57

 

 

 

Los últimos y definitivos papeles para la acogida de Júnior estaban a punto de llegar, pero la ansiedad había podido más que ella, haciéndola mover todos los hilos a su alcance para poder disfrutar con él del primer fin de semana de la primavera. Aunque en la preparación del evento habían intervenido muchas más personas de las que Lis pudiera imaginarse, porque Juan, que ahora remaba a su lado abiertamente, también había echado mano todas sus relaciones para hacerla feliz, empezando por el jefe de bomberos. Éste había utilizado sus influencias con el sargento Gutiérrez, quien a su vez había hecho lo propio con el comisario Bermúdez, el cual había camelado a su querida esposa con una romántica cena en su restaurante favorito y la había llevado luego a bailar merengue, su oculta pasión. Y fue precisamente ella, tras una noche desenfrenada en los brazos del hombre más recto del cuerpo, quien accedió a llamar a la antipática de su cuñada y directora del centro Garmendia para pedirle el favor. Margarita, convertida en último eslabón de la cadena de favores, fue la encargada de entregarle al niño, acompañada, por supuesto, de su inseparable Pedro.

—Margarita, yo no sé cómo agradecértelo —dijo Lis, dándole un abrazo.

—¡Oh, bueno, ya encontraré la forma! —contestó ella con una risa nerviosa.

—¡No creas que lo dice por decir, ¿eh?! —intervino Pedro, entregándole la maleta de Júnior—. ¡Te aseguro que la encontrará y, si no, tiempo al tiempo!

 

 

Lis llevó la maleta a la habitación del pequeño y comenzó a meter dentro de ella algunas prendas del niño, cuando él apareció a su lado con un brillo divertido en los ojos.

—Mami, ven, tengo una sorpesa para ti —dijo cogiéndola de la mano y llevándola hasta su habitación—. Abe el último cajón, mami.

Y allí, en el último cajón, estaba el vestido rojo. Lis abrió los ojos anonadada, estupefacta, patidifusa. Perfectamente doblado sobre el resto de la ropa y esperando que sus manos temblorosas lo cogiesen para abrirse en todo su esplendor.

Carmen lo había visto en su armario y había alabado su calidad y su caída, pero Lis lo había apartado diciendo que no se lo ponía, que le quedaba muchas tallas grande y que era un poco soso.

Las palabras hicieron sonreír a Carmen y dirigieron sus manos hacia la caja de costura, que siempre viajaba con ella. Pero lo que había hecho con aquel vestido no podía considerarse un simple arreglo: aquello era una auténtica obra de arte. Sobre la tela rojo pasión, sus diestras manos habían cosido las flores, aquellas que una tarde se había empeñado en comprar en la mercería del barrio sin decirle a Lis para qué las quería. Pequeñas flores blancas, amarillas y anaranjadas, que había ido colocando de forma estratégica sobre los tirantes del vestido, bordeando el escote y convirtiéndolo en un auténtico traje de sirena primaveral. Sin embargo, no contenta con ello, el camino de flores había seguido por el escote de la espalda y había bordeado la cintura, acabando en una gran flor sobre la cadera, confeccionada con decenas de pequeñas flores.

—¡Oh, Dios mío, Carmen! —exclamó Lis emocionada.

—¿Qué pasa, mami?, ¿no te gusta? —dijo el niño al verla llorar.

—¡Me encanta, es lo más bonito que he visto nunca!

—¡Venga, póntelo, que Abu nos está esperando!

—¡Y Juan, Júnior, Juan también nos está esperando!

Siempe me olvido de él.

 

 

Llegaron al restaurante donde Juan había tenido la comida con sus compañeros y buscaron aparcamiento. Al salir del coche, un hombre alto y fuerte se paró a su lado.

—Disculpa —dijo mirando a Lis intensamente y clavando sus ojos en el alegre escote—. Tienes una luz trasera fundida, ¿lo sabías?

—¡Oh, no, no lo sabía! Gracias.

El hombre la miró a conciencia y luego se marchó con una sonrisa en los labios.

—¿Por qué estás colorada, mami? —preguntó Júnior, saltando a la acera.

—Porque... porque... porque soy un poco vergonzosa y..., la verdad, este vestido no ayuda.

—¿Es porque te ha mirado con ojos chisposos?

—¿Qué has dicho, Júnior? —exclamó ella sorprendida.

—¡No es ninguna palabota, ¿eh, mami?! Un niño del cento dice que los novios miran así a las novias, con ojos chisposos. No es nada malo, ¿verdad?

—Pues no, no es nada malo, claro que no.

—Juan te mira así, mami, con ojos chisposos. Siempe lo hace y a mí no me gusta.

—Juan me quiere, Júnior, por eso me mira así, y a mí me gusta que lo haga, me gusta mucho, y tú debes respetarlo.

 

 

—¡Así que nuestro Pedro se ha enamorado! —comentó el compañero, dándole una palmada en la espalda y sentándose a su lado—. ¿Y puedo preguntar quién es la afortunada? No será la poli, ¿no?... —La risa en torno a la mesa se lo confirmó—. ¡Bueno, pues qué se le va a hacer, son cosas que pasan! Por cierto, si queréis alegraros el día, no perdáis de vista la puerta, creo que está a punto de entrar la primavera... Me la he encontrado en el aparcamiento y no me he lanzado encima de ella de milagro. ¡Un monumento de mujer! ¡Ahí está..., joder!

Lis atravesó la puerta en el mismo momento en que el corazón de Juan dio un vuelco, mientras su cara se iluminaba con una gran sonrisa. Parecía una auténtica hada, salida de un cuento, enseñando sus impresionantes piernas y subida a unos zapatos de tacón de aguja que daban auténtico vértigo y sobre los que se movía con maestría, como si los hubiese usado siempre... Es lo que tiene el amor, que le pone alas a una. En la mesa no quedó cabeza sin volverse, mientras los colores subían a las mejillas de Lis, haciéndola aún más adorable.

—¡Madre mía, Jack! —exclamó Pedro, mirándole asombrado.

—Yo siempre la he visto así, Pedro —contestó él con una gran sonrisa. Se levantó y, al pasar junto al compañero que había dado la voz de alarma, no pudo contenerse—. Has hecho bien en no lanzarte sobre ella —dijo dándole una palmada en la espalda—, porque es mi mujer.

—Pero... ¿cómo que su mujer?... Pero... ¿quién es ese pibón, Pedro?

—No la reconoces, ¿verdad? —preguntó éste con una carcajada—. Es la mujer del accidente.

—¿La de la autovía? —exclamaron varias bocas a la vez.

 

 

Carmen los recibió con los brazos abiertos y la cocina oliendo a las delicias que salían de sus manos. El fin de semana comenzó tranquilo, hasta que llegó el momento de irse a la cama. Cuando vio que tendría que dormir solo y que Lis lo haría con Juan, Júnior perdió el control y comenzó a llorar desconsoladamente aferrándose a su cuello con fuerza.

—¡No quiero, mami, no quiero!

—Júnior, Juan y yo dormimos juntos y tú tienes que dormir en la otra habitación.

—¡No quiero que te haga daño, mami!

—Él no me hace daño, cariño, él me quiere.

Abu se lo llevó con la promesa de leerle un cuento, pero entonces el que se puso intranquilo fue Juan, que comenzó a pasear por la habitación.

—Lis..., yo... no quiero que tenga miedo... Yo he pasado mucho miedo en esa habitación de niño y... no quiero que él lo tenga...

—Está bien, ve a buscarle.

Regresó seguido de Júnior, que, con la cara bañada en lágrimas, se subió a la cama, gateó hasta Lis y se acurrucó junto a su cuerpo.

—Sólo será por esta noche, Júnior —le dijo ella muy seria—, porque esta casa no la conoces, pero cuando vayamos a la nuestra, dormirás en tu habitación. No pienso transigir en eso, así que ve haciéndote a la idea.

Juan cerró la puerta despacio, pero cuando se acercó a la cama y el niño clavó en él su mirada más seria, se paró en seco.

—¿Tú también vas a dormir aquí? —preguntó Júnior frunciendo el ceño. Juan no contestó, se sentó lentamente en la cama—. Vale, puedes dormir..., pero no ronques.

Juan se metió bajo las sábanas y, cogiendo la cara de Lis entre las manos, besó sus labios con dulzura, mientras sus dedos dejaban sobre sus mejillas lentas caricias.

—¡¿Ves, mami?! —dijo el niño, apartándole las manos y tomando la cara de Lis entre las suyas—. Te mira con ojos chisposos.

—Juan y yo nos queremos, Júnior, y no nos hacemos daño. Dormimos juntos todas las noches y nos amamos porque nos gusta y nos hace sentir bien.

—No quiero.

—Pero nosotros sí queremos, y es algo que tendrás que respetar.

—Pero no quiero.

—Dime una cosa, Júnior —dijo Juan cruzando las manos sobre el pecho. No podía imponer más—, ¿cómo te sentirías si alguien te quitase tu ranita verde?

—¡¿Me la vas a quitar?! —gritó él, apretándola contra su pecho.

—No, no te la voy a quitar, es tuya. Pero quiero que pienses cómo te sentirías si no pudieses tenerla contigo. ¿Estarías triste, contento, enfadado...?

—¡Enfadado, estaría muy enfadado y te daría muchas patadas! —respondió mirándole desafiante.

—Pues si yo no puedo dormir con Lis..., no estaré enfadado ni daré patadas, pero te aseguro que estaré muy triste, tremendamente triste.

—¿Y llorarás?

—Sí, creo que lloraré mucho, muchísimo. —Unos golpecitos en la puerta rompieron la magia del momento—. ¡Joder! La que faltaba.

—Dice palabotas, mami —le susurró el niño—. ¡Enta, Abu!

—¡Oh, creía que estabais solos, ya me voy!

—¿Qué pasa, Abu, tienes miedo?

 

 

—Carmen, ¿qué pasa? —preguntó Lis, entrando en su habitación y sentándose en la cama.

—Verás, Lis, esto... esto es muy difícil de explicar, cariño... Yo no sé cómo hacerlo, y si no sé cómo hacerlo contigo, que lo sabes todo, ya me dirás cómo se lo cuento a Juan. —Respiró profundamente—. Mi marido... está enfermo. Está muy enfermo, Lis, tan enfermo que lo van a dejar salir para que no muera allí, en la cárcel, y yo... yo...

—Tú no quieres que muera solo, quieres traerle aquí.

—¡Oh, cielo, ¿qué puedo hacer para que Juan lo entienda?! —dijo enjugándose una lágrima—. ¿Qué me aconsejas que haga, hija?

—Debes hacer lo que te dicte tu corazón, le guste a Juan o no. Es tu vida y debes vivirla tú. Tú tienes el mando, tú eliges, tú decides. Y decidas lo que decidas, yo te apoyaré, y estoy segura de que Juan también lo hará, aunque le cueste.

Lis regresó a su habitación esperando encontrarlos a los dos dormidos, pero la imagen con que se topó no podía ser más terrible. Júnior llorando aterrorizado en una esquina de la cama y Juan mirándole asustado y sin saber qué hacer. Se acostó lentamente en medio.

—Juan no es como ÉL, Júnior, Juan nunca te hará daño, nunca.

—¿No, mami? —dijo el niño acercándose y acurrucándose contra su cuerpo.

—No.

—¿Me lo pometes, mami?

—Te lo prometo.

 

 

El sábado amaneció espléndido y Carmen decidió que, junto al río, sería un buen lugar para contárselo a su hijo. Sin embargo, los acontecimientos tomaron un curso muy distinto, llevándolos por otros derroteros y posponiendo las confidencias hasta un mejor momento.

Con una gran cesta de comida, tomaron posesión de la ribera del río, al igual que otras familias que conocían la existencia de aquel hermoso lugar. Y, como la vida tiene extrañas coincidencias, quiso el destino que una de ellas estuviese presidida por la señora elegante. Las mantas naturalmente se jutaron, de ello se ocupó Carmen, para quien la hospitalidad no era una virtud, sino un deber, y, mientras Júnior y el nieto de la señora elegante se conocían, el señor derecho como un palo charlaba muy serio con Juan sobre el terrible estado actual de la juventud.

Lis no comprendía muy bien a qué venía aquella animadversión, teniendo en cuenta que él también había sido joven alguna vez, hasta que, con la caída de la tarde, el porqué apareció en un descapotable de alta gama y sonido envolvente.

La madre del niño, e hija de la señora elegante y el señor tieso como un palo, hizo su aparición sobre unos altísimos zapatos de tacón de aguja, haciendo verdaderos equilibrios sobre la hierba. Cubría su delgado cuerpo con un top de lentejuelas negro más propio para una noche de estreno en la Gran Vía que para la orilla del río, y sus piernas estaban levemente cubiertas por una minifalda que más que falda parecía cinturón. Por no hablar de su cara, en la que la noche de juerga y desenfreno habían dejado huella.

A todas esas conclusiones llegó Lis tras echarle una simple mirada. La muchacha se dejó caer sobre la manta, mientras el padre tieso como un palo le dirigía una terrible mirada de reproche y la madre elegante intentaba apaciguar los ánimos. Sin embargo, toda posibilidad de paz fue echada por tierra cuando el conductor del deportivo hizo acto de presencia. Era la chulería personificada, el despotismo absoluto y la rabia contenida. A todas esas conclusiones llegó Juan tras echarle una simple mirada.

Lis se quedó en su manta, observando a la extraña familia, mientras los suyos lentamente volvían hacia ella y hacían piña a su alrededor. Júnior se acurrucó en su regazo, Carmen se sentó a sus pies y Juan tras ella, acariciándole los brazos y besándole la cabeza. Y fue así, como la estampa de la familia feliz, como vieron estallar a la que estaba a su lado como si de una bomba de relojería se tratase. Comenzó levemente, como un aviso, hasta que la explosión apareció de golpe, con toda la furia, con toda la rabia. El detonador de la carga explosiva fue la negativa del niño a salir del agua. Su madre, entre protesta y protesta porque no la dejaban dormir, fue a buscarlo, pero en vista de las patadas que el chiquillo repartía a diestro y siniestro, le dejó por imposible y volvió a la manta sin hacer caso de los reproches del señor tieso como un palo.

Entonces el déspota tomó el mando. Se fue hacia el niño y, agarrándole por un brazo, le sacó del agua y le llevó en volandas hasta la manta..., donde lo tiró con furia. El instinto maternal superó a la desidia, y la muchacha se levantó dispuesta a arrancarle los ojos al energúmeno. Pero éste, el animal, también tenía para ella y comenzó a repartir, zarandeándola de un lado a otro, hasta que el padre tuvo que intervenir.

Aquello podría haber acabado muy mal si Juan no hubiera estado allí y hubiese reducido al energúmeno. Naturalmente, Carmen llamó a la policía —le había cogido el gusto a eso de defenderse—, y sonrió con ganas cuando los vio ponerle las esposas y meterlo en el coche entre gritos y forcejeos. La señora elegante acabó llorando en el hombro de Carmen, el señor tieso como un palo maldijo todo lo que se podía maldecir, y el niño se acurrucó junto a Júnior, mientras la chica llorosa los miraba a todos sin saber qué hacer.

—¡Con ése no hay artillería que valga! —les dijo Lis a las mujeres que la rodeaban.

—Esa artillería, querida... —contestó la señora elegante—, sólo sirve para los hombres. Eso no es un hombre, es simplemente una bestia, y las bestias sólo conocen el idioma de los golpes.

—¿A qué esperas para dejarle? —le preguntó Carmen a la muchacha llorosa—. ¡¿Tanto te gusta en la cama que no puedes apartarte de él?!

—¿Por qué dice eso? —repuso la chica, encendiendo un cigarrillo con manos temblorosas.

—Porque es el único motivo que puedes tener para aguantar que te maltrate. Eres joven, eres rica, tienes familia.

—Pero yo... yo... le quiero.

—¡Pues lo único que puedes querer de él es su cuerpo, porque lo demás...! —replicó Carmen asombrada—. Deberías pensar en dejarle, deberías pensarlo seriamente, si no, cualquier día te veremos en las noticias mientras comemos... ¿Por qué no te compras un vibrador?

 

Lis revoloteaba por la habitación guardando ropa en el armario, enfundada únicamente en una vaporosa bata de seda, sintiendo unos ojos que la seguían en todos sus movimientos y brillaban como los de los animales en plena jungla, cuando Júnior llamó a la puerta y el hombre excitado de la cama comenzó a gruñir.

—Lis..., hoy no tiene disculpa, ya conoce la casa...

—Entra, Júnior —dijo ella con una sonrisa—. ¿Qué pasa, cariño?, ¿tienes miedo?

—No, ya no tengo miedo —contestó el niño sonriendo, mientras Juan se sentaba muy serio y cogía el vaso de agua de la mesilla—. Quiero habar con papá.

Naturalmente, a Juan el agua se le atragantó, y comenzó a toser con fuerza.

—Mami..., ¿nos puedes dejar solos?

—¡Oh, claro, claro! —respondió Lis, que salió precipitadamente.

Júnior se subió a la cama, sujetando su ranita verde con una mano, y se acercó a Juan, que seguía tosiendo, más que nada por la impresión. Se quedó de rodillas a su lado y, tras aproximar la pequeña manita a su espalda, comenzó a darle suaves golpecitos.

—Respira por la nariz, es lo que siempe dice mami.

—¿Qué pasa, Júnior? —preguntó él, concentrando toda su atención en el pequeño que tenía delante.

—Quiero habar contigo.

—¿De qué?

—De lo que ha pasado en el río.

—¡Ah, entiendo! —exclamó Juan, sentándose más derecho—. Sí, yo también quiero hablarte de ello. Verás, lo que has visto esta tarde, la pelea, no ha estado bien. No se debe emplear la violencia para resolver conflictos, es el último recurso, porque la violencia sólo engendra más violencia, y... lo que he hecho no ha estado bien, así que espero que tú no lo hagas. Hoy no he sido un buen ejemplo para ti, lo siento.

El niño le miró torciendo la cabeza, con sus increíbles ojos negros abiertos como platos y sin perderse ni una sola de sus palabras.

—¿Has entendido lo que te he dicho, Júnior?

—Sí, queo que sí.

—¿Quieres preguntarme algo?

—No —respondió negando con la cabeza—. He venido a decirte que estoy muy orgulloso de ti. Mami siempe dice que a los más débiles hay que defenderlos, porque ellos no pueden hacerlo... Y aquella mujer no podía defenderse del monstuo, porque estaba muy faca... Y el niño tampoco..., porque los niños no tenemos fuerza para defendernos... Mami siempe lo dice, que somos seres indefensos... Pero tú los has defendido, porque tú tienes fuerza... y por eso estoy orgulloso de ti y por eso he decidido que a partir de ahora serás mi papá. ¿Quieres... tú quieres ser mi papá?

Jack
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