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U
na descarga de fusilería. Debía ser en la Quinta, ejercicios de milicianos. Chapoteó el agua, apenas tibia, en la tina de madera. Si no tuviera miedo que la niñera la escuchara, cantaría y hasta bailaría dentro del agua. ¿Qué le importa ser l señora de Don José de Libarona, con su empaque de aprendiz de godo señorón, si ella apenas tenía dieciocho años y estaba comenzando la primavera?
En esa agua, costumbre de las mejores casas, también se había bañado su marido; él primero, privilegio de hombre. Aspiró el olor; le había agregado un puñadito de sales de Colonia, un nuevo perfume traído de las Europas por Esilda, la prima de José. Un olorcito mezclado a sudor masculino.
Le ardieron las mejillas. Y qué ¿acaso no se había casado a los quince y ya tenía dos hijas? Ni del aire, ni tampoco del Espíritu Santo.
Un tiritón, el agua se estaba poniendo friona; no era el agua. No, no quería pensarlo, pero caía en la tentación. A los dos meses de la boda, José insinuó que deseaba verla desnuda. No, esa palabra no, sin ropas, en el lecho matrimonial. ¿De adónde sacaba esas libidinosidades? Ese libro francés, que le había encontrado en un cajón de su escritorio en Tucumán; abrió y cerró los cajones del escritorio de su marido. No pudo resistir y, al tercer día lo hojeó. Grabados con mujeres más que descotadas, estatuas sin ropas, la época del diabólico Bonaparte.
José era capaz de leer esas cosas o de mirarlas a escondidas. La gente de las Europas, aunque viniera de las Españas, tenía contactos con el diablo, ¡el mandinga!
Rio juguetona, ¿cómo era el macho cabrío del diablo? Ya no tenía al fraile Aráoz, su confesor, para preguntarle, ¿y al cura Gallo? A ese no, era el confesor del demonio criollo, de Felipe Ibarra.
Necesitó, casi podía ser pecado, acariciarse los pechos bajo el camisón de baño, como si fueran las manitas de sus hijas, otro grabado, ¡qué espanto! Una cortesana bañándose desnuda. Sus propios pechos eran, también, duros y exultantes. No precisaba ama de leche; aceptó que a la mayorcita le mezclaran leche de burra en el mamadera del mediodía, para evitar empachos y, de paso, quedar bien con su madre. La pobre había necesitado amas y burras para su chorrera de diez hijos. Se los acarició, le producía placer. La mano de su marido. Las manos de su marido, ¿cuántas cosas de las que nadie le había hablado? Las monjas de Santa Teresa de Ávila debían saber más, la linde del pecado. La noche anterior al casamiento, se miraron mudamente a los ojos con su madre; transmitirle sin palabras. Sólo atinó: el cura ya te dirá que la mujer debe obediencia en todo —marcó la palabra bajando los ojos— a Dios y a su marido.
Sonriendo, ocultó la cabeza tras las tablas de quebracho blanco. No le había costado obedecer a lo que ella misma le insinuaba a su marido. La sorpresa de manejar a un hombre. Hasta en la volteada de Felipe Ibarra. José no quería meterse; había venido a Santiago para una larga visita, después de dos años en Tucumán, y, sobre todo, para arreglar la herencia paterna. Le había tocado esa casa, una estancia y plata; su marido la haría fructificar, como a ella su vientre. Ya vendría el varón.
Se estremeció. Tiros de fusiles y galopar de caballos. ¿Una patrulla del gobierno? ¿De cuál gobierno? De nuevo, tiros y ya más cerca del corredor exterior, en su calle por lo menos. Salió de la tina, no se acostumbraba al peso de los pechos, le parecían ajenos. Lo incómodo del placer le tocaba a las mujeres.
Lubina la cubrió con el toallón para quitarle el bañador.
—¿Escuchó, mi señora?
Leyó en sus ojos.
—¿Serán? —la voz le tembló y se le mezcló a un alarido continuado y azuzado en tres bocas. Alguien recibía de una el odio, lo amasaba con saliva y lo soltaba en otra con mayor y espontánea rabia: ¡Mueran los salvajes unitarios!
Sus manos se atropellaban con las de la criada en la suave toalla de hilo.
Estaba claro, cómo no se había dado cuenta. Su marido debía saber que Felipe Ibarra volvería, que había vuelto, y escapó para no asustarla o comprometerla. Apenas era el 28 de setiembre de 1840; ni tres día había durado la tan cacareada revolución. ¿O escapó por cobardía? Tuvo miedo de que en la primera prueba su marido resultara cobarde. La mitad de los lazos se le enfriaban o relajaban. Había sido como el sustituto de su padre muerto; de un techo protector al otro.
—¡Mi niña, escóndase en la cisterna!
La voz de Lubina era firme, conocía todo lo por suceder; los de la partida federal eran de la misma laya que ella, hasta probable que fueran parientes. ¿Acaso, ellos mismos, los Palacio, flor de unitarios e ilustrados en Santiago, Tucumán y Salta, no tenían tantos federales enquistados en la familia? ¿Acaso su padre Don Santiago de Palacio no fue gobernador con la venia, elegido e impuesto, por Felipe Ibarra? Las cosas había que decirlas para poderlas comprender y manejar. Si su padre viviese, ni Felipe se atrevería con ellos. Quién sabe.
Nunca se vistió más rápido, una mujer necesitaba tener miedo. Casi la empujaba corriendo a lo largo del primer patio. Se detuvieron un instante, las botinas en los ladrillos gastados del piso, junto a los macetones de jazmines. Retumbaron los culatazos de los fusiles contra el entablamiento de la puerta. Corrieron al segundo patio entre rosales y malvones. Gritaban el apellido de su marido. ¿Y si José hubiera tenido miedo? Ganas de correr hacia el zaguán, sacar la tranca y entregarse con ademán de matrona romana, de mártir cristiana arrojada a las fieras, y gritarles que su marido no estaba porque era un cobarde. Acaso le achacaba su propio miedo. Lubina la empujaba. Los chinos de la partida se apoderarían de ella y hasta la violarían en la alfombra del estrado. Violarían. Corrió entre los naranjos y limoneros del tercer patio, el perfume de los azahares. ¿Por qué la palabra violarían? Corrió ajustándose la ropa, una mano en los pechos y la otra en el bajo vientre.
Rara vez comentaban las cosas realizadas por los indios, la plebe, la chusma, en contra de ellos. Los golpes se repetían. Ya debía ser un ariete improvisado, utilizarían el palenque, la echarían abajo. Una puerta de ellos significaba tan poco, ahora.
—¡Mi niña, mi señora!
La voz de Lubina se mezcló al resplandor del sol en el agua del pozo y el vaho fresco, tiritó. Ya no tenía miedo, esto lo podía hacer con seguridad; su madre también se había escondido en una cisterna. Los señores de pro, los notables, debían aprender la costumbre de ocultarse. La soga. La escalerilla de ladrillos musgosos y resbaladizos. Todo era posible; pero lo seguro era los culatazos, la violación, la muerte.
Bajó sosteniéndose, Lubina la mantenía de las axilas, de nuevo la aupaba. Las manos cerraron la tapa de hierro colado. La luz reflejaba astillas de espejos en el agua. El balde le rozaba la cabeza. ¿Y si los salvajes exigieran agua fresca para ellos o sus caballos? ¿Y si…?
—¡Mijitas! —gritó. No entendía cómo las había olvidado en el dormitorio. Una hiena sin instinto maternal. Ya no le importaron los golpes. Una nueva descarga, debía ser contra las ventanas de la sala. Saltaría la araña de cristal de Bohemia, que pensaba llevar a su casa de Tucumán, para cuando sus hijas fueran grandes. Aunque gritara nadie la escucharía, salvo que la partida tuviera sed. Tan cobarde como su marido. Los que poseían tanto, llegaba un momento en que forzosamente se transformaban en cobardes. Lo que se teme perder ya está perdido. Imposible, sola no podía levantar la tapa sin resbalar. La gritería en el primer patio. Los portazos.
—¡Es mía, no la toques!
—¡Demasiado blanca y bien tenida para ser tuya!
—¡Qué sabrás vos!
Sus hijas. Lubina tenía más imaginación y ocurrencia que ella, más lealtad que ella, más que su mismo marido. O arriesgaba menos.
—¿Y se le parto la cabeza de un culatazo?
—¡Antes tendrás que partirme la mía, chino alzado!
—¡Basta, Fructuoso! ¡Nos han mandado a buscar al salvaje Libarona o a interrogar a su mujer, y guay de que toque algo más, mandó Lunita!
Voces confusas, arrastrar de botas de potro y grandes espuelas. Una patrulla de la milicia provincial. Lunita tendría que ser el atroz capitán Simón Luna, el Shimu Negro. José no podría huir; las tropas de La Madrid o Paz ya habrían fugado o no llegarían nunca. Tenía razón de no quererse meter en la aventura. Felipe vencía a la larga, sería gobernador cuando le viniera en gana, como lo era desde hacía veinte años. Un gaucho mañero, huía al monte para volver con más gente. Ella y su familia tenían la culpa, querían que José llegara a gobernador de cualquier provincia del norte, como era lo habitual en su estirpe. Seguir siendo notables. ¿Y quién, sino ellos?
La cadena de la roldana comenzó a crujir. Demasiado pronto, podían oír desde la calle; esa gente tenía el oído muy fino, acostumbrado a distinguir rumores en los montes. Se abrió la tapa. Tuvo miedo a los bosques del Bracho, donde iban a dar los presos políticos que no morían degollados o en el cepo. Conocía muy bien a Juan Felipe Ibarra; se cobraría la sangre de su hermano Francisco de alguna manera espantosa.
—¿Se fueron?
Se contestara que sólo había sido una pesadilla de la siesta. Otra fue la respuesta. La terminó de vestir. Sus propias manos no le alcanzaban para acariciar a sus hijas. Había corrido desde la cisterna para mirarlas, recuperarlas; las manos mohosas y barrosas les dejaban rastros en las mejillas, contuvo la risa. Escapar y llevarse a la que amamantaba. Lubina asintió con un ademán y gesto de prisa. La miró hondo, no sabían utilizar palabras de agradecimiento entre ella. Era de la casa.
Un nuevo golpeteo le cortó el aliento, después comprendió; quien utilizaba la manita de bronce del llamador en una puerta semisdestrozada, las buenas maneras enquistadas aun en el horror, era de los suyos; de los que, ahora, podían traer malas noticias. O alguien que no deseaba comprometerse demasiado entrando sin llamar, vanas sutilezas.
Lubina volvió acompañada por Espeche, viejo amigo de su padre. Bastó mirar su cara.
—Agustinita, han tomado preso a tu hermano Santiago y todos corremos riesgo… Todos, en especial quienes firmaron el acta de destitución del —dudó, ya no se atrevería a decir el tirano— gobernador Ibarra. Dios se apiade de quienes lancearon a su hermano Pancho o quienes no quería escuchar, ella misma había dicho que su marido tenía muy hermosa letra, quería sentirlo importante de cualquier modo. Los demás, allí en su sala, habían insistido para que escribiera el acta. Se negó, estaban avecinados en Tucumán; terminó cediendo. Siempre cedía con su amable sonrisa; el aceite en las tempestades.
—Debo avisar a los otros, ¿y tu marido?
Espeche tenía miedo o le atraería regar el miedo y contemplar el resultado. No, todos tenían miedo.
—Se fue a la estancia… —No sabía dónde estaba, por ilógico que pareciera. Salió mientras ella se desvestía para el baño.
—No habrá querido comprometerte, tampoco a tu familia —había cumplido y se fue.
Las excusas de los suyos también serían semejantes. José era incapaz de levantar un arma contra nadie y a Pancho Ibarra lo mataron a lanzazos en el Polvorín. Besó a Elisita y la dejó con Lubina, se llevaría a Lucinda. ¿Qué haría ella si mataran a lanzazos a un de sus hermanos? ¡Y Felipe miraba por los ojos de su único hermano! Estaría como jaguar cebado y herido.
—No, mi señora, salga por el fondo. Los Pinto la pueden aguaitar.
El resto de la servidumbre se había escondido en la huerta; como las comadrejas corridas de las cuevas por la inundación, salieron para verlas pasar. No servían para estos menesteres, ante lo imprevisto enmudecían inmóviles. Corrió entre los azahares, los hornos de adobes; treparía al troje y a la pared lindera para descolgarse en el baldío. Lubina llevaría a Elisita a casa de su madre; ella iría cuando todo se calmara.
Se entrepasaban a Lucinda como un bulto menudo y precioso, el juego del barquito cargado. Una última mirada desde el paredón hacia el tercer patio, Elisa no lloraba. Si Felipe se metía con faldas no era casualmente por politiquería, bien lo sabía. En el gran baile de su casamiento, cuando su hermano mayor le presentó como señora de Libarona, Felipe había vuelto a mirarla intensamente, dominadoramente. Los viejos adobones de barro se le deshacían bajo las botinas; la paja le quedaba entre los dedos, alguna le ardía bajo las uñas. Miró a Lubina y a su bebita. Felipe la había mirado la primera vez, con ese modo que miran los hombres, a los quince recién cumplidos. No sabría, no le importaría, que José hubiera pedido visitarla. El tirano ante quien cedían todos, menos ella. Labios estrechos, pérfidos. Miró hacia abajo; más alto de lo que recordaba como para largarse con su hijita en brazos, se la hubiera atado a la espalda como una chola. Mirar al gobernador tirano en esos ojillos abolsados, duros y penetrantes hasta cortarle el aliento, una mujer podría lograrlo. Todos sabían que a Ventura Saravia la había devuelto la misma noche del casamiento, que tenía otras mujeres en las más rancias familias. Se largaría en ese montón de yuyos secos para amortiguar la caída. Se deslizó contra la pared áspera. La mirada de Felipe recorriéndole el cuerpo en el baile. Las ramas le rasparon las piernas, le romperían las medias y hasta las finas randas de encajes y puntillas de las almidonadas enaguas; cesó de hundirse, tampoco sabía hasta dónde llegaría la mirada de Felipe, bien podía acceder a una mirada, nada más, a cambio de la vida de su marido, de su propia vida.
Lubina, indecisa por primera vez, mantenía a Lucinda en sus brazos. No era justo que la mirada de un hombre pudiera tanto. Le hizo seña de soltarla, se miraban cediendo sus ternuras; el bultito cayó casi rozando la pared. Un grito y un estallido de llanto cuando la golpeó en el regazo; al nacer, la matrona le dio un chirlo en las nalguitas para el lloro. La apretó contra el pecho y cesó el lloriqueo. La última mirada de Lubina, cortísima, tampoco necesitaba recomendaciones ni consejos.
Corrió tropezando por el baldío. Tiros, alaridos y repiquetear de cascos de caballos. Las hordas de Juan Felipe. En la calle desierta morigeró el paso, como una señora que lleva su hijita para mostrarla a una tía muy vieja. Tres alaridos escalonados le helaron el cuerpo. No quiso volver la cara, prefirió seguir muy dignamente; era capaz de mirarlos, de resistir la mirada de esos salvajes federales y montoneros como había resistido la del dueño y mandón de ellos.
Una puerta abierta, tras las gradas, para que no entraran las inundaciones, cuando crecía el río Dulce. No recordaba quiénes vivían allí, ni le importaba si los conocía, lo único, por Dios, que no fueran federales. Entró al zaguán. Los alaridos se apagaron a sus espaldas. Cesó la sensación de que podían atravesarla como lanzazos. ¡Francisco Ibarra!
Odió a su marido por dejarla sola con un crío en brazos. Cuando los hombres se iban, las mujeres siempre quedaban así. Sí, ahora lo recordaba muy claro: José había salido para cobrar la venta de unas vacas con cría, más allá de la Acequia Real y del barrio de las quintas. Lo prendería, le robarían el dinero, su reloj y los anillos de oro, la alianza, su regalo.
Nadie contestó. No había llamado pero en una casa con tan ordenada galería y florido patio, siempre había gente para el saludo o para recibir a una Palacio. Abrió la cancel de hierro forjado, ni llave ni cerrojo. Nadie contestó su Ave María o acaso el miedo les apagaría la voz. Abiertas las puertas que daban al primer patio, como si comprendieran que era inútil cerrarlas. La casa vacía comenzó a darle tanto miedo como la calle cortajeada de gritos y descargas. Entró en la sala casi de puntillas, se detuvo ante el gran espejo; no era posible que fuera esa mujer desgreñada, la falda arrugada y con esa expresión de angustia y asombro. Sólo su hija cabeceaba con plácido sueño, debía ser la única en todo Santiago del Estero. Muy pocos tenían tamaño y tan fijo espejo.
La cara de Solana de Herrera; la vio avanzar hasta cubrir la superficie azogada. Se volvió de prisa. En su óleo pintado por el muy joven Felipe Taboada, aparecía la madre del capitán Santiago Herrera que había sido, no, que era el ímpetu y el coraje de la revolución; en las facciones de esa mujer descubrió, o quiso creer, que la revolución continuaría. Apretó a Lucinda contra el pecho, precisaba el contacto de su vida. Llegarían las patrullas, quizá el mismo Felipe Ibarra, para destruir el cuadro pintado por su sobrino. Tuvo necesidad, aunque la creyeran desequilibrada, de sentarse en uno de los sillones de jacarandá y raso azul y esperar: esperarlo, en alguna parte tendrían que encontrarse. El raso azul, color unitario, era un desafío. La misma fuerza que la impulsó asentarse, ahora, la soliviaba. Dudó en hincarse ante una gran imagen vestida de la Virgen y su corona de plata.
Una descarga en la esquina, los fusiles retumbaban más fuerte; cubrió a Lucinda con sus largas trenzas desechas. Huyó, dejaba abiertas las puertas, todo lo saquearían o romperían. Tembló al divisar la gran casa de los Ibarra, torció hacia el río, rodearía la manzana. Para el monstruo y su soldadesca sólo eran sagradas las casas de Dios. El convento de Santo Domingo le salió la paso, por fin. Imposible e innecesario articular palabra. Nadie necesita explicar lo que lleva marcado en la cara. Corrió por la galería hasta donde la clausura le cortó el paso; la gente la guiaba en un brete de repetidas caras de angustia. Giró hacia la izquierda, una sala abovedada, la sacristía. En la semipenumbra, sobre la gran mesa rectangular, cuatro cadáveres ensangrentados. Los recorrió uno tras otro; en otra circunstancia, le hubiera sobrado un vistazo para descubrir la ropa de su marido. ¿Acaso él reconocería su migan en el espejo de los Herrera? Levantó el paño que cubría una de las caras, lo dejó caer horrorizada; destrozada a culatazos o golpes o patadas de mula, una pasta sanguinolenta. Su primera sensación de arcada, semejante a las que había experimentado José en el bergantín que lo trajo a América. Ninguna de esas telas era de calidad usada por él, aunque los salteadores solían cambiar y robar las ropas, en particular las botas finas. Esas crenchas lacias y negras no eran sus ensortijados cabellos castaños claro. Ni tampoco ese pelo duro y el bigote ralo, el hachado de sable casi le había separado la cabeza del tronco. Ninguno de esos cuerpos podía ser el de José, pero necesitaba verlos, contemplarlos, tocarlos si se atreviera, para entrar de verdad en ese mundo del espanto del cual no saldría; lo descubrió de pronto, como su parienta María Teresa Juárez que miraba en el porvenir.
Un llantito de Lucinda, hora de amamantarla, representaba la vida imperturbable. Buscó el rincón mas oscuro y apartado; siempre dejarían espacio y nadie incomodaría a una madre que amamanta. La miró y la antigua dulzura ocupó el lugar del nuevo espanto. Contempló desde el rincón los cuatro muertos solitarios o sin deudos conocidos, acostumbrarse a la muerte. Su marido podía estar tendido en otra mesa, sin que nadie lo velara; sin que nadie atienda cómo va desapareciendo la vida, cómo las facciones van estirándose y recuperando el tiempo antes de entregarse a la podredumbre. Pensar cualquier cosa, manejar el tiempo en la vecindad de la muerte. Lucinda cesa de berrear; instintivamente conoce su movimiento al desprender el corpiño. Volvió el cuerpo hacia el rincón, aunque pudiera haberse quedado para que la gente mirara, igual que en ese cuadro italiano La Virgen y el Bambino, que le regalaron a su padre cuando era gobernador. Nadie poseía algo semejante en Santiago ni en Tucumán, ni siquiera en Salta. Cuando los dolores de parto de la primeriza, se empeñó en borrarlos recordando la sonrisa de la Madonna. Lucinda se prende con hambre de cachorro que hociquea la teta de su madre. Todo, en el principio, es puro y semejante. Sobre el silencio de los muertos, el sonoro y alegre mamar. Beber el silencio de Dios. Santa Teresa.
Desde la calle, lejos a través de las gruesas paredes, gritos, alaridos, tiros, mueras y vivas. Al amanecer, encontraría forma de comunicarse con su madre. ¿Y si su marido anduviera buscándola con esa desesperación o nerviosidad que volvía torpes sus movimientos? No, tendría que estar oculto o camino de Tucumán. Estaba cierto que Ibarra no la tocaría; le contó, por vanidad femenina, lo de las miradas. Había sonreído más seguro de sí.
El sueño la vencía; sentada en el piso de ladrillos, la hija en el regazo, rezó las tres avemarías para lograr una buena muerte. Antes, la plegaria le había parecido candorosa y tierna costumbre de su madre. Mirando a los muertos, rogó por la gente a quien quería y, por asombrada primera vez, para que Dios se apiadara del alma de Francisco Ibarra. Rogar por los enemigos, más que evangélico, podía ser una forma despreciable de la soberbia.