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Tan pronto como entró en el parque de bomberos aquella mañana, Pedro fue llamado de inmediato al despacho del jefe, cuyo arrugado ceño daba idea de la preocupación que le corroía por dentro.

—Cierra la puerta, quiero hablar contigo. ¿Qué pasa con Jack?

—¿Con Jack? ¿Qué pasa con él?

—No ha venido a trabajar.

—¿No ha venido? Estará enfermo. ¿No ha llamado?

—Sí, ha llamado.

—¿Y?

—Está enfermo.

—¿Y?

—Jack no se ha puesto enfermo nunca, Pedro, y si lo ha estado no lo ha dicho. ¿Qué ha pasado?, ha roto con la chica del accidente, ¿verdad?

—¡Más bien la ha cagado, jefe!

—O sea, que los rumores son ciertos, ¡Jack se ha enamorado!

—¡Hasta las trancas, jefe!

—Bueno, pues al terminar el turno, date una vuelta por su casa..., no vaya a hacer una tontería.

—¡Pero ¿qué dice, jefe?, él no...!

—¡Torres más altas han caído, Pedro, torres más altas han caído! Ya soy viejo y he visto mucho, fíate de mi instinto y pásate por su casa.

No le encontró en casa, sino en el parque de Puentepedriña, sentado en un banco y con la vista clavada en las ventanas de Lis.

—¡Vaya pinta tienes! —dijo Pedro, sentándose a su lado y dándole una palmada en la espalda.

—Gracias, yo también me alegro de verte —contestó Juan, encendiendo un pitillo—. Me ha dejado, Pedro.

—¿Y qué esperabas? ¡Lo que no entiendo es que no te haya arrancado los ojos! ¡Menudo espectáculo disteis, tío, parecía una escena de una peli porno!

—¿Qué voy a hacer, Pedro, qué voy a hacer? —dijo él, pasándose las manos desesperadamente por el pelo revuelto.

—Nada.

—¡No puedo quedarme de brazos cruzados sin hacer nada! ¡No puedo!

—¡Sí, sí puedes! ¡Por supuesto que puedes! ¡Es lo que tienes que hacer, lo único que puedes hacer y lo que vas a hacer! —Pedro encendió un cigarrillo, recostándose en el banco—. Me siento un poco culpable por lo que pasó, lo vi venir y no hice nada por evitarlo. Me pareció que eran cosas vuestras y que no debía intervenir, así que dejé que te escoñaras sin mover un dedo. Pero en vista del cariz que han tomado los acontecimientos..., no dejaré que la cagues más. Así que, a partir de ahora, harás exactamente lo que te diga, y lo que digo es que no hagas nada, porque lo único que conseguirías es cagarla aún más, que no parece posible, pero te aseguro que lo es.

—¡Pedro, yo... no puedo vivir sin ella, no puedo!

—¡Haberlo pensado antes! ¿Cuál es la alternativa, Jack?, ¿obligarla, forzarla, maltratarla...?

—¿Crees que yo sería capaz... de hacer algo así?

—Creo que la quieres de verdad, que estás desesperado y que la desesperación no es buena consejera. No creo que esté en tu naturaleza maltratar a una mujer, pero tú no lo tienes tan claro como yo, ¿me equivoco?

—No, no te equivocas... A veces... tengo dudas, dudas sobre mi propia capacidad de aguante..., sobre mi capacidad para controlar los impulsos.

—Bien, pues llegados a este punto, no nos queda más opción que acudir a nuestro último recurso... Ha llegado el momento de que veas a Patricio.

—¡¿Quéééé?! —exclamó Juan, levantándose del banco—. ¿Te has vuelto loco?

—Ni mucho menos, lo necesitas y para eso está.

—¡Ni hablar, no pienso verlo, lo que me faltaba!

—¡Oh, sí, sí lo verás! —dijo Pedro, mirándole muy serio—. Irás por tu propia voluntad o me veré obligado a hablar muy seriamente con el jefe sobre tu capacidad para trabajar, dadas las circunstancias.

—¡No se te ocurrirá hacer algo así!...

—¡Por supuesto que lo haré, no te quepa ninguna duda!

 

 

Pedro no amenazaba porque sí, y Jack lo sabía, por eso, cuando al día siguiente entró en el parque de bomberos, lo hizo con todos los sentidos alertas, pero cuando vio al jefe saltando de su sillón y lanzándose hacia la puerta, supo que estaba perdido.

—¡Entra, tenemos que hablar!

—He estado enfermo, jefe.

—¡Lo sé, lo sé, tienes mal de amores! No se habla de otra cosa aquí.

—¡Joder! —exclamó él, desplomándose en el sillón—. ¿Hay alguien que aún no lo sepa?

—Pues sí, las chicas de la limpieza ayer tuvieron el día libre, pero se enterarán esta tarde. —Se sentó frente a él—. Escucha, Jack, no eres el primero ni serás el último al que le hayan roto el corazón..., aunque supongo que en tu caso es más difícil de asimilar...

—Pero...

—¡No me interrumpas! —ordenó el jefe, levantando una mano—. ¡No puedes trabajar si no estás al cien por cien! No pondré la vida de otros en tus manos sólo para que tú te sientas mejor, así que, a partir de ahora, y hasta nueva orden, harás trabajo de oficina.

—¡¿Quééééé?!

—¡Lo que oyes! No confío en ti en estas condiciones, no puedes pensar con claridad. Necesito a mis hombres al cien por cien y tú no lo estás. De modo que durante las próximas semanas te ocuparás de los avisos y de aprovisionar los coches. ¡Nada de salidas! —Jack lo miraba con ojos desorbitados—. Y si estás pensando en buscar aliados, ve olvidándote de ello, ya he hablado con los muchachos y no encontrarás ninguno. Los he amenazado con suspensión de empleo y sueldo ipso facto si no acatan la orden. ¡Así están las cosas, Jack, puedes irte!

Se levantó despacio, con el corazón bombeando con fuerza. El jefe apoyó los codos sobre la mesa, mirándole atentamente.

—Jefe... —dijo parándose ante la puerta—, ¿hay algo que yo pueda hacer... para evitar esto?

—Sí, lo hay —contestó entrelazando los dedos ante su cara concentrada—. Si quieres seguir haciendo salidas..., tendrás que ver a Patricio.

—Está bien, jefe, está bien —dijo él meneando la cabeza—. Está bien..., le llamaré y...

—¡No hace falta! —Los ojos de Jack le miraron asombrados—. Tienes tu primera cita con él dentro de diez minutos. —Señaló su reloj—. Y te aconsejo que no le hagas esperar: no soporta la impuntualidad.

 

 

Patricio había llegado al cuerpo, impuesto por «los de arriba». Nadie se explicaba cómo había ocurrido, pero así había sido. Todo comenzó un año antes, tras una agotadora jornada en uno de los incendios más terribles que aquel cuerpo de bomberos había visto nunca, y, tras el cual, todos ellos dieron con sus doloridos huesos en una discoteca de no muy buena reputación y tras salir de ella y ya muy pasados de copas, se vieron envueltos en un altercado que salió en todos los periódicos.

Y fue en una extraña reunión de «los de arriba», celebrada a altas horas de la madrugada, donde se discutió el estado de las cabezas de los mismos, porque sobre el cuerpo no había ninguna duda, y donde se decidió aprobar, a pesar de los recortes que imponía la crisis, una extraña partida presupuestaria para dotar a la cuadrilla de algo que, según ellos, les hacía mucha falta: buen juicio.

Así fue como Patricio llegó al parque de bomberos, provocando con su entrada una auténtica polvareda, y no sólo porque «los de arriba» hubiesen puesto en duda la estabilidad emocional de aquellas cabezas, sino porque su aspecto era una auténtica provocación para los del Club de la Testosterona. Pero tras el paso del primero por su despacho, la amenaza de huelga sobrevoló el parque, y, todos a una, como Fuenteovejuna, amenazaron con ponerse enfermos el mismo día y a la misma hora, si se los obligaba a verle. Al jefe no le quedó más remedio que claudicar, dándoles su palabra de que no tendrían que hacerlo, salvo en caso de fuerza mayor.

Y dado que no había mayor fuerza que la de Jack, hacia su despacho se encaminó aquella aciaga mañana, apretando la mandíbula en un intento por mantener la boca lo más cerrada posible.

 

 

—¿Por qué te han apartado del servicio activo, Jack? —le preguntó Patricio a bocajarro tan pronto como se sentó frente a él, separados únicamente por la gran mesa de caoba.

—No lo sé —dijo él, apretando más la mandíbula.

—¡Empezamos mal, Jack, empezamos mal!

Patricio suspiró profundamente, encendió un cigarrillo y miró concentrado su mesa sin decir nada. Un minuto, un minuto era el tiempo máximo que Jack aguantaba aquellos silencios, y el psicólogo lo comprobó en la primera sesión.

—Mi novia me ha dejado y... el jefe dice que no puede confiar en mí.

—¿Es la primera vez que te deja una mujer?

—Pues... sí.

—Entiendo... ¿Y por qué te ha dejado tu novia?

—¡Porque la he cagado!

—¿Y por qué la has cagado?

—¡Porque los putos genes de mi padre tomaron el mando de mi cuerpo y no pude resistirme a ellos!

—¿Sabes, Jack? Me parece estar oyendo a un niño... He perdido mi trabajo por culpa de mi novia... He perdido a mi novia por culpa de mi padre... ¡Pobrecito niño, todo el mundo tiene la culpa de sus males!

—Pero... ¿qué coño...?

—¿Y tu responsabilidad, Jack? ¿Qué responsabilidad tienes tú en los males que te aquejan? ¿O es que tú no hiciste nada para cagarla? Los genes están ahí, sí, pero nosotros los controlamos, o no los controlamos, o no queremos controlarlos, porque es más fácil echarles la culpa de lo que hacemos. ¿Qué le has hecho a tu novia, Jack?

—Me lie con otra.

—¿Y cómo se enteró?, ¿se lo dijiste, te pilló un mensaje en el móvil, se lo dijeron terceras personas...?

—Me vio.

—¡Vaya, vaya, vaya, te pilló con las manos en la masa!

Una pequeña sonrisa triste apareció en la cara de Jack, mientras sacaba un cigarrillo y lo encendía lentamente, con la vista clavada en el suelo.

—Nunca mejor dicho, Patricio, nunca mejor dicho.

—¿Y por qué te liaste con otra mujer si tienes novia?

—No lo sé.

—Sí, sí lo sabes, tú eres el único que lo sabe, porque tú eres quien lo hizo.

—Yo... no sé lo que me pasó..., había bebido mucho y...

—¡Y el alcohol tiene la culpa de lo que hiciste! ¡Ya van tres culpables de tus actos! ¡Hay que ver cómo se confabula el mundo contra ti, todos en tu contra, todos culpables! Bien, pues hay que seguir tirando del hilo... ¿Por qué bebiste mucho, Jack?

—Lo necesitaba.

—¿Para qué?

—Para evadirme.

—¿De qué?

—De lo que había hecho, Patricio, de lo que había hecho... O, mejor dicho, de lo que no había hecho.

Jack se levantó y, paseando nervioso por el despacho, le contó el desencuentro que había tenido lugar entre ellos. El problema que lo había originado todo y los había distanciado.

—Y una vez más —dijo Patricio meneando la cabeza—, lo que causó vuestro distanciamiento fue una causa ajena a ti. El motivo no es tan importante como tú crees, Jack, lo verdaderamente importante es tu reacción ante el problema... Tu novia te necesitaba, necesitaba tu comprensión, tu apoyo, tu ayuda..., pero tú no se lo diste. ¿Por qué, por qué no se lo diste?

—No lo sé...

—Sí lo sabes. ¿Por qué?

—Porque estaba cabreado.

—¿Por qué?

—¡Porque quiero tener hijos con ella, lo deseo con toda mi alma, deseo formar con ella una familia y...!

—¿Tanto la quieres, Jack?

—¡Ella lo es todo para mí, Patricio, todo! —Se dejó caer en el sofá—. No puedo vivir sin ella, sin su risa, si su olor, sin escuchar el sonido de su voz... No puedo dormir si no la tengo a mi lado, me falta el aire cuando no está... Cuando la oigo cantar en la ducha, me siento ante la puerta para escucharla... No hay nada más hermoso que su voz, nada... Lis tiene lo que siempre he deseado en una mujer, toda la ternura está en su cuerpo, en sus manos, en su boca... No concibo vivir con nadie que no sea ella..., no puedo vivir sin ella.

—Pero ella puede vivir sin ti, porque... te ha dejado.

Cuando Jack abandonó el despacho de Patricio, sintiéndose peor de como había entrado, éste se abalanzó sobre el teléfono.

—Fermín, ¿recuerdas aquella conferencia a la que fuimos en Londres? Sí, la misma. ¿Recuerdas cuando aquel lumbreras tan raro se subió al escenario y dijo que a todos, antes o después, nos llega un caso que parece imposible? Pues el mío acaba de salir por la puerta. Es el mayor neandertal que he visto en mi vida... Sí, Fermín, sí, está buenísimo, es el hombre por antonomasia y es... totalmente hetero.

Jack
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