CAPITULO 7
La tempestad continuó, la niebla cubría los linderos haciendo imperceptible la hierba en los alrededores. Desde que Lorena Blasco llegó, la lluvia no cesaba, era reiterante y paciente, como si quisiera cederle unas cuantas horas para que solo contemplasen sus estragos pero después arreciaba con mayor ímpetu. Quiso olvidar por un momento la preocupación por su larga e incierta estadía. Poner la mente en blanco mientras contemplaba la lluvia deseando que en su arrastre llevara consigo todos los pensamientos. Mientras su vocecita interna – la sádica y sarcástica-se preguntaba por qué creía que ese hombre sólo deseaba llevársela a la cama. ¿Cómo si no fuera evidente con la conversación entre José y Tomás acerca de la camioneta? Recordó la forma en que la miraba, sus palabras insinuantes, sus gestos, se dio cuenta que jamás antes se sintió acechado por un hombre a pesar de haber compartido mucho tiempo y espacio con otros chicos en la Universidad o en el trabajo. Era tan extraño. Sentía que las profundas miradas de Bruno deseaban decirle algo que con palabras de seguro le inhibía. ¡Claro, deseaba desnudarla y cobrar así su favor! ¿Qué importaba si era o no su tipo de mujer? Era mujer y eso bastaba. ¡Nadie hace nada de gratis! ¿Favor de un desconocido? ¡ja, qué ingenua, qué boba! Lorena quiso ahorcar a su yo interno con sus propias manos… Pensó en lo cruel que estaba siendo el escritor de su destino, Dios estaba usando los pinceles incorrectos…nunca deseó salir con algún hombre aunque hubiera más de uno que le llevará rosas o cartas de amor, para ella era necesario alcanzar ciertas metas y expectativas como profesional, luego sí podría darse tiempo para enamorarse de un buen chico que pidiera su mano y la llevase a un altar con su vestido blanco y su corona de azahares, que se embarcaran en un viaje de luna de miel a Europa colmándola de palabras bonitas y atenciones todos los días durante el resto de su vida. ¡El sueño blanco de toda mujer! El sueño en donde no tiene cabida las rentas o los pago de hipoteca, los recibos de servicio, ni los pagos de transporte, compromisos o deberes. Lorena parpadeó preocupada al verse en los brazos de un completo desconocido mucho mayor que ella, arrogante, déspota, prepotente… seductor y experimentado. Sorprendida de sí misma, se encontró con la respiración acelerada mientras un estremecimiento extraño la carcomía desde sus huesos, se preguntó si querría que acaso ocurriera eso. No podía concebir la idea de terminar en los brazos de Bruno. Pero ¿cómo escapar de él cuando todo indicaba un retorno?. Un retorno a él.
Una feroz tormenta amenazaba con quedarse durante el resto de la tarde y la noche.
Por momentos, no lograba mantener la mente en blanco, entonces contemplaba las pinturas en oleo y el suntuoso marco que decoraba el salón de la terraza y pensaba en lo costosa que deberían ser aunque no le retumbará en la memoria el nombre Francés con que rubricaron el lienzo. Las puertas de vidrio, imponentes, daban paso a la amplia terraza que mostraba a sus pies hermosas laderas cubiertas de pinos, a un costado un fogón para el asado de carnes con su vasta chimenea, las mesas de hierro forjado sobre el piso también de rocas cuyas hendiduras dejaban asomar la hierba. Pensaba en lo bello que era todo aquello, en lo diferente que era con su Ciudad, repleta de smog, tráfico, cerros cubiertos de ranchos… Parpadeó y se abrazó a si misma al recibir en su memoria el rostro del hombre que ahora la hospedaba en esa propiedad, haciéndola pernoctar bajo engaño…Desconcertada desvió el sentido de sus pensamientos… “Lucía tan seductor”. Era eso lo que ella respiraba: su seducción. Su boca provocativa podría dar los mejores besos, los soñados, los que ella se había prohibido durante su adolescencia a pesar de que las hormonas empezaban a protestar y de las anécdotas bajo las sábanas de sus amigas del colegio y luego, de la universidad. Estaba convencida de que ninguna cita se llevaría lo que más cuidaba de sí. Su cuerpo debía ser un santuario a quien rendirle culto, aunque eso significará alejarse de un mundo social tan contrario a su ideología. Los besos debían ser soñados y exclusivos, sí, exclusivos de quien se ama y se ansía. Pero aquel hombre… la miraba con seducción, no con amor, lo podía sentir sin comprender por qué le afectaba tanto, por qué de repente deseó sentir sus labios. Su piel se erizaba y algo en su estómago revoloteaba, entraba cómo llenando su interior y de repente salía dejando un gran vacío en él… Se abrazó de nuevo y temió, temió de permanecer mucho más tiempo bajo su techo y terminar junto a él.
Se puso de pie frente a la ventana, aún con lluvia era un verdadero paraíso. Desde la terraza llegaba un delicioso olor a musgo y a tierra mojada.
El taconear de sus botas de cuero la sacó de forma abrupta de sus pensamientos.