Capítulo 2

Tierra de Lobos, 1885

Un relámpago iluminó el cielo. A continuación, rugió un trueno. Índigo Lobo se sentó en un claro de hierba y se abrazó las rodillas. Con un suspiro reparador, echó la cabeza hacia atrás para atrapar las gotas de lluvia con la lengua. El agua le caía por el ala del sombrero de piel y le llegaba hasta el cuello. Tembló y estiró la espalda. En algún lugar del cielo, en lo alto de la colina, zigzagueó otro relámpago. Un árbol, partido en dos por el impacto, crujió y cayó al suelo. Allí donde estaba, percibió el temblor y distinguió el olor a pino quemado.

Su mascota, Lobo, gimió y le dio un empujoncito con el cuerpo. Zarandeada por el viento, le puso una mano en el cuello y cerró los ojos para absorber la carga eléctrica que transportaba el aire. En ese momento, no se sintió tan indefensa ante las fuerzas que amenazaban con dar un vuelco a todo lo que conocía.

Había tenido uno de los días más largos de su vida. Cada minuto pasado en la mina le había parecido una eternidad, pues solo podía pensar en su casa y en lo que habría estado sucediendo allí. Cuando por fin podía volver al pueblo, prefería estar sentada aquí y posponer el momento.

Deseó que la tormenta pudiese durar siempre. Sin embargo, en unos minutos, los truenos empezaron a oírse más distantes y la lluvia comenzó a amainar. Abrió los ojos: las nubes más negras se alejaban por el sur. Un débil rayo de sol atravesó la penumbra con indecisión. Su padre hubiese dicho que esa luz era una promesa de los dioses de que todo saldría bien. Índigo no tenía tanta fe. Nada mejoraría si ella no hacía nada para solucionarlo. Solo tenía que encontrar la forma.

Suspiró y se puso en pie, observando con tristeza el conjunto de casas que se agrupaba a sus pies. Su hogar. Un concepto que tendría significados diferentes para cada persona. Para ella, el hogar era Tierra de Lobos. En los últimos años se habían construido algunas casas nuevas, pero por lo demás el poblado seguía siendo el mismo. La espaciosa casa que su padre había construido al llegar a Oregón veinte años atrás se conservaba bien, con sus paredes de troncos secos y su techo de maderas grises y doradas. Desde donde estaba, podía ver el gallinero de su madre y el jardín de la parte trasera de la casa. Más allá, entre los árboles, se alzaba el tipi de su padre, un cono de piel envejecida de color miel, con los mástiles entrecruzados entre los majestuosos pinos. Junto a la pila de leña podía verse el tocón marcado con incisiones que ella y su hermano Chase habían utilizado para practicar con el cuchillo y el hacha.

Índigo no podía imaginarse viviendo en otro lugar. Sin embargo, justo en este momento, su padre podría estar firmando los papeles que cambiarían el curso de su vida para siempre. Si no lo había hecho ya. Ore-Cal Enterprises. Había oído este nombre por primera vez hacía solo un mes y ya lo odiaba.

Unas débiles columnas de humo gris se alzaban al cielo desde las chimeneas del pueblo. El viento las doblaba luego en dirección al sur. Hacia allí dirigió la vista, asustada al pensar en la idea de que un mundo completamente diferente existía más allá de las distantes cumbres nevadas. De este lado, solo unos pocos estúpidos la juzgaban por el color de su piel. En la mina, nadie la trataba de manera diferente por ser una mujer. Si su padre seguía adelante con el plan de vender la mina, la vida que había conocido hasta ahora podría desaparecer para siempre. En sus diecinueve años, nunca se había aventurado más allá de Jacksonville, que estaba a unos quince kilómetros de distancia.

No tenían por qué vender la mina, pero hasta el momento no había conseguido convencer a sus padres de lo contrario. Ella podía conseguir que las cosas volvieran a funcionar y ponerse al frente hasta que su padre se recuperase. Sabía que podía hacerlo. Si había un grupo de gente obtusa tratando de hacerles cerrar el negocio, allá ellos. Ella les pararía los pies como cualquier hombre. Solo necesitaba que sus padres confiasen en ella.

Frustrada, acarició el pelaje mojado de Lobo. Él se apretó contra ella. El animal le llegaba casi hasta las caderas, lo que le recordaba, muy a su pesar, que había heredado la frágil complexión de su madre. Odiaba ser pequeña, especialmente ahora que estaba en juego su capacidad para hacerse cargo de la mina. Todas las tardes, desde que su padre tuvo el accidente, había llegado exhausta a casa, pero ni una sola vez se había quejado por ello. Aun así, ¿su padre seguía queriendo vender? No era justo. No quería irse de allí.

Lobo la miró con sus grandes ojos dorados. Tenía una expresión asombrosamente humana y una sabiduría difícil de ignorar. Hacían una gran pareja, ella y Lobo. Un lobo tampoco encajaría en el mundo que había más allá de las montañas.

—Y bien, amigo mío, ¿no crees que ya va siendo hora de que volvamos a casa y oigamos las malas noticias? No podemos huir de ellas para siempre.

Índigo bajó por la colina, con cuidado de no pisar mal y resbalar con el barro. Lobo se colocó junto a ella, como un espectro silencioso y plateado que se fundiese con la oscuridad.

Al llegar a la calle principal, vio a Shorty Dixon reclinado en el banco que había frente a la tienda de abastos. Como de costumbre al salir del trabajo, mascaba tabaco con sus dos amigotes, Stretch y Stringbean. Vio enseguida que había un caballo bayo forastero atado a la puerta de su casa y, sin ganas de conocer a su propietario, deseó poder dar marcha atrás y quedarse un rato con los hombres. Casi podía oler los deliciosos aromas que salían del restaurante a esa hora del día. Se entretuvo un rato más bajo la lluvia. La risa de Stringbean llegó con el viento hasta donde ella estaba, y sonrió, segura de que Stretch estaría contando otra de sus increíbles historias.

El sonido de un portazo llamó su atención. Miró por encima del hombro y vio a su madre en el porche. Índigo echó a correr. Cuando se acercaba a la casa, el bayo, asustado por la cercanía de Lobo, dio un respingo y relinchó. Mirando al caballo de reojo, el lobo subió sigilosamente las escaleras del porche.

Índigo se echó hacia atrás el sombrero y se alegró al ver la sonrisa de su madre. No era una media sonrisa, sino una sonrisa amplia que iluminaba su cara.

—¿Qué ocurre? —preguntó Índigo, con miedo a precipitarse, pero sin poder remediar ser optimista al ver la expresión de su madre—. Madre, no te quedes ahí sonriendo sin decir nada. ¿Por qué estás tan contenta?

—Ah, Índigo, no lo adivinarías ni en un millón de años.

—¡Madre! —Subiendo los escalones de dos en dos, Índigo llegó hasta donde ella estaba—. No te pongas a jugar a las adivinanzas. No me vendrían mal buenas noticias para variar.

Su madre se puso una mano en la cintura y con la otra se tocó las trenzas doradas que llevaba sujetas en la parte alta de la cabeza.

—Dios ha escuchado nuestras súplicas y nos ha concedido un milagro. Ya no tenemos que vender la mina.

Índigo dejó escapar un gritito de satisfacción. A continuación, le asaltó la curiosidad.

—¿Qué tipo de milagro?

—Un hombre llamado Jake Rand. Por casualidad, estaba ayer en Jacksonville y oyó lo del accidente de tu padre. Estaba buscando trabajo, sin mucha suerte. Tiene mucha experiencia como minero. Se ha ofrecido a ser nuestro capataz hasta que ahorre lo suficiente y pueda seguir su camino. Es una solución perfecta para nosotros y para él.

Índigo sabía que debía de estar contenta, pero en vez de eso se sentía como si le hubiesen aplastado el estómago. En vez de pensar en ella, su padre había preferido contratar a un extraño. Después de todo lo que había pasado, ¿cómo podían sus padres confiar en este Jake Rand?

—De todas modos —continuó su madre—, el señor Rand necesitará familiarizarse con la mina. Tu padre espera que tú puedas ayudarle. ¿No te importará enseñárselo todo, verdad? Nadie conoce la mina como tú.

Eso era cierto, y le dolía que todos esperasen que soltase las riendas.

—Madre, yo puedo hacerme cargo de la mina. No necesitamos a ningún extraño. Será un salario más.

Su madre torció la boca.

—Cariño, sé que habías soñado con encargarte de la mina, pero los sueños no siempre son prácticos. No es una cuestión de si estás capacitada o no, sino de que eres solo una niña. No puedes esperar que un batallón de hombres se ponga a tus órdenes.

Índigo podía, y lo haría, pero sabía que decirlo no cambiaría las cosas. Reprimió un bufido de enfado. Estas últimas semanas habían sido muy difíciles para sus padres.

—¿Cuándo quiere empezar el señor Rand?

Una expresión de alivio cruzó el rostro de su madre.

—Inmediatamente, creo. Empezará a trabajar mañana por la mañana. —Puso una mano en el hombro de Índigo—. No te sientas mal. Ya tendrás tiempo cuando seas mayor. Por ahora, siéntete orgullosa de que tu padre te haya elegido para ser el brazo derecho del señor Rand. Porque eso es lo que vas a ser, ¿sabes? Tendrás que responder a todas sus preguntas. En realidad, si lo piensas, estarás dirigiendo la mina a través de él.

Para Índigo, eso era una estupidez, pero la vida podía ser muy estúpida a veces, sobre todo para las mujeres. Conocía la mina como la palma de la mano y, sin embargo, debía instruir a otro para que se hiciera cargo de ella. No era suficiente, pero sabía que debía conformarse. Su padre tenía una lesión grave. La mina estaba al borde del desastre. Su madre trataba de ocuparse de todo con una plegaria y una sonrisa en la boca.

—Puedes contar conmigo, madre.

—¿Acaso crees que lo dudaba? —Su madre inspiró profundamente. El aire estaba cargado de humedad—. Las cosas van a ir bien a partir de ahora. Puedo sentirlo. —Sus brillantes ojos azules se encontraron con los de Índigo—. ¿Quieres que entremos y te presente al señor Rand?

Índigo se frotó las manos en los pantalones de ante.

—Si voy a volver a la mina, no tiene sentido que me lave. Esperaré aquí fuera para no ensuciar el suelo de casa. —Entonces recordó algo—. Mamá, ¿y qué hay del hombre de Ore-Cal? Se suponía que debía venir hoy. ¿No ha dado señales de vida?

—No, gracias a Dios. Mandaron un telegrama diciendo que se retrasaría un par de semanas. Imagínate cómo nos hubiésemos sentido si tras vender la mina hubiese aparecido el señor Rand.

La luz de la lámpara de gas teñía el dormitorio de un color ámbar, que contrastaba agradablemente con la oscuridad de la tormenta que se ceñía al otro lado de la ventana. Había empezado a llover de nuevo, con un repiqueteo persistente sobre los cristales. El silbido de la lámpara le tranquilizaba. En el ambiente, había una calidez que provenía de la cocina y de la chimenea de la otra habitación. Jake se acomodó en la mecedora junto a la cama de Cazador Lobo.

No recordaba haber visto nunca una casa con tanto encanto y sencillez como esa. Mirase donde mirase, podía ver la mano de la señora Lobo. Cuando Jake pensó en la fortuna que se habían gastado decorando su casa de Portland y en el frío resultado si lo comparaba con lo que tenía ante sus ojos, se sintió extrañamente solo y vacío.

—Tiene una casa muy bonita —comentó a su postrado anfitrión. Según los estándares de Portland, el lugar era poco más que una choza, pero le gustaban las coloridas alfombras y las rústicas paredes de madera. Le transmitían un sentimiento de atemporalidad. Y algo más, algo que no podía definir, pero que le hacía querer quedarse allí para siempre.

Los ojos color índigo de Cazador brillaron con afecto.

—Mi mujer tiene magia en sus manos. —Contrajo los hombros y cerró los ojos al tratar de colocar el brazo vendado en una posición más confortable. Puso la vista en el edredón que le cubría el regazo, firmemente colocado—. Todo lo hace con mucho amor.

«Sí —pensó Jake—, eso es lo que siento en esta casa, mucho amor, algo que ni todo el dinero del mundo puede comprar o reproducir.» De repente, se sintió incómodo e inseguro sin saber muy bien por qué. Se echó hacia delante en la mecedora y se abrazó las rodillas.

Cazador Lobo no era la causa de sus pesares. A Jake le gustaba ese hombre, tanto que no podía creer que alguien quisiera matarlo. Sin embargo, la prueba estaba ante sus ojos: el señor Lobo parecía tener más huesos rotos que sanos.

Jake estaba arrepentido. Incluso aunque su padre no fuera responsable, odiaba ver a un hombre tan fuerte y duro confinado en una cama. Y muy probablemente no saldría de ella en las próximas semanas. Jake sabía cómo se sentiría si se viera obligado a depender de una mujer del tamaño de Loretta Lobo. Se mostraría reacio a pedirle el más mínimo favor. Le costaría incluso que le ahuecase la almohada, por temor a que tratase de levantarle.

—¿Qué le hace pensar que los accidentes de la mina tienen que ver con prejuicios raciales? —preguntó Jake suavemente.

Lobo jugueteó con una hebra de hilo azul de la colcha.

—¿Por qué si no? Estoy seguro de que los accidentes han sido…

Cuando Jake vio que su anfitrión parecía buscar la palabra correcta, se apresuró a ayudarle.

—¿Amañados?

Una sonrisa fría apareció en la boca de Lobo. Después asintió y se quedó pensativo.

—No he hecho mal a nadie. Si alguien quiere perjudicarme, solo puede ser debido a mi origen indio. —Sus ojos se encontraron con los de Jake—. Muchos han venido a estas colinas. Algunos traían malos sentimientos. Si usted se queda a mi lado, le odiarán también. Estuve a punto de morir en el último desprendimiento. —Había una pregunta en sus ojos—. Muchos hombres no aceptarían este trabajo si supiesen esto.

—No soy de los que huyen de los problemas. —Jake sabía que nadie podía relacionarle con Ore-Cal. Los Rands dirigían todos sus negocios utilizando el nombre de la compañía. Pero eso no le tranquilizaba. La mirada de Lobo parecía capaz de adentrarse en las capas internas de cualquier hombre hasta hacerle sentir transparente. Jake no podía arriesgarse a revelar la verdadera razón de su llegada… al menos, no todavía—. Necesito este trabajo y usted necesita un hombre de confianza. Parece la solución perfecta para ambos.

Lobo pareció pensárselo.

—Después de todo lo que ha pasado, siempre trato de cubrirme las espaldas. Sin embargo, sus ojos me hablan de amistad. Y tiene un rostro honrado.

—¿Es por eso por lo que estaba pensando en vender? ¿Porque no tiene nadie en quien confiar? ¿Por lo peligroso que es?

—No me importa el peligro que yo pueda correr. Si por mí fuera, mantendría cerrada la mina hasta que me curase y después volvería a abrirla. Pero tengo bocas que alimentar.

Hacía tiempo que Jake no había tenido que preocuparse por asegurar las necesidades básicas de sus seres queridos, pero aún recordaba cómo era cargar con esa responsabilidad sobre los hombros.

—Mi hija, Índigo, ha intentado vigilar a mis hombres y hacer todas las reparaciones —explicó—. Creo que podría dirigir la mina muy bien, pero, después de todos estos accidentes, temo por ella. Su madre está aún más preocupada y, como yo no puedo trabajar, tiene que hacer el doble. —Levantó la mano que tenía sana en un gesto de inevitable derrota—. El médico dice que pasará aún una temporada antes de que pueda volver a andar. Algunas veces, un hombre debe dejar a un lado su orgullo. Debe decir suvate, «todo se ha cumplido», y mirar hacia el horizonte.

Loretta Lobo era como un suspiro de mujer, y Jake no podía culpar a su marido por sentirse protector con ella. Todavía no había visto a Índigo, pero imaginar a una muchacha dentro de una mina que había sufrido ya varios derrumbes le ponía los pelos de punta. La preocupación le mataría, si hubiese sido su hija.

—Bien… —La voz de Jake se quebró y bajó la vista al suelo. No podía soportar el hecho de que su padre fuera responsable de la mala fortuna de esta familia, y solo podía rezar para que el señor Lobo tuviese razón y los derrumbes fueran obra de gentes del lugar que odiaban a los indios—. Me alegro de haber llegado a Jacksonville antes de que vendiera.

—Yo también me alegro de tenerle.

La sencillez y honestidad de esta respuesta le llegó al corazón. Indicaba que era un hombre capaz de anteponer la verdad, por mucho que eso le perjudicase. ¿Qué le sucedería a su familia cuando él tuviera que marcharse? Cuando planeaba su viaje a Tierra de Lobos no pensó en esta gente como algo real, y tampoco pensó que pudiera llegar a encariñarse con ellos.

—Si algo ocurriese… si resulta que no puedo quedarme hasta que usted esté totalmente recuperado, ¿no hay nadie, amigo o familiar, que pueda ayudarles?

El señor Lobo cerró los ojos un instante.

—Muchos amigos, sí, pero tienen que alimentar a sus propias familias. Mi hijo podría volver a casa, pero, si se lo pido, perderá todo lo que ha conseguido en estos meses de trabajo en el bosque. Mi cuñado, Antílope, también trabaja la madera, y necesita estar allí para ayudar a Chase con los pedidos. No puedo pedir a otros que lo pierdan todo para ayudarme.

Era evidente que Cazador no había conseguido dejar a un lado su orgullo.

—Algunas veces, no nos queda más remedio que pedir ayuda a nuestra familia.

—No, si es para salvar una mina que podría agotarse la próxima semana o el próximo mes. La madera es el futuro de mi hijo. Podría terminar siendo también el mío.

Nadie sabía mejor que Jake lo insegura que podía llegar a ser la minería. Suspiró y asintió.

—Está bien. Mientras yo esté aquí, puede que la ayuda de su hijo no sea necesaria.

Los ojos de Lobo brillaron de nuevo.

—Mi mujer cree que su dios le ha enviado aquí. Si eso es cierto, entonces él querrá que se quede hasta que ya no le necesitemos más, ¿no cree?

No podía haber dicho nada peor. Sintiéndose terriblemente culpable, Jake miró la lluvia por la ventana. Quería decirle a Lobo la verdad sobre quién era y por qué estaba allí, pero, si lo hacía, el mestizo lo enviaría de vuelta a casa. Y, dadas las circunstancias, ¿quién podría culparle?

—Bien… —Desde el inicio de la conversación, «bien» había sido su palabra favorita, pensó Jake. Un tema profundo con un final vacío, una palabra que lo decía todo sin decir nada. Con ganas de escapar a la mirada penetrante de su nuevo patrón, Jake se levantó de la mecedora de la señora Lobo y recogió su chubasquero del suelo. Estaba furioso, y no podía remediarlo. Lo único que este hombre quería era ganarse la vida con modestia y mantener a su familia. No parecía justo que algunas personas tuviesen tanto mientras otras perdían lo poco que tenían aunque se mereciesen más—. Espero que esté satisfecho con mi trabajo. —Jake lo deseaba con todo su corazón—. En el tiempo que pueda quedarme, le aseguro que haré todo lo que esté en mi mano.

Cazador parpadeó. Por un instante, Jake pensó que iba a dormirse antes de que terminasen la conversación. El láudano que tenía en la mesilla de noche parecía estar cumpliendo su cometido.

Con gran esfuerzo, trató de concentrarse.

—El trabajo se amontona, tanto en la mina como aquí. Desde que mi hijo y mi cuñado se fueron, me han faltado manos. Conseguí arreglar el tejado este otoño, pero hay otras cosas…

—No se preocupe por el trabajo —le interrumpió Jake—. Soy bastante hábil. Si veo algo que necesite ser reparado, lo haré.

—Índigo… Ella lo intenta. Pero es una carga pesada para una muchacha.

—Mientras yo esté aquí, usted solo tendrá que preocuparse de ponerse bien. Yo me ocuparé de lo demás.

Como tenía el brazo derecho en cabestrillo, Cazador extendió el izquierdo para despedirse. Aunque estuvieran débiles y algo temblorosos, los dedos del indio estrecharon con fuerza la mano de Jake.

—Para mis amigos, soy Cazador.

Lo último que quería Jake era tenerle como amigo. Su misión ya era bastante difícil aquí como para añadir un componente de lealtad dividida.

—A mí me llaman Jake.

Lobo sonrió.

—Está bien. —Aflojó un poco la mano y su brazo cayó pesadamente en la cama—. Ahora puedo descansar tranquilo, ¿verdad? Porque nos ha llegado del cielo…

El mestizo cerró los ojos, y sus facciones se suavizaron. Jake se quedó de pie junto a él, sintiéndose como un condenado al que acaban de cerrar la puerta de la celda.

Algo llamó la atención de Jake. Loretta Lobo entró sigilosamente en la habitación. Aunque su indumentaria era sencilla y no llevaba ninguna joya, estaba radiante en su sencillez, el tipo de mujer que hacía sonreír a un hombre. Jake entendió por qué los ojos de Cazador brillaban de amor cuando hablaba de ella. Tan frágil como un pajarillo, no parecía tener nada que ver con el hombre duro que yacía en la cama. Y, sin embargo, Jake tenía el presentimiento de que era ella quien gobernaba la casa. Había que tener un corazón muy duro para contrariar a unos ojos azules como aquellos.

—Nuestra hija, Índigo, ha accedido a mostrarle los alrededores, señor Rand. Ella conoce mucho mejor la mina que yo. Podrá responder a todas las dudas que tenga.

Jake echó un vistazo por la ventana.

—Hace un día bastante desapacible para que una jovencita ande de un lado a otro.

Ella le miró con orgullo.

—Índigo no se deja amedrentar por el mal tiempo. Le está esperando en el porche.

Jake se puso en marcha inmediatamente, ya que imaginaba a alguien como la señora Lobo tiritando de frío en el porche.

—Será mejor que salga entonces.

—Comerá con nosotros y se quedará en el dormitorio de Chase mientras esté aquí. La cena es siempre a las seis.

A Jake no le gustó la idea de hacer uso de sus despensas también. Sabía, aunque no se lo hubiesen dicho, que la familia Lobo no pasaba por uno de sus momentos más boyantes.

—Aprecio la oferta, señora Lobo, pero ya he dejado dicho que me quedaría en el hotel.

—De ningún modo —insistió—. En cuanto vuelva de la mina, irá y le dirá a la señora Bronson que ha cambiado de idea. Los precios de Mike son justos, pero son bastante elevados para un obrero que necesita alojamiento.

Jake no era un obrero, y ya le gustaba la familia Lobo más de lo que creía conveniente. Si se quedaba en su casa y comía con ellos, todo iba a complicarse más.

—Es muy amable de su parte, pero…

Ella levantó la mano.

—No se hable más. Se queda con nosotros, y es mi última palabra. —Sin más, pasó por delante de él para ir a inclinarse sobre su marido, que dormía. Después de tocarle la frente con la mano, levantó los ojos y le dirigió una beatífica sonrisa—. No le había visto tan tranquilo desde el accidente.

A Jake no le gustaba que le adjudicaran el papel de salvador. Salió de la habitación sin dar la espalda y cerró sigilosamente la puerta.