CAPÍTULO 18
Bruno Linker buscó en el suelo los anteojos de su deliciosa huésped. Tuvo que rememorar su primera ubicación y remover algunas hojas secas para hallarla, pero no consumió mucho tiempo en ello. Aprisa regresó tomándola del codo derecho mientras la llevaba de nuevo al cruce del puente. Lorena no podía articular palabras, estaba inquieta, él sabía, que por su mente podía estar llevándose una contienda. Su piel aún estaba fría, temblaba y sus ojos guardaban gran sorpresa. La abrazó como nunca creyó ser abrazada por un hombre como él. La abrazó y besó su cabellera que por estatura quedaba bajo sus sensuales labios.
- Sé que fueron muchas sensaciones para ti- Dijo
indulgente y en muy baja voz mientras buscaba su mirada- Fue
Maravilloso… y deseo que exploremos más. Quiero que me acompañes. Que no pienses. Que encierres tu lado analítico y maduro. Que solo te dejes llevar por lo que estás sintiendo. Que no te juzgues, ni me juzgues. Que te permitas vivir el ahora, a mi lado. Sin treguas. Te pido que por favor confíes en mí. En Bruno Linker.
Ella permaneció inmutable. Absorta en sus pensamientos. ¿Bruno Linker? ¿Quién es Bruno Linker? Quién más Lorena, ¡El hombre que con sus manos te hizo despertar! Él la sostenía de ambos brazos y la miraba a los ojos, pero ella lo esquivaba. Su mirada gacha hizo que él levantara su mentón para mirarse en sus ojos.
- Lorena Blasco Veragua, quiero conocerte y
presentarme. Quiero que confíes en mí, así como yo aprendí a confiar en tu profesionalismo, en tu palabra.
Todo era extraño. Supo entonces por qué su traidor “Yo interno” y el antipático raciocinio se habían marchado. No tenía palabras, ni pensamientos. Solo lo escuchaba. Era de él. La había poseído. Le pertenecía. Haría lo que él le indicara. Próximos a cruzar el puente, por fin pudo soltar su voz. Sonó doblegada, como en un susurro.
- ¿a dónde vamos?
- A un lugar especial, cómodo, no mereces que tu
primera vez sea en el suelo, amor.
Le pareció apropiado, aunque estaba tan fuera de sí, que si él la hubiese tomado por completo en ese lugar no habría podido oponerse, todavía estaba aturdida. Esa palabra:” amor, amor” saliendo de sus labios la iba a volver loca. ¿Podría él saber cúan profundas eran esas cuatro letras y cuánto dolía saberlas ficticia?
Cruzaron el puente, abrazados y en silencio. Sin expresión, cabizbaja. Tomaron las riendas de los caballos y cabalgaron de regreso a las Calderas. Atrás quedaba el bramar del río bajo el puente de cuento de hadas.
Atravesaron el bosque nublado, admiró los prósperos cafetales de sombra y los vastos potreros de San Román. Llegaron a los pies del emblemático Cerro El gobernador en donde al fondo surgían hermosos jardines de orquídeas de múltiples y bellos colores. “Mucoposada Valle Encantado”- Se leía un cartel tras las orquídeas. Lorena se detuvo. Se sintió pérdida, desorientada. Bruno había bajado del caballo y ella deseó dar vuelta y salir huyendo, pero su cuerpo petrificado latía de deseo por esas manos que ahora sostenían las riendas del caballo y aparentemente las de su vida también. Parpadeó cuando Bruno la tomó de la cintura para bajarla del lomo del equino. ¡Todavía sus manos quemaban!
El techado rojo, las paredes de bahareque de color blanco en honor a su virginidad- pensó irónica- La arquitectura tradicional proporcionaba éxtasis visual. Era mágico- como todos los demás alrededores y como las manos de Bruno-. La dueña los atendió. Cordial y bella como toda la gente de esa zona. Sin preguntas indiscretas, ni miradas insinuantes, saludó con confianza a Linker y le hizo entrega de un par de llaves indicándole con las manos el recodo de la casa. Lorena estaba aferrada a su mano. Necesitaba de ese calor como si de un buque a vapor se tratase. Sus mejillas no abandonaban el rubor y eso parecía fascinarle a Bruno. ¿Era una especie de sadismo lo que veía en sus profundos ojos negros o era ella quien imaginaba cosas? ¿O esa forma de mirar era parte del arte de la seducción? Con las llaves en mano, se aferró a su cintura grácil y voluptuosa. Le besó la cabellera antes de cruzar la puerta de madera. La habitación era acogedora como el resto de la casa. Una ventana con el mismo estilo colonial estaba junto a la cama matrimonial, un par de cortinas floreadas recubrían el cristal, un par de mesas de noche eran adornadas con unos jarrones de cerámica que resguardaban un ramillete de rosas rojas. A un costado de la entrada una mesa decorada también con rosas, un par de platos listos para servir, una bandeja de comida criolla, agua y una botella de vino tradicional. Al fondo la puerta del baño. La decoración era pintoresca. Todo encajaba con perfección, a excepción de ella, quien posaba de pie en el umbral con las manos entretejiéndose una con la otra, sin raciocinio y sin cordura. El silencio se rompió con el crujir del madero de la puerta al ser cerrado, las bisagras hablaban del tiempo.
Bruno Linker examinó la habitación, arqueó las cejas e hizo una mueca que denotaba su satisfacción por el servicio. Vio lo que guardaba la bandeja y debió parecerle exquisito por el gesto de su rostro.
- Señor Bruno, creó que olvide amarrar las riendas
de mi caballo, es mejor que vaya. Regresaré en un momento.
Él no pudo evitar reírse de forma muy audible ante la ingenuidad y creatividad de sus palabras mientras se acercaba a ella para quitar sus manos del cerrojo. Estaba helada. Temblaba. La abrazó. Y pudo sentir los latidos de su corazón. Por primera vez desde su estadía, Lorena estaba a punto de llorar. Lo pudo ver en sus ojos. Húmedos y brillantes. Temía morir en sus brazos. Temía no reconocer tantas sensaciones nuevas y no poder con ellas. Era absurdo, pero temía de ser mujer a plenitud y al despertar del ensueño vivir una pesadilla.
- Amor, cálmate. Terminemos de
entrar, quizás nos caiga
bien hablar un poco.
- ¿Hablar? ¿usted cree que vamos a poder hablar?
Después que entre a estas cuatro paredes no habrá vuelta atrás- murmuró-
Bruno Acunó su rostro entre sus manos y lo levantó para poderse ver en ella.
- Si tú no quieres, te prometo que sí habrá vuelta atrás.
- ¡Dios santo! ¿y cómo sabré qué es lo que quiero?
- Déjate llevar, prometo desistir si te incomodo.
- Señor Bruno, me desconozco. No sé cómo permití que
me tocará de esa forma. Disculpe, esa no soy yo, no sé lo que me pasa, estoy vacía de pensamiento…
Él la calló con el dedo índice y le habló de cerca- primero, no quiero que me digas señor, me haces sentir viejo y distante. Solo tengo treinta. La edad perfecta y tú tienes la edad ideal. Y segundo: Quiero que sepas que no solo me permitiste tocarte sino que además te entregaste, me deseaste. No. No te avergüences, es lo mejor que pudiste haber hecho en toda una vida. Te dejaste ser libre… Una vez en tu vida te liberaste y soy ese privilegiado.
La tomó de una mano y la llevó hasta la mesa. Le invitó a sentarse mientras se sirvió una copa de vino.
- Sírvame una por favor- Pidió, al reconocer que ese
hombre quien tantas veces le ofreció licor, esa vez no tenía intenciones de hacerlo.
- ¿Estás segura? Hasta donde recuerdo eres abstemia-
Sonrió divertido al servírsela. La bebió de un solo trago en medio de un mundo de muecas.
- El vino de esta zona es exquisito al paladar.
- He escuchado que es más fácil tener relaciones sexuales
si se está ebrio, ¿es cierto?
Bruno levantó una ceja. Su mano sostenía la copa en un tintineo vago. Mordió sus labios antes de responderle.
- En lo personal prefiero estar sobrio y que mi chica
también lo esté… eres muy fría para decir las cosas Lorena. En mi caso diría que es más fácil hacer el amor, en lugar de tener relaciones sexuales, aunque sea lo mismo y me empeñe en ponerle nombre a todo, rompe el encanto, ¿no lo crees?
- Usted planeó todo esto, ¿verdad?
- Desde que te vi en Apartaderos quise llegar a esto
Lorena.
- ¿y por qué espero tanto tiempo? Pudo haberme hecho
suya desde el primer día.
- Me di cuenta que eres diferente… Ahora me toca
preguntar . ¿Por qué, Lorena?
- ¿Por qué qué Bruno?
- ¿por qué no te has acostado
con ningún hombre, siendo
tan bonita como tú eres?- Una pausa larga cayó sobre su respuesta- por soñadora Bruno- Espetó
- ¿Por soñadora? ¿No me digas que esperabas un príncipe
azul con un corcel blanco, espada de plata y castillos de piedras?
Cabizbaja parpadeó acariciando la copa vacía. Alzó los hombros con un chasquido inmerso en una mueca de resignación- ve que es una bobería.
- Disculpa, no quise herirte. No es mi intención lacerar tu
vena onírica. Solo que… me parece absurdo que siendo como tú eres de hermosa, joven, independiente, no te hayas liberado…claro, reconozco que, soñar es algo que todos deberíamos hacer. Eh ¿Sabes?, una vez leí un artículo en donde se afirmaba que los seres humanos podemos atraer lo que soñamos, entonces el destino conspira a nuestro favor, pero cuando existe miedo, eso crea una barrera e impide que fluya, que no se materialice lo que sueñas… es esa una razón para que mucha gente no logre lo que idealiza. Quizás has guardado mucho miedo dentro de ti Lorena y ha llegado el momento de dejar de temer.
Lorena lo escuchó ensimismada. Deseó entonces no tener miedo para que su sueño de ser amada por ese hombre fuera una realidad tangible. De repente sus pensamientos se suprimieron al escuchar la silla de él arrastrándose hacia ella, sus botas Loblan, de corte alto y tacón grueso buscaron enredar sus pies, ella cerró los ojos al sentir de cerca, otra vez, sus masculinos labios. Un beso sutil terminó en su frente. Ella suspiró exaltada. De repente su mano se extendió hasta los botones de su camisa. ¡Qué diablos tenía en contra de mí camisa! – Pensó sin poder pronunciar palabra alguna- Con parsimonia y seducción liberó uno a uno los ojales de la misma. Lorena sintió una corriente de aire abrasadora cuando sus senos endurecidos se irguieron bajo el encaje blanco que los recubría. La camisa rodó tras sus hombros hasta que él la arrojó por completo al piso. ¿De qué serviría ahora la camisa que tanto necesite?- Pensó ella- Sus ojos cerrados parecían ir de un lado a otro bajo sus parpados. Él tomó sus manos y la indujo a desabrochar ahora los botones de la suya. Ella lo miró sorprendida al intuir lo que le pedía. Sus manos huían como quien no desea sumergirse en el abismo pero ya trae puesto su rápel y casco. Un susurro en el pabellón de su oreja la hizo moverse sobre la silla- te toca a ti amor, despojar mi prenda.
Obediente hizo lo pedido, con impericia y curiosidad.
Uno a uno se deshizo de los botones, abriéndole pasó a una espesura que expelía un exquisito aroma a Paco Rabanne. Su mano volvió a internarse en la suavidad hirsuta de aquel pecho que tanto incitaba a ser tocado. Los pectorales se sentían firmes y rígidos; cálidos y provocativos; quiso apoyarse en él, pero solo elevaba la vista hasta sus ojos evaluadores. El terminó de despojarse de la camisa hallándose los dos frente a frente, ella callada, a la expectativa. Él, observando cada gesto, cada reacción de sus músculos y articulaciones, cada brote nuevo de rubor en sus pómulos. ¡Esa mujer era una droga celestial! – Lo decía mil veces en su mente. Pausado se puso de pie llevándosela consigo. La besó tras el cuello. Una corriente eléctrica la hizo sacudirse mientras él la aferraba a sus brazos. Luego la besó en su barbilla, en sus labios, en su boca, mientras sus manos se encargaban de liberar la cintura de su pantalón. Otro escalofrió le recorrió la piel al saberse sin su jeans- ¡eres una diosa, Lorena!, ¡mi diosa terrenal!- Murmuró con la respiración entrecortada. Ella no comprendía. ¡El lenguaje del cuerpo era tan desconcertante! No deseaba entenderlo.
Su par de manos robustas y grandes la tomaron de las caderas para aproximarla a su cuerpo aún con su pantalón jeans puesto. Su pene pedía salir a gritos de él, pero Bruno deseaba hacerla entrar en calor. No atemorizarla. Si ella lo viera desnudo, aún con la sensatez entre ceja y ceja tomaría su ropa y saldría en carreras de aquel lugar. Sabía que tenía que ir despacio con ella, aunque le resultara difícil doblegar la bestia de seducción que guardaba dentro. Por terceros y por la vasta información que llegaba a sus manos, sabía que, lo que más atemorizaba a una mujer virgen era el pene prominente y erecto de un hombre. Les atemorizaba la idea de saber que tal longitud y tal espesor surcaría su valle consagrado. Temían de ser lastimadas o de la idea de verse rotas en su interior por una daga masculina con esas características, así que lo mejor era hacerla entrar en calor hasta que su propio instinto sexual la conduzca a conocer la bestia que la llevaría al paraíso. Además de eso, debía ser dulce y complaciente; cariñoso y atento; meticuloso y experto para llevarla de la mano hasta el sexo abismal y demostrarle que tanta rigidez y tanta imponencia sucumbía al delirio de su húmeda. Sexo era sexo. Contacto, coito y orgasmo. Fin del encuentro. ¿Pero, era eso lo que buscaba con Lorena Blasco? ¿Alcanzar un par de orgasmos o, levitar entre sus brazos y saberse importante para ella? Sus pensamientos divagaban y la coherencia se fragmentaba. El gerente de repente, no halló lógica de venta de su imagen ante ella. Se quedó sin estrategias. La tenía en sus manos y dudo de poder administrar su vida después de que se hundiera en su intimidad. Pero estaba allí junto a ella. A punto de romper los límites... y no desistiría de ello.
Su brassier era lo único que respaldaba su pudor ante su desnudez. Bruno la rodeó haciendo deslizar la yema de su dedo índice desde el hueso sacro de su columna hasta las primeras vertebras de ella, indulgente le arrancaba gemidos en su ascenso, uno a uno hasta toparse con el broche del brassier en donde ambas manos lo liberaron con pericia haciéndole caer a un lado. Las tiras sucumbieron una a una hasta que cayeron por completo y en sumo silencio, a sus pies. De pie, tras ella la abrazó. Fuerte y protector, aspiró la fragancia que emanaba su cabellera trenzada e inhaló la de sus poros. ¡Exquisita fruta mía! – Murmuró al ordenarle a su mano descender meticuloso por su vientre y hundirse sediento en él. Sintió como ella se presionó contra su miembro erecto tras suyo. La redondez y firmeza de sus glúteos lo excitó el doble. Jadeó al pronunciar palabras ininteligibles. Sus dedos buscaron con parsimonia su clítoris y al hallarla uno de sus quejidos lo enloqueció. Lorena estaba inmersa en la perplejidad, ¡nunca imaginó poder albergar tantas sensaciones con solo ser tocada!
- ¿Bruno, qué está haciendo? ¿ Me hace daño o me hace
bien?- murmuró débil, como si estuviera sucumbiendo en sus brazos- dígamelo, por favor.
- ¿Daño? Si te estoy dañando, lo mejor es detenernos,
amor- Expresó confundido, como si estuviera haciendo un gran esfuerzo por desistir.
Ambos descansaron en los brazos uno del otro. Al no encontrar objeción, continuó. La cargó hasta dejarla en el centro de la cama. El serpenteó sobre ella rozándola con sus pectorales, acechándola con su pene bajo el pantalón, la sujetó de ambas manos y extendiéndolas hasta cada esquina del cobertor…
- Mírame a los ojos amor- le ordenó al ver su rechazó a
contemplar lo vivido- este será como tu primer viaje en avión, no querrás perderte el tornasol de las nubes, los destellos del sol, ¿cierto?
Obediente abrió su boca para recibir su lengua. Cálida y con sabor a vino, delicioso vino añejo. Lamió su cuello mientras la poseía. Lorena creyó que la amarraría a la cama por lo fuerte que sujetaba sus muñecas pero se dio cuenta que solo quería danzar sus caderas sobre las de ella. Luego liberó una de las manos para desabrochar su pantalón. Lorena sintió una daga tocando las puertas de su vientre y cerró los ojos. Él retomó de nuevo la mano liberada y entretejiendo sus dedos con los suyos la sujetaba contra la cama. Su cadera siguió danzando mientras su pene se abría pasó. Era cálido. ¡Quemaba!. Muy rígido. Muy tenso. Posesivo. Ella repitió tres o cinco veces su nombre con exaltación, luego en jadeos, mientras inconsciente su cuerpo dócil se arqueaba. Por un momento él tuvo que ayudar a su miembro a hallar el camino hasta que por fin, pudiera abrirse paso.
Él se estaba ahogando entre su piel, reprimiendo sus deseos. En ese momento él no importaba. Ella era crucial. Su primera vez debería ser sentida, vivida, respirada y transpirada si deseaba dejar marcas que lo recordara como él deseaba, por el resto de la vida de esa mujer. Era algo indiscutible. La primera vez de una mujer era para toda la vida y a Bruno Linker le encantaría que así fuera. Lo Deseaba. Una penetración brusca destruiría el encanto, así que respiró profundo reteniendo sus ansias.
Se concentró en sus senos, fuentes de gran placer, bellos y erectos. Los lamió con una seducción única. Con maestría. Con sutileza. Le arrancó un par de gemidos al presionar entre sus blancos dientes su pezón derecho y la hizo jadear al chuparlos con pasión. Sus manos agiles sabían donde tocar. Cómo moverse. Buscaba su bajo vientre mientras él degustaba sus pechos. Su rostro angelical expresaba un deleite jamás vivido. Confundida con tantas sensaciones sucumbía bajo él. Su cuerpo toleraba el suyo sin preocupación, sin aspereza alguna. Era mágico. De repente Lorena se movió inconsciente, fue una sacudida involuntaria que la desorientó. Sin palabras, ahogada en sus pensamientos se preguntó: ¿Qué estaba pasando con su cuerpo? ¿Qué maldito hechizo la estaba enloqueciendo de placer? ¿Por qué su cuerpo reaccionaba ajeno a su voluntad, dictando sus propias reglas? él insistió en las caricias sobre sus senos. Ella murmuró algo. ¡Santo Dios!, ¡Bruno! ¡Bruno! - exclamó por fin hasta caer en un estupor nunca vivido. Bruno satisfecho sonrió al darse cuenta de lo que sucedía con ella y buscó su rostro para hacérselo saber. Era el momento de presentarle nombre al éxtasis alcanzado por los cuerpos.
- ¡Maravilloso, tu primer orgasmo amor! ¡cuán bella te ves
Lorena!, ¡ cuán bella luces al estar extasiada!
Confundida. No sabía si estaba en lo cierto. No sabría describir lo sentido. Era un oleaje de frío y calor. Era una arritmia cardiaca o un desmayo del alma. Eran tantas sensaciones. ¡Por dios! Fue solo… ¡maravilloso! Se sintió exhausta.
Él la abrazó en medio de su adormecimiento y buscó despertar de nuevo su libido. Sabía que una tormenta de hormonas arrasaba con ella y de no hacerla sentir amada podría desmejorar su ánimo, así que, debía mantener en ella los niveles de oxitocina para evitar los altibajos de la dopamina y la prolactina y así salvaguardar su propia existencia ante un evidente descontento o un no deseado cambio de humor que despertara en ella instintos asesinos. También sabía que una mujer virgen podría ser multiorgásmica o de orgasmos secuenciales si él lograba seducirla y satisfacerla a plenitud, bueno, realmente era una más de sus teorías de camas por confirmar. Debía desechar hipótesis y crear su propia ley. La Ley orgásmica de Lorena y él. Retomó sus caricias. Sus pechos ávidos de pasión. Su piel eco de los placeres. Su vientre: capitán y timón. Era un ritual exquisito. Su cuerpo despertó y de repente ¡La estaba haciendo suya! Se aferró a ella. Tendidos ambos sobre la cama. Ella jadeó- Bruno, no se detenga, hágame suya, por favor- Murmuró al fin, presa del delirio. Él Sonrió- Su corazón iba a estallar de tanta exaltación.
- Serás mía para siempre amor... Te deseo Lorena. Te
deseo con frenesí. Te amo, amor- Alcanzó a
murmurar en medio de su éxtasis. Presionó fuerte y entró en ella.
Un camino de placeres, húmedo, estrecho y cálido. Se detuvo con la
respiración entre cortada. Mirándola, contemplándola. Aguardando
por las palabras de su rostro. Estaba tan lubricada que fue
maravilloso, ella parpadeó y se dejó besar suave y dulce mientras
él iniciaba movimientos hacia adentro y así afuera, despacio, con
deseo, ansiando acoplar su virginal cuerpo a su experimentado
miembro. Poco a poco hasta alcanzar éxtasis. Hasta que ambos se
aferraron uno al otro hundidos entre quejidos y alaridos de placer.
El clímax llegó. Juntos. Inmersos en él.
Tiempo más tarde. La luz vespertina se disipó…
Quebrantada. Con el alma consternada sin saber las razones. El pensamiento ausente y un leve dolor en su bajo vientre fue el detonante de la realidad. Sus muslos estaban mojados. Estaba húmeda por la humedad de ambos. Ella renegó de sí misma al mismo tiempo en que se ovacionaba. Se había hecho mujer en los brazos del hombre ideal, esbelto, apuesto, seductor increíble, el hombre con el que alguna vez se hubiese comparado con su príncipe azul, de no ser por su arrogancia, despotismo y por ser un completo desconocido… La realidad tocaba a las puertas. Él yacía tras suyo, rodeándola con sus brazos. Haciéndola sentir su prisionera. Su miembro aún firme y erecto tras suyo la alarmó. Era como si aún la atrajera hacia él. Intentó moverse un poco descruzando las piernas, pero otro dolor punzante le hizo quejarse. Bruno despertó sonriente. Era la mirada más feliz que hubiese podido ver en él. Sus dedos buscaron acariciar su espalda desnuda mientras ella atrapaba la distante cobija hacia su pecho.
- ¿cómo te sientes, amor?
Evasiva buscó sentarse en la orilla de la cama arrastrando la pesada cobija de lana. La sabana que cubría la cama era de un rosa claro que ahora se pintaba de acuarela. Una mancha carmín que exhibía su pureza. Bruno Linker enmudeció. Su experiencia le había permitido poseer a una virgen sin mayores dolencias, pero no le impedía la ruptura natural de su himen. Pensó en la posibilidad de que su chica formara parte de los hímenes complacientes, por ella y por él. Aunque era una prueba sagrada de su virginidad, hubiera preferido, que no existiese tal prueba. No comprendía cómo en otras épocas podrían manifestar tanto alarde a la posesión de una sábana teñida en el primer encuentro. Parpadeó para volver en sí. Se llenó de orgullo. Bruno Linker por primera vez se acostaba con una virgen. Hermosa. Inteligente. Una mujer a quien solo él podría moldear y ajustar a su ardiente sexualidad. Era suya. Y como todas sus pertenencias las acoplaba a él. Él buscó evadir la mancha hasta sentarse a un costado de ella pero en ese intento ella giró y también fue testigo de su prueba de castidad. Empalideció. Recordó el dolor punzo penetrante en su bajo vientre e inmediatamente empalideció hasta desvanecerse de nuevo en el colchón. Bruno la tomó en sus brazos.
- Santo Dios, algo malo pasa conmigo ¿verdad?. ¿Usted
me hizo daño? ¿Me lastimo?- murmuró cabizbaja reclinada en su hombro. No creo que eso sea por mi himen.
- ¿Qué estás diciendo Lorena? Todo está bien amor,
contigo y conmigo. Jamás te lastimaría. No podría dañar a alguien como tú.
- Sí. Claro… Bruno disculpa. Estoy confundida. Eso es
todo. Hoy fue un día…extraño.
- Para mí fue un día especial. Muy especial Lorena.
Ella se arregló la cabellera con intenciones de huir de los brazos de ese hombre. Buscó con la mirada su ropa e intento ir por ella, pero Bruno la rodeó de la cintura atrayéndola de nuevo hasta sus piernas varoniles completamente descubiertas.
- ¿a dónde crees que vas Lorena?
- A buscar mi ropa. Es tarde. Vamos a regresar ya.
- No, no, no, señorita. Eso sí que no. Es muy tarde. No
podemos agarrar camino a esta hora. Pronto anochecerá, además, hoy no pienso dejarte dormir sola. ¿Te imaginas? Con lo creativa que eres para imaginar historias. Te creas otra vez Misery y quizás busques degollarme para huir- Sonrió divertido, ajeno a su perplejidad- anda ven, olvida todo. Cambiemos esta sábana y durmamos juntos. Como una pareja. Como debe ser Lorena.
- ¿Cómo debe ser? ¡claro!. ¿cómo debe ser? para usted
todo esto es tan natural. Se acuesta con quien quiera para satisfacer sus ansias y luego media vuelta. Eso es natural… ¿Qué hice Dios? Me acosté con un desconocido. Fui en contra de todos mis conceptos.
- Amor, ¿quieres calmarte? Entiendo que
estés…confundida. Pero no insatisfecha.
Sorprendida e ignorando su comentario se llevó la mano a la boca- ¿no usó protección, cierto?
- No.
- ¿por qué no? Si usted planeó todo esto por qué no lo
hizo.
Usted ha estado con muchas mujeres. Qué sé yo si usted es un hombre sano o no. Yo lo soy. Ya se dio cuenta que no he estado con…hombres. No, no, no. No creo que usted sea de los que no se cuida- llevó una mano a su cabeza.
Bruno se levantó. Recogió sus pantalones a un pie de la cama. Buscó algo en sus bolsillos. Pronto sacó una pieza de papel con cuatro pliegues, que tuvo que desacoplar uno a uno hasta pasarle la hoja a Lorena Blasco.
- ¿Qué es esto? ¿Un certificado de salud?
- Como verás es reciente. Es de hacer tres meses. Sabía
que ibas a protestar. Te aseguro que ese es el tiempo en que realmente no me acuesto con una mujer. Y en mi pasado siempre tomé mis precauciones.
- ¡Bruno, el papel aguanta todo!
- Entonces, te toca confiar en mi palabra Lorena Blasco.
- Usted es un imbécil. ¿y si fuera yo, la mentirosa? Yo
pude ser cero positiva por nacimiento o algo así, ¿no lo cree?
Pensativo- Sí. Tienes razón. Pero me deje llevar por lo que vi en tus ojos, Lorena. Y deseo seguir creyendo en ellos- Extendió su mano hasta su rostro. Acarició su barbilla- todo está bien, Lorena. Si quieres vamos a darnos un baño. El agua tibia nos hará bien.
- No, gracias. Puedo bañarme sola. Ha sido mucha intimidad compartida para mí.
- Así que regreso la mujer analítica y excesivamente lógica. Anda, desiste de ser tan dura contigo misma. Se feliz. Déjate llevar por lo que siente tu cuerpo. No hay nada de malo en eso y respecto a que seamos o no desconocidos, creo que ya, eso no aplica. Llevamos juntos más de dos semanas. Eso nos hace conocido. ¿No lo crees?
- Bueno, realmente sí, pero lógicamente no.
- Ven acá, mi lógica andante- la tomó de la cintura la besó
de nuevo. Un beso profundo y ardiente que la hizo desvanecerse en sus brazos. Una mano suya apresó la de ella mientras la conducía al cuarto de baño. Amplio. Con la misma decoración. Con calefacción. Cuatro paredes y una puerta de vidrio deslizante aguardando por ellos. El vapor de agua empañó las grandes dimensiones del espejo que estaba frente a la entrada, sobre la consola de baño, a un costado de la ducha. La cerámica anti resbalante, reflejaba distorsionados sus cuerpos. Su desnudez y la de él estaba reflejada por todas partes. Creyó que era un complot contra ella. Se avergonzó de nuevo aunque su desgraciado cuerpo ardía de deseo. Tuvo razón Lorena al desconfiar de su propio cuerpo-Pensó Bruno- Bendita sea su infidelidad. No lo pensó dos veces cuando la llevó contra la consola e hizo que ella apoyara las manos sobre ella. El lavamanos de un blanco de porcelanato brillaba. Como sus pupilas. Sus piernas masculinas separaron las suyas y con sus manos levantó sus caderas, grácil y de su completa posesión buscó penetrarla desde atrás en medio de su confusión. Dócil. Apacible. Sumisa ante sus deseos. Deseos que muy pronto se hicieron suyos. Su cuerpo cedió a plenitud y ahora era ella quien buscaba el propio ritmo. Éxtasis. Frenesí. Locura. Mucho que sentir para un primer encuentro. Ella tuvo que apoyarse, vencida por el placer sobre la consola del baño, mientras él reposaba sobre su espalda.
Terminaron duchándose juntos, sin palabras. Bruno se hizo pintor sobre el lienzo de su cuerpo con esponja en mano y docenas de burbujas enalteciendo sus cuerpos.
- Hoy te has convertido en toda una mujer Lorena. Mi
mujer.
- ¿Por cuánto tiempo durará está realidad? ¿Una hora
más?. ¿Dos horas? ¿Al amanecer?
- Calla, Lorena. Calla. Durará lo que tú y yo queramos
que dure- Murmuró en el lóbulo de su oreja-
Solo vívelo. Vívelo amor. Vívelo a plenitud. Sin cohibiciones. Sin
límites. Bajo la desnudez de nuestros cuerpos seremos confidentes
uno del otro. Amantes. Dos amantes con una vida excitante por
delante…
Sexo, coito, orgasmo, placer y algo más a lo
que Bruno Linker temió reconocer: amor. Eso era lo que tanto temía
hallar y en ese momento era lo que apresaba su corazón y vida…Sería
un tonto si no lo aceptaba. Su corazón latía presuroso de una
exaltación jamás vivida. No era por el buen sexo. No era solo eso
lo que se apoderó de su alma haciéndolo más pesado. Era de lo que
tanto escuchó hablar y de lo que siempre creyó poder huir. Ese
estúpido y ridículo término del que siempre ironizó hasta que
arrojó al último peldaño de la escalera de la vida. El amor entre
un hombre y una mujer.
Durmieron por largas horas. El cansancio natural de los cuerpos saciados de sexo y el reposo vago de las almas poseídas por Afrodita.