12
El viaje a Coruña bien podría haber supuesto un auténtico calvario para Lis. La niebla cubría la autopista del Atlántico con su denso manto, pero ella ni se enteró; su mente estaba totalmente ocupada con la escena que había presenciado el día anterior en casa de Juan, y no dejaba siquiera un resquicio para que el miedo se colara. Aun así, Luis Senante la miraba de reojo con preocupación. Se mantuvo callada durante la mayor parte del viaje, contemplando en silencio el paisaje que los rodeaba. Su mente se evadía, buscando soluciones a sus problemas, claro que a ello contribuía en gran medida la extraña habilidad que había desarrollado en el cuartito de dos metros bajo la escalera, y que no había vuelto a utilizar desde su salida de LA CASA: contemplar las cosas desde perspectivas diferentes.
La descubrió la primera noche que pasó allí dentro, donde la habían metido para doblegar su cuerpo; eso al menos fue lo que le dijeron cuando echaron la llave. Y fue aquella primera noche, sentada en la oscuridad y escuchando los sonidos de LA CASA, cuando se dio cuenta de que podían doblegar su cuerpo, pero no su mente. Cerró los ojos con fuerza y apretó los puños, y su mente, la que seguía viva y libre dentro de su cabeza, obedeció sus órdenes al momento. Atravesó la pequeña puerta de madera, caminó hacia la puerta principal, bajó la escalera, corrió por el sendero, se metió en los campos de maíz y recorrió a la carrera los surcos gritando con todas sus fuerzas, sintiendo el viento, oliendo el aroma de la noche, contemplando el brillo de las estrellas. Al amanecer dio por concluido su paseo y regresó a LA CASA, la miró de frente, caminó a su alrededor hasta llegar a la pocilga de los cerdos. Todo estaba en silencio, pero un poco más allá, en el granero, la luz del pequeño ventanuco atrajo sus pasos. Cogió una caja del suelo, se subió en ella y entonces vio... lo que pasaba dentro.
Lis repitió sus escapadas nocturnas todas y cada una de las noches que estuvo allí dentro, pero nunca volvió al granero. Desarrolló así la habilidad de ver las cosas desde diferentes puntos de vista, desde distintas ópticas, desde ángulos contrapuestos. La escena que había visto en casa de Juan se recreó de nuevo en su mente y, como si de un auténtico director de cine se tratase, la observó detenidamente, fotograma a fotograma, hasta que, al final, y como una cámara que gira, Lis giró así alrededor de ellos, observando sus caras, mirando sus gestos. No podía haber pareja más perfecta que aquélla: él, tan moreno y tan varonil; ella, tan rubia y tan princesa. Y mientras los observaba en silencio, su mente se preguntaba de nuevo: «¿Por qué un hombre como él desprecia a una mujer como ella?».
—Lis... Lis... —repitió Luis Senante, mirándola preocupado—. Ya hemos llegado. ¿Estás bien?
—¡Oh, sí, sí, perdona, estaba distraída!
La Editorial Sorolla era tal como el agente se la había descrito, igual que su director, quien no podía tener más pinta del Opus Dei de la que tenía. Pero Luis tenía razón, detrás de aquellas gafas de montura dorada brillaban los ojos de la ambición. Y mientras la sensación de irrealidad invadía su mente sin que Lis se lo pidiera, y su agente la miraba de reojo preocupado, ella le dejó llevar las riendas de la negociación con total confianza. Claro que a ello contribuían, y mucho, los años de experiencia en el mundo editorial del señor Senante, lo cual era total garantía, por no hablar de la honestidad que veía en sus ojos, que le decían que velaría por sus intereses en todo momento.
En un restaurante del paseo marítimo, Lis se permitió volver a la realidad y disfrutar del precioso paisaje, de la deliciosa comida y de la estupenda compañía de Luis, quien amenizó la sobremesa con innumerables anécdotas que le habían sucedido a lo largo de sus muchos años, haciéndola reír y relajarse por fin, hasta que el teléfono le recordó que había ciertos temas que tenía que resolver.
—¿Problemas? —le preguntó Luis, pidiendo otros cafés mientras el aire del mar se les colaba dentro.
—¿Por qué los hombres tenéis el gen de la dominación tan arraigado, Luis? —le planteó ella, mirando su teléfono con desagrado y provocando que el señor Senante estallase en carcajadas—. Nosotras no lo tenemos. ¿Lo habremos perdido por el camino de la evolución?
Luis Senante la dejó en la puerta de su casa, pero el dolor de cabeza que había comenzado en el viaje de regreso a Santiago continuaba. Viendo la inmediatez de la noche que se avecinaba, Lis dirigió sus pasos hacia el parque, esperando que el aire frío del anochecer le aclarase las ideas y ahuyentase sus demonios. Las palabras de Carlos volvieron a su memoria, estremeciéndola:
—¿Has tenido pesadillas sobre el accidente?
—No.
—Pues las tendrás. A todo el mundo le pasa, antes o después las tendrás. Deberías pensar en pedir cita en el psicólogo. La ayuda de un profesional te vendrá bien cuando ocurra.
—No, no quiero ver a ningún psicólogo.
—Hazme caso, te vendrá bien.
—No, ni hablar, no quiero.
Sólo de pensar que tendría que volver a casa a dormir, la desesperación tomó el mando de su cuerpo, y las lágrimas comenzaron a salir por sus ojos incansablemente. Se sentó en un banco y se abrazó las rodillas, dejándolas salir con libertad. El sol se escondió tras los árboles y el frío comenzó a metérsele en los huesos haciéndola estremecer, cuando... alguien se paró ante ella.
—Lis, ¿te encuentras bien?
—¡Pedro! Sí, sí, estoy bien.
—¿Qué haces aquí sola? Jack ha estado todo el día llamándote, está preocupado —dijo él, sentándose a su lado.
—He estado... he estado en Coruña —contestó ella limpiándose las lágrimas, que no dejaban de salir.
—¿Qué pasa, Lis? ¿Por qué no le coges el teléfono? ¿Es por lo de ayer? —Ella asintió lentamente—. A veces... hay que levantar la voz para que a uno lo escuchen, algunas personas son duras de oído.
—No por gritar más se tiene más razón, Pedro, y si ella no quiere entenderlo, no sirve de nada gritarle... ¿Le ocurre a menudo?
—A ella, sí, siempre —respondió Pedro, provocándole una sonrisa—. Pero en Jack no es habitual ese comportamiento. Él es impulsivo, siempre lo ha sido, y muy temperamental, pero ayer... explotó. Y yo no se lo recrimino, la verdad. ¿Te asustaste?
—Sí, nunca le había visto así y... me dio miedo.
—Tengo que reconocer que somos bastante brutos, pero comprende que nos enfrentamos cada día a situaciones difíciles, no podemos andarnos con contemplaciones. Cuando llegamos a un siniestro, hay de todo menos silencio, y tenemos que gritar para poder oírnos. Y lo de los tacos..., bueno, qué puedo decir, somos un poco brutos, pero creo que lo hacemos para canalizar la rabia y el miedo, porque nosotros también sentimos miedo, aunque no lo demostremos.
—No sólo me dio miedo su voz, Pedro, también su cuerpo.
—Verás, Lis..., en nuestro trabajo la fuerza física es fundamental, y a veces no la controlamos como deberíamos. Estamos acostumbrados a sacarla cuando la situación se pone difícil, y a veces... se nos va un poco de las manos y no somos conscientes de ella.
—Yo... no quiero vivir con miedo, Pedro. No quiero pasarme el día mirando de reojo un volcán, temiendo que entre en erupción en cualquier momento. No quiero.
—Entiendo.
—Viví en un sitio donde los gritos, los insultos y los golpes eran lo habitual; lo extraño era lo contrario, el sosiego. Desde entonces, lo busco con uñas y dientes, y ahora que lo he encontrado no quiero perderlo. Yo... no permitiré que ningún hombre vuelva a atemorizarme nunca más.
—¿Temes que Jack sea... violento?
Lis asintió con firmeza con la cabeza, mientras las lágrimas se secaban en sus ojos. Poner en palabras sus miedos había conseguido serenar su alma.
—Yo... nunca he sabido que Jack haya sido violento con ninguna mujer —prosiguió Pedro—, y lo conozco desde hace diez años, así que podría decirte que en ese sentido puedes estar tranquila. —Se levantó lentamente—. Bueno, me voy, y tú deberías hacer lo mismo, empieza a hacer mucho frío.
—Pedro —dijo Lis, levantándose despacio también—, vosotros... veis cosas terribles cada día. ¿Cómo hacéis para superarlas?
—¿Quién dice que las superamos? —contestó él con una sonrisa—. Aprendemos a vivir con ellas. ¿Qué pasa?, has empezado a tener pesadillas, ¿eh?
—¿Cómo lo sabes?
—Porque siempre ocurre. En mi primera salida, me tocó el incendio más monstruoso que te puedas imaginar. Tuve pesadillas durante un mes. Ninguno de los incendios que vinieron a continuación durante ese mes fueron capaces de hacerlas desaparecer, me despertaba gritando cada noche... No puedo darte ningún consejo para que desaparezcan, porque no conozco el remedio. Supongo que es... una simple cuestión de tiempo.
—Sí, supongo que sí, gracias, Pedro —respondió Lis, apretando la chaqueta contra su cuerpo.
—¡Oh, Dios, estás temblando! —exclamó él, frotándole los brazos.
—¿Sabes, Pedro? Tienes razón: no controláis vuestra fuerza. —Él abrió los ojos—. Ya no tengo frío, pero te aseguro que mañana tendré moretones.
Lis entró en casa tiritando y se fue directa a la ducha; necesitaba urgentemente una muy caliente. Subió la calefacción al máximo y preparó una cafetera grande. Se sentó ante el ordenador y, mientras sus ojos reclamaban unas horas de sueño, su mente se negaba a dejarse arrastrar hasta los brazos de Morfeo. No quería dormir, no quería soñar, no quería sufrir. Hasta que, a las tres de la madrugada, su móvil comenzó a sonar.
—¿Por qué estás levantada, Lis?, ¿te encuentras mal?
—¿Y tú cómo lo sabes?, ¿me vigilas? —El resoplido al otro lado se lo confirmó—. No tengo sueño.
—No me mientas. —Se quedaron callados—. ¿Cuándo empezarás a confiar en mí, Lis? ¿Por qué no lo haces?
—Porque no puedo.
—¿Por qué?
Ella apretó el teléfono y respiró profundamente. No tenerlo delante, no estar bajo el influjo de sus ojos y no sentir la energía que emanaba de su cuerpo era todo lo que necesitaba para abrir la boca y dejar salir por ella todo cuanto atenazaba su alma. Y fue así, parapetándose tras el impersonal teléfono, como dejó que las palabras retenidas saliesen en tromba.
—¡Porque no entiendo que quieras estar conmigo! ¿Qué pasa?, ¿te gustan las gordas? —Su risa al otro lado la espoleó—. ¡No te rías, esto es muy serio! Tú... puedes tener a la mujer que quieras, así que me pregunto: ¿por qué conmigo? ¿Soy acaso un entretenimiento con el que pasar el rato? ¿Soy una novedad en tu vida de la que te cansarás pronto? ¿Acaso te estás riendo de mí? ¡Son muchas las preguntas, Juan, y no tengo respuestas!
—Quiero estar contigo porque me gustas tú, independientemente de que estés gorda o delgada. No quiero a otra mujer, porque te quiero a ti, y no eres un entretenimiento para mí, sí una novedad, por supuesto, pero no un entretenimiento, y yo... yo nunca me reiría de ti, te respeto demasiado para hacerlo. —Lis tragó saliva, aquello no se lo esperaba—. ¿Necesitas alguna respuesta más, cariño?
—¡Pues sí! ¿Qué pasa con tu carácter?
—¿Mi carácter?
—¡Sí, Juan, tu carácter, tu colérico carácter! Eres un volcán al que he visto entrar en erupción ante mis ojos, y yo... yo... yo no quiero a mi lado un arma de destrucción masiva, por la sencilla razón de que valoro mi vida. —La risa al otro lado le arrancó una sonrisa—. Las palabras pueden hacer reír, Juan, pero también pueden dañar, no te imaginas cuánto.
—¿Podemos hablarlo en persona, Lis?, ¿puedo ir a tu casa?
—¡No! —El corazón le dio un vuelco. Una cosa era tenerlo al otro lado del hilo telefónico y otra muy distinta cara a cara. Sólo de pensarlo, las piernas empezaron a temblarle—. ¡No quiero seguir hablando de esto, ya te he dicho lo que tenía que decirte y...!
—¡Voy para allá!
La noche que había pasado en vela, los litros de café ingeridos, tener aquel cuerpo escultural ante ella, y aquellos ojos que la miraban con todo el brillo de las estrellas dentro fue sencillamente demasiado para Lis. Toda la fuerza que había mostrado al teléfono se evaporó como por arte de magia tan pronto como Juan entró por la puerta. Buscó refugio en la cocina, donde él la encontró con la cafetera en las manos temblorosas.
—Tú no eres un capricho para mí, Lis, no lo eres, cielo —dijo, rodeándole la cintura y hundiendo la cara en su cuello—. ¡Oh, nena, pero si estás temblando! No puedes pasar la noche en vela, tomando café.
—¿Por qué no?
—Porque no es bueno para ti —contestó él con una pequeña sonrisa, quitándole la cafetera de las manos—. Pero si estás que te caes de sueño. ¿Por qué no quieres dormir?
—Pedro te lo ha contado, ¿verdad? —preguntó ella frotándose la cara—. Y luego dicen que los hombres no sois cotillas.
—Estaba preocupado, y yo también —repuso Juan, acariciándole lentamente la espalda.
—¿Por eso vigilabas mi ventana?
—Tienes que dormir, Lis, deja que me quede contigo esta noche.
—No hace falta..., estoy bien.
—No, no estás bien, deja que me quede.
—Juan..., yo...
—A dormir, sólo a dormir. Te doy mi palabra. Confía un poco en mí, aunque sólo sea un poco, por favor.
La tomó de la mano, apagó las luces y la llevó a la cama. Se acostó a su lado, abrazándola fuerte y sintiendo cómo se quedaba dormida al momento.
Otra vez estoy en la jaula de hierro, los barrotes que aprietan mi cuerpo están fríos, pero el aire está muy caliente y huele a humo... Quiero respirar, pero no puedo, intento salir de entre los hierros, pero mi espalda no se mueve, parece que esté pegada al suelo... Estiro la cabeza para poder respirar aire limpio, pero no lo hay... Me escuecen los ojos y no puedo abrirlos y no se oye nada, sólo el silencio, y ese silencio resulta tan atronador en mi cabeza que creo que me va a explotar, y... grito..., grito con todas mis fuerzas..., grito..., necesito que alguien me ayude..., que alguien me saque de aquí..., no puedo respirar..., no puedo abrir los ojos..., ayúdame..., ayúdame..., ayúdame...
—Despierta, Lis, despierta —dijo Juan dulcemente, acariciándole las mejillas—. Es una pesadilla, cariño, tranquila, tranquila.
—¡Oh, Juan..., esto..., yo... no puedo soportarlo, Juan, no puedo, no puedo!
—Pasará, te lo aseguro, sólo es cuestión de tiempo. Tienes que darle tiempo a tu alma para que lo asimile y se serene, nada más; es cuestión de tiempo.
La dulzura de su voz rompió todas sus defensas. Lis se lanzó a sus brazos, que la acogieron con fuerza, y hundió la cara en su cuello. El roce de su barba despertó su deseo al momento, excitando sus terminaciones nerviosas y guiando sus labios, que dejaron un reguero de besos sobre su cuello, mientras sentía el latido de su corazón contra su pecho.
—Cariño... —le susurró él—, te he prometido que me quedaría sólo a dormir..., no quiero faltar a mi palabra. —Pero ella no le escuchaba, sus manos habían tomado el mando y lentamente acariciaban su espalda—. Lis..., nena..., si sigues acariciándome así, yo...
—¡Lo siento, Juan, lo siento! —exclamó ella, apartándose con la respiración descontrolada y los ojos muy brillantes—. ¡Yo... me he dejado llevar..., lo siento!
—No, no lo sientas —repuso él, tomando su cara en la mano y mirándola con ardor—. Yo también te deseo, Lis, no te imaginas cuánto, y quiero hacer el amor contigo... Pero sólo si estás segura, mi vida.
—Sí, Juan, estoy segura —afirmó muy seria.
—Pero... ¿estás completamente segura? —preguntó él con una sonrisa—. No me gustaría que mañana me echases en cara que no cumplí mi promesa.
—No, Juan, no lo haré... Yo... te libero de tu promesa.
—Está bien —rio él—. Ahora vengo.
Volvió con un condón, que dejó sobre la mesilla, y se metió bajo las sábanas, mirando aquellos ojos que le llamaban, que le buscaban, que le deseaban.
—Lis, cariño..., yo... no quiero que...
—Sí, Juan, estoy segura, estoy segura —dijo ella, besando lentamente sus labios mientras sus manos dejaban caricias sobre su cara.
—A lo mejor aún es pronto... Yo... no querría hacerte daño y...
—Juan..., Juan... —Le besó—. Me gustan tus labios, Juan..., me gustan tus labios...
Él cerró los ojos y todo el deseo contenido apareció de golpe en su cuerpo, excitándolo como no se había excitado nunca. Se perdió en su boca, que le recibió con un gemido de placer, y recorrió su cuerpo con lentas caricias que la hicieron estremecer. Le quitó el camisón e hizo suyos sus pechos, chupando sus pezones y haciéndola perder todo rastro de cordura, haciéndola gemir sin control, mientras su cuerpo se arqueaba buscándole.
Juan se perdió en él, se perdió en su piel, se perdió en su aroma, se perdió en su boca, se perdió en sus manos, se perdió en sus gemidos, que le transportaron a un lugar conocido de su infancia, al sonido del mar sobre la arena, y sobre su cuerpo sintió que navegaba sobre las olas, las olas del placer. Enredó las manos en su pelo, pegando su erección a su vientre, invadiendo su boca y recorriéndola lentamente, sintiéndola caliente, suave, entregada.
—¡Oh, Lis, Lis..., no puedo esperar más, cariño..., no puedo!
Cogió el condón y abrió el envoltorio con los dientes, mirando el brillo de sus ojos color chocolate. Se lo puso deprisa acercando su miembro a la entrada de su cuerpo para sumergirse en él mordiendo suavemente sus labios. Lis apretó los dientes al sentir aquella invasión tan desconocida, pero en el último avance no pudo evitar que su boca se abriese, dejando escapar un gemido de dolor.
—¡Ahhh!
—¡Oh, Dios, te he hecho daño! —Juan se detuvo, mirándola preocupado—. Yo... lo siento, cielo, quizá aún es demasiado pronto y...
—No, Juan, no... Estoy bien..., no te apartes, por favor. —Una pequeña sonrisa apareció en su boca—. Ven, ven, no te apartes de mí ahora, por favor, ahora no, ahora no...
Tomó su cara con dulzura entre las manos y besó sus labios, saboreándolos lentamente, relajándose bajo su cuerpo, hasta que se acopló a él y un calor desconocido comenzó a surgir en su vientre mientras Juan entraba y salía de ella despacio, muy despacio, besándola, tomándola con deseo, recibiendo embelesado los gemidos que salían por su boca.
—¡Oh, Lis, cuánto he deseado que llegara este momento! —susurró en su boca—. Eres deliciosa, mi vida, deliciosa, más que el chocolate.
La risa que se formó en el pecho de Lis subió hasta su boca y se mezcló con la de Juan. Sus lenguas se acariciaron lentamente, mientras los gemidos iban de un cuerpo a otro, atravesando fronteras hasta entonces no conocidas, convirtiéndose en uno solo, en un solo cuerpo, en un solo placer.
—¡Oh, Juan..., Juan...! —gimió ella, sintiendo que el calor que nacía en su vientre estaba a punto de estallar, a punto de convertirse en fuego que todo lo llenaba, que todo lo invadía, que todo lo tomaba.
—Sí, cariño, sí —susurró él, moviéndose más y más adentro.
La explosión de placer que invadió su vientre llegó a cada célula de su cuerpo haciéndola estremecer, cerró los ojos y se convulsionó, dejando que el orgasmo la atravesara, y dejando salir por su boca los gemidos más deliciosos que Juan hubiese oído nunca. La sintió estallar bajo su cuerpo, mirándola con dulzura, hasta que no pudo más y se fue con ella.
Sus respiraciones tardaron en recuperar el ritmo, pero los besos y las caricias siguieron sobre su piel, sobre sus cuerpos. La boca de Juan recorrió cada centímetro de su cara, sintiendo su tersura, sintiendo su calor, saboreando los labios hinchados por los besos, recreándose en los ojos que le habían robado el alma, el sueño y hasta la vida.
—Lis..., yo... Hacer el amor contigo es maravilloso, mi vida, maravilloso... Ha merecido la pena esperar... ¡Oh, Dios, eres deliciosa!... ¿Estás llorando? ¿Por qué, por qué lloras? ¿No estás bien?
—Sí, Juan, estoy bien, por eso lloro. —Sonrió, acariciándole la cara—. Porque es maravilloso después de sentir tanto dolor, poder sentir tanto placer.
Él salió de su cuerpo un buen rato después, tras haber dejado sobre su piel millones de besos y caricias. Se quitó el condón, le hizo un nudo y lo dejó caer al suelo y se tendió a su lado abrazándola. Y así, abrazados, se quedaron dormidos, sin pesadillas que viniesen a atormentar sus sueños, hasta que, de madrugada, Juan se despertó y fue al baño. Y fue allí, bajo la luz del fluorescente, donde vio las manchas en su vientre. Frunció el ceño, se miró al espejo y entonces la realidad se mostró ante él con total claridad.
—¡No puede ser! ¡No puede ser! —exclamó asombrado. Entró en la habitación con el corazón descontrolado y recogió el condón del suelo. La luz del baño se lo confirmó—. ¡Joder! ¡Joder! ¡Joder!
Tiró el condón a la papelera y volvió a la cama. Al apartar las sábanas, los primeros rayos del sol del amanecer que se colaban por la ventana se lo corroboraron una vez más en forma de manchas. Se tendió junto a Lis y la miró. Estaba preciosa, con el pelo revuelto y los labios entreabiertos, y esas pestañas que parecían no tener fin. Miró aquel cuerpo que se le había entregado y se excitó al instante. Se abrazó a ella, apretándola contra sí, sintiendo cómo se despertaba entre sus brazos, cómo sus ojos se abrían lentamente, cómo su boca le regalaba una sonrisa, mientras la contemplaba muy serio.
—¿Por qué no me lo dijiste, cariño? —preguntó con voz muy ronca, acariciándole la mejilla.
—¿El qué?
—Que no lo habías hecho nunca.
—No es importante, Juan.
—Deberías habérmelo dicho, Lis, yo... lo habría hecho de otra forma, no te habría hecho tanto daño.
—Me gusta cómo lo hiciste, Juan —dijo besándole.
—Pero te hice daño, mi vida, y eso no me gusta..., no me gusta, no me siento bien. Me habría gustado saberlo, Lis, deberías habérmelo dicho. ¡Te hice daño, te hice daño..., oh, no sabes cómo lo siento!
La tomó entre sus brazos con ansias renovadas. El deseo se mezcló con la posesión, y el hambre que siempre había tenido de ella se multiplicó por mil. Su lengua entró en su boca, despertándola, sus manos exploraron su cuerpo en lentas caricias, encendiéndola. Recorrió sus pechos, acarició su cintura, se recreó en su vientre y se perdió entre sus piernas. Acarició su sexo, haciéndola vibrar, haciéndola estremecer, y cuando comenzó a masajear su clítoris, Lis creyó que estallaría en cualquier momento. Gimió sin control, sus ojos le miraban tan brillantes como estrellas. Separó las piernas y las súplicas salieron por su boca.
—Juan..., por favor..., ven...
—Espera... —le susurró él entre beso y beso—. Ahora lo haremos bien, nena, ahora no te haré daño —dijo, tomando su boca, mientras su mano seguía y seguía sobre su sexo, hasta que Lis estalló en un orgasmo intenso que la hizo estirar el cuello.
—¡Oh, Juan..., Juan...! —gimió mientras el placer la atravesaba en su totalidad, dejándola rendida entre sus brazos.
—Ahora sí, cariño, ahora sí —murmuró apretándola contra su cuello mientras su mano recorría su sexo empapado—. Ahora no te dolerá, mi vida, sólo sentirás placer, sólo placer.
Se tendió sobre ella y entró muy lentamente en su cuerpo, sintiendo cómo le recibía, cómo se entregaba, cómo se abría para él.
—¡Oh, Juan! —Una sonrisa iluminó su cara—. Sí..., sí...
—Sí, cariño, sí —dijo él, acariciándo sus mejillas—. Así es como debería haber sido, sólo placer, sólo placer.
—Yo... a partir de ahora confiaré más en ti, Juan..., te lo prometo.