CAPÍTULO 13
Desde la otra orilla del río los obreros de la contratista Tracmark company se concentraban en la disposición de equipo, maquinaria, herramientas y cuanto implemento requiriesen para el ensamblaje de la estructura modular de un puente tipo barney, útil para solventar el cruce de río. Las potentes grúas debían ser profesionalmente maniobradas y la puesta en sitio de los pedestales ameritaba concentración. Un tráiler estaba dispuesto con los enseres básicos para que los obreros se resguardaran de las inclemencias del tiempo. Aunque la respuesta había sido inmediata sabían que la construcción no. La idea de una estructura modular de hierro en forma de arco, fue de Sebastián quien siempre la creyó conveniente, pero ahora que alguien estaba interesado en financiar la construcción, consideró apropiado reconstruir el anterior en base a la estructura temporal. El trabajo de ingeniería estructural era exigente, como Sebastián fue el anterior dueño de las tierras de Bruno Linker, conocía a plenitud las condiciones en que deberían laborar, además su compadre, dueño de la contratista e ingeniero civil, en un par de ocasiones contribuyó con reparaciones menores al puente de la zona. La funcionalidad, dimensiones, tipo y resistencia de materiales habían sido considerados en otras ocasiones, pero era el momento de incrementar factores de durabilidad, conservación y estética del puente. Un proyecto de esta índole no requería de meses enteros para su elaboración, pero sí de la dedicación necesaria para que sin premura la obra cubriera las expectativas de calidad deseadas. Tampoco era una labor sencilla trasladar hasta esa abrupta zona un camión grúa, plataforma elevadora, bulldozer, retroexcavadoras, estructuras de hierro y docenas de implementos, herramientas y equipos. La estructura debía ser reforzada desde los cimientos para poder trabajar en ella y realizar pruebas de resistencia y de cargas. Un trabajo de conexión entre ingeniero residente y proyectista para que los resultados fueran lo más idóneos posible.
Entre ambas orillas se preparaba la instalación de un puente colgante, que permitiera, mediante una polea la movilización de piezas pequeñas y de obreros de un extremo a otro. El caudal del río era algo que los inquietaba, necesitaban que bajara o estuviera en un nivel moderado que les permitiera crear un desvío de las aguas para poder hacer lo propio en los pedestales y cimientos de hormigón. Los agricultores se mostraron dispuestos desde el primer momento para contribuir con las labores que se les indicaran. Lorena no estaba de ánimo ni siquiera para permanecer de espectadora en el porche del rancho. Pensó que su habitación sería más acogedora o por qué no el despacho que Doña Verónica le ofreció en una ocasión. No le caería nada mal un esparcimiento literario. Es entonces cuando le pide permiso a Doña Verónica para entrar a esa área de la propiedad. Ella pareció encantada de que Lorena quisiera ir a leer a ese sitio. A su hijo Bruno también le fascinaba la lectura y ese lugar era muy especial para él. En todas sus propiedades en Europa solía tener un despacho con las comodidades propias de una oficina apta para negocios, aunque estuviera de vacaciones nunca se desconectaba de los suyos, con internet podía hacerse cargo de las bienes raíces y los restaurantes con solo mover los dedos sobre el teclado, del otro lado, un sólido equipo de trabajo, tal y como lo decía Lorena en su teoría de la vida y el trabajo. “Cuando todo lo proyectado se ha alcanzado no resta más que administrar o ser gerente de lo obtenido, muchos pueden delegar funciones e incluso asignan sus nuevos proyectos a personas capaces que le asisten a diario y solo deben sentarse a revisar los libros de contabilidad y los flujos de caja. No tienen más nada que hacer.” – No estaba errada. Se dirigió al interior del rancho. Se encontró a su paso con un grupo de mujeres que conversaban atentas al pie de la puerta de la hija de Fabiola. Estaba tranquila, por lo menos no se escucharon sus gritos. El despacho era acogedor. Le encantó el globo terráqueo con incrustaciones de bronce. El estilo de los muebles, el cómodo sillón color marfil tras el amplio escritorio de madera tallada. Una laptop sobre la madera pulida atrajo su atención. De repente olvidó su deseo por leer. Era esa su esperanza de vida. ¡Si tuviera conexión a internet, claro!
Se sentó de bruces en el cómodo sillón de cuero. Levantó la cubierta superior poniendo la pantalla a su frente, buscó el botón de encendido con afán mientras suplicaba en baja voz que tuviera conexión. ¡Definitivamente, en el cielo no le estaban escuchando las suplicas!
Decepcionada apoyó los codos en el borde del escritorio con su barbilla entre sus puños- “estoy perdida”- pensó- ¿de qué sirve una portátil en las montañas si no tienes conexión a internet?” Aún así continuó buscando en panel de control y en opciones de internet, pero ninguna configuración de red era visible. Resignada, la apagó y la dejó con la cubierta abajo, se puso de pie y empezó a observar el entorno. ¡No es tan ignorante, el señor Linker!- Pensó – Vaya hasta libros de literatura, zootecnia, agronomía, ingeniería de vías, biotecnología… ¡narrativa erótica!- Expresó sorprendida- ya sé de dónde saca lo sensual… Bueno, doña Verónica me comentó que habían buenos libros para mi, quizá tenga razón.
Tomó uno de romántica, de un autor nuevo para ella, pero que sonaba prometedor, regreso al sillón frente al escritorio y poniéndose cómoda se dispuso a leer.
El ambiente era cálido y contaba con excelente iluminación, podría quedarse allí leyendo un buen libro, durante todo un día, sin detenerse.
No obstante afuera el mundo se movía aceleradamente.
Bruno Linker y los demás hombres estaban a orillas del río. Las labores se multiplicaban y la luz del día parecía agotarse.
Mientras tanto… Inés, la joven hija de Fabiola, de nuevo, se retorcía de dolor entre la pulcritud de las sábanas. Un enorme crucifijo tallado en madera resguardaba la cama atento a los chorros de sudor que a pesar del frío, le bajaba por la frente. Sus puños cerrados retorcían un trozo de la sabana a cada costado mientras sus dientes torturaban sus labios.
- ¡Esta muchacha no está bien, Fabiola!- Protestó Doña
Verónica- Lo mejor es que la llevemos al ambulatorio. Arreglen todo que nos vamos- Le ordenó a las otras mujeres.
- ¡Qué mal va a estar la muchacha Doña Verónica!, lo que pasa es
que las mujeres de hoy en día son muy flojas para parir. Les gusta todo fácil. Vea no más. El papá de este mocoso agarró y se fue como si le creyera la excusa esa de un mejor trabajo. ¡Por cobarde se fue! ¡Y esta boba por tonta, se dejo preñar! Entonces, que sepa cómo se bate el chocolate.
- Así que esa es la cosa. Usted Fabiola lo que quiere es castigar a
su hija por el embarazo, ¿Qué tiene usted en la cabeza? ¿ y su corazón de madre? No se da cuenta que esta muchacha está sufriendo. ¡Anita! ¡Anita! – Volteó a llamar a una de ellas a viva voz desde el marco de la puerta de la habitación- Vaya afuera y búsqueme a Bruno, agarre las cosas que nos vamos al ambulatorio- Nunca pensé que usted fuera tan Bruta y desalmada con su propia sangre. ¡Perdón de dios es que debe buscar! y le agradezco: se quede en el rancho, esta muchacha necesita de buenas energías.
Sus órdenes y gritos de llamados se entremezclaban con los quejidos y llantos de dolor de la parturienta. Fue inevitable que Lorena no escuchará aquel alboroto, así que salió aprisa para ver lo que pasaba. Se encontró con el grupo de mujeres tomando de la cintura a la muchacha. Lucía demacrada. Sin vida. Doña Verónica traía alcohol consigo, mojó una mota de algodón para colocarla en sus fosas nasales, de esa forma volvió en sí.
- ¡Lorena, ve aprisa, que Ana se quedo, corre busca a Bruno, para
que nos lleve al ambulatorio!
- Si tiene las llaves doña Verónica, vamos yo conduzco y lo
recogemos en la salida. La chica no se ve nada bien.
- ¡ay Fabiola en donde le pase algo a esta muchacha, yo misma te
Llevo a la prefectura!- Expresó molesta Doña Verónica señalándola con el dedo índice y arrebatándole las sábanas que traía en sus manos.
Una de las mujeres trajo las llaves de la camioneta. Aprisa se acomodaron dentro mientras Lorena buscaba con la mirada familiarizarse con las velocidades. Nunca había conducido una camioneta, pero automóviles sí, sincrónicos y automáticos, extrapolando su experiencia en la idea de manejo no podría ser difícil entonces- pensó
Los baches del camino hacían más doloroso el traslado de la pobre muchacha, pero en las condiciones de vialidad de ese lugar era inevitable. Al salir del Rancho, la vía se bifurcaba y daba origen a una gran U desde donde se divisaba el río y el tumulto de hombres. Alguien debió alertar a Bruno, porque dejó el grupo inmediatamente, ajustó el sombrero y subió de un solo salto en la plataforma trasera de la camioneta. Fue considerado al no cuestionar la presencia de quien iba al volante. Lorena aceleraba cada vez más y se aferraba a la redondez del volante, estaba atenta a los tres retrovisores a pesar de la ausencia de tráfico. En medio de los gritos desesperantes de la muchacha escuchaba atenta, las indicaciones de Doña Verónica. Una de las mujeres le frotaba la frente con un paño húmedo mientras la otra le estrechaba una de las manos. Tras diez minutos eternos de recorrido esquivando baches y precipicios llegaron al ambulatorio, un reducido local en donde aprisa la recibieron. Bruno saltó
de nuevo de la plataforma y se dispuso a ayudar a los camilleros que la llevarían adentro. Su atuendo estaba impregnado de sangre y de líquido amniótico. Bruno se quedó petrificado observando la palidez de quien en condiciones naturales era hermosa. Sus labios temblaban mientras lloraba. Lorena podría apostar que era la primera vez que Bruno Linker presenciaba el parto de una mujer. El color de la sangre lo petrificó, ante su estado de inmutabilidad los camilleros prescindieron de su ayuda trasladándola aprisa en medio de las palabras de uno de ellos quien alertaba de la llegada del bebé. “ahí viene”, “está naciendo”. “¡Rápido es una emergencia!”- Gritó.
Las paredes descoloridas, el techo de asbesto, las grietas en las esquinas impregnadas de moho desentonaba con la pulcritud y brillantez del piso de cerámica. El ambulatorio contaba con lo básico y en su interior una habitación con techo de concreto, puertas de madera con el peculiar recuadro de vidrio en la parte superior, distinguía el quirófano y el área de parto de las demás áreas.
Bruno parpadeó al emprender camino tras Doña Verónica. Ambos siguieron hasta un par de pasillos. Una enfermera les indicó donde esperar mientras cerraba una de las puertas. Los gritos aún se escuchaban.
- No entiendo qué le pasa a Fabiola, una mujer con esa edad y
esa experiencia. Partera de todo un pueblo, pero para su propia hija lo peor. ¡Como si embarazarse fuera un pecado! A mí sí me parecía extraño que esta mujer asumiera con tanta ligereza los dolores de su hija. En la ciudad tener hijos es más fácil, claro si se cuenta con una clínica- Suspiró al ver el silencio de su hijo- ¿y tú, hijo? ¿Qué te ocurre? – indagó en baja voz al acariciar su mentón bastante lampiño.
- Nana Verónica es mejor escuchar del nacimiento de un bebé y
no presenciarlo. Nunca creí que se sufriera tanto para tener un hijo. ¡Si fuera mujer consideraría la adopción!, ¿no lo crees?
- No hijo. Estás equivocado. Llevar un hijo en las entrañas es lo
más maravilloso que le pueda pasar a una mujer. El dolor no importa. Es irrelevante cuando deseas tener en tus brazos a ese bebé.
- Esto ha sido mucho para mí.
- Hablando de muchas cosas para ti ¿ y Lorena?- ambos
sonrieron con complicidad y picardía.
- Está afuera.
- Deja lo arrogante con esa muchacha. Ponte en sus zapatos.
Somos unos desconocidos, además Lorena está muy sensible y lo estará un par de días más. Se compresivo y educado con ella.
- ¿Qué culpa tengo yo de su sensibilidad a flor de piel?
- Por favor Bruno, ¿dónde está el caballero europeo que
conozco?. ¿Es que el campo en lugar de aclararte te está nublando el pensamiento? Se supone que este viaje es una terapia de rehabilitación para ti. ¿Dónde está tu lado humano Bruno?, no te conocía tan frío. Hijo, se suele decir que las personas buscamos nuestros iguales. Por favor, no me hagas creer que eres igual a todas las mujeres con las que has estado antes…
Chasqueó los dientes, meditabundo, para luego levantar la mirada con curiosidad.
- ¿y qué le pasa a Lorena? ¿se siente mal o algo así? Si es así,
deberíamos aprovechar que estamos en el centro médico- Comentó ignorando lo que su nana le había dicho.
- Nada anormal, solo que está en sus días.
- ¿está menstruando?- indagó sorprendido.
- ¡Aja!. Nos ponemos insoportables, todo nos irrita, pero
también todo nos hiere. ¿Lo comprendes, verdad?
- Insisto nana Verónica en que de la ciencia existencial de las
mujeres es mejor la Teoría.
- La Teoría sin práctica es solo eso hijo, una teoría- Respondió la
anciana al saber perfectamente a que se refería su hijo de crianza- No tendría vida. Nunca se haría tangible. Si así fuera las parejas no existirían. Somos complementos de la teoría… ahora ve afuera, hazle compañía y por mí, se educado con ella.
La señora se sentó en una larga banca amarillenta sin espaldar, descalzándose un poco las sandalias para relajar las varices en la planta de sus pies. Las otras dos mujeres también se sentaron aunque, un poco distantes.
Bruno Linker caminó hasta las afueras del
ambulatorio lleno de pensamientos. - ¡maldición!- Se reprochó a sí
mismo- ¿quiere decir que esa mujer se metió en mi habitación
principalmente, por culpa de un cuadro de desequilibrio hormonal
pre-menstrual?... por eso estuvo tan deprimida. Decepcionada. ¡Fui
un canalla!…