43

 

 

 

«¡María y Sebastián! ¡María y Sebastián! ¡María y Sebastián! ¡María y Sebastián!»

Lis boqueaba como un pez, mientras recorría los caminos del parque, con la frase martilleando su mente una vez tras otra, una vez tras otra, una vez tras otra. Ni se le había ocurrido pensar que aquello podía volver a pasar... «Será tu palabra contra la mía, nadie te creerá, tu credibilidad está por los suelos.» Las palabras de Sebastián atormentaban su cabeza, inundándola por dentro como el viento la azotaba por fuera. Sintió cómo las gotas de sudor resbalaban por su espalda lentamente, mientras en su mente se producía la más terrible de las tormentas.

«Tu palabra contra la mía... Tu palabra contra la mía... Tu palabra contra la mía.»

La habían violado y no había dicho nada. ¿Y si todas las mujeres hiciesen lo mismo que había hecho ella? Los violadores camparían a sus anchas, poblarían la Tierra sin que nadie les pusiese freno. Entonces, una frase llegó a su memoria, una frase que había salido de la boca de él: «No me gusta hacerlo cuando estáis inconscientes, es como follar con una muñeca hinchable...». Ella no había sido la primera, había habido otras, otras que tampoco lo habían denunciado, otras a quienes seguramente también les había dicho «Tu palabra contra la mía».

Se sentó en un banco y encendió un cigarrillo con dedos temblorosos. Aquello no se había terminado, aquel hombre no pararía hasta que alguien le detuviese. Sebastián era una bomba de relojería, un peligro latente que seguía caminando por las calles con total libertad, un lobo con piel de cordero que acechaba a sus posibles presas hasta encontrarlas desvalidas y solas, para abalanzarse sobre ellas. Y ahora María estaba en su punto de mira y, si nadie le detenía, tras ella llegarían otras...

No le costó tomar la decisión, porque sabía lo que tenía que hacer, pero levantarse de aquel banco y encaminar sus pasos hacia la comisaría fue uno de los esfuerzos más titánicos que Lis tuvo que hacer en su vida. Sentía las piernas como yunques de hierro, cada paso que daba le costaba la misma vida, y a cada metro que avanzaba, las lágrimas salían y salían.

 

 

Sin embargo, cuando vio al otro lado de la mesa a la mujer policía, sus piernas dejaron de ser yunques y se convirtieron en mantequilla.

—Pero... ¿qué haces aquí? —preguntó la agente, con ojos desorbitados, al levantar la vista de la pantalla del ordenador y verla ante ella.

—He venido... a presentar una denuncia —dijo, sentándose lentamente en la silla.

—¿Es una broma? —contestó la mujer frunciendo el ceño.

—Quiero presentar una denuncia... por violación. —La agente tragó saliva, mientras las lágrimas de Lis volvían a inundar sus ojos—. Hace cuatro semanas..., en el hotel Las Siete Torres, en Madrid..., un hombre entró en mi habitación y me violó...

—¿No lo denunciaste entonces?

—No...

—¿Hubo algún testigo?

—No...

—¿Te vio alguien cuando él se fue?, ¿servicio de limpieza, recepcionistas..., alguien?

—No...

—¿Te pegó, te dejó algún moretón, algún corte?, ¿te hiciste fotos?

—No...

—¿Se lo contaste a alguien?... ¿Tu pareja, Jack, lo sabe?

Lis negó lentamente con la cabeza.

—¿Qué parte de la palabra «no» te cuesta entender? No lo denuncié, era mi palabra contra la suya, mi palabra contra la suya... Lo único que hice fue meterme bajo la ducha..., fue lo único que hice..., lo único que hice... —Se levantó, dispuesta a marcharse.

—Espera, no te vayas —dijo la mujer policía, levantándose a su vez—. Vayamos a una sala, allí podremos hablar.

En una pequeña sala de interrogatorios, y ante unos cafés, Lis le abrió su corazón.

—No lo denuncié entonces y no tengo pruebas de lo que pasó. No puedo demostrarlo, será mi palabra contra la suya. Ésa fue exactamente la frase que me dijo cuando me desató: «Será tu palabra contra la mía». Pero ahora... no puedo seguir callada. Anda detrás de una chica de la agencia, y yo... temo que le pase lo mismo. Sebastián es un lobo con piel de cordero, en su caso el refrán se cumple al pie de la letra. Su fachada es pura mentira, te hace creer que es tu amigo, se gana tu confianza, y cuando te ha atrapado en su red, se transforma. Cuando bajas la guardia, ataca como una alimaña y no tienes tiempo de reaccionar. Yo no lo tuve, ni siquiera le vi venir. No puedo quedarme callada viendo cómo vuelve a ocurrir.

—Bien, te diré lo que vamos a hacer. Primero tramitaremos la denuncia, los compañeros de delitos sexuales se encargarán del caso... La ropa que llevabas ese día, ¿aún la tienes? —Lis asintió lentamente—. Siempre quedan pruebas. Se creen muy listos, pero siempre dejan rastro... Sobre esa chica..., no podemos alertarla de manera oficial, pero sí extraoficialmente, a título personal. Te acompañaré, si quieres.

—¿Lo... lo harías?

—Sí.

—¿Cómo te llamas?

—Margarita.

—¿Es... es tu nombre... verdadero?

 

 

Tras hablar con María, que las miró como si se hubiesen bajado de un platillo volante, la mujer policía acompañó a Lis a casa. Ella se subió al altillo del armario y apartó una manta. Al fondo estaba la bolsa roja, tal como la había guardado. La cogió como si dentro hubiese una serpiente, la metió dentro de otra bolsa y se la entregó. La agente salió por la puerta en el mismo momento en que Juan llegaba.

 

 

—¿A qué ha venido, Lis? —preguntó él tan pronto como cerró la puerta—. ¿Qué pasa?

—Nada, Juan, no pasa nada... ¿Quieres un café?

Lis se refugió en la cocina. Cuando volvió con la cafetera en las manos, le encontró mirando concentrado la pantalla del ordenador.

—¡Oh, siempre me olvido de apagarlo!

—¡Cualquier día va a petar, nena!

—Juan, no lo leas, aún es pronto.

—¿Estás escribiendo otro libro?

—Sí, bueno, estoy... empezando.

—¿De qué trata?

—Trata... de una mujer muy fuerte y muy débil —respondió ella sentándose en el sofá—. Cuando esté más avanzado, serás el primero en leerlo... Estoy escribiendo la historia de tu madre, Juan.

—¡Pero ¿qué dices?!

—Naturalmente, me ha pedido que cambie todos los nombres, porque no es lo mismo vivir en un pueblo que en una ciudad. Me lo ha explicado tan bien que me habría gustado que la oyeras: no se puede ser más convincente.

—Yo... no creo que quiera leerlo, Lis...

—¡Oh, sí, ya lo creo que lo leerás! No te imaginas la de cosas que no sabes.

—Estás empeñada en que recupere la relación con mi madre —dijo él, mirándola con ternura—. Eres una mujer muy persistente, ¿lo sabías?

—Creo que es una pena que, teniéndola, no la conozcas, no la intentes conocer, comprender y valorar. A mí me gustaría tanto tener a la mía conmigo que... no lo puedo entender.

—¿La echas de menos? —preguntó, sentándose a su lado.

—Sí, Juan, mucho. Me gustaría recordar su cara, pero no puedo, por más que lo intento no consigo recordarla; sólo puedo recordar su olor. Si cierro los ojos aún puedo sentir su perfume..., mi madre siempre olía a lilas.

—¿Cómo murió?

—No lo sé..., nunca lo he sabido... Ellos... desaparecieron.

—¿Ellos? ¿Los dos? ¿Así, sin más?

—Un día se fueron en el coche... y ya no volví a verlos.

—¿Qué dijo la policía?

—No lo sé.

—Pero ¿cuántos años tenías?

—Ocho.

—¿Y nunca has llegado a saber qué les pasó? —Lis negó lentamente con la cabeza—. Te lo preguntas muchas veces, ¿verdad?

—Todos los días, Juan, todos los días.

Dejó la taza sobre la mesa y se acercó a él. Se acurrucó junto a su cuerpo, y así, escuchando el latido de su corazón, se quedó dormida.

Se despertó cuando empezaba a amanecer. Juan no se había movido y estaba despierto, acariciándole la espalda y viendo salir el Sol en el horizonte.

—Lis..., hay algo que quiero decirte —dijo, acariciando su mejilla despacio—. Yo... no me acosté con Carla aquel día, cariño, no lo hice. Si es eso lo que crees que pasó y por eso no puedes perdonarme..., olvídalo, porque no ocurrió. No pasó nada, me fui a casa solo, no estuve con ella.

—Eso ya lo sé, Juan.

—¿Lo sabes?

—Sí, siempre lo he sabido.

—Entonces... lo que dice mi psicólogo es cierto —contestó él, asintiendo—. Necesitas tiempo... Pues te advierto que el ratón de biblioteca dice que la paciencia es mi peor virtud, o mi mayor defecto, que resulta que es lo mismo.

—Sí, eres impaciente —dijo ella con una sonrisa—. Pero eso no me disgusta de ti.

—¿Ah, no?

—No, tus defectos también me gustan, Juan.

—Lis..., yo... necesito saber lo que ocurrió en Madrid... Necesito que me digas por qué, por qué lo hiciste. Lo necesito, nena..., lo necesito...

—Para eso... también necesito tiempo, Juan, lo necesito... Por favor, dámelo...

 

 

—Patricio, estoy desesperado. Lis me pide tiempo y más tiempo y más tiempo..., y yo ya no puedo más. No entiendo por qué se mantiene tan distante de mí, por qué no me deja entrar en su mundo de nuevo... ¡Ya no sé qué hacer!

—Lis es una mujer de principios, Juan, de fuertes principios. La verdad es que yo la admiro profundamente. Después de haber vivido semejante infierno, se ha forjado una personalidad férrea, y en esos casos no es lo habitual. Creo que la traición que vivió por tu parte ha calado profundamente en su corazón y por eso no te lo abre. No puedo recomendarte más que... paciencia.

—No la tengo.

—Sí la tienes, lo que pasa es que prefieres no usarla. Con otras te ha dado resultado, pero ella es distinta. Dime, Juan, ¿qué necesita una herida para curarse?

—No te entiendo.

—Aparte de limpiarla, aplicarle antiséptico, vendarla y todas esas cosas, ¿qué necesita?

—Tiempo.

—Pues ahí lo tienes. Tiempo, ternura, cariño, comprensión. ¿Es que no tienes nada de eso?

—Yo sólo sé una manera de querer, Patricio.

—¡Señor, pero qué primitivo puedes llegar a ser a veces, Jack! No digas tonterías, sabes muchas más formas de querer, pero ésa te resulta la más fácil.

—Bueno, tengo que reconocer que es muy... satisfactoria.

—Las mujeres son muy distintas en lo que al querer se refiere. Les gusta el sexo, por supuesto, como a nosotros, pero les gustan tanto o más otras muestras de afecto.

 

 

Jack volvió al parque de bomberos. La partida de cartas estaba en pleno apogeo, pero el perdedor necesitaba liberar tensiones y, tan pronto como le vio aparecer, le reconoció como la diana perfecta y a por él se fue.

—¡¿Qué Jack?, ¿cómo te va con el loquero?! ¡Joder, si yo tengo que pasar cinco minutos con ese tío, me da algo! ¡No lo soporto, es superior a mí! Con esas gafitas y ese movimiento de los labios..., y esa pajarita que lleva. Pero ¿en qué siglo cree que está?, ¿en la Edad Media?

La sirena frenó las risas, mientras las cartas salían disparadas por el aire. Pero cuando llegaron a los camiones, estaban cerrados. Se quedaron mirándolos sorprendidos, cuando una potente voz a sus espaldas les hizo darse la vuelta.

—Tengo vuestra atención al cien por cien, ¿verdad? —dijo Jack, con las manos sobre las caderas y el ceño fruncido. A su lado estaba Pedro—. Bien, al próximo que vuelva a hacer una gracia sobre Patricio... ¡LE PARTO LA CARA!

Jack
titlepage.xhtml
CR!FY99K1HHPS65BESEBM4SA819SWTR_split_000.html
CR!FY99K1HHPS65BESEBM4SA819SWTR_split_001.html
CR!FY99K1HHPS65BESEBM4SA819SWTR_split_002.html
CR!FY99K1HHPS65BESEBM4SA819SWTR_split_003.html
CR!FY99K1HHPS65BESEBM4SA819SWTR_split_004.html
CR!FY99K1HHPS65BESEBM4SA819SWTR_split_005.html
CR!FY99K1HHPS65BESEBM4SA819SWTR_split_006.html
CR!FY99K1HHPS65BESEBM4SA819SWTR_split_007.html
CR!FY99K1HHPS65BESEBM4SA819SWTR_split_008.html
CR!FY99K1HHPS65BESEBM4SA819SWTR_split_009.html
CR!FY99K1HHPS65BESEBM4SA819SWTR_split_010.html
CR!FY99K1HHPS65BESEBM4SA819SWTR_split_011.html
CR!FY99K1HHPS65BESEBM4SA819SWTR_split_012.html
CR!FY99K1HHPS65BESEBM4SA819SWTR_split_013.html
CR!FY99K1HHPS65BESEBM4SA819SWTR_split_014.html
CR!FY99K1HHPS65BESEBM4SA819SWTR_split_015.html
CR!FY99K1HHPS65BESEBM4SA819SWTR_split_016.html
CR!FY99K1HHPS65BESEBM4SA819SWTR_split_017.html
CR!FY99K1HHPS65BESEBM4SA819SWTR_split_018.html
CR!FY99K1HHPS65BESEBM4SA819SWTR_split_019.html
CR!FY99K1HHPS65BESEBM4SA819SWTR_split_020.html
CR!FY99K1HHPS65BESEBM4SA819SWTR_split_021.html
CR!FY99K1HHPS65BESEBM4SA819SWTR_split_022.html
CR!FY99K1HHPS65BESEBM4SA819SWTR_split_023.html
CR!FY99K1HHPS65BESEBM4SA819SWTR_split_024.html
CR!FY99K1HHPS65BESEBM4SA819SWTR_split_025.html
CR!FY99K1HHPS65BESEBM4SA819SWTR_split_026.html
CR!FY99K1HHPS65BESEBM4SA819SWTR_split_027.html
CR!FY99K1HHPS65BESEBM4SA819SWTR_split_028.html
CR!FY99K1HHPS65BESEBM4SA819SWTR_split_029.html
CR!FY99K1HHPS65BESEBM4SA819SWTR_split_030.html
CR!FY99K1HHPS65BESEBM4SA819SWTR_split_031.html
CR!FY99K1HHPS65BESEBM4SA819SWTR_split_032.html
CR!FY99K1HHPS65BESEBM4SA819SWTR_split_033.html
CR!FY99K1HHPS65BESEBM4SA819SWTR_split_034.html
CR!FY99K1HHPS65BESEBM4SA819SWTR_split_035.html
CR!FY99K1HHPS65BESEBM4SA819SWTR_split_036.html
CR!FY99K1HHPS65BESEBM4SA819SWTR_split_037.html
CR!FY99K1HHPS65BESEBM4SA819SWTR_split_038.html
CR!FY99K1HHPS65BESEBM4SA819SWTR_split_039.html
CR!FY99K1HHPS65BESEBM4SA819SWTR_split_040.html
CR!FY99K1HHPS65BESEBM4SA819SWTR_split_041.html
CR!FY99K1HHPS65BESEBM4SA819SWTR_split_042.html
CR!FY99K1HHPS65BESEBM4SA819SWTR_split_043.html
CR!FY99K1HHPS65BESEBM4SA819SWTR_split_044.html
CR!FY99K1HHPS65BESEBM4SA819SWTR_split_045.html
CR!FY99K1HHPS65BESEBM4SA819SWTR_split_046.html
CR!FY99K1HHPS65BESEBM4SA819SWTR_split_047.html
CR!FY99K1HHPS65BESEBM4SA819SWTR_split_048.html
CR!FY99K1HHPS65BESEBM4SA819SWTR_split_049.html
CR!FY99K1HHPS65BESEBM4SA819SWTR_split_050.html
CR!FY99K1HHPS65BESEBM4SA819SWTR_split_051.html
CR!FY99K1HHPS65BESEBM4SA819SWTR_split_052.html
CR!FY99K1HHPS65BESEBM4SA819SWTR_split_053.html
CR!FY99K1HHPS65BESEBM4SA819SWTR_split_054.html
CR!FY99K1HHPS65BESEBM4SA819SWTR_split_055.html
CR!FY99K1HHPS65BESEBM4SA819SWTR_split_056.html
CR!FY99K1HHPS65BESEBM4SA819SWTR_split_057.html
CR!FY99K1HHPS65BESEBM4SA819SWTR_split_058.html
CR!FY99K1HHPS65BESEBM4SA819SWTR_split_059.html
CR!FY99K1HHPS65BESEBM4SA819SWTR_split_060.html
CR!FY99K1HHPS65BESEBM4SA819SWTR_split_061.html
CR!FY99K1HHPS65BESEBM4SA819SWTR_split_062.html
CR!FY99K1HHPS65BESEBM4SA819SWTR_split_063.html
CR!FY99K1HHPS65BESEBM4SA819SWTR_split_064.html
CR!FY99K1HHPS65BESEBM4SA819SWTR_split_065.html
CR!FY99K1HHPS65BESEBM4SA819SWTR_split_066.html
CR!FY99K1HHPS65BESEBM4SA819SWTR_split_067.html
CR!FY99K1HHPS65BESEBM4SA819SWTR_split_068.html