VIII

S

in llamar, entró su joven sobrino Manuel Taboada.

—Tío Felipe, aquí está.

—Manuel, habíamos quedado —cortó en seco.

—Perdone, señor gobernador, como es mi primer día en la secretaría… Aquí está el pase para su firma.

Había colocado en la menguada secretaría, junto a Antonio Martínez, a este hijo de su hermana Águeda, bastante despierto y con firme vocación o, cuando menos, ambición política. Representaba su último y fresco error para con Gondra, había omitido la cortesía de consultarlo. Le indicó que leyera.

—Santiago y 21 de octubre de 1840. Por la presente se autoriza a la señora Agustina Palacio de Libarona, en compañía de su hermano Gregorio Palacio, para pasar al Bracho y quedar, cuanto lo desee, en compañía de su esposo el confinado José Libarona.

—Pensé que a último momento, cuando Agustina viese lo que la esperaba, cambiaría de parecer, como hacen las mujeres. Entregalo al chasqui, en seguida, antes de que me arrepienta.

Quedó solo. Con lentitud, los ojos fijos en lo que realizaba, presionó con el pulgar la pluma de ganso, separó el índice y el mayor para dar más cabida. Un crujido y se quebró. El cuello tan fino, tan mórbidamente cubierto por la piel blanca, lechosa. La boca muy roja, labios de casco de naranja, pechos rozagantes, insultantes de maternidad y deseo, dos hijas que ella misma había amamantado, los ojos azules muy claros, como dice la gente que es el mar, hablar del mar en su Santiago era lo que el padre Achával diría una entelequia, le gustaba la palabra llena de misterio, pero más ese cuerpo tan fino y vibrante como cuerda de guitarra. Restalló el látigo junto a la mejilla carmín y húmeda por el llanto, su forma imposible de acariciarla, y su busto que terminaba mansamente en las amplias caderas de huso, capaces de dar tantos hijos, de darle, como hubiera deseado. El pelo rubio cobre que le caía para acentuar el ruego. Amaba a las mujeres finas, de su propia clase social. Era su jurada enemiga, más cada día que pasara; se odiarían a través del tiempo, cuando el Santiago de los dos ya no fuera un mísero caserío. Se hundiría en los montes junto a su marido, a los otros confinados, a todo el paisanaje del Bracho. Loca, loca de amor. Nunca sería suya, se la robaría los infieles: el día que lo supiera, estallaría en sorda rabia. Fierro odiaba a los unitarios, La Madrid le había matado en Choya a su padre. Todo Santiago, su Santiago, era una monstruosa mezcla de odio y amor que él mismo desataba o contenía, potro taloneado en los ijares, y todo se le adentraba en ese corazón suyo que, según Arias, ese mediquillo tucumano, no le marchaba muy bien. ¿Hasta cuándo latiría? ¿A quién dejaría, después, su Santiago que no tenía puerto ni saladeros, y que las sequías, malditas sequías, iban dejando sin gente?

Miró el reloj francés, las 9 y 20 de la noche. Le pediría al cura Gallo que rezara un funeral para Don Gaspar Rodríguez de Francia. ¿Qué haría Dios con el alma del dictador perpetuo?, ¿qué haría Dios con la suya? Pediría que lo enterraran en esa iglesia de La Merced, que él mismo había construido. Ser dueño en modesta y mínima parte de Dios. No debía pensar esto, ni con esa sonrisa socarrona que pocos le conocía, ¿para qué meterse con Dios?, que lo enterraran con el hábito de la Virgen de la Merced, de su cofradía. Al fin era mujer y ella, que tanto había sufrido por su hijo en la cruz, podría protegerlo, ¿pero hasta qué punto e instancia? La justicia divina. Se espantó, le sucedía cuando estaba solo, ante esa horrible crueldad que se había desorbitado dentro de sí, para vengar a su Pancho, y que vio en los ojos de Santiaguito Herrera. Lo conocía de chico, su casa estaba en la esquina, en frente de la suya. Había jugado en el largo corredor exterior. Se incorporó, a punto de signarse ante la imagen potosina de bulto y vestida, que le había dejado su madre y estaba en la familia desde tiempo inmemorial. La Virgen de la Merced. La mano se le detuvo en la mitad del pecho. Pueda que ella le diera oportunidad del acto de contrición antes de la muerte. Apretó labios y puños. No era el momento de pensar en su muerte, tenía que volver a ser lo que más hondamente le tocaba, el gobernador, el pastor de su pueblo. Ya no podía concederse el lujo de una conciencia inquieta o angustiada. Necesitaba el raciocinio claro, el posesivo ademán de colgarse un sable; pocos entendían la trascendencia de tal ademán y del gesto que lo acompañaba. Su sable era su hijo criado a través de campañas y guerras. Así sería su hijo carnal, algún día. Nunca llegaría al disparate de usar ese bicornio de dimensiones enormes, que el doctor Francia copió de una caricatura de Napoleón; menos, montaría a caballo con bata, medias de seda y zapatos con hebilla de oro. No entendía cómo podía llegar a tal extremo de ridiculez la admiración de un hombre por otro. ¿Cuál sería su propia ridiculez a los ojos de los demás? Nadie se atrevería a decírselo.

Atravesó el patio, perfume de jazmines y glicinas, entró en la oficina de Gondra; el ministro permanecía allí mientras el gobernador no pasaba a las dependencia privadas; salvo el tercer patio y la huerta, que habían terminado por ocupar la policía y su escolta, resultaba difícil señalar ese linde. Uno tras otro el estado iba anexando los cuartos del caserón; el único edificio que podía albergar al gobierno más o menos decorosamente. La casa capitular estaba casi en ruinas.

—Señor ministro general, le confirmo que a las 4 y 30 de la mañana el gobierno se traslada en campaña, a Pitambalá.

Por el portón que daba a la calle lateral, salió en su carruaje cerrado. Todo Santiago debía saber dónde iba la vieja berlina del gobernador, en todo caso no serían muy variadas las suposiciones. La única que tenía su casita en las quintas era la Dolo. Para verse con Escolástica o Cipriana no necesitaba coche, vivían demasiado cerca. Todos conocían sus amores; resultaba imposible ocultarlos, como hubiera preferido. Al revés de la mayoría, no necesitaba mostrar, jactarse de sus éxitos. En realidad no eran éxitos; amaba y respetaba a esas tres mujeres que completaban su vida íntima. No tenía tiempo ni vocación para ser mujeriego. Todos callaban y callarían mientras tuviera el poder en las manos; pero todos chismorreaban, en especial sobre la Dolo, la Dolores. Decían que la había sacado del convento de Belén, donde la había encerrado, por poco seria, su marido, un cuyano; hasta llegaban a murmurar que era una de las Palacio o de las Cáceres. En el chismorreo, Santiago era un avispero de abejitas negras. Tendría que llevársela, aunque la llamaran la cuartelera, como ya sucedía. Se llevaría al monte a su Dolo; al fin de cuentas era la única que abandonó todo por él. A las demás, nadie las tocaría, estaban protegidas por sus familias. Su mujer legítima vivía en Salta y era una Saravia. Toda Salta era una gran parentela aristocrática y el pueblo sufrido al servicio de ella. Fríamente, no sabía por qué él se había inclinado por el pueblo. La duda que atenacearía a Pericles en Atenas. Tampoco entendía mucho que casi todos sus amigos y correligionarios políticos fueran ricos terratenientes, Rosas el primero. Las dudas terminaban en el límite de su provincia, de su caparazón. Al pasar frente a la iglesia de La Merced, bajó la cortinilla. No era el hombre de su despacho. ¿Y por qué no podía serlo, acaso el rey Salomón no tuvo tantas amadas? El Cantar de los Cantares del rey Salomón. No admitiría, por buenos amigos que fueren, que fray Wences Achával, ni fray Miguel López, se metieran a mandar en su vida privada. Hacía lo posible por evitar el escándalo; pero la gente más propensa a espantarse del escándalo era la más ansiosa por descubrirlo y producirlo. A veces, la iglesia parecía amar el escándalo y gozarse en anunciarlo desde sus púlpitos. Por suerte, Santiago había conservado el derecho del patronato real para nombrar a los curas y en esto no les aflojaría ni un jeme. Al César lo que es del César.

Levantó la cortinilla al cruzar la Acequia Real. Estaba oscureciendo. ¿De qué otro modo más discreto podía llegar un gobernador? A menudo, la discreción y la hipocresía se confundían. Oculto en ese coche era un redomado hipócrita, debía llegar a caballo como le placía andar. Tan hipócrita como esa gente que lo llama cruel y sanguinario y es el mismo que sale a ver el paso de un condenado o ajusticiado, y si bien pretende no gozar se interesa, se siente atraída por el espectáculo, y en la misma medida se torna cómplice de quien ordena el suplicio. La gente cree en el escarmiento porque hasta se imagina ser, no sólo quien ordena el castigo, sino quien lo sufre, y por ello se transforma en protagonista, alcanza alguna importancia en su comunidad.

Ordenó detener el coche y caminó las doscientas varas que le faltaban para llegar a casa de la Dolo. Cuando ya se hubiera desahogado como hombre, ¿para qué otra cosa servían las mujeres?, recién le diría que contaba con una hora para arreglar sus cosas y seguirlo. Y lo seguiría. La mujeres tienen la lengua suelta y no hay que contarles secretos; lo contrario perdía a los unitarios. Ajustó el paso, el cuerpo le ardía en deseos como cuando era alférez. Más aún, porque llegaba un momento en el cual la Dolo le hacía olvidar todas sus preocupaciones, lástima que fuera tan corto. Tampoco admitiría que fuera más largo. Los perros ladraron entre los tunales y madreselvas.