12

 

Barcino

 

—¡Me has arruinado la vida! Aún no sé cómo lo has hecho, pero ¡te juro por la memoria de mi padre que no te saldrás con la tuya!

Tales son las últimas palabras que Seihar dirige a Isona. Su actitud es desafiante y se produce poco antes de golpear con violencia la puerta de entrada a su casa. Sin esperar respuesta, desaparece en el interior.

Máximo presencia la escena, todavía a lomos del caballo pero a poca distancia de los hechos. Habría podido delegar aquel molesto encargo en cualquiera de sus hombres, pero piensa en sacar partido. Su intención no ha cambiado, sigue siendo favorecer al poder; siempre es bueno ponerse del lado de los que lo ostentan. Que el obispo Paciano sea un hombre caprichoso, que ora diga una cosa, ora la contraria... no es de su incumbencia. Lo único que cuenta es que se trata de un hombre influyente y muy respetado, y confía en que alguna vez le devuelva el favor. Por otra parte, Isona le gusta mucho, y hasta el momento todos sus intentos de acercarse a ella han sido infructuosos. El hombre la mira y espera.

—Que Dios te bendiga, Máximo.

—No se lo tengas en cuenta. Es muy joven y tiene un temperamento fuerte; suele ocurrir entre los muchachos que no tienen a ningún hombre cerca como referente —afirma el viejo centurión, con la esperanza de retener a la mujer.

Sin embargo, tampoco en esta ocasión sus palabras consiguen el efecto deseado. Con la cabeza gacha, Isona le vuelve la espalda.

—Ya se le pasará —insiste en última instancia Máximo—. De momento parece que esa mujer ha conseguido detenerlo.

—¿Cómo dices? —pregunta Isona alzando de modo imperceptible los hombros.

—La sobrina del emperador Teodosio, la peregrina que se aloja aquí al lado —dice el hombre señalando la casa contigua.

—La mujer... ¿Me estás diciendo que la mujer con la que he hablado es...?

—¡La misma! No me extraña que lo ignores, dado lo preocupada que has estado por la suerte del muchacho. Ha intercedido por ti ante el obispo. Dicen que...

Las palabras del viejo centurión se pierden en el aire, Isona ya no lo escucha. La oscuridad del interior de la casa engulle su silueta esbelta y levemente encorvada.

Durante buena parte del día Seihar se mantiene obstinadamente ajeno a los ruegos de su madre. Tampoco accede a sentarse a la mesa cuando ella se lo pide. Isona, resignada, le deja un plato de pollo con manzanas a los pies de la cama, pero su gesto solo sirve para empeorar la situación.

—¡Te he dicho que no quiero nada de ti! ¡Déjame en paz! ¡Yo no tengo la culpa de tu desgracia! Tengo derecho a vivir mi propia vida, ¡tengo todo el derecho! ¿Me oyes?

Instantes después, el plato de barro acaba estrellándose contra la pared y Saco de huesos se lo zampa todo.

El reloj de sol grabado en una gran piedra de la entrada permanece silente cuando Isona decide ir a ver a Etheria. Esta la recibe de buen grado, expectante. Lleva una túnica malva ceñida por debajo del pecho con dos cintas de una tonalidad más oscura y la larga cabellera ondulada le cuelga sobre los hombros.

—¿Ocurre algo, Isona? —inquiere Etheria mientras se le acerca con paso decidido.

—Perdona que te moleste. Sé que no son horas...

—No pasa nada, entra. Y siéntate, por favor —dice a la espera de noticias, que no pueden ser demasiado favorables a juzgar por la voz trémula de la mujer.

—¿Va todo bien? —insiste la peregrina.

—Vengo a darte las gracias. Me lo ha comunicado Máximo, el viejo centurión que lleva la escuela de lucha —le aclara Isona al ver el desconcierto reflejado en el rostro de la peregrina—. Ignoraba que...

—¿El obispo ha accedido?

—Me lo ha devuelto a casa.

—¡Alabado sea Dios! Entonces ¿qué te aflige?

—Me odia. No me lo perdonará nunca.

—¡No digas disparates! Está furioso y no piensa lo que dice. Es joven y...

—Eso mismo dice Máximo, pero yo conozco a mi hijo. Es orgulloso y... lo he perdido. Sé que lo he perdido para siempre.

Atraída por el llanto de Isona, Irene aparece en la estancia con una lámpara de aceite en la mano. Tras recibir la aprobación de la peregrina, se sienta al lado de las mujeres.

—He pensado... —susurra Isona.

—Di —se anticipa Etheria en un intento de brindarle consuelo.

—Sé que se irá, solo es cuestión de tiempo. Puede que sea esta noche, o quizá mañana, pero no puedo retenerlo. He pensado que si...

—¡Habla! —la anima Etheria.

—Mira —dice Isona buscando bajo su túnica algo que no aciertan a ver.

Instantes después le entrega una bolsa.

—¿Qué es eso? —pregunta Etheria sin atreverse a alargar la mano.

—Te lo ruego, es todo lo que tengo. Me lo dejaron mis suegros. De hecho, se lo dejaron a él.

—No sé de qué me hablas.

Irene mira la bolsa y baja la vista, mordiéndose el labio. Se reconoce en la misma actitud unos meses atrás, cuando fue ella quien le hizo entrega de las monedas en fingido gesto de agradecimiento.

—He oído decir que vas en peregrinación a los Santos Lugares y que pasarás por Roma, donde te recibirá el papa.

Etheria ni siquiera parpadea mientras intenta averiguar adónde quiere ir a parar aquella mujer que se le revela con un comportamiento tan extraño.

—Llévatelo. Hay suficiente oro para...

—¡Lo que me pides es del todo imposible!

—En Roma tendrá más oportunidades. Es un buen muchacho, no te dará problemas. Tómalo a tu servicio, enséñale que hay otras maneras de...

La peregrina aparta la bolsa de su vista y se levanta bruscamente de la silla.

—Lo lamento de veras. He hecho lo que he podido, pero lo que me pides no está en mis manos.

—¿Por qué negarle a ella la oportunidad que me diste a mí? —interviene Irene, deteniendo la partida de Etheria—. Resulta más fácil rezar ante las tumbas, ¿no? Los mártires no pueden replicarte. Ellos solo sirven para saciar tu curiosidad, para sumar a la lista agravios contra los paganos. ¿Esa es la caridad que predica tu religión?

El silencio que sigue a tales palabras es denso y pesado.

—Imagino que este recorrido obedece a alguna intención de la que todavía no me has hecho partícipe, ¿me equivoco?

Irene formula la pregunta tras observar cómo la peregrina guía sus pasos en dirección al templo de Augusto que preside el foro. El camino que conduce hasta allí hace una leve subida que los comerciantes aprovechan para despachar mercancías muy diversas, desde cestas de mimbre, ánforas y vasijas de barro hasta quesos o pan. Las voces de unos y otros se mezclan del mismo modo que lo hacen los aromas a espliego; una anciana lo vende en delgadas gavillas alineadas en el suelo mientras reina en el ambiente el fuerte olor a vino y madera de roble que emana de una bodega. Las ropas de los que comercian, así como de los clientes, curiosos y rateros, tiñen la escena de colores.

Las columnas, sobrias y acanaladas, que sustentan el templo ganan en magnificencia a medida que las dos mujeres se acercan a ellas. Hasta no hace mucho también sostenían la vida política, religiosa y administrativa de la ciudad, pero con la llegada del cristianismo, lucen huérfanas. Todas esas funciones se han trasladado al lado de las murallas.

Etheria, sin responder a la pregunta planteada por su acompañante, inclina la cabeza siguiendo las verticales de piedra orientadas hacia el cielo. Solo después de completar el trayecto se dirige de nuevo a la joven.

—Te diré por qué dejé que me acompañaras, Irene. Te engañaría si afirmase que sospechaba de ti y de tus propósitos, de hecho por un breve instante se me pasó alguna idea turbia por la cabeza, pero la deseché de inmediato. Fue mi soberbia la que se impuso a cualquier reflexión.

—¿Tu soberbia, dices? No veo qué tiene que ver.

—Es muy sencillo. Mira. —La peregrina señala la suntuosa edificación—. Cuando llegamos a Tarraco, nuestro anterior destino, lo supe. ¿Recuerdas la luz blanca, resplandeciente?

—Sí, claro —responde la sobrina de Símaco intentando descubrir qué pretende Etheria con aquella extraña disertación.

—He tenido días para reflexionar. Los emperadores quisieron encarnar la divinidad en la tierra, ser adorados por sus súbditos, permanecer inaccesibles. Se consideraban por encima del bien y del mal y disponían de la vida y la muerte a su arbitrio. Yo no tenía tanto poder, por supuesto. Tampoco era consciente del orgullo que me dominaba, pero pequé del mismo modo que lo hicieron ellos.

—Cuanto más hablas, menos te entiendo. ¿Adónde quieres ir a parar?

—Ardía en deseos de visitar los Santos Lugares, hice de ello mi sueño. Más tarde, tras ganarme el favor de Teodosio, fue convirtiéndose en una idea fija que me obsesionaba, alimentada por la alegría de mis hermanas en la fe. Pasaba a ser su enviada y la curiosidad se fue cubriendo de presunción. Tu llegada alimentó mi petulancia.

La mirada de Irene se mantiene expectante en el rostro anguloso de la mujer. Con el ceño fruncido, tantea posibilidades que no toman forma y menea la cabeza haciendo patente su confusión.

—Se me brindaba la posibilidad de contar con un testigo. Alguien que alabase mi proeza, desde un segundo plano, desde luego, ¡que la certificara! Deseabas reafirmar tu fe y yo sería tu mesías. Pero, ya ves, el templo solo son piedras arrogantes, sinsentido, porque la grandeza reside en el corazón de los humildes. No puedo llevarme al muchacho, Irene. He de hacer este camino sola. Y tampoco a ti quiero retenerte a la fuerza.

—Pero eso significa que...

—No me parece juicioso que hagas sola el viaje de vuelta a Roma —la interrumpe Etheria—. Acepta mi hospitalidad y separémonos allí.

—¿Y si me hago cargo yo?

—¿De Seihar? ¿Y por qué tendrías que hacerlo? Nada te une a ese chiquillo y solo puede traernos problemas. ¿Por qué insistes?

—Para aliviar la pena de su madre, tal vez. Quizá porque me trastorna la rabia, la profunda ira que rezuma la mirada del niño y que no tiene dónde saciar.

—La cólera no es una buena compañera, Irene.

—No entiendo a los cristianos. En Isona veo la desesperación de una madre que ama a su hijo y solo quiere librarlo de una muerte anunciada. ¿Dónde está la compasión que predicáis?

—Más dolor soportó María viendo a su hijo condenado a la cruz.

—¿De verdad crees que no sintió rabia? ¿Que en algún momento no quiso volverse contra aquellos que injustamente torturaban a su único hijo? ¡Era una madre, Etheria! ¿Imaginas su dolor? ¿Su impotencia? La madre de un dios, de tu Dios. ¿Qué no habría hecho una madre por ahorrarle tanto sufrimiento? Lleva a Seihar contigo, líbrala de esa pena. Dale una oportunidad al muchacho y que los dioses le sean misericordiosos.

Tras oír esas palabras, la peregrina mira de nuevo a la joven. Las blasfemias pronunciadas parecen inofensivas en sus labios y su actitud de súplica dista mucho de la altivez mostrada en otras ocasiones.

No fue de inmediato, pero, sin poder hacer otra cosa, Etheria acabó por acceder a su petición. Había que preparar adecuadamente el terreno y así lo hizo. Al día siguiente propuso a Seihar que fuera con ellas a Roma, allí tendría mejores oportunidades para formarse como un verdadero soldado.

Tal vez con el tiempo el emperador podría tomarlo a su cargo o, si no conseguía hacerlo cambiar de parecer, podría enviarlo a un destino menos peligroso.

Al oír el primer canto del gallo, Etheria salta del lecho. Tiene demasiados asuntos en que pensar, demasiadas cosas que hacer para invocar de nuevo al sueño. La sirvienta, que le ha sido asignada por orden del obispo, se ofrece para recogerle el cabello y ella acepta de buen grado.

—¿Podrías decir a Culleo que quiero verlo?

—¿Es el jefe de tu guardia?

—El mismo. Dile que lo espero en el atrio.

—Así lo haré —responde la muchacha mientras se dispone a abandonar la estancia.

—¡Espera! Convoca también a Irene. Con ella me reuniré en el triclinio, hazle saber que hoy almorzaremos juntas.

Cuando la sobrina de Símaco se reúne con la peregrina, esta la recibe con una sonrisa. Sobre la mesa hay dispuesto un ágape tan generoso como el que dejaron sin probar en su apresurada partida de la villa Olmeda.

—¿Quieres el pan condimentado con sal o lo prefieres mojado en vino? Me han dicho que es de una excelente cosecha.

—No tengo mucho apetito. Comeré un poco de queso y cuatro aceitunas. ¿Esperamos a alguien más? —pregunta la joven al observar que la peregrina mira muy a menudo en dirección a la puerta.

—No se te escapa nada, ¿eh? Pues mira, para serte franca, te tengo preparada una sorpresa.

—Tal vez sí coma un poco de pan mojado en vino —rectifica Irene su idea inicial; el día promete ser largo y quizá complicado.

Instantes después Culleo solicita permiso para entrar donde se encuentran las dos mujeres.

—Aquí lo tienes —dice haciéndole entrega de un grueso rollo de papiro.

—Gracias. Déjalo sobre la mesa. Ya puedes irte, si te necesito, te avisaré.

El saludo del soldado al retirarse es la última palabra que se oye durante cierto tiempo. Aparte del roce de los platos de barro sobre la madera, todo es silencio. Irene hace rato que mira el legajo con la certeza de que se trata de Orígenes de Roma, pero espera a oír los motivos por los que Etheria lo ha mandado traer. Por su parte, la peregrina disfruta con el nerviosismo de su acompañante y pone a prueba su paciencia.

—Parece ser que hoy hará sol —observa.

—¡Te gusta jugar al gato y al ratón!

—Todos somos ratones, créeme. Reconocer al gato no siempre es fácil. Incluso a veces somos gatos para nosotros mismos.

—Es demasiado temprano para poder seguir tus razonamientos. ¿Qué te propones?

—¿Lo has leído? —pregunta Etheria señalando el rollo.

Irene niega con la cabeza y engulle el trozo de pan que tiene en la boca.

—¿Estabas dispuesta a dar la vida por un códice cuyo contenido ni siquiera conoces?

—¡Yo no he dicho eso! ¡Sé perfectamente quién fue Catón! Y sé que lo que dejó por escrito es de vital importancia para...

—¡Irene! —la interrumpe la peregrina—. Te propongo que lo examinemos juntas.

—¿Quieres que lo miremos las dos? ¿Y por qué habríamos de hacerlo? No sé qué interés puedes tener tú en leer lo que escribió un pagano.

—Tengo interés en saberlo todo, Irene. Quiero escuchar, entender. En mi visita al obispo Paciano le pedí que me informase sobre este sabio. Él ha estudiado a fondo los textos de los clásicos. Ha leído a Cicerón, a Tito Livio, a Plutarco...

—¡No me hagas reír! ¿Y qué esperabas que te dijera un obispo cristiano?

—No lo sé. Pero lo que he oído me ha hecho pensar.

—¡Vaya! ¿Te ha dicho acaso que era un hombre tenaz, recto, honrado y austero? ¿Te ha hecho saber que viajaba con solo un ayudante y sin pompa alguna?

Etheria advierte un tono de reproche en aquellas palabras que Irene le suelta como dardos envenenados, pero no replica.

—Si el obispo ha leído tanto, sin duda, sabrá que Catón administró justicia con imparcialidad y que expulsó a los usureros —insiste la sobrina de Símaco.

—El Evangelio también predica la pobreza...

—El Evangelio no lo sé, pero la realidad es muy distinta. ¡Abre los ojos de una vez! Hemos visitado muchas ciudades. ¿Recuerdas la situación de Tarraco? ¿Y qué me dices de Barcino? La Iglesia se está apoderando de lo que hasta ahora pertenecía al pueblo, ¡y en Roma sucede lo mismo pero a gran escala!

A Etheria le gustaría rebatir todas y cada una de esas afirmaciones, defender el procedimiento de los seguidores de Jesús, pero empieza a quedarse sin argumentos. No puede entender cómo la comunidad cristiana deviene el grupo de élite de la ciudad. Cómo son capaces de privatizar la higiene en un momento en que algunas termas públicas a duras penas se sostienen debido a la desaparición del patrocinio imperial. El propio Paciano lo había dejado claro en sus escritos: «Viven en palacios de mármol, van encorvados de tanto oro como llevan encima, arrastran colas de seda, van maquillados con carmín y además no faltan los jardines y lugares de reposo junto al mar, vinos exquisitos, banquetes espléndidos y un descanso para la vejez.»

—Irene, tienes razón en muchos de tus planteamientos, pero en el fondo tú y yo queremos lo mismo...

—¡No sabes lo que dices! Has vivido toda tu vida entre aquellas montañas, alejada del mundo, de la realidad. Para ti solo existía el estudio y la plegaria, pero la vida no consiste únicamente en eso. Al menos, no para la gran mayoría de la gente. ¿Has visto cómo saquean los monumentos funerarios de los paganos y aprovechan las piedras para reforzar la muralla? Ya no hay orden ni concierto, no para los pobres. Para Catón la gente humilde era importante. Se encargó de reparar las conducciones de agua y pavimentó calles. Si en Tarraco hubieran drenado las cloacas, ¿crees que su aspecto sería tan lamentable? Tal vez aquel niño que depositaron en tus brazos aún tendría a una madre que se hiciera cargo de él. Los poderosos viven encerrados en sus lujosas casas, ¡completamente ajenos a todo! Y no te engañes, a partir de ahora, con un Dios único y todopoderoso, Iglesia y poder irán de la mano.

A Etheria solo le queda un argumento sobre la mesa. En aquel rollo titulado Orígenes de Roma, con el que Catón enseñó a leer y escribir a su hijo, así como las normas morales por las que debía regirse, las mujeres quedaban muy mal paradas. Era sabida su intransigencia a la hora de derogar la ley según la cual las mujeres no podían poseer más de media onza de oro, ni tampoco vestir de diversos colores. Se les prohibía conducir carros de caballos dentro de la ciudad, excepto para asistir a celebraciones religiosas, qué duda cabe. Fue un gran escándalo, y un espectáculo inédito, verlas bloquear el acceso al foro de sus maridos exigiendo la abolición de la ley. Catón perdió la contienda, pero se retrató.

—Si fuera por él no tendríamos otro derecho que el de obedecer a nuestros esposos.

—No lo entiendes, ¿verdad?

—¿Qué es lo que he de entender?

—En tu religión las mujeres no tienen la menor oportunidad. Catón dictó normas contra el lujo, era un defensor a ultranza de la moralidad tradicional romana, pero vosotros habéis matado a todas las diosas.

—¿De qué estás hablando?

—Desde el principio de los tiempos, todos los pueblos han rendido culto a una diosa, la han adorado bajo formas diferentes, por ejemplo, la luna; le han dado nombres diversos pero siempre ha sido una figura todopoderosa. Solo ella era capaz de dar la vida, y ese poder le confería un carácter divino. Los cristianos tenéis un Dios padre y un Dios hijo, pero la mujer a la que adoráis no posee la misma categoría. No es más que un instrumento, es virgen y madre, el poder lo hereda su hijo. En la religión que predicas, las mujeres no tienen papel alguno. No pueden ser sacerdotisas, porque las expulsan, ¿es que no lo entiendes?

La entrada de la sirvienta en el triclinio resulta providencial para la peregrina, que reflexiona sobre los razonamientos que acaba de oír. Cayo espera en el exterior, preguntándose si le será posible hablar con Irene. Etheria la invita a ir al encuentro del antiguo legionario y se queda pensativa, recostada en uno de los cojines de seda.

—¿Pasa algo, Cayo?

—No he querido comunicarte mi decisión hasta el último momento.

Irene lo mira de hito en hito con unos ojos como platos y cierto temblor en los labios, presagio de algo que teme y que no desearía oír.

—Me marcho. Ha llegado la hora de volver a casa.

—Pero yo...

—Tú ya no me necesitas, Irene. De hecho, tal vez no me hayas necesitado nunca. Eres una mujer fuerte y...

—Lo que dices no es cierto. Que hayáis dado muerte a los esbirros de Terencio no significa que este renuncie a darme caza, lo sabes muy bien. ¡Enviará a otros! Tú mismo decías que no se detendría ante nada ni ante nadie.

—Estás bajo la protección de la sobrina del emperador Teodosio, no puedes tener mejor escolta. Mi pierna no está para tantas idas y venidas. He vengado la muerte de mi esposa, ahora debo cumplir la promesa de enterrar sus cenizas a fin de que descanse en paz.

A Irene le habría gustado replicar, darle las gracias y hacerle saber que lo echaría mucho de menos, pero al ver cómo se aleja cojeando ligeramente, las palabras se le quedan trabadas en la garganta y tampoco los pies la obedecen para tratar de detenerlo.