XII
—¡B
asta, Dolo! Vos sabes que no me gusta hablar de amor, sólo tengo tiempo para hacerlo. Me molestan las mujeres que pretenden ocupar mi cabeza. ¡No lo permito! —gritó con fastidio. A veces, no sabía si intentaba descarga en ella la rabia que experimentaba por esos momentos en que, a causa del deseo, se notaba sometido a las mujeres, a la mujer. La miró arquearse con algo de gato que reclama una caricia habitual o de cachorro de jaguar que se apresta al zarpazo.
—Quisiera estar segura de eso… —dijo en tono cálido. Lentamente, con ese movimiento sensual que lo enardecía por lo que tenía de incitación y sometimiento, volvió a extender su cuerpo desnudo, moreno, en ese catre de su tienda de campaña. Sin poder contenerla, la vista le saltaba o se le arrastraba como una babosa desde las sedosas pestañas, los ojos que brillaban como luz de tuco en las noches de verano, ella misma solía cazar esos insectos luminosos, los envolvía en un pedazo de tul y se los ponía en el corpiño del traje, cerca del descote; de esos ojos que cambiaban de la pasión más encendida al rencor más airado en el tiempo de una corta frase; de los labios carnosos y rojos como herida de un chuzazo del más hábil lancero; le brincaba a los pechos firmes, grandes y rosados que se erguían en los pezones y que se bamboleaban con la brillante seguridad esférica de dos balas de cañón; se le deslizaba por esa piel que respiraba en el vientre y se tornaba más oscura en los lugares del gozo, como el agua del Salado en los remansos y remolinos, y se aclaraba para señalar la perfección de las líneas de sable corvo de sus muslos; las rodillas, que en la mayoría de las mujeres quebraban la restante armonía, en las rótulas de ella tenían la decidida elegancia del pomo de plata de una montura chilena; las canillas rectas como tacuaras en las cuales sus pantorrillas llenas hicieran de banderolas, que el vientecillo de los llanos flameara muy levemente. La larga cabellera negra guardaba como una vaina que cambiara de formas la espalda. Esa espalda, a los trece años solitarios, antes de iniciarse con las indias, había acariciado los guadales gredosos del salado y los restos de salitre muy blanco. Espaldas que volvían a alzarse en las nalgas, como escapadas de la horma del alma, de la recámara de un cañón; esas nalgas de la Dolo que acariciaba hasta la tortura. Nunca había visto totalmente desnudas a sus otras mujeres; debía ser ese pecado de lascivia que el cura Gallo mencionaba con tono entre amenazador y tembloroso en sus sermones. Y lo diría desde el púlpito par que él, sentado en el sillón de rojo terciopelo del gobernador, lo escuchara impávido. Y toda la gente que se atreviera, por su ubicación en los bancos de La Merced, lo miraba de soslayo. Y la gente debía desahogarse posesionándose de esa voz enfática de «al que le caiga el sayo que se lo ponga». Toda esta hipocresía social lo enfurecía; el arma insidiosa de toda esta gente incapaz de luchar con un arma en la mano. La hipocresía de la gente que ruega: «Sí, sí, me gusta, pero no me lo preguntes», en medio del gozo, o quizá fuera ese espantoso pudor que él no comprendería jamás.
—Bien sabes que con Cipriana
—Eso lo sabe todo Santiago —se atrevió a cortarlo, luego, temerosa, bajó la voz—, me refería a ese mensaje que parece tenerte —dudaba en elegir la palabra, lo temía y esto le alegraba— inquieto.
Revolvió los papeles de la petaca escritorio de campaña y le tendió uno.
—¡Lee! ¿Te crees que el gobernador de Santiago, en estos momentos que pasa y aguanta con sus hombres, no tiene otra cosa más importante que pensar en ustedes las mujeres? ¡Lee!
Incorporó el busto para acercar el papel al quinqué, con movimiento entre sensual que, debía estar segura, se le atravesaría con algo de sofoco en la garganta.
|—«Proclama. Santiago y 4 de noviembre de 1840. Habitantes de la capital: al acercarme a vosotros me he afectado profundamente de vuestra situación. Yo he encontrado una ciudad en la acefalía más completa».
—¡Lee más fuerte, en voz alta, para que todo el campamento sepa lo que sos!
La miró ponerse en pie, desnuda y con descaro que semejaba insolente dignidad herida.
—«No he hallado entre vosotros categoría alguna pública, ni el más ínfimo orden. No hay un juez de barrio, no hay un átomo, una sombre de autoridad establecida. Todo lo ha hecho desaparecer Ibarra para ejercer él solo todos los poderes públicos. General Solá».
—Aquí tienes otro bando de Solá, que como no logra ni un prosélito para formar un gobierno títere, después de ordenar la leva de los ciudadanos aptos para el ejército, confiscación de reses y alimentos, caballos y armas, «prohibe bajo pena de la vida», el contacto, correspondencia o mensajes con los enemigos. ¡Pena de la vida, y después me llaman monstruo, gaucho malo y montonero, yo que permito que manden mensajes hasta alimentos y remedios a los confinados, que hasta vayan a vivir con ellos sus mujeres!
Una tenue sonrisa irónica en los labios carnosos. La desnudez se tornaba desafiante.
—A eso casualmente me refería. A la Libarona que va a vivir con su confinado…
—¿Has leído el mensaje del comandante Fierro?
—Sí, donde te comunica que Libarona se ha vuelto loco y que ella —marcó la palabra— ha regresado junto a su marido para cuidarlo.
Contuvo el deseo de abofetearla.
—¡Te he prohibido que toques mis papeles públicos o privados! ¡Bien sabes para qué estás aquí!
—Sí, lo sé. Y no tienes para qué gritarme, ni para qué hacerme leer en voz alta, porque todo el campamento y todo Santiago saben que estoy aquí porte te quiero de la misma forma que Agustina quiere a su marido. Y yo sacrifico mucho más de lo que ella sacrifica. Porque vos no sabes, Felipe al pronunciar su nombre la voz se le enterneció, —que vas a hacer de ella una heroína, una mártir, una santa de la causa de tus enemigos, y de mí, de mí, lo que soy, una descastada, una cuartelera —la voz se le quebró en un sollozo—. ¡Yo te amo, Felipe, y Agustina te odia y te desprecia! —se dejó caer boca abajo en el catre, metió la cabeza bajo la almohada y lloró angustiosamente.
La había conocido en una fiesta oficial. Cuando entraba a un salón, a una de las salitas de su pobre ciudad, se imaginaba gallo en su gallinero; las mujeres se acosquinaban como para que las «pisara». La familia de Dolores se había escandalizado, al principio; luego, como sucedía en Europa, hasta en las familias reales, lo aceptaban como una forma de poder o privanza. El derecho de pernada.
La luz débil, el pelo largo y lustroso, marcaba las líneas que se dibujaban en convulsos movimientos, descubrían el nacimiento de los senos o se ajustaban a la cintura para señalar la turgencia de las nalgas. El furor fu dominando y diluyendo el deseo. No podía soportar el llano de las mujeres; le enfurecía imaginaran que con el llanto podían alcanzarlo todo. Así lograban dominar a la mayoría de los hombres.
Con serenidad se enfundó las bombachas, se prendió la camisa. Caminó descalzo sobre la tierra aún tibia, su tierra, ella le comunicaba, le devolvía su fuerza inquebrantable, espantaba sus temores e inseguridades. Fue a sentarse bajo un quebracho, a la luz de la luna llena. Las sombras aviboradas de las ramas le comunicaban, le metían en la sangre misteriosos mensajes; no le importaba el contenido, sí el contacto. No volvería hasta que la Dolo, hasta que esa mujer, hasta que la mujer cesara de llorar.