CAPITULO 25
No se dio cuenta en qué momento había cerrado los ojos, pero supo que había dormido por su bienestar al despertar. Estaba abrazando la almohada cuando abrió los ojos como grandes faroles. La habitación tenía una luz tenue proveniente de una de las lámparas de las mesas de noche. El canto de varios gallos en un coro desentonado atrapó su atención. La cama era tan amplia que se sintió perdida en ella, estiró la mano a su alrededor buscándolo, pero no lo halló. Sus pupilas se adaptaron pronto a la baja intensidad lumínica, al hacerlo se toparon con su cuerpo. Llevaba pantalón jeans puesto, el pecho estaba desnudo mientras se ponía una camisa manga corta. Supo que se había calzado por el sonido de la suela contra el piso. Era un rechinar en la cerámica. Se reacomodo en la cama, sentándose en ella. Tímida ajustó la bata de baño a su cuerpo.
- Puedes irte ya.
Sonó árido, frío. ¿No podía dar los Buenos días al menos?- Pensó aturdida- ¿qué hora es?
- Las cinco de la mañana. Don Braulio no iba a venir de
todas formas- Espetó justificándose al no despertarla a la hora pautada para su viaje. Iba a decir algo más, pero vestido ahora, tomó la pistolera del borde de la cama y se la colgó en la cintura, luego buscó la pistola automática del interior de un baúl junto a la cama en donde solía guardarla cada noche después de la jornada.
- Levántate. Te haré entrar por el despacho para que no
te vean los obreros.
Así fue. Le mostró sin mucho interés el pasadizo secreto hasta su despacho.
- Sí, Lorena. Sorpréndete una vez más. Siempre estuviste
a un paso de mi habitación.
Enmudecida recogió su ropa y salió con ella en los brazos luego que él le ordenara salir con la bata puesta, después de todo era temprano, supuso quizás que podría seguir durmiendo en su alcoba.
En el interior del rancho no debería haber nadie despierto puesto que Doña Verónica no había regresado y Tomás dormía en las habitaciones traseras junto al establo, pero una sombra espectral se desvaneció tras las paredes del vestíbulo, en la sala donde estaba la chimenea. La hoguera encendida delató la presencia de alguien al proyectar una sombra chorreándose entre las paredes en medio de una calma sepulcral. Se convenció de que era alguien del mundo terrenal, un mortal cualquiera deambulando, un noctámbulo sin rostro, a quien no deseaba ni esperaba enfrentar en ese momento.
Sin el mínimo deseo de averiguarlo, por temor a ser descubierta, se aferró a la ropa que cargaba en brazos mientras se lanzaba en largas zancadas procurando diezmar el sonido que pudiesen emitir sus pasos. Presurosa subió las escaleras, admirada de sí misma, al no haber tropezado o caerse en ellas dada la penumbra que aún no era destruida por la aurora, que no terminaba de llegar. Aunque solo había dormido en sus brazos estaba convencida que ante los ojos de cualquiera había ocurrido algo más. Algo más, que por sus andanzas anteriores podría poner en evidencia su falta de moral. No lograba imaginar que cara pondría si alguien descubriese que la ingeniero de obras, la huésped con cara de santurrona estuviera haciendo y deshaciendo en las sábanas del patrón.
Yoneida Veracruz había llegado al rancho o muy tarde en la noche o muy temprano. Debía retomar su faena y de seguro la cocina formaba parte de ella. Se mordió el puño derecho al verla escabullirse con la bata de cama de Don Bruno. Reconocería a un kilometro de distancia cada uno de los atuendos que él hubiera usado. No lograba comprender ni concebir la razón por la que un semental como su patrón tuviera interés en alguien tan insulsa y carente de voluptuosidad. La estrategia para atraparlo en sus redes había sido un fracaso total, a tal punto que desde su llegada a Mérida sus intentos por hacerle compañía nocturna en el suntuoso hotel escalaron niveles infrahumanos, el desprecio y la indiferencia eran términos a los que no estaba acostumbrada, solía ser el epicentro de toda tertulia en donde nunca se iba sin compañía a la cama. Sus destrezas en las sábanas era bien cotizadas, su juventud y belleza destellaban…a veces, cuando meditaba, entre las paredes vacías de su cuarto, tras el silencio de la noche, se preguntaba las razones por las que siendo tan admirada nunca conservaba la compañía de los cuerpos masculinos que le besaban… la maldijo. La maldijo una docena de veces, propinándole insultos sin pie ni cabeza. Lorena Blasco Veragua pasaba de ser un huésped del patrón a ser una rival más. No comprendía tampoco, por qué salía del despacho, si la habitación del Patrón colindaba con el patio trasero. Imaginó haberse equivocado. De seguro había salido de la alcoba de doña Verónica, después de todo, estaba ausente. Deseó meterse en la habitación para corroborar sus hipótesis. Debería estar desesperada si lo hacía y se topaba con su patrón en ella. Apreciaba su trabajo, así que optó a la poca sensatez que todavía, albergaba.
Los gallos no dejaban de cantar ese afanoso quiquiriquí que taladraba en los oídos de Yoneida Veracruz. El sonido que emitía la gran cantidad de aves de cristofué2 amenazaba con sacarla de sus casillas. Su peculiar sonido silenciaba el canto de las aves nocturnas y diezmaba los demonios que buscan esconderse en las almas quebrantadas. La cocina se iluminó por completo. Empezó a preparar los alimentos del día, el yogurt que debía sacar bajo el cimiento de cerámica luego de haber puesto a fermentar la leche en la olla de peltre recubierta por gruesas mantas, las arepas que debía asar luego de sacar la masa de maíz pelado del refrigerador y las tortillas de tocineta que servía para su patrón con tanto deseo de conquistar su estómago. Cada vez que rebanaba un trozo de la tira de tocineta de forma sinusoide imaginaba que estrujaba entre sus dedos el cuello de Lorena. Rechinaban sus dientes, luego inhalaba y exhalaba, era una respiración profunda, casi espasmódica, por breves instantes parecía tener piedad del trozo de tocineta colocando el dorso de la muñeca de la mano que sostenía el filoso cuchillo en un costado de la cadera. Era un breve descanso acoplado a un oculto tics nervioso en los labios. Una pierna fingía estar estática mientras los dedos de su piel ocultos bajo las zapatillas nuevas subían y bajaban. Meditabunda parecía tramar algo en su contra. En su mente todo parecía perfecto, antes de Lorena, todo lo era, solo necesitaba de un poco de tiempo, el frío de las montañas y el solitario corazón de su patrón. Sin conocerlo, pretendía saber más de él que cualquier otra mujer que hubiese convivido con él antes. Bastaba con observarlo, día y noche, esperanzada en poder insertarlo en sus sueños noche tras noche. Bruno Linker su patrón, no solo era el semental que se petrificaba como un enorme manjar en sus pies, representaba el trampolín que una muchacha joven desprovista de riquezas u oportunidades pudiese tener. Con él podría, algún día ostentar de ser la dueña y señora de las tierras en donde durante tantos años habrían laborado las mujeres de su familia. Les taparía la boca a todos aquellos que se jactaban de discriminarla y tildarla por ser la cabra loca de los Veracruz. Estuvo a punto de dar bramidos al recordar lo que los demás pensaban de ella, así que se mordió el puño de la otra mano cerrando los ojos lacrimosos… suspiró mientras con cuchillo en mano se aliso la falda. Débil. Se sintió de repente débil. Impotente. Era su patrón y ella... ¡esa oportunista, era su huésped!.
- ¡Eso!- Espetó al golpear la mesa con la cacha del
cuchillo y de una vez liberarlo de su pulso
nervioso- ella es solo una huésped, así que debe irse en
cualquier momento – Pensó aferrándose a la factible realidad-
entonces, de qué me preocupo. Esa mujer deberá irse de Altamira de
Cáceres, de las Calderas, de Barinas, quien quita y hasta se vaya a
la mierda, donde sea que quede ese lugar. ¡Serénate Yoneida! ¡Que
una mujerzota como tú no tiene competencia!
Convencida de su superioridad, retomó el cuchillo para terminar de rebanar la tocineta y de una vez por todas echarla en el sartén que le esperaba a medio fuego. Con destreza encendió la otra hornilla y montó la olla con el agua para el café. En el cimiento le esperaba el pedestal metálico en donde colgaría el colador de tela. Era su costumbre de siempre preparar el café al modo tradicional, ignorando por completo la suntuosa cafetera eléctrica que brillaba tras el horno microondas, también ignorado en tantas ocasiones por ella. Se quejó al quemarse un dedo con el vaho ardiente luego de haber vaciado en la olla la dosis adecuada de café molido. Llevó el dedo lastimado por el vapor a sus labios chupándolo como si con ello estuviera diezmando su dolor. El olor delicioso a café atraía instantáneamente a su patrón, sabiéndolo, lo olvido por completo y se topó con su mirada tras el umbral de la puerta de la cocina disponiéndose a abrir el refrigerador. Saludo por modestia. Se extrañó. En otras ocasiones la habría ignorado mientras se hacía lugar en la mesa teniendo que sacarle palabras con insinuante interés en sus quehaceres.
Una vibración extrasensorial agitó su pecho haciéndola sonreír. Aliso su falda de nuevo, buscando atender de la mejor forma a su deseado y tantas veces soñado, Patrón.