6
Riberas del Cea, abril de 381
Mientras cabalga en dirección a la puesta de sol, Druso es presa de temblores. No es el frío lo que le provoca estremecimientos, ni tampoco el miedo. O tal vez sí, tal vez su cuerpo lucha a regañadientes contra lo que su mente le ordena.
Pese a todo, el jinete no detiene su carrera, su huida. No podía quedarse a pasar la noche bajo el mismo techo que Irene, sus fuerzas son limitadas, al igual que su voluntad. Ha llegado demasiado lejos para enviarlo todo al garete, se repite mentalmente entrechocando los dientes. Tampoco estaba dispuesto a pagar a Bappo por la información recibida, lo consideraba culpable de enfrentarlo a su propia mezquindad.
Partir cuando la noche no tardará en caer, deshacer a solas el camino supone correr un riesgo innecesario, pero quedarse habría sido su perdición. Antes de que todo se ponga oscuro como boca de lobo, Druso remonta una pequeña cima y divisa al fondo la silueta de la villa Olmeda. Los cipreses se proyectan majestuosos sobre la línea del horizonte y una bocanada de tristeza lo ahoga. Se dice que no puede permitírselo, que lo esperan graves responsabilidades en Legio, que debería poder enderezar la melancolía que se ha apoderado de los escasos hombres que le quedan, y también la suya propia.
En aquella soledad, se esfuerza en creer que hace lo correcto, pero no consigue ahuyentar la idea de que ha traicionado lo que en realidad vale la pena. Tal vez era su última oportunidad de recuperar la pasión por las cosas. Dejarse contagiar por la manera de obrar de Irene. Por sus creencias, que en otro tiempo compartió.
Hace rato que intenta obligar a su caballo a proseguir el camino, pero con frecuencia los animales reproducen la actitud de sus amos. Druso no ha esbozado gesto alguno que pueda dar a entender a su montura que deben alejarse de allí, encontrar un lugar donde pasar la noche, siquiera sea junto al tronco protector de un viejo olmo.
De repente tira de las riendas y el caballo, sorprendido por una reacción tan repentina, relincha mientras se alza sobre las patas traseras. El hijo de Terencio lo obliga a un galope sostenido, pese a que podría verse interrumpido en cualquier momento, dado que la oscuridad empieza a confundir los contornos de los árboles y el camino ya no parece tan fiel a sus márgenes.
Apenas puede ver a tres pasos de distancia cuando llega a la orilla del Cea. Desde allí puede elegir entre dos caminos, el que conduce a Astúrica Augusta o el que lleva hacia el noroeste en dirección a Legio. La pequeña población que bebe de sus fuentes duerme sin luz alguna que sirva de referencia; la luna está en creciente, pero el brillo que despide resulta muy escaso.
Casi caminando a tientas, Druso decide esconderse bajo el puente y esperar a que la alborada lo ayude a proseguir viaje. Con las prisas ni siquiera ha permitido que le preparasen algo para comer. Sin embargo, no le importa. El río baja limpio y se inclina sobre la corriente hasta casi sumergir la cabeza por entero.
En ese momento nota que una fuerza sobrehumana le impide incorporarse de nuevo. Intenta respirar, pero el agua ya le baja por la tráquea. Cuando está a punto de perder el sentido, se dice que es un oso gigante que le ha puesto las zarpas sobre el cuello y lo obliga a dejarse ir cada vez más a medida que las fuerzas lo abandonan.
Muy cerca del final ve la imagen de Irene en la distancia, de mayor tamaño todavía que los cipreses de la villa Olmeda. Le tiende la mano como pidiéndole que se quede con ella, que olvide para siempre los sueños de poder de su padre, que recuperen juntos la felicidad que compartieron tiempo atrás. No obstante, pese a tratarse de un espejismo, ya es incapaz de reaccionar para agarrarla.
Unas millas más al norte, siguiendo el curso del río, los hombres de Terencio han instalado su campamento. Saben que no pueden hacer nada mientras la comitiva permanezca en la villa del viejo cónsul y se limitan a esperar. Los días se hacen largos mientras los esbirros intentan pasar el tiempo con juegos de cartas y de dados, y repetidas conversaciones sobre mujeres. Su jefe envía a menudo a uno de ellos para que vigile los alrededores.
Esta vez le ha tocado a un hombre ya mayor pero de aspecto feroz, que pese a la fría noche exhibe orgulloso la gran cicatriz que le recorre el vientre de arriba abajo. Apenas ha recorrido un trecho del camino cuando lo que descubre lo impulsa a volver junto a sus compañeros. Llama a Vibio, su jefe, que permanece junto al río diciéndose que jamás alcanzarán el éxito en aquella difícil misión, y este lo acompaña sin dilación río abajo.
—¡Mira! Viste como un principal, pese a que ya solo quede su cuerpo sin alma y lo hayan ahogado como a un pez.
—¿Como un principal, dices?
Vibio se acerca al cadáver, que todavía yace boca abajo, con la cabeza dentro del agua.
—¡Debe de haber sido un animal! —dice el esbirro sin el menor espanto o piedad en la voz.
—Un animal con los dedos muy gruesos —responde su superior mientras señala la marca que ha ido adquiriendo una coloración púrpura en el pescuezo de Druso.
Acto seguido le dan la vuelta entre los dos. El rostro del ahogado aún muestra la perplejidad que ha sentido ante la muerte inminente e inesperada. El líder del pelotón lo reconoce de inmediato: lo ha visto a menudo en casa de su padre, el senador, en Roma, pero no dice nada, reflexiona sobre qué actitud debe adoptar ante sus hombres.
—¿Lo llevamos al campamento?
—Ni pensarlo —replica Vibio, que no ha apartado la vista del cadáver desde que lo ha identificado—. Como dices, debía de ser un hombre muy principal. Nos irá mejor si olvidamos que lo hemos visto, ¿me oyes? Será un secreto entre nosotros, y si alguna vez hablas de ello, te mataré con mis propias manos. Nuestra única preocupación debe ser Irene, déjalo, que se lo coman las fieras. ¡Y cuidado, no vayas a acabar como él!
El esbirro, aterrado por la determinación que las palabras de su superior dejan traslucir, da su conformidad sin atreverse a hacer pregunta alguna. Acto seguido se dispone a seguirlo, pero antes escupe en dirección al cadáver. El esputo cae al agua y él maldice su puntería.
Irene sabe que al día siguiente reemprenderán el camino, que a partir de ese momento Etheria tiene como objetivo llegar a Caesaraugusta sin detenerse demasiado y, ahora más que nunca, ella lo agradece.
Nadie tiene más prisa que la sobrina de Símaco por dejar atrás el escenario de su derrota definitiva. Nadie necesita con mayor urgencia alejarse de aquel silencio impuesto por las circunstancias, de la paz ficticia con pies de barro y de las imposturas de unos y otros.
Dormir constituye una falacia. Se debate durante horas en su jergón mientras escucha los ronquidos de Cayo, y más tarde, cuando las telas sobre las que yace son tan solo una maraña indómita que la atrapa, cuando la primera claridad empieza a abrirse paso por el ventanal, decide salir de la estancia.
Escapar una vez más de las paredes que la asfixian, cual si se tratara del único gesto posible, es una actitud que repite instintivamente. Y sobre todo hacerlo protegida por la penumbra que mantiene los contornos difusos y a las personas adormiladas. Sentirse así lejos del pesado juego de miradas que la obligan a prostituir sus ideas y responder a las expectativas que exige la impostura, por completo ajenas a su ser.
El encuentro con Druso ha supuesto la estocada final. Una última decepción que en su presencia ha disfrazado de menosprecio pese a que ponía fin a sus frágiles esperanzas. La pilló por sorpresa. No era así como lo había previsto. Tal vez no insistió lo suficiente, ¿acaso se lo puso demasiado fácil? Irene repasa mentalmente la escena una y otra vez. Revive cada paso dado en compañía de Druso mientras se alejaban de la domus, el silencio que se había instalado entre ellos y que solo adquiría significado por postergar un final inevitable, su ultimátum apresurado. Y por otra parte, las ganas de volver atrás y arrojarse en sus brazos, cubrirlo de besos y suplicar si fuera necesario.
Sin embargo, no ha ocurrido nada de todo eso y ya no hay vuelta atrás. Proyectar sus anhelos en otra dirección se le antoja ahora un empresa demasiado ardua; concentrarse en el libro y en el destino de los suyos, honrar a su tío, los esfuerzos que Símaco hace a diario por preservar un mundo herido de muerte, es un designio que escapa a sus fuerzas. El tiempo de perseguir quimeras se ha consumido, aunque el dolor permanezca como una mácula que hubiera quedado adherida a su alma.
La penumbra le golpea el rostro apenas abrir la puerta. La claridad que creía adivinar todavía está lejana y afecta a aquel extraño horizonte con una apariencia más marítima que terrestre que se extiende hasta el infinito. Dirige la mirada a la torre de vigilancia y comprueba que un soldado también espera allí su relevo. Ese gesto le ha impedido calibrar el suelo que pisa y da un paso atrás al notar bajo sus pies algo blando. El asco le sube por la garganta al darse cuenta de que se trata de un cuervo decapitado. La angustia se transforma en espanto al recordar la amenaza proferida pocos días atrás, no le cabe la menor duda sobre quiénes son los responsables.
Muy agitada, entra de nuevo en la habitación. Cayo oye el ruido de la puerta al golpear contra la pared y se levanta de inmediato espada en mano. Sus ojos se reflejan en los de Irene, el desconcierto del uno oponiéndose al terror que reflejan los de la otra.
—Están muy cerca —dice la joven mientras se esfuerza por tranquilizarse—. Ahí fuera...
—¿Quién está ahí fuera, Irene? ¿Te encuentras bien? ¿Qué ha ocurrido?
—¡El ave, Cayo! Han dejado un cuervo muerto. ¡Han venido hasta aquí! ¡Está justo ante la puerta!
El antiguo legionario respira hondo y devuelve la espada a su sitio. Luego, en tono brusco, riñe a su protegida.
—¡Debes sosegarte, Irene! Sabíamos que podía ocurrir, pero si perdemos la calma habremos firmado nuestra sentencia. ¿Es que no te das cuenta? ¡Nadie dijo que sería fácil!
—¡No puedo más! No quiero seguir. Necesito un poco de paz, Cayo. Me estoy ahogando y es como si hubiera olvidado que si das una brazada tras otra puedes flotar en el agua. Pero tengo la sensación de que el agua se ha transformado en sangre, que todo está muerto a mi alrededor. Quizá no valga la pena luchar por una forma de vida condenada a desaparecer.
—¿Qué estás diciendo? ¿Hablas de abandonar? ¿De qué habrían servido entonces tantas muertes? ¿Y los que luchamos por ti desde el principio? ¿Y Hermina? Por mucho tiempo que vivieras no podría perdonártelo.
—¡No menciones a tu mujer, no es justo!
—¿Quieres hablar de justicia? ¿Acaso fue justa la manera en que acabaron con su vida? Era una buena esposa. ¿Y con la de aquella madre y su hijo? ¿Necesitas más detalles del estado en que hallé sus cuerpos? ¿Crees que eran responsables de tus actos? Si abandonas ahora, ¡tanto dolor habrá sido inútil!
—Cayo, te lo ruego, no me atormentes más.
Irene se agarra el vientre y se dobla sobre el lecho. Tampoco ahora se permite abandonarse y llorar. Se dice que el mal que la atraviesa no tiene que ver con el miedo ni con la debilidad; necesita convencerse de que es fruto del cansancio, de la noche pasada en blanco. Quiere creer que la pérdida de su amor, a raíz de su encuentro con Druso, la ha hundido en una penuria que no le es propia, pero empieza a descubrir que la fortaleza encierra aspectos más sutiles. No basta con la determinación, ni tampoco con el deseo. Hay que hurgar muy adentro para seguir por el camino trazado cuando el dolor se hace muy intenso.
Cayo no sabe qué más puede hacer. Precisa asegurarse de que tan solo se trata de un aviso y, de nuevo espada en mano, sale al exterior. No advierte ningún movimiento sospechoso, de manera que hace desaparecer el cuervo de una patada. Luego regresa, pero antes de cruzar el umbral observa a la joven.
La figura que aparece ante sus ojos tiene un aspecto frágil, casi quebradizo. Se mece suavemente abrazándose las rodillas con ambas manos y en algún momento le parece que tararea una melodía. Cayo Licinio se pregunta qué ha sido de la mujer que llegó a su casa de Brigantium dispuesta a comerse el mundo. Un sentimiento entre la compasión y la ternura le afloja los músculos. Se había jurado no volver a permitirse esa sensación después de peinar el cabello de su esposa difunta. Pensaba que era una manera de obrar propia de mujeres, un signo inequívoco de debilidad, nada que ver con lo que siempre había perseguido. No obstante, aquella muchacha era todo lo que le quedaba; la hija que habría querido tener, quizá.
—No te des por vencida, Irene. Descansa un poco. ¡Nuestra suerte cambiará cuando Símaco nos envíe más hombres! Acabaremos juntos lo que empezamos. Robaremos el libro, y entonces podrás marcharte si todavía lo deseas. Yo no pienso renunciar a mi venganza; tengo todo el tiempo del mundo por delante y no me echaré atrás.
Irene tarda en responder. Se diría que invierte el tiempo necesario en pegar los fragmentos en que se ha partido por dentro y por fuera. Después, cual si despertase de un sueño profundo, toma la palabra...
—De momento podemos contar con Bappo. Druso le ha dado órdenes de que nos acompañe. Siempre he sospechado que tuvo algo que ver con la muerte de María, aquella pobre muchacha de Calavario...
»María... Casi me había olvidado de ella —admite mientras su voz va perdiendo fuerza—. ¡Maldito libro! ¡Mi tío es un ingenuo, un soñador! ¿Un cambio para Roma? Todo está podrido, es una idea estúpida y el tiempo me dará la razón. Lo haremos como dices, y te aseguro que nunca más mantendremos esta conversación. Llegaremos hasta el final al precio que sea. Lo haré por orgullo y por dignidad, pero hay demasiados intereses en juego para alcanzar la victoria. Me parece que esta se halla cada vez más lejos de nuestras posibilidades —concluye Irene con la firmeza de quien dicta sentencia.
—Nada es imposible, Irene. No deberíamos hablar en estos términos. Reservémoslos para los dioses, ellos sabrán cómo deben utilizarlos.
—Eres un buen hombre, amigo mío. Algún día sabré recompensarte...
—Solo vivo para recibir una recompensa, y tú lo sabes. El destino que busco es la sangre vertida de mis enemigos. Eso no puede convertirme en un buen hombre, y menos cuando no lo he sido nunca.
—Quizá la vida solo tiene sentido cuando luchamos con todas nuestras fuerzas por nuestros ideales, querido Cayo. Tal vez tengas razón y en el fondo es la envidia la que me hace hablar así. Yo me rendí antes, me retiré en plena batalla y menosprecié la fuerza de mi adversario.
—Ahora sí que hablas como un soldado, Irene. Aunque no sé si me gusta o me da miedo...
Irene no contesta, se limita a mirarlo como lo haría una chiquilla asustada pero a punto de entrar en combate.
Cayo se acerca a ella y la atrae contra su pecho. Ese abrazo solo implica el reconocimiento del otro y ella no lo rechaza. Ambos son conscientes de que instantes después cada cual se pondrá en la piel del personaje que representa, que evitarán hablar de ese momento y se comportarán como si no hubiera existido, pero con todo se permiten esa debilidad. En ese brevísimo lapso para el amor, Cayo se dice que los seres humanos nunca acaban de olvidar del todo que una vez nacieron libres de pecado.
Nada llama la atención en la despedida que tiene lugar en la villa Olmeda el domingo a media mañana, aparte de la presencia de aquel personaje tan inmenso como torpe. Sin embargo, tras el aspecto de algunos de los componentes de la comitiva se ocultan temores inconfesables, sospechas inquietantes, sueños hechos añicos. Toda sonrisa devendría una mueca si dejasen entrever parte del desasosiego que los embarga. Ajeno a tal metamorfosis, Flavio Salustio se muestra satisfecho por una visita tan ilustre, y más cuando a buen seguro será tema de conversación en todas sus recepciones.
No obstante, resta un último gesto que le permitirá satisfacer su vanidad y demorar la partida por unos instantes. Sabe que debe elegir el momento más oportuno y pillar por sorpresa a su invitada. Por eso la detiene un paso antes de que cruce el umbral de manera definitiva.
—Querida Etheria, he aceptado con resignación tu rechazo de los presentes con que me habría gustado obsequiarte. Entiendo que desees viajar ligera de equipaje y prescindir de cuanto no sea estrictamente necesario. Pero te ruego que recibas de buen grado esta ofrenda, solo como recordatorio de nuestra amistad recién estrenada.
Antes de que la peregrina tenga tiempo de reaccionar, uno de los sirvientes de la villa le sale al paso. El joven alarga el brazo y, tras inclinarse respetuosamente ante su persona, le acerca las bridas de una bellísima yegua blanca. El rostro de Etheria resplandece y todos los presentes lo celebran entre aplausos. Susana, que la conoce bien, sonríe complacida. No se equivocó al aconsejar al cónsul, sabía con certeza que su señora sucumbiría a la tentación de llevársela.
—A partir de ahora te llamarás Aura —susurra Etheria al animal, mientras le acaricia las crines, de pelo liso y esmeradamente cepillado.
Las dos hijas de Flavio insisten en acompañar a los viajeros hasta más allá de los jardines que rodean la domus. Al llegar al límite del recinto, la guardia privada abre la barrera de protección y los saluda con un «¡Salve!».
Pese al ambiente distendido, cada una de las muchachas muestra abiertamente sus preferencias. Sonia, la mayor de las hermanas, parece inquieta. Se mueve con rapidez mientras da órdenes al servicio y busca un último momento de intimidad con Etheria, pero tiene la impresión de que nunca lo conseguirá con tanto alboroto. Cuando entiende que no podrá llevar a cabo su propósito, la coge del brazo y la mira fijamente dando la espalda al resto.
—No olvides las súplicas que te he confiado, te lo ruego. Si no actuamos con mano firme, estos diablos resurgirán de sus cenizas. Y, sobre todo, no te fíes de los lobos que cubren su cuerpo con piel de oveja, por mucho que te digan que están a nuestro servicio.
Por toda respuesta la peregrina asiente con la cabeza, deseosa de quitarse de encima a aquella exaltada y sus delirios, que con demasiada frecuencia han perturbado la ansiada soledad e interrumpido la escritura del diario que se comprometió a compartir con sus hermanas de Calavario.
Por su parte, Esther entrega una ramita de ciprés a Irene y solo añade unas palabras a su sucinto gesto.
—No olvides la leyenda y protégete de la tristeza.
Sin esperar respuesta, la menor de las hermanas se retira a un segundo plano. Los soldados anuncian que todo está dispuesto para reemprender la marcha y la comitiva abandona el lugar. De camino encuentran a un montón de hombres y mujeres que les salen al encuentro; los mueve la curiosidad, pero también hay quien traza la señal de la cruz sobre su pecho y pide a la ilustre peregrina que rece por la salud de un hijo u otro familiar. La mayoría son campesinos que antes trabajaban sus propias tierras, pero el aumento de los impuestos los ha llevado a la ruina. La única salida para sobrevivir ha sido renunciar a su libertad y trabajar como colonos a cambio de la protección de los grandes propietarios.
Etheria los saluda amablemente, pero en su gesto se adivina un poso de aflicción. Entonces pide a su sirvienta que entregue unas monedas a los chiquillos, que no han dejado de correr detrás de las carretas con la palma de la mano abierta.
Pasado un rato, cada cual ocupa el lugar que le ha sido asignado. El camino discurre entre campos de cebada y viñas orientadas al sur, aprovechando márgenes o suaves pendientes. Etheria cabalga a lomos de Aura y observa las cepas que empiezan tímidamente a brotar. Siempre le ha parecido un milagro que esos troncos secos y retorcidos sean capaces de dar un fruto tan sabroso. Ahora bien, la vendimia aún queda lejos y durante el mes de abril cualquier helada puede echar a perder las delicadas yemas.
Semejante pensamiento la pone alerta y, casi sin darse cuenta, clava la vista en Irene. La distancia que las separa se puede recorrer en un abrir y cerrar de ojos, pero prefiere no hacerlo y limitarse a observarla sin delatarse. La joven monta un caballo de color miel, como la que recolectaban en Calavario, con el matiz oscuro procedente de la flor de tomillo. Cayo y ella van a la par y de vez en cuando cruzan alguna palabra. El extraño hombretón, cuyo nombre no recuerda, no les quita la vista de encima, pero en ningún momento interviene en su conversación. La peregrina piensa si no se habrá equivocado al permitir que el desconocido los acompañe. De hecho, la situación resulta muy extraña. Aún no ha averiguado las circunstancias que llevaron a todo un prefecto a realizar aquella visita precipitada a la villa, y no digamos su interés en hablar con Irene.
Se dice que tal vez ha llegado el momento de sentarse tranquilamente y sincerarse. En más de una ocasión se ha sentido tentada de hacerlo, querría preguntarle por el motivo de su llanto a orillas del Cea, pero un malestar creciente se instala en sus adentros cada vez que da un paso en esa dirección. Ahora tiene a su alcance un buen pretexto, desea pedirle detalles sobre el nuevo acompañante.
El sol cae a plomo cuando la comitiva hace un alto para ingerir un refrigerio. Etheria aprovecha la ocasión y toma la iniciativa.
—Me han dicho que a pocos pasos de aquí hay un riachuelo; los hombres llevarán los animales a beber. He informado a Susana que necesito caminar un rato y que nadie nos moleste. Querría hablar contigo.
—Hablemos, pues. ¿De qué se trata? —pregunta Irene en un tono brusco que le cuesta disimular.
—Podríamos sentarnos a la sombra de aquellos árboles, si te parece bien.
Antes de acceder a la invitación, la sobrina de Símaco hace una seña a Cayo pidiéndole que no las siga. Desde la distancia que los separa, él no puede advertir el gesto de la joven mordiéndose el labio. El antiguo legionario las observa alejarse y cierra el paso a Bappo, que instintivamente se ha puesto en guardia.
—¿Va todo bien? —pregunta Etheria mientras se acomoda en una piedra.
—Sí, por supuesto.
La peregrina sabe que no se lo pondrá fácil, pero se mantiene firme en su decisión e insiste.
—Estarías más cómoda si tú también tomaras asiento.
—Si no te importa...
—Te lo ruego.
El tono en que Etheria pronuncia esas palabras tiene más de orden que de invitación. Irene es consciente de ello y empieza a temer que algo no funciona de la manera deseada.
—¿Podrías recordarme el nombre del hombre que desde hoy te acompaña?
—¿Te refieres a Bappo, señora?
—Sí, supongo que sí. Acepté que me acompañases en este viaje pese a que no lo tenía previsto. Y la generosa aportación que hizo tu padre para el mantenimiento de Calavario no tuvo nada que ver en ello. Lamentaría que interpretaras mal lo que te digo, cualquier donativo es siempre bienvenido —agrega Etheria al comprobar que el rostro de la mujer se ensombrece—. Pero debes creerme, pensaba únicamente en ti.
—Y te estoy muy agradecida —se apresura a responder Irene—. Todo sigue siendo tal como te dije, necesito reafirmar mi fe.
—Recuerdo muy bien tus palabras. Solicitabas vivir en propias carnes la experiencia de renacer a la luz y no pude negarme, debía contribuir a hacer posible ese deseo. Sin embargo, el camino hasta los Santos Lugares es largo y no está exento de peligros, velar por la seguridad de todos es importante.
—Si es eso lo que te inquieta, no debes preocuparte. Bappo impresiona por su corpulencia, pero es de una fidelidad absoluta.
—¿Cómo puedes tener esa certeza? ¿Acaso lo conocías?
Irene coge una rama seca de pino y remueve la tierra mientras urde una historia creíble que no la comprometa. Mentir es arriesgado y puede traerle graves consecuencias. De todos modos, la visita de Druso bien pudo haber sido tema de conversación entre los sirvientes y a Etheria no se le pasa nada por alto. ¿Y si se ha hecho preguntas?
—Mi padre estaba preocupado. Debería haber enviado noticias a Bracara Augusta informando de mi partida. Pensaba hacerlo más adelante, pero lo cierto es que no contaba con que se alarmase de ese modo. Es mayor y...
—Me hago cargo —la interrumpe Etheria—, pero no entiendo qué tiene que ver una cosa con otra.
—Envió a un emisario a Calavario y, cuando le dijeron que te acompañaba, se puso en contacto con Terencio Vesalio Maro, un senador de Roma, primo segundo suyo por parte de madre. Este, para tranquilizarlo, y aprovechando que su hijo se encuentra en Hispania como prefecto de Legio, le prometió que él mismo velaría por que todo fuera bien. Debes perdonarme por no haberte informado, pero lo cierto es que no quería causarte el menor trastorno, has sido muy generosa conmigo.
—Sin embargo, alguien te vio llorar...
—Lamentablemente el prefecto me hizo saber que mi padre ha sufrido un ataque de gota, y es la primera vez que no estoy a su lado para cuidarlo. Lo tengo muy presente en mis oraciones.
—También me han dicho que Bappo es uno de sus hombres.
—Sí, quiso que me acompañara por mi seguridad, ¡y eso que intenté disuadirlo! Ahora bien, si te supone algún problema, le digo ahora mismo que...
—No será necesario. Entiendo que tu padre se preocupe, pero si hemos de hacer este viaje juntas, tendremos que hacer el esfuerzo de confiar la una en la otra. Me gustaría que nos conociéramos un poco mejor. Deseo confiar en ti, Irene.
La sobrina de Símaco no se atreve a mirarla a los ojos. Ha dejado la rama de pino en el suelo y se siente observada de cerca. Sabe que está traicionando la confianza de la peregrina por primera vez. Los últimos acontecimientos han menguado sus fuerzas y, por un momento, está a punto de tirarlo todo por la borda y decir la verdad.
—Etheria...
—Dime —responde la peregrina acogiendo unos ojos que imploran más que miran.
—No volverá a ocurrir.