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El centro Garmendia tenía una gran reputación en la ciudad. Sus responsables trabajaban en lo que conocían y les gustaba, de ahí que pusiesen en su empleo no sólo sus esfuerzos y su tiempo, sino también su alma. Habían abierto dos casas en la ciudad y otras muchas por todo el país. Casas llenas de niños que, salidos del mismo infierno, intentaban curar sus heridas.

La de las afueras, a la que los bomberos se dirigieron aquella tarde, estaba en un lugar idílico, parecía sacada de un cuento infantil, en un maravilloso valle rodeado de montañas y cerca de una cascada. Contaba con todos los adelantos técnicos y con las mejores instalaciones, pero las cosas buenas también se estropean, y en este caso, un simple cortocircuito en las cocinas provocó el devastador incendio.

El fuego ascendió rápidamente, devorándolo todo. Los trabajadores sacaron a los niños al jardín delantero, donde los sanitarios los envolvían en mantas, y allí contemplaron cómo el incendio consumía el edificio. Los bomberos llegaron en el momento en que una mujer salía por la puerta corriendo y gritando con la cara llena de hollín; faltaban dos niños, se habían refugiado en las buhardillas. Los cristales comenzaron a explotar en mil pedazos y el humo empezó a salir por las pequeñas ventanas superiores como si de auténticas chimeneas se tratasen. Entonces, dos cabezas asomaron por una de ellas.

Los bomberos desplegaron sus escaleras, mientras las mangueras rociaban de agua y espuma el enorme caserío, que había dejado de ser escenario infantil para convertirse en una auténtica película de terror. Jack se metió en la cesta elevadora y llegó hasta las buhardillas, donde un niño y una niña asomaban sus cabecitas, intentando respirar entre el humo.

—Tranquilos, ahora os bajamos —les dijo con una sonrisa—. Dame la mano.

—¡No! —contestó el niño—. ¡Ella pimero!

Su pequeño cuerpo se agachó y, tomando a la niña por la cintura, la levantó. Jack la cogió en brazos y la colocó en la cesta, mientras ella no dejaba de llorar.

—Ya está, ahora tú —dijo estirando los brazos hacia el chiquillo.

—¡No puedo!

—¿Por qué?, ¿estás herido? —preguntó Jack, quitándose la bombona de oxígeno.

—¡No, pero no puedo irme sin mi ranita verde..., la he perdido y no la encuento!

—Yo te compraré otra —repuso Jack intentando agarrarlo.

—¡Nooo! —gritó el niño, apartándose y perdiéndose entre el humo.

—¡Pedro, hay un crío dentro que no quiere salir, voy a entrar a por él! ¡Tú quédate aquí muy quieta sin moverte! ¿De acuerdo? —le indicó a la niña. Entró por la pequeña ventana. No se veía nada—. ¿Dónde estás, dónde estás...?

—¡No la encuento! —Unas manitas se agarraron a los pantalones de Jack, y el niño gritó con los ojos inundados de lágrimas—. ¡No la encuento..., no puedo irme sin ella!

—¡Yo te regalaré una, no te preocupes! —contestó él, cogiéndole en brazos.

—¡No..., no hay ota igual, me la dio mi papá! —Jack pisó algo que comenzó a sonar—. ¡Ahí está..., ahí está..., cógela..., cógela!

Jack
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