CAPÍTULO 21
En el rancho “Linker” la situación lucía normal. Las faenas de campo y de ingeniería iban de la mano. Tomás el capataz, demostraba una vez más su eficiencia. Doña Verónica aún no regresaba, pero la salud de Inés y su bebé Carlos Alberto, mejoraba al igual que la relación con la señora Fabiola, quien no podía evitar los cálidos sentimientos de amor que albergaba su corazón al saberse cerca de su nietecito, inocente de los errores que como adultos se hubiesen cometido. Para Doña Verónica un bebé representaba lo más sagrado de la humanidad, era como la semilla recién germinada en un erial, llena de esperanza y sueños. “Un bebé era la conexión directa con Dios”. Representaba los sueños de madre que solo pudo vivir al criar a los hermanos Linker y por los cuales agradecía todos los días del mundo al ser supremo.
El almuerzo fue preparado por Yoneida Veracruz, quien no escatimaba esfuerzos en atender “a su patrón”, como solía referirse a él. Sus ojos brillaban como dos monedas de plata cada vez que le veía cerca, mientras sus sensuales piernas disfrazadas de modestia se asomaban fuera de las faldas de tela floreada. Desde su arribo albergaba la esperanza de sumergirse entre sus sábanas para poder degustar el erotismo de su piel. Días después de su llegada lo habría logrado, si Doña Verónica no hubiera descubierto sus intenciones y si no hubiera alertado a Bruno Linker del peligro que significaba continuar en las mismas andanzas de Ámsterdam. “No olvides a qué has venido a estas tierras. Se supone que debes pensar, descansar y olvidar mujeres como tu ex. No arrastres tu infierno, deja el paraíso como está, hijo mío”. En ocasiones su nana lo compadecía al creer que su hijo adoptivo solo estaba buscando llenar ese vacío que la ausencia de padres y familia había dejado en él, muy a su pesar sentía no haber logrado llenar por completo el corazón de Bruno. Su hermana, fue un caso diferente. Siempre fue más receptiva con el cariño, algo extrovertida, explosiva y atrevida. Poseía sangre aventurera. Nunca se negó a abrir las puertas de la felicidad, mientras que su hermano, fue el lado opuesto. Por esa razón pensaba en no abandonarle jamás. Como Yoneida Veracruz era mujer de crear en ella malas energías, se oponía radicalmente a su cercanía. Así que no lo pensaba dos veces cada vez que deseaba advertírselo con un profundo sermón. Pero su descaro era tal, que no le llegó a importar. Yoneida, esperaba que con el tiempo Doña Verónica olvidara todo o, que el destino conspirara a su favor terminando por servírselo en bandeja de plata.
La llegada de Lorena Blasco la descompuso. Vista en silencio como una rival no dejaba de estar atenta a sus movimientos. Fue la única que echo de menos su presencia la noche anterior. Imaginó las razones para la ausencia de ambos, mientras mordía, enfurecida, la funda de las almohadas de su cama vacía. Sintió la misma acidez en el estómago que días atrás, cuando vio a Bruno trayendo en sus brazos al huésped, luego de la caída en la famosa pendiente de la propiedad. Recordó que deseó verla muerta en lugar de herida, sin padecer muestras de arrepentimiento alguno. No comprendía cómo una mujer tan simple como ella, sin atributos, ni exuberantes curvas pudiese capturar la atención de un macho como su patrón.
Luego del almuerzo se dirigió al porche trasero desde donde se encontraba la puerta a la habitación de Bruno. Fue una acción inconsciente, por lo menos eso trataba de hacerse creer. Tenía muchas cosas en mente para meditar. A la hora del almuerzo le causo inquietud, y hasta cierto estupor las miradas frías y los gestos indiferentes de la muchacha que servía los alimentos a todos los comensales al servicio de la Finca. Le pareció hermosa. Sus ojos, a pesar de ese brillo hostil, conservaban cierto aire de una inocencia marchita. Le dirigió de mala gana algunas palabras que pusieron en evidencia su procedencia. Sin duda alguna era de esas tierras, poseía el sonorico acento que tanto le encantaba escuchar de las personas de los Andes, pero por alguna extraña razón la simpatía entre ambas parecía haberse estrellado contra un cimiento. Las hortensias, rosas y helechos que decoraban aquel porche expelían un aroma a vegetación salvaje que le crispaban los músculos. A lo lejos tras una amplia jardinera se extendía el camino de piedras hacia las caballerizas y a un costado de ella a los potreros. Reconoció la entrada a la huerta también. De repente parpadeó e hizo la vista a un costado del porche, un poco distante de la puerta que parecía insinuarse, era como si le estuviera invitando a tocar su madero. ¡Vaya! ¡Cómo si no hubiese sido suficiente cercanía con el fulano!- se reprochó apesadumbrada. Contempló la hamaca de múltiples colores que colgaba con un voluminoso nudo entre dos vigas del techo. Atrajo su atención algunos segundos mientras se acercó a una de las columnas metálicas del porche. La abrazó como si aquel frío metal le pudiera consolar. El piso de cerámica brillaba a pesar de un enorme charco dejado por el aguacero de anoche. La brisa solía ser fuerte así que algunas hojas secas eran arrastradas hasta el centro del pasillo del traspatio. La humedad se chorreaba por las grietas que el tejado rojo descolorido y cubierto de moho dejaba a la vista.
Por un instante imaginó mudándose a su alcoba. Entregándose por completo a ese desconocido que con arte y seducción había hecho despertar su feminidad. Se cruzó de brazos frotando uno de ellos, al momento en que un hálito gélido erizó los minúsculos vellos de su piel. Se vio a sí misma desnuda entre las sábanas de él. Parpadeó. Se avergonzó al creerse irrespetuosa. Se estaría comportando como una más de sus mujeres con quien disfrutaría del buen sexo y luego: “ Good bye! “ Recordó las enseñanzas de sus padres. Sintió como si los hubiera decepcionado. De repente apareció en su mente el pecaminoso yo interno, bailoteando mientras exhibía curvas seductoras. Agitaba en una de las manos los anteojos para su miopía. “Tonta, has llegado al punto más excitante de una relación, qué esperas para hacerlo más ardiente. ¡Vive el momento!, quizás no exista una segunda oportunidad. Todavía hay mucho más para aprender de ese adonis. “A su mente arribó la imagen de su amiga de infancia Sabrina ovacionándola- Parpadeó de nuevo inmersa en un suspiro. Se arregló la cabellera tras una cinta blanca y se adentro a la propiedad molesta consigo misma- ¡Definitivamente estaba alucinando!
Para entrar al rancho debía bordear el pasillo que colindaba con la habitación de Bruno Linker, bajar un trío de peldaños de lajas de piedra, dar algunos pasos en la grama del patio delantero, rodear unos enormes materos de barro en forma de jarrones y que antecedía a un par de peldaños, ahora no de lajas, sino de macizas piedras color ocre. Al fondo otro pasillo que conducía a un vestíbulo de panorámicas de vidrio, que daban paso a una elegante sala de recibo con el peculiar estilo rupestre. Continuó pausada hasta intentar deslizar una de las puertas de la panorámica. La palma de su mano se deslizó infructuosa al escuchar una voz grave tras ella. Su sobresalto fue evidente al llevar la mano derecha al pecho mientras expelía sofocada una bocanada de aire. Realmente no dejaba de pensar en lo vivido con Bruno Linker y lo incierto que se mostraba su futuro. Incluso temió que su deseo de hacerla su prisionera abandonase lo ficticio y se convirtiera en algo literal, en un hecho, cruel y veraz. Suspiró aliviada al ver el semblante sonriente y avergonzado de José Artiaga.
- Disculpe, no quise asustarla. He estado esperándola. Sé
que ha estado ocupada con los detalles finales de la obra. La felicito. Usted será una excelente profesional- por un momento titubeó. Con cierta parsimonia se ajusto el sombrero- Sería un honor si desea regresar a nuestras tierras. Mi hogar está a su disposición, señorita. Me pongo a sus órdenes desde este momento.
- ¡Eh, vaya! ¡qué sorpresa, José! Muchas gracias- sonrió
en el vano intento de ocultar una evidente tristeza. ¿Qué podría pensar Bruno Linker, si ella aceptará hospedarse en casa de los Artiaga?, después de todo intuía cuanto lo despreciaba, pero en cierta forma, le pareció la venganza perfecta. ¡Vaya, se estaba endemoniando! ¿Cómo podía siquiera pensarlo? ¿Cómo podía pensar en herir su orgullo varonil si ese hombre la había hecho sentir tantas cosas nuevas y maravillosas? Si la estaba llevando de la mano a un desdoblamiento extrasensorial inconcebible e inimaginable. Reaccionó-. Sé que es un gesto muy grato de su parte. Gracias por su hospitalidad, pero creo que al regresar a Caracas, tendré tantos pendientes que a poco tendré tiempo de alimentarme- Sonrió al retirar de su rostro una hebra de la cabellera ondulada que escapaba de una de sus orejas. Debió ruborizarse un poco porque sintió como se acaloraban. El rostro de Bruno Linker apareció en su memoria, así que se despidió extendiendo una de sus manos en el aire mientras alegaba sentirse exhausta.
Aprisa caminó hasta la cocina. Se acercó al refrigerador y sacó de él una jarra cristalina de agua. Se sirvió medio vaso que tomó sin pausa. Al darse vuelta se encontró con el producto de su imaginación en carne viva. Vestía camisa manga larga oscura y pantalón blanco, no era el atuendo apropiado para las labores de campo. No llevaba sombrero de pana. Al contrario exhibía un suntuoso brazalete de oro y un reloj importado en la muñeca derecha. Su piel emanaba ese delicioso olor de Paco Rabanne que tanto seducía su sentido del olfato. Lucía serio. De pie frente a la ventana de vidrio tras el fregadero. Sostenía un durazno que mordía de vez en cuando, arrancando su piel de terciopelo e impregnando el ambiente invadido por su perfume con aquella exquisita fruta. Lorena no pudo sostener la mirada por mucho tiempo. Con el vaso sin una gota de agua dejó caer la mano sobre el madero de la mesa. Cabizbaja, parpadeó al girar sobre sí misma. ¡Necesitaba alejarse una vez más!
- Espera.
Su voz la detuvo. De espaldas a él aguardó por la cercanía de sus pasos. Cerró los ojos ahogada en un suspiró. Podía verlo acercarse a ella con solo oír sus pasos. Esperó un poco. Pero el silencio no parecía romperse. Parpadeó hasta que sus cuerdas vocales tuvieron la soltura necesaria para hacer eco con sus palabras y darles sentido- ¿en qué le puedo ayudar señor Bruno?
- ¿Señor Bruno? Así que, regresamos al punto de partida-
Escuchó como daba un fuerte mordisco al durazno que sostenía en sus manos- Si continuas comportándote de esa manera mi nana descubrirá, con mucha facilidad, lo que ha pasado entre los dos. ¿No lo crees? Además eso dice mucho de tu madurez y la mía… eh- Masticó sin tacto en los buenos modales- ¿sabes? generalmente soy indiferente y distante con las mujeres con las que duermo, pero considerando que se trata de ti, no creo que te merezcas indiferencia alguna…date la vuelta Lorena- ordenó.
Obediente dio vuelta sobre si misma sintiéndose dócil, como una niña. Una sensación de desagrado provocó tensión en sus músculos. Se preguntó qué diablos estaba pasando con la Lorena independiente, controladora y dominante de siempre. Se envalentonó al momento en que lo señaló con el dedo índice. Fue por un instante. Era como si el ánimo le flaqueara.
- Tiene usted razón. No comprendo qué me está
pasando, pero debe ser por lo novedoso que es todo esto para mí, claro, para usted es normal- sonrió- suele tener lo que quiere cuando quiere y veo que tuvo razón está vez, aunque admito que fue muy inteligente, saber seducir, engañar, persuadir… No sé si felicitarlo o escupir a sus pies.
- Oye, espera un momento, nada de lo que dices es cierto.
analizas tanto las pequeñeces que las destruyes. ¿Quién te creería eso de qué te he engañado cuando tú misma cediste? … ¡vaya mujer! eres desconcertante y problemática, pero… aún así, me encantas.
Cruzada de brazos se reclinó sobre el marco de la puerta de la cocina que colindaba con la nevera de catorce pulgadas. Suspiró resignada- Me ha detenido, ¿cierto? ¿En qué le puedo ayudar?
- Bien, voy a dejar el rancho. Saldré a la ciudad.
- ¿A Mérida? – Recobró el ánimo al erguirse aunque con
suma tristeza al creer corroborar su teoría: Acción y reacción de la tercera ley de Newton aplicada a las sábanas: ”Entrégate y tendrás” aunque sabía que lo único que tendría sería infelicidad. Su acción tendría una reacción o su entrega un pago. Sintió desagrado. Se sintió desvalorizada. ¡Imbécil!- pero iré con usted, ¿verdad?
- Ambos somos personas de palabra, Lorena. Sé lo qué te
he prometido y cumpliré por supuesto, pero también es cierto que la parte de tu promesa está inconclusa. Todavía hay detalles de la obra pendientes y tú lo sabes, en cuanto finalices dispondré tu viaje de regreso, ¿te parece? No quiero que albergues ideas erradas acerca de mi proceder por ello decidí informarte, quizás me encuentre de regreso mañana al atardecer.
Petrificada. Trató de darle sentido a sus palabras. Su raciocinio colapsó. No tuvo argumentos ni forma de protestar. No le estaba negando su libertad. Solo la posponía…