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E
l calor del verano la agobiaba. Los espasmos nerviosos de José ahora terminaban en desmayos semejantes a síncopes. Imposible realizar algo. La mirada de Carreño, cuyo significado mezclaba y confundía, no lograba olvidarla; tampoco el caballo con la montura vacía. De nuevo, había estado a punto de abandonar a su marido cuando más la necesitaba; criminal cobardía, soltarían quienes no tenían ni la más remota idea real de lo que era la vida en el Bracho, en la selva chaqueña, o vaya a saber dónde estaban.
Únzaga, de nuevo el apellido, arrastraba los pies; el calor le habría reabierto las llagas, supuraban. Todo era melodramático, macabro y absurdo girando repetidamente alrededor de sus diecinueve años. ¿O ya tendría veinte?
Prestó atención al galope de un caballo, lo conocía.
—¡Únzaga! Debe ser Carreño. Cuando pregunte por mí, dígale que ando cosiendo en un rancho indio o cualquier cosa…
Únzaga analizaba su nerviosidad o la adivinaba. Apenas logró ocultarse. Alcanzó a escuchar que mencionaba su nombre. No creería, hasta sería capaz de ir derecho hacia el alpataco que la tapaba, con mucho de tonto juego a las escondidas. Se llevó al juez para una de esas tareas que le imponían en el campamento, hasta escribir informes. El calor le haría inaguantable seguir a caballo la marcha del proscrito, lo enancó y partieron al galope. Quiso borrar la idea de que fuera una artimaña para verla. Su vida era un continuo esfumar pensamiento lógicos.
Comenzó a preparar el almuerzo; por agradecimiento, un hermano de Salcedo le había regalado una bolsa chica de trigo. Además, los quesillos y la harina de Isauro Carreño; desde la intromisión de Rafaela, no habían tenido tanta riqueza. Le asombró haber utilizado la palabra riqueza.
Su marido se resistió a comer, movía con dificultad la lengua. Un presentimiento, la mariposa negra, la llenó de miedo, comió apenas. A la siesta, José cayó en fuertes y repetidas convulsiones, como nunca las había sufrido. No sabía qué hacer, en vano lo estrechó en sus brazos para aplacar los sacudimientos. Atarantada, echó a correr en derredor del rancho. Nadie podría escuchar sus gritos ni socorrerla. Corría igual que en la ronda de las casitas y el lobo. Sólo faltaba que entrara en el rancho la víbora machaguay, del luto. Volvió a abrazarlo, como si pudiera transmitir la normalidad de su cuerpo joven. Todo en vano. Su marido se moría esa tarde sin que nadie, ni ella misma, pudiera ayudarlo. Gritaría insultos en contra de Únzaga, nunca estaba cuando urgía. Si llamara a las brujas y curanderas. El cura de Matará no vendría. Dios estaba en manos del tirano.
Se arrodilló, un rezo en el cual la oración se le mezclaba al clamor; no, a la magia no. Se dominó para rezar fervorosamente. Inútil, las convulsiones no cesaban. También ella perdía fuerzas en esa lucha estéril, que ya debía llevar cerca de una hora. Si se desmayaba, la muerte le arrancaría a José, en secreto.
A las convulsiones de unió el estertor. Lo apretaba contra su pecho, lo había amado tanto, lo amaba desesperadamente. Clamó el nombre de Dios unido al de su marido, al de su amor que se le escapaba. Los brazos de le ablandaban, el estertor crecía, el cuerpo se le desprendió de las manos que no le obedecían. Se fue hundiendo en desfalleciente oscuridad. Las facciones se diluían y borroneaban. Sin voz, dentro de su boca, escuchó el sonido remoto de ese corto hombre que llenaba su vida.
Le costaba no sólo abrir los ojos, sino hasta respirar. No entendía lo sucedido, lo que continuaba sucediendo, quién era ella misma. Un peso inerte y frío le oprimía el pecho, le dificultaba alentar. Luz clara, lechosa, le entraba en los ojos y, luego, se cortaba en un parpadeo que no terminaba de comprender a quién sucedía. Principió a recuperar el paisaje, la copa deshilachada de un quebracho blanco, la ramada. Luz lechosa de luna llena, vasos de espumosa leche cruda. Podía mantener abiertos los ojos un instante. Sí, era ella. Volvió a cerrarlos, sus ojos de gacela, alguien que la amaba se lo había susurrado junto a la oreja. José, acostados, le pasó el brazo bajo la nunca. ¿Qué hacía nada más que mirando con sus ojos y sin conciencia del resto de su cuerpo? Algo frío lo aplastaba contra el suelo. Su marido, los ojos de Carreño, la montura desocupada, Santiago, el abandono. La mariposa negra, cientos de mariposas negras y víboras machaguay.
Con lentitud y miedo avanzó las manos hacia el peso que la oprimía. Hombros duros, descarnados, barba revuelta, mejilla helada. Se escurrió hacia un costado, los nervios le dieron la fuerza que todavía no tenían sus músculos.
Palpó el cuerpo tirado boca abajo, completamente frío. Muerto, no sabía ni lo sabría nunca desde cuándo ni en qué momento. El estupor no la dejaba medir el hecho, esperado y temido. No podía llorar ni gritar ni echar a correr, llevándolo con los pies hacia delante y dando vueltas al rancho para que se desprendiera el alma, como hacía la gente del campo. No atinaba a nada, ella la ocurrente y que siempre guiaba. Inmóvil, por fin, bajo la luz de la luna.
Se incorporó para que el cadáver recuperara el mínimo de la dignidad que correspondía. Lo puso de espaldas, le costó vencer la rigidez de brazos y manos, cruzárselos sobre el pecho; una mano que se resistía estuvo a punto de darle el último chirlo. Brazos y manos que había besado y le habían rodeado el cuerpo de amor y felicidad. Nunca más sucedería. Desesperados deseos de abrir esos brazos y cobijarse en ellos, quedarse entre ellos. Sentir que la ajustaban con su frialdad cadavérica y morir poco a poco junto a ese cuerpo que tanto había amado. No recordaba dónde, en qué pueblo pagano de la antigüedad, ataban a los prisioneros, estrechamente unidos a un cadáver y los dejaban morir de espanto y podredumbre. Si se atara a ese cuerpo bienamado, por el cual había sacrificado todo, quizá adivinaría, comprobaría, en el máximo del horror, si en verdad lo había amado. Sentir que el olor a la podredumbre iba desalojando a ese antiguo mal aliento, un tanto de olor a ajo, que, a veces y sin comerlo, tenía por causa del hígado. Todas las imperfecciones, los defectos físicos minúsculos, en los cuales el amor se prende como clavel del aire o enredadera. Nuevamente intentó cerrarle los ojos, imposible; la miraban vidriosos. Sentir entre nauseabundos olores, que crecían y se expandía, cómo los labios se volvían morados, negros violáceos, hasta que comenzaran a desprenderse pegados a sus labios todavía frescos y contraídos por el espanto de su amor. Que todas las partes de ese cuerpo que había sido suyas y a las cuales había pertenecido, se tornaban blanduzcas, fofas, hediondas hasta el pánico. Nadie en la tierra, ni ella misma, se lo confesó y fue su primera claudicación verdadera, se atrevería a hacer por amor lo que aquellos paganos hacían por odio guerrero.
Las fosas de la nariz muy abiertas. La mandíbula descuajada se resistió, también, a cerrar la boca. Bajo la luz de la luna, la reposada máscara carnavalesca de la muerte, la que precedía a los miércoles de ceniza. La máscara que ella había amado al extremo de poder, de tener la obligación muy tierna de mirarla en la soledad, en el desierto. En la luna de miel, todo el tiempo lo había sido, hasta su pecado de la soberbia que la mantenía hierática, pobre y rotosa ante las Rafaelas Carol, soñaban con irse a vivir juntos, ella le enseñaba a soñar, ¿qué solitaria?, ella que jamás había visto una isla marina, solos, solos para que nadie interrumpiera el amor de las miradas, el amor de los roces y el entrecruzamiento de los meñiques sobre un mantel, de las palabras y, sobre todo, de los silencios. Estaban solos con la muerte, ante la muerte. ¿Por qué no se habría muerto ella también? Sin él, encarnaba la muerte.
Borró este pensamiento que podría anunciar un estallido. Volvería a correr alrededor del muerto, a mesarse, a llorar como las lloronas de velorios. Los otros necesitaban mirarse en los demás para saber cómo era el dolor que sentían. Si seguía controlando, menos que eso, dejándose ignorar de los nervios, quizá atinara a todo lo por hacer. Luego tendría tiempo, toda una vida, para el lloro.
No se había muerto, ni se moriría ahora porque ese cuerpo helado, que ya estaba pudriéndose por dentro, le había engendrado, no con el Espíritu Santo y sí con el más humano y comprometedor placer sensual, a dos hijas. Con ellas lloraría, las tres tomada de las manos, junto a la tumba del padre muerto. Ya no importaba para qué o por qué causa muerto, era el padre. Fue como si el estupor ante lo esperado comenzara a ceder. Tendría que encontrar una forma de llevarlo, de arrancarlo al desierto.
Ni Ibarra, ni Fierro, ni Carreño le disputarían como hienas un cadáver que había purgado su pena. Los hombres, tanto los que mandan como los que obedecen, se contentan con muy poco, con el cese del aliento. No todos.
Tranco de caballos, ruido de voces y hasta una risa, la de Únzaga. Él, y un soldado de la patrulla. Desmontaron ante el cadáver y quedaron mudos, inmóviles. Todos quedaban así delante de un conocido muerto, pensando en que pudieran haber sido ellos, la imagen de ellos en tal postura. Unzaga inclinó la cabeza, miedo cerval, sabía que el próximo, más solo aún, sería él.
—Estará descansando… Es necesario que tengamos coraje… Usted, señora, lo tuvo siempre —balbuceó, tratando de recuperar su antiguo tono de juez.
El soldado (creía no haberlo visto nunca; de nuevo, como en la Quinta, la cada de su marido ocupaba las facciones de los demás) la contemplaba incómodo; entre sus obligaciones no figuraba la de dar un pésame a una mujer de proscrito, soltó la frase habitual de le acompaño en el sentimiento. Acompaño era la palabra y la acción que precisaban ella y su marido en este monte desierto. En las ciudades, de algún modo, la mayoría muere después de haber estado, en apariencia, rodeado de compañía.
Para su asombro. Únzaga buscó nerviosamente algo en la ramado, y se alejaron con más prisa que a la llegada. Tendrían que anunciarlo a Fierro, ganar su buena voluntad. No podía pensar esto, no era justo. Para su muerto, para Únzaga y para ella, ¿qué podía significar la palabra justo?