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E
n el Convento de Santo Domingo, supo que su hijita Lucinda, su improvisada niñera y el resto de la familia se habían refugiado en el de Belén. Desfalleciente, comió el plato de mazamorra que le ofrecían y corrió al otro convento. La gente que no se jugaba para ayudar a jugarse a los demás.
La portera le pidió que se calmara.
—Al sentir una descarga de fusilería en la Quinta, a su madre se le ocurrió que habían fusilado a su hijo Santiago, a vuestro hermano, y de angustia tuvo un ataque de pasajera locura. Mejor que no la vea; el doctor Monge prohibe…
Necesitó internarse en el jardín del claustro, ocultarse entre los árboles, como si pudiera escapar a los fantasmas de su imaginación, que, de golpe, brotaban y se le amontonaban; se escondió tras un alto y perfumado jazmín del cabo, que no la vieran durante unos minutos. Despacito, midiendo el movimiento, llevó una de las flores suaves y blancas hasta sus labios. Sintió miedo al darse cuenta que deseaba reír, soltar risotadas de…
Se cortó, sí, risotadas de loca, como su madre. Todas enloquecían de pavor; hasta debía ser femenino, elegante, que en tales circunstancias una mujer bien nacido enloqueciera. Mordió la flor, un pétalo se mancho de sangre, gritó, era su sangre, se había mordido un labio, una sangría de las que recetaban los médicos. Se compuso enderezándose. No pertenecía a la época de su madre, en la cual la tragedia desembocaba en locura. Le había parecido trágico, tierno, hermoso, que la reina Juana la Loca lo hubiera sido por causa de amor; pero por causa de amor ella tenía muchas cosas que hacer.
—Veré a mis hijitas y hermanas, amamantaré a Lucinda, y esperaré hasta que mi madre se calme… No, no es nada, me lastimé el labio.
Dos días de vivir entre el convento, sus hijas y su madre, y la Quinta con su marido atado. A José le daban de comer una vez al día con una paletilla de madera. Los centinelas habían comenzado a tenerle lástima por verla tan joven y constante. Debía conmoverlos esa lealtad de mujer que los hombres exigen, hasta por leyes, por no creer en ella. Había conseguido que con el puchero le dieran a beber un refresco de limón. La dejaban quedarse, hasta que José insistía, rogaba, que se fuera. Le aseguraban, debían ser mentiras por su olor, que, a veces, lo desataban para sus necesidades y lo dejaban un tiempo tirado en el suelo. No comprendía cómo él, tan refinado, podría soportar este suplicio. Algún día, cuando el espanto sobrepasara la medida, cuando su hermosa caligrafía se volviera temblona e ininteligible de tanto tener las manos atadas, forzadas, sus manos que le habían enseñado tan dulces caricias, esas manos que tantas veces había llegado a creer que formaban parte de su propio cuerpo, enloquecería.
La vuelta milagrosa de su hermano Santiago, absuelto de culpa y cargo (Felipe no se atrevería a olvidar los servicios de su padre), significó la mejoría de su madre y el regreso de todos a la casa familiar. El temor apretaba y soldaba, aún más, la tierna y probada relación familiar de que se enorgullecían los Palacios.
La ciudad se llenó de rumores en cuento a los condenados. Cualquier pena podría tocarles según el capricho del déspota. Santiaguito Herrera sería ajusticiado de inmediato. Felipe pondría en juego su brutal perversidad como escarmiento. Ya no le importó su hermano libre, sino su marido preso. Al llegar a la Plaza Mayor, un potrero desmantelado, el gentío la detuvo. ¿Cómo se habían reunido tantos sin que las campanas tocaran a rebato? Junto a la ruinosa Casa Capitular un jinete arrastraba al galope y entre las huellas polvorientas una gran pelota. Sería un nuevo juego inventado por Felipe para distraer a la población de sus horrores, una distinta forma de carreras aunque tenía prohibido todos los juegos de azar. Su mundo había pasado a depender de él, y de tal manera, que lo imaginaba en todas partes, un monstruoso mandinga, el supay quichua.
El jinete se acercó.
¡Es un enchalecado, un embolado que arrastran para quebrarlo! —gritó una mujer, cubriéndose la cara con un chal.
Intentó seguir al caballo, gritando:
¿Quién es? ¡Quién es, por Dios!
El jinete azuzó. No pudo alcanzar el ritmo del galope corto, tampoco desprender los ojos de esa esfera que saltaba envuelta en polvo. José, en la posición en que ella había llevado a sus hijas en el vientre, podía estar dentro. Las piernas se le trababan, tropezó y cayó entre las huellas. La bola pasó cerca de su cabeza; deseó que la aplastara, que la matara, sería un milagro de la Virgen de la Merced, si contenía a su marido. El repugnante olor a sangre, orín o sudor, que había descubierto en la Quinta. Olor de los hombres. Ningún quejido. Estaría muerto, si ese bulto hubiera sido un hombre alguna vez. Una última esperanza, pero ya no podía creer en la esperanza, podría ser una bolsa de trapos en broma o engaño espantoso y macabro. No, a Felipe no lo regocijaban las burlas horrendas ni los bufones, como al tirano Juan Manuel de Rosas.
Tendida en la tierra, dolida e impotente. Nuevos moretones y raspaduras en codos y rodillas se le extenderían en su piel tan suave, la mano de José acariciándola como si la apantallara con plumas, el culataza del centinela el primer día. ¿Qué día era? Caras, manos y brazos se acercaron a su cuerpo; la aupaban como a niñita, tenía que dejar de serlo. Le faltaba Lubina. Variaba de mujer a niña en un abrir y cerrar de ojos.
—¡Quién es, quién es, por Dios!
—¡No, Agustinita, no es Libarona!
Conocía esa voz femenina. El sol no le permitía ver claramente, sus ojos agacelados, azules, no estaban hechos par el sol, su tenaz sol de Santiago.
—¡Júramelo, por Dios! —imploró, mientras la alzaban.
—Es Santiago Herrera —terció una voz de hombre.
La cara de esa mujer le resultaba muy vista, le importaba poco, sólo deseaba ver la de su marido. Pisó con firmeza, no se había torcido los finos tobillos. Era tan frágil, que le pasmaba de asombro la fortaleza de su cuerpo. Se avergonzó al sentirse feliz de que esa bola no fuera su marido y sí Santiaguito Herrera. ¿Quién podría amar a Santiaguito como ella a José?
Se apartó agradeciendo con un murmullo; les resultaría fácil ubicarse en su lugar, a todos les podía suceder. Bastaba con la suerte de un combate, en el cual ni siquiera participaban, para que los papeles cambiaran. Caminó de prisa para evitar sofocos. El sol cosquilleaba la piel de su mano, el mismo sol que ardía y llagaba la de su marido los unía.
Desde el portón descubrió que todo había cambiado, hasta la forma en que la miraban los soldados. No quiso, no se atrevió a preguntar sobre Santiago Herrera; este apellido y el suyo pertenecían a esos que ahora no se ganaba nada con mencionar, como antes se ganaba todo. Su marido no estaba atado al poste. Su alegría fue chispa de centella; pero la imaginación comenzó de nuevo a funcionar alocadamente, sí, la maldita palabra.
Preguntó, preguntaba a cuanta persona quería escucharla, eran tan pocas. Los militares enmudecían, la disciplina o el miedo. Se acercó a la vendedora de empanadas y pasteles.
—¿Macho o hembra? —preguntó la mujer, ante su asombro. Sonrió burlona al descubrir que no entendía—: Macho es el que tiene huevos… en el picadillo de carne.
—Macho —contestó, casi por desafío.
Lo sacó ella misma del sucio rebozo en la estropeada canasta de mimbre. La mujer permaneció impasible, la cara seca y arrugada de las mestizas del campo; adivinaba lo que deseaba, pero querría que se rebajara a preguntarle. Uno tras otro dejó caer tres reales más en la palma callosa que le tendía.
—Coma el pastelito, no se haga la melindrosa —dijo, apartándose hacia la sombre de un limonero.
La siguió dispuesta a todo, una mendiga. La mujer miraba con rencor el pastel que había conservado en la mano, para tirarlo en cuanto supiera. Imposible.
Comió, lo hubiera comido y lo volvería a comer aunque la grasa de pella frita y tibia le repugnaba. Como se hablara de la mercadería que mostraba, continuó:
—A Don Libarona lo sacaron a la mañanita, atado y atrás de dos jinetes, junto con el juez Únzaga.
—¿Lo lanzearon? —comenzaba a no temer las palabras
—Si grita de nuevo, me voy. No creo, para mí que los llevaban al destierro; para mí que los mandaron a Matará, o vaya a saber si al Bracho, o al Chaco Gualamba. Uno de los soldados que los cuarteaba me compró varias empanadas.
La miró hondo, ya sabía distinguir cuándo la gente podía darle algo más, la cisterna de la empanadera estaba seca.
—¿No quiere saber cómo enterraron al Santiaguito Herrera? Se lo entregaron así, en el retobo, a la familia después de tenerlo horas al sol, frente a la casa de tatita… ¡Fue traidorazo!
La mirada llena de odio la hizo temblar, los indios mansos de sus estancias miraban de otra manera, al menos delante de ella. No supo darle el adiós, no cuajaba. Se dirigió hacia el cuerpo de edificios. A los pocos pasos volvió la cara para decirle:
—Voy a ver a tu tatita Ibarra.
—¡Si la recibe, so pretenciosa! —soltó en una carcajada.
Se lo negaron una y otra vez: «Está ocupado con la justicia». «No recibe a nadie». Recurrió por último al capitán Dávila, que había conocido en casa de su padre.
—No puedo, Agustinita. Ni yo sé dónde lo confinará. Es muy probable que ni él mismo lo haya resuelto. Sólo te puedo confirmar que está vivo.
—Tengo que ver a Felipe, lo veré, sabes que me conoce. No puede negarse a decirme dónde enviará a mi marido, hasta sería en contra de la religión.
Quedaría allí hasta que saliera; Dávila no se atrevería a echarla del cuartel. Sentada en el corredor que conducía al patio de los corrales, como una de esas chinas del pueblo que había visto esperar interminablemente, que parecía nacidas para esto. Por allí tendría que pasar. A Felipe le agradaría verla humillarse, su resentimiento y vanidad heridos se sentirían satisfechos, aunque sólo fuera a medias. Comenzaba a comprender que lo habría herido en la medida de su orgullo del poder, en la medida que los hombres se sometían y casi todas las mujeres estarían o estaban dispuestas a entregarse, el poder las fascinaba. La acción de «echarse a sus plantas, humilladas pero honesta» no podría satisfacerlo. Su madre se lo había advertido. Pero ¿hasta dónde estaba dispuesta a llegar para salvar la vida de su marido? La honra se le transformaba en un dilema de salones o de cómodos confesionarios ante su marido enchalecado. Por una hora de sumisión, repugnancia y vergüenza salvar horas, días y años de la vida de su marido. Vivir ciento cinco años como Judith, la bíblica.
En la tierra removida y suelta reconoció un rastro húmedo, como los rastros de una petaca de cuero caída en el barro. Santiaguito Herrera; quizá, nadie hubiera podido salvarlo o nadie habría querido. Tiró del collar de oro y apareció la crucecita de brillantes regalo de bodas de José, tibia del contacto de sus pechos, la besó fervorosamente. Alguien. Él, o Santa Teresa de Ávila, debían darle un consejo. Su marido preferiría morir con la honra intacta; esa valiosa honra que muchos maridos perdían por obra de su cristiana mujer, sin ninguna excusa, y todo continuaba en el mejor de los mundos. ¿Y por esto habría de sacrificar la vida, por ello no vería más a su marido? ¿Los patriarcas y los reyes bíblicos no tenían muchas mujeres? ¿Y no llegaría un momento en el cual la religión encontraría heroico que la mujer sacrificara su honra, que al fin y al cabo, era un placer a menudo forzado, para salvar la vida del marido o, más allá, de un semejante? El mal menor por un bien mayor. Debía ser como la desesperación de cuando se descubre un remedio, a poco de muerto alguien que se ama más que la vida misma. Además, Felipe era un hombre callado y discreto, sus amoríos se habían conocido por el chismorreo social de las desilusionadas. Y había que reconocer, según murmuraban, la culpa de su mujer, que no llegó a su cama como debía, tota pulcra, decían las viejas latineras y fraileras, utilizando el idioma de la misa para nombrar cosas puercas. Se estremeció, por lo menos tendría que confesar el pecado mortal de los malos pensamientos. Pero Dios mío, ¿por qué una miserable parte de mi cuerpo ha de valer más que todo el de José? No sólo yo lo necesito, aunque yo sea la única capaz de luchar y sólo tengo para ello mis armas naturales, mis armas de mujer, que ni siquiera son armas. La voz habría retumbado en la galería, y hasta habría espantado a los caballos del gobernador y de la escolta, que estaban ensillando. Le temblaron manos y rodillas. Adelantarse antes que Felipe montara; lke gustaba pasar como ráfaga. Divisó su caballo con montura y arneses enchapados en plata y oro. Dios mío, en tus manos encomiendo mi espíritu, hágase Tu voluntad. Corrió como a los brazos del amado, o como Judith después del festín al lecho de Holofernes. Podría matarlo con su propia espada y salvar a la provincia de tal azote. Creyó que había gritado la frase, que había despertado al alma ingenua, ardiente, y vengativa de Holofernes, de Nabucodonosor su amo. Tenía a Dios de su parte.
—¿Qué quiere aquí esta mujer? ¡Que salga al instante, que la echen fuera! —gritó con arrogancia el gobernador. Agregó otras palabras; no quiso creer que Felipe Ibarra la trataba como a una cuartelera, pues bien sabía que no lo era. Le ardían las mejillas, quizá fuere su manera de defenderse. La voz dura insistió:
—Deja a ese gallego en donde está, bien está allí. ¿Acaso su ausencia no te da la libertad? ¿Qué tienes que pedirme para él?
—¿Cómo no he de venir a interceder por él si es todo lo que tengo en la vida? —con esta precisión innecesaria había cometido un error, lo afrentaba. Si ella como mujer no podía olvidar lo sucedido entre los dos, él como hombre picado en su amor propio no lo olvidaría jamás.
Montó de un salto; hasta esa agilidad jactanciosa debía estarle dedicada. O se portaba como una chiquilla sin costumbre de recibir homenajes masculinos. Se adelantó hacia el caballo.
—¡Que la echen fuera! —volvió a gritar enfurecido, mientras chasqueaba el látigo con tal fuerza y precisión que la asombró no le hubiera cruzado la cara. Podía ser como el chasquido empleado para azuzar a los animales; pero no tuvo miedo y sí asombro por lo desusado del trato de un Ibarra a una Palacio.
Partió envuelto en el polvo que levantaba su caballo y los de la escolta. Un inesperado telón de tul sobre el final incongruente de un drama, de ese que había imaginado, más que visto en La Ranchería, en Buenos Aires. La gente que actuaba no tenía realidad ante su propia vida enamorada. Todo estaba perdido para siempre, ya no vería más a Ibarra. Judith y Holofernes volvían a la Biblia. No era sagrada, Felipe la había injuriado.