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Carmen guiaba a Lis por el apasionante mundo de la gastronomía. Esa noche tocaba aprender a hacer lasaña, y aunque la mujer ya se había librado de las escayolas, se mantenía de brazos cruzados, dándole las indicaciones oportunas, porque, como bien decía ella: «Se aprende a hacer las cosas haciéndolas».

—¿Sabes, Carmen?, nunca había preparado lasaña, siempre la he comprado hecha. A veces, las cosas que nos da miedo hacer... no son tan difíciles cuando te pones a ello. El miedo es mayor que la dificultad en sí.

Carmen asintió despacio, mientras la puerta de la calle se abría y por ella entraba Juan, alegremente. A su madre se le formó una divertida sonrisa en los labios.

—¡Qué contento está desde que le has dado la llave, Lis! —le susurró al oído.

—¡Hola, cariño! —dijo Lis riendo—. ¿Te gusta la lasaña?

—¡Pues claro que le gusta! —exclamó Carmen—. Era su plato preferido cuando era pequeño. Si por él fuera, se habría pasado el día comiéndola.

—Sí, es verdad —dijo Juan, abrazando a Lis por la cintura y hundiendo la cara en su cuello—. ¡Caray, qué bien huele!

—¡Oh, Señor! —exclamó Carmen, riendo—. ¡Ha puesto la misma cara que ponía de pequeño, no le ha cambiado lo más mínimo!

Y entonces, en ese instante, ocurrió algo con lo que ninguno de los tres contaba. Probablemente imbuido por los efluvios de la lasaña, Juan esbozó una gran sonrisa y, acercando los labios a la mejilla de su madre, depositó en ella un tierno beso. A Carmen se le congeló la expresión y sus ojos se llenaron de lágrimas, lágrimas que la hicieron refugiarse en el baño a toda velocidad.

—¡Ya está llorando otra vez! —resopló Juan.

—¡No! —contestó Lis, mirándolo ceñuda—. No está llorando otra vez, está emocionada y eso es algo bueno, no tienes por qué criticarlo, ¿me oyes?

—¡Nena, qué guapa te pones cuando te enfadas! —comentó él, besándola con ardor mientras sus manos acariciaban su espalda sin control y se perdían en su trasero. Tanta era la pasión que traía en su cuerpo que no se enteró del regreso de su madre.

—¡Oh, Juan, para, para, tu madre...!

—No os preocupéis por mí, hijos —dijo Carmen, cogiendo una fuente—. Os he oído cada noche desde que estoy aquí, así que ya no me asusto.

Juan la miró asombrado y Lis estalló en carcajadas, lanzándose a sus brazos.

—¡Oh, Carmen, no sabes cuánto me alegro de que estés aquí!

—Sí, bueno..., de eso precisamente quería hablaros después de cenar, Lis. Yo... creo que ya es hora de que me vaya, hija. Vosotros tenéis vuestra vida y yo tengo que seguir con la mía.

El que se refugió entonces en el baño fue Juan, rumiando sus pensamientos, que podían oírse desde la cocina, porque gritaban mucho. Pero una vez se sentó a la mesa y la lasaña comenzó a descender por su tracto digestivo y se aposentó en su estómago, sus defensas fueron aniquiladas por completo.

La estrategia de Carmen surtió efecto, porque aquello había sido toda una estrategia, como bien pensó Lis. Sí, la comida era una buena arma de asalto, qué pena que los grandes estrategas aún no lo supieran.

—Pero no puedes volver allí, mamá.

—Por supuesto que puedo. Aquélla es mi casa y nadie me echará de ella.

—Pero, Carmen —replicó Lis—, ¿por qué no te quedas unos días más? Hasta que estés más fuerte.

—Ya estoy fuerte, Lis, y tengo que agradecértelo especialmente a ti. Espero que no te ofendas, hijo, pero los días que he pasado con ella han sido de los más felices de mi vida. Y por eso quiero darte las gracias, cariño, eres una persona muy fuerte, de las más fuertes que he conocido, y tu fuerza... ¡no sabes cuánto me ha ayudado, hija, no lo sabes bien! Además, hablar contigo ha sido muy relajante para mí. Sí, ésa es la palabra: «relajante». Me ha servido para poner en orden muchos pensamientos que estaban perdidos en mi cabeza y que no sabía qué hacer con ellos. ¡Ojalá te hubiese conocido antes! —dijo acariciándole la mano—. Espero que mi hijo te cuide como te mereces, porque ha tenido mucha suerte de encontrarte, mucha suerte.

—¡Oh, Carmen! —exclamó Lis, abrazándola—. No quiero que te vayas. ¿Quién me acompañará ahora de compras?

 

 

—Juan..., no podemos dejar que se vaya, cariño, aún está débil —dijo Lis desde la cama, mirando concentrada al techo—. Además..., ¿tu padre dónde está?

—Detenido y pendiente de juicio —contestó él, metiéndose bajo las sábanas.

—Pero... ¡Oh, no quiero que se vaya, no quiero!

—Es una mujer adulta, Lis, tiene que tomar sus propias decisiones. —Ella lo miró con el ceño fruncido—. No me interpretes mal, no estoy contento de que se vaya.

—¡Permíteme que lo dude! —dijo ella muy seria, provocándole una carcajada.

—¿Hay algo más que te preocupe, cariño? —preguntó él, acariciándole el estómago y mirándola con ojos brillantes.

—Sí... ¡Caray, Juan, yo pensaba que estos pisos tenían mejor insonorización!

Las carcajadas arreciaron en el cuerpo de Juan, que, tendiéndose sobre ella, la miró divertido. Pero tras las primeras caricias, su risa cesó y se apartó, encendió la luz y la miró muy serio.

—Levántate, vamos al baño —le instó saltando de la cama.

—¿Qué? ¿Por qué? ¿Qué pasa?

—¡Vamos al baño, Lis!

—¡Pero ¿qué pasa?!

Juan apartó las sábanas y, cogiéndola en brazos, la llevó hasta el baño, donde la dejó en el suelo, completamente estupefacta.

—Pero ¿te ha dado un ataque?

—¡Súbete! —ordenó él, señalando la báscula.

—¡¿Quéééé?!

—¡Que te subas a la báscula!

—¡Oh, Juan! —exclamó ella, negando con la cabeza y dándose la vuelta—. ¡No digas tonterías, con lo cansada que estoy!

—¡No! —replicó él, agarrándola y girándola de nuevo—. ¡Súbete ahora mismo!

—¡No me grites, no soy un caniche!

—¡Por favor, cariño! —insistió, acariciándole los brazos y mirándola muy serio—. ¿Te quieres subir a la báscula de una puta vez?

—Pero ¡qué mal hablado eres, Juan!

—¡Por favor!

—¡Mira..., sólo por no oírte, sólo por eso! —dijo ella, levantando un dedo amenazador.

La aguja comenzó a moverse y se quedó quieta antes de lo previsto, provocando que los pares de ojos que la miraban se abriesen asombrados.

—¡Joder! —exclamó Juan.

—¡Ay, Dios! —respondió Lis.

El número que marcaba bien se merecía semejantes exclamaciones. Lis había ingresado en el hospital pesando casi cien kilos, y ahora pesaba setenta. La cara de susto de Juan se topó con la cara sonriente de Lis, que miraba la aguja con alegría.

—¡No te rías, Lis! ¡Has adelgazado casi treinta kilos, y eso es demasiado en tan poco tiempo! —Ella salió del baño sin hacerle caso—. ¡No me dejes con la palabra en la boca! ¿Crees que no me he dado cuenta de que no has probado la lasaña? ¡Pues que sepas que a partir de ahora voy a vigilar todo lo que comas! ¿Me oyes? ¡No me extraña que tengas anemia!

—¿Y tú cómo sabes que tengo anemia?

Lis no pudo seguir investigando, Juan cerró su boca con la suya y la devoró. Toda el hambre que ella no tenía la tenía él.

Jack
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