XXII

—¡Q

ue me lo traigan a la Quinta! —había sido su primer intento de gritar—. ¡Allí le concederé la entrevista que merece!

Iría a la Quinta, se molestaría ahora que le era posible, para que todo terminara donde había comenzado, o mejor en el campamento del Polvorín. Apretaría el reloj de Pancho en la mano, el tiempo truncado de él que le reclamaba en el de los otros, de los traidores. Ya le habían enviado, como casi regalo, a Cáceres y lo hizo degollar. El penúltimo lanzazo a Pancho, Ni llevando a Cipriana, ni a la Dolo, se contendría. El amor bien podía ser una especie de incitación a la crueldad. Las mujeres debían gozar particularmente en domesticar a un jaguar o un león, se imaginarían que domaban a un hombre. Que lo domaban a él. Además, serían capaces de echarse a llorar.

El patio sería el mismo. La misma gente; pero faltaban los rastros húmedos de Santiaguito Herrera. Si por él fuera, le hubiera puesto como epitafio: Aquí yace el más corajudo traidor.

Entre cuatro lanceros gauchos, lo vería avanzar como un espectro de llagas y huesos. Esa repugnante y andrajosa figura no podía ser la del juez Únzaga. Avanzaba tambaleante. Reducido a comer raíces, muerto de hambre, ¿dónde podría ir, dónde podría comer, él y el otro, sin la Libarona?, se presentaba en Salavina para pedirle clemencia.

Este era el hombre que había vivido cerca de Agustina, este el hombre al cual ella había curado sus llagas malolientes. A ese extremo físico podía llegar un hombre al cual había hecho juez. Nunca vería ojos implorantes en tal grado. De acuerdo con que pocos serían capaces de mirar la muerte con el desafío de Santiaguito Herrera; pero ya era demasiado que el terror llevara a tal extremo de imploración a un hombre.

Tuvo vergüenza de lo que presentía que debía suceder. Por el sexo masculino se alegró que la Dolo no pudiera estar. Los hombres debían tener vergüenzas secretas, que el otro sexo no viera para que la generación no se contuviera o exterminara. Le gritaría al alférez Carreño que se escondiera, para que esto no hubiera de salirle después, como arañas venenosas de la caja de guitarra. Pero no estaba el alférez y era bueno que así fuera, porque si podía prohibir que algo se bailara, resultaba imposible el que algo se compusiera y guitarreara y hasta se cantara como protesta en la misma presión, hasta que llegara el degüello.

Únzaga avanzó unos pasos más rápido, lo vio, lo imaginó, como si perdiera el equilibrio hacia delante, gritando espantado:

—¡Clemencia, clemencia!

Cayó de bruces, la respiración levantó una nubecita de polvo. Nunca había tenido asco de ningún hombre, ni aun de los que se arrepentían falsamente, porque estos incitaban aún más su crueldad. Al asco no sabía cómo responder. Le faltaba Gondra para que citándole leyes le pusiera de nuevo en marcha el raciocinio. Tendrían que sacar eso de su vista, borrar su instintiva repulsa; no hacerlo desaparecer porque él continuaría sabiendo que tal imagen existía. Destruirlo.

—¡Clemencia, clemencia!

Avanzaba hacia él, se arrastraba como un sucio y maloliente reptil. Si los guardianes lo dejaban, se arrastraría hasta tocarle y besarle los pies. Esto no podía admitirlo de hombre a hombre, a los reptiles que se arrastran hay que aplastarlos.

—¡Que cuatro hombres lo lanceen! ¡Que lo lanceen ya!

Tenía que volverle la espalda. No quería imaginarlo, no valía la pena verlo, ni inventarlo. Ni siquiera como parte del funeral de su hermano.

Apretó el reloj de Pancho. Le pareció que el imposible chillido de espanto y el golpe sordo y jugoso de las cuatro lanzas ensartadas retumbaban en su despacho. Nunca sería así, como inventaban los unitarios.

Silabeando casi, releyó el parte que desde Salavina le había enviado, el 25 de agosto de 1844, Juan José Tebez.

«¡Viva la confederación Argentina! ¡Mueran los salvajes unitarios! Sor. Gobr. Y Capn. Gral. Brigadier Dn. Felipe Ibarra. Muy Sor. Mío y de mi mayor respeto, en consecuencia del oficio que recibí de V. S. Con fha. 16 del que rije y juntamente al reo salvaje Pedro Únzaga, a quien lo mandé degollar el 24 del corriente cumpliendo con la orden de V. S. En la debida forma que V. S. Me ordena».

También, el comandante Tomás A. Del Castillo, a quien Únzaga le regaló el cortaplumas de oro, la única joya que poseía, como agradecimiento por el trato acordado, le acompañó una carta para Santiago del Villar: «En este momento debo morir por orden del sup. Gobierno; yo te debo no sé qué cantidad y te suplico por el amor de Dios me perdonéis porque no tengocon que pagarte. Con esta misma fecha escribo al Exmo. Suplicándole la educación de mis dos hijos varones, si este señor se desentiende te suplico lo tomes a mi Mariano y lo formes hombre, es el único favor que harás a este desgraciado primo. Pedro Ygno. Únzaga».

Dejó el reloj sobre el escritorio. Tendría que ocuparse de los hijos de Únzaga. Había terminado el funeral criollo de su hermano. Una fatiga distinta le pesaba en los pies y le trepaba por el cuerpo. Le pareció que su ventana estaba vacía. Ya.

Desde el tercer patio, donde acampaba su escolta, le llegó el rasguear de la guitarra del alférez Carreño. No conocía ese triste, debía estar improvisando.