26

 

 

 

Algunos días amanecen como otro cualquiera, pero a medida que las horas transcurren, uno va tomando conciencia de que la vida conocida hasta entonces empieza a desaparecer y de que en su lugar se aposenta otra, dispuesta a quedarse. Nadie sabe qué extraña conjunción estelar se produce en la galaxia en la que vivimos, ni qué fuerzas intervienen en el cataclismo, pero lo que es innegable es el efecto que produce sobre nosotros, lo queramos o no.

Lis se levantó aquella mañana creyendo que tenía por delante un día como otro cualquiera, sin sospechar los acontecimientos que estaban a punto de producirse en su vida y que la llevarían hasta la cama del hospital una vez más y hasta los calabozos de la comisaría, aunque no necesariamente en ese orden.

 

 

La primera señal de que algo pasaba la sintió en la ducha, en forma de fuerte dolor abdominal y hemorragia que bajaba por sus piernas, y que aceleró su corazón, llevándola con prisas hasta urgencias, en donde la metieron en un box y le hicieron una ecografía. Como la hemorragia cesó, las prisas desaparecieron y le dieron el alta, no sin antes citarla en ginecología para dos semanas después y advertirle que si volvía a sangrar acudiese de inmediato. Naturalmente, y ante semejante panorama, Lis no regresó a casa, sino que se sentó en la escalera del hospital, sacó su teléfono y comenzó a llamar a clínicas de ginecología hasta encontrar una en la que la atendieron.

—Tienes un problema en los ovarios —dijo el médico, sentándose tras su mesa y comenzando a escribir, después de haberla explorado.

—¿Es grave?

—No tiene por qué serlo.

—¿Es cáncer?

—Es un quiste.

Aquel médico era lo más parco en palabras que Lis había visto nunca. Y, sin darle más explicaciones, la despachó de su consulta, y a otra cosa, mariposa. En cuanto pisó la acera, ella cogió su móvil y comenzó la búsqueda por internet, pero lo que se encontró la alteró profundamente... «Quistes ováricos»... «Ovarios poliquísticos»... Cada nueva información que encontraba la confundía un poco más, hasta que la intranquilidad que aquellas palabras le provocaban se transformó en una única palabra: «embarazo»... ¿Le impediría aquello tener hijos? Pensó en subir de nuevo a la consulta y preguntárselo al médico, pero se imaginó su respuesta: «Puede que sí, puede que no».

El día gris que la envolvía era un fiel reflejo de lo que sentía, como si un enorme hongo a modo de paraguas se hubiese posado sobre ella. La hacía sentir muy pesada, tremendamente pesada. Caminó despacio hasta encontrar un banco solitario en el que poder pensar detenidamente y ordenar sus ideas, porque aquello podía poner patas arriba su vida, y, por tanto, era necesario mirarlo con lupa y desde todos los ángulos que su extraño don le permitiese.

¿Quería ella tener hijos? ¿Los deseaba? ¿Y Juan? ¿Deseaba Juan tener hijos? ¿Y si ella no pudiese tenerlos? ¿La abandonaría si así fuera? Se pasó el resto del día caminando sin rumbo fijo por la ciudad, haciendo alguna que otra paradita en terrazas de cafeterías para aprovisionarse de la cafeína que su cuerpo y su mente necesitaban, hasta que, al caer la tarde, volvió a casa, en donde su problema médico quedó de inmediato relegado a un segundo plano.

Juan apareció tras la puerta con el semblante tremendamente serio, y, tras él, en su salón, los dos agentes de policía que ya conocía.

—¿Qué pasa?

—Cariño..., quieren hablar contigo —respondió Juan, dándole un suave beso en los labios y cerrando la puerta.

—¿Por qué?

—Verá —explicó el agente masculino—, tenemos que hacerle algunas preguntas sobre sus padres de acogida.

—Ya les dije que no puedo ayudarlos —dijo Lis, quitándose la chaqueta y dejándola sobre el sofá, junto con el bolso—. No he vuelto a saber nada de ellos desde que me fui de allí.

—La Fiscalía ha iniciado una investigación de oficio, señorita Blanco —siguió el agente—. Y en el transcurso de la misma, los compañeros de Andalucía nos han puesto al corriente de algunos hechos que han ocurrido allí, en la casa... Sus padres de acogida murieron hace un año.

—¿Qué? —preguntó Lis frunciendo el ceño—. ¿Han muerto? ¿Los dos?

—Sí, los dos —contestó el agente, clavando en ella su mirada—. ¿No lo sabía? —Lis negó lentamente con la cabeza—. Los encontraron muertos en la casa hace un año, murieron... asesinados.

Las palabras comenzaron a mezclarse en la mente de Lis en un extraño baile: «muertos», «los dos», «asesinados»... Abrió el bolso, sacó el paquete de tabaco y encendió un cigarrillo. Ya no tendría que esconderse más, ya no podrían hacerle daño, ya no tendrían poder sobre ella, nunca más, nunca más, nunca más...

—¿No le interesa saber cómo han muerto? —intervino la mujer policía.

—No... —respondió Lis, acercándose a los ventanales y mirando la noche que comenzaba a caer sobre la ciudad.

—Pues eso no es lo habitual —siguió la mujer con su voz más glacial—. Todo el mundo pregunta cómo, cuándo, por qué...

—Pues a mí no me interesa saberlo.

—¿Por qué no? —la policía subió peligrosamente el volumen de su voz.

—Ésa no es la pregunta correcta, agente —dijo Lis suavemente—. La pregunta correcta sería: «¿Por qué habría de interesarme saberlo?».

—¡Bueno, ya está bien de tonterías! —estalló la agente dando un paso hacia ella—. ¡Ya me he cansado de sus jueguecitos de palabras! ¡Nos va a acompañar a comisaría ahora mismo!

—¡Eh, eh, eh, para, para...! —exclamó Juan, interponiéndose—. Pero ¿qué estás diciendo? ¡Lis no va a ir a ningún sitio!

—¡Por supuesto que sí! —La agente estaba fuera de sí—. ¡Que se las vea con el comisario! ¡A ver si con él tiene tantas agallas!

¡Aquello no podía estar pasando! Pero ¿cómo podían pensar que ella tenía algo que ver con sus muertes, si lo único que había hecho desde que había salido de aquella casa había sido alejarse lo más posible, esconderse? Oía las acaloradas voces que se producían en su salón sin escucharlas, sólo podía oír los latidos de su corazón, que saltaba alborozado... «¡ELLOS han muerto, ELLOS han muerto, ELLOS han muerto!» Ya no tendría que esconderse nunca más, ya no tendría que borrar su rastro... Pero entonces, la furia desatada de la mujer policía, en pleno descontrol, hizo algo que provocó el estallido en la mente de Lis: echó mano a las esposas que colgaban de su cintura.

El brillo que desprendieron los grilletes y su suave tintineo atravesaron el espacio que las separaba y entraron por los ojos y los oídos de Lis, directos hasta su cerebro, y provocaron en él el gran estallido. Aquello que surgió en su cabeza no eran fuegos de artificio, eran llamaradas, auténticas llamaradas como las que Juan veía cada día en su trabajo. Enormes y gigantescas llamaradas que lo inundaban todo, que lo arrasaban todo, que todo lo envolvían, consumiéndolo todo. Las esposas... habían formado parte de su vida más veces de las que podía recordar. ¡Cuántas veces intentó quitárselas! ¡Cuántas veces las golpeó contra las paredes para arrancárselas! ¡Cuántas veces las mordió con los dientes, desesperada! En el cuartito bajo la escalera, pensando en el mundo que había fuera, Lis se había jurado muchas cosas y, entre ellas, que jamás volverían a ponerle esposas, que jamás volvería a tener dueño, que jamás volvería a tener amo, que no le permitiría a nadie que le robase la libertad, porque se la había ganado.

Cuando las vio acercarse, el fuego que ardía en su cabeza se convirtió en deflagración y, una vez más, la luz se convirtió en oscuridad.

El momento de confusión que se produjo entre la mujer policía y los dos hombres que intentaban detenerla fue el tiempo que Lis necesitó para tomar las riendas.

Los razonamientos de Juan y del compañero no consiguieron hacer desistir a aquella mujer de su empeño, y con las esposas en la mano, hacia ella se volvió, dispuesta a ponérselas con toda la furia que había en su cuerpo. Sin embargo, lo que se encontró fue el cañón de su pistola, apuntando directamente a su cabeza.

Los dos hombres comenzaron a gritar, mientras las dos mujeres se miraban en silencio.

—Pero... ¿qué está... haciendo? —tartamudeó la policía con ojos desorbitados.

—Te estoy apuntando con un arma a la cabeza. —La suavidad de su voz se contraponía con la firmeza de su mano alrededor de la pistola—. Estás aterrorizada, ¿verdad?... Tu piel suda..., tus manos tiemblan..., tu corazón late desbocado..., y te preguntas... «¿Por qué a mí?». —Dio un paso adelante y apoyó el cañón sobre su frente, provocando que cerrara los ojos—. Yo también me lo pregunté muchas veces..., muchas veces...

—¡Por favor..., por favor..., no lo haga! —suplicó la mujer.

—Ahora ya sabes lo que se siente...

 

 

En comisaría le leyeron sus derechos e intentaron tomarle declaración, pero Lis se negó. Cuando le preguntaron por qué, contestó simplemente: «Porque no quiero». La llevaron a un calabozo, en el que se acurrucó en el camastro y cerró los ojos; de repente le había entrado mucho sueño.

Un par de horas más tarde, los gritos la despertaron. Se sentó y respiró profundamente. La esperaba. La rabia contenida tiene que salir, siempre busca su cauce natural, como un río que se ha desviado, siempre busca su lugar. La mujer policía entró como un ciclón, rodeada de compañeros, y se agarró con desesperación a los barrotes.

—¡Eres una hija de puta! —gritó con todas sus fuerzas—. ¿Por qué coño lo has hecho?, ¿por qué? ¡No te calles ahora, joder, dime por qué lo has hecho, hostia! ¿Por qué?, ¿por qué has hecho algo así?, ¿por qué, por qué...?

—Si yo mañana... apareciese muerta en esta celda... —dijo Lis acercándose a los barrotes lentamente—, ¿te preguntarías... quién..., cómo..., por qué?

—¡Vete a la mierda! —gritó la agente, apartándose—. ¡Vete a la mierda!

Lis sacó la mano entre los barrotes y abrió el puño. El sonido de las balas chocando contra el suelo fue lo último que oyó antes de desmayarse.

 

 

Se despertó en el hospital, en una habitación muy parecida a la otra que había ocupado, pero en ésta estaba sola, salvo por la presencia de Juan, que la miraba preocupado, y de un policía que montaba guardia ante su puerta.

—Hola, cariño —dijo Juan, acariciándo su mejilla—. Te han hecho una pequeña intervención, tenías una hemorragia, pero ya está controlada. Estás bien, ¿de acuerdo? Quiero que estés tranquila, mi vida —añadió dándole un suave beso en los labios. Lis extendió los brazos hacia él, que la tomó con cuidado y la abrazó con suavidad—. No me dejan quedarme contigo, cielo, lo siento.

 

 

Jack y Pedro entraron en la comisaría como dos auténticos bulldogs en busca de su presa.

—¿Y tu compañera? —le preguntó Jack a Mario, que los interceptó en el pasillo—. ¡Dime dónde está, tengo que hablar con ella!

—¡Oh, no, ni lo sueñes, Jack, ni lo sueñes! —exclamó Mario levantando las manos.

La puerta de los vestuarios se abrió y por ella apareció la mujer policía, pálida como un muerto y con los ojos rojos e hinchados por el llanto.

—¡Quiero hablar contigo! —le gritó Jack—. ¡Quiero hablar contigo, ahora!

—¡Déjame en paz, tío, déjame en paz, ya he tenido bastante por hoy, me voy a casa!

—¡Tú no te vas de aquí hasta que hablemos!

El grito de Jack la hizo pegar un respingo, mientras una puerta lateral se abría suavemente y un hombre aparecía tras ella, observando la escena con atención.

—¡Lo que hizo Lis no estuvo bien, pero tu comportamiento ha sido inaceptable!

—¡Yo sólo hacía mi trabajo y...!

—¡De eso nada! —vociferó Juan—. ¡Tú te aprovechaste de tu trabajo, de tu placa y de tu uniforme para humillarla! ¡Y quiero saber por qué! ¡Quiero saber qué tienes en su contra, quiero saberlo!

—¡No digas tonterías, yo no la conozco de nada!

—¡Entonces, ¿por qué la has humillado así?, ¿por qué te has aprovechado de tu uniforme y de tu autoridad para tratarla como lo has hecho?! ¿Por qué? ¡Quiero saberlo! —La furia de Jack se podía tocar con los dedos—. ¡¿Es que no te das cuenta de que lo que has hecho es lo mismo que ella ha contado en el libro, lo mismo que aquellos cabrones le hicieron?!

—¡Yo no he hecho nada de eso! —le gritó la mujer policía, ya fuera de sí—. ¡Y dudo mucho que lo que cuenta ahí sea cierto! ¡Seguramente no será más que una sarta de mentiras para sentirse importante, seguro, una sarta de patrañas!

—¡Tú... tú...! —Jack levantó hacia ella un dedo amenazador—. ¡No tienes ni idea de lo que le han hecho, no tienes ni idea!

—Marga... —intervino el compañero—, ¿no lo has leído?

—¡Mi trabajo consiste en buscar pruebas..., no en leer libros!

—Pero ¡la investigación parte de ese libro! —dijo el agente asombrado—. ¡Dijiste que lo habías leído, tía!

—¡Pues no lo hice! ¡No lo hice! ¡No me hace falta leerlo!

—¡Sí, sí te hace falta! —La voz surgió a su espalda, taladrándola.

El comisario Bermúdez, con su metro noventa, su uniforme impecable y su penetrante mirada, por no hablar de la furia que emanaba de sus ojos y el enfado que exudaba su piel, la miraba con ojos desorbitados desde el quicio de la puerta de su despacho, como si ante él estuviese el ser más despreciable que había entrado en su comisaría en todos los años que llevaba en el cuerpo.

—¡Entra en mi despacho! ¡Ahora mismo!

Jack
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