56
Lis despidió a Carmen en la estación de tren con una gran sensación de tristeza, comprobando una vez más que las despedidas la hundían en la más absoluta de las miserias. Se dijo si debería contrarrestar ese sentimiento visitando el parque de atracciones para adultos, pero la sensación de mareo que sentía dirigió sus pies hacia casa, donde se fue directa al cuarto de baño a vomitar.
¡Treinta y ocho y medio de fiebre y subiendo! Eso era lo que proclamaba el antiguo termómetro de mercurio, del que le costaba desprenderse; los otros no los entendía. Un tazón de café y dos ibuprofenos le bajaron la temperatura a niveles razonables, lo que le permitió visitar al médico, quien le diagnosticó una gripe que en aquellos momentos se estaba convirtiendo en epidemia incontrolable.
Hizo una paradita en la farmacia y volvió a casa con la cara surcada de lágrimas, dejándose llevar por ese «extraño efecto que la fiebre ejerce en algunas personas», como bien le había dicho su vecina Cristina, la novia del ruso. Su encuentro en el ascensor la había relajado enormemente. Saber que no era la única a la que le ocurría aquel extraño hecho tranquilizó sobremanera a Lis, claro que Juan... no lo sabía. Por eso, cuando llegó a casa y no la encontró ante el ordenador o sentada en el sofá con un café en las manos y riendo mientras veía «Sálvame», se sorprendió.
—¡Eh! ¿Qué te pasa? —preguntó al entrar en la habitación y verla acostada y temblando como una hoja—. ¿Qué te pasa, cielo?
—He cogido la gripe, Juan. El médico ha dicho que la epidemia está fuera de control..., y yo también...
—¿Has ido al médico? —dijo él preocupado, mirando sus ojos vidriosos—. ¿Y por qué no me has llamado?
—Estabas trabajando —contestó ella, sin dejar de temblar.
—¿Tienes frío?
—Sí, tengo frío, mucho frío.
—Te traeré una sopa caliente.
Cuando un rato después entró con el tazón de sopa en las manos, la situación había dado un giro radical: los escalofríos habían dado paso a una terrible fiebre que sonrojaba sus mejillas y quemaba su piel, pero lo peor eran las lágrimas, que salían de forma incontrolable.
—¡Dios, estás ardiendo! ¡No llores, mi vida! ¿Por qué lloras? —preguntó Juan, tomándola en sus brazos y apretándola contra su pecho.
—Le prometí al niño que iría hoy a verlo —respondió ella entre lágrimas—. Le he llamado a mediodía y, cuando le he dicho que estaba enferma, se ha echado a llorar.
—Bueno, no te preocupes por eso ahora, se lo explicarán y lo entenderá.
—¡Tiene cuatro años, Juan, no tiene que entenderlo! ¡Le he estado dando largas y está desesperado! ¡Y va... va a dejar de confiar en mí, lo sé..., se enfadará conmigo por no haber ido a verlo!
La obligó a tomarse la sopa, metiéndole las pastillas en la boca mientras las lágrimas seguían saliendo por sus ojos vidriosos, que le miraban suplicantes.
—¿Por qué tienes que ser tan cabezota, Juan, por qué? ¡Con lo fácil que habría sido tenerle ya aquí! ¡Está tan solo y tan triste!
Se tendió a su lado en la cama, donde pasaron la siguiente hora así, ella llorando y él escuchando. Pero con la llegada de la noche, la fiebre tomó de nuevo el mando y la invadió por completo, comenzando así la que probablemente sería para Juan la peor noche de su vida. Cuando la fiebre rondó los cuarenta grados, Lis comenzó a delirar. Sentía como si estuviese en el interior de un enorme horno que la quemaba por fuera y por dentro. Movía las manos en el aire, buscando el frescor que le faltaba, abría la boca para hablar, pero sin saber lo que decía, y cuando sus ojos conseguían abrirse, lo único que veía con claridad eran los ojos de Juan, que la miraban preocupados.
—El niño está solo..., seguro que está asustado, Juan... ¿Por qué no vas a buscarle...? Tráelo a casa, por favor...
—Le traeremos a casa, mi vida.
—¿Por qué luchas conmigo, Juan, por qué? Yo no soy tu enemiga... Te quiero..., te quiero más que a nadie en el mundo... Eres el centro de mi universo... —Le agarró la mano con fuerza—. Tu mano..., tu mano... puedo sentirla..., estoy entre los hierros y puedo sentirla... Te fuiste pero volviste a mí..., te quedaste conmigo...
Juan besó sus labios suavemente, mientras sus manos dejaban sobre sus mejillas caricias sin fin, intentando secar las lágrimas que salían sin descanso. Fue al baño y regresó con una toalla mojada, lentamente le quitó camisón.
—¡Ay! —gimió ella, al sentirla resbalando por su piel—. ¡Para, para, me haces daño!
—Te sentirás mejor, cariño, confía en mí.
—Confío en ti, Juan..., confío en ti... En nadie confío tanto como en ti..., pero tú aún no lo sabes..., y no entiendo por qué... —Él pasó la toalla por su cuerpo, escuchando el profundo gemido de placer que salía por su boca al notar el frescor del agua—. Me haces sufrir..., te enfrentas a mí siempre..., y yo a veces estoy tan cansada de luchar..., tan cansada..., que tengo miedo de perderte... No quiero hacerte daño, Juan, no quiero... ¿Por qué no estás de mi parte, por qué? ¿Tienes dudas de mí, de mi amor, es eso?
—No, cariño, no tengo ninguna duda.
—Te metes en tu caparazón... como una tortuga... y no me dejas entrar..., no puedo entrar... Yo, que tantas veces quise salir, ahora no puedo entrar. —El llanto estremeció su cuerpo—. Y me desespero..., siento que las fuerzas se me acaban..., no puedo luchar contra ti..., no quiero luchar contra ti... Tú no eres mi enemigo..., eres mi amor..., quiero amarte, no luchar contigo... Estoy tan cansada..., tan cansada..., deja de luchar conmigo, por favor, por favor, por favor...
A las cuatro de la madrugada, Lis abrió los ojos al sentir las gotas que caían sobre su cara. Sentada en el regazo de Juan, bajo la ducha, mientras el agua tibia acariciaba su piel ardiente, extendió la mano y la puso bajo el agua.
—A veces me parece que quieres entregarte a mí, pero de repente... te me escapas como el agua entre los dedos... Tú... tú siempre has tenido mujeres hermosas... ¿Es por eso, Juan?... No soy suficiente para ti...
—No digas eso, mi vida, no es verdad —dijo él, cogiéndole la cara en la mano y mirándola con dulzura.
—Entonces... son mis demonios... Yo intento que no salgan..., lo intento con todas mis fuerzas, te lo aseguro..., pero no puedo evitarlo... Están ahí, agazapados, esperando..., y salen sin que yo quiera, yo no quiero..., pero salen... No sé qué más puedo darte..., me lo pregunto muchas veces... ¿Qué más necesitas para entregarte a mí..., para creer en mí?... ¿Qué más, Juan?... ¿Qué más puedo darte, mi amor?...
—¡Oh, mi vida, calla, no sigas, por favor, no sigas!
Pasó la alcachofa suavemente sobre el cuerpo de Lis, sintiendo cómo se relajaba entre sus brazos, cómo suspiraba de placer al sentir el frescor del agua. Y fue esa entrega que sintió, esos suspiros que salieron de su garganta los que consiguieron lo que parecía imposible, que las últimas piedras del muro, las primeras que fueron colocadas, se desintegrasen por completo, convirtiéndose en roca pulverizada. Juan las sintió estallar dentro de su cuerpo, dentro de su alma, vio los fragmentos desmoronarse del todo, y en su lugar quedó la calma.
—Dime, hijo, ¿está mejor?
—Sí, mamá, mucho mejor. No sabes lo agradecido que te estoy. Estaba tan asustado...
—Sí, la fiebre es lo que tiene, que asusta mucho, lo sé muy bien. De pequeño te subía muchísimo cuando tenías anginas. Meterte en la bañera era la mejor forma de bajarla, me lo dijo el médico muchas veces y siempre dio resultado.
—Yo... no me acuerdo.
—¡Cómo vas a acordarte! Ahora tienes que procurar que beba mucho: agua, zumos, sopa, todo lo que sea líquido le vendrá muy bien. Y dale las medicinas a las horas que ha dicho el médico, no te olvides. ¿Tienes que trabajar?, ¿quieres que vaya yo a cuidarla?
—No, no hace falta. He llamado al trabajo y me han dado unos días, yo la cuidaré. Mamá..., gracias, muchas gracias.
—De nada, hijo, de nada —dijo, colgando el aparato y enjugándose una lágrima.
La segunda llamada no fue tan bien recibida al otro lado del teléfono.
—¿Qué pasa? —preguntó Pedro.
—Nada, no pasa nada, es que necesito que me hagas un favor.
—¿A las siete de la mañana? No estarás en comisaría...
—¡No digas chorradas, Pedro! Tienes que comprarme bebidas en el veinticuatro horas antes de irte a trabajar, es urgente, ya casi no me quedan.
—¿Y se puede saber por qué no vas tú?
—Porque Lis está enferma y no quiero dejarla sola. ¿Es que no me puedes hacer un favor, macho?, ¿cuántos te he hecho yo a ti?
Los gruñidos de Pedro se mezclaron con otra voz y con el sonido del teléfono cambiando de manos.
—¡No le hagas caso, Jack! —intervino Margarita con decisión—. ¡Tiene muy mal despertar, es uno de sus muchos defectos! ¡Dime qué necesitas!
—¡Juan, pero ¿qué haces aquí?! ¿No has ido a trabajar? —preguntó Lis sorprendida al verle entrar en la habitación con una bandeja en las manos.
—He pedido unos días.
—Pero ¿por qué?, ¿por mí? —exclamó sentándose en la cama—. No hace falta, Juan, sólo es una gripe, la he tenido otras veces, puedo quedarme sola.
—No.
—¿Por qué?
—Porque ya no estás sola —respondió él, acercando la taza de café a sus labios.
—Juan..., huele todo muy bien, pero... no me gusta desayunar en la cama...
—¿Prefieres ir al salón?
—¿No... no te importa?
—No, mi vida, claro que no —contestó él, dándole un suave beso en los labios—. Pero ¡ni se te ocurra mirar el ordenador, estás enferma!
Sin embargo, una vez tomado el café y las pastillas, y sintiéndose mucho mejor, Lis se sentó frente al ordenador, diciendo que sólo iba a revisar el correo. Hasta que sus ansias literarias tomaron el mando y comenzó a teclear con ganas. Cuando a mediodía el sonido de sus dedos sobre el teclado cesó, Juan salió de la cocina y la miró preocupado.
—¡Tienes fiebre! —dijo poniéndole la mano en la frente y cogiéndola en brazos. La dejó sobre la cama con cara de asombro, mirando el ratón que colgaba de su mano.
—¡No me has dado tiempo a soltarlo!
Cuando Juan entró en la habitación con la bandeja en las manos, Lis abrió los ojos asombrada. El olor impregnó el aire y llegó hasta sus fosas nasales, que lo recibieron con deleite, aunque un poco atrofiadas. El plato de arroz con pollo tenía de todo: zanahorias, guisantes, cebolla, pimientos... Lis lo miró atónita.
—¡Oh, Señor! ¡Has heredado las dotes culinarias de tu madre y yo sin saberlo! ¡Qué calladito te lo tenías!
—Abre la boca.
—Pues que sepas que, a partir de ahora, pienso aprovecharme de ti. No te vas a librar, te lo aseguro.
—Quiero que a partir de ahora te aproveches de mí en todos los aspectos, mi amor, en todos —dijo él, besando sus labios.
—Juan, para, te vas a contagiar.
—Tranquila, este año me he vacunado. Pedro insistió tanto que, sólo por no oírlo, puse el brazo. ¡No sabes qué agradecido le estoy en este momento!
—Pedro es un buen amigo, has tenido suerte de conocerle. Es difícil tener amigos, yo no los tengo.
—No digas eso, yo soy tu amigo, y Pedro y Marga y María y Patricio y mi madre y Luis..., somos muchos los que te queremos y para quienes eres importante, cariño... Y Júnior, claro.
—Pero Júnior... aún no forma parte de mi vida... ¡Oh, Dios, tengo que llamarlo! —exclamó Lis, echándose hacia el otro lado de la cama—. ¡Estará enfadado porque no voy a verlo!
—¡No, nena, no!
Saltó de la cama con rapidez, aunque, tan pronto como se puso en posición vertical, la habitación comenzó a dar vueltas ante sus ojos. Por fortuna, ahí estaban los brazos de Juan, que la cogieron como si de una pluma se tratara y la devolvieron a la cama, donde la obligó a terminarse la comida antes de llamar a Júnior.
—Está enfadado..., muy enfadado... ¿Sabes qué me ha dicho? —Las lágrimas no paraban de salir—. «¡Mami, la próxima vez que vengas a verme, no te dejaré mi ranita verde!» ¡Le estoy fallando, Juan, le estoy fallando, y no se lo merece, él menos que nadie, no se lo merece!...
—No llores, cariño, no llores.
Lis lloró y durmió, durmió y lloró, hasta que, a media tarde, Juan entró en la habitación con decisión, la levantó de la cama y la llevó al sofá. La tapó con una manta y le puso un café en las manos y dos pastillas en la boca. Acababa de tomárselo cuando el telefonillo comenzó a sonar.
—Es Pedro —le anunció Juan con una sonrisa.
—No le dejes entrar, se va a contagiar.
—Está vacunado, y los que le acompañan también, así que no te preocupes por nada.
—¿Los que le acompañan?, ¿quiénes? ¡No estoy para recibir visitas, Juan!
El timbre comenzó a sonar insistentemente y él abrió la puerta con una sonrisa traviesa en los labios. Al otro lado, en brazos de Margarita, unos enormes ojos negros se iluminaron al verla.
—¡Mami! —exclamó el niño, saltando al suelo y corriendo hacia ella.
—¡Júnior!
En las dos horas que duró la visita, el niño no paró de hablar, haciendo las delicias de Pedro y Margarita, que asistían atónitos a la relación tan incipiente como intensa que se estaba estableciendo entre Lis y aquel pequeño ser que tomaba posesión de ella con toda la intensidad que había en su menudo cuerpo.
—¿Seguro que estás vacunado de la gripe, Júnior? —preguntó Lis preocupada.
—Sí. Me vacunaron y me hicieron muchíííísimo daño, pero mucho mucho. ¿Tú no te vacunaste?
—No, cariño, por eso estoy enferma, pero me pondré bien muy pronto.
—¿Y cuando estés buena podé venir a casa contigo?
—Y conmigo —dijo Juan.
—¿Tú también vives aquí? —Juan asintió, sirviendo los cafés—. ¿Y no puedes vivir en oto sitio?
—Juan vive aquí, Júnior —dijo Lis, acariciando su cara.
—Pero yo no quiero.
—Y ha estado muy ocupado pintando tu habitación —continuó Lis, sin hacer caso de sus protestas—. ¿Quieres verla?
—¿Mi habitación?
—Sí. Ve con Juan, él te la enseñará.
Júnior se bajó de su regazo y se acercó al pasillo, mirándolo con aprensión. Juan le tendió la mano, pero él apretó con fuerza su ranita verde contra su pecho.
—Juan, enciende las luces —dijo Lis.
Encendió las luces y caminó por el pasillo hasta la habitación, abrió la puerta, encendió la luz y entró, quedándose junto a la ventana. Júnior lo pensó, pero la curiosidad ganó la batalla y, con sus delgaditas piernas, caminó por el pasillo hasta llegar al que sería su cuarto.
—¿Te gusta? —dijo Juan desde el otro lado, subiendo la persiana y encendiendo la lámpara de la mesilla.
El niño no cruzó la puerta, sino que se quedó en el quicio, mientras sus ojos recorrían lentamente las paredes pintadas de azul claro, la greca con ranitas que Lis y Carmen habían colocado con esmero, el nórdico azul y blanco, las lámparas azules de las mesillas y las estanterías blancas, vacías. Se dio media vuelta y regresó al salón.
—¿Te ha gustado la habitación, Júnior? —le preguntó Lis.
—Sí, mami, es muy bonita —contestó él, sentándose a su lado, mientras acariciaba su ranita verde.
—Entonces ¿por qué estás triste? —preguntó acariciando su cabeza.
—¿Vas a taer a oto niño a casa, mami?
—No.
—¿Seguro? —insistió, levantando hacia ella los ojos anegados en lágrimas.
—Esa habitación es para ti, Júnior, para nadie más.
—Pero... es que es una habitación muy bonita, mami..., y yo... yo no me la merezco, porque soy malo, soy muy malo. Ellos siempe lo decían, que soy un niño muy malo.
Lis se tapó la boca con la mano para acallar el llanto. Su pecho se estremeció viendo a aquel ser tan indefenso y vulnerable decir semejantes palabras, mientras las suyas se quedaban atrapadas en su garganta, luchando por salir pero sin conseguirlo.
—Tú no eres malo, Júnior —intervino Juan, sentándose en el suelo junto a Lis y acariciando su mano—. Tú no eres un niño malo, los malos eran ellos, ellos sí eran malos y hacían cosas malas, pero tú no eres malo. Y te mereces una habitación bonita y todas las cosas bonitas, porque eres un niño bueno. Nosotros te queremos aquí, queremos que vivas con nosotros y haremos todo lo posible porque seas feliz.
El silencio que se hizo en el salón sólo fue roto por el sonido de la ranita verde que Júnior tenía entre las manos y que apretaba con fuerza a cada momento, hasta que las palabras entraron en su cerebro y se hicieron un sitio en él.
—Pero ¡no me habéis compado ningún libo! —dijo encaramándose de nuevo al regazo de Lis—. ¡Y me gustan los libos, me gustan mucho los libos! Bueno, menos los de monstuos, ésos no los quiero, que me dan miedo. —El teléfono de Lis comenzó a sonar y él pegó la oreja—. ¿Quién es, mami?
—Es Carmen. ¿Quieres hablar con ella?
El niño cogió el teléfono con decisión.
—¡Abu, las llalletas estaban muy ricas! ¿Me enseñarás a hacerlas?
—Pero ¿desde cuándo conoce a mi madre? —preguntó Juan sorprendido.
—¡No es tu made! —replicó Júnior—. ¡Es Abu!
La hora de la despedida llegó y con ella el difícil momento de la separación, un tanto suavizado porque la habitación azul sería para él y sólo para él, una vez que los papiles estuviesen listos.
—¡La burocracia es así! —dijo Pedro, abriendo la puerta.
—¡No me gusta nada esa señora! —exclamó Júnior saliendo en brazos de Margarita—. ¡No me deja venir con mami!
La puerta se cerró y Lis comenzó a llorar, abriendo los brazos para recibir al artífice de semejante milagro, que se lanzó a ellos sin dudar.
—¡Gracias, mi amor, gracias! —exclamó ella, enterrando la cara en su cuello, mientras las lágrimas salían sin ningún control.
—Te ha vuelto a subir la fiebre. ¡A la cama! —Nunca en tan corto trayecto alguien recibió tantos besos—. Cariño..., para, o no respondo.
Por la noche, Juan se acostó a su lado y le tocó la frente: la fiebre había vuelto. Le acarició las mejillas encendidas y la apretó contra su pecho, y entonces, en la oscuridad de la noche, sintiendo el cuerpo caliente sobre el suyo y la respiración haciéndole cosquillas sobre el pecho, Juan desnudó su alma y se entregó por fin a ella.
—Cuando mi padre entraba en mi habitación y sin ningún motivo se liaba a pegarme..., yo llamaba a gritos a mi madre..., pero ella nunca venía. La llamaba desesperado y ella no acudía... Cuando empecé a tener relaciones, siempre llegaba un momento en que me preguntaba si la mujer con la que estaba sería como ella... No podía evitarlo, siempre acababa haciéndome esa pregunta. —Tomó su cara en la mano y le besó los labios lentamente, mirándose en sus ojos color chocolate, que brillaban intensamente—. Lis..., Júnior no podría tener mejor madre que tú, mi vida... Te has peleado con el mundo por tenerle, por cuidarle, por quererle... Te has enfrentado a todo y a todos..., y has tenido que enfrentarte también a mí... Siento haber sido un obstáculo más en tu vida, Lis, lo siento mucho, mi amor, lo siento...
—¡Oh, Juan, Juan! —exclamó ella, tendiéndose sobre su cuerpo—. ¡Tú eres el motor de mi vida! ¡Sin ti yo no estaría aquí! ¡Sin ti yo no sería tan feliz como soy! ¡Todo tiene sentido porque tú estás aquí! ¡Tú eres mi mundo..., mi universo..., mi sol y mi luna..., tú eres mi amor, mi mejor amigo..., y la persona en la que más confío...! ¡Eres el eje sobre el que me muevo, eres la fuerza que no tenía..., tú lo eres todo, Juan, sin ti nada tiene sentido!
Tomó su cara entre las manos y besó sus labios con pasión mientras movía su cuerpo sobre él, sintiendo su erección sobre su estómago, al tiempo que un profundo gemido de placer salía de su boca.
—Estás enferma...
—No importa, Juan, no importa...
—Pero, cariño...
—Te deseo, Juan, te deseo, no me rechaces, mi amor, te deseo.
Él se perdió en su boca y en su cuerpo, besó sus labios con desenfreno y acarició su lengua, mientras sus manos le quitaban el camisón y recorrían lentamente su piel enfebrecida. Se tendió sobre ella, acariciando sus pechos y chupando sus pezones con desesperación.
—Juan..., Juan..., cómo me gusta sentirte así..., cómo me gusta..., cómo me gusta...
Entró en su cuerpo con un gran gemido de placer. Lis se arqueó para recibirle, entregándose, abriéndose, amándole.
—¡Oh, Juan, Juan..., cómo me gusta sentirte dentro de mí!
—Cariño..., cuando estoy dentro de tu cuerpo..., el mundo deja de existir...
Pasó las manos bajo su espalda, levantándola y mirándose en sus ojos brillantes y llenos de deseo. La penetró más profundamente, arrancándole gemidos que parecían no tener fin, hasta que el calor inundó su vientre y los ojos color chocolate le sonrieron, dejándose atravesar por el placer que su cuerpo le proporcionaba.
—¡Te quiero, Juan, te quiero..., te quiero..., te quiero...!