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Caesaraugusta, mayo de 381

 

Apenas pasar Utebo, la actividad de carretas y personas, además de las barcazas que surcan el río Ebro con la línea de flotación muy baja, anuncian la proximidad de Caesaraugusta. Cayo ya había advertido a Irene que se trataba de una gran urbe, importante para la cristiandad desde que poco más de un año atrás se había celebrado allí un concilio contra los herejes priscilianistas.

Cuando la tienen delante, con las numerosas torres que conforman su muralla, la sobrina de Símaco recuerda las explicaciones del antiguo legionario y no duda en preguntarle:

—¿Por qué insistes tanto en su magnificencia?

—Me preocupa que nos veamos rodeados de mucha gente. En campo abierto o en la villa de Flavio era más sencillo cuidar de ti.

—Pero has dicho que los peligros de la misión son evidentes. Tanto da si nos vemos atrapados entre una multitud.

Cayo no parece prestar mucha atención a las palabras de su protegida. Recorre con la vista la enorme extensión de la muralla y luego se vuelve hacia el resto de la comitiva. Ambos se han adelantado a las afueras de Uterbo, dominados por el deseo de llegar al final del largo periplo que han supuesto los últimos días. La inmensa figura de Bappo, apenas unos pasos por detrás, le impide comprobar si el grupo los sigue de cerca.

—¡Maldito monstruo!

La imprecación de Cayo suena extraña en los oídos de Irene. Sabe que dista de ser un hombre paciente, pero hasta entonces jamás lo ha oído quejarse, excepto al hablar de los asesinos enviados por el senador Terencio. Como sigue volviéndose a cada paso y sus ojos empiezan a destilar cólera, Irene espolea a su caballo para que emprenda el galope.

—¿Se puede saber qué haces? —grita Cayo, incapaz de entender su gesto.

—Una carrera —responde la mujer mientras va ganando terreno—. ¡El vencedor será el que llegue antes a las puertas de la ciudad!

Aunque sigue perplejo, el antiguo legionario tarda muy poco en decidir que debe aceptar el desafío. No obstante, Bappo aprovecha la coyuntura para lanzar su caballo en persecución de Irene. Pasa por el lado de Cayo a la velocidad del rayo y hace vacilar a su montura.

—Hermina habría dicho que estoy demasiado viejo para estos jueguecitos, pero mírame ahora... —dice antes de dominar a la bestia y correr a su vez en dirección a la ciudad.

Más atrás, todavía ocultos tras el último recodo, los hombres del emperador Teodosio se esfuerzan por no bostezar. Ninguno esperaba tropezarse con demasiadas incidencias, pero la calma ha ido aumentando día tras día, muy lejos quedan ya Calavario y las escaramuzas con los bandidos apostados en el exterior del recinto.

Etheria se ha pasado buena parte del viaje encerrada en su carreta, sobre todo cuando el camino no implicaba traqueteos de consideración. Algunos opinan que dedicaba su tiempo a la plegaria, pero Culleo ha tenido ocasión de ver que escribía, incluso por la noche, con la ayuda de una lámpara de aceite. El soldado piensa que debe de escribir a su familia, que sin duda se arrepiente de haber emprendido ese viaje. Ni siquiera sospecha que lo que hace es tomar nota de las sensaciones que el camino despierta en ella, de los encuentros ocasionales, del aspecto de las ciudades. La escritura constituye un misterio para aquellos guerreros, hasta el punto de que, de no ser por las órdenes directas del emperador Teodosio, osarían decir que las artes del demonio se han apoderado de la peregrina.

Cuando la comitiva llega a Caesaraugusta, tras reunirse de nuevo con Irene y sus perros guardianes, que esperan a las puertas de la muralla, Etheria no tarda en constatar que, en contraste con otras urbes por las que han pasado, diversas señales hablan de una ciudad próspera, repleta de comerciantes y casas que solo pueden pertenecer a grandes señores. El hecho de que algunas hayan sido abandonadas, que los nobles mosaicos de las termas sean saqueados periódicamente o que el gran teatro ya no acoja ninguna nueva representación, no parece tanto una señal de decadencia como una muestra del cambio ineludible de los tiempos.

Han visto el puerto fluvial lleno de barcazas y a muchos hombres trasladando mercancías. El tráfico es continuo: bultos, cajas, tierra, frutas y verduras de las campiñas situadas a la orilla del río. Etheria ha abandonado la carreta para montar a su espléndida yegua. Se admira de las calles tan limpias, de los símbolos que cuelgan en las fachadas y del esmero con que sus gobernantes cuidan de la ciudad.

A la propia Calavario llegaron noticias de un episodio terrible que data de la época de Diocleciano, cuando las autoridades torturaron hasta la muerte a la joven Engracia y a cuantos la acompañaban camino del Rosellón, donde debía reunirse con su prometido. Quiere visitar el templo que han erigido muy cerca del lugar donde les dieron cristiana sepultura, averiguar qué memoria guarda el pueblo de aquellos hechos.

No obstante, la actitud de Irene le llama la atención mientras se dirigen al palacio donde se hospeda el praeses. La desenvoltura con que lleva las riendas, cierta altivez en la postura del cuello y en la mirada, la sensación de que se siente bien entre la extraña pareja de soldados que forman Cayo y Bappo... Todo va en contra de lo que le han enseñado los libros piadosos. Pese a ello, Etheria se deja invadir por una corriente de simpatía hacia aquella mujer que Dios Nuestro Señor le ha puesto en el camino. Sin duda existe un motivo oculto que a ella todavía se le escapa. No obstante, queda mucho por vivir y su fe es muy sólida.

Los hombres enviados por el senador Terencio ven el cielo abierto al llegar a Caesaraugusta. Tanto intramuros como extramuros hay mucha gente que comercia, se pelea o sencillamente mira pasar a los demás. El sol vespertino empieza a alargar las sombras y la ciudad bulle de actividad como ninguna de las que han cruzado hasta entonces. Puede que sea lo que necesitan, un trozo de mundo que les permita permanecer anónimos. Tal es su sensación mientras observan de lejos la entrada de la comitiva de Etheria, rodeada de curiosos ante los uniformes orientalizados de los recién llegados y de niños que solicitan la caridad de los viajeros.

Vibio espera a que la peregrina y los suyos desaparezcan allende las murallas y luego deja a sus hombres en el exterior. Quiere inspeccionar el terreno y solo se lleva a uno de ellos, el mismo que descubrió el cadáver de Druso a la orilla del Cea. Bajo ningún concepto lo perdería de vista, y de hecho, en los últimos días contempla seriamente la posibilidad de que tenga un mal encuentro. Dejarlo con vida y que pueda contar cómo abandonaron al hijo de Terencio para que se lo comieran las fieras equivale a una sentencia de muerte que pende sobre su cabeza. Se dice que ha dedicado toda su vida a eludir la muerte y ahora no puede aflojar.

Muy cerca de allí, la comitiva de Etheria llega al centro de la ciudad y Cayo se niega a aceptar la propuesta de Irene. No se hospedarán fuera del círculo de los hombres de Teodosio, como han hecho en otras ocasiones, ni harán nada por su cuenta que implique alejarse del grupo. El antiguo legionario está dispuesto a extremar las precauciones y así se lo hace saber.

—Hay momentos en que me obligas a pensar si en realidad eres tú la persona que mi tío ha puesto a cargo de esta misión. Y te aseguro que no acabo de dar con la respuesta correcta.

—No me lo tengas en cuenta, pero jamás me perdonaría que te ocurriera algo —replica Cayo en tono humilde no exento de firmeza.

—Ahora te estás pasando de la raya. Conozco los riesgos y los asumo, creo que ambos lo hacemos. Ya hemos hablado ampliamente de ello. Lo que debe importarnos es la vigilancia de esos baúles, que el contenido siga donde está mientras tomamos una decisión.

Apenas pronunciadas estas palabras, Irene se vuelve en dirección a la carreta de la peregrina. Cayo no le sigue el juego, como si rechazase el interés que todos parecen tener en aquel legajo de pergaminos. Lleva días pensando en ello y ha llegado a la conclusión de que la vida habría seguido un curso más amable sin ese libro maldito. Por el contrario, Bappo, que siempre se mantiene a cierta distancia, da por recibido el mensaje y vigila los movimientos de los hombres del emperador alrededor del carruaje. Se siente feliz por haber ganado la carrera hasta las murallas, aunque le ha extrañado que la joven no se esforzara demasiado. A ratos le ha dado la impresión de que esperaba al viejo legionario, como si no quisiera humillarlo con una victoria abrumadora.

Vibio no tarda en estar al corriente de aquellas decisiones. Ha llegado a tiempo de ver como el grupo se encerraba en la residencia del praeses, y se arrepiente de no haberse encargado de Irene y Cayo días atrás. Habría sido más fácil. Les ha concedido una oportunidad, pero su paciencia tiene un límite que ya ha llegado a su fin. Solo tiene que acabar con ellos, a fin de que no sigan obstaculizando sus planes, tal como hizo con la mujer y su hijo.

El soldado que lo acompaña se ha quedado aspirando el aroma a vino que sale de una taberna y de repente Vibio considera que es una buena idea. Decide que ha llegado el momento de atar cabos, de deshacerse del lastre innecesario.

Ambos entran y se acodan en un mostrador de madera; enseguida les ponen delante una jarra de vino. Es tinto y aromático, se diría que acaban de pisar la uva. Al fondo hay dos mujeres que deben de ser prostitutas, y nadie más; el esbirro de Terencio esboza una sonrisa, es como si él mismo hubiera dispuesto el escenario. Pregunta al tabernero si tiene alguna habitación donde puedan beber a gusto y llevarse a las mujeres. Al oír el tintineo de la bolsa de monedas que maneja aquel hombre, el dueño no pone el menor inconveniente. Les indica con la mano una puerta que se recorta en la penumbra de un interior incierto y de nuevo toma asiento al otro lado del mostrador, indiferente por completo a lo que pueda ocurrir.

Cuando Vibio regresa en busca de sus hombres, ya no hay rastro alguno del sol en el horizonte. Les cuenta que su compañero ha sido víctima de uno de los soldados de Teodosio, que lo ha encontrado muerto cuando volvía de reconocer los alrededores del palacio, y les pide venganza. Lo dice mirando al suelo y fingiendo pesadumbre, con los cinco sentidos en un estado de alerta que solo él percibe. Cuando levanta la vista, los esbirros llevan las armas en la mano y el odre con aguardiente que han comprado en ausencia de su jefe queda abandonado en el suelo mientras su contenido se vierte poco a poco.

—Pero no debemos precipitarnos. Hemos de encontrar la manera —les dice recurriendo a su autoridad—. Esperaremos a que duerman y se crean a salvo bajo el techo de las autoridades...

En el interior del palacio, Cayo ha pedido al gigante que monte la primera guardia y este acepta, rompiendo la promesa que se había hecho de no obedecer sus órdenes. Luego, con toda naturalidad, el antiguo legionario elige un sitio muy cerca de Irene. Lleva tiempo actuando así y a menudo se duerme con la sensación de que es Hermina quien lo acompaña. Con frecuencia su recuerdo lo lleva muy cerca de la locura, pero con su mujer la cosa era diferente. Podía tocarla, besarla, morderla... Ni siquiera ahora, cuando ambos se habían hecho viejos, olvidaban la pasión que un día ya demasiado lejano había obligado al hombre a prescindir de Roma y convertirse en un proveedor de imposibles a sueldo de los poderosos.

A Irene no le resulta fácil dormir. Todas las noches rememora la conversación con Etheria y se pregunta cómo puede esa mujer abrazar el cristianismo sin cuestionar sus limitaciones, sin entender que condena sus anhelos a una férrea opresión. ¿Cómo decirle que ha conjugado los deseos de conocimiento y libertad con un credo que la obliga a ser alguien distinto de quien quiere ser?

Lo que más le preocupa es que ha dejado de verla como a una enemiga, y se propone que, cuando llegue la hora, todo será rápido y limpio, sin violencia. Sabe que no podría matarla, que incluso la defendería con su propia vida.

La peregrina despierta en ella un cúmulo de sensaciones que pueden dar al traste con sus planes iniciales. Y esos pensamientos no le dejan conciliar el sueño.

Es Etheria quien sacude su cuerpo para despertarla. Tanto Cayo como Bappo han percibido su presencia, pero el primero sigue en el jergón haciéndose el dormido, mientras que el segundo permanece a la puerta, aparentemente al margen. Cuando Irene recibe aquella noticia cree que ha llegado el momento que esperaban.

—He pensado que te gustaría acompañarme, pero si no es así...

—No, claro que me gustaría, pero necesito despertarme del todo y comer algo. Ve tú y yo iré más tarde con Cayo.

—Si ese es tu deseo...

Decepcionada, la peregrina se queda mirando la espalda de Cayo, todavía poderosa bajo las mantas. Tal vez Irene tenga razón y sea mejor que visite sola aquella iglesia que recuerda la cruel peripecia de la mártir Engracia y sus acompañantes. Sin embargo, la sobrina del senador aún tiene algo que añadir...

—¿No pensarás ir sola?

—Por supuesto que no. Me llevaré a algunos soldados, y también el praeses se ha ofrecido a venir, dice que es su obligación. Solo espero que me dejen un rato para rezar en silencio.

—Lo entiendo. No es lo que deseas, ¿verdad?

Etheria se la queda mirando mientras se pregunta si es tan transparente como parece. ¡Le gustaría tanto confiar en ella! En ocasiones echa de menos a sus hermanas de Calavario, los ratos que pasaban comentando las escrituras o cuando iban al bosque a buscar plantas para preparar ungüentos y jarabes. Quizá la sobrina de Símaco intuye parte de sus dudas y asimismo de su debilidad. Intenta poner convencimiento en sus palabras y hace un amago de sonrisa.

—Te aseguro que iré.

La peregrina abandona la estancia y Cayo se libera de las ropas que lo cubren. Bappo se ha apartado diligente del umbral para dejar pasar a Etheria y aguarda órdenes con la espada en la mano.

—¿Qué te propones? —pregunta el antiguo legionario, convencido de que la mujer no perderá la oportunidad que supone aquella ausencia.

—Quiero ver el libro, tenerlo entre mis manos. Estoy harta de hablar de él sin saber cómo es y lo que podemos hacer con él. Lo he intentado, pero no he podido averiguar nada en ese sentido. Es posible que se trate de un legajo muy voluminoso o, por el contrario, de un único rollo fácil de ocultar.

—Me parece una buena idea, pero estará custodiado, y has dicho que aún no había llegado el momento. Si todo esto acaba en un gran revuelo, ya no podremos echarnos atrás.

—No te preocupes, Cayo, tengo un plan.

Los dos hombres se miran sin reconocer la autoridad del otro sobre lo que está a punto de suceder. Irene les dice que se acerquen un poco más y mira hacia la puerta. Sus cabezas casi se tocan, nadie será capaz de echar por tierra sus intenciones.

El palacio es pequeño y los carruajes se han quedado en los establos, pero los baúles han sido trasladados a la estancia donde duerme la peregrina. Solo hay uno de los soldados guardando la puerta, los demás se han quedado fuera y vigilan el exterior al tiempo que confraternizan con los guardias del praeses. Irene se propone dejar fuera de combate al vigilante y disponer de un buen rato para revolver en los baúles. Tanto Cayo como Bappo permanecerán al acecho.

—Pero ¿y si alguien encuentra al soldado y se da cuenta de que ha desaparecido? —pregunta el gigante, deseoso ya de encargarse de uno de los asesinos de sus compañeros.

—No hay demasiado servicio en el palacio. ¿Crees que alguien lo echará de menos? Y no será como tienes pensado, Bappo —advierte Irene al ver que ha sacado una daga pequeña y afilada—. No quiero que muera nadie, por mucho que tengas una cuenta pendiente.

—Irene tiene razón. Si no lo matamos, podrán pensar lo que quieran, pero no será fácil que sospechen de nosotros.

—¿Te ves capaz de conseguirlo sin matarlo, Bappo? Necesito saberlo.

—Se hará como dices.

La habitación que han asignado a Etheria da al atrio y el palacio es pequeño. Han acordado que el antiguo legionario llamará al soldado desde el interior y el gigante se encargará de dejarlo inconsciente. Ahora bien, cuando asoman la cabeza, la escena es muy distinta de lo que pensaban.

El hombre yace muerto en el suelo, y se percibe el revuelo que tiene lugar dentro de la estancia. Bappo se dispone a entrar, como si llegado aquel momento solo pudiera atender la llamada de la sangre. Irene blande la espada corta que siempre lleva oculta en la bolsa y se dispone a seguirlo. Ignoran cuántos hombres habrá, aunque no albergan demasiadas dudas sobre su identidad.

Cayo debe tomar una decisión y lo primero que le pasa por la cabeza es defender a su protegida. Pero de pronto piensa que todo se les puede ir de las manos. Si los vigilantes oyen los ruidos de la lucha, entrarán a ciegas y todo resultará muy confuso. Decide correr en dirección contraria, dar aviso y confiar en que la fuerza descomunal de Bappo se halle en consonancia con su destreza con las armas.

Cuando regresa, ve al jefe de los hombres de Terencio, Vibio, que ya está en el atrio y busca una salida. No obstante, el antiguo legionario distingue el rojo de la sangre en su espada. Desea ardientemente echársele encima, herirlo mil veces y que experimente el sufrimiento que infligió a su esposa. Él mismo se sorprende cuando deja que los guardias del praeses se encarguen de él.

Se ha dado cuenta de que se impone otra prioridad, que necesita saber cómo se encuentra Irene, comprobar que no es suya la sangre que ha visto. Apenas entrar en la estancia ve a Bappo apoyado en la pared, como ausente. Pero es otra la escena que exige toda su atención.

Irene ha sido arrinconada por uno de los esbirros de Vibio. Ya no blande la espada corta y el hombre que la asedia parece dudar si debe atravesarla sin más o disfrutar de alguna manera de su belleza. Esa duda lo acompaña en su viaje al más allá.

—¡Estoy bien! —le grita la sobrina de Símaco mientras se aparta para que el hombre no le caiga encima—. Pero ocúpate de Bappo, por favor, parece muy malherido.

El gigante ha ido resbalando hasta el suelo y ha dejado un rastro de sangre en la pared. Cuando Cayo se inclina sobre él, llega a tiempo de recibir una mirada juguetona antes de que pierda el conocimiento.

—No morirá —dice a Irene para tranquilizarla, todavía perplejo por el interés de la muchacha—, pero le han atravesado el hombro.

—Ha sido Vibio. Es como uno de esos gladiadores del circo, ¡su manera de pelear es terrible! ¿Por qué has tardado tanto?

—Era necesario —replica el antiguo legionario, al tiempo que repara en que ya no se oyen gritos en el atrio y sale de la estancia sin completar las explicaciones que solicita Irene.

No se esperaba lo que hay en el exterior. Dos hombres yacen muertos y el tercero, uno de los guardias del praeses, descansa la cabeza en la base de una columna; tiene un gran tajo en la cara que le afecta al ojo izquierdo y la mirada perdida. Pero no hay ni rastro de Vibio.

—¡Serás mío aunque deba dedicar a ello lo que me queda de vida! —grita Cayo, aunque ya es imposible que lo oiga.