CAPÍTULO 3

Lorena Blasco había dejado su habitación hace diez minutos y esperaba junto a la señora Verónica en las bancas del porche. Estaba escuchando la conversación con Efigenia y su hija, una jovencita que se iniciaba en la pubertad, lo podía saber al observar sus pechos levemente abultados bajo la tela floreada de su blusa como si se tratara de un par de pequeños limones, sus trenzas largas caían tras su espalda impregnándole dulzura e ingenuidad. La señora lucía mayor, llevaba una pañoleta verde con bordados blancos y rojos que llamaban la atención. Se habían saludado con mucho cariño y hasta habrían sido presentadas en medio de abrazos y estrechones de manos frías que se acaloraban con las sonrisas. Llevaban un par de baldes de aluminio para el ordeño que incitó su curiosidad. Habían transcurrido seis largos años sin disfrutar la deliciosa vida del campo. Añoró las visitas a las tierras de su padrino en el alto Apure y en Portuguesa. Sus padres y ella fueron muy felices durante su permanencia en los llanos, con ellos había aprendido a cabalgar (y se jactaba de hacerlo bastante bien) a criar cachama, a sembrar y por supuesto lo más básico de una vida de granja: a ordeñar. Claro que no siempre resulto fácil, tuvo que probar muchas veces con las pobres ubres de las vacas que al verla llegar parecían querer huir, pero una vez que dominó el oficio del ordeño ninguna ubre se resistía. Por un momento olvido su tragedia. Bueno, realmente sintió que exageraba su situación, todo aquello no era tan trágico como se empeñaba en verlo, comprendió que quizás esas eran las merecidas vacaciones que tanto mencionaba su amiga y que el destino le imponía, solo era cuestión de verlo desde otro punto de vista e imprimirle un nuevo semblante. Las montañas andinas se presentaban a sus pies como el propio paraíso, la señora, una anciana bastante fuerte y llena de vida era un dulce nada empalagoso y el hombre de la casa resultaba embriagador, algo tóxico y con un toque de veneno atrayente, que no sabía identificar.  Recordaba sus razones para no partir y parecieron muy coherentes, creíbles, especialmente cuando Efigenia le comentó a la señora Verónica que había visto al patrón echando llave bajo la camioneta esa mañana, pero que no vio que pudiese encenderla. Al levantar la mirada vio venir en galope a Bruno Linker, majestuoso e imponente, lucía inalcanzable sobre la montura del caballo, sostenía con brío las riendas mientras un ala de su sombrero ensombrecía sus seductoras pupilas.

Lorena sintió una sacudida en su cuerpo que la hizo ruborizarse una vez más. Ajusto de nuevo sus lentes sobre el tabique nasal, deseo haber traído los lentes de contacto en lugar de los de montura, hizo a un lado las ondas de su cabello en un vago intento por disipar su repentina inquietud. Al verlo sobre el caballo se alegro de ser amante de las botas Loblan y haber viajado con sus preferidas, no se imaginaba querer cabalgar con sandalias de tiras y tacón. Sus orejas se acaloraron de nuevo al sentir sus miradas, así que disimuladamente las frotó inclinándose con el pretexto de prensar su cabello castaño rojizo. ¡calma! ¡Si te pones de esta forma con solo verlo ¿ cómo será al cabalgar a su lado?¡va a creer que le gustas!- Le reclamaba ese fastidioso e impertinente yo interno que la volvía más torpe de lo que hubiese sido en toda su vida junta.

La camisa de Bruno se ajustó perfectamente a su silueta, acomodada bajo el cinto de su pantalón jeans le resultó fácil descubrir el verdadero contorno de su cintura e imaginar la altura de la cima de sus voluptuosos pechos. La comisura de sus labios sufrían las inclemencias del frío pero el rosa pálido adoptado los hacía más excitantes. Bruno en silencio los codiciaba pero sabría ocultarlo muy bien. No quería presentarse como un vil aprovechador de circunstancias, aunque no comprendía por qué  de repente esa mujer lo obligaba apegarse a la moral modificando su estatus de mujeriego irracional. En su anterior vida mundana, todo lo relacionado a mujeres era fácil. Un sencillo juego de miradas, acercamiento, abrazos, besos y sexo. Mucho sexo. Era fácil. Además se consideraba un imán para el sexo opuesto, no existió alguna que se resistiera a sus dotes y ninguna a quien no satisficiera. El amante perfecto. Pero todo quedaba en ese plano. El plano sexual. No podía entender porque no internalizaba con ninguna de sus mujeres, no podía transcender, era como si nunca llenaran su alma o su corazón, como si un gran vacío se hubiese apoderado de su vida obligándolo a vivir del look exquisito de su mujer de turno. Ni siquiera durante los cortos meses de matrimonio vivió el amor del que tanto hablan al casarse. Llego a creer que el amor era una fábula y solo era una herramienta  publicitaria para capturar incautos.

Verla así de cerca y a sus pies lo hizo enseñorearse de ella. El caballo relincho al detenerse. Lorena se despidió de las dos señoras y de la linda jovencita a quien ahora, gracias a un haz de luz, descubría esos tiernos ojos azules. Pensó en los peligros de que una joven como ella viviera tan cerca de un hombre como su patrón. Estaba convencida de que Bruno Linker tenía algo tóxico pero excitante en su cuerpo, así que una mujer que no quisiera irrespetarse debía ser muy racional para no caer en el charco de arenas movedizas que representaban sus brazos.

El caballo reaccionó a su señal con las riendas y se inclinó un poco a los pies de Lorena, chasqueando antes las herraduras delanteras como si estuviera presumiendo de su próximo acto. Se inclinó en un relincho mientras sacudía la melena. Sorprendida aceptó la mano de Bruno y cediendo su peso corporal a él subió a un lado del lomo del caballo, frente a su montura. No pareció esforzarse en subirla, ni siquiera gimió con el esfuerzo, al contrario ordenó un “arre” que atrajo las miradas de los presentes. Se lanzó en galope tras las faldas de las lomas cercanas a la entrada. Lorena se acomodó lo mejor que pudo aferrándose a los brazos rígidos de su jinete. Metros después cuando no se divisaba la entrada al rancho, él detuvo el paso al tensar las riendas. Le hablaba de esa forma. Era como si cada temple de las mismas expresará una idea. Desde su posición Lorena escuchaba los latidos de aquel hombre y se sorprendió al no saberlo agitado por la cabalgata. Ha de estar acostumbrado, pensó al recordar a la señora Verónica contarle de su faena como entrenador de caballos de paso.

-   Cabalga usted muy bien y lo felicito tiene un ejemplar precioso

y bien cuidado.

-   Gracias. Me gusta cuidar de mis pertenencias- templó de nuevo

las riendas desplazándose tras unas rocas cubiertas por una especie de musgo suave. El paraje montañoso exhibía rocas negruzcas de diversos tamaños mientras una fina capa de niebla entumecía sus huesos. Él se acercó  más a ella. Su cuerpo cálido parecía una hoguera dispuesto a irradiar calor.

¡Calma, Lorena!, ¡calma! – Se decía así misma, mientras su Yo interno se arrimaba al macizo pectoral. ¡Olía a pinos silvestres! 

- ¿qué estuvieras haciendo en este momento, si no hubieras perdido el autobús?- Lorena sintió como si la barrera de la informalidad se hubiese roto. ¡La estaba tuteando! y eso le pareció bueno.

- Trabajando y planificando la semana siguiente, aunque lo de la planificación lo hago mentalmente, a diario.

- Suena aburridor. ¿Y en qué momento te diviertes? en qué momento haces vida nocturna o rumbeas, como dicen aquí en Venezuela.

Una risa armoniosa lo dejó por unos segundos absorto e inmerso en su próxima pregunta. La contempló sobre su atuendo buscando algún trozo de piel desnuda, pero su camisa cubría desde sus muñecas hasta el cuello y sus piernas lucían unas botas loblan negras de corte medio que imaginó bajo las botas de su jeans.

-   ¿Rumbear? ¡Qué va! Eso es para las personas que no tienen 

nada que hacer,  tengo muchos compromisos y rumbear no forma parte de mi rutina.

Detuvo el caballo de bruces sin  evitar poder reírse.

-   ¿Qué dices? ¿Es qué eres marciana o de alguna otra galaxia?

¡qué absurdo!

Sus palabras sonaron tan irónicas que en cualquier persona hubiera causado molestia así que se deshizo de sus brazos y se deslizó del caballo con la destreza de un jinete. Bruno no dejó de reírse mientras seguía sus pasos desmontando a Trino.

-   Espera, no quise molestarte, lo que pasa es que nunca había

escuchado algo tan…

-   Ridículo, sí dígalo-lo instó a hablar- ¿ Es lo que piensa?. No es

la primera persona que me lo insinúa. Permítame explicarle. Según mi propia teoría una persona que suele rumbear es alguien quien bien no tiene proyecto en mente o bien todos sus proyectos han sido alcanzados. Cuando todo lo proyectado se ha alcanzado no resta más que administrar o ser gerente de lo obtenido, muchos pueden delegar funciones e incluso asignan sus nuevos proyectos a personas capaces que le asisten a diario y solo deben sentarse a revisar los libros de contabilidad y los flujos de caja. No tienen más nada que hacer. Por esa razón pueden darse vida, claro entre comillas, si es que a eso se le puede llamar vida.

Sorprendido la escuchaba buscando la profundidad y el sentido de sus palabras. Sintió como si lo estuviera describiendo, pero estaba seguro que su nana jamás hablaría de sus negocios y la forma en que generaban sus ingresos, así que no debería sentirse aludido. “Sorprendido, sí, pero jamás aludido”. La contienda por llevársela a la cama iba a estar fuerte y por los momentos estaba perdiendo el primer round. ¡Su blanco no rumbeaba!

-   En mi caso- prosiguió con una voz tranquila y natural mientras

se sentaba en unas de las rocas frías- estoy empezando, así que si quiero llegar a los cuarenta con cierta libertad en mis finanzas, debo  concentrarme en ello, ¿no lo cree así señor Bruno?. Usted parece ser un hombre de negocios  y podría darme una mejor razón.

-   Eh- Carraspeó un poco merodeándola mientras rozaba su

mandíbula con la mano derecha deseando estar besándola y no dándole razones para ser esclava del trabajo- pero si lo que buscas es libertad financiera hay formas más divertidas e ingeniosas para que una chica joven y bonita pueda alcanzarla.

Él pudo sentir una mirada asesina destrozando sus entrañas, no era ninguna tonta así que su mensaje resulto demasiado claro- Espera, no quiero ofenderte, pero…

-   ¿Usted no iba a recorrer los cultivos? – espetó con altivez

mientras posaba las manos en sus caderas.

-   Evasiva y tormentosa, ¡vaya! ¡Me he ganado el premio mayor-

Espetó

-   ¿qué?  Señor Bruno, lo que menos quiero es causarle molestias

y si diferimos de ideas, disculpe. Es normal, sino que aburridísimo sería el mundo. ¿No le parece?

-   Para que nos la llevemos mejor señorita Lorena, no me diga

señor por favor, y bueno, respecto a su percepción de la vida, no me parece errada, aburrida sí, pero no errada.

Una mutua sonrisa les impregnó el rostro de tranquilidad, era como si un cese al fuego hubiera hecho aparición. Caminaron algunos metros para cruzar una barraca abandonada, tras ella un vasto terreno de siembras rectangulares de distintos tonos del verde que se posaba sobre una pendiente de casi sesenta grados, según su cálculo empírico.  Él arrastró una cerca de alambre que coronaba el declive para cederle el paso a su peculiar huésped. Al fondo vio  tres grupos de hombres de campo,  de unas cinco o seis personas en cada uno, haciendo labores de desmalezado y de cosecha, muy cerca de ellos alguien seleccionaba semillas sobre una manta blanca. Le sonreían amenos. La cordialidad les brotaba por los poros y a Lorena le agradó enormemente. Se percibía en sus ojos. Conversó con  algunos y aprendió algunos tips para una óptima selección  de semilla, claro, que en una congestionada ciudad repleta de smog y en una casa repleta de cerámica y concreto le sería totalmente inútil.  Su huésped parecía una gota de miel entre esas montañas porque a todos parecía simpatizar. Bruno  halagó su humildad y cortesía al dirigirse a ellos. No le importó estrechar su mano con la de aquellos trabajadores de piel llena de callos y  de barro. Tampoco mostró desprecio al percibir en los campesinos el peculiar tinte amarillento en los dientes o las manchas de chimo que de tanto escupir teñía algunas partes del camino.   El terreno estaba compacto, y  por tramos, repleto de barro. La tormenta de anoche solo había sido uno de las tantas que se habían desatado sobre los Andes Venezolanos.  El río estaba distante de esa ladera de siembras de hortalizas, pero  cerca de él se mantenía el molino de café y la procesadora de caña para producir panela y papelón y ellas sí que habían sufrido de sus inclemencias. Bruno colaboró con uno de sus hombres a llevar la carga de algunas hortalizas hasta la cima de la ladera en  donde las mujeres las tomaban, las lavaban, secaban y empacaban en grandes cestas de madera que luego Tomas, el capataz de Bruno Linker, ponía en el mercado. Finalmente Bruno Linker se dedicaría a contar el dinero de la producción. Entonces, la teoría de Lorena no escapaba de la realidad. Hubo un momento en que Lorena, en contra de la negativa de Bruno, tomó un paquete permisible a su capacidad física y los subió hasta la ladera. Era una labor nueva para ella, pero le pareció más divertida que cargar trajes rumbo a la lavadora en la tintorería. Bruno cedió y terminó riendo con ella mientras se burlaban de sus pequeños deslices en tierra húmeda.  ¡Qué mujer!- pensaba Bruno Linker, mientras la contemplaba airosa y divertida a pesar del esfuerzo que ameritaba subir la pedregosa, larga y pronunciada ladera. Se acercaba victoriosa a su cuarto ascenso. Faltaba solo un par de metros para llegar a la cima, donde su anfitrión le precedía, cuando un paso poco firme sobre un grupo de guijarros que parecían ajenos a la geografía de aquel lugar confabularon junto al terreno húmedo y a su impericia llevándola ladera abajo. Intentó sostenerse de algunas rocas, pero solo logró lacerar sus manos mientras su cuerpo se deslizaba a mayor velocidad, a su paso el suelo parecía desparramarse con ella ante las miradas estupefactas de los campesinos que aguardaban terreno abajo. Lorena no pudo contener la calma, mientras caía llamaba en voz alta a Bruno.  Era a él a quien llamaba: a Bruno, no al señor Bruno, simplemente al joven Bruno. Pidió su ayuda a gritos mientras lo veía bajar la ladera. Bajaba aprisa, apoyando sus manos en el terreno y frenando su descenso con la gruesa suela de las botas frazzani, pero a pesar de sus presurosos pasos para darle alcance, no lo logró. Sintió su cuerpo lacerarse con la rugosidad del terreno mientras su ropa se embarraba. El paquete que llevaba había sido lanzado en su caída y desde ese momento dejo de importarle. Abajo un joven se lanzó en carreras ladera arriba aún en contra de la avalancha de suelo y  guijarros. Debía frenar su caída, así que José ascendía mientras su patrón Bruno descendía.  Tras la reacción de José algunos hombres acudieron a su ayuda, pero Bruno y él lo harían primero. José era uno de los peones más jóvenes del rancho. Fuerte. Amable. Apuesto. Debe  tener la misma edad de Lorena. Lo cierto es que José contaba con veintidós años y mucha simpatía. La detuvo de su deslizamiento y la levantó sin esfuerzo. Ambos pudieron mirarse uno en los ojos del otro al ponerse de pie, la caída la aturdió a tal punto que no coordinaba sus ideas, sin embargo sonrió al saber que aquel muchacho la estaba ayudando. Tenía unas cejas pobladas sobre unos bellos ojos azules impactantes ¿Qué había en esas montañas que el azul estaba de moda? Era un muchacho. Lorena se dio cuenta de ello a pesar de que su imagen lucía distorsionada, bastante joven según su criterio. Su sombrero de cuero ensombreció sus parpados. De repente escuchó voces distantes. Su nariz le dolía. Aceptó sentarse en una roca, luego levantó el rostro y vio descender a toda prisa a Bruno. Veía una imagen borrosa, distorsionada, no entendía por qué, hasta que su mano en el rostro no hallo sus lentes.

-   ¡Dios santo! ¡mis lentes!-

-   Tranquila Lorena- ¿qué pasó? De repente no le dijo señorita.

“Lorena”, aunque le sonó extraño, le gustó escuchar su nombre en  los labios de aquel hombre. Bruno fue indiferente a las atenciones de José pero expresó palabras de agradecimiento en general a quienes estaban ayudándola. Traía en una de sus manos los lentes, un poco maltratados, pero sin un cristal roto y eso era muy buena noticia. Acalló las palabras de Lorena con su dedo índice cruzando sus labios. De la mejor forma que pudo la rodeó de la cintura y la impulsó a ponerse de pie para subir la ladera. Era difícil, si tuviera algún hueso roto, pero él la había evaluado al tocar y ejercer presión sobre sus pantorrillas, fémur, rodillas y caderas, definitivamente ¡no era la manera en que quería tocarla! Pero debía hacerlo para saber si podía o no moverla de ese sitio. No tendría huesos rotos, pero probablemente sí algunos hematomas o raspaduras que no serían nada grave, pero sí dolorosas. Estaba seguro de ello. Lorena, se avergonzó por haberse caído, no pudo evitar sentirse y parecer tonta.  Sintió vergüenza infinita por haber llamado a viva voz a aquel hombre como si deseará que la salvara del peligro. Se ruborizó. “Absurdo”, pero se avergonzó de haber permitido sus manos sobre varias partes de su adolorido cuerpo. “¿Qué tiene este hombre que emana calor aún en circunstancias tan atípicas?”- Pensó Lorena al ser llevada en sus brazos.

No podía comprender lo que pasaba. Debía ser racional y analítica. No debería estar tan cerca de un hombre tan… tóxico. Su piel emanaba una fragancia tan exquisita que hacía desear querer estar junto a él. Y eso le parecía peligroso. ¡Santo dios!- Pensó exaltándose con la mirada- ¡No son mis feromonas, son las de él!-  Jajajaja- Se reía a carcajadas su yo interno mientras sostenía sus anteojos  en una mano, se doblaba y se estiraba de la risa- Así que su instinto por proteger su intimidad la llevó a retirarse de sus brazos, después de todo estaban a punto de llegar a la cima. La cerca ya se podía divisar, creyó no necesitarlo, pero al liberarse un poco sus piernas deslizaron de nuevo en el terreno llevando el peso de su cuerpo, otra vez, a sus brazos.

-   ¿Quieres dejar lo testadura y dejarte ayudar?- Su semblante

cambio, las pupilas de sus ojos se dilataron, de repente olvido sentir curiosidad por su color, así que pensó, que lo mejor era obedecerle antes que se quitará la correa y la azotará o peor aún que sacará su arma y le diera un tiro por necia. Jamás le habían dado miradas tan fulminantes como esas, era como si la agrediera con las pupilas, pero un repentino dolor en su cadera la hizo olvidarse de la impresión de su rostro vertiéndolo en espantosos gemidos. “Me duele”- repetía como disco rayado al aferrarse a los bíceps de un Bruno Linker, callado y sereno. De repente se imaginó lo incomodo que sería tener que caminar hasta donde estaba su caballo, entonces de nuevo la telepatía tomó su protagonismo. Realmente ese hombre leía su mente, porque emitió un silbido que en segundos trajo consigo al valioso equino. Su larga y bella melena se ganaría la admiración de cualquiera, era todo un pura sangre, inteligente y dócil. Se inclinó como la primera vez con ella  para que lo montara, luego aguardó por su amo. Escuchó el sonido de las riendas para echarse andar en un solo galope hasta el rancho de Linker.

-   Disculpe, no fue mi intención interrumpir su jornada- se quejó

por el dolor.

-   Calla. No te preocupes. Lo importante es estar bien. Como

único testigo del rancho y tu médico de urgencias: te recomiendo reposo absoluto.

Ambos rieron- ¿Y desde cuando es médico? ¿Se acaba de graduar conmigo?

-   Quizás sí, pareces ser muy buena universidad- se rieron aunque

sus palabras perforaban su subconsciente buscando explicación a su segundo significado.

La nana se exaltó al ver como Bruno llevaba en brazos a Lorena hasta el vestíbulo junto a la chimenea, le pareció gravísimo el hecho de haberse deslizado por las laderas de las planicies de siembras por qué solía ser un terreno pedregoso inestable que por esa razón eran consideradas tierras rezagadas. A pesar de que ambos alegaban que no era nada grave la señora insistió en que debía revisarla y aplicarle un analgésico de muy buena indicación médica para esos casos. Obedientes. Él la ayudó a subir a su habitación en donde pronto entraría su nana.

-   Nana Verónica es muy insistente, es mejor que dejes que te

vea, si no, no te va a dejar en paz- sonrió- lamento mucho que te haya pasado esto. Te vi muy divertida antes de la caída, ¿te gustó acompañarme?

-   Claro, hasta la caída fue excitante, nunca me había deslizado de

una ladera.

-   Por suerte no rodaste. Hubiera sido peor. Pudiste haberte

fracturado la cervical.

-   ¡Uy! Tienes razón.

-   ¿sabes?  A pesar de este desenlace, fue muy buena idea haber

ido a cabalgar juntos, mira: hasta aprendimos a tutearnos.

Nana Verónica irrumpió en la habitación para darle paso a la retirada de Bruno. Sabía que ella debía desvestirse. No era apropiado permanecer allí, además no creyó poder disfrutar de una erección si la chica a quien desea estaba repleta de rasguños, hematomas y quejidos. Desde afuera afinaba su oído para escuchar los altibajos entre su nana y su huésped, a veces percibía la armonía de su risa como si quisiera evadir el dolor y otras veces su silencio. Caminó de un lado a otro frente a la puerta entreabierta. De repente escuchó varios quejidos de dolor, luego un fuerte quejido que lo indujo a abrir el madero de la puerta. Desde allí, sin entrar, pudo ver a su huésped y la razón de sus quejas. Su nana le estaba frotando los hematomas de las piernas. La mujer estaba boca abajo en la cama con su camisa de cuadros rojos y negros bordeando sus glúteos redondos, recubiertos con una excitante prenda de encajes blancos sobre su piel clara, el contorno de sus piernas desnudas incitando a ser tocadas milímetro a milímetro lo turbaron, petrificado sus ojos doblegaron al deseo, inmutable la contemplaba. Sus pantorrillas desnudas y el volumen de sus glúteos lo cegaron por completo. Pronto su cerebro arrojó una luz de alerta para una sensata retirada, parpadeó, rompió el letargo y en silencio abandonó la habitación, luego el pasillo.

Debía ordenar sus ideas. Se suponía que necesitaría de un par de horas para escanearla, la conocería (aunque eso no importaba), la llevaría a la cama y luego la enviaría de regreso a su rutina diaria en Caracas. ¿Qué estaba saliendo mal? ¡Vaya, necesitaba afinar sus estrategias con esa mujer! ¿De qué planeta era?, si no rumbeaba, qué hacía para divertirse. ¿Y su novio o su pareja?, porque ha de tener alguno, una mujer por muy intelectual y metódica que sea debe tener a alguien con quien saciar sus ansias sexuales o compartir sus abstractas ideas de su mundo preconcebido. Metió las manos en el bolsillo lateral de su camisa para sacar los anteojos de Lorena. Estaban maltratados por el arrastre, un poco doblados, pero nada que él no pudiera solventar. Entró a su despacho, cerca del vestíbulo con la chimenea y al final del recodo de un pasillo.

 La anterior decoración  se mantenía tras unos estantes repletos de libros de narrativa moderna, desde ciencia ficción y erotismo hasta negocios y mercadotecnia. En una hilera completa predominaban los de zootecnia y los de biotecnología, riego y siembra, entre otros.  Un escritorio de madera tallada  le aguardó para evaluar los daños de los anteojos. Encendió la luz de una lámpara sobre el escritorio, corrió el cómodo sillón de cuero y sentándose en él dispuso su reparación, sin poder hacer a un lado la hermosa silueta de su huésped acostada sobre las sábanas blancas de la habitación de su hermana. Su cuerpo se tensó tras la erección de su impertinente miembro varonil. ¿Es que no podía dejar de excitarse cada vez que la pensaba? Le resultó incómodo tener que buscar estrategias para disimular la constante erección que esa mujer intergaláctica le producía.

Sufrió con la alineación de la montura hasta que finalmente obtuvo un buen resultado, los guardó de nuevo en el bolsillo de la camisa, se puso de pie caminando hasta un costado de la pared, se detuvo entre dos lámparas de pedestal tras el globo terráqueo  de tallados bajo- relieve en bronce. Extendió la mano hasta un adorno sobre la pared, presionó la superficie aguardando a que la pared que se deslizaba ante sus ojos le abriera paso a la habitación. La casa y sus secretos.

 

Ada
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