. La conclusión ha sido un golpe seco, un vuelo interrumpido. Bappo es un hombre avezado en todo tipo de situaciones y solo con oírlo entiende muy bien de qué se trata.
Se ha alejado unos pasos del grupo, bastantes de hecho, con la excusa de hacer sus necesidades. Lo cierto es que recurre a ese artificio con frecuencia. Cuando necesita estar solo y dar rienda suelta a sus pensamientos. Lleva tiempo soñando con una mujer, pese a que sea imposible, las diferencias entre ellos convierten el mero pensamiento en una locura. Es entonces cuando oye ese silbido y se queda clavado detrás de un árbol. Sí, es estúpido, ignora desde qué ángulo han disparado la flecha, y sería mucho más juicioso moverse con rapidez y al azar.
Por unos instantes se siente vendido, sabe cuán infalibles pueden llegar a ser los arqueros, capaces de anticiparse a todos tus movimientos. No obstante, cuando vuelve a pensar en ello se da cuenta de que ha sido un silbido lejano. Si hubiera ido dirigida a él, la flecha se habría hecho visible y habría acabado en el suelo o en algún árbol cercano. Como no cree que haya cazadores por aquellos andurriales, solo existe una explicación, alguien está atacando a sus compañeros. No puede quedarse de brazos cruzados.
Echa a correr en dirección al campamento improvisado, no muy lejos de donde los dejaron Irene y Cayo. Nuevos silbidos hienden el aire y se lleva las manos a la cabeza, como si así pudiera evitar el impacto de las flechas en caso de que lo persiguieran. No tarda en comprobar que se ha equivocado de camino y va en dirección al río. Hay gritos y relinchos de caballos que viajan por las copas de los árboles.
La intensidad de los ruidos aumenta y Bappo se pregunta si es un ejército lo que ataca a sus compañeros. Pero llega a la conclusión de que es imposible. Solo hombres muy experimentados serían capaces de cruzar aquellos bosques sin hacerse notar; tal vez hombres como ellos mismos, acostumbrados a volverse invisibles...
Busca con la mirada la referencia que ha tomado a la hora de abandonar el campamento, un roble grande y añoso que pensó que destacaría entre los demás árboles del bosque, pero son muchos de similar aspecto los que se ofrecen a su visión, alterada por las circunstancias. Las voces, por el contrario, le indican una dirección clara. Vienen de unos cien pasos ladera arriba, donde ha dejado a sus compañeros.
Obvia el camino y asciende con toda la fuerza de que es capaz; se araña con las zarzas, pero tiene las piernas sobradamente curtidas. Concentra sus pensamientos en su inseparable espada corta, que lleva bien sujeta por la empuñadura. Se pregunta asimismo cómo podría hacerles frente solo con aquella arma si son tantos como le parece. En última instancia, decide confiar en la capacidad de sus compañeros; Símaco no los escogió al azar. Si no anda errado, solo él fue como una especie de complemento, un recambio ante la imposibilidad de dar con otro de los hombres que el senador había elegido. Bappo conocía el paradero de aquel soldado realmente extraordinario: un prostíbulo de Ostia. También sabía en qué consistía la misión y estaba ansioso por abandonar Roma, acosado por deudas de juego. De manera que no dijo nada.
Cuando por fin llega a la vista del campamento, descubre que los suyos, rodeados de jinetes que los apuntan con sus arcos, están delante del roble con las espadas en la mano pero en situación desesperada. Uno de ellos tiene una flecha clavada en el brazo y, pese a la distancia, Bappo constata que la fuerza del impacto prácticamente le ha segado el codo. En cuanto a él, solo dispone de la espada, y pese a su valentía, propia de un hombre del que se espera todo en favor de los suyos, la angustia que le sube desde el estómago le recuerda las ganas de vivir, de no acabar sus días en aquel rincón perdido tan lejos de casa.
La primera hilera de soldados se halla a apenas treinta pasos del árbol tras el que se oculta, pero no lo han visto; a menudo le dicen que tiene la agilidad de una víbora, y tal vez tengan razón. Observa con todos los músculos en tensión cómo arrojan las armas al suelo y se rinden mientras las preguntas sobrevuelan el silencio del bosque. La amenaza de los arcos a tan corta distancia haría del todo inútil rebelarse. Bappo sabe que no habrá respuestas, sus compañeros morirán antes que delatar a Irene y revelar los motivos que los han llevado a aquellas tierras.
Permanece al acecho. La primera idea que le pasa por la cabeza es correr a la casa y contar a la sobrina del senador lo que ha ocurrido con sus hombres, la fiel y segura salvaguardia para sus planes. Pero de inmediato le entran las dudas. La consigna era permanecer al acecho sin delatarse. Le hará preguntas, y él no sabrá cómo justificar el hecho de que no lo hayan detenido, ni la inmensa suerte de no haber recibido ni una sola herida. Espera mientras atan a los prisioneros a los caballos y oye las palabras del que lleva la voz cantante. El jefe de la patrulla ha dicho con absoluta claridad a sus hombres que Teodosio no perdonará a nadie que pretenda hacer daño a su protegida, de modo que llevarán a los intrusos a Calavario y ella, Etheria, esa mujer más devota que los propios mártires, decidirá el castigo de que son merecedores...
—¡Después de interrogarlos, por supuesto!
La voz ha sonado profunda y feroz. Bappo sigue detrás del árbol, ya no se atreve a mirar en dirección a los soldados. Todavía le late en la cabeza ese nombre, Teodosio, pero no logra dar crédito a sus pensamientos. ¿Hablan del emperador? ¿Cómo es posible que sus soldados hayan llegado hasta el otro extremo del mundo? No obstante, ahora recuerda que Irene mencionó ese nombre en una conversación con el antiguo legionario y ambos rememoraban sus ataques contra los dioses romanos. A Bappo le había quedado claro que el emperador Teodosio era el enemigo.
Por un momento desearía no tener siempre el oído tan aguzado. Se ahorraría dudas. Como ahora, cuando no sabe si seguirlos para ver si puede hacer algo o tal vez abandonar aquel lugar y aquella aventura; incluso olvidar que un día la gente creyó que era un soldado fiel y de prestigio, merecedor de la confianza de sus superiores.
En ese momento ve a un ave de rapiña que surca los cielos siguiendo las aguas del Eume, como buscando que le sirvan de espejo donde ver reflejada la presa que lleva entre las garras. No tarda en reconocer a un quebrantahuesos. Su padre era pastor, y cuando moría algún animal del rebaño, lo dejaba a la intemperie como ofrenda a los dioses, pese a ser consciente de que los beneficiados serían los buitres y en última instancia, cuando pareciera que los restos ya no iban a aprovechar a nadie, el propio quebrantahuesos.
Bappo odia a los buitres, el animal más asqueroso que haya conocido jamás. Por el contrario, siempre le ha caído bien aquel ser solitario que llega en el último momento, cual si se tratase de un criado en extremo diligente. Recuerda el caballo que sacrificaron hace dos noches, el que cayó a causa de la lluvia, y se dice que debe de haber sido todo un festín para las rapaces. La imagen del ave es majestuosa, la dirección que indica es como una invitación que Bappo decide seguir sin demora.
Los insultos y amenazas de los hombres del emperador van quedando cada vez más lejos, muy pronto solo oirá los murmullos que tanto lo deleitan, el rumor del viento entre las hojas de los árboles y el chapoteo de las nutrias en los remansos del río.
—¿Dónde quieres que ponga los obsequios que has preparado? ¿Y esta pila de mantas? —pregunta uno de los sirvientes que ayudan a Etheria a disponer todo lo necesario para emprender el viaje a Tierra Santa.
—¡Por el amor de Dios! Con una tendré más que de sobra —responde llevándose las manos a la cabeza y recuperando la manta que está encima de todo—. Las otras devuélvelas a su sitio, por favor. Quiero viajar ligera de equipaje, solo lo imprescindible. Eso sí, los presentes envuélvelos y protégelos bien, les espera un largo trayecto ¡y unos insignes destinatarios!
Pese a que Etheria intenta no hacer patente su nerviosismo, y aunque sabe que hallarse bajo la custodia del emperador Teodosio constituye el mejor salvoconducto, un malestar incipiente se le instala en la boca del estómago. No le cabe la menor duda de que será bienvenida en cualquiera de los lugares donde tome la decisión de descansar, así como de que gozará de privilegios impensables si su situación fuese otra. Confía en los hombres que han de acompañarla y tiene la certeza de que no correrá peligro alguno; según dicen, hace ya tiempo que las poblaciones indígenas han asumido la cultura romana, superponiéndola a la suya propia.
El desasosiego ha anidado en sus entrañas, siente que no puede defraudar a aquella pequeña comunidad que ha depositado en ella su confianza. Se ha propuesto ver el mundo a través de los ojos de sus compañeras y encontrar las palabras adecuadas para relatarles los hechos, los escenarios, las sensaciones que la experiencia le proporcione. Ella es la elegida, debe dar testimonio, ha de aprovechar una oportunidad que, ahora lo sabe, ha esperado desde siempre.
Hace rato que Irene ha salido al exterior y contempla cómo Etheria va de un lado a otro dando órdenes sin perder nunca la paciencia. Cuanto más la mira, más difícil le resulta imaginar la menor quiebra o temor en su ánimo. Sin embargo, no se decide a acercársele, pese a que tienen una conversación pendiente. Se dice que molestarla no es lo más oportuno y se limita a observarla desde la escalera de piedra. Ha contado a siete mujeres en total, las dos que la recibieron la noche pasada y cinco más. La mayoría son jóvenes y distinguidas. Solo una, a la que llaman Susana y es la de mayor edad, actúa como si fuera su sombra; jamás se separa de la peregrina.
La sobrina de Símaco sonríe educadamente a todas y cada una de ellas al tiempo que las hace objeto de una atención extrema; busca un signo de debilidad, tal vez alguna palabra que delate su tierna condición. En un rato se dirigirá a esa persona con sumo tacto. Es consciente de que necesita cómplices. La elegida apenas tendrá veinte años y su expresión es agradable. Tiene la piel blanca y pecosa, el cabello castaño y unos ojos grandes y redondos de color miel. Parece feliz.
—¿Puedo ayudar en algo? Mi nombre es Irene, y se diría que no he venido en el mejor momento.
—Conozco tu nombre, te he visto antes y entre nosotras no se ha hablado de otra cosa hasta que ha llegado este momento tan definitivo, pero no estaba segura de... Disculpa, me llamo María y es la segunda vez que vengo.
—¿La segunda vez, dices? —pregunta Irene entre confusa e interesada.
—Sí. En este lugar son muy pocas las que se quedan a pasar el invierno. Aquí es muy riguroso, ¿sabes? Durante la primavera y el verano unas van y otras vienen, pero esta vez, sin Etheria, no será lo mismo.
—Me hago cargo...
—¡No es porque no estemos contentas con su peregrinación, no me malinterpretes!
—Lo entiendo perfectamente. ¿Y a ti? ¿No te gustaría ir a conocer la tierra de Jesús?
—¡Oh! Ese honor no me será concedido. Yo... tampoco sería capaz de aventurarme a hacer un viaje por países tan lejanos. Mi deseo es ser una buena esposa y aprender a interpretar las escrituras.
—¡María!
La mujer que interrumpe la conversación es la que apareció frente a ella cuando se durmió al poco de llegar. Al oír esa voz, María da un respingo, tal como haría un niño al que pillasen hurgando entre las cosas de su padre.
—Veo que ya se han hecho las presentaciones —añade la mujer suavizando el tono de voz—. Lamento no haber estado más disponible, no te hagas una idea equivocada de mí. Estos días suponen un ajetreo al que no estamos acostumbradas.
Luego pide a María que vaya a echar una mano a la cocina y ocupa su lugar. La sombra recién estrenada de Irene ha cambiado de nombre: Jacinta.
El sol se halla ya en su cenit cuando recorren el camino de tierra que separa las dos hileras de edificaciones y vuelven a entrar en la primera casa. Los pasillos ya no le resultan tan lóbregos, pero la sala donde entran causa una fuerte impresión en Irene. Intenta ocultar su sorpresa mientras recorre el espacio con la vista. ¡Todos aquellos estantes están repletos de libros y legajos! Sobre una mesa grande que ocupa el centro de la estancia hay también tablillas de cera para escribir. Sorprendida por tan buena organización, está a punto de interrogar a su guía, pero se contiene. Jacinta aprovecha para decirle que es la sala de lectura y estudio, donde se reúnen por las tardes en silencio y cada una se abstrae en el libro que le ha asignado Etheria.
No le da tiempo a posar la vista en los legajos y pergaminos, porque Jacinta la coge del brazo y la conduce a la estancia donde realizan sus comidas. Tan solo un ágape frugal que Lupo elabora con los frutos del bosque y los productos del huerto.
La encargada de los fogones es una mujer gruesa de sonrisa fácil. Jacinta la informa de que era la mujer del campesino que cultivaba las tierras y, al quedarse viuda, no podían echarla. Se quedó a vivir allí a cambio de hacer la comida, fregar el suelo, hacer la colada... Su hija, una chiquilla de aspecto travieso que camina a saltitos, la ayuda cantando. Irene les pregunta si puede ser útil, pero antes de que tengan tiempo de responder, Jacinta se niega en redondo.
Tampoco a la hora de cenar se produce el encuentro de Irene con Etheria, pero tiene ocasión de cambiar unas palabras con el resto de aquella singular comunidad. Una vez bendecida la mesa, se informa de una reunión en la sala de lectura. Todas parecen satisfechas, como si fuera una noticia inesperada. Irene busca información con preguntas encubiertas, pero no da con el quid de la cuestión. Lo cierto es que no tendrá que esperar demasiado, todavía quedan migajas por recoger encima de la mesa cuando una campana anuncia la sesión. Un gesto afirmativo de Jacinta le confirma que ella también está invitada.
Por primera vez desde su llegada, Irene contempla en silencio a las siete mujeres reunidas. El rictus que puede leerse en cada uno de los rostros tiene un denominador común: la admiración que despierta la elegida por la comunidad, la mujer emparentada con el emperador Teodosio, la destinada a llevar a cabo una peregrinación que en cierto modo todas han hecho suya. Es ella quien toma la palabra...
—Se acerca el momento de la partida. Llevamos mucho tiempo preparándonos para que el viaje resulte provechoso y sé que será una peregrinación larga y no exenta de dificultades. Escribiré cuanto experimente, tal como me he comprometido a hacer. Anotaré los lugares que visito, los martyria de todos aquellos fieles que dieron la vida antes que renegar de la fe de Cristo. Estaréis conmigo cuando pise Tierra Santa y os llevaré en mi corazón, en mis oraciones. Ocurra lo que ocurra, esté donde esté, no olvidaré los momentos vividos en este lugar santo ni los ratos de plegaria y estudio que hemos compartido a lo largo de los años. Mañana, cuando los soldados de Teodosio hagan su aparición, estaré preparada. Y volveré para compartir con todas vosotras mi humilde experiencia.
Llegada a este punto del discurso, Etheria hace una pausa cual si reflexionase sobre las últimas palabras pronunciadas. Después busca con la mirada el rostro de Irene y añade:
—Debo comunicaros asimismo que nuestra invitada, Irene, hija de una de las familias más destacadas y comprometidas en Cristo de Bracara Augusta, me acompañará en este peregrinaje.
Todas las miradas confluyen en la recién llegada mientras se oye algún tímido comentario, pero el rumor no osa extenderse dada la escasa distancia que las separa. Las compañeras de la futura peregrina esperan una explicación, pero Irene y Etheria se miran sin palabras.
Irene está sentada en uno de los bancos de piedra que cuelgan sobre el río. Las mujeres se han retirado al interior de la casa de oración, pero ella no ha podido resistirse al límpido aire que se cuela por aquella parte del recinto. Necesita reflexionar ahora que Etheria le ha dado su aprobación para que la acompañe en su viaje. Podría parecer que se deleita con el conjunto de verdes que se muestra a sus pies, pero en realidad mira sin ver; hace tiempo que sus ojos se han perdido en algún punto del infinito. Las predicciones no se están cumpliendo, desconoce el lugar donde esconden el libro y, por mucho que la actitud de la persona que controla la comunidad sea altamente respetuosa, en modo alguno siente que se haya ganado su confianza. Así las cosas, solo puede dudar de si el senador Símaco ha encomendado la misión a la persona adecuada. En esa duda subyace otra desazón que la sacude con igual o mayor fuerza. Cada vez se le antoja más inútil su idea de ir en busca de Druso.
Hace rato que del bosque surgen ruidos difíciles de identificar, pero a Irene, absorta en sus quebraderos de cabeza, se le han pasado por alto. No obstante, ningún animal puede ser el responsable del creciente alboroto. Cuando ya no le es posible negar la evidencia, fija la vista al fondo del precipicio y vislumbra sombras entre el ramaje que acompañan a las voces y los cascos de los caballos. Todavía están muy cerca del río y sabe que tardarán en llegar; antes han de recorrer el escarpado camino que finaliza a las puertas del recinto.
Sin embargo, la alarma no es menor por la demora. Es imposible que sean sus hombres, jamás osarían desafiar sus órdenes. Solo puede tratarse de los soldados que espera Etheria, los que la acompañarán a Tierra Santa, un viaje al que está convocada.
No ha pensado lo bastante en esa circunstancia, tal vez porque el libro y el extraño comportamiento de los habitantes de aquel lugar singular han ocupado su tiempo. Pero no alberga dudas sobre el impedimento que los soldados pueden llegar a suponer para sus propósitos. Su primera reacción es dirigirse a la habitación que le han asignado y no hacerse demasiado visible. No obstante, una mezcla de curiosidad y desasosiego se lo impide. Espera en el banco de piedra, incapaz de imaginar todavía que la visión del pequeño ejército solo puede hacer que sus dudas se acrecienten.
Cuando el enorme estrépito que producen los recién llegados colma el entorno, Lupo sale de los establos y mira en dirección a donde Irene se ha situado a la espera. Esta se encuentra demasiado lejos para interpretar como una sonrisa lo que transmite su boca desdentada, pero así es. Una sonrisa enigmática que se borra de inmediato. Acto seguido el hombre avanza hacia el primer muro y empieza a abrir los portalones de madera. El chirrido de las cerraduras atraviesa las paredes de las casas y algunas mujeres empiezan a salir para ver de cerca a los soldados. Solo Etheria se queda en segundo plano, a las puertas de la casa que ocupa en solitario. El resto rezuman alegría a causa de la novedad, aunque no la manifiestan más allá del brillo de sus pupilas.
Todavía transcurren unos minutos antes de que, cuando más de la mitad de los soldados han cruzado las puertas, aparezcan sus hombres. Tres de ellos viajan atravesados cual alforjas sobre la grupa del caballo, el otro camina detrás con una cuerda al cuello, exhausto y con el rostro destrozado a golpes. Irene se cubre la boca con las manos para reprimir un grito. La angustia se le queda aferrada a la garganta.
No le cuesta reconocer en aquella tropa a diez hombres dispuestos a todo por la persona a la que han de proteger. Tampoco son tan numerosos como pensó en algún momento, pero a poco que los observe, ve en ellos una determinación que solo ha detectado en algunos animales. Muy lejos en ese aspecto de aquellos que el senador puso a su servicio; valientes y leales, sí, y experimentados, pero al mismo tiempo personas incapaces de pensar más allá de las órdenes recibidas.
El último soldado en cruzar las puertas es sin la menor duda su jefe. Entra al galope y frena en seco para plantarse delante de Etheria, que no ha movido ni una ceja pese a observar con detenimiento su llegada. El hombre se quita el casco de combate y hace una reverencia que su cabalgadura parece imitar. Las mujeres se miran unas a otras con satisfacción, cual si considerasen la presencia de aquellos guerreros un regalo de los cielos.
Irene vuelve a prestar atención a sus hombres y se pregunta dónde está el que falta. Tal vez haya conseguido escapar, ¿o acaso ronda por las inmediaciones para ayudar a sus compañeros a la primera oportunidad? También piensa qué puede hacer por liberarlos, pero no tarda en darse cuenta de que será inútil. Nada indica que sea posible interceder por ellos, ni siquiera que aquellos soldados entiendan qué es la clemencia. Comparados con los que está acostumbrada a ver en Roma, los que visitan a Símaco con asiduidad para hablar de las pérdidas de territorio en las fronteras, son salvajes cuyo lenguaje no comparte.
Pese a todo, manteniendo extrema prudencia, cuando el jefe de los recién llegados se aleja de Etheria, se acerca a esta por detrás. No quiere que se dé la vuelta sin toparse con su rechazo, aunque deba transmitírselo solo con la mirada. Entre tanto, no puede pasar por alto la imagen de sus hombres torturados, perdiendo la vida por una misión cuyo único objetivo es precisamente ganarla, recuperar la libertad que tanto Graciano como Teodosio, con sus leyes injustas contra los antiguos dioses, han convertido en un imposible.
—¿Tienes algo que decirme? —pregunta Etheria cuando se da cuenta de que no puede proseguir su camino debido a la proximidad de la recién llegada.
—Pues... —Parece dudar y en efecto así es, no logra dar con las palabras, mientras que las otras mujeres las miran cual si esperasen un enfrentamiento entre ambas—. Mis padres me enseñaron que Dios es un ser lleno de piedad, siempre dispuesto a perdonar... Estos hombres...
—No sé cómo obran en Bracara, pero nosotras no tenemos por costumbre meternos en los asuntos de los hombres. Según me han dicho, esperaban en el exterior del recinto para asaltarnos. Su suerte no está en mis manos, sino en las de quienes han venido para protegernos.
—Pero ¿y si son inocentes?
—¿Crees que eso es posible? Cuatro hombres en un bosque solitario, al acecho de nuestra comunidad, y dices que podrían ser inocentes... ¡Uno de ellos ha muerto enfrentándose a mis soldados! Me da la sensación de que la inocente eres tú.
Cuatro hombres, cuatro, se repite Irene. ¿Qué ha pasado con Bappo? Bappo el gigante, el que la miraba todas las noches mientras dormía o fingía hacerlo. Etheria da por terminada la conversación y se abre paso hacia su casa. Los soldados se ríen de los prisioneros, los martirizan un poco más, como si no tuvieran bastante con el castigo ya infligido. A uno de ellos lo arrojan sobre los troncos que esperan el hacha a fin de convertirse en leña para el invierno. No cabe la menor duda, Torbe está muerto.
Irene se queda mirando a Gila, el más callado, el que nunca cambiaba la expresión de su rostro, cualquiera que fuese la orden. Él la mira con el único ojo sano, que cierra en señal inequívoca de lo que debe hacer la sobrina del senador. ¡Callar! No intentar salvarlos, cumplir su misión al precio que sea. Tal vez vengarlos algún día con el triunfo de sus ideales.