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Arelate, junio de 381

 

Bajo un cielo azulísimo, la pequeña comitiva entra en la ciudad de Arelate. Etheria sonríe al verse rodeada por el Ródano, sus caudalosas aguas se deslizan hasta el mar en un curso que percibe alegre, casi festivo. Quizá se deba a la compañía del río, a su voz familiar, pero lo cierto es que se siente bien recibida. Cuando se adentra en las calles a lomos de su yegua Aura, las ventanas de su nariz aún están impregnadas del aroma fresco y limpio del espliego.

Conoce la importancia de esta ciudad. Sabe que Julio César la premió por brindarle apoyo en la guerra civil librada contra Pompeyo y que desde entonces goza de la distinción especial de colonia. Este hecho permitió que se establecieran allí los legionarios veteranos, ya retirados de sus funciones. Muchos de sus descendientes son los que ahora viven entre el foro y el Ródano, en el mismo corazón de la villa.

—¡Bappo! ¡Otro anfiteatro, tan grande como el de Nemausus!3 —exclama Seihar señalando en dirección a un punto elevado donde las arcadas se alzan poderosas—. ¡Esta vez tienes que llevarme a verlo!

El gigante sonríe y le guiña un ojo. No se le escapa que Etheria los observa, de manera que no cree conveniente añadir ningún comentario. La complicidad entre los dos se hace patente a medida que pasan los días.

—Iremos al palacio del emperador. No es prudente detenerse, e Irene necesita descansar... —ordena la peregrina.

—Pero... —hace amago de protestar el muchacho.

Un pellizco en el brazo le indica que no es buen momento para insistir. Antes de que Seihar tenga tiempo de lamentarse, Bappo lo mira muy serio y le indica con un gesto que siga la dirección indicada.

El palacio se alza majestuoso a la orilla del río. Un grupo de diversas edificaciones adyacentes a otra principal, ese será su nuevo alojamiento. Culleo procede a distribuir a sus hombres para que atiendan a los animales y da órdenes de transportar los baúles al interior. La peregrina se mantiene pendiente de que Susana ayude a Irene a bajar del carruaje.

Una vez en el interior del edificio, se enteran de que en esta ocasión el obispo ha tenido que ausentarse, pero todo está dispuesto para que no les falte de nada. Etheria casi celebra esa contrariedad que le anuncia el servicio de la casa. Sus ansias de soledad son cada día más intensas. Siente que de alguna manera es la sucesora de Helena, la madre del emperador Constantino, que la precedió en su peregrinaje a los Santos Lugares.

Recorre salas y pasillos en un intento de captar su presencia entre los muros. Admira los mosaicos y, con las yemas de los dedos, recorre las pinturas que conforman paisajes, convirtiendo las paredes en espacios irreales. Se estremece al pensar que quizá, hace mucho tiempo, también Helena los contempló. Absorta en tales pensamientos, una voz la devuelve a la realidad.

—¿Podremos salir ahora?

Es Seihar. Resopla y la interroga con ojos muy abiertos y brillantes.

—¿No quieres ir a las termas? Dicen que...

—Me gustaría dar una vuelta por la ciudad —la interrumpe el muchacho.

—Irene no está en condiciones de acompañarte y yo querría tomar las aguas.

—Ya no soy un niño. Puedo ir solo. Además, no creo que nadie se atreva a molestarme si voy con Bappo.

A Etheria le habría gustado decirle que aquel hombre no le merece confianza, pero no habría servido de nada. Por otra parte, se siente demasiado cansada para discutir. Se limita a darle su aprobación con la cabeza y a verlo correr escalera abajo mientras grita el nombre del que ya parece su amigo inseparable.

De nuevo en la calle, ambos se dirigen hacia aquella construcción de piedra que señorea la villa. La entrada del anfiteatro está orientada al este y una gran escalinata de piedra conduce al acceso principal.

—¿De verdad que luchan gladiadores en este recinto?

—Han luchado a lo largo de muchos y muchos años, Seihar. Según dicen, el emperador Treboniano Galo celebró aquí con juegos las victorias contra los galos, y el emperador Constantino hizo representar grandes cacerías y combates con motivo del nacimiento de su primer hijo. Ahora las cosas están cambiando, a los cristianos no les parece bien. También han prohibido los sacrificios de ladrones, pero todavía es posible ver luchas de fieras salvajes, e incluso combates navales.

El muchacho lo mira con la boca abierta mientras intenta reconstruir en su imaginación algunas de las escenas descritas por Bappo.

—¿Crees que podremos entrar?

—Nuestro destino es Roma. Lo que estás viendo no es nada, ¡el verdadero templo del juego es el anfiteatro Flavio! Allí es donde te llevaré, y este te parecerá ridículo a su lado.

—¿Subiremos arriba del todo? —pregunta Seihar señalando el piso superior, el podio, tras recorrer con la vista las treinta y cuatro terrazas.

—¡Tú lo has dicho! ¡Arriba del todo! Cerca de la arena solo se pueden instalar los señores muy principales —dice mostrando los dientes ennegrecidos en una amplia sonrisa—. Ahora bien, debes saber que lo más importante de un anfiteatro es lo que no se puede ver.

—No te entiendo. ¿Qué quieres decir?

—Detrás de esas balconadas no hay nada, está vacío. ¡Yo te llevaré a ver sus entrañas! Hay todo un entramado en el interior, algo así como nuestras tripas. Todo está pensado para que los caminos de los gladiadores y de los animales, al igual que los de la gente que acude a ver el espectáculo, por supuesto, no se crucen nunca. Al entrar te entregan un pequeño disco con tu número de asiento y... Pero ya lo verás por ti mismo.

—Bappo.

—¡Dime!

—Algún día quiero ser como tú.

—¿Por qué dices eso?

—Porque sabes muchas cosas, eres fuerte y nadie te da miedo.

El gigante mira al chiquillo sin saber qué decir. Luego flexiona las rodillas hasta que los ojos de ambos se encuentran a la misma altura. Todavía espera unos instantes.

—No, Seihar. Tú has de ser mejor que yo, ¡mejor que todos nosotros! Yo he hecho cosas de las que no me siento orgulloso. De hecho, ni siquiera debería estar aquí.

El muchacho frunce el ceño tratando de adivinar a qué se refiere.

—Cuando el senador Símaco eligió a un grupo de hombres para llevar a cabo esta misión, yo no figuraba en su lista. Me las ingenié para ser incluido. Uno de los designados no apareció y yo ocupé su lugar.

—No veo qué hay de malo en lo que me cuentas.

—Sabía dónde estaba y no lo dije, pero habría sido capaz de dejarlo fuera de combate para que no pudiera presentarse a la cita, Seihar.

»Yo no he tenido un padre como el tuyo. El que dejó preñada a mi madre se largó y a ella tampoco la conocí. Me crie en la calle como los perros. En el mundo de las bestias solo sobreviven los más fuertes y, si es necesario, se comen los unos a los otros. Tú eres diferente.

—¡No es verdad! Saco de huesos ha sobrevivido —replica el chiquillo mientras busca con la mirada a su perro, que los sigue de cerca.

—A Irene no le baja la fiebre y está delirando.

En contra de su costumbre, Susana no ha llamado a la puerta antes de presentarse ante la peregrina. Su respiración es agitada y se frota las manos con gesto nervioso; también se retuerce los dedos mientras confía en que su señora la releve de tan molesta responsabilidad o dé órdenes precisas para afrontar la situación. Etheria entiende que no basta con los baños de agua fría o las infusiones. Intenta convencerla de que haga una visita al médico de Arelate, pero la joven no se tiene en pie. Entonces manda llamarlo con urgencia.

Pese a su avanzada edad, este no tarda en llegar al palacio, pero la peregrina lo mira con cierta desconfianza. Es el servicio el que insiste; al parecer, el prestigio de aquel hombrecillo de aspecto frágil está fuera de duda. Comentan que él personalmente ha prestado sus cuidados al obispo siempre que lo ha precisado...

—¡Y con buenos resultados! ¡Al menos sigue vivo!

Una vez en la habitación donde la sobrina de Símaco tiembla bajo una pila de mantas, Etheria responde, una tras otra, a la retahíla de preguntas que el médico le formula. El anciano no da ninguna explicación mientras le toma el pulso y le palpa el abdomen apretando los costados o dándole suaves golpecitos a la espera de alguna reacción por parte de la enferma. Entre Susana y Etheria lo ayudan a incorporarla para facilitar la auscultación del tórax y el examen de la garganta.

—Preciso examinar la orina y... los excrementos.

—Se pondrá bien, ¿verdad? —pregunta la peregrina en un tono cercano a la súplica.

—Es demasiado pronto para decirlo. Este mal hace días que la ronda.

Sin añadir nada más, el médico abre la caja de bronce que ha dejado sobre una mesa con el mismo cuidado que si se tratara de una reliquia y saca un cuchillo de hoja afilada. Una vez que le han traído el recipiente solicitado, que dispone en el suelo, coge el brazo desnudo de Irene y lo mira con detenimiento.

—¿Quién me ayuda a sujetárselo? —pregunta mirando a las dos mujeres.

Etheria avanza y, siguiendo las indicaciones recibidas, mantiene el brazo de la enferma en posición perpendicular al cuerpo. El hombrecillo lo aprieta con fuerza y el metal entra en contacto con la piel blanca de la joven. El lugar parece estar calculado con precisión, y el corte, a un palmo por encima de la muñeca, es limpio. La sangre no tarda en salpicar de rojo la cerámica que la recibe en el suelo. Irene no se queja, ni siquiera abre los ojos. La habitación se halla en silencio y el olor a hierro viejo se hace sentir cada vez con mayor intensidad. La peregrina se pregunta si el miedo puede olerse y si su aroma podría parecerse al que se le ha quedado impregnado en la nariz.

A través de los muros se adivina el repicar de la lluvia sobre la piedra y se intuye un relámpago por la repentina claridad que se cuela por el ventanuco. Susana da un paso atrás rezongando que se trata de un mal presagio.

—Cuando le baje la fiebre, dadle este brebaje —dice el médico mostrando un frasco de vidrio que saca de la caja—. Seis gotas mezcladas con agua, ¿entendido? Hemos de conseguir que su cuerpo expulse el mal que lo habita. Espero haber llegado a tiempo. Pero es muy importante que hagáis lo que os he dicho. Ni una gota más; la raíz de vedegambre puede llevársela si no se administra bien.

—Pero ¿no será muy peligroso? —pregunta Etheria con cierto malestar.

—Debo purgarla y conseguir el vómito —replica el hombre con brusquedad.

Mientras esperan a que la sangría produzca el efecto deseado, el hombre limpia con esmero el cuchillo y lo coloca en su sitio. Después revuelve los tarros y cajitas, algunos etiquetados con pinturas, otros con pequeños papeles escritos, y toma en sus manos la tablilla de escribir, donde anota algo que las mujeres no aciertan a adivinar.

Etheria junta las manos y reza ante la atenta mirada de Susana. Truena. La palidez de Irene se acentúa. Momentos más tarde las voces de Bappo y Seihar quiebran la calma y sus risas resuenan como un toque de alegría que hace menos pesado el trance.

—Deben de venir empapados —dice Etheria—. Sal y diles que hemos ido a descansar. No es necesario alarmar a nadie más de momento. Tampoco podrían hacer nada.

Cuando Susana entra de nuevo en la habitación, el médico ya ha dado la sangría por finalizada y recoge la caja despidiéndose hasta el día siguiente. Pese a la insistencia de la sirvienta, Etheria no se mueve del lado de la joven.

Más tarde, poco antes de despuntar el alba, las palabras sinsentido de Irene alertan a las dos mujeres; hace apenas un rato que se han dejado vencer por un delgado sueño. Entre palabras incoherentes, la enferma repite una sola, pero con suma insistencia.

—¡Druso!

Unas veces lo dice con dulzura, otras con tanta desesperación que la fuerza que imprime al evocarlo hace que su cuerpo se incorpore; pero no tarda en abandonarse de nuevo llevada del agotamiento. Llora. Hay instantes en que se ahoga en un mar de lágrimas que no consiguen detener. Tras un sollozo se le quiebra la voz y, cuando ya parece serena, vuelve a surgir el nombre de aquel hombre y el ciclo se reinicia una y otra vez.

—¿Y si le damos lo que ha prescrito el médico? —pregunta Susana, agotada.

—Le arde la piel. La fiebre no le ha bajado en toda la noche. Me da la impresión de que no lo soportará.

—Pero el médico ha dicho que había que expulsar el mal...

—Esperaremos.

Etheria hace memoria, aquel nombre no le resulta del todo desconocido. ¿Dónde lo ha oído? Como si de repente el pasado le cayera encima cual un jarro de agua fría, la peregrina abre desmesuradamente los ojos y se cubre la boca con la mano.

—¡El prefecto, en Villa Olmeda! El hijo del senador Terencio... —exclama al recordar la carta olvidada por Irene y que ella había leído furtivamente.

—¿Cómo dices? —pregunta Susana.

—Nada. No me hagas caso.

Aún puede oír las palabras de Sonia advirtiéndole que aquel hombre preguntaba por Irene, que todo había resultado extraño y parecía que discutiesen. Cree recordar que mencionó algo sobre el posible parentesco entre ambas familias. Con todo, lo que se le presenta ante los ojos sin la menor bruma que lo enturbie es la actitud del prefecto romano en su partida. Todo fue muy deprisa, Etheria tenía la sensación de que Druso se salía por la tangente. Sin embargo, Sonia tampoco era persona de fiar, estaba cargada de manías y... Después, una cosa se superpuso a otra y nunca tuvo ocasión de hablar de ello con Irene.

—Pero... —dice en voz alta a medida que va atando cabos—. ¡Ahora vuelvo!

—¿Se puede saber qué pasa? —pregunta Susana con el cuenco de las manos lleno de agua helada con la que intenta controlar la temperatura del cuerpo de la enferma.

La pregunta queda en el aire mientras observa el nervioso caminar de Etheria en dirección a la puerta. Tal como la peregrina había anticipado, no necesita avanzar más de dos pasos fuera del cuarto para tropezar con el gigante.

—¡Bappo!

—¿Cómo se encuentra Irene? ¿Ha empeorado? Dime la verdad —exige el hombre mirándola fijamente.

—¡Necesito saber quién es Druso! Apareciste con él y vi cómo hablabais antes de que dejase Villa Olmeda. ¿Qué te dijo? ¿Qué ocurrió allí, Bappo? Sé que ha muerto y que ese hecho conmocionó sobremanera a Irene.

Él se pone en pie de un salto y su rostro se transforma. Los ojos amenazan con salírsele de las órbitas, y la mandíbula, fuerte y cuadrada, se tensa al tiempo que aprieta los labios.

—¿Por qué quieres saberlo?

—¡Las preguntas las hago yo!

—No si se trata de mi señora.

—Irene delira y el nombre de Druso no se despega de sus labios. ¿Qué me estáis ocultando?

Una telaraña desdibuja el gesto de Bappo, cual si se arrepintiera de la ferocidad con que se ha dirigido a la peregrina hace unos instantes. Se diría que un pensamiento no confesado lo obliga a reflexionar.

—¡Quiero verla! ¡Necesito verla! ¡Debo hablar con ella!

—No puedo dejarte pasar, está muy débil. Tiene que descansar. Tal vez..., tal vez Dios la reclame a su lado.

—¡No digas tonterías! ¡Déjame verla!

El cuerpo de la peregrina no supone obstáculo alguno para el fiel servidor de Irene. Este la empuja contra la pared e irrumpe en la estancia. Susana se aparta con gesto hostil y mira en dirección a la puerta. Al ver que el gigante toma en brazos a Irene, trata de forcejear para evitarlo, pero no lo consigue. Entonces mira a su señora...

—¿Cómo puedes permitir algo así? ¡Este salvaje no sabe lo que se hace!

Sin embargo, Etheria le ordena que no intervenga. Mientras Bappo avanza por el pasillo, la cabeza de Irene cuelga desmayada entre sus brazos, como la de una muñeca rota.

—Pero ¿adónde la lleva?

—Déjalo hacer.

Las dos mujeres siguen los apresurados pasos de Bappo, quien, abriéndose paso a patadas contra todo lo que encuentra en su frenético caminar, entra en las termas privadas del palacio.

—¡Traed mantas! ¡Rápido! —ordena sin tener en cuenta a quién va dirigida la orden ni si será obedecida.

—Haz lo que te dice —pide la sobrina de Teodosio.

Susana observa con perplejidad como Bappo se sumerge en la piscina de agua fría con la joven en brazos. Instantes después la envuelve con las mantas y le frota el cuerpo, para volver a repetir la operación una y otra vez.

—¡Fui yo, Irene! ¡Fui yo! Murió estrangulado por mis propias manos. No merecía tu amor, era un ser cobarde y no soportaba ver cómo... Pagaré con mi vida si así lo deseas. Sé que no tenía ningún derecho. Yo... ¡Irene, no te dejes morir!

Etheria es incapaz de retener por más tiempo las lágrimas ante una escena rayana en el delirio.

Lo primero que ve Irene al abrir los ojos es el rostro de Etheria, sentada en la silla pero con la cabeza recostada en su almohada. Es una visión desenfocada que se va haciendo nítida a medida que parpadea y toma distancia. No recuerda nada de lo sucedido desde su llegada al palacio y, por mucho que se esfuerza, no consigue retener ninguna secuencia que la ayude a entender qué hace aquella mujer tan cerca. No se atreve a incorporarse para no despertarla, y de todos modos, percibe que el cuerpo le pesa demasiado para poder conseguirlo sola.

Mira a su alrededor. Una lámpara de aceite arde sobre la mesa y un par de mantas cuelgan de la silla; hay una palangana manchada de sangre junto a la cama, y justo entonces nota la punzada en el antebrazo. Lo lleva envuelto con un vendaje, y también la túnica que cubre su cuerpo le resulta ajena.

Sin prisas, bastante aturdida, observa el rostro de la peregrina. Bajo los ojos hay dos bolsas oscuras e hinchadas, como si hubiera llorado. Se dice que la hacen parecer mayor. Durante unos instantes admira la cabellera oscura, que siempre lleva recogida con pulcritud y ahora se extiende enredada. La tiene tan cerca que puede percibir su tibio aliento, y se pregunta si en el fondo, cuando se hallan desprovistas de protecciones y máscaras, no es más lo que las une que lo que las separa.

Mientras da vueltas a esa idea, la peregrina hace una mueca, como molesta por una postura forzada, e Irene se dispone a despertarla. Pronuncia su nombre con suavidad, y a la tercera vez, la mujer responde con un gesto brusco.

—¡Alabado sea Dios! —exclama Etheria al darse cuenta de que la enferma sonríe tímidamente—. ¡Esto sí que es un milagro!

Irene intenta decir algo pero las palabras se le atraviesan en la garganta.

—Espera. Te daré un poco de agua. ¡No te muevas!

Hasta entonces ninguna de las dos había mostrado nunca tanta ternura. Una ternura explícita en cada gesto, en cada silencio, en cada mirada de gratitud.

—Nos has asustado de verdad, ¡ni se te ocurra volver a hacerlo! —comenta la peregrina dibujando una sonrisa cansada y recogiéndose el cabello con diligencia.

—No me cabe la menor duda, a juzgar por tu aspecto —responde Irene, cómplice.

Las dos mujeres hablan un buen rato. Irene le pide que le cuente lo que ha ocurrido en los últimos días, pero la peregrina no lo convierte en motivo de burla. Se limita a informar de la visita del médico y, eso sí, de la forma en que Bappo la introdujo en el baño de agua fría.

—Susana estaba escandalizada, pero yo me dije que, con semejante inmersión, o te morías o revivías. Ese hombre te adora como tú a tus diosas, puede que incluso más.

Irene no sabe muy bien qué decir; en realidad, conoce muy poco a aquel gigante que la sigue de manera tan fiel.

A Etheria no le pasa por la cabeza ni por un momento compartir con ella la confesión de que ha sido testigo. No obstante, busca el momento adecuado para sacar a relucir su delirio mientras yacía consumida por las fiebres.

—Lo siento mucho. No quería hacerte pasar tan mal trago. No puedo recordar nada, solo me ha quedado esta turbación y la flojedad... Pero dices que gritaba. ¿Qué decía?

—Mencionabas el nombre de un tal... Druso, me parece.

Etheria se esfuerza por pronunciar esas palabras sin interés aparente. Después pone punto en boca; un silencio denso, pesado y molesto se adueña de la habitación y ninguna de las dos mujeres se atreve a romperlo. Más tarde, cuando parecería que ya se ha olvidado, sin buscar los ojos de su acompañante, Irene dice en voz muy baja:

—Es agua pasada.

—Lo quisiste mucho, ¿verdad?

—¡Me equivoqué, eso es todo! —se apresura a responder, subiendo por primera vez el tono de voz.

—¿Puedo confiarte un secreto, Irene?

La joven gira el cuerpo en dirección a Etheria y, tras pasarse la lengua por los resecos labios, hace un movimiento afirmativo con la cabeza.

—Me han enseñado que las pasiones esclavizan. Que trastornan al hombre hasta robarle el entendimiento. He luchado toda mi vida por no verme sometida a la carne, poniendo a Dios en el centro de mi amor. Pero ayer, al verte, envidié tu sufrimiento. Su nombre era como un bálsamo, tal vez el antídoto al mal que te oprimía. Entonces tu mirada se dulcificó y toda tú me pareciste otra. Recé por ahuyentar los malos pensamientos, me dije que era el diablo quien me tentaba y me ponía a prueba, pero la luz que emanabas contradecía todos mis argumentos. Yo no he amado nunca de ese modo, Irene.

—Está muerto.

—¡Pero a ti te ha dado la vida!

—No. Fue cruel, un cobarde, y me hundió en la miseria. Cavó su propia tumba, destruido por su desmesurada ambición. Ahora bien, no puedo dejar de pensar que tal vez mi despecho tuvo algo que ver.

—No te mortifiques. Ahora lo más importante es que te pongas bien. He estado dándole vueltas y más vueltas y creo que lo mejor es que te vea un buen médico en Roma cuanto antes. No estás en condiciones de seguir el pausado ritmo de la comitiva.

—Pero...

—Recuerda que eres mi protegida.

—Todo esto no tiene sentido. Sabes quién soy y lo que me ha llevado hasta ti. Déjame aquí, ya no puedo hacerte ningún daño y lo más probable es que te cargue de problemas. El senador Terencio es el padre de Druso. Está convencido de que yo tengo algo que ver con su muerte. No se detendrá hasta que...

—Te prometo que yo misma llevaré el libro al Senado, y también que defenderé tu inocencia ante quien sea. Déjame hacer. Nada de lo que diga o deje de decir Catón puede cambiar lo que tenga que pasar. Ahora escúchame bien. ¡Y no me repliques! De Arelate, la ciudad donde ahora nos encontramos, sale un canal que lleva hasta el puerto de Fos. Es un paseo, y una vez allí buscaré un barco. Si todo va bien, en un par de días te dejará en Roma. Yo he de continuar, me esperan en Forum Iulii4 y, por tu propia seguridad, no debemos levantar sospechas. Nos reuniremos de nuevo muy pronto.

—¿Por qué haces esto?

—No sabría decírtelo con certeza. Tal vez debía ocurrir de este modo para que mi peregrinaje fuese realmente un descubrimiento, de mí, de los demás.

Irene extiende la mano y Etheria se la mantiene cogida durante un rato. A ambas les gustaría abrazarse, pero no lo hacen. A partir de ese momento, la peregrina se apresura a realizar las visitas que tiene acordadas, pero vuelve al palacio sin entretenerse más de la cuenta. Hay un asunto de vital importancia que no puede demorar, la conversación con Bappo. Da por hecho que el gigante se negará a abandonar a su señora, pero la información con la que cuenta le da cierta ventaja para lograr que siga sus indicaciones.

—Guardaré tu secreto. No seré yo quien te juzgue; todos tenemos derecho al perdón. No sé quién eres ni, después de haberte oído, si mereces una segunda oportunidad, pero estoy dispuesta a concedértela. No la desaproveches. De tu buen tino puede depender la vida de Irene y, créeme, en esta ocasión no te servirá la fuerza. Tendrás que utilizar la cabeza. ¿Entendido?

Bappo no esperaba tanta sinceridad, pero en el fondo le gusta que le digan las cosas claras. De manera que muestra su acuerdo con un movimiento de cabeza y la escucha sin interrumpirla.

—Os haréis pasar por un matrimonio, unos comerciantes que llevan aceite a Roma. Yo dispondré la carga de las ánforas. Te daré una carta firmada con mi nombre y el sello del emperador por si vienen mal dadas. Pero no debéis levantar la menor sospecha, nadie debe saber que Irene ya no viaja con nosotros. Os buscaremos ropa adecuada y, sobre todo, no harás nada por tu cuenta y riesgo.

Bappo la escucha con los cinco sentidos. Sin embargo, hay un asunto que Etheria no ha contemplado. Seihar no quiere ni oír hablar de separarse del gigante, por más que Etheria le dice que volverá a verlo en Roma, que solo se trata de una separación temporal. No le basta con su palabra, el muchacho amenaza con escaparse a la primera ocasión y la peregrina se ve obligada a acceder a que los acompañe.

—Bien pensado, tal vez les sirva de ayuda —dice a Susana mientras le cuenta el acuerdo al que ha llegado con los tres.

—Es una locura que abandonen la comitiva. Qué necesidad tienes de...

—Lo he decidido, y cuento contigo para que todos crean que siguen con nosotros. A partir de ahora te harás pasar por Irene.

—¿Yo?

—No tienes que hacer nada especial. Solo dejarte ver de lejos. Te pondrás sus ropas y...

—Sigo pensando que has perdido el juicio —la interrumpe la sirvienta.

—Susana... —le dice mientras la coge por los hombros y hace que la mire a los ojos—. Se hará tal como he dispuesto.

Dos días después, la pequeña e improvisada familia se embarca en una liburna. Etheria, elegantemente vestida, asiste a la escena con fingida indiferencia mientras traza la señal de la cruz sobre su pecho.