CAPÍTULO 24

 

Vio como se disipaba la sombra tras el recodo del pasillo hasta perderse en la escalera. Una sombra espesa que doblegaba su altura disipándose al son de los tacones del calzado. El silencio de la propiedad empezaba a abrumarla. Ni los gallos cantaban. La penumbra invadió como quien toma posesión de sus linderos. Por ironías de la vida la noche cayó sin una gota de lluvia. Solo una espesa neblina impedía la visión a través de los empañados cristales. Bruno se había marchado pero su aliento y su presencia casi volátil impregnaba aún el ambiente, sus papilas gustativas se activaron, el aire seducía su olfato. ¡El desquiciante olor de su piel! Era como si aún estuviera en sus brazos…Llevó las manos a la cabellera desaliñada, sucia por el polvo que levantaban las retroexcavadoras al recoger los últimos escombros a la vera del río. No le importo, como tampoco le importo saberse con las uñas mugrientas y decoloradas. Enredo sus manos en las hebras de cabello haciendo una maraña de pelos amorfa. No llevaba lentes puesto, así que era un verdadero alivio para que el torrente de lágrimas fluyera libremente por los surcos de sus mejillas. Estaba en una inmensidad de piedra y madera bajo el dominio de él, su salvación y su perdición…Si las circunstancias hubieran sido diferentes, si el destino gozará de un mejor escritor, su vida no se habría entrelazado de esa forma con un desconocido que solo aspiraba a saciar su lujuria en ella. Volvió a extrañar a los suyos. Deseó poder refugiarse en los brazos de su padrino y de Marcos, su mejor amigo. ¡Sabrina, dónde diablos estás! Con una sacudida más de cabello se reprochó la decisión de haber viajado sola, quizás debió pedir su inscripción por servicios de envíos a domicilio. ¡ja!- Brincó  irónico su Yo interno- ¡cómo si se hubiera podido!  Reclinada, en cuclillas al pie del madero de la puerta renegó de las dueñas del cafetín en Apartaderos. “¡Es un pan de Dios!”- Recordó- Ha de tener doble personalidad para hacerles creer lo bondadoso que pueda ser. ¡Soy una imbécil!,  ¡nunca debí aceptar su ayuda, nunca debí subirme al carro de un desconocido!- Abatida-  nunca debí mirarme en sus ojos. ¡Dios mío, nunca debí sentir tantas cosas por ese hombre!... Su nana es ahora mi enemigo. No puedo ser más ingenua al creerme el cuento ese, de que sus ausencias son justificables. ¡Lo planearon todo! …Bruno ha de estar seguro de que me marcharé y el muy cerdo quiere pasar su último buen rato. ¡Quiere usarme para saciar sus ansias!  No le importa que me este muriendo. Hombres como él, no sienten, no aman…

Recordó sus palabras: “Te espero en mi habitación. A las nueve p.m.

Puntual, de lo contrario vendré a buscarte sin importarme quién diablos nos vea” Estaba convencida de que así lo haría,  el tiempo junto a él y a los suyos le enseñó parte de sus límites, clara en que eran pocos. Una parte de ella quiso  creer que no pasaría nada que no deseará. El gordinflón de su raciocinio hizo su aparición en pantalones cortos. Burlesco. Atontado quizás. Entonces se aliso un poco la maraña de pelos tratando de reponerse. Suspiró un par de veces dándose palmadas suaves en los muslos. Intentó recuperar la sensatez, después de todo antes del amanecer estaría de regreso.

Tres horas más tarde Lorena estaba fuera de la habitación, merodeaba el porche trasero desde donde se llegaba a la de él.  Las bombillas estaban apagadas luego de que él mismo así lo hiciera cumplir alegando un supuesto insomnio crónico, tampoco había nadie en los alrededores, era como si un espectro hubiera hecho lo suyo ahuyentando a los mortales.  Las hortensias y los helechos dormían en la penumbra mientras Lorena quiso hacer lo mismo reclinándose en la hamaca que a la luz del día haría galantería de sus colores. Se abrazó a las cuerdas pensativa, ensimismada mirando la franja de luz que se escabullía de la hendija de la puerta de madera. En silencio. Esperando a decidirse si tocar la puerta o salir corriendo hasta las afueras de la hacienda para esperar la llegada del camión de Don Braulio a las cuatro de la mañana.

Bruno Linker la esperaba desde las ocho p.m. Fue cuando dejo de conversar con su abogado, quien había arribado a Caracas.  No solo era su defensor legal sino también un verdadero amigo. El caso del divorcio estaba casi resuelto, su ex esposa habría  perdido la demanda, así el supuesto derecho a la mitad de su fortuna también se había esfumado. Había viajado a Venezuela para asistir legalmente a una famosa modelo amiga de la hermana de Bruno. Era un caso internacional y recolectaría pruebas que presentaría en los tribunales de Ámsterdam. Podía sentirse con ánimos de celebrar por su triunfal caso, pero por su cabeza no dejaba de desfilar el recuerdo de su huésped. Añoró el collar que había elegido para ella con tanto deleite y parsimonia, ganándose la simpatía y extrañeza por parte del dependiente de la joyería. Lo sostenía en su mano, antes de haberlo guardado en una caja fuerte pequeña que se ocultaba junto el espejo de pedestal, y tras una estatuilla de un moromoys de la zona, tallado en madera, que protegía con su espalda la portezuela metálica incrustada sin relieves en la pared. La fachada del frente formaba parte del despacho desde donde tantas veces disfrutó de su compañía. Cuando el reloj de pared marcó las nueve, anunciando nueve campanadas esparcidas en eco, corroboró la hora en su reloj de muñeca y salió decidido a cumplir con su palabra. La penumbra desapareció en el recuadro del marco de  la puerta proyectado en el piso de cerámica. La luz amarilla, intensa junto a su robusto cuerpo la liberó de aquella especie de sopor. Aturdida se puso de pie. Bruno extendió un brazo indicándole la entrada. Era un anuncio algo solemne. Lo acompaño una leve reverencia. Su rostro tenso, sin sonrisa  e inescrutable. Ella sintió un escalofrió recorrer su cuerpo al  cruzar el umbral.

-   Ponte cómoda, conoces mi habitación- ella no pudo

evitar acalorarse, de nuevo apareció el rubor cubriendo mejillas y orejas. Sin pronunciar palabra se sentó de bruces en la acolchada King size. Una mueca de resignación tras el cruce de piernas.

Él cerró la puerta meditabundo. Dándose la vuelta se frotó la barbilla lampiña y tersa como si tuviera comezón.

-   Espero que estés cómoda.

Sus miradas eran fulminantes. Sus labios acorazonados dejaron ver una mueca de ellos al instante en que cruzada de piernas, irguió su brazo apoyando el codo en ellas. Sus dedos, ahora limpios y suaves por el agua y el jabón tintinaron en su mentón. Su cabello estaba seco, lo había lavado muy bien para librarse del polvo y para poder deshacerse de la maraña de pelos que debía peinar. Olía a loción de baño francesa, agradecida de su hallazgo días atrás entre las pertenencias de la popular hermana Linker.

-   ¿Ahora? -Su voz sonó altiva.

Sin responder dio algunos pasos en la habitación. El tacón del calzado retumbaba en los oídos de su huésped. Lucía imponente, pero algo en él le atraía, hacía que le temblaran los tobillos deseando que la hiciera suya de nuevo. Recordó la forma en que le besó. Parpadeó reprochándose su estupidez.

-   Así que te quieres marchar con Don Braulio. No te

preocupes le mandé a agradecer su intención.

-   Usted es peor de lo que pudiese imaginar. Haga lo que

desea hacer de una vez por todas y deje que me marche en paz. Usted puede buscar otra mujer con quien recrear  sus fantasías, ya basta señor Bruno yo no puedo seguir siendo su parque de diversiones.

-   ¿Qué dices mujer? No soy lo que tú crees, no es así

 como te veo…Esta tarde defendiste a ese muchacho, ese tal José, sé que no tienes nada con él, tengo mis formas de enterarme, pero estoy seguro que ambos, lo piensan. No es mi problema si te dedicas a la promiscuidad, esa será tu decisión, lo que si deseo dejar bien claro es que este hombre, el que tu imaginas, no soy yo, sí, como lo oyes, no soy un hacendado mujeriego , aunque sí soy el dueño de estas tierras y sí soy entrenador de caballos, los amo desde mi infancia…Somos de mundos diferentes, en eso tienes la razón…pero hasta el agua y el aceite pueden mezclarse si utilizas un buen surfactante. No resulta imposible que un desconocido como yo pueda formar parte de la vida de una joven tan analítica y hermosa como tú…

-   ¡Por Dios!, cómo puedo interesarme en alguien que me

retuvo bajo engaño, que me sobornó para obtener su propio placer, alguien quien fue capaz de desconectar los cables del sistema eléctrico de su camioneta para hacerme creer que estábamos varados  ¡ y sabe lo dios que otra idiotez más!

-   …Tú también me engañaste.

Ella lo miró sorprendida poniéndose de pie con las manos en la cadera, con desanimo, cómo quien pierde un reto.

-   Sí, por supuesto que me engañaste. Desde un principio.

-   ¡Qué!

-   Dijiste que eras una mujer experta, con seis años de

relación podrías haber sido una maestra- su voz sonó débil, tartamudeó incluso, era como si dentro de sí mismo admitiera lo absurdo de su argumento- sí, me mentiste y jamás te lo reproche. Tampoco le preste atención a la condición que te puse: “debía haber satisfacción plena y mutua”- ¿Lo recuerdas?

Lorena llevó una mano hasta su cabellera, cabizbaja, atónita. Sus palabras se ahogaban en una bocanada de aire atrapada en su laringe.

-   Pero no te invite para retarte o discriminarte errores,

después de todo no eres una marciana- Sonrió- eres una mujer y yo un hombre, por lo tanto erramos, unos más que otros, unos con más intención que otro, pero todos erramos… Se acercó a ella desde atrás, buscó con sus labios la piel sedosa de su piel oculta por los rizos de su cabellera. Petrificada sintió su calor, su fogosidad, el miembro erecto de su masculinidad. Su rostro se sonrojó de furia mientras se sacudía sus manos de cintura y brazos. Un codazo en el abdomen de él lo hizo quejarse. Se dobló consternado. No entendía que estaba haciendo mal.

De repente, ella empezó a desabrocharse la camisa con rebeldía, estrujaba los dientes- pensó que estallarían- pero no le importo. Su rostro estaba desfigurado por la ira pero no lloró, no lloraba. No permitiría que ese hombre se jactara de su debilidad.

Sin comprender su actitud la buscó impidiéndole que siguiera desnudándose. Rodeándola con sus brazos le besó la cabellera. Se ahogo en tantos suspiros que temió por un paro respiratorio. Cuando la presión de su cuerpo contra su pecho hizo diezmar las sacudidas y espasmos de ira la tomó de la mano llevándola hasta la puerta del closet que estaba junto al espejo de pedestal, a un costado del corto pasillo tras la fachada que direccionaba al despacho. Abrió el closet deslizando las puertas corredizas y sacó de él, dos batas de cama. La tela poseía una suavidad de felpa. No podía negar lo suave y cómoda que podría ser. La recibió perpleja al igual que la orden dada para cambiarse. Bruno tomó la suya dirigiéndose al cuarto de baño de la habitación.  A Lorena le pareció extraño. Imaginaba que lo menos que él deseaba era verla con ropa, aún confundida se desvistió con cierta prisa. En el fondo no deseaba exhibir- tan fácilmente - una vez más su desnudez.  Dobló su camisa y pantalón colocándolos sobre una de las mesas de noche junto a la exótica lámpara. Bruno se tomó su tiempo para salir vestido con su bata para dormir, al hacerlo la llevó de la mano hasta la cama, deshizo las sábanas e incitó a meterse en ella. Luego lo hizo él. De un tirón en el cobertor de lana logró cubrir el cuerpo de su insoportable amada y el suyo. La abrazó besándole la cabellera, suspiró y se echó a dormir a su costado tras ella.

-   ¡Dios, santo!- Exclamó Lorena. Casi era un susurro –

¿Qué hace? ¿No va a tener sexo conmigo?

-   Te dije que solo quiero dormir una noche más contigo

Lorena Blasco Veragua.

Cada vez entendía menos a ese hombre. ¡De seguro era bipolar!  Pensaba en lo extraño que era todo cuando de él se trataba. Hasta el aire se enrarecía. Intentó darse una explicación sensata, analítica y lógica. ¡Se iba a volver loca porque no la hallaba! No podía moverse. Temía hacerlo y poder tocar su sensible miembro varonil y despertar sus viejos placeres, pero tampoco podía dormir sabiéndose rodeada por sus brazos y respirando ese delicioso olor de Paco Rabanne que tanto le gustaba. Estaba petrificada, sabía que no iba a poder dormir. Se imaginó repleta de ojeras y pálida por la agitación constante de su pecho. Tuvo la esperanza de que se inmutara. ¡Dios santo se durmió! El muy canalla se había dormido plácidamente y su respiración entrecortada se dispersaba tras su cuello.

 

Ada
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