Capítulo 16

Un presentimiento hizo que Jake echase a correr hacia donde estaba enterrado Lobo. Al llegar al claro, vio a Índigo sentada junto al túmulo de tierra, abrazada a los tobillos y con la cabeza hundida en las rodillas. Incluso desde lejos, se veía que estaba sollozando.

Aunque le había prohibido adentrarse en el bosque, no podía sentir el más mínimo enfado. Se quedó junto a los árboles un rato, estudiándola. En los últimos días, había perdido una cantidad de peso alarmante. Le sobraba ante por todos los lados. Jake apoyó la espalda contra un pino.

¿Tres mentiras al día durante cinco días? Eso quería decir que había tenido miedo todas esas veces. No era muy buena media, mucho menos sabiendo que él era la causa. El miedo, justificado o no, no era divertido.

Sin saber muy bien cómo manejar la situación, Jake se separó del árbol y empezó a andar lentamente hacia ella. Los sollozos eran cada vez más intensos. Cuando le tocó el hombro, ella dio un respingo y empezó a secarse la cara con la manga, intentando, estaba seguro, esconder las lágrimas. Jake no fue capaz de regañarla.

En vez de eso, se sentó a su lado y la tomó entre sus brazos. Al principio se resistió, pero luego se deshizo en frescas lágrimas y rodeó su cuello con los brazos. A punto de llorar también, Jake le devolvió el abrazo, y empezó a mecerla como si fuera una niña pequeña.

Al final, dijo:

—Cariño, ¿qué ha pasado? —Tenía miedo de preguntarle si estaba angustiada por haberle mentido. Ahora necesitaba un confidente, y no quería que perdiese la fe en el padre O’Grady—. ¿Puedes decirme qué es lo que pasa?

Ella se aferró aún más a su cuello.

—¡Ay, Jake, es todo! Lobo se ha ido, y estoy muy sola. Tengo miedo de estar sola siempre. No quieres que trabaje en la mina y, ahora que eres mi marido, tendrás la autoridad de prohibírmelo. No te gusta que dé de comer a Mellado. Nada volverá a ser igual.

Eran temas que ya habían discutido, y Jake había hecho todo lo posible para tranquilizarla.

—Por supuesto que sí.

—No.

Él apoyó la mejilla en su pelo, triste por ella. Tenía la impresión de que estaba guardándose algo.

—¿Qué te ha hecho empezar a llorar? ¿Me lo puedes decir?

—Mi madre.

Jake no pudo disimular su sorpresa.

—¿Tu madre?

—Sí. Quiere que empiece a coser vestidos de mujer blanca para cuando me tenga que ir.

Jake le pasó una mano por la trenza.

—Cariño, esa no es razón para llorar. Estarás preciosa con vestidos bonitos.

Empezó a llorar de nuevo.

—Tendremos que irnos pronto. Tendré que dejar Tierra de Lobos, y nada volverá a ser igual. Nunca volveré a ver mis montañas. Nunca escucharé las canciones del viento. Incluso si volvemos de visita, nunca será lo mismo. Nunca. Los animales me olvidarán, y se perderá la magia.

Jake cerró los ojos. Él era la fuente de todo su dolor, pero aun así se aferraba a él como si se balanceasen al borde de un precipicio y fuese su único asidero. Se le ocurrió que tal vez había sido un error casarse con ella. Hubiese sido menos infeliz enfrentándose a las malas lenguas.

¿Qué le había hecho? «Los animales salvajes son así. Son ellos los que eligen.» A Índigo no le habían dado elección. Ahora estaba atrapada. Tenía razón; tendrían que irse pronto. Incluso si la traía de visita, nada iba a ser igual. Probablemente, Mellado acabaría en una trampa. Los ciervos dejarían de venir. Cuando regresase, le odiaría por habérselo arrebatado. Pensó en Portland. No solo no pertenecía a Tierra de Lobos, sino que le resultaría imposible construir una vida aquí si decidiera quedarse. Qué locura… ¿en qué estaba pensando? No podía decidir quedarse aquí. Su medio de vida, su familia, su hogar… todo lo que era estaba al otro lado de la montaña. Estaría loco si eligiese una vida de penuria en una casa de tres habitaciones.

Pero ¿cómo podía esperar que Índigo sobreviviese en su mundo? Trató de imaginarla rodeada de sus amigos sofisticados que le decían mentiras cada dos por tres y que estaban con él más por dinero que por verdadera amistad.

Jake la imaginó volviéndose materialista y dura, como otras mujeres que conocía. Era tan infinitamente valiosa tal y como era: por la manera en que veía el mundo, la manera en que vivía… Si se la llevaba lejos de aquí, su rara inocencia, que era una parte fundamental de ella, quedaría destruida.

Podía ir a donde Cazador y discutir la posibilidad de una anulación. Su matrimonio con Índigo aún no había sido consumado. Jake le acarició la espalda, absorbiendo con su cuerpo los escalofríos que la sacudían. Aun llorando, le hacía sentir el calor del sol en su interior. Si anulaba el matrimonio, nunca más podría abrazarla así.

Este pensamiento lo dejó helado. Sentir la cara de ella contra su cuello, sentirla abrazándole, era lo más cercano al cielo que jamás había imaginado. Cada uno de sus sollozos le atravesaba por dentro. De repente, sintió un dolor agudo en el pecho: estaba enamorándose perdida e irremediablemente de esa muchacha.

Qué demencial, qué ridículo… Su parte irracional quedaba hecha añicos y solo podía escuchar los latidos de su parte emocional. Dios, la necesitaba. Aunque no sabía exactamente cómo. Era más que sexo, estaba seguro. Porque, hasta ahora, las cosas no parecían muy prometedoras en ese aspecto. No, era más una necesidad de… ¿De qué? Jake no encontraba un nombre para aquello. Lo único que sabía era que ella llenaba el vacío que había dentro de él. Antes de dejar Portland, se preguntaba cuál era el sentido de todo. Ahora ya no tenía ninguna duda. De algún modo, Índigo le daba una razón de ser y una certeza de lo que era bueno.

Trató de imaginar que la dejaba… sin conseguirlo. Cuando un hombre había sentido la luz, ¿cómo iba a volver a la sombría realidad? Sonrió. Sombría realidad. Índigo era el lado opuesto: una muchacha que caminaba sobre rayos de luna y escuchaba la música del viento, una muchacha que hablaba con los animales y miraba las cosas desde dentro. Era quimérica. La mitad de las veces, no podía entenderla. La mitad de las veces, creía que estaba loca. Pero ¡ay, qué dulce locura!

No la podía dejar. No podía. Tenía que hacer que su matrimonio funcionase, fuese como fuese. La voz de Cazador resonó en su cabeza. «Elige con cuidado tu camino para que ella pueda caminar a tu lado. Escucha la canción que hay en tu corazón, ¿de acuerdo? Ahí encontrarás las respuestas que andas buscando.» Jake ni siquiera estaba seguro de tener una melodía dentro de sí, aunque tenía clara una cosa: el mundo de Índigo estaba aquí, y debía encontrar el modo de preservarlo intacto para ella.

Posó la mano sobre su pelo trenzado, escuchó el viento y trató de oír su canto. Aunque él solo pudiese oír el susurro de los árboles, aceptó que Índigo pudiese escuchar algo más, un algo hermoso que alimentaba su alma.

Jake inclinó la cabeza para poder susurrarle al oído.

—¿Serías feliz si te prometiese que nunca te pediré que abandones esto?

Ella se calmó en sus brazos.

—¿Qué? —le preguntó con voz ahogada.

—Nunca te haré abandonar esto —repitió.

Ella se echó hacia atrás y posó la húmeda mejilla en la mandíbula de él.

—¿Quieres decir que te quedarás en Tierra de Lobos?

Jake tragó saliva, preguntándose si se había vuelto loco haciendo una promesa tan descabellada.

—A veces tendré que irme.

—¿Y me dejarás aquí?

Parecía tan esperanzada que se le hizo un nudo en el estómago.

—Sí, aquí en Tierra de Lobos, con tus padres. Así nunca tendrás que dejar las montañas, ¿te parece bien?

Ella hipó.

—Pero estamos casados.

—Sí, bueno, mucha gente casada se separa de vez en cuando. Trataré de irme lo menos posible. Puede que sea difícil, pero haremos que funcione como sea. Tu vida continuará como siempre.

Ella tomó aire.

—Pero, Jake, decepcionaría a mi padre. Mi lugar está a tu lado.

—Hablaré con tu padre. Lo entenderá. Además, este es nuestro matrimonio, no el suyo. Podemos hacer las cosas como nos convenga.

Ella levantó la cabeza y se volvió para mirarle. Pequeñas lágrimas brillaban en sus pestañas. Al mirar su dulce rostro, Jake sintió que se le henchía el corazón. Esto es lo que le había faltado a su relación con Emily, los giros radicales del dolor a la alegría, el sentimiento de estar completamente vacío un momento y, al siguiente, estar tan lleno que podría estallar.

—Bueno, señora Rand, ¿tenemos un trato?

Parecía tan incrédula que él sonrió.

—¿Lo dices de verdad? Para siempre, ¿nunca me harás dejar esto?

Jake no pudo resistirse y se inclinó para besarle la mejilla, saboreando la salada calidez de sus lágrimas.

—Para siempre jamás, es mi promesa. Quién sabe. A lo mejor, con el tiempo, quieres hacer algún viaje corto conmigo, ¿no? Quizá te gustaría ver sitios nuevos si supieses que puedes volver pronto a casa.

Ella asintió dudosa.

—Quizá.

—¿Me dejas ver tu sonrisa? No tiene que competir con el sol. Basta con una pequeñita.

Ella se apretó contra él para abrazarle más fuerte. Si sonreía, y Jake sospechaba que sí, se le estaba negando el placer de verlo.

—¡Ah, Jake! Tierra de Lobos. ¿Para siempre? Yo… Eres el mejor esposo que ha existido nunca.

A cambio de esta proclama, Jake estaba dispuesto a renunciar a ver su sonrisa.

—¿El mejor? —No era orgullo. Quería volver a escuchar el piropo.

—¡Ah, sí, el mejor de todos!

Jake volvió a rodearla con los brazos, poniendo una mano en su costado y tocando con el pulgar la parte suave de su pecho a través de la blusa. Ella no se puso tensa ni se apartó. Él disfrutó con la idea y se dejó embriagar por el perfume de su piel.

—Tú también eres la mejor esposa que jamás ha existido —susurró—. Eres todos mis sueños hechos realidad, Índigo.

—Todavía no. Pero lo seré —juró con un hilo de voz desafiante—. Seré la mejor esposa que jamás hayas visto. Lo prometo. Limpiaré, fregaré y haré pasteles ¡Sí! Cuando vuelvas a casa de los viajes, podrás usar los suelos como espejo para afeitarte.

Él se rio.

—¿Tan brillantes van a estar? —En realidad, lo único que Jake quería era tenerla desnuda en sus brazos. Pero eso vendría con el tiempo—. Eso ya lo veremos. Si vas a trabajar en la mina, quizá pague a alguien para limpiar.

Sintió que se quedaba en silencio. Después de un momento dijo:

—¿De verdad piensas dejarme volver a trabajar?

La pregunta hizo que Jake sintiese un dolor en su interior. Pero de momento, tenía bastante con ocuparse de los sentimientos de ella. Los suyos podían quedar para más tarde.

—Te he dicho que sí, ¿lo quieres por escrito?

Ella sacudió la cabeza.

—No te puedes permitir pagar a alguien para que limpie. Puedo trabajar en la mina y mantener la casa.

Jake estaba seguro de que lo intentaría. Algún día descubriría que podía permitirse mucho más de lo que ella pensaba.

No tenía prisa por soltarla, así que la abrazó durante un momento. Cuando ella empezó a inquietarse, sonrió y la liberó, con la confianza de que compartirían otros abrazos, mucho más fructíferos, si de él dependía.

—¿Estás lista para ir a casa? —La levantó de su regazo—. Tengo una pequeña sorpresa para ti cuando lleguemos.

Ella recorrió el claro con la mirada asustada, luego clavó sus ojos luminosos en él.

—¿Una paliza?

Jake siguió la trayectoria de su mirada y se acordó de que tenía prohibido salir. Por un instante pensó que le estaba tomando el pelo con lo de la paliza, pero luego buscó en sus ojos y vio que no. Le molestaba que pensase que podía pegarla como forma de castigo, pero lo que le perturbaba todavía más es que se creyese que la atraería hasta casa, sonriendo y prometiendo una sorpresa, con el fin de pegarla. ¿Tan poco confiaba en él?

La revelación lo dejó helado. ¿Era él el mejor esposo del mundo?

—¿Estás enfadado?

Ahora era Jake el que rehuía el contacto visual. No quería asustarla pero, por otro lado, no quería que pensase que podía ir al bosque cuando le diera la gana.

—Por muy enfadado que estuviese, nunca te pegaría —dijo suavemente—. Y para venir aquí, ¿tenías una buena razón?

Le llevó mucho tiempo contestar. Al final sacudió la cabeza.

—No. —Sus ojos se ensombrecieron, y levantó la barbilla—. Simplemente sentí la necesidad de estar aquí, y vine. Supongo que pensarás que he sido una muy mala esposa.

A Jake se le tensó la garganta. ¿De verdad lo veía así? Creía que no tenía derecho a su propia voluntad y necesidades. Sabía perfectamente bien que no había venido aquí por capricho. En casa, la colcha estaba húmeda porque había llorado. ¿Así entendía ella el matrimonio? ¿Un sacramento en el que el marido era omnipotente y la mujer podía recibir una paliza si no le obedecía? Por lo que Jake había visto de la relación de sus padres, no entendía de dónde sacaba esa conclusión.

—¿Qué crees que debo hacer si me desobedeces, Índigo? —le preguntó con delicadeza.

Contrajo la comisura del labio.

—Podrías quitarme mis privilegios. Pero ya lo has hecho.

—¿Qué haría tu padre?

Ella lo miró sorprendida.

—¿Mi padre?

—Sí, tu padre. ¿Te daría una paliza?

Ella pareció valorarlo un instante.

—Yo… no lo sé. Nunca le he desobedecido.

Jake observó de cerca sus gestos.

—¿Así que nunca te ha pegado?

Abrió sus ojos azules.

—¿Mi padre? No, nunca.

Hasta donde él sabía, Cazador era su único punto de referencia. Si él nunca la había pegado, ¿por qué daba por hecho que su marido lo intentaría? Jake sintió que no le iba a gustar la respuesta. Pieza a pieza, el rompecabezas de Índigo empezaba a tomar forma. Sabía que todavía le quedaba mucho para comprenderla, pero, día a día, la imagen se iba volviendo más nítida. Lo que había descubierto en los últimos minutos hacía que se compadeciese de ella. Y de sí mismo.

—¿En qué pensabas cuando decidiste venir aquí?

—En el viento entre los árboles y el sabor de esto. —Hizo una pausa—. Pensaba que me iba a ir, y quería estar por última vez en mi bosque.

—Así que estabas triste.

—Sí, muy triste.

—¿Y tenías una fuerte necesidad de venir aquí sola, aunque solo fuera por una vez?

—Sí.

—Creo que lo entiendo. —Hizo una pausa ceremoniosamente—. Ahora que sabes que no tendrás que irte, no tienes que preocuparte de volver a decir adiós a tu bosque, ¿de acuerdo?

—Pero no lo sabía cuando vine.

Jake la tomó de la barbilla y alzó suavemente su cara.

—¿Me prometes que no vendrás al bosque sola nunca más hasta que yo te dé permiso?

—Sí.

Buscó su mirada.

—Podrías resultar gravemente herida, y no quiero que te pase nada, ¿entiendes?

—Sí.

Jake la soltó y se quedó mirándola.

—Entonces vamos a casa a por tu sorpresa.

Todavía insegura, se detuvo.

—¿Entonces es una sorpresa de verdad? ¿Qué es?

Jake tuvo el presentimiento de que la vida de Índigo iba a estar llena de sorpresas en los próximos meses. Le pasó el brazo por los hombros y echó a andar junto a ella.

—Algo casi tan dulce como tú.

Índigo dijo que no podía comerse los bastones de menta hasta haber preparado la cena y rezado su penitencia. Jake tenía la esperanza de que los dulces le estimulasen el apetito, pero ella parecía tan convencida de que no podía darse el gusto hasta más tarde que no insistió.

—¿Va contra tus creencias darte un capricho antes de haber hecho penitencia? —preguntó.

Ella se volvió para mirarle desde la cocina, con gesto pensativo.

—No. Solo que no es adecuado estar contento cuando uno debería estar lleno de dolor. Todavía me queda un rosario entero y una ronda de avemarías por terminar.

Jake se apoyó en el respaldo de la silla, con la taza de café a cierta distancia de sus labios.

—¿Cuantos rosarios te dijo el cura que rezaras, por el amor de Dios?

—Tres.

Casi se ahoga con un sorbo de café.

—¿Tres? Eso parece mucho. Solo hace cinco días que te confesaste. —Se moría de ganas de preguntarle si toda esa penitencia era por las míseras mentirijillas que había contado, pero no podía. Se conformó con decir—: Debes haber hecho algo muy grave.

Sus mejillas se tiñeron de un bello sonrojo.

—Sí.

Jake miró cómo se volvía hacia la carne y ponía una tapa sobre la sartén.

—Dije mentiras.

—¿Solo eso?

Ella parecía escandalizada.

—Dije varias. Más que varias, de hecho, muchísimas. Mentir es muy malo.

Jake tomó otro sorbo de café. Sabía perfectamente que, si insistía, ella le contaría en qué consistían las mentiras y a quién se las había contado. No quería ponerla en esa situación.

—Debes controlarlo, para no acostumbrarte.

Ella volvió su atención hacia la carne que tenía en el hornillo.

—Sí. Tengo que intentar de verdad no volver a hacerlo.

Jake sonrió. Ella no sabía que iba a ser un esfuerzo conjunto.

Esa noche, cuando Jake se metió en la cama con Índigo, le pareció que no estaba tan tensa. Estaba tumbado a su lado en la oscuridad y recordaba la promesa que le había hecho de no obligarla a abandonar Tierra de Lobos. Por Dios, tenía que encontrar como fuese la forma de cumplirlo.

Una ráfaga de aire frío entró por la ventana abierta. Jake se volvió sobre su costado, y no le sorprendió descubrir a Índigo despierta, mirando a la luz de la luna con expresión de dolor. Aprovechando el recién estrenado sentimiento de amistad que había nacido entre ellos, Jake le tocó la mejilla y preguntó:

—¿Me podrías decir por qué te gusta dejar la ventana abierta todas las noches?

Ella se subió las mantas hasta la barbilla, con aire incómodo.

—Tengo miedo de decírtelo por si te ríes.

A Jake le llevó un tiempo adivinar que dejaba la ventana abierta para Lobo. Pensó en su naturaleza insegura y deseó que confiase en él lo suficiente como para contárselo.

—No me voy a reír. Lo prometo.

Con los ojos brillantes como la plata a la luz de la luna, se volvió para mirarle.

—Es una tontería, pero no puedo quitarme de la cabeza la idea de que Lobo puede andar ahí fuera —admitió con voz tensa—. Si intenta encontrarme, no quiero que se quede fuera y piense que ya lo he olvidado.

Lo último que le apetecía a Jake era reírse. Pasó un brazo por debajo de ella y le colocó la cabeza sobre su hombro. Acariciándole el pelo, miró hacia las sombras de fuera y se puso a escuchar el viento. En la cabaña de Geunther, ella le había dicho que, como comanche, creía que los espíritus de los lobos perduraban. Se preguntaba por qué ahora parecía dudar al admitirlo abiertamente.

—Creo que Lobo sabe que lo querías mucho —susurró con voz ronca—. Y cuánto lo quieres aún.

Índigo sintió que Jake la comprendía por la manera en que la abrazaba y por el tono de su voz. Sabía que la mayoría de los hombres blancos se hubiesen reído de ella. Por un momento, pensó en decirle toda la verdad: que creía que Lobo seguía vivo, no en carne, sino en espíritu. Sus convicciones hicieron que se contuviese.

Hasta esa noche, cada vez que él la había abrazado así, ella no sabía dónde poner las manos. Esta vez se atrevió a posar la mano en su pecho. El vello grueso, mullido, le hacía cosquillas en las yemas de los dedos, y podía sentir el latido regular de su corazón bajo la muñeca.

Aunque todavía tenía miedo de que la presionase a cumplir con sus deberes de esposa, cerró los ojos y encontró un cierto sosiego en su abrazo. Su calor la arropaba. Una sonrisa curvó sus labios mientras se dejaba arrastrar hacia la bruma del sueño.

A la mañana siguiente, Jake estaba a mitad de camino de la mina cuando algo lo detuvo. Recordó lo desesperada que parecía Índigo el día anterior junto a la tumba de Lobo.

De repente, le sobrevino un recuerdo y cerró los ojos. Demonios, qué tonto era. En todos los días desde que Lobo había muerto, no había pensado en sus cachorros.

Con el pulso acelerado, Jake dio media vuelta y regresó a la montaña. Ojalá el dueño de Gretel no hubiese regalado todavía el cachorro que se parecía a Lobo. Era la solución perfecta. Se sintió un estúpido por no pensar en ello antes.

Cuando llamó a la puerta de los Lobo y le dijo a Loretta lo que había planeado, ella aplaudió la idea y le dio a Jake la dirección de la granja del señor Morgan. Jake se apresuró a llegar, tan solo para descubrir que el cachorro ya había sido adoptado por un granjero llamado Christian. Sin darse por vencido, pidió la dirección del nuevo dueño…

Deke Christian, un hombre que parecía un espantajo alto con una barba despeinada y canosa, se rascaba la cabeza y chascaba la lengua mientras Jake le explicaba el problema. Sin dejar de masticar, le dijo:

—Veo que quiere al pequeño. Lástima que se lo haya dado a mis niños hace tres días. Ya le han cogido cariño. ¿Ha tenido alguna vez a siete niños llorando a la vez?

A Jake le desagradaba la idea de romper siete corazoncitos.

—Supongo que no estarán tan contentos con otro cachorro.

Un brillo de especulación apareció en los ojos grises de Christian.

—Podría ser. Los niños son inconstantes. Desde luego, un lobezno no es fácil de encontrar. Su padre era de muy al norte, ¿sabe? No hay otro como él en cientos de kilómetros.

Jake sintió que había una posibilidad de acuerdo en el aire.

—A los niños probablemente no les importe que su cachorro sea único.

Christian se volvió a rascar la cabeza.

—Depende, supongo.

Jake se metió las manos en los bolsillos traseros del pantalón.

—Quiero que el trato le resulte ventajoso. Usted obtuvo el cachorro de lobo gratis. Como compensación, ¿qué le parecen cincuenta dólares?

Christian no parecía impresionado. Jake entornó los ojos.

—De acuerdo, estoy dispuesto a llegar a cien. Podría comprar a cada uno de sus hijos un saco de caramelos para hacérselo más llevadero, regalarles otro cachorro, y quedarse con un fajo de billetes para consolarse. Tiene que reconocerlo, es un precio más que adecuado por un chucho despreciable.

Deke sonrió.

—Triplíquelo, y tendrá un lobo.

Jake se rio.

—Eso es escandaloso. ¿Trescientos dólares?

—Parece justo por un cachorro único que además usted quiere desesperadamente.

Jake sacó las manos de los bolsillos.

—No hay un perro en el mundo que valga ese dinero.

—Supongo que encontraría uno igual por menos precio si estuviese dispuesto a ir hasta el Yukón. Pero está bastante lejos.

Jake sacudió la cabeza y echó a andar por el camino surcado. Por nada del mundo pagaría tanto dinero por un perro. Cuando estaba a mitad de camino de la verja del granjero, se detuvo. No echaría de menos los trescientos dólares. ¿Iba a discutir por el dinero tratándose de la felicidad de Índigo? Demonios, le daban igual trescientos que tres. Cualquier precio era ridículo. Desanduvo el camino con dificultad.

—Trato hecho —le dijo a Christian—, le daré trescientos por él. —Jake sacó un fajo de dinero, contó los billetes y se los dio al granjero—. ¿Dónde está?

Christian sonrió, mostrando una hilera de dientes mellados.

—Lo tengo en el establo.

El granjero tomó la delantera, Jake le siguió. El cachorro estaba encerrado en un compartimento. Un poco más lejos, hacia la nave central, había un niño delgado de unos diez años que engrasaba un arnés sobre un fardo de heno.

—He vendido el cachorro —le dijo Christian—. Este hombre me ha hecho una oferta tan buena que no podía rechazarla.

El muchacho se encogió de hombros.

—Ese cachorro es tan agresivo que me da igual. —Miró a Jake—. ¿Trae un saco de yute?

Jake supo entonces que se la habían jugado.

—No, ¿por qué?

—Lo necesitará para llevárselo —contestó el niño.

Christian sonrió e invitó a Jake a abrir la puerta del compartimento.

—Es suyo, le deseamos lo mejor.

Jake miró por encima de la puerta. Pese a la oscuridad, divisó una bola de pelo esponjoso de color plateado y negro en una esquina del compartimento. Jake sonrió de alegría y corrió el pestillo.

—Ah, es un hermoso pequeño, ¿verdad?

—Sí —sonrió Christian—, todo para usted.

Jake empujó la puerta y entró en el compartimento. Estaba a punto de inclinarse para sacarlo, cuando la bola de pelo salió disparada de la esquina, gruñendo y mordisqueando. Antes de que Jake se diera cuenta, unos dientecillos afilados se engancharon a sus vaqueros. Miró hacia abajo, casi sin creerse lo que estaba viendo. De no haber sido por sus botas de cuero, le hubiese dejado la marca de los colmillos.

—Eh, pequeño —le tranquilizó—. No tengas miedo.

El cachorro clavó las patas en el suelo y se inclinó hacia atrás, tensando la tela de los pantalones de Jake. Unos brillantes ojos dorados centellearon en la oscuridad.

—Conocí a tu papá —al tiempo que hablaba, bajaba la mano hacia él lentamente—, soy un amigo.

Cuando los dedos de Jake estaban a una altura asequible, el cachorro soltó los pantalones y se lanzó a por la mano.

—¡Maldita sea!

Jake trató de sacar la mano. El lobezno apretaba las mandíbulas. El dolor se le propagó desde el pulgar hasta la muñeca. Con la mano libre, agarraba las mandíbulas del cachorro, clavadas en sus dedos, y trataba de conseguir que cediesen los dientecillos afilados. Cuando liberó el pulgar, cogió al lobezno por el collar y se lo puso a la altura de los ojos.

—Pequeño pícaro.

—Eso se queda corto —dijo Christian.

Jake sabía que le habían tomado el pelo, aunque no estuviese dispuesto a admitirlo.

—¿Tiene algún saco de yute de sobra?

Christian volvió a masticar tabaco.

—Por dos centavos, sí.

Jake maldijo y revolvió en el bolsillo del cambio. Christian cogió el dólar y se lo embolsó.

—No tengo cambio.

—Deme el maldito saco —dijo Jake.